La comedia es de grande apariencia y espectáculo, y parece que ha de ser

la mejor presentada de cuantas van hasta el día, pues ha de hacerse con

un artificio nuevo, construído exprofeso por el ingenioso capitán Julio

Fontana, superintendente de las fortificaciones de Nápoles durante el

tiempo que por aquellas tierras hubo de estar el Conde.

La reina está muy consentida en que este festival llegue a celebrarse

con toda la grandeza y ceremonia acostumbrada en las cosas de Palacio, y

ella misma lo dispone y dirige como el más experto y examinado autor de

comedias.

No han de representarla comediantes de oficio, sino todas personas de la

más alta nobleza, y no entrará en ella más hombre que el bufón Miguelico

Soplillo.

La misma doña Isabel tomará parte (aunque su papel no tiene palabra ni

recitado alguno), representando la diosa de la hermosura.

Las damas están tan gozosas y bien empaquetadas en su nuevo oficio, que

parecen comediantes formales, según lo mal que hablan las unas de las

otras y lo desdichadamente que se aprenden los papeles.

Don Juan, que ha encontrado esta ocasión para estar cerca de su

imposible querer, no sale de Palacio, y todo se vuelve pasar el día

ensayando la aparición de la hermosa deidad.

Por cierto que con ello da ocasión a mil impertinencias, y todo ha de

venir a declarar el fuego que, como hombre presuntuoso y pagado de su

estampa, no sabe hacer si no dice, que es de los que afirman que las

aventuras no se disfrutan bien sin la salsa picante del escándalo.

Desta comedia, _La gloria de Niquea_, suele decir:

--Es la primera y la única que ha salido de mi pluma; pero acaso ella

sea la que me dé la inmortalidad.

Y una tarde, durante el ensayo, al tiempo de tomar la mano bella de doña

Isabel para ayudarla a bajar de la carroza en que ha de presentarse,

alguien ha oído decir a S. M., en tono de amoroso reproche:

-¡Que me lastimáis! Por Dios, tened juicio. Estas locuras vuestras han

de darnos que sentir.

Y el tal dicho ha corrido por todo Aranjuez, pero en secreto. Las damas

sonríen. Los caballeros tosen. La Tabora rompe abanicos y escribe

billetes, que rasga sin enviarles a su destino. El Rey juega y corrige

escenas de unas comedias suyas, que le están escribiendo Villaizán y

Hurtado de Mendoza. El Conde Duque atúsase el boscaje que luce por

bigotes, y se ríe.

Vélez de Guevara y el Diablo Cojuelo planean una comedia histórica, en

que han de moverse todos estos personajes.

* * * * *

Llegó, al fin, la ansiada tarde de la comedia.

Toda la Corte y todo Aranjuez andaban perdidos de emoción, que para otra

cosa no teníase vida, si no era para conllevar el júbilo.

Aun los negocios de Estado suspéndense hasta que pase la fiebre

escénica, y no es cosa rara el ver a un amanuense corriendo tras un

secretario, diciéndole:

--Mire, señor, que ponga la firma en esta minuta que ha de substanciarse

mañana, y es asunto de muy grande urgencia.

Y responder el secretario, como si le pincharan en lo más sensible del

honor:

--Bellaco, dad gracias a que estoy de priesas, que si no ya vos diría

quién es Calleja. ¿Pensáis que se está un hombre para niñerías de firmas

con este desasosiego?

* * * * *

Poco más eran de las cuatro de la tarde, cuando en el jardín que dicen

de la Isla comenzóse, con toda solemnidad, la comedia del Conde.

Bien iba, y con sus primeros pasajes, aunque mal entendíanse por la

incivilidad del verso culterano; solazábase muy bien el nutrido ateneo.

Las complicadas apariencias y enrevesados artificios (casi tanto como el

lenguaje), eran cosa que tanto despertaba la admiración, como nunca

vista, que a todos tenía con el alma en los ojos.

Ya había pisado las tablas doña Francisca Tabora, quien para mayor

tormento de sus celos tomaba parte simbolizando el mes de Abril, y ya

doña María de Guzmán, lindísima hija de los condes de Olivares, en faz

de Diana cazadora, había recitado muy donosamente su parte, y la hermosa

y etiópica azafata de la Reina había cantado con su prodigiosa voz aquel

romance, que es el mejor fragmento lírico de toda la obra:

«Yo soy, en opaco bulto

y en obscura confusión,

con manto de estrellas, noche

negra, imagen del temor.

Soy cómplice tenebroso

de cuantos hurtos Amor

no fía de las auroras

y esconde a la luz del sol.

Amadis, duerme seguro;

duerme, que en sueño no

puedes temer los peligros

desta encantada ilusión.»

cuando al aparecer la soberana sobre su carro triunfal comenzó a arder

toda la escena, y no quedó cosa en pie.

La confusión fué grandísima, y nadie miraba a más que ponerse en salvo,

sin cuidarse, grandes ni pequeños, de auxiliar a sus reyes.

Del Rey, no parece que se ocupara alguien; de la Reina... apenas

iniciado el fuego viósela desaparecer en brazos del amoriado Conde, que

acudió a ponerla en sitio seguro, tanto que no la hallaron hasta mucho

después, cuando no faltaba quien temiese que hubiese perecido abrasada.

Y puede que al receloso no dejárale de asistir razón.

* * * * *

Momentos antes de comenzar la fiesta, en un rincón apartado del jardín,

Villamediana y un paje sostenían este diálogo:

--¿Olvidaste la lección?

--No, señor.

--Bien; ya sé que eres hombre para un caso delicado. Ni un momento antes

ni otro después, en el preciso instante de aparecer S. M., prendes la

tela. Ya sabes cómo pago y ya sabes cómo castigo.

Oyéronse hacia aquella parte risas y voces femeniles, y el breve diálogo

quedó allí.

* * * * *

Y cuando la confusión era más grande, que nadie se veía ni se entendía,

por los más espesos senderos del jardín corría un caballero con una dama

en los brazos.

--El fuego de mi corazón, que no otro alguno, es quien incendió el

teatro--decía el galán;--y como pavesa divina vos trajo a mí; dos veces

reina: de mi vida y de mi patria.

--¡Ay, Conde! Que nos habemos perdido--decía ella.--Pobres de nosotros.

--Pobres, no; felices, porque nos amamos.

Cerca sonaron voces de

--¡Aquí está la Reina!

Y más chillonas que todas, las del bufón Miguelillo, que decía:

--¡La salvó Villamediana!

CAPITULO VI

DESPUÉS DE LA QUEMA

Desde el punto y hora en que la Corte tornara a Madrid, comenzó a correr

por toda la villa el olor de la chamusquina de Aranjuez. Y más

intensidad dijérase que había a raíz de acontecer la desdicha.

La Reina, apenas hallaba hora en que mostrar, diáfana, su belleza

espléndida, sin sombra alguna de preocupación; y en lo que al Rey hace,

más taciturno y sombrío solía estar que acostumbraba su devoto abuelo.

No así el de Olivares, a quien la satisfacción parecía salírsele por los

poros, pues con estas intrigas que su hada la Fortuna preparábale y

otras que él sabía muñirse muy bien, iba alcanzando el dorado logro de

sus egoístas aspiraciones.

Dijérase que a don Juan de Tassis habíale embestido el amarillento mal

de la ictericia, que diz que es la flor de la melancolía.

No se le veían más de los ojos, y a aquella pulidez conque denantes

solíase peinar bigotes y melenas, ahora ha sustituído el desmayo y

lacitud del sauce.

No dejaba día sin acudir a su despacho, pero sin detenerse ni bromear

con los cortesanos, y únicamente acompañábale, alguna que otra mañana,

el beneficiado de la mezquita cordobesa, don Luis de Góngora.

Viéndoles a entrambos graves y silenciosos, convidaba a pensar que era

el Conde ánima en pena que hubiere sacado el insigne clérigo, y como

cosa maravillosa traíala a presentar ante Sus Majestades.

Con mucho calor comentábase en todo el Alcázar, desde los aposentos de

los mozos hasta las regias antecámaras, que volviera el de Tassis a la

regia mansión, y no faltó quien recordara que, por harto menos que lo de

Aranjuez, hase dado otras veces muerte a mucha gente de campanillas.

En fin, que todo Palacio era como revoltillo de personajes, que en el

meollo de un grande ingenio comenzaban a planear una gran tragedia, a la

manera de aquellas que inmortalizaron el teatro helénico.

Bajaba una mañana el Rey a tomar el coche que había de conducirle al

Pardo, donde tenía determinado distraer el mal humor con el noble

ejercicio de la caza, cuando al cruzar por el salón de reinos salióle al

paso doña Francisca de Tabora, quien, arrodillándose delante y con voz

muy alterada, ya por la emoción, ya por el despecho, dicen que le dijo:

--Señor, deme Vuestra Majestad las manos para besárselas, y mire que

quiero que me dé su licencia para apartarme del servicio de la señora

Reina. Nuestro Señor me niega la salud, y más que para servir, quieren

mis achaques que esté para que me sirvan.

No hizo aprecio el monarca, y díjola que dejara aquello para tratarlo

en otra ocasión, porque en aquella no había lugar.

Luego encontráronse frente a frente las dos rivales, y es fama que la

escena que tuvieron más tiró hacia la calle que hacia los estrados

cortesanos.

Miguel Soplillo, el bufoncejo, que en todo hacía honor a su apellido, no

tardó en irle con el cuento al señor don Juan; y el tal, que en este

asunto, ya de puro insensato raya en loco, anduvo lo más del día

buscando a doña Francisca para castigarla por el desacato, como a moza

de rompe y rasga.

Al fin parece que acalláronle los consejos de don Luis de Góngora, y los

peligros que columbraba, de llegar al escándalo, y sólo con la promesa

de unas sátiras, que levantaran ronchas, vino a conformarse.

CAPITULO VII

AQUELLA FIESTA DE TOROS...

Ya parece que van apoltronándose fijamente en sus empleos los nuevos

señores que han de aconsejar y despachar los destinos del nuevo reinado.

Algo adelanté en mi pretensión, que hoy estuve en la secretaría de la

maestranza de Zaragoza, y parece que entre las primeras pretensiones que

firme Su Majestad, luego de pasadas estas fiestas, será una la de mi

arcedianato. Si ello es como dánmelo por servido (que achacan el no

estarme ya disfrutando dél a incuria de los anteriores gobernantes), a

fe que como dicen de Zamora, no le he ganado en una hora.

Bien va de fiestas este año de 1622, y seguramente que quien más han de

holgarse con él son los bienaventurados, que por la ejemplaridad de sus

vidas y alteza de sus virtudes asiéntanse a la diestra de Dios Padre.

Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús, y

parece que más que todos, por ser nacido y criado en Madrid, aquel Santo

Isidro, mozo de labor en tierras de vino de Vargas, andan estos días de

servilleta prendida, pues va a dárseles ya, en definitiva, la cédula de

Santidad.

Las fiestas de toros celebradas en la Plaza Mayor han sido famosas.

Paréceme que esta clase de divertimiento ha de encontrar de día en día

más arraigos en España, pues hásela tomado tanto el gusto, que ya más de

una vez han acaecido lamentables desgracias al procurarse puesto la

plebe para presenciarlas.

Yo de mí sé decir que es cosa que me agrada sobremanera.

Aquel donosísimo juego de ímpetu y destreza entre el bruto y el hombre,

¡vive Dios que enciende los ánimos y acucia la sangre adormida!

Es de los más bravos caballeros que yo he visto, don Cristóbal de

Gaviria; no le va en zaga aquel Pedro Verger, alguacil de Corte, a quien

en una destas fiestas agravió tan cínicamente el dicho Conde, al verle

entrar todo galán y enjoyecido:

«Qué galano entra Verger

con cintillo de diamantes,

diamantes que fueron antes

de amantes de su mujer.»

¡Digan si puede insultarse más bellacamente a un cristiano!

Notable, ciertamente, fué la fiesta; y mucho regocijó, tanto a hidalgos

como a plebeyos, el arrojo y empaque de los caballeros.

Desde muy temprano hubieron de acudir Sus Majestades, que desde los

amplios balcones de la Panadería presenciaban el lucido festejo.

Comenzaron a desfilar los caballeros en plaza, y cada uno levantaba un

murmullo de simpatía entre los miles de espectadores.

Todos, al llegar bajo el balcón real, hacían la pleitesía de rigor, e

iban luego a ocupar su puesto en la liza.

Llegó, en fin, Villamediana, tan galano y gentil, que resumió en sí

todas las simpatías de la gente.

Hubo una grande curiosidad por descifrar el jeroglífico de su emblema.

Nadie le comprendía.

Traía bordados sobre el pecho, hacia la parte del corazón, unos reales

de plata.

Sobre ellos, escrita iba esta divisa:

_Son mis amores._

Entre la gente palaciega había muy empeñado interés en descifrar qué

quiera decir ello.

En el mismo balcón que ocupaban los monarcas abrióse polémica entre doña

Antonia de Acuña, doña María de Guzmán y el bufón don Miguelico.

Doña Isabel escuchábalos mal de su agrado, y la vida diera porque se

quedaran mudos.

El Rey no atendía sino el bullicio de fuera.

El Conde Duque le llamó la atención para que atendiera el coloquio, que

era muy pintoresco.

A la postre, acabóle Soplillo diciendo:

--¡Vive Roque, que somos mentecatos! Pues si ello es tan claro y

transparente como el sol que nos alumbra. ¿No son reales los timbres de

su emblema?

--Sí--respondieron las damas.

--Y encima, como abrazándolos--replicó el histrioncillo,--¿no lleva

escrito «Son mis amores?»

Y las damas tornaron a afirmar.

--Pues más cristalino, ni el agua destilada. «Mis amores son reales».--Y

el muy bellaco lo decía silabeando las palabras, como muchacho que

comienza a andar por las páginas de la cartilla.

La Reina quedó como muerta.

El Rey atarazó al enano, que todos temieron que fuera aquel su postrero

día, y rugió más que dijo:

--Pues yo se los haré cuartos...

* * * * *

Tan bravamente parece que se portó en la lidia el alcurniado y

maldiciente poeta, que para él fueron los lauros y vítores de la plebe y

la nobleza.

El Rey no hizo demostración alguna, ni en favor ni en contra.

Diz que uno de los rejonazos que asestó el Conde fué tan bizarro, que el

toro cayó redondo sin rastro alguno de vida.

Doña Isabel no fué dueña de sí misma, y advirtiendo que se desarrugara

el ceño de su augusto esposo, exclamó:

--¡Bravo por el Conde! Pica bien Villamediana.

A que respondió Don Felipe, apartándose del balcón (con lo que dióse la

corrida por terminada):

--Pica bien, pero muy alto.

CAPITULO VIII

DE CÓMO HAY GENTE PARA TODO

Dejemos aquí nuevamente que la musa de la novela historial hurte unos

cuantos párrafos en los diarios avisos del clérigo pretendiente (aunque

más justo fuera decir que pretendió, pues ya su paciencia y necesidad

tuvieron premio, y logró el arcedianato que tan justamente pedía).

Bien es, por otra parte, que la dicha musa tomara estas breves líneas a

su cargo, porque como ya su reverencia tiene en qué emplear el tiempo,

no anota y comenta con el celo que hasta aquí tuvo por norma.

* * * * *

Ha dos o tres días que no viene por las _Losas_, y por ende ni pide ni

importuna, un individuo astroso, que blasona de haber militado en

Flandes y en Italia.

A decir verdad, tenía más trazas de rufián que de soldado.

De toda su estampa veíase que era hombre capaz de cualquier hazaña, como

ésta no tuviere la nobleza por norma.

Traía no sé qué cartas para el almirante don Fadrique Enríquez, y

siempre que hablaba era su boca un manantial de por vidas y denuestos.

No logró ser recibido por el dicho magnate, y al fin una mañana (que a

todo se atreven los ignorantes y desvergonzados), consiguió ver al Conde

Duque, y de entonces acá no ha vuelto por las _Losas_ en guisa de

pedigüeño, sino que derecho iba al despacho de S. E. el señor don

Gaspar.

Ignacio Méndez le decían.

La última vez que se le vió salía a la par de Olivares, y alguien dice

que al punto de despedir a éste junto al estribo del coche, oyóle estas

palabras:

--Descuide Vuecelencia, que destos días no pasa, y si hasta aquí no pudo

ser, fué porque no hubo lugar. Ahora yo fío que sí, y todos quedaremos

algo más que satisfechos. No habrá medio de que hable. Pero miren que yo

voy bien confiado y hago cuenta de que no hay alcaldes ni alguaciles en

la Corte...

CAPITULO ULTIMO

Y ASÍ MURIÓ EL CONDE

Y al fin plúgole al trágico poder que estas cosas ordena y dispuesto tan

justamente tiene el principio y cabo de todo lo nacido, que llegara el

aciago día del eterno crepúsculo del señor don Juan de Tassis Peralta,

Conde de Villamediana.

Aunque grande era la enemiga que S. E. tenía en la Corte, no dejó un

solo día de asistir a despachar como Correo y Caballerizo Mayor; pero ya

su caída era inevitable, aunque a la verdad, nadie pensaba que fuera

caída de muerte criminal.

Muchos auguraban su desgracia, pero casi todos pensaban que fuese

destierro, como otras veces aconteciera.

El de Olivares no daba opinión alguna sobre tal asunto si algún

indiscreto le preguntaba, y lo más que parece que llegó a decir (y no

era poco), fué que destas tormentas había frecuentemente en los

palacios, y en algunas caían exhalaciones que llevaban la muerte, pero

que eran accidentes que nadie podía evitar.

Aquella mañana del 21 de Agosto de 1622 entró el Conde a la hora que

tenía marcada de costumbre, más agudo y decidor que nunca.

Aún era comidilla de grandes y chicos la desdichada muerte de don

Fernando Pimentel, hijo del conde de Benavente, a quien por cuestión de

amores sacó deste valle de lágrimas su deudo don Diego Enríquez la noche

del 7, junto a la iglesia de San Pedro el Viejo.

--De amores dicen que murió--habló Villamediana en el primer corro que

halló a mano;--buena enfermedad es, y Dios me acabe della.

Prosiguió luego la charla.

Los alfilerazos personales y políticos entretenían notablemente a un

grupo de caballeros que esperaban audiencia de S. M., y aunque harto

sangrientas las semblanzas y demasiado atrevidas las reprensiones,

cautivaban los chispazos de su mal empleado ingenio.

De todo habló; de los negocios de Flandes e Italia, del resello y

contraste de la moneda, de la flota de Indias recién llegada a Cádiz, de

la soberbia y favor del Conde-Duque, de la necedad y presunción del de

Osuna, y de todo hizo tiras.

Pasó don Baltasar de Zúñiga, confesor del Rey y tío del Privado, y

llamándole a una parte díjole en voz tan queda que dejara de oírse:

--Téngase y mire lo que habla y cómo habla, que tiene peligro de la

vida.

Juiciosa advertencia que fué acogida por don Juan con una nueva y más

afilada burla, que hirió muy gravemente la suspicacia del prócer

religioso.

Salió a poco un gentilhombre y dió razón de que Su Majestad hacía punto

en las audiencias por aquella mañana, con lo que todos abandonamos la

regia antecámara.

* * * * *

A última hora de la tarde volvió el Conde a Palacio.

Traía inusitada cohorte de criados, aparato que en él no era costumbre,

pues la más compañía con quien solía vérsele era algún allegado o deudo

o con el racionero de la catedral de Córdoba don Luis de Góngora.

Sin duda que venía a algún asunto de su alto cargo, pues que estuvo un

breve rato en la secretaría del Consejo de Castilla y allí dejó unos

pliegos que portaba.

Cuando salió, era a tiempo de que tornaban los Reyes.

Llegábase para cumplimentarles, pero el Rey cruzó ante él como si no le

hubiese reparado.

La Reina inclinó ligeramente la cabeza y también pasó sin mirarle.

No fué ajeno el real desvío a los ojos de los demás cortesanos, pero a

la arrogancia del Conde supo contenerles el gozo que pugnaba por

saltarles al rostro.

Llegóse a donde estaba su íntimo camarada don Luis de Haro, camarero de

la Reina, el cual, en manos de un palafrenero, dejaba su brioso alazán,

y hablaron con esta brevedad:

--Don Luis, ¿finásteis por hoy vuestro menester?

--Hasta mañana a las once, disponed de mí.

--Me place.

--¿Me necesitáis?

--Habemos de hablar; ello, si es que cosa más urgente no os lo veda.

--Si la hubiere, necesitándome vos dejárala para después. Pasemos, si

gustáis, a mi aposento.

--Tengo el coche en la puerta, subamos a él. Y mientras nos lleva hacia

el Prado, pues la serenidad de la noche que comienza invita al paseo,

charlaremos.

--¿Melancolías?... ¡Ay, señor don Juan! ¿Por qué no olvidáis este asunto

y atenazáis el corazón? Mirad que porque como a hermano os quiero, os lo

aconsejo.

--Mas desto y de otras cosas que en esto tienen su daño hablaremos en el

coche. Este caserón se me cae encima, y pluguiera a Dios...

--Andad, andad, don Juan, que nos miran.

Y saliendo a buen paso, en el zaguán hallaron el coche del Conde.

Subieron a él y muy despaciosamente echó el cochero hacia la calle

Mayor.

Sin duda que la conferencia era urgente y grave, como el Conde

prometiera, porque para no ser interrumpida con el horrible estrépito de

piedras y herrajes, caminaba el coche a todo el sosiego de las orondas

mulas que le arrastraban.

Pasada la Platería, un hombre salió de los soportales y haciendo una

seña al cochero para que detuviera la marcha, acercóse hacia la parte en

que iba el de Tassis y rogóle que se apeara, pues que tenía que darle un

recado importante que no consentía testigos.

Sin recelo alguno alzóse don Juan de su asiento, pero no bien había

puesto el pie en el estribo, cuando aquel bellaco, sin darle tiempo para

defenderse, sacó una ballestilla y asestóle tal golpe en el pecho, que

allí mesmo vació la vida del noble y aventurero poeta.

Diz que tan bestial fué la embestida, que «arrebatándole el arma la

manga y carne del brazo hasta los huesos, penetró el pecho y el corazón

y fué a salir a las espaldas.

»A la voz triste que dió el Conde, atropellado del dolor, acudió don

Luis, y conociendo el mal recaudo sucedido, quiso echar tras el

asesino», entendiendo que primero era éste cuidado que el del moribundo;

pero con tal prisa y azoramiento iba, que trabucándosele las piernas con

el cuerpo de don Juan, cayó sobre él.

Consiguió levantarse y dió tras el criminal, pero todo fué inútil; las

sombras de la noche, que ya había cerrado del todo, y dos embozados que

resguardábanle, hicieron inútil este cuidado.

Entretanto la vida de Tassis quedaba hecha regueros de sangre.

Lleváronle al zaguán de su casa, que estaba casi frontera de donde vino

a encontrar fin tan desdichado.

Del asesino nada se supo; por fórmula solamente abrióse una indagatoria,

pero ya con el premeditado fin de no hallar al traidor...

* * * * *

La historia íntima de aquel reinado conserva el nombre de un guarda

mayor de la Casa de Campo.

De él decían malas lenguas (y puede que hubieran razón, que pocas veces

nacen las hablillas sin algún fundamento), que era el brazo siniestro

del Rey Don Felipe IV de Austria, porque vengábale los agravios

secretos...

* * * * *

Nadie sabe si fueron o no ciertas las causas a que se atribuyen la mala

muerte del Conde en lo que atiende al enamoramiento con la reina Isabel,

pero tanto empeño tuvo él en insinuarlo, que bien pudiera.

Creen los más que la venenosa pluma y el desaprensivo y franco decir,

fueron quienes trajéronle a este término desastroso.

Yo pienso que unos y otros se juntaron; pero muy a pesar del interés que

mostró la villa toda y de los epigramas y elegías de los más notables

ingenios, ninguno prevaleció; sólo quedó como artículo de fe,

que el matador fué Bellido

y _el impulso soberano_...

EL RABION

(CONCHA ESPINA)

--¡Martín!

--¡Ñoraa!...

--¿Habrá crecida?

--Habrála, que desnevó en la sierra y bajan las calceras triscando de

agua, reventonas y desmelenadas como qué...

--¿Pasarán las vacas al bosque?

--Pasan tan «perenes».

--Pero ten cuidado a la vuelta, hijo, que el río es muy traidor.

--A mí no me la da el río, madre.

El muchacho acabó de soltar las reses y las arreó, bizarro, por una

cambera pedregosa que bajaba la ribera.

Había madrugado el sol a encender su hoguera rutilante encima de la

nieve densa de los montes y deslumbraba la blancura del paisaje, lueñe y

fantástico, a la luz cegadora de la mañana. Ya la víspera quedó el valle

limpio de nieve, que, sólo guarecida en oquedades del quebrado terreno,

ponía algunas blancas pinceladas en los caminos.

El ganado, preso en la _corte_ durante muchos días de recio temporal,

andaba diligente hacia el vado conocido, instigado por la querencia del

pasto tierno y fragante, mantillo lozano del «ansar» ribereño.

Martín iba gozoso, ufanándose al lado de sus vacas, resnadas y lucias,

las más aparentes de la aldea; una, moteada de blanco, con marchamo de

raza extranjera, se retrasaba lenta, rezagada de las otras. Llegando al

pedriscal del río, unos pescadores comentaron ponderativos la arrogancia

del animal, mientras el muchacho, palmoteándola cariñoso, repitió con

orgullo:

--¡Arre, _Pinta!_

--¿Cuándo «geda», tú?--preguntaron ellos.

--Pronto; en llenando esta luna, porque ya está cumplida...

Las vacas se metieron en el vado, crecido y bullicioso, turbio por el

deshielo, y los pescadores le dijeron a Martín lo mismo que su madre le

había dicho:

--Cuidado al retorno, que la nieve de allá arriba va por la posta.

El niño sonrió jactancioso:

--Ya lo sé, ya.

La voz de la conseja, t.2 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos · 第 4 / 10 段