Una amistad nunca rota ni lastimada, unía de largos años a la familia
de Alcázar con la de Ortega, y Ángeles y Julián se habían tratado
siempre con libertad de hermanos.
Cuando el mozo tuvo henchido su corazón de afanes por la niña, dejó
que se le asomasen a los ojos para que su amada los leyese, y anduvo
muy activo en visitarla, muy hábil para encontrarse con ella en las
encrucijadas de la mies y en las lindes del jardín.
Ya por aquel tiempo la madre de la joven finaba en consunción dolorosa
bajo los tiernos cuidados de su hija, y Julián acompañaba a la
paciente llevando todos los días para la enfermera un silencioso
mensaje de cariño oculto en esa clave amorosa que todas las mujeres
descifran con sabia precisión.
Pero en vano el galán espiaba, paciente, la sonrisa o la mirada de
inteligencia con Ángeles le probase que exaudia sus peticiones. En vano
esperó la muda inteligencia de aquellos ojos, bellos y dulces, antes
de lanzarse a la solemne declaración; la muchacha no parecía haber
leído en la rendida actitud de Alcázar ninguna rima de aquel poema
sentimental.
Fué entonces cuando el mozo se acordó con miedo de que su figura no era
gallarda ni su cara hermosa. Julián era feo y había crecido muy poco...
Sintió esta desgracia con acerbo dolor, por primera vez en su vida,
y juzgándose desdeñado se dejó dominar por un aciago pesimismo, por
una timidez extraña y agorera. Callado, pesaroso, replegado sobre su
pasión, vió como pasaban los días inútiles para su pesadumbre mientras
contaba Ángeles, con desconsuelo, las horas de su madre, que declinaba
lentamente, en resignada agonía, y llegaba de Cuba Don Felipe Ortega
para asistir a la muerte de su esposa, muchos años martirizada por la
inconsciencia y el desamor.
Era aquel un hombre veleidoso, tierra liviana y estéril donde no
arraigaban los sentimientos ni fructificaban los buenos propósitos. Se
había casado con una señorita rica y bella que no detuvo mucho tiempo
en sus brazos al tornadizo señor. Pretextos de negocios le alejaron
de su hogar apenas transcurrido el breve plazo de una efímera luna de
miel, y de uno en otro engaño, humillante para la abandonada compañera,
acabó por establecerse en Cuba, entretenido en capricho tráfico
mercantil y en licenciosas diversiones.
Padeció la mujer con altivo silencio aquella imperdonable deserción,
y los íntimos pesares dañaron pronto el cuerpo delicado de la señora,
que, aquejada de incurable dolencia, desalentada y vencida, fué a
esconderse en su casa solariega del Encinar, consagrándose a la
educación de su hija con ardor enfermizo y doloroso. Allí espigó la
belleza de Ángeles entre lágrimas y suspiros; su gracia infantil
adquirió una mansa expresión de melancolía, y sus divinos ojos, llenos
de luz, tuvieron, siempre, ligeras inflexiones tristes hacia los
cielos...
Cuando el descarriado esposo hubo pasado unos pocos días en su casa
silenciosa del Encinar, donde la enferma gemía y la niña suspiraba,
manifestó, con cruel hastío, su prisa por volver a ocuparse en Cuba de
los negocios. Con egoísmo implacable, malhumorado y aburrido, parecía
protestar de que la moribunda prolongase su agonía, y ella aterraba
la frente llena de miedo por el porvenir de Ángeles, agarrándose con
desesperada ansiedad a cada hora doliente de su vida. Ya en el instante
supremo, con el impotente afán de proteger a su hija, y el espanto loco
de abandonarla indefensa en poder de su padre, le tendió las manos,
heladas por la muerte, balbuceando:
--¡Desgraciada... desgraciada!
Y al expirar dejó aquellas palabras lamentables flotando como trágica
profecía sobre la inocente cabeza de la joven.