precipitan en ella. ¿No conoce usted ese amor a su vieja cárcel, que los
lleva a entrar en los cráneos muertos y vacíos?... En el fondo de una
calavera hay siempre algunos espíritus detenidos. Por eso infunden a las
gentes ese temor que ellas no saben explicarse. Con la calavera en la
puerta, duermo confiado.
--¡Es una ratonera!--agregó.--¡Una buena ratonera!...
Y, feliz por habérsele ocurrido la comparación, volvió a reir con su
risa aguda que atravesaba todos los muros.
Luego dió dos brincos sobre los muelles del diván y marchó a acostarse,
sin decir adiós.
Yo no le detuve. En aquel instante, como un relámpago vivísimo, advertí
la visión de una vida anterior. Me vi alto y flaco y amarillento, tras
un mostrador, en una covacha sombría, en una calleja de Stettin...
Recordé haber conocido a aquel hombre pequeño y grueso como un barril
de cerveza. Quise precisar, sujetar mi memoria; pero mi memoria huyó a
saltitos, como el compañero de Juliano Swart.
* * * * *
Mi mujer languidecía. Aquella tarde había hablado de que era precisa una
separación. En las sombras de los rincones veía siempre el espectro del
novio difunto. Cuando me acercaba a consolarla, me rechazaba, poseída de
un agudo terror. Yo la miraba tristemente, suspiraba y volvía a callar.
Llovía; llovía siempre. Junté mi frente a los cristales y vi cómo los
monstruos de las gárgolas vomitaban el agua sucia de los tejados. Al
final de la galería advertí de pronto la blanca figura de Elena, que me
miraba. Entonces tuve como un enternecimiento súbito, como un ansia de
amparo cerca de aquella mujer reposada y sana, que no tenía en su
espíritu ansias atormentadoras ni turbas de fantasmas agitadores. Saludé
tristemente. Ella siguió mirando, sin contestar. ¡Qué serena paz la de
sus ojos!... Me acerqué a ella con lentitud. Comencé a hablar:
--¡Usted es feliz, señora: usted es feliz!...
No respondió. Yo abrí mi corazón angustiado y narré todas mis cuitas:
--Osvina no me quiere.
Me invadía la paz de su mirada; de pronto me asaltó un pensamiento, que
fué la última llamada de la felicidad en las puertas de mi alma. ¿Me
amaría Elena? ¡Aquellas sus largas miradas, aquella su quietud!... Yo
sentí el suave e isócrono susurro de su aliento. Era hermosa como una
visión de cuento de hadas. Mi ternura creció. Arrojéme a sus plantas y
rompí en sollozos sobre sus manos blancas y tibias:
--¡Oh, Elena, Elena!... ¡Yo soy muy infeliz!...
Ella se dejaba acariciar, inmóvil, quizás petrificada en compasión.
Sobre mi cabeza abatida, sus ojos estaban clavados en un punto lejano,
con aquella su fijeza constante. Besé sus dedos afilados. Entonces sonó
la risa del hombrecillo. El hombrecillo estaba detrás de mí, jubiloso:
--¡Ah, ah... el viejo Samuel, que enamora a la mujer de don Amaro! ¡Ah,
ah!...
Me erguí, entre azorado y colérico. Elena no se alteró. Murmuré con
saña:
--¿Quién le autoriza a usted para insultar a una dama?...
Siguió riendo aun. Uní mis manos en torno a su cuello, en un impulso de
ira.
--¡Eh!--gruñó, desasiéndose--¡eh, viejo Samuel!... Un poco de calma. Yo
no he insultado a la dama de tus amores. Esta señora no se ofende
jamás.
Después se empinó para decirme al oído:
--Elena no tiene alma.
Vió mi gesto y rió otra vez. Elena, quieta, con su eterna expresión,
parecía ajena al momento, como sumida en su distracción habitual.
--Elena no tiene alma, viejo Samuel. Era pupila del doctor e iba a
morirse. El doctor logró salvar la materia, restaurar vísceras, ligar
tendones, poner en marcha otra vez toda la maquinaria del organismo.
Pero concluyó tarde su faena, y el alma se había escapado ya. ¡Je,
je!... ¡Tiene un gran talento don Amaro, pero no podrá encontrar el alma
de su Elena!...
Oyéronse unos golpes secos sobre la madera del piso.
--Es la calavera, que salta--explicó.--Está llena de espíritus.
Y continuó:
--El doctor se casó con su pupila, pero no pudo conseguir que le amase.
Elena no siente más que el hambre, la sed, el sueño, la fatiga... ¡Es
una hermosa muñeca mecánica!...
Los golpes volvieron a oírse en la estancia vecina. El hombrecillo
suspiró:
--Está demasiado llena la calavera. Tendré que vaciarla. ¡Eh! ¿Por qué
no da usted un abrazo a la bella Elena?... No habrá de contarlo nunca;
nadie se habrá de enterar, ni aun ella misma.
Y le hizo gracia la idea y tornó a sus explosiones de alegría. Sonó
entonces un golpe mayor y pasó un instante de silencio.
De mi alcoba vino el grito de espanto de Osvina. Nos miramos; el
hombrecillo había palidecido también. Hizo girar sus pequeños ojos
metálicos y se puso lívido:
--¡Han escapado, voto a...!
Salió. Yo le seguí. Sobre el diván, Osvina, pendiente la negra
cabellera, estertoraba; todas las sombras del crepúsculo se habían
reunido en una sola sombra inclinada hacia ella, como apresándola. Vi
asomar un instante al espejo el rostro de su padre, invadido de
desolación... Huí... En el pasillo tropecé con los trozos de la rota
calavera; salí a la calle... Corría, corría... El hombrecillo gordo
brincaba tras de mí, moviendo ágilmente sus cortas piernas.
Corría... soplaba... A veces oía su voz angustiosa que suplicaba:
--¡Eh, viejo Samuel: espera por mí!... ¡No me abandones, viejo!...
Pero yo sabía que algo invisible avanzaba tras nosotros. Y corría sin
contestar, seca la boca, erizado el cabello...
TREMIELGA
(ORTEGA MUNILLA)
A cincuenta metros sobre el nivel del suelo, en lo más alto del
cimborrio, junto a una lucerna, sobre un andamio, estábamos el maestro
Lucio y yo gravemente ocupados en ponerle nimbo de oro a un San Marcos
Evangelista que el día anterior habían hecho surgir de la pared nuestros
pinceles. ¡Qué artistas éramos nosotros! El maestro Lucio comparaba mi
pincel con un rayo de sol, porque, como éste, hacía brotar flores
dondequiera; y yo, no por corresponder a estos elogios galantemente,
sino por sentirlo, decía de la paleta de aquel venerable viejo que era
una sonrisa del arco iris.
--Echa más oro ahí--me dijo, mojando su pincel en la cazoleta del
amarillo rey.
--¿Cuándo acabamos nuestra obra?--le pregunté a tiempo que cumplía sus
órdenes.
--Mañana... ¡Cuarenta años encerrado en esta catedral! ¡Qué larga fecha!
¡Aquí entré de aprendiz con el buen Ansualdo, a quien mataron los
franceses... Aquí me enamoré de mi Pepilla Alderete... Aquí conocí a
aquel desventurado Tremielga!...
--Aquí me conoció usted a mí, señor mío, que yo soy alguien--exclamé
festivamente.
Pero esta vez no produjo el ordinario efecto de otras mi humorística
salida.
No se rió el maestro Lucio con aquella carcajada de honradez y franqueza
que hacía temblar sus barbas de plata; no me miró afable como solía con
aquellos ojos castaños pálidos. Quedóse pensativo y mudo, con el pincel
alzado, la frente contraída por las mil arrugas de su vejez y las
piernas quietas, colgando del andamio. Entraba el sol por la lucerna, y
al dar en la noble faz del decrépito artista, tiñendo su blusa azul de
los colores naranjados rosa de los vidrios, prestábale mucha semejanza
con uno de aquellos personajes bíblicos que, evocados por nosotros,
habían venido a habitar las crujías del templo, los dorados camarines,
el trascoro y la sacristía.
--Tú eres un niño y no te fijas aún en las cosas graves; pero aun siendo
así, como es, he de contarte una historia que puede serte útil--me dijo,
después de un rato de silencio, sólo interrumpido por el metálico chocar
de los candeleros que un monacillo, vestido de vieja sotana, ponía en un
altar.--¿Te acuerdas tú, muchacho, de mi amigo Tremielga?
--¡Y cómo si me acuerdo!--contesté, sin dejar de esgrimir el pincel
sobre la cabeza de San Marcos.
Aun me parece que lo veo con su cara amarillenta como un pergamino, con
sus ojos de color de la tinta, con sus manos flacas y su desgarbada
persona, que parecía un aguilucho desplumado...
--Pues bien; ese aguilucho desplumado fué grande amigo mío; pero no
amigo de esos que se unen hoy y se separan mañana, como bolas de billar
cuando el taco las pone en movimiento, sino amigo de la infancia,
compañero de escuela, discípulo de Ansualdo, voluntario del mismo
regimiento cuando lo del año 9, prisionero de la misma jornada...
pariente del alma, porque también tiene el alma sus primazgos y
relaciones de afinidad.
-Por ejemplo--dije yo--, aquí me tiene usted a mí que soy, por el alma,
hijo de usted, aun cuando el padre que me ha engendrado es otro.
--Dices bien, Leoncillo... Tremielga era un ángel, pero un ángel
rebelde, con un amor propio más grande que el mundo, con un talento
enorme y dislocado... Porque un día le reprendió el maestro Ansualdo
delante de Pepilla, rompió el caballete y tiró los pedazos a la calle...
Pero ya he mentado dos veces a mi Pepilla, y debo decirte por qué...
Tenía yo diez y nueve años, y no sé qué tristeza romántica se apoderó
de mí. Era el mes de Mayo. ¡Qué noches más hermosas las de aquel mes de
Mayo! ¡Qué reja la de Pepilla! ¡Qué macetas de rosas las que había en
ella! ¡Y qué ojos los que fulguraban detrás del follaje de las macetas,
atisbando mi paso y jugando al gracioso escondite del amor!... Prendóme
la graciosa cara de mi Pepilla; prendóme su cinturita de palma
valenciana; prendóme la dulce canturía de su voz; prendóme el enano pie
que asomaba por entre los lamidos pliegues de la falda de cúbica, como
diciendo: «¡Y que nosotros, que somos tan menuditos, sostengamos todo
este alcázar de hermosura!...» Y me enamoré locamente de Pepilla... Más
de cinco veces pinté su retrato, entre rosales una, otra con el traje
italiano que teníamos en el taller para vestir a la Virgen de la Silla;
pero jamás acertaba a poner en su palmito retrechero aquella suave
sombra que había debajo de los ojos, aquella lumbre de la pupila y
aquellos hoyuelos, fugaces como mariposas, que esparcía la risa en su
rostro.
Pasaron dos meses, y el amor era un incendio en que los dos nos
abrasábamos. Una atmósfera de luz y calor nos envolvía. Un aroma que aún
no han podido extraer los químicos de ninguna materia olorosa,
embalsamaba nuestras almas!... Un día en que pintaba el décimo retrato
de mi novia, sentí que me descargaban en la espalda un golpe, y, al
volverme, vi a Tremielga, a mi amigo querido, que con el tiento en la
mano y agitándole a guisa de espada, lleno de ira que en oleadas de
siniestro fuego escapábase por sus ojos, me dijo:
--¡Qué miserable eres! ¿Qué sortilegio empleas para arrebatarme los
asuntos de todos mis cuadros? Apenas los concibo, te pones a pintar lo
mismo que yo ideé. Diríase que yo pienso por ti y que tú pintas por mí.
¡Ah, ladrón del arte! ¡Así crece tu nombre!
--¿Estás loco, Tremielga?
--Motivo había... ¿De dónde sacaste la invención de ese lienzo que
pintas ahora? ¿Dónde has visto ese rostro?... Mira, no sigas moviendo el
pincel; tírale o yo seré quien le arranque de tu traidora mano. Esa
Venus la he sentido yo nacer en mi cerebro. Ese pecho, blanco como ala
de cisne, ha palpitado al soplo de mi inspiración, y esa mano que
adelanta hacia nosotros para ocultar misteriosas bellezas, se ha agitado
bajo los creadores esfuerzos de mi mente. ¡Esa Venus es mía!
No le hice caso. Pensé que, según costumbre adquirida últimamente por
él, se habría embriagado con cerveza, cosa en aquella edad tan rara en
España como la afición a la lectura. Dejéle, pues, disputar y me marché
del estudio. Pero desde entonces pude observar un cambio profundo en su
conducta, y que a su amistad efusiva y franca sucedían una reserva y una
indiferencia glaciales. Cuando me hablaba, apenas podía encubrir con
fórmulas urbanas reticencias de odio que me herían profundamente,
clavándoseme en el alma como púas de zarza.
--¡Tremielga te tiene envidia!--me decían las gentes.
Pero yo me negaba a creerlo. ¡Envidia Tremielga, cuando su talento es
tan grande! ¡Envidia a mí, que me honraría siendo el autor del más malo
de sus bocetos! ¡Envidia quien posee aquel lápiz con el que se apodera
de las líneas de las cosas, hurtándoles las proporciones mismas de la
realidad! ¡Era imposible!
Otra vez me dijeron:
--¡Tremielga trata de soplarte la dama! Pepilla Alderete le gusta, pero
mucho.
Aquello era otra cosa. Yo no podía dudar del talento de Tremielga, pero
podía dudar de su lealtad por dura que me fuese esta suposición. Traté
de convencerme, y adquirí el convencimiento que vino a rasgar mi alma
con sus uñas horribles. Imagínate, Leoncillo querido, que al ir a
acariciar el perro que te sirvió de compañía durante tu vida toda,
hallas que tu mano oprime, en vez de aquella hirsuta cabeza, símbolo de
la inteligencia y la felicidad, la cabeza escamosa y fría de una víbora.
Pues eso me sucedió a mí al ver que mi amigo, mi hermano, me engañaba.
Una noche salía yo de la catedral y me encaminaba a la reja de Pepilla.
Nunca lucieron más aquellas ascuas de oro, que dicen que son mundos
arrojados por Dios en la inmensidad azul; nunca tuvo murmurio más dulce
y armonioso aquella fuente que en el patio de la casa habitada por
Pepilla corría, corría cantándome con su voz monótona mil himnos de
amor. ¡Oh, noche divina! Fué la primera que en mis labios besaron
aquellos párpados que parecían hojas de rosa puestas por un hada allí
para ocultar dos tesoros de diamantes. Aún se estremece dulcemente mi
alma con tal recuerdo y tiembla mi corazón en su cárcel de huesos como
pájaro loco que quiere volar... El reloj de la catedral parecía burlarse
de nosotros adelantando el ir y venir de su batuta con que medía el
tiempo; las ventanas góticas de este viejo edificio contemplábannos cual
ojos envidiosos, y a veces yo creía ver dibujarse y palpitar en su
órbita el espacio negro que cortaba la blancura de las piedras,
señalando el hueco de las ojivas; e imaginaba--¡necio de mí!--ver en
aquella pupila el mirar vidrioso de Tremielga... Al fin me despedí de
Pepilla y era tan tarde, que por llegar a mi casa antes del alba eché a
correr. ¡Cuál no sería mi asombro al hallarme detrás de la primera
esquina la desgarbada persona de aquel desgraciado!
--¡Anda, miserable!--me dijo apretando ambos puños y acercando su cara a
la mía con aire de reto.--Me has arrancado el alma. Aquella _Venus_ que
yo soñé ha pasado a ser tuya ilegítimamente... Oye, Lucio, yo pensaba
matarte, pero esto no resuelve nada. Pepilla vestiría luto y estaría más
bonita, más interesante con el traje negro, con la palidez del dolor,
con la honda fiereza que había de despertar en su espiritillo
voluntarioso y rebelde tu asesinato... Lo que hago es marcharme, porque
aquí la envidia de tu bien me consume. Es un fuego que arde dentro de
mis pulmones, reduciéndolos a pavesas... ¿Crees tú que es sangre lo que
bulle por estas venas?--y señalaba con su tembloroso dedo índice los
gruesos cordones azules que resaltaban sobre la amarilla piel, como las
vetas de óxido, en el jaspe.--Pues no es sangre, sino pólvora líquida...
Tú pintas mejor que yo, eres más amado que yo; me quitaste los laureles
de la frente y el anillo nupcial del dedo. ¡Maldigo Dios, tu pincel y tu
alma!
Y se alejó.
¡Qué cosa más atroz es causar daño al prójimo! ¡Cuando se hace sin
voluntad experiméntase un dolor semejante al que todo hombre compasivo
sentiría pisando una hormiga que no se ha visto antes de aplastarla, y
de cuya hormiga se supiera que tenía razón, esperanza, porvenir! ¡Yo
había aplastado, sin quererlo, sin quererlo, a aquella pobre hormiga, y
en su postrer pataleo me daba compasión el mirarla cómo iba echando
fuera los últimos alientos y las últimas ilusiones!...
Se fué a Alemania. En su cabeza llevaba un mundo muerto como el de la
luna; en su corazón unas cuantas fibras secas, al modo de pedacillos de
paja atados en haz de dolor. Allá vivió doce años, y cuando vino de
nuevo, éramos Pepita y Lucio padres de esos tres mancebos, que son tus
amigos y casi tus parientes. Venía como tú le conociste. Era, según has
dicho, un aguilucho desplumado, un conjunto de huesos en fea
desproporción distribuídos; pero al encontrarme un día en la calle, se
irguió súbitamente, y durante un minuto volví a ver en Tremielga a aquel
muchacho animoso y decidido, lleno de fe en lo porvenir, gozoso del
presente, satisfecho del pasado.
--¡Ah, Lucio, Lucio!--exclamó.--Despídete de tu fama, pintorcillo. Esta
idea no me la quitarás. La tengo encerrada en mi cerebro y es una cosa
magnífica. ¿Quieres saber dónde la concebí? Pues fué en Pirmansen, junto
a un río negro como mi humor, de cuyas embetunadas ondas miré salir una
musa inspiradora. Eres un desdichado emborronador de lienzos. ¡Te
compadezco!
Aquel mismo día me contaron que Tremielga había ido a ver al obispo,
Mecenas inteligente y pródigo de los pintores, para pedirle que le
concediera un salón de su palacio, donde pensaba exhibir cierto cuadro
famoso que estaba terminando. Supe también que había dicho Tremielga en
la plaza:
--Ese pillo que me ha robado todas mis ideas, va a perder de una sola
vez su primacía. ¡Qué asunto el de mi cuadro!... Es un combate. Hay allí
luces que ese torpe no ha visto nunca; humos que salen de la tierra y se
pasean sobre el campo como gasas fúnebres del ángel de las batallas;
fieros rostros de soldados en los que brilla el júbilo de la victoria y
humildes caras de vencidos que piden protección. Se hablará en el mundo
de mi obra, y dirán al pasar junto a la tumba de Tremielga: «¡Aquí
duerme el genio!»
El obispo le otorgó lo que pedía. Instalóse el cuadro en un aposento
espacioso, y cubierto con una cortina aguardaba al concurso. Allí estaba
el autor, consumido por la fiebre del trabajo, y el interno rescoldo de
su envidia. Todos llegamos, y cuando el obispo tomó asiento en su
estadal y nos bendijo, tiró Tremielga del pedazo de sarga que ocultaba
su obra. Cayó al suelo el telón y miramos todos. Pero, no bien puso sus
ojos en el lienzo aquel concurso de pintores, un grito de sorpresa saltó
de todas las bocas que, a un tiempo, como coro de cantares, dijeron:
--¡_El cuadro de las lanzas_, de Velázquez!
Sí, Leoncillo. El pobre Tremielga había compuesto como original lo que
Velázquez hizo tantos años antes, y confundiendo en su alma la memoria y
la fantasía, lo que aquélla le pintó como recuerdo, reputóla él creación
de ésta.
Había cegado la envidia a aquel gran genio, como ciega al sol la parda
nube, y en tal confusión psicológica creeríase hallar una alegoría cruel
de la negra pasión que levantaba en su alma trombas de fuego y polvo.
¿Has visto nunca, Leoncillo, cosa semejante?... ¿Por qué abres tanto los
ojos? ¿No me has entendido? Pues este es de aquellos sucesos que no se
pueden explicar... Han dado las cinco; es ya hora de bajar desde este
andamio al mundo... En el mundo hallarás espíritus fundidos en el tropel
de Tremielga, y ellos te enseñarán la moraleja de mi historia. Añadiré,
para darle punto, que al oir Tremielga aquella exclamación soltó una
feroz carcajada, y agitando sus brazos como aspas de molino,
dijo:--¡Otro ladrón de mi pensamiento! ¡Lucio me robó aquella _Venus_!
¡Ese... Velázquez, me ha robado la _Rendición de Breda_!
NOCHE SERVIA
(BLASCO IBÁÑEZ)
Las once de la noche. Es la hora en que cierran sus puertas los teatros
de París. Media hora antes cafés y restaurantes han echado igualmente su
público a la calle.
Nuestro grupo queda indeciso en una acera del bulevar, mientras se
desliza en la penumbra la muchedumbre que sale de los espectáculos. Los
faroles, escasos y encapuchados, derraman una luz fúnebre, rápidamente
absorbida por la sombra. El cielo, negro, con parpadeos de fulgor
sideral, atrae las miradas inquietas. Antes, la noche sólo tenía
estrellas; ahora, puede ofrecer de pronto teatrales mangas de luz en
cuyo extremo amarillea el zepelino como un cigarro de ámbar.
Sentimos el deseo de prolongar nuestra velada. Somos cuatro: un escritor
francés, dos capitanes servios y yo. ¿Adónde ir en este París obscuro,
que tiene cerradas todas sus puertas?... Uno de los servios nos habla
del _bar_ de cierto hotel elegante, que continúa abierto para los
huéspedes del establecimiento. Todos los oficiales que quieren
trasnochar se deslizan en él como si fuesen de la casa. Es un secreto
que se comunican los hermanos de armas de diversas naciones cuando pasan
unos días en París.
Entramos cautelosamente en el salón profusamente iluminado. El tránsito
es brusco de la calle obscura a este _hall_ que parece el interior de un
enorme fanal, con sus innumerables espejos reflejando racimos de
ampollas eléctricas. Creemos haber saltado en el tiempo, cayendo dos
años atrás. Mujeres elegantes y pintadas, champán, violines que gimen
las notas de una danza de negros con el temblor sentimental de las
romanzas desgarradoras. Es un espectáculo de antes de la guerra. Pero en
la concurrencia masculina no se ve un solo frac. Todos los hombres
llevan uniformes--oficiales franceses, belgas, ingleses, rusos,
servios--y estos uniformes son polvorientos y sombríos. Los violines los
tocan unos militares británicos que contestan con sonrisa de brillante
marfil a los aplausos y aclamaciones del público. Sustituyen a los
antiguos zíngaros de casaca roja. Las mujeres señalan a uno de ellos,
repitiéndose el nombre del padre, lord célebre por su nobleza y sus
millones. «Gocemos locamente, hermanos, que mañana hemos de morir.» Y
todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altar de
la diosa Pálida, beben la existencia a grandes tragos, ríen, copean,
cantan y besan con el entusiasmo exasperado de los marinos que pasan una
noche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de la
tempestad.
* * * * *
Los dos servios son jóvenes y parecen satisfechos de que las aventuras
de su patria los hayan arrastrado hasta París, ciudad de ensueño que
tantas veces ocupó su pensamiento en la bárbara monotonía de una
guarnición del interior.
Ambos «saben contar», habilidad no ordinaria en un país donde casi todos
son poetas. Lamartine, al recorrer hace tres cuartos de siglo la Servia
feudataria de los turcos, quedó asombrado de la importancia de la poesía
en este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocían el
abecedario, emplearon el verso para guardar más estrechamente las ideas
en su memoria. Los _guzleros_ fueron los historiadores nacionales y
todos prolongaron la _Iliada_ servia, improvisando nuevos cantos.
Mientras beben champán los dos capitanes, evocan las miserias de su
retirada hace unos meses; la lucha con el hambre y el frío; las batallas
en la nieve, uno contra diez; el éxodo de las multitudes, personas y
animales en pavorosa confusión, al mismo tiempo que a la cola de la
columna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblos
que arden, los heridos y rezagados, aullando entre llamas; las mujeres
con el vientre abierto viendo en su agonía una espiral de cuervos que
ávidos descienden; la marcha del octogenario rey Pedro, sin más apoyo
que una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando su
calvario a través de los blancos desfiladeros, encorvado, silencioso,
desafiando al destino, como un monarca shakespiriano.
Examino a mis dos servios mientras hablan. Son mocetes carnosos,
esbeltos, duros, con la nariz extremadamente aguileña, un verdadero pico
de ave de combate. Llevan erguidos bigotes. Por debajo de la gorra, que
tiene la forma de una casita con tejado de doble vertiente, se escapa
una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el
«artista», tal como lo veían las señoritas sentimentales de hace
cuarenta años, pero con uniforme color de mostaza y el aire tranquilo y
audaz de los que viven en continuo roce con la muerte.
Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses y parece que
recitan las remotas hazañas de Marko Kraliovitch, el Cid servio, que
peleaba con las _Wilas_, vampiros de los bosques, armados de una
serpiente a guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en un
_bar_ de París han vivido hace unas semanas la existencia bárbara e
implacable de la humanidad en su más cruel infancia.