relato para lanzar ojeadas a una mesa próxima. Le interesan, sin duda,
dos pupilas circundadas de negro que se fijan en él, entre el ala de un
gran sombrero empenachado y la pluma sedosa de una boa blanca. Al fin,
con irresistible atracción, se traslada de nuestra mesa a la otra. Poco
después desaparece, y con él se borran el sombrero y la boa.
Me veo a solas con el capitán más joven, que es el que menos ha hablado.
Bebe; mira el reloj que está sobre el mostrador. Vuelve a beber. Me
examina un momento con esa mirada que precede siempre a una confidencia
grave. Adivino su necesidad de comunicar algo penoso que le atormenta la
memoria con gravitación de suplicio. Mira otra vez el reloj. La una.
--Fué a esta misma hora--dice sin preámbulo, saltando del pensamiento a
la palabra para continuar un monólogo mudo.--Hoy hace cuatro meses.
Y mientras sigue hablando, yo veo la noche obscura, el valle cubierto de
nieve, las montañas blancas de las que emergen hayas y pinos,
sacudiendo al viento las vedijas algodonadas de su ramaje. Veo también
las ruinas de un caserío, y en estas ruinas el extremo de la retaguardia
de una división servia que se retira hacia la costa del Adriático.
Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que
fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han
adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que
se mueven como autómatas y a los que hay que impelir a golpes; mujeres
que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas,
altas y huesudas, que callan con trágico silencio, e inclinándose sobre
los muertos les toman el fusil y la cartuchera. La sombra se colora con
la pincelada roja y fugaz del disparo, surgiendo de las ruinas. De las
profundidades de la noche contestan otros fulgores mortales. En el
ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles insectos de la noche.
Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es el
enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austriacos,
búlgaros, turcos?... Son tantos contra ellos!
--Debíamos retroceder--continúa el servio,--abandonando lo que nos
estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día.
Los largos cordones de mujeres, niños y viejos, se habían sumido ya en
la noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban
en la aldea los hombres útiles que hacían fuego al amparo de los
escombros. Una parte de ellos emprendió a su vez la retirada. De pronto
el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo: «¡Los heridos! ¿Qué
hacer de ellos?...» En un granero de techo agujereado, tendidos en la
paja, había más de cincuenta cuerpos humanos, sumidos en doloroso sopor
o revolviéndose entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que
habían logrado arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche que
restañaban la sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres
alcanzadas por las salpicaduras del combate. El capitán entró en este
refugio que olía a carne descompuesta, sangre seca, ropas sucias y
alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los que conservaban
alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único farol. Cesaron
los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor, como si estos
moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte.
Al oír que iban a quedar abandonados a la clemencia del enemigo, todos
intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron a
caer.
Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, fué hasta el
capitán y los soldados que le seguían...
--¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús!
Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su
suerte con resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedar
a merced del búlgaro o el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos
completaron lo que las bocas no se atrevían a proferir. Ser servio
equivale a una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estaban
próximos a morir temblaban ante la idea de perder su libertad.
La venganza balkánica es algo más temible que la muerte.
«¡Hermano! ¡Hermano!» El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas
súplicas, evitaba el mirarles. «¿Lo queréis?», preguntó varias veces. Y
todos movían la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso su abandono,
no debía alejarse dejando a sus espaldas un servio con vida.
¿No habría suplicado él lo mismo al verse en igual situación?...
La retirada, con sus dificultades de aprovisionamientos, hacía escasear
las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos.
El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya el
trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada,
ruidosa; cuchilladas a ciegas, agonías interminables, arroyos de sangre.
Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por su
categoría, que representaba un honor, admirados de su hábil prontitud.
--¡A mí, hermano!... ¡A mí!
Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en el
cuello, buscando partir la yugular del primer golpe.
--_¡Tac!_... _¡Tac!_...--marcaba el capitán, evocando ante mí esta
escena de horror.
Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de las
sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. El había
intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le
llenaban de lágrimas; pero este desfallecimiento sólo servía para herir
torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor. ¡Serenidad!
¡Mano fuerte y corazón duro!... _Tac_..., _tac_...
--¡Hermano, a mí!... ¡A mí!
Se disputaban el sitio como si temieran la llegada del enemigo antes de
que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido
instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el
cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible a la picadura
mortal. «¡Hermano, a mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban
sobre los otros cuerpos que iban vaciándose lo mismo que odres rojos.
* * * * *
El _bar_ empieza a despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con
galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de
arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos entre
risas de alegría infantil.
El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el
gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará nunca, sigue
golpeando maquinalmente la mesa... _¡Tac!_... _¡Tac!_...
PRUEBAS DE AMOR
(FELIPE TRIGO)
Mi amigo César es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque
tiene talento y buena fortuna, y es el más desdichado de los hombres.
Todo lo mide, lo pesa y lo descompone; el placer y el dolor, el llanto y
la alegría, el amor y la amistad. Su corazón sensible, hasta lo
infinito, se deja tocar por las más pequeñas cosas; pero el eco
levantado en el corazón, plácido o triste, grande o fugaz, es entregado
inmediatamente al pensamiento, que, al profundizarlo por todas partes,
lo deja destrozado.
Llorando ante el cadáver de su padre, pensaba si en su aflicción extrema
no habría algo de hipocresía consigo mismo. Y cesó de llorar. Pero en
seguida le pareció fanfarronada de fortaleza su dolor sin llanto. Y
lloró, llamándose miserable.
Estrenó una comedia. Y cuando el público lo aclamaba, se encontró a sí
propio desmedidamente fácil de halagar por los aplausos. Para evitarlos,
se negó a salir a escena por segunda vez, se largó a su casa, se metió
en la cama y no pudo dormir, reflexionando que la brusquedad de tal
determinación tuvo mucho más de vanidosa que el haber seguido recibiendo
los aplausos.
Cuando saluda a un personaje aléjase meditando si en el saludo no puso
algún servilismo. Y, por si acaso, cuando le halla otro día, lo esquiva.
Vive solo, huraño, perpetuamente dedicado a vacilar, a destruirse las
ilusiones.
Es un loco, sin duda.
* * * * *
Recuerdo que hará tres años lo encontré una tarde en el Retiro, sentado
de espaldas a la gente, con la silla recostada en un árbol y entretenido
en mirar el desfile de los coches. Me senté con él y no hablamos. De
pronto, al paso lento de los carruajes enfilados, porque estaba en el
paseo de la Reina, cruzó junto a nosotros una victoria, en cuyo interior
iban dos mujeres, saludando a César.
Una, lindísima, elegante, joven.
--¿Ves aquélla?--me dijo señalándola, cuando ya no pudo vernos.--La
adoro. Estoy desesperado. La vi en la Comedia, en un palco. ¿Verdad que
es divina?... Tiene alma de artista. Después de la presentación, no he
vuelto más que dos días a su casa. ¡Oh, si yo pudiera llevarla a la mía,
hacerla mi mujer!... Créeme. El ideal es esa Aurora Rubí; pero es hija
de un hombre muy rico.
En seguida me contó que Aurora había estado con él atentísima, quizás
más que con nadie; pero que, sin embargo, y a pesar de que la quería
cada vez más, teniendo en cuenta la alta posición de aquella familia, no
se atrevería a intentar nada. Yo hícele notar a mi amigo que teniendo él
una carrera brillante y un nombre literario conocidísimo en Madrid,
debían tenerle sin cuidado los miles de duros del _suegro_. Mucho menos
cuando, a juzgar por el modo de saludar de Aurora, cuyos ojos se habían
fijado en César con mimosería singular, la niña estaba de su parte.
Continuamos hablando del asunto mucho rato a la vuelta del paseo, y, ya
de noche, en la Puerta del Sol, dejé a César con sus vacilaciones
eternas y eternas dudas y desconfianzas.
* * * * *
En Marzo volví a verle en una platea del Español, con Aurora y su
familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con
el abanico de seda, sin importarles un pito la representación. Y
después, durante todo el verano siguiente, le encontré siempre
acompañándola en los teatros, en los paseos, enamoradísimos ambos, según
las muestras.
Tenía ganas de hablar con César para darle mi enhorabuena, y una tarde
que yo estaba en la Moncloa, adonde fuí de puro aburrimiento, le hallé
sentado en un banco, la cara seria, entretenido en golpear las
piedrecillas del suelo con la contera del bastón.
--Te felicito--le dije.
--¿Por qué? ¿Por quién?... ¿Por Aurora? No, no; todo lo contrario.
--¿No es tu novia?
--Sí.
--¿No la quieres?
--Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable, sin
par; y por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se
me antoje; pero...
--Pero, ¿qué?
--Pero... ¡no me da la gana!
Dijo esto con dureza extraña, como imposición hecha por su voluntad a su
invencible deseo.
--No quiero. No me da la gana de casarme--repitió, enfadado.
Yo me reí. El se calmó luego.
--Mira, tú--me dijo,--la quiero tanto, que yo necesito a toda costa
saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora, y que
me adora como una loca, que me adora por mí mismo, no por la vanidad de
mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra:
necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su
orgullo, su porvenir y su honra.
--Estás chiflado.
--Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que
si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el
honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente,
devolverlos; pero ¡quién sabe si entregarlos hechos jirones a la
publicidad, para ver si la adoración resiste a todo, hasta al martirio y
a la deshonra!
--Pero, ¿hablas formal?--no pude menos de preguntarle a mi amigo.
--Tan formal, que hace cuatro días que no la veo. La he jurado que la
amaré siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos.
--¿Y ella?
--Lucha la infeliz. Mira; al fin esta tarde me llama. Sí, sí, empiezo a
creer que me idolatra; que podremos casarnos... después.
* * * * *
Al cabo de medio año, he vuelto ayer a tropezarme con César. Estaba en
un café y leía, completamente absorto, una carta de renglones cruzados.
Aurora está en Santander.
--Oye--me dijo César, tras de contarme muchas cosas.--Es horrible mi
situación. Yo, que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su
amor, y ya menos que nunca. Yo leo esas cartas llenas de ternura, de
confianzas dulcísimas, y pienso, a pesar mío, que aunque así deben de
ser las que dicta el corazón de una mujer enamorada, así pueden ser
también las que dirige el miedo de una pobre niña a quien le guarda el
tesoro de su honra.
--Que entregó por amor.
--¡Y que puede obligarla a mentir en el olvido! ¡Oh, si así fuera, si
ella me hubiese olvidado, cuánto me estaría ofendiendo al creer que yo
no sería capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra
escondida felicidad, que no tienen valor para mí de prendas de venganza
contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la única mujer que he
querido y querré con toda mi alma, aun ante la confesión de su olvido...
Y si me ama--continuó César, exaltado--, yo quiero saberlo. Pero cómo,
Dios mío, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar
una mujer... ¡y no son bastantes!
* * * * *
Yo dejé a César por no decirle que es cruel, brutal, con la infeliz y
enamorada niña que así se ha hecho la esclava de un loco.
Porque no me cabe duda que César tiene una locura no estudiada en los
libros todavía.
LOS ANTEOJOS DE COLOR
(J. ECHEGARAY)
I
Don Trinidad de Aguirre ha muerto.
Esta noticia acaso no sorprenda a mis lectores, porque los lectores ya
no se sorprenden de nada; pero debía sorprenderles.
Debía sorprenderles por varias razones. En primer lugar, porque ninguno
de ellos habrá conocido al difunto, cuando todavía no era difunto. En
segundo lugar, porque el suceso ha venido sobre todos nosotros con la
rapidez del rayo, sin preparación de ningún género, sin un mal aviso de
los periódicos, sin una papeleta de defunción siquiera: se nos dice que
don Trinidad ha muerto, y no sabíamos que este don Trinidad existiese. Y
en tercer lugar, porque la muerte de este señor ha sido de todo punto
injustificada.
Con las entradas _en_ y salidas _de_ este mundo de lágrimas, sucede como
con las entradas y salidas de los dramas: las hay que están más o menos
justificadas, y las hay que no están justificadas de ninguna manera.
El _mutis_, digámoslo así, de don Trinidad, ha sido, pues, inesperado e
injustificado.
Don Trinidad era joven, era rico, tenía figura simpática, talento
natural, mucha ilustración, estaba para casarse con una chica preciosa
y, sobre todo, gozó de una salud perfecta, hasta el momento de morirse,
que esto no le sucede a todo el mundo.
¿Hay alguien que en estas condiciones se muera? Yo creo que no.
Pues, sin embargo, don Trinidad de Aguirre ha muerto.
Hace dos años viajó por Alemania; allá se estuvo unos meses y volvió del
viaje como se fué: tan joven, tan rico, tan simpático, tan alegre y tan
sano.
Pero en el mes de Noviembre del 96 tuvo un pequeño ataque a la vista.
Poca cosa, casi nada, enfermedad que no lo era, y que no tenía de serio
más que el nombre, que no sé cuál fuese.
Se puso unos _anteojos de color_ para quitar fuerza a la luz, y se curó
en ocho días, quedándole los ojos tan hermosos, tan brillantes y tan
malagueños como siempre.
Pero cambió de carácter; cambió por completo.
Era alegre y hasta bromista; resultó triste.
Hablaba, no con exceso, pero sí con amplia medida: resultó silencioso.
Su sonrisa era franca y espontánea: su sonrisa resultó amarga: las dos
comisuras de la boca se le cayeron con caída trágica, como si huyesen de
todo regocijo.
En suma, que don Trinidad se transformó.
Para los amigos no tuvo más que frases de desdén o réplicas punzantes,
y, naturalmente, se fué quedando sin amigos: desde entonces siempre fué
solo.
Antes se le veía en teatros, paseos y reuniones; después no se le vió ni
era fácil que se le viese, porque se quedaba en casa. Pero en su casa,
también solo; porque don Trinidad nunca tuvo parientes, circunstancia
que hace más inexplicable su muerte repentina.
Durante un mes no vió más que a su novia, y como los anteojos de color
dan a la fisonomía cierto carácter ridículo, convierten la cara humana
en cara de lechuza, y él tenía interés en que su amada le viese los ojos
siempre _al natural_, nunca se puso para mirarla los anteojos de color.
Pero un día, no se sabe por qué razón, se los puso: la chica le encontró
muy raro y se echó a reir. Pues se ofendió tanto don Trinidad, que,
después de mirarla fijamente, dió media vuelta, se fué a su casa y
rompió para siempre con Rosario.
Por cierto que a poco más se muere del disgusto la pobre Rosario.
Algunos días después se encontraron a don Trinidad muerto.
Estaba junto a la mesa de su despacho; había escrito unas cuartillas,
los anteojos de color estaban rotos, hechos añicos; se sospechó que los
había roto de un puñetazo, porque tenía ensangrentado el puño.
Una particularidad llamó mucho la atención: todos los espejos de su
casa, y los había magníficos, se encontraron rotos también.
De estos antecedentes se dedujo que don Trinidad se había vuelto loco.
Y las cuartillas que dejó escritas así lo confirmaron.
No se han encontrado todas; pero algunas que pudieron recogerse decían
así:
II
Le encontré en un coche de primera; yo iba solo, cuando entró el maldito
viejo. ¡Qué chiquitín, qué arrugado, qué color de tierra el de su cara!
Era como una esponja humana, que se apretó, se apretó, se le sacó todo
el jugo, y no quedó más que una masa árida a modo de estropajo.
Llevaba puestos unos anteojos de color. No eran verdes, ni azules, ni
amarillos, ni ahumados. Eran de un color extraño, mezcla turbia de
todos los colores: como la vida humana.
El viejecillo me miraba mucho y sonreía con sonrisa diabólica. Si no
hubiera considerado que era un pobre carcamal, le abofeteo.
Como el viaje era largo y siempre fuimos solos, hubo tiempo para que
hablásemos largamente.
¡No! ¡El viejo antipático era todo un sabio!
Y estaba al tanto de la ciencia moderna y de los últimos
descubrimientos.
Sobre todo, los rayos X le entusiasmaban. Pero sus entusiasmos concluían
por unas sonrisas que hacían daño. No sé por qué, pero hacían daño.
Si el viaje dura más, yo le estrangulo. Mejor hubiera sido.
Aquí faltaban algunas cuartillas.
III
Para algo han servido el choque y el descarrilamiento.
Ya voy solo. Pobre hombre, murió aplastado. ¡Lo inverosímil!
Ahora que pienso en él, me da lástima; quizás fuese una buena persona.
Al morir me miró con cierta ternura: me alargó los _anteojos_ y me dijo:
«Tome usted, tome usted; le declaro mi heredero.»
¡Sus anteojos! ¡Sus anteojos de color! ¡Herencia infernal!
¡Bien muerto está el viejo!
Y aquí seguían imprecaciones, gritos de dolor, gritos de desesperación.
Decididamente don Trinidad estaba loco.
Venían después unas cuantas cuartillas escritas en una letra
ininteligible.
Sólo en las últimas se entendía algo: frases sueltas; párrafos
descosidos; las ruinas de un cerebro anegadas en un líquido amargo como
escollera dispersa por los embates del mar salobre.
A continuación copiamos algunos fragmentos.
Decía uno de ellos:
Volví a Madrid: me olvidé por completo de los infernales anteojos.
Hice mi vida de siempre: el arte, la ciencia, mis amigos, mi Rosario.
Días felices los de hoy, como eran felices los de ayer. Estaba
convencido de que la Naturaleza me había traído al mundo para gozar.
Y yo procuraba complacer a la Naturaleza.
¡Ah! ¡Si no hubiera sido por los endiablados anteojos de color!
Un día ¡día aciago!, me sentí mal de la vista: me acordé de las
antiparras, me las puse y me fuí a la calle.
¡Horrible! ¡Horrible! ¡Invención admirable, prodigiosa, estupenda, pero
horrible!
Y decía otro párrafo:
Los cerebros se hacen transparentes, como si fuesen de cristal de roca.
Se ve la substancia gris, sus celdillas, sus misteriosos protoplasmas,
la red nerviosa que por todas partes se extiende.
Se ven las ideas escritas en maravillosa escritura: jeroglíficos de
aquellas microscópicas pirámides, que los ahumados cristales de mis
anteojos traducen al lenguaje vulgar.
Se ven los sentimientos: cómo se agitan, cómo se estremecen, cómo
circulan a modo de oleaje sutilísimo, hundiéndose unas veces, flotando
otras, sin encontrar nunca orilla en aquel mar tan pequeño y tan grande.
Se ve a la voluntad ir tropezando como borracha en una y otra celdilla,
cayendo aquí, mal levantándose allá, enredándose más lejos en no sé qué
red de conexiones y volviendo a caer otra vez: casi siempre va a
rastras.
¡Todo, todo se ve! ¡Qué admirable! ¡Qué invención tan prodigiosa!
¡Cuánta miseria, cuánta vanidad, cuánta estupidez humana en ese libro
blanco y gris con red sanguinolenta!
No: realmente es un espectáculo muy divertido ver un cráneo por dentro.
Y alguna vez ya suelen verse relámpagos de luz; alguna idea hermosa,
algún sentimiento noble... ¡pero ay qué pocos!
¡Divertido, muy divertido! ¡Para mí no hay secretos!
Y siguen varias cuartillas, todas tachadas; sólo se leen palabras
sueltas.
¡Desengaño!... ¡dolor!... ¡buen amigo!... ¿Quién lo pensara?... ¡Y yo
que creí que ese hombre era un imbécil y un tunante!... ¡Mal día!... ¡Ni
uno!... ¡Doloroso!... ¡Muy doloroso!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!...
Al fin el pobre loco coordinaba algo más sus ideas y había párrafos
seguidos.
Esta observación profunda de la humanidad por dentro, cuando se trata de
personas indiferentes, es muy interesante, y muy curiosa, y muy
divertida.
Pero cuando se trata de seres a los cuales algún afecto nos liga, es
cruel, muy cruel; es desconsoladora; es infernal. ¡Ah! ¡El maldito
viejo! ¿Por qué el descarrilamiento y el choque no lo aplastaron del
todo y de una vez, sin darle tiempo para este horrible legado!... ¡Ay!
¡Los anteojos, los anteojos de color!
Y lo que más me extraña es que nunca veo un cráneo solo: siempre veo
dos, y son distintos.
Pero uno de ellos es el _mismo siempre_: vago, confuso, indeciso,
incompleto.
¿Por qué será esto? ¿Por qué serán dos?
Es un fenómeno que me confunde y que no puedo penetrar; ¡pero siento no
sé qué angustia intolerable!
Y aunque este segundo cráneo no lo veo bien, veo que es muy ruin.
El egoísmo es su nota dominante: ¡yo!... ¡yo!... eternamente ¡yo!
¡No hay una celdilla en todo el campo cerebral que descubro, que no esté
impregnada del _yo satánico_! ¡Ya me repugna! ¡Ya me da náuseas!
¡No parece sino que ese cerebro es una esponja, que se hundió en un
líquido en cuyas gotas todas había escrito el egoísmo la palabra _yo_, y
que la masa blanducha se empapó del miserable y monótono flúido!
¿Pero qué imagen es esa?
¿De dónde viene? ¿A quién pertenece?
Aquí se encuentran muchas líneas tachadas.
Luego algunos borrones; luego algunas manchas como de lágrimas.
Y un párrafo final: claro, distinto, casi solemne, y frío, muy frío.
Ya lo sé; ya sé a quién pertenecía aquel cerebro.
Ayer lo vi por duplicado.
Paseaba por mi sala, llevaba puestos los anteojos de color y me asomé a
un espejo.
Y me vi en él. Me vi dos veces.
Una, en el espejo directamente: era imagen viva y distinta: el espejo
era bueno.
Otra, en la imagen indecisa. Es natural; mi cerebro se reflejaba en la
parte interior de mis anteojos, y del otro lado, proyectada en el
espacio, aparecía en imagen borrosa e incompleta.
Ya me conozco: no tengo derecho ni curiosidad para ver a los otros
hombres; y yo no quiero verme ya nunca más.
Y en la última cuartilla había unas gotas de sangre.
Fué la sangre que se hizo en la mano al romper de un puñetazo los
anteojos de color.
VIDA NUEVA
(ALVAREZ QUINTERO)
La señora Manolita, vecina insigne de un pueblo andaluz, había muerto de
ochenta y siete años, única enfermedad aceptable para morirse. Fué muy
llorada, no sólo porque desaparecía de entre los vivos, sino porque a su
paso por este bajo mundo supo dejar quien llorase su muerte: esposo--el
señor Rafael, carpintero de oficio, por mal nombre _Cuña_;--hijos,
presentes unos y ausentes otros; nietos, biznietos... y una caterva
innumerable de sobrinos, primos, nueras, yernos y demás plaga de la
familia.