--Pongo una calavera en la puerta de mi alcoba, y los espíritus se

precipitan en ella. ¿No conoce usted ese amor a su vieja cárcel, que los

lleva a entrar en los cráneos muertos y vacíos?... En el fondo de una

calavera hay siempre algunos espíritus detenidos. Por eso infunden a las

gentes ese temor que ellas no saben explicarse. Con la calavera en la

puerta, duermo confiado.

--¡Es una ratonera!--agregó.--¡Una buena ratonera!...

Y, feliz por habérsele ocurrido la comparación, volvió a reir con su

risa aguda que atravesaba todos los muros.

Luego dió dos brincos sobre los muelles del diván y marchó a acostarse,

sin decir adiós.

Yo no le detuve. En aquel instante, como un relámpago vivísimo, advertí

la visión de una vida anterior. Me vi alto y flaco y amarillento, tras

un mostrador, en una covacha sombría, en una calleja de Stettin...

Recordé haber conocido a aquel hombre pequeño y grueso como un barril

de cerveza. Quise precisar, sujetar mi memoria; pero mi memoria huyó a

saltitos, como el compañero de Juliano Swart.

* * * * *

Mi mujer languidecía. Aquella tarde había hablado de que era precisa una

separación. En las sombras de los rincones veía siempre el espectro del

novio difunto. Cuando me acercaba a consolarla, me rechazaba, poseída de

un agudo terror. Yo la miraba tristemente, suspiraba y volvía a callar.

Llovía; llovía siempre. Junté mi frente a los cristales y vi cómo los

monstruos de las gárgolas vomitaban el agua sucia de los tejados. Al

final de la galería advertí de pronto la blanca figura de Elena, que me

miraba. Entonces tuve como un enternecimiento súbito, como un ansia de

amparo cerca de aquella mujer reposada y sana, que no tenía en su

espíritu ansias atormentadoras ni turbas de fantasmas agitadores. Saludé

tristemente. Ella siguió mirando, sin contestar. ¡Qué serena paz la de

sus ojos!... Me acerqué a ella con lentitud. Comencé a hablar:

--¡Usted es feliz, señora: usted es feliz!...

No respondió. Yo abrí mi corazón angustiado y narré todas mis cuitas:

--Osvina no me quiere.

Me invadía la paz de su mirada; de pronto me asaltó un pensamiento, que

fué la última llamada de la felicidad en las puertas de mi alma. ¿Me

amaría Elena? ¡Aquellas sus largas miradas, aquella su quietud!... Yo

sentí el suave e isócrono susurro de su aliento. Era hermosa como una

visión de cuento de hadas. Mi ternura creció. Arrojéme a sus plantas y

rompí en sollozos sobre sus manos blancas y tibias:

--¡Oh, Elena, Elena!... ¡Yo soy muy infeliz!...

Ella se dejaba acariciar, inmóvil, quizás petrificada en compasión.

Sobre mi cabeza abatida, sus ojos estaban clavados en un punto lejano,

con aquella su fijeza constante. Besé sus dedos afilados. Entonces sonó

la risa del hombrecillo. El hombrecillo estaba detrás de mí, jubiloso:

--¡Ah, ah... el viejo Samuel, que enamora a la mujer de don Amaro! ¡Ah,

ah!...

Me erguí, entre azorado y colérico. Elena no se alteró. Murmuré con

saña:

--¿Quién le autoriza a usted para insultar a una dama?...

Siguió riendo aun. Uní mis manos en torno a su cuello, en un impulso de

ira.

--¡Eh!--gruñó, desasiéndose--¡eh, viejo Samuel!... Un poco de calma. Yo

no he insultado a la dama de tus amores. Esta señora no se ofende

jamás.

Después se empinó para decirme al oído:

--Elena no tiene alma.

Vió mi gesto y rió otra vez. Elena, quieta, con su eterna expresión,

parecía ajena al momento, como sumida en su distracción habitual.

--Elena no tiene alma, viejo Samuel. Era pupila del doctor e iba a

morirse. El doctor logró salvar la materia, restaurar vísceras, ligar

tendones, poner en marcha otra vez toda la maquinaria del organismo.

Pero concluyó tarde su faena, y el alma se había escapado ya. ¡Je,

je!... ¡Tiene un gran talento don Amaro, pero no podrá encontrar el alma

de su Elena!...

Oyéronse unos golpes secos sobre la madera del piso.

--Es la calavera, que salta--explicó.--Está llena de espíritus.

Y continuó:

--El doctor se casó con su pupila, pero no pudo conseguir que le amase.

Elena no siente más que el hambre, la sed, el sueño, la fatiga... ¡Es

una hermosa muñeca mecánica!...

Los golpes volvieron a oírse en la estancia vecina. El hombrecillo

suspiró:

--Está demasiado llena la calavera. Tendré que vaciarla. ¡Eh! ¿Por qué

no da usted un abrazo a la bella Elena?... No habrá de contarlo nunca;

nadie se habrá de enterar, ni aun ella misma.

Y le hizo gracia la idea y tornó a sus explosiones de alegría. Sonó

entonces un golpe mayor y pasó un instante de silencio.

De mi alcoba vino el grito de espanto de Osvina. Nos miramos; el

hombrecillo había palidecido también. Hizo girar sus pequeños ojos

metálicos y se puso lívido:

--¡Han escapado, voto a...!

Salió. Yo le seguí. Sobre el diván, Osvina, pendiente la negra

cabellera, estertoraba; todas las sombras del crepúsculo se habían

reunido en una sola sombra inclinada hacia ella, como apresándola. Vi

asomar un instante al espejo el rostro de su padre, invadido de

desolación... Huí... En el pasillo tropecé con los trozos de la rota

calavera; salí a la calle... Corría, corría... El hombrecillo gordo

brincaba tras de mí, moviendo ágilmente sus cortas piernas.

Corría... soplaba... A veces oía su voz angustiosa que suplicaba:

--¡Eh, viejo Samuel: espera por mí!... ¡No me abandones, viejo!...

Pero yo sabía que algo invisible avanzaba tras nosotros. Y corría sin

contestar, seca la boca, erizado el cabello...

TREMIELGA

(ORTEGA MUNILLA)

A cincuenta metros sobre el nivel del suelo, en lo más alto del

cimborrio, junto a una lucerna, sobre un andamio, estábamos el maestro

Lucio y yo gravemente ocupados en ponerle nimbo de oro a un San Marcos

Evangelista que el día anterior habían hecho surgir de la pared nuestros

pinceles. ¡Qué artistas éramos nosotros! El maestro Lucio comparaba mi

pincel con un rayo de sol, porque, como éste, hacía brotar flores

dondequiera; y yo, no por corresponder a estos elogios galantemente,

sino por sentirlo, decía de la paleta de aquel venerable viejo que era

una sonrisa del arco iris.

--Echa más oro ahí--me dijo, mojando su pincel en la cazoleta del

amarillo rey.

--¿Cuándo acabamos nuestra obra?--le pregunté a tiempo que cumplía sus

órdenes.

--Mañana... ¡Cuarenta años encerrado en esta catedral! ¡Qué larga fecha!

¡Aquí entré de aprendiz con el buen Ansualdo, a quien mataron los

franceses... Aquí me enamoré de mi Pepilla Alderete... Aquí conocí a

aquel desventurado Tremielga!...

--Aquí me conoció usted a mí, señor mío, que yo soy alguien--exclamé

festivamente.

Pero esta vez no produjo el ordinario efecto de otras mi humorística

salida.

No se rió el maestro Lucio con aquella carcajada de honradez y franqueza

que hacía temblar sus barbas de plata; no me miró afable como solía con

aquellos ojos castaños pálidos. Quedóse pensativo y mudo, con el pincel

alzado, la frente contraída por las mil arrugas de su vejez y las

piernas quietas, colgando del andamio. Entraba el sol por la lucerna, y

al dar en la noble faz del decrépito artista, tiñendo su blusa azul de

los colores naranjados rosa de los vidrios, prestábale mucha semejanza

con uno de aquellos personajes bíblicos que, evocados por nosotros,

habían venido a habitar las crujías del templo, los dorados camarines,

el trascoro y la sacristía.

--Tú eres un niño y no te fijas aún en las cosas graves; pero aun siendo

así, como es, he de contarte una historia que puede serte útil--me dijo,

después de un rato de silencio, sólo interrumpido por el metálico chocar

de los candeleros que un monacillo, vestido de vieja sotana, ponía en un

altar.--¿Te acuerdas tú, muchacho, de mi amigo Tremielga?

--¡Y cómo si me acuerdo!--contesté, sin dejar de esgrimir el pincel

sobre la cabeza de San Marcos.

Aun me parece que lo veo con su cara amarillenta como un pergamino, con

sus ojos de color de la tinta, con sus manos flacas y su desgarbada

persona, que parecía un aguilucho desplumado...

--Pues bien; ese aguilucho desplumado fué grande amigo mío; pero no

amigo de esos que se unen hoy y se separan mañana, como bolas de billar

cuando el taco las pone en movimiento, sino amigo de la infancia,

compañero de escuela, discípulo de Ansualdo, voluntario del mismo

regimiento cuando lo del año 9, prisionero de la misma jornada...

pariente del alma, porque también tiene el alma sus primazgos y

relaciones de afinidad.

-Por ejemplo--dije yo--, aquí me tiene usted a mí que soy, por el alma,

hijo de usted, aun cuando el padre que me ha engendrado es otro.

--Dices bien, Leoncillo... Tremielga era un ángel, pero un ángel

rebelde, con un amor propio más grande que el mundo, con un talento

enorme y dislocado... Porque un día le reprendió el maestro Ansualdo

delante de Pepilla, rompió el caballete y tiró los pedazos a la calle...

Pero ya he mentado dos veces a mi Pepilla, y debo decirte por qué...

Tenía yo diez y nueve años, y no sé qué tristeza romántica se apoderó

de mí. Era el mes de Mayo. ¡Qué noches más hermosas las de aquel mes de

Mayo! ¡Qué reja la de Pepilla! ¡Qué macetas de rosas las que había en

ella! ¡Y qué ojos los que fulguraban detrás del follaje de las macetas,

atisbando mi paso y jugando al gracioso escondite del amor!... Prendóme

la graciosa cara de mi Pepilla; prendóme su cinturita de palma

valenciana; prendóme la dulce canturía de su voz; prendóme el enano pie

que asomaba por entre los lamidos pliegues de la falda de cúbica, como

diciendo: «¡Y que nosotros, que somos tan menuditos, sostengamos todo

este alcázar de hermosura!...» Y me enamoré locamente de Pepilla... Más

de cinco veces pinté su retrato, entre rosales una, otra con el traje

italiano que teníamos en el taller para vestir a la Virgen de la Silla;

pero jamás acertaba a poner en su palmito retrechero aquella suave

sombra que había debajo de los ojos, aquella lumbre de la pupila y

aquellos hoyuelos, fugaces como mariposas, que esparcía la risa en su

rostro.

Pasaron dos meses, y el amor era un incendio en que los dos nos

abrasábamos. Una atmósfera de luz y calor nos envolvía. Un aroma que aún

no han podido extraer los químicos de ninguna materia olorosa,

embalsamaba nuestras almas!... Un día en que pintaba el décimo retrato

de mi novia, sentí que me descargaban en la espalda un golpe, y, al

volverme, vi a Tremielga, a mi amigo querido, que con el tiento en la

mano y agitándole a guisa de espada, lleno de ira que en oleadas de

siniestro fuego escapábase por sus ojos, me dijo:

--¡Qué miserable eres! ¿Qué sortilegio empleas para arrebatarme los

asuntos de todos mis cuadros? Apenas los concibo, te pones a pintar lo

mismo que yo ideé. Diríase que yo pienso por ti y que tú pintas por mí.

¡Ah, ladrón del arte! ¡Así crece tu nombre!

--¿Estás loco, Tremielga?

--Motivo había... ¿De dónde sacaste la invención de ese lienzo que

pintas ahora? ¿Dónde has visto ese rostro?... Mira, no sigas moviendo el

pincel; tírale o yo seré quien le arranque de tu traidora mano. Esa

Venus la he sentido yo nacer en mi cerebro. Ese pecho, blanco como ala

de cisne, ha palpitado al soplo de mi inspiración, y esa mano que

adelanta hacia nosotros para ocultar misteriosas bellezas, se ha agitado

bajo los creadores esfuerzos de mi mente. ¡Esa Venus es mía!

No le hice caso. Pensé que, según costumbre adquirida últimamente por

él, se habría embriagado con cerveza, cosa en aquella edad tan rara en

España como la afición a la lectura. Dejéle, pues, disputar y me marché

del estudio. Pero desde entonces pude observar un cambio profundo en su

conducta, y que a su amistad efusiva y franca sucedían una reserva y una

indiferencia glaciales. Cuando me hablaba, apenas podía encubrir con

fórmulas urbanas reticencias de odio que me herían profundamente,

clavándoseme en el alma como púas de zarza.

--¡Tremielga te tiene envidia!--me decían las gentes.

Pero yo me negaba a creerlo. ¡Envidia Tremielga, cuando su talento es

tan grande! ¡Envidia a mí, que me honraría siendo el autor del más malo

de sus bocetos! ¡Envidia quien posee aquel lápiz con el que se apodera

de las líneas de las cosas, hurtándoles las proporciones mismas de la

realidad! ¡Era imposible!

Otra vez me dijeron:

--¡Tremielga trata de soplarte la dama! Pepilla Alderete le gusta, pero

mucho.

Aquello era otra cosa. Yo no podía dudar del talento de Tremielga, pero

podía dudar de su lealtad por dura que me fuese esta suposición. Traté

de convencerme, y adquirí el convencimiento que vino a rasgar mi alma

con sus uñas horribles. Imagínate, Leoncillo querido, que al ir a

acariciar el perro que te sirvió de compañía durante tu vida toda,

hallas que tu mano oprime, en vez de aquella hirsuta cabeza, símbolo de

la inteligencia y la felicidad, la cabeza escamosa y fría de una víbora.

Pues eso me sucedió a mí al ver que mi amigo, mi hermano, me engañaba.

Una noche salía yo de la catedral y me encaminaba a la reja de Pepilla.

Nunca lucieron más aquellas ascuas de oro, que dicen que son mundos

arrojados por Dios en la inmensidad azul; nunca tuvo murmurio más dulce

y armonioso aquella fuente que en el patio de la casa habitada por

Pepilla corría, corría cantándome con su voz monótona mil himnos de

amor. ¡Oh, noche divina! Fué la primera que en mis labios besaron

aquellos párpados que parecían hojas de rosa puestas por un hada allí

para ocultar dos tesoros de diamantes. Aún se estremece dulcemente mi

alma con tal recuerdo y tiembla mi corazón en su cárcel de huesos como

pájaro loco que quiere volar... El reloj de la catedral parecía burlarse

de nosotros adelantando el ir y venir de su batuta con que medía el

tiempo; las ventanas góticas de este viejo edificio contemplábannos cual

ojos envidiosos, y a veces yo creía ver dibujarse y palpitar en su

órbita el espacio negro que cortaba la blancura de las piedras,

señalando el hueco de las ojivas; e imaginaba--¡necio de mí!--ver en

aquella pupila el mirar vidrioso de Tremielga... Al fin me despedí de

Pepilla y era tan tarde, que por llegar a mi casa antes del alba eché a

correr. ¡Cuál no sería mi asombro al hallarme detrás de la primera

esquina la desgarbada persona de aquel desgraciado!

--¡Anda, miserable!--me dijo apretando ambos puños y acercando su cara a

la mía con aire de reto.--Me has arrancado el alma. Aquella _Venus_ que

yo soñé ha pasado a ser tuya ilegítimamente... Oye, Lucio, yo pensaba

matarte, pero esto no resuelve nada. Pepilla vestiría luto y estaría más

bonita, más interesante con el traje negro, con la palidez del dolor,

con la honda fiereza que había de despertar en su espiritillo

voluntarioso y rebelde tu asesinato... Lo que hago es marcharme, porque

aquí la envidia de tu bien me consume. Es un fuego que arde dentro de

mis pulmones, reduciéndolos a pavesas... ¿Crees tú que es sangre lo que

bulle por estas venas?--y señalaba con su tembloroso dedo índice los

gruesos cordones azules que resaltaban sobre la amarilla piel, como las

vetas de óxido, en el jaspe.--Pues no es sangre, sino pólvora líquida...

Tú pintas mejor que yo, eres más amado que yo; me quitaste los laureles

de la frente y el anillo nupcial del dedo. ¡Maldigo Dios, tu pincel y tu

alma!

Y se alejó.

¡Qué cosa más atroz es causar daño al prójimo! ¡Cuando se hace sin

voluntad experiméntase un dolor semejante al que todo hombre compasivo

sentiría pisando una hormiga que no se ha visto antes de aplastarla, y

de cuya hormiga se supiera que tenía razón, esperanza, porvenir! ¡Yo

había aplastado, sin quererlo, sin quererlo, a aquella pobre hormiga, y

en su postrer pataleo me daba compasión el mirarla cómo iba echando

fuera los últimos alientos y las últimas ilusiones!...

Se fué a Alemania. En su cabeza llevaba un mundo muerto como el de la

luna; en su corazón unas cuantas fibras secas, al modo de pedacillos de

paja atados en haz de dolor. Allá vivió doce años, y cuando vino de

nuevo, éramos Pepita y Lucio padres de esos tres mancebos, que son tus

amigos y casi tus parientes. Venía como tú le conociste. Era, según has

dicho, un aguilucho desplumado, un conjunto de huesos en fea

desproporción distribuídos; pero al encontrarme un día en la calle, se

irguió súbitamente, y durante un minuto volví a ver en Tremielga a aquel

muchacho animoso y decidido, lleno de fe en lo porvenir, gozoso del

presente, satisfecho del pasado.

--¡Ah, Lucio, Lucio!--exclamó.--Despídete de tu fama, pintorcillo. Esta

idea no me la quitarás. La tengo encerrada en mi cerebro y es una cosa

magnífica. ¿Quieres saber dónde la concebí? Pues fué en Pirmansen, junto

a un río negro como mi humor, de cuyas embetunadas ondas miré salir una

musa inspiradora. Eres un desdichado emborronador de lienzos. ¡Te

compadezco!

Aquel mismo día me contaron que Tremielga había ido a ver al obispo,

Mecenas inteligente y pródigo de los pintores, para pedirle que le

concediera un salón de su palacio, donde pensaba exhibir cierto cuadro

famoso que estaba terminando. Supe también que había dicho Tremielga en

la plaza:

--Ese pillo que me ha robado todas mis ideas, va a perder de una sola

vez su primacía. ¡Qué asunto el de mi cuadro!... Es un combate. Hay allí

luces que ese torpe no ha visto nunca; humos que salen de la tierra y se

pasean sobre el campo como gasas fúnebres del ángel de las batallas;

fieros rostros de soldados en los que brilla el júbilo de la victoria y

humildes caras de vencidos que piden protección. Se hablará en el mundo

de mi obra, y dirán al pasar junto a la tumba de Tremielga: «¡Aquí

duerme el genio!»

El obispo le otorgó lo que pedía. Instalóse el cuadro en un aposento

espacioso, y cubierto con una cortina aguardaba al concurso. Allí estaba

el autor, consumido por la fiebre del trabajo, y el interno rescoldo de

su envidia. Todos llegamos, y cuando el obispo tomó asiento en su

estadal y nos bendijo, tiró Tremielga del pedazo de sarga que ocultaba

su obra. Cayó al suelo el telón y miramos todos. Pero, no bien puso sus

ojos en el lienzo aquel concurso de pintores, un grito de sorpresa saltó

de todas las bocas que, a un tiempo, como coro de cantares, dijeron:

--¡_El cuadro de las lanzas_, de Velázquez!

Sí, Leoncillo. El pobre Tremielga había compuesto como original lo que

Velázquez hizo tantos años antes, y confundiendo en su alma la memoria y

la fantasía, lo que aquélla le pintó como recuerdo, reputóla él creación

de ésta.

Había cegado la envidia a aquel gran genio, como ciega al sol la parda

nube, y en tal confusión psicológica creeríase hallar una alegoría cruel

de la negra pasión que levantaba en su alma trombas de fuego y polvo.

¿Has visto nunca, Leoncillo, cosa semejante?... ¿Por qué abres tanto los

ojos? ¿No me has entendido? Pues este es de aquellos sucesos que no se

pueden explicar... Han dado las cinco; es ya hora de bajar desde este

andamio al mundo... En el mundo hallarás espíritus fundidos en el tropel

de Tremielga, y ellos te enseñarán la moraleja de mi historia. Añadiré,

para darle punto, que al oir Tremielga aquella exclamación soltó una

feroz carcajada, y agitando sus brazos como aspas de molino,

dijo:--¡Otro ladrón de mi pensamiento! ¡Lucio me robó aquella _Venus_!

¡Ese... Velázquez, me ha robado la _Rendición de Breda_!

NOCHE SERVIA

(BLASCO IBÁÑEZ)

Las once de la noche. Es la hora en que cierran sus puertas los teatros

de París. Media hora antes cafés y restaurantes han echado igualmente su

público a la calle.

Nuestro grupo queda indeciso en una acera del bulevar, mientras se

desliza en la penumbra la muchedumbre que sale de los espectáculos. Los

faroles, escasos y encapuchados, derraman una luz fúnebre, rápidamente

absorbida por la sombra. El cielo, negro, con parpadeos de fulgor

sideral, atrae las miradas inquietas. Antes, la noche sólo tenía

estrellas; ahora, puede ofrecer de pronto teatrales mangas de luz en

cuyo extremo amarillea el zepelino como un cigarro de ámbar.

Sentimos el deseo de prolongar nuestra velada. Somos cuatro: un escritor

francés, dos capitanes servios y yo. ¿Adónde ir en este París obscuro,

que tiene cerradas todas sus puertas?... Uno de los servios nos habla

del _bar_ de cierto hotel elegante, que continúa abierto para los

huéspedes del establecimiento. Todos los oficiales que quieren

trasnochar se deslizan en él como si fuesen de la casa. Es un secreto

que se comunican los hermanos de armas de diversas naciones cuando pasan

unos días en París.

Entramos cautelosamente en el salón profusamente iluminado. El tránsito

es brusco de la calle obscura a este _hall_ que parece el interior de un

enorme fanal, con sus innumerables espejos reflejando racimos de

ampollas eléctricas. Creemos haber saltado en el tiempo, cayendo dos

años atrás. Mujeres elegantes y pintadas, champán, violines que gimen

las notas de una danza de negros con el temblor sentimental de las

romanzas desgarradoras. Es un espectáculo de antes de la guerra. Pero en

la concurrencia masculina no se ve un solo frac. Todos los hombres

llevan uniformes--oficiales franceses, belgas, ingleses, rusos,

servios--y estos uniformes son polvorientos y sombríos. Los violines los

tocan unos militares británicos que contestan con sonrisa de brillante

marfil a los aplausos y aclamaciones del público. Sustituyen a los

antiguos zíngaros de casaca roja. Las mujeres señalan a uno de ellos,

repitiéndose el nombre del padre, lord célebre por su nobleza y sus

millones. «Gocemos locamente, hermanos, que mañana hemos de morir.» Y

todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altar de

la diosa Pálida, beben la existencia a grandes tragos, ríen, copean,

cantan y besan con el entusiasmo exasperado de los marinos que pasan una

noche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de la

tempestad.

* * * * *

Los dos servios son jóvenes y parecen satisfechos de que las aventuras

de su patria los hayan arrastrado hasta París, ciudad de ensueño que

tantas veces ocupó su pensamiento en la bárbara monotonía de una

guarnición del interior.

Ambos «saben contar», habilidad no ordinaria en un país donde casi todos

son poetas. Lamartine, al recorrer hace tres cuartos de siglo la Servia

feudataria de los turcos, quedó asombrado de la importancia de la poesía

en este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocían el

abecedario, emplearon el verso para guardar más estrechamente las ideas

en su memoria. Los _guzleros_ fueron los historiadores nacionales y

todos prolongaron la _Iliada_ servia, improvisando nuevos cantos.

Mientras beben champán los dos capitanes, evocan las miserias de su

retirada hace unos meses; la lucha con el hambre y el frío; las batallas

en la nieve, uno contra diez; el éxodo de las multitudes, personas y

animales en pavorosa confusión, al mismo tiempo que a la cola de la

columna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblos

que arden, los heridos y rezagados, aullando entre llamas; las mujeres

con el vientre abierto viendo en su agonía una espiral de cuervos que

ávidos descienden; la marcha del octogenario rey Pedro, sin más apoyo

que una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando su

calvario a través de los blancos desfiladeros, encorvado, silencioso,

desafiando al destino, como un monarca shakespiriano.

Examino a mis dos servios mientras hablan. Son mocetes carnosos,

esbeltos, duros, con la nariz extremadamente aguileña, un verdadero pico

de ave de combate. Llevan erguidos bigotes. Por debajo de la gorra, que

tiene la forma de una casita con tejado de doble vertiente, se escapa

una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el

«artista», tal como lo veían las señoritas sentimentales de hace

cuarenta años, pero con uniforme color de mostaza y el aire tranquilo y

audaz de los que viven en continuo roce con la muerte.

Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses y parece que

recitan las remotas hazañas de Marko Kraliovitch, el Cid servio, que

peleaba con las _Wilas_, vampiros de los bosques, armados de una

serpiente a guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en un

_bar_ de París han vivido hace unas semanas la existencia bárbara e

implacable de la humanidad en su más cruel infancia.

La voz de la conseja, t.2 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos · 第 6 / 10 段