llevándose al criado y al guarda para ir a prestar declaración ante la
Policía. Hace dos semanas no me hubiera importado verlos salir reunidos
para cualquier asunto; pero hace un rato, al verlos marchar juntos, he
sufrido lo indecible. El Miedo, siempre el Miedo me ha hecho pensar que
tal vez ellos se entienden, habiéndose puesto de acuerdo para
desarrollar en mí esta sobreexcitación nerviosa que puede conducirme a
la locura o al suicidio. Me acuerdo de que en un momento de buen humor
hice un testamento por el cual dejo a Cecilia en posesión de mi pequeña
fortuna, y pienso si ellos no estarán urdiendo algún plan siniestro para
anticiparme a los designios de la MUERTE.
»¿No es verdad que esto es horrible? ¿Desconfiar hasta de mi mujer, que
a todas horas me manifiesta un cariño sincero, y de James Grey, cuya
solicitud cordial y cuyo noble interés aparecen visibles en cualquier
instante? Me subleva verme convertido en mi propio verdugo; pero, ¿qué
voy a hacer? Juraría que estoy sumido en un sueño sin fin, y que mi vida
es una eterna pesadilla de la que sólo saldré para entrar en la tumba.
»¡Oh, qué alegría cuando salga el sol de mañana disipando estos terrores
y aleje definitivamente mi temor de ver aparecer a la muerte, verde de
pies y manos, con la falda tan negra y la blusa tan blanca...
--¿Qué haces, Luciano?--preguntó de improviso la voz argentina de
Cecilia.--Y luego, abrazándole efusivamente, con la dulce mirada de una
mujer que adora a su marido, añadió:
--Ya sabes que el doctor te ha prohibido que trabajes...
--Escribía a Enrique Fontanar--explicó el novelista abrazando con
ternura a su mujer.--No quisiera que me llamase ingrato--agregó,
cerrando la carta, después de haberla firmado.
James Grey entró para contar al escritor la entrevista con el juez, y
Cecilia cogió la carta de su marido para hacerla llevar al correo al día
siguiente. Durante la cena, el doctor volvió a recomendar a Cecilia:
--¡No conviene que Luciano escriba un solo renglón!...
III
Cuatro días pasados del entierro de la doncella de Cecilia, que
falleció, según dictamen del forense, por haber ingerido equivocada una
de las medicinas que para uso externo le recetó James Grey, Luciano
Avril, después de la comida, mientras su esposa y el doctor jugaban a
las damas en el comedor, escribía en su gabinete nuevamente a Fontanar:
«Tu silencio me agobia, queridísimo Enrique. Yo te esperaba aquí en
seguida, y veo que ni siquiera me haces el honor de una respuesta a mi
carta. ¿O es que temes encontrarte en Avila con un infeliz loco?»¡Ah,
ese sí que es el más intenso de mis terrores! El miedo a enloquecer me
exaspera y tiemblo por mi juicio; porque a veces me parece que mi razón
es una llama vacilante condenada a apagarse al menor soplo, dejando todo
negro en mi cabeza.
»No creas que estoy loco todavía. Buena prueba de que aún permanezco
cuerdo es que me apercibo de cuanto pasa a mi alrededor, y no he dejado
de amar a Cecilia, que sería prueba evidente de mi falta de razón.
»La sigo queriendo con amor absorbente y frenético, que me hace delirar
en sus brazos. Su vista me causa extraños desfallecimientos y junto a
ella no puedo respirar. Cada beso de sus labios me enfurece más y cada
caricia de sus manos me torna más febril. Mi vida ahora es un éxtasis
sexual, como si me hubieran dado a beber el filtro del deseo insaciable.
»Ayer deploré ante el doctor nuestra desgracia por carecer de hijos, y
él contestó que el fuego destruye, pero no crea, recomendándome un poco
de cordura conyugal, con ese tono de voz suyo tan acariciante y que obra
sobre mis nervios exaltados el efecto de una lluvia benéfica...
»Me horrorizo acordándome de que te he escrito renglones poco favorables
para él. ¡Cuán injustos eran! ¡Imposible hallar un amigo más sincero y
cariñoso, más atento a devolverme la dulce paz perdida y a velar por que
conserve la poca que me resta! Nadie con más dulzura que él me haría
reflexionar sobre la sinrazón de esta obsesión maldita. El toma la
MUERTE a broma y me cuenta en tono humorístico historias macabras para
familiarizarme con la FRIA; pero su regocijo, lejos de distraerme,
agudiza mi sufrimiento.
»Porque, triste es reconocerlo: mi mal no retrocede, sino aumenta. Ya no
es sólo el viento, que parece quejarse con sus ayes lastimeros o las
sombras nocturnas, lo que me inquieta. Ahora es también el vuelo de los
pájaros, el maullido de un gato, los cortinajes de una puerta, los
esqueletos de los árboles, las veletas de la torre de una iglesia lejana
lo que me sobrecoge y me llena de pavor.
»Si yo me atreviese, ahora mismo abandonaría este castillo tan fúnebre,
en que aún parece vagar el perfume de la criada muerta, y marcharía por
el campo sin temor a hundirme en la nieve, huyendo del reloj, que marca
las doce en punto y está dejando escapar sus sones, que repercuten en mi
corazón como los de una campana funeral.
»Tengo miedo, Enrique, mucho miedo, y en este instante carezco hasta de
fuerzas para mirar más allá de la mesa donde se confunden las sombras
movibles. Siento alrededor de mi frente algo semejante al roce finísimo
de unas alas, y el corazón me late furiosamente, como si una mano
invisible pretendiera atenazarlo con sus dedos. Un sudor frío me invade
todo el cuerpo y te dará una idea de lo mucho que tiemblo la indecisión
con que mi mano traza estos renglones.
»Todo está en silencio; pero se me antoja que este silencio está lleno
de murmullos, y que fuera, en el pasillo, resuenan unos pasos
cautelosos. Pasos de _alguien_ que avanza con sigilo como si temiera
alarmarme, ¿sabes, Enrique? Y no me atrevo a volver la cabeza, porque sé
que me he dejado la puerta entreabierta y temo ver un rostro desconocido
y horroroso atisbándome implacable.
»¡Oh, Dios mío: me parece que _eso_ se acerca, se acerca! Un penetrante
olor a muerte ha corrompido la estancia y he oído chirriar la puerta...
»¡Piedad, Dios mío, ELLA está aquí!..»
Luciano Avril dejó escapar la pluma de la mano, y lívido, espantado, se
levantó, haciendo esfuerzos sobrehumanos, con ánimo de cerrar la puerta.
Dotados sus sentidos de una extraordinaria delicadeza, debido a su
enfermedad nerviosa, el desdichado novelista percibía los más ligeros
ruidos y sufrió una convulsiva contracción al oír el tenue roce de unos
pies desnudos que se deslizaban por el pasillo con dirección a su
alcoba. Luciano Avril sintió un gran frío en el cerebro, donde sus ideas
se arremolinaron como las hojas muertas de una tempestad, al oír
claramente aquellos pasos vacilantes que hacían crujir la madera del
piso y, evidentemente, se encaminaban hacia la puerta.
¿Se engañaban sus sentidos? ¿Sería una alucinación más de las
innumerables padecidas? Inmóvil y sin respirar apenas, el joven
escritor, apoyado en la mesa, aguardaba la horrible aparición como un
condenado espera la cuchilla de la guillotina; pero cuando los pasos se
aproximaron más y él comprendió que _alguien_, inexorable, iba a
penetrar en la estancia, se lanzó hacia la puerta tratando de cerrarla
con llave. Pero le detuvo con enérgico ademán un brazo verde y frío, que
le hizo retirarse con horror.
El cadáver de la doncella muerta se presentaba, con la cabeza inclinada
y los brazos caídos como un fantoche a quien hubieran aflojado los
hilos. Sólo tenían movimiento sus pies--verdes como los brazos y la
cara--que asomaban desnudos bajo la negra falda y que se detenían frente
a él para que contemplase la mirada insultadora de unas pupilas negras
con reflejos de acero y sonrisa diabólica; la de una boca sin labios que
semejaba una cortadura bajo la afilada nariz, entre dos grandes arrugas
en forma de paréntesis.
Anonadado por la impresión de un supremo espanto, Luciano Avril
experimentó una violenta conmoción cerebral, cayendo al suelo como una
masa, con las pupilas dilatadas y la boca abierta, para agitarse en
convulsivos espasmos. Al fin llegaba la MUERTE, disfrazada con las ropas
de la criada difunta, y toda verde como ella de manos y de rostro.
Durante un cuarto de hora, la extraña aparición permaneció inmóvil
frente al joven escritor, observando su agonía: lividez cadavérica,
sudor viscoso en todo el cuerpo, pulso apenas sensible y latidos
intermitentes, cada vez más pausados, en el corazón, alternando
irregularmente con una respiración anhelante. El acto reflejo había sido
tan violento, que había provocado una paralización casi total de la
circulación; el corazón y las arterias se habían vaciado por completo, y
las venas se resistían a contener la sangre en ellas agolpada; de aquí
el enfriamiento muscular y la postración mental. Nada de convulsiones;
nada de estertor. La vida de Luciano se escapaba dulce e
irremediablemente ante el mudo fantasma, que parecía recrearse en la
contemplación de su obra monstruosa.
Diez minutos transcurrieron todavía, durante los cuales la extraña
aparición continuó inmóvil, espiando con ávida mirada los últimos
esfuerzos de un alma que se resistía a abandonar el cuerpo. Pasado un
cuarto de hora, el cadáver verduzco habló para decir a la mujer del
novelista, que penetró en la alcoba, pálida y nerviosa:
--¡Luciano Avril ha muerto! Y todo ha sucedido como yo esperaba.
Luego, mientras se despintaba el rostro y las manos con un paño mojado
en agua, James Grey añadió:
--Cuando por una serie de excitaciones diversas se haya provocado el
aniquilamiento del sistema nervioso de un individuo, podrá matársele con
más seguridad que con un puñal, proporcionándole una emoción violenta...
IV
Aquella misma noche, Cecilia ponía un telegrama a Enrique Fontanar:
«Ruegue usted a Dios por el alma del pobre Luciano. Acaba de fallecer
repentinamente.»
Y al año siguiente, la viuda del famoso y joven novelista se casaba con
James Grey y partía para Norteamérica.
EL RASGO DE PAÑIZOSA
(GUTIÉRREZ GAMERO)
Oiga usted, contada al menorete, señor don Teótimo, la historia de mis
desdichas, y por ellas vendrá en conocimiento de la causa de mi
mal--dijo Pañizosa, y prosiguió de esta suerte:--Vine a la corte con más
esperanzas que dineros, y pensé que en ella encontraría fácil acomodo,
pues traía pocos años, grande voluntad y mucho apego al trabajo, con la
añadidura de una apremiante carta del Alcalde de mi pueblo para un
señorón de estos que tienen manejo en todas las oficinas del Estado.
Meses y meses corrieron antes de que pudiera pasear mis ojos por la
figura de aquel personaje cuya protección me era tan necesaria, porque
mi hombre no se daba a partido ni mostraba su faz luciente al primer
hijo de vecino, como a la solicitud de audiencia no fuese aparejada una
recomendación de empuje. Enviéle la del Alcalde; me recibió entre dos
luces; díjele mi empeño; me pidió muestra de mi letra; escribí cuatro
garambainas que me dictó; le cayó en gracia el carácter de mis rasgos y
salíme de su casa, en Dios y en hora buena, tocando palmas y creyendo
que a la vuelta de un dado estaba mi fortuna. De allí a poco recibí una
credencial de las de cinco mil reales, y héteme funcionario público en
la Dirección de la Deuda, donde me aprendí al dedillo todas las leyes,
ordenanzas, pragmáticas y decretos que se han promulgado en España desde
que España debe dinero. Con esto fuí ganando la voluntad de mis jefes,
que en cuanto conocieron lo bien arreglada que tenía mi memoria para
colocar en ella, como en una anaquelería se coloca el botamen, las
infinitas disposiciones gubernativas que a cada paso inventa nuestra
providente Administración, echaron mano de mis conocimientos _técnicos_,
y desde aquel punto y hora yo fuí el encargado de las cosas difíciles.
Mis compañeros, viéndome siempre al yunque del trabajo, me echaron
encima los suyos, y en adelante no hubo canje de valores, proyecto de
emisión o pujos de arreglo en que yo no interviniese.
--¡A ver! que venga Pañizosa y nos diga qué fecha lleva la ley
de...--exclamaba el segundo jefe de la Dirección.
--Oiga usted, Pañizosa: esta noche, a las nueve en punto, aquí. El
diputado Hache ha pedido unos datos, y es preciso que usted los reúna
para que mañana los lleve el Sr. Ministro a las Cortes. El material le
pagará a usted un café y media tostada; enciende usted la chimenea, y
con toda calma hace usted la notita--me mandaba el oficial del
negociado.
--¡Señor de Pañizosa! ¿Sería usted tan amable que se sirviera resolverme
este endiablado expediente que no sé por qué coyuntura meterle la
pluma?--me suplicaba muy humilde el de la clase de terceros, recién
salido del aula.
Y así, entre unos y otros, me traían y me llevaban como si fuera un
zarandillo.
Algo me mortificaban estas interesadas preferencias; pero hube de
consolarme ante la firme persuasión de que yo era el hombre
indispensable de la oficina, sin cuyas luces y conocimientos nada podía
hacerse que saliese a derechas.
¡Cuántas sabias medidas, que luego dieron fama de conspicuos a sus
autores de pega, se fabricaron en este caletre mío! ¡Cuántas mejoras en
nuestra maravillosa Administración se vendrían a mi casa, si las tirara
la sangre, y no a las de los padres putativos que con ellas se ufanaron!
Todo lo di por bien empleado, con tal de que me sirviera para echar
fuertes raíces en la Dirección y me procurase algún adelanto en mi
carrera; y si este segundo extremo de mi legítimo deseo no se realizaba
nunca, pues ascensos y prebendas caían siempre del lado de los más
ignaros, consolábame con la creencia de que ningún Ministro se
atrevería a dejarme en la calle, porque al menor intento se habrían de
levantar mil voces en mi defensa, siendo la primera la del Director
general, que me honraba por modo extraordinario y consideraba tan útiles
mis aptitudes intelectuales como si fueran sus pies y sus manos.
De esta suerte se deslizaron diecisiete años de mi existencia, sin otro
accidente que aquel tremendo batacazo que pegué por causa de unos
saeteros ojos que me atravesaron la autonomía. Y fué que en un baile de
verbena callejera conocí a cierta joven, modista de oficio, que con el
mirar sólo partía las piedras, y que me llevó blandamente al santo nudo,
regalándome luego los ocho actuales herederos de mis timbres y blasones.
Referir las penas y amarguras que he pasado y paso para tirar del carro
que contiene mi prole, con más la señora de Pañizosa, fuera tanto como
contar las gotas que un invierno llueve. Pensé que con los cinco mil
reales del empleo y los ágiles dedos de mi cara cónyuge, que se
despedazaban haciendo vainica y pespunte, no nos moriríamos de hambre
tan aína; y por yerro de cuenta perdí el sosiego, porque Flora, que tal
es el nombre de mi mujer, dió en la flor de echar gente al mundo, con
que se aumentaron nuestras angustias, dado que, a pesar de mis méritos
y tecnicismo, el inspirado ascenso no llegaba, ni por asomo tenía trazas
de llegar.
En cambio llegó la terrible catástrofe fraguada por un desalmado
Ministro, el cual, desconociendo el importante papel que yo desempeñaba
en la mecánica de la Deuda pública, y para satisfacer aspiraciones de no
sé qué elector suyo, que Dios confunda y mal poso haya, decretó mi
cesantía, y con ella la ruina de una familia honrada.
Que al momento me dediqué a buscar recomendaciones capaces de ablandar
las berroqueñas entrañas del autor de mi duelo, se cae de su peso. En
semejante tarea ocupé mis forzados ocios, cuando una noche, al entrar en
mi casa, donde me aguardaban hambrientos y desesperados mi mujer y mis
pobres hijos, para quienes busqué en vano, pordioseando aquí y pidiendo
allá, algo con qué comprarles el más sencillo alimento, se enredaron mis
pies en un bulto que se hallaba medio escondido en el ángulo de la pared
y las losas. Entre bajarme y cogerlo no medió espacio, y me hallé con
una cartera de buen tamaño, de esas que usan los cobradores de la Bolsa.
Tendí entonces la vista por la calle, pues quizás no estuviese lejos el
que hubiese perdido aquella prenda; y como nadie por allí se parecía,
púsemela debajo del brazo, subí los ciento quince escalones que
conducen a mi vivienda, me metí en la alcoba, cerré la puerta, abrí el
cartapacio, y por poco pierdo el sentido al sacar de sus senos y
rincones un montón de billetes de Banco que, muy juntitos unos contra
otros y por paquetes de mil duros, sumaban la enorme cifra de cien mil
pesetas. ¡Una riqueza!
Lo primero que me vino a las mientes fué dar gracias a la divina
Providencia, que así premia al justo y limpio de corazón cuando en ella
confía, y lo segundo llamar a Flora, que en aquel instante libraba una
batalla con los desconsolados muchachos para persuadirles de cuán sano
es irse a la cama sin probar bocado, y comunicarle la inesperada
aventura, término de nuestros quebrantos y principio de la felicidad.
Pero al ir a poner por obra tan alegre decisión, paralizóse mi cuerpo,
una llamarada de vergüenza me subió al rostro, el recuerdo de mi
intachable fama me llamó a la realidad del deber, y la idea de que el
dueño de la cartera quizás fuese un pobre, encargado de llevar y traer
valores, fué creciendo, creciendo en mi espíritu, y ya vi en la cárcel
al descuidado dependiente convicto de ladrón y condenado a presidio, y
deshonrado su nombre y en la miseria a su familia, porque seguramente
tendría, como yo, pedazos del alma por quienes gustoso daría la
existencia.
Júrole a usted, señor D. Teótimo, por la hora de mis postrimerías, que
aquella bellaca tentación de quedarme con las ajenas pesetas duró muy
poco, no más que unos cuantos minutos, pero fueron horribles y me
parecieron siglos, porque mientras cogía el sombrero y me preparaba a
salir, oí llorar con desgarradora pena al más pequeño de los muchachos,
a mi pobre Esteban, un serafín del cielo, que protestaba a voces contra
el forzado ayuno. Lo que entonces sintió esta flaca naturaleza mía no se
puede expresar con palabras. Figúrese usted que dentro del pecho se le
meten todos los cariños de la humanidad y luego se le rompen en mil
pedazos y de golpe quieren escaparse por la garganta, y apenas se dará
usted ligerísima idea de mi sufrimiento.
Y, sin embargo, tuve el valor de marcharme ahíto de honradez, y, con
tanto dinero en el bolsillo no quise distraer una sola peseta para que
mi gente comiese aquel día. Verdad es, que ya en la calle, se fundieron
mis energías yéndose juntas por la canal de mis ojos, de los cuales
caían lagrimones como puños.
¿Que dónde fuí? Al gobierno civil, a ver al Gobernador, al Secretario,
al Jefe de vigilancia, a cualquiera que me quitase pronto aquel peso.
Cumplí con mi deber y salíme del despacho de Su Excelencia tranquilo
como un santo, cargado de elogios y lleno de plácemes, pues los
_repórters_ de los periódicos que van a última hora al Gobierno a
husmear noticias enteráronse del suceso y lo pusieron en los cuernos de
la luna.
Hizo la casualidad que, por la época a que me voy refiriendo, hallábase
la prensa muy exhausta de acontecimientos sensacionales, y en razón, sin
duda, a tal inopia de emociones, los periódicos de mayor circulación
relataron el hecho, adornándolo con todo linaje de galas imaginativas,
gastando en mi pro _la mar_ de tinta, sacando a plaza mi penuria para
que más resaltase mi hombrada, y hubo aquello de: «Rasgos como el de
Pañizosa no necesitan comentarios», o bien: «En medio de esta sociedad
escéptica y egoísta, un acto semejante refresca el alma»; etcétera,
etcétera.
¡A qué cansarle, querido amigo! Un diario me propuso para la cruz de
Beneficencia, y otro pidió al Gobierno que, en adelante, se llamase
_calle de Pañizosa_ la del Tribulete, donde vivo.
De poco me sirvieron los encomios, pues como _mi rasgo_ fué obra que
hice en pecado de duda, no me aprovechó, y ni siquiera me holgué con el
premio del hallazgo, reducido a cincuenta miserables pesetas que me
remitió, con una tarjeta, el dueño de los cuartos, y que devolví
dignamente. ¡Pues no faltaba más sino que las tomase!
No obstante, abrigaba, que ya es abrigar, la dulce ilusión de que los
aplausos de la prensa conmovieran al Ministro de Hacienda, y me volviese
a mi puesto. ¿No tenía sobrados motivos para tal esperanza? Pues he aquí
que a un diario de los de campanillas se le ocurre escribir lo
siguiente:
«No sabemos por qué razón se ha hecho tanto ruido para ensalzar un acto
que no es más que el cumplimiento de un deber. ¿Tan bajo se halla el
nivel moral de este pueblo, que ya se considera como cosa extraordinaria
y por fuera de los límites de lo humano aquello que debe estar en la
conciencia de toda persona decente? ¿Acaso no castiga el Código penal a
los que se quedan con lo ajeno sin la voluntad de su dueño? El
_desprendimiento_ (¡y lo subrayaba, Sr. D. Teótimo, lo subrayaba!) de
Pañizosa no constituye, por fortuna, una excepción de la regla, y como
éste podríamos citar millones de ejemplos. ¡Quién sabe si la cartera
contenía, además de los veinte mil duros declarados, algunas pesetas no
confesadas todavía! Porque ello es que, hasta ahora, conocemos al que
las encontró, pero no al que las extravió, el cual habrá dado por bien
hallados los veinte si se había despedido de los treinta...»
¿Concibe usted infamia mayor? ¿Ha visto usted en su vida nada que se
parezca a tan ruin villanía? No la devoré en silencio, sino que acudí a
los mismos periódicos mis panegiristas; éstos replicaron, el de la
embozada calumnia duplicó la sospecha con frasecitas reticentes, y, por
si fueron más o menos los infaustos billetes tentadores de mi
conciencia, se armó la gran polémica, a que puso fin aquel famoso crimen
cuyos detalles soliviantaron la opinión, distrayéndola del _rasgo de
Pañizosa_.
Quedóse otra vez mi humilde nombre en la inmensidad del olvido, y yo a
dos jemes de levantarme la tapa de los sesos, cuando se presentó una
mañana en mi casa Perico Fuenteguinaldo, amigo de la infancia, que,
sabedor de mis cuitas, acudía piadoso a compadecerlas. Así que se enteró
de ellas dióme un fuerte abrazo y me prometió remedio inmediato.
Justamente acababa de recibir su acta de diputado a Cortes; pertenecía
al grupo del Ministerio de Hacienda, y en cuanto pidiera mi reposición
tendría la credencial. ¡Como que era coser y cantar!--¡Dios lo haga y
que su voluntad poderosa me otorgue tal merced!--pensé yo.
¿Creerá usted que la adversa suerte se había cansado de perseguirme?
Pues oiga, amado don Teótimo, lo más gordo, lo más tremendo, lo que puso
fin y punto a mi probada paciencia, lo que colmó la medida de mi
desgracia. Oiga usted, o mejor dicho, lea usted esta carta de Su
Excelencia que Perico Fuenteguinaldo me remitió con otra suya, llena de
excusas y perdones.
Y Pañizosa entregó a don Teótimo un papel muy arrugado y mohoso, que, al
pie de la letra, decía así:
«El Ministro de Hacienda.--Particular. Señor D. Pedro Fuenteguinaldo. Mi
querido amigo. En el alma siento no poderle complacer en punto a la
reposición de su recomendado, el Sr. Pañizosa. Realmente los informes
que en la Dirección me han dado de este antiguo funcionario son
excelentes; pero parece que anduvo complicado en un asunto donde
mediaron cien mil pesetas, y aquello _no quedó claro_.
»Y usted comprenderá que, siendo esta situación tan escrupulosa en lo
que a la moralidad administrativa atañe, no debemos echar mano de gente
cuya fama tenga el menor tilde.
»Repitiéndole mi sentimiento, queda suyo afectísimo amigo q. s. m.
b.,--_José Sánchez Pantalla_.»
* * * * *
* * * * *
NOTA IMPORTANTE.--Si entre los lectores de estas líneas se halla alguno
que tenga metimiento con el Ministro de Hacienda, sírvase recomendarle
eficazmente a don Leandro Pañizosa, que vive en la calle del Tribulete,
número 192, piso quinto, donde espera un alma piadosa que le saque de su
misérrimo estado.
EUCARISTIA
(HOYOS Y VINENT)
Genuflexos ante el altar del Santo Gonzaga, oraban en la gloria de la
mañana de Mayo, bañados en policroma fanfarria de luz con que el sol,
filtrándose al través de las historiadas vidrieras, inundaba la capilla.
En la iglesia, de ese risueño gótico todo blanco y oro, típico de la
moderna devoción francesa, la Santa Virgen María fulguraba envuelta en
un nimbo de llamas; la cabeza de la Imagen se inclinaba ambigua, sin que
pudiese saberse si era fatigada por el peso de la corona empedrada de
diamantes y zafiros, los heráldicos gules, símbolo del amor y de la
alegría celestiales, o en un gesto amable de gran dama, recibiendo un
homenaje, y mientras sostenía con una mano a un Jesús mofletudo, recogía
con la otra su manto de rara magnificencia zodiacal; a sus pies, la
imagen andrógina del franco príncipe Luis _el Santo_ alzaba hacia la
bóveda tachonada de luceros los ojos pintados de azul. En búcaros de
irisado vidrio, azucenas litúrgicas erguían sus tallos y abrían el
virginal enigma de sus flores, mientras a entrambos lados del altar
descendía como por la escala de Jacob, angélica procesión de
concertantes.