Arrodillados en sus reclinatorios Juan y Jesús, oraban en espera de la

reconciliación con que sus almas puras hallaríanse dignas de recibir la

visita de Dios hecho Hombre. Cruzados los bracitos lazados de blanco

sobre el pecho, levantadas hacia la Imagen las cabezas donde aún no

anidara el ave siniestra de un mal pensamiento, eran las preces que

aleteaban en sus labios como cándidas palomas que, dejando el nido,

volaban hacia el trono de Dios.

Rubio, pálido, de doradas crenchas y pupilas de cielo, Jesús; moreno, de

rasgados ojos de sombra y ensortijados bucles, Juan--Murillo y Rafael--;

a la endeble elegancia de fin de raza del primero oponía el segundo la

viril petulancia ingenua de sus doce años. Y sus figuras eran trasunto

fiel de sus almas, toda ternura, temor y melancolía la de Jesús; toda

resolución, apasionamiento y valor, la de Juan.

Huérfano, rico, noble, enfermizo, confinado por egoísmo de sus tutores

en aquel colegio, Jesús había hallado su defensor en las luchas de

educandos en la adolescente energía de Juan, secundón de noble familia

provinciana. Eran inseparables los dos amigos; fraternal afecto les

unía, y la vida deslizábase para ellos feliz, igual, monótona, llena

por su cariño que les ayudaba a sobrellevar las contrariedades del

encierro, compartiendo estudios, recreos, devociones, venciendo Jesús la

hostilidad de sus compañeros, gracias a la victoriosa y audaz simpatía

de Juan, benévolos a las travesuras de éste los maestros ante la

intercesión del primero. Así, al volar del tiempo, llegó insensiblemente

el día deseado con fervor de acercarse a la Sagrada Mesa.

Un débil llamamiento del Padre sacó a Jesús de su devoto rezar y llevóle

a los pies del confesonario; el negro manteo abrióse como dos alas

inmensas, aprisionando al Inocente. La mano enjuta, descarnada, dorada

de tabaco, posóse en la áurea guedeja, y la voz pastosa, tras breve

musitar de oraciones, comenzó las preguntas de rúbrica:

--¿A ver, hijo, si recuerdas algún otro pecadillo?... Piensa que Dios

Nuestro Señor, que murió por nosotros, te hace hoy la gran merced de

venir a ti.

Tras un instante, la voz pura negó:

--No, Padre.

--A ver--insistió el cura--; piensa bien... Alguna mentirilla.... Alguna

falta de respeto.

--No recuerdo, Padre--tornó a replicar.

El confesor se detuvo y miró al niño. La divina claridad que emanaba de

sus ojos, _ojos color de cielo_, irradiaba sobre el rostro cándido,

prestándole un aura de luz.

--¿Papás no tienes, verdad, hijo mío?

--No, Padre.

--¿Hermanitos?--interrogó nuevamente.

--Tampoco.

Calló el presbítero de nuevo. Vacilaba; aquel candor que lucía en el

rostro le imponía respeto. Sin embargo, siguió:

-¿Amigos?... ¿Algún amigo a quien quieres mucho?

Con espontaneidad entusiasta, y replicó vivaz:

--Sí, Padre, uno a quien quiero mucho, John. Es como un hermano.

Los ojos, sagaces, grises, fríos, cortantes como navajas, escudriñaron

en la carne del penitente como si quisiesen leer hasta el fondo de su

alma. Reflejaba inocencia tal, que el sacerdote vaciló. ¿Seríale

permitido sondear abismos que tal vez no existían? La pregunta infame

detúvose en sus labios un instante, y, al fin, la formuló velada.

El niño, con los ojos muy abiertos, llenos de temor y asombro, denegó

enérgico con la cabecita de querube, apretando los labios para no

sollozar e inclinando la frente para recibir el exorcismo de aquella

cruz que borraría el pecado, pero no retornaría el candor perdido.

Nuevamente arrodillado ante el altar, esperaba el supremo instante. De

lo alto de la bóveda, el órgano dejaba caer sus notas graves,

armoniosas: un coro de voces entonaban un hosanna a la gloria del

Hacedor, y el sol rutilaba en los dorados y espolvoreaba con el iris de

sus rayos el recinto santo. Ante el eucarístico misterio, hasta una

docena de niños arrodillados, hacían ofrenda de sus vidas. Eran los

unos, frescos y rosados como plebeyos frutos; eran los otros, pálidos y

elegantes como infantes de legendario país de ensueño. El oficiante,

revestido con fastuosa magnificencia, avanzó hacia ellos, sosteniendo en

una mano el cáliz de oro incrustado de piedras preciosas, y en la otra

la Hostia, Cuerpo de un Dios, mientras sus labios murmuraban las preces

litúrgicas.

Juan y Jesús habían dejado caer su cabeza entre las manos, y, arrobados,

daban gracias por la alta merced. Pero tal vez la paz había huído de sus

almas, y algo que no era santo conturbaba su espíritu, porque hay

revelaciones que, a semejanza de ciertos trágicos males, con su contacto

mancillan una vida entera.

Acabó la misa y fueron a reunirse todos, alegres, locuaces, risueños,

con los suyos, que les aguardaban en las grandes salas del colegio.

Había explosiones de maternal cariño que estallaban en besos, mimos y

caricias. Los niños brincaban alegres en un florecer magnífico de

ensueños y sonreían confiados en el umbral de la vida. Sólo Juan y Jesús

yacían abandonados sin los brazos de una madre que les brindasen su

refugio. Jesús, doliente, contemplaba el espectáculo de la alegría

ajena. Juan, más resuelto, le brindó, en un gesto afectuosamente

fraternal, sus brazos.

Pero Jesús, por primera vez, le rechazó, e incapaz de resistir más,

refugióse a llorar en un rincón.

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Mulier quoe sola cogitat, male cogitat=> Mulier quæ sola cogitat, male

cogitat {pg 26}

vociferendo descompuesta=> vociferando descompuesta {pg 27}

como si se abriese las puertas de la gloria=> como si se abriesen las

puertas de la gloria {pg 52}

como tengan eco en las _Losas_=> como no tengan eco en las _Losas_ {pg

73}

es hombre conciencia=> es hombre de conciencia {pg 97}

de lo que afirman=> de los que afirman {pg 113}

los milles de espectadores=> los miles de espectadores {pg 123}

trazas de rufían que de soldado=> trazas de rufián que de soldado {pg

126}

canturia de su voz=> canturía de su voz {pg 172}

lo que me inquietan=> lo que me inquieta {pg 244}

La voz de la conseja, t.2 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos · 第 10 / 10 段