Tal se la quería en todo el pueblo, donde también dejó huella imborrable

de su existencia, merced a dos famosas recetas de su invención, una para

curar los sabañones y otra para amasar pestiños; tal se la quería, que

aun después del novenario del fallecimiento, el señor Rafael, el

afligido _Cuña_ y sus hijos, continuaban recibiendo pruebas inequívocas

del afecto de sus amigos y parientes, muchos de los cuales iban casi

todas las noches a su casa a darles compañía. Aseguraba la malicia que a

lo que iban era a catar un soberbio aguardiente de guindas que tiraba

de espaldas; pero ¿de qué no se ha de sacar partido y se ha de hablar

mal en esta tierra de pecadores? Y cuenta que cuando se acabó el

aguardiente, _Cuña_ se quedó solo con el casco. Lo cual, sin embargo, no

autoriza a creer a los murmuradores, sino a señalar, lamentándola, la

pícara casualidad.

Ya se sabe lo que son estas veladas: de todo se habla en ellas menos del

difunto, porque si el objeto es aliviar la pena de los que le lloran, es

absolutamente indiscreto ponerse a recordar sus virtudes y buenas

prendas. Así, pues, en casa del gran _Cuña_ se hablaba de todos los

vecinos del pueblo que no estaban allí--a excepción de la muerta, que

tampoco estaba y nadie se acordaba de ella;--se jugaba a la brisca y al

tute, se empinaba el codo un poquillo y, a última hora, se contaban

cuentos y chascarrillos verdes, para lo que el propio señor Rafael tenía

la mejor gracia del mundo.

Sólo en una habitación de la casa rendíase a la señora Manolita callado

y silencioso culto. En torno a un braserillo cuasi apagado, y a la media

luz de un quinqué de petróleo, hacían calceta cuatro viejas. Hablar, no

hablaban jota. De cuando en cuando, alguna tosecilla, algún carraspeo,

algún suspiro... Pero bien sabe Dios que la señora Manolita no se les

caía del pensamiento.

¿Y no había nadie más en aquel sosegado cuartito? Sí, por cierto: en un

rincón, borrados por la sombra, había un hombre y una mujer charlando

sin tregua; pero con charla tan apagada y misteriosa, tan quedita y

suave, que no podía ser sino charla de enamorados. El estaba mal

embozado en su capa; ella, bien envuelta en un mantón de estambre. En

los ojos de los dos brillaba la alegría, el contento de vivir... Sobre

la falda de la mocita dormía un gato negro, pequeñín, del que salía un

rumor continuado y monótono, que por allí se llama «hacer la ollita».

Otro gato, tal vez habría buscado la falda de una de las viejas por

hallarse más cerca del brasero; pero éste era un gato de buen gusto, y

prefirió el calor natural de la juventud. No hay motivo para censurarle.

Oigamos a los enamorados:

--¿Pensó usté en aqueyo?

--No.

--¿Por qué?

--Porque eso no se piensa: o sale de adentro o no sale.

--Me es iguá. ¿Sale?

--Miste: lo que tengo de responderle a usté, lo sé desde er día que

estrenó usté la capa.

--¿Le gusté?

--Me gustaron los embosos.

--Estos son. Coloraos. Juegan con sus labios de usté.

--Con mis labios no juega nadie, amigo.

--Pos a vé si me contestan formales: ¿cuándo me saca usté der

purgatorio?

--Así que pase er frío. Ya vé usté si lo apresio.

--Es que disen que año nuevo, vida nueva, y Disiembre se va, y yo quiero

principiá el año que viene en la gloria bendita. Es desí, que de su reja

de usté no me van a despegá ni con agua caliente.

--¡Está usté aviao! En Enero no _pelo yo la pava_.

--¿Por qué?

--Por mó der relente.

--Yo ensenderé un puro, y usté se arrima a la candela.

-Me via a quemá.

--Güeno; pos lo dejaremos pa Febrero. ¿Le paese a usté bien?

-No, señó; ¿en un mes loco vamos a empesá una cosa tan seria?

--Según eso... _la vamos a empesá_. Ya está usté cogía.

--Ayá veremos.

--Quié desí que si no es en Febrero, será en Marso.

--¿En Marso, con er viento que hase, y la guasa que trae la Cuaresma, y

espinacas los viernes?... No pué sé.

--¡Caramba, niña, que va un trimestre de dificurtaes!

--¿Y qué le hasemos?

--Pero ya está entendío: usté a lo que tira es a dí con las flores, pa

que to sean flores entre nosotros. ¿Verdá? ¡Y que tengo yo unos claveles

disiplinaos, que ayá por Abrí eyos solitos van a escaparse de la maseta

pa írsele a usté ar moño!

--Si viera usté que he leído en er Saragosano--porque yo sé leé--que en

er mes de Abrí va a diluviá... ¡Y yo no quiero que usté se moje en la

ventana!

--Pasiencia. ¿Ha leído usté si en Mayo habrá só?

--En Mayo, sí.

--¡Ole!

--No, no; pare usté er cohete. En cuarquier mes entro en relaciones

menos en Mayo.

--Explique usté eso.

--Porque en Mayo se arregló mi hermana Esperansa con su novio, y le

salió vano.

--¿Y vi yo a pagá eso?

--¿No lo pago yo?

--Ea, pos vamos a Junio; pero ya de Junio no me pase usté.

--En Junio andaré yo mu ocupá con los esámenes de mi hermaniyo.

--¿Ah, sí?

--¡Claro!

--¡Está bien, hombre, está bien! ¿Es decí que medio año tirao a la caye?

¿Y qué me cuenta usté de Julio? ¡Un mes tan bonito!

--Me horrorisa la copla:

Los amores de Julio

son chaparrones.

No hagas caso, muchacha,

de esos amores.

--¡Por vía e la coplita e Dios!

--Pos Agosto también tiene la suya. Oiga usté y quéese usté helao:

Los amores de Agosto

yo no los quiero

porque pasa er verano,

viene el invierno.

--¡Así no vamos a acabá, niña! ¡Antes que el invierno, yega el otoño!

¿Le gusta a usté Setiembre pa pelá la pava conmigo?

--Sabe usté, que como a mi hermaniyo le van a dá calabasas en Junio, en

Setiembre se me va a podé ahogá a mí con un pelo, hasta vé si sale o no

sale.

--¡Camará! ¿Y Ortubre?

--En Ortubre prinsipian a caerse las hojas, y no hay humó pa ná.

--¡Morena, que se nos va el año! ¿Tiene pa usté argún pero Noviembre?

--Muchos peros, no uno. Lo dise er refrán: «Noviembre, mes de peros,

castañas y nueses.» Y los peros, malo; pero las castañas, peó.

--¿Entonses, qué?... ¡Disiembre y no hay más!

--¡Disiembre! ¡Fin de año! ¿Quién planta una maseta cuando se está

poniendo er só? Se aguarda a que amanesca otro día. Espere usté un

poquito... y año nuevo, vida nueva. Usté lo ha dicho antes.

--¿Ahora estamos ahí? ¡Pos hágase usté cuenta de que esta conversasión

la hemos tenío el año pasao, y listos! Dentro de cuatro días le digo yo

a usté en su ventana esta copla, ya que sé que le gustan:

A la luna de Enero

te he comparado,

que es la luna más clara

de todo el año.

Siguió el palique... Al sonar las once en el reloj de la iglesia

cercana, se levantó una de las viejas, dió las buenas noches a las

otras, llamó por señas a la muchacha, y juntas salieron de la

habitación. Protestó el mozo, acomodándose la capa sobre los hombros, y

calándose el sombrero de ala ancha, y protestó el gato abriendo dos

palmos de boca. El gato se arrimó al brasero, y el hombre salió tras la

mujer.

Ya en la calle, vieja y moza apretaron el paso, porque la noche estaba

fría. El las seguía de lejos. Tras mucho andar por las calles

desiertas, en las que sólo hallaron un perro olfateando un montón de

escombros, y un borracho que las obligó a cambiar de acera, detuviéronse

ante una casa bajita y pobre. Allí estaba la reja que debía ser testigo,

durante un año, al menos, de la ventura de dos enamorados. Al llegar

frente a ella la mocita volvió la cara... Parecía un lucero.

Aquella noche soñaron los amantes. ¿El uno con el otro? No. Soñaron con

la pobre señora Manolita, la difunta compañera del veterano _Cuña_, que

desde el otro mundo les decía:

--¡Ah, tunantes! ¿Con que se aprovechan ustedes de que yo me he muerto

para arreglar sus cosas? ¡Bien está, bien está!... No me enfado. Casi me

alegro de haberles proporcionado la coyuntura. Porque--¡qué

demonio!--yo, a mis ochenta y tantos, no tenía más que hacer que

morirme, y ustedes, a sus veinte y pico, no tenían más remedio que

quererse.

Y el cuento de aquel sueño en que danzaban la muerte y la vida, fué el

primer tema de la primera _pava_.

EL DISFRAZ

(ALVARO RETANA)

I

Realmente es lamentable esta obsesión, amigos míos--dijo el famoso

novelista Luciano Avril, siguiendo con la vista las espirales grises que

salían de su cigarro turco--; pero no puedo sustraerme a ella. Desde

hace dos semanas vivo en perpetuo sobresalto, oprimido por la horrible

angustia de ese peligro contra el cual todas las precauciones son

inútiles, y que cada hora siento más cercano. Reconozco la insensatez de

mi conducta; trato de ridiculizarme ante mis propios ojos y procuro

ahuyentar de mi cerebro este absurdo temor; mas lucho en vano. Desde la

noche en que _la vi_, hoy hace quince días, he perdido el reposo.

¡Parece que fué ayer! Estaba yo solo en mi despacho, corrigiendo las

pruebas de mi libro próximo a publicarse, cuando un leve rumor como el

de alguien descorriendo cortinajes y removiendo telas me obligó a volver

la cabeza. En la estancia no había nadie; pero en la enorme luna que

ocupa casi todo el testero que yo tenía a mis espaldas, distinguí

claramente, pálida entre los pliegues de su túnica negra, dejando

asomar únicamente su calavera de marfil, donde los ojos fosforecían como

dos luciérnagas, la imagen de la MUERTE, rebuscando con sus manos

descarnadas y amarillas, ávida y sonriente entre los atavíos de un

miserable alquilador de trajes, un disfraz con que desfigurarse

totalmente. ¡Pesadilla arbitraria! ¿No es cierto? ¡LA MUERTE--una muerte

de cuento de Grim o de dibujo de Beardsley, con su cabeza pelada como un

huevo, su sonrisa escalofriante y el esqueleto oculto bajo la clásica

envoltura negra y mate--buscando un nuevo traje entre las percalinas de

colores de un establecimiento vulgarísimo, donde sólo van horteras y

criadas a procurarse los disfraces con que bailar frenéticos en los días

de Carnaval! ¡Casi me avergüenza confesar que he sido víctima de tan

ridícula alucinación! Sin embargo, aquella visión grotesca e infantil ha

sacudido mi alma entera como en vendaval siniestro y me ha colmado de

inquietud; porque yo estoy seguro, segurísimo, de que si la Muerte en

aquella ocasión recurría a un disfraz, era para venir en mi busca

disimulada y alevosa, a fin de que yo, desprevenido y confiado, no

pudiese evitarla ni burlarla.

Y el novelista dejó de hablar, marcándose en su frente la arruga de un

invencible horror.

Su amigo inseparable, Enrique Fontanar, que le escuchaba atentamente, no

pudo contener un estremecimiento que le recorrió de pies a cabeza, y el

famoso doctor americano James Grey, que también le escuchaba interesado,

puso al alcance de su mano un cenicero de plata para que él depositase

la ceniza del cigarrillo turco, cambiando unas miradas furtivas con la

mujer del escritor entre las sombras de aquel crepúsculo de Octubre,

demasiado sombrío, que iba convirtiendo la estancia en una mancha negra.

--Toda mi habilidad de artista descriptivo se estrellaría si intentase

dar idea de mi espantosa situación--prosiguió el joven novelista,

contemplando dichoso a su mujer, que causaba la impresión de una

serpiente roja modelada por una funda de terciopelo grana, con los ojos

redondos, verdes y brillantes como esmeraldas engarzadas en aquel rostro

inquietador, que sonreía ambiguo, mostrando una dentadura aguda y

reluciente como la de un lobo.--Dominado por la convicción de que ELLA

me acecha disfrazada y traidora, no me atrevo a salir solo a la calle. A

cada instante me parece que ELLA va a aparecer de improviso dispuesta a

hacerme su víctima, y tiemblo como un chiquillo a la sola suposición de

que pueda llevar a cabo su terrible designio. Yo he creado en mis

libros situaciones macabras, pero ninguna tan angustiosa como la mía. El

ruido de una hoja desprendiéndose de un árbol, me hace volverme

rápidamente como un reptil hostigado, temiendo que sea el roce de su

insospechable vestido; el rumor del viento me aturde y me enloquece,

porque no sé si es SU voz llamándome atrevida; y si al cruzar de un lado

a otro de la calle, un transeunte me roza casualmente, tengo que

contener un grito de terror, creyendo que son los cinco huesos de su

mano los que intentaron cogerme. Más de una vez, de madrugada, he

despertado a Cecilia lleno de pánico, porque me ha parecido escuchar que

ALGUIEN avanzaba sigilosamente por los pasillos arrastrando una guadaña.

¡Esto es insoportable, amigos míos! ¡La gloria y la fortuna me sonríen;

amo a Cecilia con locura y soy amado por ella; nada me faltaba para ser

feliz, y esta obsesión maldita se ha empeñado en martirizarme? Por culpa

de ella mis nervios de hombre joven que aún no ha mucho rebasó los

treinta, se hallan aniquilados, mi cerebro se resiste encarnizadamente a

producir, y mi temperamento, de ordinario apacible y cariñoso, se torna

en agrio y desabrido...

Enrique Fontanar le dirigió una mirada llena de compasión dolorosa;

Cecilia levantóse para encender la luz y arreglarse ante el espejo la

encendida cabellera rojiza que aureolaba su rostro de esfinge

impenetrable, y el médico, con voz un tanto hueca y funeraria, voz de

muñeco o de fantasma, que quería ser afectuosa e insinuante, pero hacía

escalofriarse instintivamente a Fontanar, contestó:

--Creo sinceramente, amigo Avril, que el exceso de trabajo que usted se

ha impuesto es el causante de este desequilibrio que le agobia. Desde

que le conozco, he reprochado a usted ese modo incesante y entusiasta

que tiene de laborar. Demasiado comprendo que usted disfruta

extraordinariamente tejiendo sus novelas y goza lo indecible viviendo la

vida de sus personajes, por lo cual procura estar con ellos en relación

continua; pero este esfuerzo de imaginación tenía que resentir su

cerebro en algún momento, y este momento ha llegado. Es preciso que por

una larga temporada abandone sus papeles y renuncie usted a escribir ni

leer. Depure su alimentación, que no ha de ser copiosa, y si no le es

posible, cambie usted de aires. Un viajecito con Cecilia a su casa de

Avila le sería muy conveniente.

--Allí debe hacer un frío atroz en esta época--interrumpió Enrique.

--Eso no le hace--replicó Cecilia con naturalidad, mirando fijamente al

doctor.--Todo se reduce a encender una buena chimenea y como, además,

no íbamos a salir de casa... Sitio más reposado que aquel, no

encontraríamos...

--El caso es que tengo tanto trabajo por entregar--afirmó el

novelista--que no quisiera ausentarme todavía de Madrid.

--Mira--dijo Cecilia, decidida--opino, con el doctor, que por encima de

tus compromisos editoriales está la salud. En la semana próxima nos

marchamos a Avila para que descanses hasta primero de año, y verás como

esa neurastenia desaparece.

--¡Qué buena eres y cuánto me quieres!--exclamó el joven escritor,

abandonando su butaca para estrechar las manos de Cecilia, que le

recibió tiernamente. Y al fijarse en las miradas febriles del americano,

añadió con aire triunfal:--Vamos, amigo mío, que ya haría usted algo por

tener una mujercita tan cariñosa como la mía.

James Grey no respondió; pero contemplando aquella escena de bienestar y

dicha conyugal, aquella envidiable identificación de marido y mujer, sus

pupilas metálicas relampaguearon con extraño fulgor, que no pasó

inadvertido para Enrique Fontanar.

¡Cuán desagradablemente impresionaba al amigo inseparable de Luciano

Avril la mirada implacable de aquel doctor venido de Norteamérica hacía

un año y al cual rodeaba una aureola de misterio que él mismo parecía

acentuar con la palidez de su rostro frío y duro, que apenas se contraía

al hablar, y más que un rostro humano, parecía el de una estatua por su

hierática inmovilidad!

James Grey era el verdadero tipo de héroe de Conán-Doyle. ¡Aquella

silueta de lebrel afinada por un traje negro que al ceñirse, remarcaba

la dureza de sus líneas! ¡Aquel perfil de ave de rapiña, agravado por la

mirada insultadora de una pupilas negras con reflejos de acero! ¡Aquella

boca sin labios, que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz entre

dos grandes arrugas en forma de paréntesis! ¡Y luego, aquellas manos

rígidas, pero que al ser estrechadas resbalaban como la cola de un

reptil!

De James Grey se sabía que era hijo de padre inglés y madre española,

que había hecho la carrera de Medicina en Nueva York y que su

especialidad era el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Había

llegado a España envuelto en el prestigio de curas maravillosas

realizadas en Francia, y se le atribuían facultades sobrenaturales. En

sus viajes por la India, había adquirido conocimientos extraordinarios

que le permitían aparecer como un verdadero taumaturgo, y se decía que

en su clínica podían encontrarse los remedios a los casos más

desesperados.

A los seis meses de su entrada en la corte, James Grey era temido y

admirado por toda la alta sociedad madrileña. Le hacían admirables sus

curas prodigiosas; pero causaba malestar su silueta enigmática. Detrás

de aquellos ojos crueles, la gente creía adivinar el secreto de algún

drama tenebroso, e instintivamente el mundo reconocía en él un ser

temible. Se admitía su ciencia; pero se sospechaba que _alguna vez_

podría emplearla mal. Se admiraba al médico; pero se rechazaba al

hombre.

Hizo más alarmante la silueta de James Grey, la indiscreción de un

criado despedido, que, en su furor, hizo correr toda clase de fantasías

y variadas calumnias que, naturalmente, favorecían poco al doctor. Se

aseguró que James Grey era un profesional del opio y que en su clínica

guardaba plantas desconocidas y extravagantes que provocaban ojeras

profundas y palideces macabras, como la que él exhibía, y flores no

menos peligrosas, que tenían la rara propiedad de nacarar con su perfume

la piel de las mujeres. Pero estas últimas despedían aromas de muerte y,

por aspirarlos, varias doncellas del doctor habían perecido, envenenadas

de languidez.

Todo esto se decía en voz muy baja del médico famoso, sin que nadie se

atreviera a desmentirlo ni a afirmarlo. Sin embargo, no por eso

disminuía su clientela. El hombre no acababa de anular al sabio, y ante

una curación casi milagrosa, la opinión se rendía, concluyendo por

comprender que James Grey era una víctima de la maledicencia y de la

envidia.

--¡Le calumnian sus enemigos!--exclamaban algunos partidarios

suyos.--¡James Grey es un hombre de ciencia maravilloso, y el despecho

de sus rivales es quien intenta perjudicarle! ¡James Grey es incapaz de

hacer daño a una mosca!...

Uno de sus más grandes defensores era Luciano Avril. Fiaba en su talento

ciegamente y una irresistible simpatía le acercaba al hombre muy temido

y admirado. Y aquella mirada que a otras personas causaba malestar,

diríase que magnetizaba al escritor, esclavizándole con irrompible yugo.

La amistad entre el médico y el novelista aumentaba de día en día, y

aquella prevención de su mujer en el primer momento contra James Grey,

desaparecía, siendo substituida por un afecto que no desagradaba a su

marido.

Quizás gran parte de la admiración y simpatía que el matrimonio

profesaba al doctor fuera debido a que no le creyesen del todo inocente.

Pero una atmósfera de espanto y de interés envuelve a las personas

culpables y hasta sus ojos parecen centellear con resplandores

fascinantes que sirven de aureola a su figura. Luciano y su mujer

estimaban al médico; pero en su estimación influía grandemente la

equívoca reputación de James Grey. El enigma de su encanto emanaba tal

vez de su mismo crimen.

A Enrique Fontanar impresionaba bien opuestamente el misterioso

americano. Su presencia le producía un ligero escalofrío, y nunca se

dejaba cautivar por aquella diabólica sonrisa. Pero como la única vez

que manifestó a Luciano Avril el sentimiento de antipatía y repulsión

que James Grey le inspiraba, el novelista se enojó muy seriamente y su

mujer le defendió con tenaz bizarría, no volvió a insistir, para evitar

una escena desagradable.

Cuando sonaron ocho campanadas en el reloj Renacimiento que elevaba su

esfera sobre la biblioteca, Enrique Fontanar y James Grey se despidieron

del matrimonio.

El novelista y su mujer los acompañaron hasta la puerta, y mientras

Fontanar recomendaba a Avril un viaje a su finca de Avila, James Grey,

complacido, murmuraba al oído de Cecilia:

--Afortunadamente, la cosa marcha bien.

II

Ocho días después, Luciano Avril y su mujer se encontraron en su finca

de las afueras de Avila, acompañados de James Grey, que hacía un

sacrificio para atender a la curación del novelista, cuya neurastenia

amenazaba destruirle seriamente.

Y, solo en su despacho, el joven escritor descargaba su melancolía

tomando la pluma para decir a Enrique, su inseparable camarada:

«Hace una hora, mi querido Fontanar, que mi alma piensa en ti

exclusivamente y que me recrimina por no haberte escrito antes, estando

tan necesitado de consuelo.

»No acierto a comprender cómo he podido estar una semana sin escribirte,

para narrarte mi inmensa desventura.

»Tú recordarás que siempre he sido muy débil; desde la infancia se

advertía en mí esta escasez de bríos físicos que me caracteriza, y aún

no habrás olvidado aquellos días de colegio en que yo me acercaba a ti

deslumbrado por tu fuerza y tu benevolencia, para que tu amistad me

protegiese contra las violencias de mis compañeros. Pues bien: continúo

siendo el niño pálido y medroso, de exaltada imaginación de entonces;

solamente que después de mi boda con Cecilia, y no sé si a consecuencia

de un excesivo desgaste medular, me he hecho infinitamente más nervioso

e impresionable.

»¡Luego, este amor desordenado y vehemente que siento por Cecilia me

aniquila! Adoro a mi mujer con frenesí tan insensato, que quizás esto

contribuya también a debilitar mi naturaleza, enfermiza de por sí. Pero

no me es posible dominarme. Sus caricias exaltan mi sensibilidad tan

hondamente y me producen un vértigo tan embriagador, que quisiera

tenerla todo el día entre mis brazos. Únicamente por ella me impongo

este trabajo abrumador, a fin de que no carezca de nada. Cecilia ama el

lujo y la molicie, es voluptuosa y comodona como una gata, y si no

satisficiera sus caprichos, nuestra vida conyugal sería un infierno.

»Afortunadamente, hasta ahora no puedo quejarme de mi suerte. El público

hace una demanda tan importante de mis libros y mi colaboración en las

grandes revistas se paga tan espléndidamente, que me permiten sostener a

mi mujer con relativa fastuosidad, y aun he ahorrado dinero para

adquirir esta finca, que ella llama pomposamente «su castillo» y tener

un fondo de reserva, que me evita el recurrir a los treinta mil duros

que heredé de mi tío y con los cuales cuento para fundar una gran casa

editorial dentro de un par de años.

»Podría considerarme feliz en medio de mi debilidad. Sin embargo...

sospecho que muy pronto sobrevendrá mi ruina corporal y espiritual si no

logro curarme de esta dolencia que me hiere: el miedo.

»Es una enfermedad vergonzosa y terrible que se infiltra en las venas y

se propaga como lepra, que se instala en mi espíritu creando absurdas

desconfianzas, espantosas alucinaciones y bruscos estremecimientos, que

destrozan la voluntad, la inteligencia y el organismo como un dardo

envenenado.

»¿De qué tengo miedo? De muchas cosas y de nada. Del cielo gris y

abrumador, que parece va a caer aplastando mi cabeza, de la nieve que

nos rodea como un sudario asfixiante, del eco de las risas de Cecilia,

que resuenan en estas dilatadas estancias como detonaciones formidables.

Y sobre todo de ELLA, de la MUERTE entrevista en el espejo de mi

despacho de Madrid, que cada vez está más próxima e implacable, pues ha

hecho acto de presencia en el castillo.

»Esta mañana ha muerto misteriosamente la doncella de mi mujer, y yo me

desespero pensando que esto es una advertencia que ELLA me hace para que

no intente resistirme. ELLA que ha entrado en el castillo disimulada y

audazmente, alevosa bajo un disfraz que yo no acierto a presentir ni

conocer y que ha probado la eficacia de su guadaña segando la existencia

de esta pobre muchacha que yace en una de las habitaciones del piso de

arriba, vestida con una falda negra y una blusa blanca, toda verduzca,

rostro y manos, como si se hubiera convertido en bronce repentinamente.

»Desde que he empezado a escribirte, me siento un poco más tranquilo,

porque me parece ver tus bondadosos y protectores ojos, arrojando

airados al Miedo, este monstruo negro que me atormenta. Aunque me falta

el valor para levantar la vista del papel, por miedo a contemplarme, tan

solo en el silencio macabro de esta enorme estancia.

»No tengo más esperanza que tú, Enrique. ¡Sálvame! ¡Es preciso que

vengas inmediatamente a Avila para que yo tenga un amigo fiel a quien

contar mis penas y un compañero leal que en mis ratos de soledad me

ahuyente el miedo!

La voz de la conseja, t.2 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos · 第 8 / 10 段