LA RONDA DE LOS GALANES

I

El denso grupo formado en el atrio, a la par de la cancela, se fué

aclarando por el camino adelante, y la blancura del sendero quedó

borrada entre las mieses, teñida por vistosos colores al sol benigno de

la mañana. Era que el vecindario del Encinar volvía de la misa mayor.

Bajo los arcos del portal unos hombres mozos coloquian, aún, con

recatadas voces, y en el fondo de la fachada se abre la puerta del

templo recortando en la piedra rubia de su fábrica un óvalo lleno de la

obscuridad interior, nublado por el humo leve del incienso y saturado

por aromas de jardín.

Los jóvenes del pórtico esperan, sin duda, que aparezca en aquel marco

misterioso alguna devota rezagada, porque disimulan mal la impaciencia

con que vuelven los ojos hacia el hueco sombrío.

Cruzando entonces, de puntillas, las losas parroquiales, una mujer se

asoma al dintel penumbroso, iluminándole con la radiante luz de su

hermosura. Detiénese un momento para hacer, piadosa, la señal de la

cruz sobre la frente, y sale, muy gentil, a buscar la cancela. Dos

manos solícitas se la abren, de par en par, y Ángeles Ortega pasa

delante de los cuatro mozos, sonriendo y dando los buenos días con

seráfica voz.

Sin previa consulta, como si un tácito acuerdo uniese la voluntad de

aquellos hombres, emprenden, al punto, la marcha detrás de la hermosa.

Desde la iglesia hasta el poblado se hunde el camino en la vega, entre

campos feraces y tierras de labrantío recién sembradas de maíz. Limitan

el paisaje los montes que se embravecen escalando las nubes pálidas

de un cielo dulce, un poco entristecido, y sobre el alisal, a medio

vestir por el verde lozano de las hojas nuevas, se mece, como una copla

fugitiva, el rumor sollozante de las arroyadas.

Ha desceñido Ángeles de su cabeza preciosa, el velo de la mantilla, y

anda con lento paso de meditación, gozándose en que el aire y la luz

la envuelvan y acaricien. Sobre el negro vestido, la cara y las manos

ponen el contraste de una blancura inmaculada, y está llena de encanto

la belleza de esta mujer en cuyos apacibles ojos obscuros parece que se

han caído unas gotas de la pena del cielo.

Se retrasan, previsores, los mozos que la siguen, como si todo el

camino debieran darle escolta de respeto y protección, y así, despacio

por la ondulante vereda, en silencio contemplativo o truncando con

languidez frases menudas, le hacen guardia de honor hasta la puerta de

su casa...

Es una extraña amistad la de estos cuatro mozos cuyo linaje señala en

el pueblo cuatro distintos peldaños de la escala social, y todas las

preeminencias favorecen entre ellos a Julián de Alcázar, heredero único

de la más encumbrada familia del valle.

Noble y rico, mimado y feliz, Julián ha llegado a la cumbre de la vida

sin otro amor de mujer que aquél, dulcísimo y secreto, guardado para

Ángeles con timideces y fervores indecibles.

Aquella niña de hermosura triste y deliciosa, fuese apoderando con

invencible soberanía del corazón de Alcázar, un corazón que había

salido ileso de las aventuras juveniles y que, recio y sano, estaba

allí, temeroso como un novicio, delante de unos ojos que el cielo del

Norte había tocado con su pena.

Complacíase Julián en recordar su vida fácil y dichosa, llena de

halagos; sus años de colegial con vacaciones en la playa y ocios

montaraces en el pueblo, después el triunfo que le acompañó en su

brillante carrera hasta hacerse abogado, y, por fin, las galantes

páginas de sus fugaces amoríos, sin huellas ni raíces. Y toda la amable

historia de su existencia la ponía, con humildad y gozo, delante de

un nombre: ¡Ángeles! La vió crecer y embellecerse, oculta como un

tesoro en la aspereza silvestre del Encinar; la quiso cuando era tan

pequeña que no podía saltar los arroyos sin que él la diese las manos;

cuando para mirarle le alzaba la cabecita rizosa, sacudiendo en el

aire la endrina melena; cuando iba a pedirle, con mimo infantil, los

altos capullos que cimeaban los rosales... La quiso entonces con rara

ternura, con predilección singular que era ya el germen de un potente

cariño.

Y cuando la niña floreció en mujer y aquella ternura floreció en amor,

Julián, fugitivo de la corte, se escondió en su torre norteña, sumiso y

entregado sin rebeldías a la pasión que señoreaba su alma.

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 21 / 72 题