LA FATAL CAÍDA

En el cielo, enjoyado y curvo, tiemblan de frío las estrellas; el mar

palpita henchido y amoroso, con un arrullo claro, y el _Orcana_, libre

de los ambages del Estrecho, navega en bonanza, con mucha gallardía.

Son las doce; no ha salido la luna. Avanza hasta la borda el silencioso

estol de la muerte, nunca más humilde y patético: cuatro marinos que

llevan el ataúd, un fraile que le bendice y media docena de curiosos,

entre los cuales dos mujeres sollozan.

Un tablón, tendido hasta la lumbre del agua, sirve a la caja fúnebre

de escalera; un responso, rezado con ardiente premura, la va siguiendo

en la fatal caída. Cuando se hunde, nos parece que el mar abate un

punto su resuello con la respiración suspensa; es que «el sagido» tiene

ahora una solemne expresión de ternura, un saludo lleno de acogimiento

y de reposo. En seguida vuelven a rodar las olas y a desmelenarse las

espumas con la infinita castidad del agua corriente y apacible: ¡ya

la estela del buque se ha borrado en el sitio donde cayó el cuerpo de

Luisa!

Alzo los ojos con un movimiento aflictivo de piedad, y en lo sumo del

espacio azul me subyuga la brasa lueñe de un lucero... Imagino que el

alma de la pobre viajera se abre junto a Dios como una rosa encendida

en luces estelares; quiero creer que quizá resplandece en la hoguera de

cada astro el calor remoto de una vida que pasó por la tierra al lado

nuestro. Y frente al enigma sagrado, lleno de temblores inefables, me

abismo, ansiosa, en la contemplación del cielo y del mar, hondos como

la muerte...

El último jirón de la Patagonia se ha esfumado en la noche a la altura

del cabo Pilar, y las trescientas millas del Estrecho, que Magallanes

llamó de _Todos los Santos_, quedan en la memoria como una ensoñación

fantástica. Aquí está el mar libre, el nuevo océano, ancho y evocador,

donde nuestros exploradores sólo hallaron, en sus primeras aventuras,

las desiertas islas Desventuradas.

Y la profunda huella de El Descubrimiento persiste desde Europa en

los mares y en las riberas, desdoblando horizontes, abriendo rutas,

fecundizando caminos virginales.

El sentimiento vehemente de la admiración me vuelve a sacudir rostro

a las soberbias lontananzas del Pacífico; vuelvo a enorgullecerme de

la sangre hispana de mi corazón, la misma que empujó en la sombra

las fronteras del universo, y después de saludar a las criaturas

desconocidas en un idioma venerable, lleno de esperanza y de luz,

bautizó en el nombre de Dios los valles y las aguas, las cumbres y las

constelaciones, los seres y las cosas, con un santo derroche de venas

maternales.

¡Así, un mundo entero, allende las antiguas _Tinieblas_, está alumbrado

con voces españolas, parido por las entrañas de Castilla en un alarde

inmortal de bravura y amor!...

Ruecas de Marfil (Novelas) · 第 19 / 72 题