«RAYO DEL CIELO»
El españolito nacido en trance cruel bajo el pabellón britano cumple a
maravilla sus primeros deberes de criatura, aferrándose lleno de brío
a la existencia. En su regazo le guarda Inés con admirable solicitud,
y le celan allí las devociones y lástimas que con el dolor y el amor
florecen, a menudo, en la Humanidad.
El nene ya conoce el sabor de los besos y el halago de las canciones.
Le han mecido las pasajeras al son de coplas distintas, en idiomas
varios, con añoranzas maternales; pues donde hay una mujer que siente
y un niño que llora, nunca falta la caricia y la canción, acendradas
en un ensueño de madre... Parece que al barco le empujan en el Pacífico
dulces brisas de bondad y que todas convergen hacia el desgraciado
pequeñuelo. Pero los que hemos vigilado más de cerca el latido de esta
vida menuda, abandonada en capullo por la madre infeliz, padecemos ya
el quebranto de una nueva emoción, quizá la más terrible en el drama
inolvidable.
Se ha roto nuestro confín de cielo y mar, y la costa rojiza de Chile
sale a recibirnos en un pálido horizonte. Nadie frente a estas orillas,
torvas y mudas, puede imaginar que en el corazón de este país hay un
divino valle de Aconcagua, orgullo de la América. Volcánica y estéril,
descolorida y triste, avanza sobre el mar la tierra que tocaremos
al anochecer en la bahía de Talcahuano, _Rayo del Cielo_, según el
lenguaje indio.
Un poderoso cacique de la Conquista dió nombre a la población
levantada junto a unos fuertes que los españoles emplazaron cara a las
olas, como si las quisieran amedrentar y poner linde. Y en lucha con
las marejadas, con los araucanos y con los terremotos, al través de
los siglos, Talcahuano sirve de base a una gran ciudad, _La Concepción
del Nuevo Extremo_, fundada por Valdivia. De allí vendrá al puerto,
esperando al _Orcana_, el padre de este niño que duerme y sonríe;
vendrá diligente y feliz, sin temer que su amor haya naufragado en un
pobre ataúd, ¡la última nave, siempre hundida en el eterno mar!...
Navegamos costaneros y veloces bajo un cielo tranquilo y gris, turbias
las aguas, sin espumas ni rizos, muda en sus ondas la huella del barco.
Tiene el paisaje un tono de profunda quietud, una tristeza recóndita,
colmada de expectación y de misterio.
A veces imagino que todo el horizonte escucha, otras que aguarda. Y
siento que el angustioso grito de Luisa, huyendo del doble naufragio,
resuena con suprema ansiedad en el desnudo silencio de los confines...
Aquí está la bahía de Talcahuano, ancha y honda, defendida por cerros
mansos y rojos, abrigada al Oeste por la península de las Tumbas.
Los botes que nos esperan atracan al costado del buque y llega el
aciago instante de recibir al marido de Luisa. Hemos confiado esta
difícil misión al P. Fanjul, y abrazo al niño huérfano mientras Inés
escudriña las embarcaciones cercanas y dispone el humilde bagaje de la
ausente.
Nuestra pesadumbre se colma cuando, subiendo en dos saltos la escala,
recién tendida, un joven se precipita en la cubierta, registrándola
afanoso, con mirada radiante.
Sale Inés a su encuentro y exclama turbadísima:
--¡Salvador!...--Luego se vuelve hacia nosotros, murmurando:--Este es...
Y adelántase el dominico, exacto como la fatalidad, a deshacer la
impaciente alegría del mozo.
Ya éste observa a su paisana con amagos de inquietud; tal vez el nombre
amado bulle en una pregunta sobre los labios juveniles, cuando el
fraile aborda la temible revelación.
A las primeras palabras del religioso, Salvador vuelve la vista en
torno suyo como inquiriendo y adivinando. Una sorpresa alarmante le
extravía: no entiende lo que le dicen, no acaba de comprender.
Le pone el P. Fanjul una mano en el hombro con cariño, y le lleva
suavemente hacia la borda, alejándole del grupo de pasajeros que
comentan el lance entre curiosos y dolidos. Allí, en voz queda, habla
el Padre, primero con dificultad, inclinándose expresivo hacia el
muchacho en cada frase indecisa, luego respondiendo con resolución a
las ardientes preguntas de él, y, por último, se expresa vivamente,
asiendo las manos del desconocido, sirviéndole, al fin, de sostén en
los brazos acogedores.
De pronto Salvador levanta la cabeza y pasea por la superficie del mar
los asombrados ojos: una sensación de espanto le sacude y un sollozo,
que parece un rugido, se le escapa del pecho. Todas las miradas están
fijas en el muchacho, fuerte y arrogante, de noble y abierta fisonomía,
en la cual el dolor va dejando la novedad cruel de sus matices.
A una señal del dominico, Inés, llorosa, avanza con el nene, y Salvador
endulza el rostro para recibirle; le coge en sus brazos recios y
convulsos; le cubre la cara con un solo beso, ancho y tenaz. Luego no
sabe qué hacer con él; se queda mirando a todas partes indeciso y
atónito, con una sombría expresión de perplejidad.
Pero aun tiene que darle Inés otro sagrado presente, una trenza de pelo
rubio, sérica y fina, que de nuevo hace rugir a Salvador. Agobiado
por la dulce carga que le abruma, parece que ha echado raíces sobre
la cubierta, y es menester que le hablemos con mucha piedad para que
responda, para que intente balbucir algunas frases rudas de gratitud,
en alto grado expresivas por el duelo agudo de la voz y el desconsolado
ademán de la despedida.
Sin acabar de oirnos, ni terminar su trémulo discurso, echa, de
repente, a correr hacia el portalón y gana el bote que antes le
condujera a bordo colmado de esperanzas. Lleva el niño abrazado con
torpeza cuidadosa, y la trenza de Luisa junta con él, en un mismo
envoltorio blando y caliente... Le vemos alejarse hundido en su liviana
embarcación, caído en desolada actitud; la nave toca la orilla y bajo
la sombra fría de la noche el padre y el hijo se confunden con el
siniestro polvo de Talcahuano, _Rayo del Cielo_...