II

Una amistad nunca rota ni lastimada, unía de largos años a la familia

de Alcázar con la de Ortega, y Ángeles y Julián se habían tratado

siempre con libertad de hermanos.

Cuando el mozo tuvo henchido su corazón de afanes por la niña, dejó

que se le asomasen a los ojos para que su amada los leyese, y anduvo

muy activo en visitarla, muy hábil para encontrarse con ella en las

encrucijadas de la mies y en las lindes del jardín.

Ya por aquel tiempo la madre de la joven finaba en consunción dolorosa

bajo los tiernos cuidados de su hija, y Julián acompañaba a la

paciente llevando todos los días para la enfermera un silencioso

mensaje de cariño oculto en esa clave amorosa que todas las mujeres

descifran con sabia precisión.

Pero en vano el galán espiaba, paciente, la sonrisa o la mirada de

inteligencia con Ángeles le probase que exaudia sus peticiones. En vano

esperó la muda inteligencia de aquellos ojos, bellos y dulces, antes

de lanzarse a la solemne declaración; la muchacha no parecía haber

leído en la rendida actitud de Alcázar ninguna rima de aquel poema

sentimental.

Fué entonces cuando el mozo se acordó con miedo de que su figura no era

gallarda ni su cara hermosa. Julián era feo y había crecido muy poco...

Sintió esta desgracia con acerbo dolor, por primera vez en su vida,

y juzgándose desdeñado se dejó dominar por un aciago pesimismo, por

una timidez extraña y agorera. Callado, pesaroso, replegado sobre su

pasión, vió como pasaban los días inútiles para su pesadumbre mientras

contaba Ángeles, con desconsuelo, las horas de su madre, que declinaba

lentamente, en resignada agonía, y llegaba de Cuba Don Felipe Ortega

para asistir a la muerte de su esposa, muchos años martirizada por la

inconsciencia y el desamor.

Era aquel un hombre veleidoso, tierra liviana y estéril donde no

arraigaban los sentimientos ni fructificaban los buenos propósitos. Se

había casado con una señorita rica y bella que no detuvo mucho tiempo

en sus brazos al tornadizo señor. Pretextos de negocios le alejaron

de su hogar apenas transcurrido el breve plazo de una efímera luna de

miel, y de uno en otro engaño, humillante para la abandonada compañera,

acabó por establecerse en Cuba, entretenido en capricho tráfico

mercantil y en licenciosas diversiones.

Padeció la mujer con altivo silencio aquella imperdonable deserción,

y los íntimos pesares dañaron pronto el cuerpo delicado de la señora,

que, aquejada de incurable dolencia, desalentada y vencida, fué a

esconderse en su casa solariega del Encinar, consagrándose a la

educación de su hija con ardor enfermizo y doloroso. Allí espigó la

belleza de Ángeles entre lágrimas y suspiros; su gracia infantil

adquirió una mansa expresión de melancolía, y sus divinos ojos, llenos

de luz, tuvieron, siempre, ligeras inflexiones tristes hacia los

cielos...

Cuando el descarriado esposo hubo pasado unos pocos días en su casa

silenciosa del Encinar, donde la enferma gemía y la niña suspiraba,

manifestó, con cruel hastío, su prisa por volver a ocuparse en Cuba de

los negocios. Con egoísmo implacable, malhumorado y aburrido, parecía

protestar de que la moribunda prolongase su agonía, y ella aterraba

la frente llena de miedo por el porvenir de Ángeles, agarrándose con

desesperada ansiedad a cada hora doliente de su vida. Ya en el instante

supremo, con el impotente afán de proteger a su hija, y el espanto loco

de abandonarla indefensa en poder de su padre, le tendió las manos,

heladas por la muerte, balbuceando:

--¡Desgraciada... desgraciada!

Y al expirar dejó aquellas palabras lamentables flotando como trágica

profecía sobre la inocente cabeza de la joven.

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 22 / 72 题