Lloraba Ángeles adolecida sobre la tumba reciente de su madre, cuando
llegó al Encinar, causando general sorpresa, un mozo de mucho rumbo,
jinete en magnífico potro jerezano, luciendo una arrogante figura y
unos ojos azules que fulgían dominadores. Se llamaba Adolfo Serrano
y era hijo de un socio de Ortega, para quien llevaba una visita. Fué
recibido con muchas demostraciones de aprecio, y detenido con reserva y
solemnidad. Al cabo de la entrevista, llamó a su hija Don Felipe y la
presentó al forastero con orgullo.
Aquella misma tarde, Ángeles y Adolfo, inclinados en el ancho
alféizar de una ventana, coloquiaban mirándose en adorable secreto de
enamorados, y Don Felipe Ortega sonreía complacido por el éxito de
una combinación de antemano premeditada, que le permitía regresar a
Cuba en un plazo corto, libre de la tutela de la niña y aparentando la
satisfacción de haber cumplido los sagrados deberes paternales.
Padeció la muchacha como una fascinación aquel amor inesperado,
sintiendo en las miradas de Adolfo un enardecimiento de conquista que
la subyugaba, y en su voz caliente un imperio extraño que la hacía
temblar y confundirse en inexplicables emociones de amor y de temor.
Una ansiedad nueva se levantó en su pecho; secáronse sus lágrimas como
a impulso de enérgico mandato, y pareció distraerse, curiosa, hacia la
tierra, la nostalgia del cielo, escondida en sus ojos.
* * * * *
Durante los días de impacientes dudas que pasó Alcázar en su torre,
enamorado y afligido, trató de endurecer su existencia hasta poder
avenirse con las costumbres que en el Encinar usaban los mozos, parados
a la sombra de raras tradiciones, rudas y primitivas.
Hallaba el señorito un singular placer en bajar hasta la vida humilde
de aquellos hombres y hacerla suya, buscando con avaricia los latidos
firmes y bruscos del corazón del pueblo. Sediento de emociones nuevas,
en una febril inquietud espiritual, tocaba con sensuales deleites
las diversiones en que la mocedad varonil de la aldea ponía el alma,
brava y sencilla. Y poco a poco, primero en una noche de bullicio,
luego en una deshoja trasnochada, después en una hoguera salvaje, el
noble heredero de Alcázar llegó a fraternizar entre los mozos del
poblado hasta entonar con maestría el clásico _ijujú_ en las rondas
de los galanes, y empuñar con fiereza el palo contra los rondadores
forasteros. Agazapado a la vera de una tapia en bando aguerrido, con
bufanda de flecos y rústica boina, Julián de Alcázar sentía un tónico
refrigerio en el atormentado corazón, como si una brisa montaraz le
reanimase con viril empuje de libre naturaleza. Hízose entonces muy
popular en la comarca, donde se supo que el señorito de la torre,
diestro cazador y hábil montero, tenía firmes los puños y sereno el
ánimo.
A la vez que temor y respeto se le tuvo cariño, y él acertó a ser mozo
aldeano con hidalga llaneza señoril, sin usar de la supremacía que le
pudieran conceder en la aldea su fortuna y su valimiento. No disputó
jamás la novia a un enamorado ni dejó de ser nunca generoso: quiso
únicamente distraer sus pesares y saciar su curiosidad de sensaciones.
Codiciando todos los mozos la intimidad con el señorito, tres de ellos
se le habían aproximado con particular adhesión y formaban con él «una
piña» constante en las cacerías y en las rondas como en los tranquilos
paseos de los días de fiesta.
Así juntos, pacíficos y acordes, habían seguido los pasos de Ángeles
Ortega después de la misa mayor en una pálida mañana del mes de Marzo.
Y cuando la joven hubo franqueado los umbrales de su hogar, se quedaron
los cuatro mozos frente a la casa, bajo los nogales de la bolera,
detenidos por misteriosa atracción, tal vez por mortificante inquietud.
Era Julián de Alcázar el que menos disimulaba su impaciencia en el
incógnito afán, y, por último, rompió el secreto de aquella zozobra
para decir, señalando hacia la casa:
--¿Sabéis a qué hora «viene»?
Lecio, el más tosco de la pandilla, respondió con mucha seguridad:
--«Viene» a la caída de la tarde.
--Pues aquí estaremos cuando «llegue»--repuso con firmeza el señorito.
--Aquí estaremos--dijo Fidel Salcedo, un poco temblorosa la voz.
Lecio mascullaba:
--¡Claro que sí!
Y el más joven de todos, uno a quien llamaban _el Estudiante_, aprobó
con la cabeza muy ensimismado.
Después de una pausa añadió colérico Julián:
--¡Lo que es «ése» no se la lleva!
--¡Qué se la ha de llevar, hombre!--prometió Lecio apretando los puños.
Y con acento de reproche murmuró Fidel:
--¡Si yo fuese Julián de Alcázar!...
--¿Qué harías?--preguntó huraño el aludido.
--¡Me la llevaría yo!
El señorito de la torre, con despecho y enojo, contestó:
--Eso se dice fácilmente...
Los tres hombres le miraron confusos y en los ojos zarcos de _el
Estudiante_ brilló un ardiente destello de alegría.
Por temor a que la curiosidad hiciese indiscretos a sus camaradas,
cambió Julián el curso de la conversación, anunciando:
--Para entretener la tarde, subiremos al bosque con las escopetas hasta
la puesta del sol.
Asintieron los otros, y, citándose en la torre de Alcázar, se alejaron
por distintas veredas.
Iba _el Estudiante_ con tácito andar volviendo los ojos hacia los
balcones de Ángeles, y su corazón de niño repetía con pesarosa
complacencia:
--¡Aunque yo fuese Julián de Alcázar, tampoco habría esperanza para
mí!...