comunicando con el «ansar» a guisa de puente. A la mitad del tablón
oscilante, el muchacho se detuvo a dominar con una mirada avara de
belleza la majestad del cuadro montañés; la corriente, hinchada y
soberbia, rugía una trágica canción devastadora, y el bosque,
verdegueante con los brotes gloriosos de la primavera, daba al paisaje
una nota serena de confianza y de dulzura tendiendo su césped suave
hacia las espumas bravas y meciendo sobre el rabión furioso los árboles
floridos. Lejano, en la opuesta orilla del bosque, el río hacía brillar
al sol otro de sus brazos que aprisionaba el vergel.
Quiso Martín ocultarse a sí mismo el desvanecimiento que le causaba
aquella visión maravillosa y terrible de la riada, y burlón, sonriente,
murmuró cerrando los ojos ante las aguas mareantes:
--¡Uf!... ¡cómo «rutien»!...
Luego, de un salto, ganó la otra ribera, en uno de cuyos alisos
estribaba el colgante puentecillo, conocido por «el puente del alisal».
Entonces el niño, un poco trémulo, volvió la cara hacia el río, le
escupió, retador, con aire de mofa, y aun le increpó:
--«Rutie», «rutie», ¡fachendoso!...
Después, internóse en el bosque, al encuentro de sus vacas.
Era Martín un lindo zagal, ágil y firme, hacendoso y resuelto;
pastoreaba con frecuencia los ganados que su padre llevaba en aparcería,
que eran el ejemplo y la admiración de los ganaderos del contorno. Del
monte y del llano, Martín conocía como nadie los fáciles caminos; los
ricos pastos y las fuentes limpias para regalo de sus vacas. El pastor
sabía que sobre la existencia próspera de aquellos animales constituía
la familia su bienestar, y viviendo ya el niño con el desasosiego de la
pobreza encima del tierno corazón, guardaba para sus bestias una
vigilante solicitud, un interés profundo, en cuyo fondo apuntaban,
acaso, el orgullo del ganadero en ciernes y la codicia del campesino.
Pero inseguros estos sentimientos en los once años de Martín,
aparecíanse en aquella almita sana cubiertos de simpática afición hacia
los animales, muy propia de una buena índole y de una generosa voluntad.
* * * * *
Aplicadas habían pastado las muy golosas, y en cada cabeceo codicioso
mecieron las esquilas en la serenidad del bosque una nota musical,
mientras Martín sonreía, halagado por aquel manso tintineo que era la
marcha real de su realeza pastoril; sentado en un tronco muerto, iba
entreteniendo la tarde en la menuda fabricación de unos pitos, que
obtenía ahuecando, paciente, tallos nuevos de sauce, cortados sin
nudos. Para conseguir el desprendimiento de la corteza jugosa, era
necesario,--según código de infantiles juegos montañeses--acompañar el
metódico golpeteo encima del pito, con la cantinela: _Suda, suda,
cáscara ruda; tira coces una mula; si más sudara, más chiflara_...
Martín había repetido infinitas veces este conjuro milagrero, y tenía ya
en la alforjita que fué portadora de su frugal pitanza una buena
colección de silbatos sonoros. Miró al sol y calculó que serían las
cinco. Las vacas estaban llenas y refociladas; rumiaban tendidas en
gustoso abandono, babeando soñolientas sobre las margaritas, gentiles
heraldos de la primavera en los campos de la montaña.
Al mediar el día, había saltado el Sur, ya iniciado desde el amanecer en
hálitos tibios, que sólo el ábrego puede levantar en los días primerizos
de Marzo; iba creciendo el temeroso vocear del río y llegaba al fondo
del «ansar», apagado en un runruneo solemne. Martín pensó volverse a la
aldea; al paso perezoso del ganado tardaría una hora lo menos; el tiempo
justo para no llegar de noche.
Se levantó el muchacho y su vocecilla aguda rompió el sosiego de la
tarde, arrullada por el río.
--¡Vamos... _Princesa_, _Galana_, arre...; arriba, _Pinta_...; _Lora_,
vamos...!
Hubo un rápido jadear de carne, con sendas sacudidas de collaradas y
sonoro repique de campanillas; y los seis animales se pusieron en marcha
delante del zagal.
Al cuarto de hora de camino, Martín empezó a inquietarse; el río bramaba
como una fiera, mucho más que por la mañana. Y cuando el muchacho se fué
libertando de la espesura intrincada del «ansar», vió con terror que no
quedaba en las altas cimas de la cordillera ni un solo cendal blanco de
la reciente nevisca; la hoguera del sol y los revuelos del ábrego
realizaron el prodigio.
--Irá el río echando pestes--decíase Martín;--habrá llegado punto menos
que al puentecillo, y tal vez el ganado tema vadear...
Impaciente, arreó vivo y apretó el paso; y a poco, alcanzó a ver el
desbordamiento de las aguas en los linderos del bosque. Dió una corrida
para asegurarse de si estaba firme su puente salvador... ¡estaba!
Respiró tranquilo... Ahora todo consistía en que las reses vadearan tan
campantes como de costumbre. Las incitó: estaban un poco indecisas;
volvían hacia el muchacho sus cabezas nobles, en cuyos ojazos mortecinos
parecía brillar una chispa de incertidumbre... Hubo unos mugidos
interrogantes.
Ansioso el niño, las excitó más y más, y de pronto, una entró resuelta,
río adelante; las otras la siguieron, mansas y seguras, menos la _Pinta_
que, rezagada siempre, no había dado un paso.
Martín la arreó, acariciándola:
--¡Anda, tonta, tontona!...
La vaca no se movía.
El zagal, imperioso, la empujó; pero ella mugía, obstinada y resistente,
hasta que, sacudiendo su corpazo macizo, con brusco soniqueo de
campanillas, dió media vuelta alrededor del muchacho y se lanzó a correr
hacia el bosque.
Quedóse Martín consternado y atónito. Pero no tuvo ni un momento de
vacilación: su deber era salvar a la _Pinta_ de la riada formidable que,
sin tardar mucho, inundaría por completo el «ansar» mecido entre los dos
brazos del coloso.
Las otras cinco vacas, dóciles a la costumbre de aquella ruta, acababan
de vadear el río con denuedo, y Martín, hostigándolas desde la orilla
con gritos y ademanes, las vió andar lentamente camino de la aldea.
Entonces corrió en busca de la compañera descarriada, la mejor de su
rebaño, aquella en que la familia toda se miraba como en un espejo.
Sonaba el tintineo melódico de la esquila, con placidez de égloga, en la
espesura del bosque soñero; y, guiado por aquel son, el niño halló a la
bestia jadeante y asombrada delante del segundo torrente que el río
derramaba en el «ansar». Le amarró el pastor al collar una cuerda que
desciñó de la cintura y, riñéndola, muy incomodado, la obligó a tornar a
la senda conveniente.
La _Pinta_ no opuso resistencia: tal vez estaba arrepentida de su
insubordinación, a juzgar por las miradas de mansedumbre con que
respondía a las amonestaciones severas de Martín.
--¿No ves, bruta--decíale, afligido y razonable,--que estamos, como
quien dice, en una ínsula?... ¿No ves que todo esto se va a volver un
mar, mismamente, y que si te ahogas pierde mi padre lo menos cuarenta
duros?... ¡Pues tendría que ver que no quisieras pasar!... ¡Sería esa
más gorda que otro tanto!...
La charla afanosa del rapaz y el blando soniquete del esquilón daban una
nota argentina a la orquesta grave de la riada. Habíase encalmado el
viento; dormía, sin duda, en algún enorme repliegue de las montañas
azules, sobre las cuales temblaba puro el lucero vespertino, arrebolado
de nubes rojas.
El bravo corazoncillo de Martín golpeaba fuerte cada vez que el niño
pensaba en el puente liviano del alisal.
Había ensanchado el río atrozmente sus márgenes en el tiempo que el
zagal perdiera con la fuga de la _Pinta_; ahora, el vado espumoso y
borbollante no remansaba.
Angustiado el niño, viendo crecer la noche en aquel asedio terrible del
agua, amarró la vaca a un árbol y trepó a cerciorarse del estado del
puente.
Pero el puente... ¡había desaparecido!
Martín, anonadado, estuvo unos minutos abriendo la boca, en el colmo del
estupor, delante de aquella catástrofe irremediable y espantosa. Un velo
de lágrimas cayó sobre sus ojos cándidos: ¿Qué hacer?... Sintió una
necesidad espantosa de pedir socorro a voces; de llorar a gritos; pero
la soledad medrosa del paraje y el estruendo de las aguas, le dominaron
en un pánico mudo, aniquilador. Alzó maquinalmente la mirada al cielo, y
la súbita esperanza de un milagro acarició su alma con un roce suave,
como de beso; ¡si viniera un ángel a colocar otra vez el puente en su
sitio!... Y ensayó el pastor unas vagas oraciones, repartidas,
confusamente, entre la Virgen del Carmen y San Antonio.
Pero ¡el ángel no venía; el río seguía creciendo, y la noche cayó,
impávida y serena, encima de aquella desventura!
Asiéndose entonces a la única posibilidad de salvación, Martín se llegó
hasta la _Pinta_, la desamarró y, acariciándola mucho, mucho, con las
manitas temblorosas, la echó un delirante discurso, rogándola que
vadease el río y que le salvara. Despacio, con grandes precauciones,
según le hablaba, se subió a sus lomos, asiendo siempre la soga con que
la había apresado.
Martín empezó a creer en la realización del prodigio, porque la bestia,
sumisa y complaciente, entró sin vacilar en el agua, llevándole encima.
Y llegó a su apogeo el tremendo lance lleno de temeridad y de horror.
Hundíase el animal en el río espumoso y rugiente, y resbalaba y mugía,
en el paroxismo del espanto, mientras que el niño, abrazándose a la
recia carnaza vacilante, la besaba sollozando, gimiendo unas trémulas
palabras, que tan pronto iban dirigidas a Dios como a la _Pinta_.
La tonante voz del río empapaba aquella humilde vocecilla de cristal,
cuando el alma candorosa del pastor sintió otra vez el beso del milagro.
Dominando el estrépito de la riada, unas voces le llamaban con
insistencia: había gente, sin duda, en la otra orilla; le buscaban sus
padres, sus vecinos...
Martín se creyó salvado. Alzó la frente en las tinieblas con un
movimiento de alegría loca, y al soltarse del brazo que daba a la
_Pinta_, un golpe de agua le echó a rodar en las espumas del rabión.
Todavía, por un instante, tuvo Martín asida una tenue esperanza de
vivir: conservaba en su mano la cuerda que la vaca tenía atada al
collar. La corriente, de una bárbara fuerza, tiraba del niño hacia
abajo; hacia el abismo; hacia la muerte. La vacona, con la elocuencia
brutal de esfuerzos y berridos, tiraba de él hacia la orilla... Pero,
¡podía más el rabión, que ya iba arrastrando al animal detrás del niño!
Entonces él, bravo y generoso en aquel instante supremo, soltó la
cuerda, y dijo con una voz ronca y extraña:
--¡Arre, _Pinta!_
Aún gritó: ¡madre! Abrió los brazos, abrió los ojos, abrió la boca,
creyó que todo el río se le entraba por ella, turbio y amargo; sintió
cómo el vocerío de la corriente, que todo el día le estuvo persiguiendo,
le metía ahora por los oídos una estridente carcajada, fría y burlona,
como una amenaza que se cumple; y vió, por fin, cómo temblaba en el
cielo, entre nubes rojas, el lucero apacible de la tarde... El rabión se
le tragó en seguida, inerme y vencido, pobre flor de sacrificio y
humildad...
La _Pinta_, dueña de la codiciada margen, miraba con ojos atónitos y
mansos a un grupo de gente que la rodeaba, y a una triste mujer que,
habiendo recibido en mitad del corazón la postrera palabra de Martín, en
trágica respuesta, contestaba a grito herido:
--¡Allá voy, allá voy!...
Y corría la infeliz, ribera abajo, a la par del río, hundiéndose en los
yerbazales inundados, perdida en las negruras de la noche, y en la sima
de su dolor...
LA FRIA MANO DEL MISTERIO
FERNÁNDEZ-FLÓREZ
Después del casamiento, mi mujer me arrastró rápidamente hasta el coche.
A la puerta de la iglesia, de pie sobre las losas que cubrían las tumbas
de los feligreses, los padres de Osvina lloraban. Mi suegro era alto,
delgadísimo, de corva nariz; tenía los ojos redondos; su mujer era
enjuta también, enlutada, triste. No hablaron; sacudían sus manos como
manojos de raíces. Apenas había amanecido y la lámpara del altar se veía
en la obscuridad de la iglesia como un ojo de fuego parpadeante. Llovía.
Cuando arrancaron los caballos, mi mujer alzó las ventanillas y se
acercó a mí, temblando, con una inquieta mirada de temor.
Puedo jurar que soy un buen creyente; el cura de San Eleuterio puede
decir cómo todas las tardes, al toque de Angelus, entraba yo a rezar
largamente en la iglesia. Pero yo tengo el espíritu enfermo, muy
enfermo... Yo he querido alejarme de supersticiones y de brujerías, y
ellas me han cercado y perseguido siempre: alguna puertecilla estaba
abierta en mi alma, por la que ellas venían. Creo estar en pecado
mortal. Rezaba y rezaba y el Espíritu Malo reía tras de mí. Una vez, en
la iglesia de San Eleuterio, he visto alzarse la losa del sepulcro del
conde de Ginzio y, por la abertura, curiosear unas cuencas vacías. Otra
vez, también después del Angelus, cuando todo el templo estaba solitario
y tranquilo, vi con mis tristes ojos al difunto abad de Racemil
atravesar la nave y entrar en el confesonario donde en vida se sentaba
para oír los pecados de las devotas. Cuando me casé, Osvina me quiso
explicar estos misterios. Ella sabía hablar con los espíritus; la había
enseñado su padre. En la sala grande y pobre de su caserón, alguna noche
había visto yo a mi suegro alzarse de pronto, con los ojos redondos
brillantes y agrandados, y extender sus manos sarmentosas hacia las
tinieblas. Entonces pasaban unas tenues sombras por el círculo de luz
que el quinqué proyectaba en el techo, y yo huía, amedrentado.
Y Osvina me lo había dicho todo. Habían evocado una vez el espíritu de
su primer novio, aquel que murió una noche de tempestad, en las aguas
alborotadas de la ría, cuando se obstinó en cruzar él solo de margen a
margen para ver a la amada. Los marineros no quisieron partir y marchó
él en la dorna, jurando por Dios que habría de llegar junto a Osvina.
Murió. Dos días después la corriente arrastró a flor de agua su cadáver.
Sobre el vientre hinchado y deforme se había posado un cuervo, triste y
quieto, con el corvo pico oculto entre las negras plumas.
Desde la evocación, Osvina temblaba al recuerdo del novio muerto. A
veces, en nuestra charla de enamorados, se interrumpía ella bruscamente
y miraba hacia atrás con sus ojos también redondos y grandes, como si
hubiese oído pasos a su espalda. En más de una ocasión intentó referirme
el trance extraño de aquella entrevista de ultratumba, y siempre calló,
angustiada por un temor agudo... Yo bien sé que no debí casarme con
ella, pero aquellos ojos verdes y enormes me atraían como una tentación.
En sueños los veía, solos, separados del rostro, brillando sobre un
fondo negro... Acaso fuesen, sin embargo, los ojos del padre.
* * * * *
Era de noche ya cuando llegamos al pueblo. El coche se detuvo en una
calle estrecha, de antiguas casas cuyos muros había ennegrecido la
lluvia. La dueña de la fonda nos recibió alzando sus cortos brazos. Era
anciana ya, diminuta, de lento y sordo hablar. Cuando joven, había sido
criada en casa de Osvina. Nos precedió hasta una habitación; hizo
acomodar nuestras maletas. Luego, inmóvil en el umbral, con las manos
cruzadas sobre el vientre, observó:
--¡Qué guapa está mi joven señora!... ¡Tantos años pasados sin verla!
Después se dolió de su vejez, se dolió de su suerte:
--No hay en la casa más que don Amaro el médico, y su esposa. ¡Son malos
tiempos, son muy malos tiempos, mi joven señora!...
Avanzó para ayudarla a cambiar sus ropas; nos guió después al comedor.
Don Amaro y su mujer aguardaban ya, ante la mesa. El tenía abundante
pelo gris y una frente enorme y unos ojos pequeños, de agudo mirar,
amparados por unas gafas gigantescas. Su mujer era joven, casi una niña
aún, hermosa como un bien de Dios; en todo su rostro había una enorme
serenidad inconmovible, una quietud total, la absoluta ausencia de
gestos; sus ojos eran como los ojos de una muñeca, que miran sin ver. No
la he visto jamás reir, ni llorar, ni emocionarse. El velón de tres
brazos que alumbraba la mesa hacía lucir sus rubios cabellos con el
mismo tono suave de la miel. Comía con movimientos reposados e iguales,
como obedeciendo a un oculto aparato de relojería que la rigiese.
Sentada frente a mí, sentí durante la cena el peso constante de su
mirada, tan insistente, tan tenaz, que pudo turbarme. El médico parecía
no advertirlo. Al terminar, se alzó, cogió del brazo a su mujer y
salieron. La vi marchar erguida, muda, solemne, con cierta rigidez en
sus movimientos... el doctor hablaba a su oído algunas palabras
confusas.
Aun le oímos charlar después, ya en nuestra habitación, contigua a la de
ellos. Al través del tabique, la voz del doctor llegaba sordamente;
parecía al principio cariñosa, después, semejaba rogar. Se oyó sólo la
voz de don Amaro. Se hizo el silencio al fin. Entonces, de todos los
rincones de la casa vetusta pareció brotar la melancolía. Nuestra
lámpara alumbraba débilmente; el pabellón del lecho arrojaba a la pared
su sombra como la sombra de una negra Estadea. Callábamos, presa de una
vaga inquietud. Se sentía un leve zumbar: quizás el de la sangre en los
oídos; quizás el de los espíritus que vuelan en la noche; quizás era,
tan sólo, la vida misteriosa de la casa. Las casas tienen también su
vida. Algo de la substancia espiritual de los que en ellas moran, va
quedando en los rincones obscuros, en las paredes, entre las vigas del
techo, hasta en los ocultos agujeros que abre la polilla. Es una vida
formada de muchas partículas de vida. En las casas antiguas, por las que
han desfilado las venturas y las tristezas de muchas generaciones, esa
vida es tan fuerte que influye en la nuestra. Nosotros no la podemos
ver, en la aparente quietud de las cosas, pero existe: los espíritus de
los niños, sensibles a todo influjo, cercanos a lo sobrenatural, de
donde vienen, la advierten con mayor claridad: así sienten en las
habitaciones obscuras un vago terror. Y a veces, nosotros, al quedar
solos en una casa en silencio, hemos sentido como la presencia de otro
sér misterioso que nos acechase; y entonces hemos sufrido un impulso
vehemente de huir. ¡Oh, sí: podéis creer en el espíritu de las casas,
que a veces es trágico, que a veces es sonriente y protector!... El que
supiese leer en esos ligeros rumores de que se llenan los edificios
durante la noche, conocería muchos secretos tenebrosos.
Y nosotros sentimos despertar la vida del caserón: pasos imperceptibles,
que se advierten porque cruje la madera del suelo; un suave rumor, como
de charlas contenidas; una risa ahogada que se confunde con el
trotecillo de un ratón... Desde el fondo de un espejo nos atisbaba algo
invisible. Osvina, pálida, fría, miraba hacia los rincones obscuros;
¿qué adivinaba su alma, hecha al horror?... Yo miré sus grandes ojos
redondos, dilatados de espanto. Y en los verdes iris vi claramente el
rostro enjuto y el puntiagudo mentón y la corva nariz de su padre,
inclinada hacia el pecho, como el pico del cuervo que se posó una vez
sobre el cadáver del novio muerto en la ría lejana.
* * * * *
Si las palabras llegasen a expresar toda la fuerza de lo sobrenatural,
yo podría enloqueceros con el relato de aquellos días angustiosos
pasados en el caserón, mientras fuera caía implacablemente la lluvia. El
cielo era obscuro como la alcoba de un enfermo; frente a nuestras
ventanas se alzaban los muros de la catedral, y los monstruos de las
gárgolas vomitaban incesantemente el agua turbia de los tejados, como en
una náusea continua. Mi mujer, enovillada en el diván, más pálida que
nunca, más transparente su piel, callaba y callaba, en un silencio
desesperante y tenaz. Había sentido vagar por la estancia el espíritu
del novio muerto, hosco y vengativo, y se advertía sobrecogida por un
pasmo de horror. Una noche, al saltar al lecho, asombrado por el
pabellón carmesí, gimieron las tablas con un largo lamento. Entonces
Osvina huyó, acongojada:
--En esta cama alguien murió sin confesión--me dijo.
Y no quiso volver a ella. Todas las horas de la noche las pasó en el
diván. ¿Dormía? Entre las cortinas de la cama yo la vi con sus manos
extendidas hacia el espejo, suelto el cabello, entreabierta la boca,
hipnóticos los verdes ojos enloquecidos. En el cristal azogado brillaban
otros ojos también; cuando me incorporé para abarcar la escena, volvió a
oírse el gemido del lecho. Entonces ella dejó caer sus manos, y una
sombra huyó de prisa por el espejo, con las mismas largas piernas del
padre... A veces, la oía hablar confusamente, como si soñase. En una
ocasión me despertó una hora sonando en el reloj de la catedral; abrí
los ojos. Volaba una mariposa sobre la llama del velón, y las alas
fingían en el techo una sombra de garra. Bien vi acercarse la sombra
hasta mi mujer, como unos dedos dispuestos a apresar fuertemente. Gimió
ella en el diván, como bajo el influjo de una pesadilla. Entonces la
mariposa ardió en la llama. Hubo una súbita claridad, y todo quedó
nuevamente encalmado.
* * * * *
¿Quién reía así en el caserón?... ¡Oh! Es seguro que jamás entre
aquellas paredes hubiese sonado otra vez la risa. Era una carcajada
aguda que atravesaba los muros como un estilete de acero, fría, sutil,
inquietante. Una vocecita atiplada gritó:
--¡Eh, buena ama, vieja ama, eh!... ¿Aún no os ha pedido posada el
diablo?
Y la hostelera replicaba con su tono habitual, doliente y mustio.
Aquella tarde conocimos al nuevo huésped. Era un hombre chiquito y
gordo, ágil como una pelota que fuese de bote en bote, inquieto,
charlatán. Tenía millares de arrugas junto a los ojos minúsculos y su
boca se abría, para reir, en toda la extensión de las mejillas. Saltaba,
más que andar. Habíamos comenzado la cena cuando él salió con estrépito
de su cuarto y llegó a ocupar su asiento, al otro lado de Elena, la
mujer del doctor. Pero botó en la silla, apenas sentado, para gritar:
--¡Eh, vieja, vieja!... ¿Por qué habéis puesto hoy el velón de tres
brazos?...
Y se precipitó a incendiar su servilleta, arrollada como para formar una
antorcha. La posadera acudió con otra luz más. Entonces él suspiró
satisfecho y arrojó la quemada servilleta.
--Es--dijo mirándonos--que los velones de tres brazos atraen los
espíritus.
Osvina lo miró a su vez, calladamente. El hombrecillo gordo gritó:
--A mi vecina no le molestan los espíritus.
Y rompió a reir escandalosamente, echándose hacia atrás en su asiento,
mirando a Elena con sus ojillos llenos de malicia.
Elena no contestó. Como siempre, tenía fijos en mí sus ojos serenos. Ni
aun se movió un solo músculo en su rostro. Don Amaro, lívido, más
encrespados los grises cabellos, arrojó el tenedor sobre la mesa,
gruñendo:
--¡Cada cual vive la vida que tiene!... No puedo tolerarlo a usted...
Cogió a su mujer del brazo y se fueron. El hombrecillo se desmayaba de
risa. Luego continuó devorando, como si repentinamente se hubiese
olvidado de todo. Cuando calmó su apetito, me miró fijamente:
--¡Oh!--hizo, con un gesto de alegre sorpresa.--¡Samuel, mi admirable
Samuel! ¿No conoce usted a los amigos?
--Señor--protesté--no soy Samuel. Me llamo Héctor; no le he visto a
usted en toda mi vida.
El rió:
--¡Eh! ¿No me ha visto?... ¿Dice que no me ha visto?... El viejo judío
Samuel, que tenía su tienda en Stettin, no me ha visto nunca. ¡Ji,
ji!...
Tuvo otro largo acceso de risa, y tosió. Entonces asió la copa de agua y
la acercó a sus labios; pero el agua se desparramó por el mantel,
totalmente, como si un émbolo la impeliese. El hombrecillo tornó a posar
la copa vacía, con un gesto melancólico:
--¡Siempre me ocurre así!...
Y apuró el vino, con un ademán resignado.
Después de cenar, nos siguió a nuestra alcoba y se sentó en el diván, a
mi lado.
--Y bien--dijo.--¿Para qué fingir? Cada cual vive la vida que tiene,
como dijo el doctor. Yo estoy muy contento por haber hallado a un viejo
amigo.
Encendió su pipa.
--Ya hace cien años, ¿eh?...
Fumó unos largos minutos.
--Yo hice un buen negocio con Juliano Swart. ¿Recuerda usted a Swart?...
¡Qué bien bebía la cerveza negra de Stettin!... Decidimos que el
espíritu del que muriese primero avisase al otro los medios de la
inmortalidad. Firmamos el pacto con agua bendita, en una hoja de
pergamino. Desde entonces no puedo probar el agua; el agua huye de mí.
El pobre Juliano murió un día en que había bebido más cerveza que nunca
y durmió sobre la nieve. Después vino, obediente al pacto, a traerme el
secreto. Pero los espíritus se han indignado contra él. Ahora quieren
matarme.
Volvió a envolverse en humo y volvió a reir.
--Pero yo les he burlado bien. Mientras duermo, corren furiosamente por
la estancia y derriban los muebles. Al principio, el estrépito me
producía insomnios. Ahora, me he acostumbrado y puedo dormir.
Bajó la voz para contarme: