--Dios me libre.
--¿No me lleváis preso?
--Sí, mas en lo que llegamos donde habemos de ir, y puesto que como
amigos vamos, si queréis, podéis llevarla.
Sin replicar más el de Tassis tomó el primoroso estoque que de continuo
llevaba, y le prendió en el tahalí.
Un viejo criado fué descorriendo tapices y abriendo puertas por donde
cruzaban rápidos y silenciosos el justicia y el preso.
--¿Os aguardo, señor?--preguntó humildemente el fámulo.
--No--respondió grave don Luis de Paredes.
--Mas si la señora Condesa pregunta que dónde fuísteis, ¿qué le podré
responder?
--Que salió por orden de S. M.
--Preguntará que a dónde hubo de ir a tales horas--replicó impertinente
el criado, más curioso que interesado, y volviéndose brusco S. E., que
si no se aparta el preguntón hubiera tenido que sentir, respondióle:
--¡Al infierno, imbécil!
Llegaron a la calle y en la puerta esperaba un coche de camino, tirado
por dos troncos de mulas.
Escoltábale un piquete de guardias de la lancilla...
Subieron entrambos, primero Tassis, y el alcalde dió orden de partida.
En la quietud de la noche, los herrajes de la pesada máquina sonaban
sobre los guijos enlodazados de la calle como un tren de artillería.
* * * * *
Y diz quien presume de haberlo oído, y fué el cochero (que por esto no
es bien que estén los pescantes donde están, que no se pierde palabra y
así no puede haber cosa secreta entre los señores), que así como se
alejaron obra de tres o cuatro leguas, dijo el señor don Luis:
--Aquí acaba mi misión con vuecelencia. Como ve, no va preso, sino
desterrado en veinte leguas enredor de Madrid, Salamanca, Córdoba y
otras ciudades en donde hubiese audiencia del Rey. Ello va apercibido
con pena de la vida. Vuecelencia verá si entra en sus cálculos obedecer
o no. Dos parejas de lanzas déjole por escolta hasta Sigüenza; yo con
las otras me torno hacia la Corte. Y ahora, que Dios le dé suerte,
salud y paciencia para sufrir estas cosas.
Muy afectuoso despidióle don Juan, y montando don Luis en uno de los
caballos que traían los soldados a la mano, partieron el camino...
PARTE SEGUNDA
CAPITULO PRIMERO
EN QUE SE DA NOTICIA DE LA MUERTE DEL REY
Agora sí que veo tan perdida mi causa como lo fué aquella armada
invencible que mandaba el segundo Filipo a pelear contra Inglaterra.
En la madrugada de hoy, 31 de Marzo de 1621, ha tenido el triste fin que
se esperaba la vida de S. M.
Con esto cambiaron próceres y magnates sus ascendencias y destinos, y mi
pretensión quedará sin efecto, aunque bien pudiera el Señor disponer un
milagro haciendo que en este revuelo viniera algún alma justiciera que
no me dejara de la mano.
De poco han servido procesiones y rogativas por la salud del monarca,
ni traer y llevar hasta Casarrubios el preciado cuerpo del glorioso San
Isidro, que bien se ve que a Dios no convenía que se obrara prodigio
alguno, que viendo en qué descuidadas manos estaba España, sin duda que
pensó: «Mejor se está sin Rey.»
Y qué bien recelaba su augusto padre cuando, ya al borde del sepulcro y
hecho una inmunda pestilencia, dijo viéndole tan mozo y tan débil:
--«Y como temo que me le han de gobernar...» que así ha sido.
Todo el tiempo que asentó en el trono no fué más que escarnio, juego y
mofa de sus favoritos los duques de Lerma y de Uceda, y del ambicioso e
intrigante P. Aliaga.
Por cierto que ahora cuéntanse cosas infamemente peregrinas del
penúltimo, a quien pienso que Dios ha de acabar de mala muerte, por hijo
desnaturalizado.
Su padre el Cardenal parece que había pensado en él para descansar de
las trapacerías de su ministerio, y llevóle a palacio; pero el
aprovechado vástago entróse de tal manera y tan presto en el ánima del
monarca, que no tardó en desbancar al padre y hacelle la contra, y se
dice que más de dos veces y en la misma regia cámara hubieron de
sostener violentísimas escenas el padre y el hijo, en las que faltó
poco para que dieran el monstruoso espectáculo de venir a las manos.
Al fin venció el de Uceda por entero en la voluntad del Rey, y salió
desterrado para sus posesiones de Lerma el favorito en desgracia.
Diz que ayer noche, en un momento de lucidez, quiso el moribundo
soberano reconciliarse con sus enemigos, para tener en ellos un montón
más de rogativas por la bienaventuranza de su alma luego de que dejase
este mundo pecador, y mandó que le llevasen una lista de todos cuantos
padecían pena de destierro.
Hízose como mandaba, y el mismo Uceda escribió los nombres de todos,
entre los que, por indicación del P. Aliaga, puso el de su progenitor.
Presentóles al Rey.
Este pidió una pluma, y conforme iba pasando los ojos por ellos, tachaba
el renglón, dando así a entender que perdonaba al que fuese.
Pero he aquí que no había llegado a la mitad, cuando acometióle un
desmayo y cayó de sus manos pluma y papel sin haber dado por finalizada
la piadosa obra. Así es que los que estaban sin tachadura interpretóse
falsamente que no habían merecido la gracia del monarca; el último
nombre de todos era el del duque de Lerma.
Nunca creyera que pudiese haber en el mundo tan monstruosa enemiga con
un padre, que aunque éste hiciere todo género de bellaquerías contra un
hijo (caso que en esta ocasión dábase muy al contrario) jamás había de
germinar la semilla del rencor en el pecho del ofendido, porque fuera (y
así es en esta ocasión), como maldecir de su sangre y por ende no
tenerse como bien nacido.
Diz que mañana trasladarán el cuerpo del Rey al panteón de El Escorial,
y ya hoy han comenzado los preparativos, que no hay pie ni mano que
sosiegue dentro del Alcázar.
Valiéndome de la amistad que hice con un secretario de sala, subí este
mediodía a ver el cadáver y rogar a Dios porque le dé eterno descanso,
aunque si tanto da en descansar allá en el cielo como acá en la tierra,
no pienso que haya justo más reposado en toda la corte celestial.
Tiénenle puesto en la capilla, sobre un rico túmulo, al que bien pudiera
aplicarse el magnífico soneto de Miguel de Cervantes.
Por la altura en que está no alcanza a verse el cuerpo; unicamente asoma
un poco el perfil y las manos cruzadas sobre el pecho, en las que
sustenta un primoroso crucifijo de antiguo marfil.
Todo el templo está cuajado de paños negros, y solamente alumbrado por
los blandones que rodean el túmulo, los cuales están embutidos en
maravillosos candelabros de plata labrada, de doce brazos cada uno.
Velan continuamente los monteros de Espinosa.
* * * * *
Fué hoy el entierro de S. M. No hay para qué me canse en asentar aquí
cómo y en qué manera hubo de llevarse a cabo tan triste acto, pues que
notables ingenios y celosos cronistas tiene la corte que dejen escrito
tan importante capítulo para la historia deste reinado.
Diz que el nuevo soberano es más activo y emprendedor que su padre.
Espéranse dél grandes iniciativas que redunden en beneficio y
prosperidad para la nación.
Dios lo haga y no le deje ni nos deje de su divina tutela e inspiración,
que bien lo habemos de menester si no es que queremos todos los
españoles que nos lleve la trampa.
Diez y seis años cuenta el joven príncipe, y desde ha seis está unido en
matrimonio con la princesa doña Isabel de Borbón, hija del Cuarto
Enrique de Francia y de su segunda esposa María de Médicis.
Cierto que la nueva reina es la más peregrina hermosura de la Corte
española.
¡Dios la bendiga!, que bien vale nación tan hidalga, soberana tan
magnífica.
Dícese que con el cambio de Rey alzaráse mucho la mano con la gente
patricia que cayó en desgracia durante el otro reinado, y también se
asegura que muchas de aquellas altas torres que amenazaban con tocar el
cielo, ya comienzan a resquebrajarse y hay muy serio peligro de que se
desplomen.
Parece que la gran fuerza que les está minando llámase don Melchor
Gaspar y Baltasar Núñez de Gusmán, y es Conde Duque de Olivares.
CAPITULO II
COMIENZOS DEL NUEVO REINADO Y PRELIMINARES DEL FIN DE VILLAMEDIANA
¡Válame Dios! y cómo viene de perilla a mis tristuras aquel refrancillo
de donde no hay harina todo es mohina.
Más de dos meses ha tenídome tullido en cama un desalmado reúma, del que
aún no me encuentro libre, sino que ando como Dios quiere, y no quiere
bien. Aun menos malo que el posadero fué hombre caritativo y mirando la
desgracia que tan sañudamente ciérnese sobre mí, no consintió que me
sacaran de su casa para llevarme a un santo hospital, como yo pedía.
--Aquí se estará, padre--me dijo,--y no se desespere y tenga paciencia,
que con la ayuda de Dios y un poco de buena voluntad de parte nuestra,
todo se arreglará. Yo sé que su paternidad es hombre de conciencia, y no
he de abandonarle, que yo también he pasado muy negras jornadas en la
vida, y me ha sabido muy bien hallar un alma buena que me diese la mano.
Como soy cristiano, que aunque viviese eternamente no he de olvidar esta
acción.
En lo posible, paguéle enseñándole las letras a un muchachico muy
despabilado que tenía, y tal interés puso el diablejo del rapaz, que ya
lee mejor que un escribano.
Parece que en este poco de tiempo han acontecido más cosas que otras
veces en el transcurso de un siglo.
Como consigné en el papel anterior, abriéronse las puertas del destierro
para algunos perseguidos, pero no cerráronse de nuevo, sino que
continuaron de par en par hasta que de acá salieron otros a ocupar los
puestos que aquéllos dejaban.
Diz que son, entre otros menos notables de los que han venido por la
amnistía de la coronación, el almirante de Aragón, el marqués de Velada,
don Pedro de Toledo y el famoso don Juan de Tassis.
Parece que el duque Cardenal, ansí como supo que estaba la puerta franca
corría hacia aquí con el ansia de entrarse de rondón, y si pudiese a
tornar a coger la sartén por el mango; pero a lo que se ve no está el de
Olivares para Cardenales desta especie, que pudieran gangrenársele, y
apenas se enteró del viaje, ganó la voluntad del Rey y envióle a Su
Ilustrísima, que ya estaba a más de mitad de camino, al oidor del
Consejo Real don Alonso de Cabrera, con órdenes de que se retirase a
Valladolid hasta que S. M. fuese servido de mandarle otra cosa.
Con lo que el olvidado favorito parece que ya perdió toda esperanza de
volver a ser quien fué, como procuraba.
Todos los demás han entrado con los mismos honores que disfrutaban
cuando se partieron.
Villamediana, que diz que ha parecido muy bien a madama Isabela, ha sido
nombrado su gentilhombre y repuesto en su antiguo cargo de Correo mayor.
Su ingenio ático, parece que es muy bien recibido de las augustas
personas, y entre el monarca y él han cruzádose muy donosas
composiciones, que es fama que también al nuevo Rey entiéndesele muy
lozanamente de achaque de rimas. Y antes le parece mejor una academia de
poetas que un Consejo de Estado.
Ahora que el tal usía vese en alto y tan por los suelos a los que tres
años atrás estaban por las nubes, dijérase que maneja la enconada sátira
con más crueldad y acierto de la que había por costumbre. Como no ve ya
en lontananza el destierro, no hay freno que valga a contenerle.
Cada infelice que sale de los límites de la Corte por la desgracia del
Rey, lleva como cédula o pasaporte la consiguiente diatriba del señor
don Juan.
Es de leer la que dicen que asestó al derrumbado duque de Uceda cuando
salía para el lugar de su patrimonio con orden de no salir de él:
«El Anti-Pablo, a mi ver,
fundó, si bien no sé cómo,
en humo lo mayordomo
y el viento lo sumiller.
Hoy polvo, Nabuco ayer;
¡ved lo que en el mundo pasa!
pero a ninguno traspasa
ver en tan mísero paso,
al que de nadie hizo caso
y de todos _hizo casa_.»
En esto paréceme que hace harto mal S. E., por delincuentes que fueren
los zaheridos; al fin y al cabo bastante pena tienen con haber caído en
desgracia, y arrastrar su humillación ante las mismas gentes que antes
fueron testigos o víctimas de su despotismo.
Diz que han sido famosas las fiestas de la proclamación del nuevo
soberano, y que en su panegírico y encumbramiento ha empleado don Juan
tan diestramente la péñola, cual sabe hacer uso della en los vejámenes.
¿Por qué no le tocará Dios en el corazón y se arrepentirá de tan
terribles burlas? Demás que entiendo yo (aunque bien se me alcanza que
es cosa de todo punto imposible, por ser muy humana) que nadie había de
señalar las faltas y defectos de los otros, sin reconocer y corregir
antes los suyos.
A la postre, a los 21 de Octubre, inauguróse el capítulo de justicia de
este reinado con la muerte en patíbulo de don Rodrigo Calderón.
(Lamentable suceso, que tampoco presencié y dello me huelgo.)
Diz que ha muerto muy distinto de como vivió, y en todo arrepentido de
su pasado.
No sé por qué me parece que este proceso, más que la primera justicia
del cuarto Austria, ha sido la primera infamia, pues que a este hombre,
para hacelle caer dentro de las leyes, hásele achacado la muerte de
aquel alguacil Francisco Xuara, que a buen seguro que no cometió, pues
si sólo ahorrárasele el vivir, por abusos de mal gobierno y filtraciones
de los fondos del Estado, díganme si no había de estar la mayor parte de
los ministros del mundo, los que no ahorcados, puestos en prisión
perpetua.
No, sino pongan los ratones donde haya tocino, y esperen a ver si se
dedican a la vida contemplativa.
¡Cómo acordaríase el infelice marqués de Siete Iglesias, yendo para el
cadalso, de que ya le profetizó Villamediana tan mal fin aquella tarde
que tuvo en la Plaza Mayor unas pesadumbres con el teniente de la
Guardia española, don Fernando Verdugo!
¿Pendencia con verdugo, y en la plaza?
Mala señal, por cierto, te amenaza.
CAPITULO III
DONDE SE DA CUENTA DEL SECRETO DIÁLOGO QUE CIERTA MAÑANA TUVIERON DOS
ALTOS PALACIEGOS, Y EN EL QUE SE VE QUE VILLAMEDIANA CAMINA RÁPIDAMENTE
HACIA SU LAMENTABLE FIN
No habrá dos días que hube necesidad de avistarme con un secretario del
nuevo privado, del que por medio de una carta que me facilitaron del
marqués del Carpio, pude conseguir tanta merced, con lo que parece que
mi pretensión, ya a punto de acabar en el otro reinado, daba en aqueste
un regular avance.
Para ello hube de aguardarle en una sala de la Secretaría de cámara, y a
fe que no hube ocasión para aburrirme, pues, sin procurarlo ni apartarme
del asiento que tomé al entrar, vine a tener conocimiento de muy
transcendentales sucesos.
La sala es sombría y espaciosa; da a un patio, y como toda ella está
profusamente colgada de aquellos ricos tapices que el señor duque de
Alba trajo de Flandes, no puede entrar allí la luz con todo esplendor.
No dijérase sino que las tinieblas que llevamos a aquellas alegres
campiñas no habían querido tener reflejo en sus lagos y habíanse vuelto
a España escondidas entre el cordoncillo y nudos de los dichos tapices.
De hacia un ángulo del aposento oíase este coloquio, sostenido por dos
hombres:
--Ello es cosa que por la parte del Conde no deja lugar a duda de ningún
género. Y créame vuesamerced, que aunque en lo que atañe a la Reina no
haya peligro alguno, si no aprovechamos esta ocasión para acabar con
Tassis, jamás lo podremos conseguir. Ahora está muy metido en Palacio...
--Naturalmente, para el logro de sus bastardas pretensiones.
--Y bien quisto del Rey...
-Será por aquello que dicen que el marido es el postrero en enterarse.
--Y del mesmo Olivares, a quien otras veces asaetó con tanta saña como
en el otro reinado hízolo con el duque Cardenal, con Uceda y Osuna.
--Pues, conforme en que hay que alimentar mucho esta especie.
-Llegado a oídos del Rey, aunque sólo sea por cortar la murmuración, no
tardará en borrar del mundo de los vivos a don Juan de Tassis, conde de
Villamediana, y Correo mayor destos reinos y los de Nápoles.
--Y Dios haga que ello sea pronto, que a fe que con él no hay vida
tranquila.
--Ni honra segura.
--Quien esto cuenta, muy donosamente salpimentado a todos los que
quieren escuchárselo...
--Ya sé, es doña Francisca de Tabora.
--Dama de la Reina.
--Justamente.
--Pero no sé yo hasta qué punto, y en lo que a S. M. atañe, puedan
tomarse esas afirmaciones.
--¿Por qué?
--¿Vuesamerced no sabe, por acaso, que antes de partir el Conde para su
último destierro era la Tabora su amante?
--¿Esas tenemos?
--Y cuando ahora llegó a la corte nuestro hombre, sin duda que parecióle
que los años transcurridos habían rescado encantos a la espléndida doña
Francisca, y desembarazóse un tanto bellacamente de aquel querer, que,
durante la ausencia, había sostenido la dama con tanto fuero como antes
de separarse.
* * * * *
He aquí pues, que desprendidos de las explícitas y secretas
declaraciones de aquellos dos enemigos de Villamediana, pueden
desprenderse los siguientes sucedidos, contados y llorados por la
mencionada doña Francisca de Tabora.
Y a lo que parece, la ofendida dama no tenía en contarlo el paño de
lágrimas y consuelo de su grande dolor y venganza de su agravio.
CAPITULO IV
EN QUE PROSIGUE EL ANTERIOR EN FORMA HISTORIAL Y COMO ES DE PRESUMIR QUE
HAYA ACONTECIDO
En achaques del corazón ya es sabido, porque es como ley fatal de la
vida, que no intervienen para nada rangos ni edades, y por ello úrdense
y amañan los más extraños idilios y amancebamientos que es dado
imaginar.
Y así parece que aconteció en este caso, la gentilísima hermosura de la
hija de Enrique IV y la notable arrogancia e ingenio de don Juan de
Tassis se han compenetrado, y a pesar de la distancia de clases. Amor,
padre de la humanidad, los ha llamado a su reino.
Sin embargo, parece que la soberana, más prudente o más calculadora,
dándose exacta cuenta de su importante papel en la comedia humana, no
arriesga su honorabilidad, y sólo parece que compromete su corazón.
Pero don Juan no quiere aquel amor de otra manera que engarzado en todas
las dulces consecuencias que suele traer tan atrevido infante, y cuando
los celos del marido le acucian o el despecho le hiere, no muestra
reparo alguno en ser imprudente y publicarlo mal rebozado en ingenio.
Muchos días ha que doña Isabel anda recelosa, temiendo que las osadías
del Conde caigan, sino en el Rey (porque éste, muy bien entretenido
fuera de palacio, permanece ciego, sordo y mudo a todo, y más que a nada
a los asuntos de Estado) en la maledicencia palaciega, y haya muy graves
sucesos que lamentar.
Si ella tuviese suficiente entereza para cortar aquel idilio...
Y hubo un día en que, al tornar de una fiesta religiosa, viniendo ella
sola en el coche, don Juan, que servíala de caballerizo, estuvo tan
imprudente, que desde luego pensó en poner término a situación tan
difícil y comprometida.
--Apenas lleguemos a palacio--le dijo--habemos de hablar; id haciendo
cuenta de que he determinado, que quiero, que ordeno que sea la última
vez. En la galería de la antecámara que da a la Vega, os estaré
esperando. Haced un poco de tiempo, pero no tardéis mucho...
Asintió el Conde con una ligera inclinación, y parando el caballo en
firme, al mismo tiempo que hacía lo mismo la carroza, pues habían
entrado en el zaguán del Alcázar, saltó a tierra y acudió a rendir los
honores debidos a sus dos veces reina...
Apenas entró la soberana en su cámara, pidió quedarse sola.
Las damas retiráronse extrañadas, pues aquella hora solía S. M.
emplearla en agradable y casero esparcimiento con todas ellas.
Gustaba de que la contasen las hablillas y murmuraciones cogidas en los
mentideros de la corte, las galantes historietas de las damas que
andaban por los platónicos campos de Cupido, y, aún más allá, por los
verdes v aun escabrosos de su madre Venus.
No era cosa que le asustara ni diérale motivos para ruborizarse como una
novicia, el saber que tal doña fulana, que pasaba por la virtud más
incorruptible, andaba en hocicamientos con tal cual pajecillo imberbe, o
estotro grave consejero.
En la corte del Rey su padre, esta clase de historietas, no ya sólo
acostumbraban a referirse sin rebozo ni escrúpulo alguno, sino que luego
de sabidas procurábase presenciarlas, para comparar la distancia que
había de lo vivo a lo pintado.
Demás que ya el Rey, su esposo, era muy buen introductor en Palacio
destas cosas.
Y como digo, aquella tarde no quiso sesión de picardía.
Licenció a todas.
Miguelico Soplillo y Agustinica Velasco, sus enanos predilectos,
llegáronsela haciendo mil bogigangas y zalemas, y a entrambos los
despachó arrojándoles a los pies no sé que golosinas, con que habíanle
regalado las señoras monjas.
Y arrimando un taburete junto a una amplia ventana dispúsose a esperar.
Y mientras esperaba contempló la solemne puesta del sol, allá por las
cumbres del Guadarrama.
Así, mansamente, con aquel plácido sosiego, ansiaba ella que pusiérase
el sol de su querer, sin pena ni gloria, con mucha paz, con la paz
geórgica de los valles tranquilos que ven pasar la vida ante ellos sin
sufrir otra mudanza que la rápida visión de las cosas que se reflejan en
la mansedumbre de sus fuentes escondidas...
Y don Juan, muy a pesar suyo, hubo de retener el momento de subir a
escuchar la voz adorada de la dulce enemiga de su alma.
Primeramente hubo de atajarle un secretario de la estafeta para firmar
la entrega de unos pliegos, que en la posta de aquella mesma noche
habían de salir para el virrey de Nápoles.
Ello era cosa que, por ser urgencia imprescindible de su alto cargo, no
había medio de retener un solo instante. Dejaba ya cumplida esta misión
y ponía el pie en el primer peldaño de la escalera de _Damas_, cuando
topóse con doña Francisca de Tabora, que venía hecha una fiera encelada.
Paróle en firme, y le llenó de insultos e improperios.
Remitieron su puesto los rencores a los llantos y a las súplicas.
Hubo evocaciones del venturoso pasado, cuando el que suplicaba era él, y
ella mostrábase esquiva y zahareña; pero al fin cayó, y todo fué ventura
y alegría y eróticos poemas del Amor.
--Sé que vais donde ella está--plañía, entre lágrimas y amenazas la
infelice dama;--sé que ella os espera, sé que los dos sois infames, que
los dos sois perjuros. A mí no puedes engañarme, porque os he
sorprendido, más de una vez, por las frondosidades del Retiro y por los
laberintos destas galerías, y no tuve valor para acusaros; pero si ahora
das un paso más hacia donde te aguarda, juro a Dios que al son de
trompetas y tambores harélo publicar como un edicto.
Disculpábase Villamediana, y esforzábase por convencerla con la mentira,
y hasta llegó a amenazar y a insultar y aun a escarnecer...
Al fin, con un empellón violento, pudo apartarla; pero la triste sufrió
tan cruel paroxismo, que hubo don Juan de acudir a sostenerla, que si
este auxilio no prestase a fe que cayera redonda al suelo.
* * * * *
Doña Isabel continuaba mirando cómo el sol se dormía.
Detrás della sintió el leve rumor de unos pasos que apenas querían tocar
el suelo.
Doña Isabel sentía sobre su divina nuca el hálito del que llegaba.
No quiso volver la cabeza.
Unas manos juguetonas posáronse amorosamente sobre los ojos.
Doña Isabel exclamó, entre enojosa y adormía:
--No es la ocasión a propósito para burlas. Estáos quieto, Conde.
Las manos cedieron.
La reina miró al galán.
Y el galán era el rey.
--¿Qué Conde esperábais?--preguntó con una calma terrible, en la que
agazapábanse todas las violencias.
Y doña Isabel respondió, maestramente, envolviendo su faz en una plácida
sonrisa:
--Al de Barcelona. ¿No sois vos, Conde de Barcelona?
CAPITULO V
LA JORNADA DE ARANJUEZ.--«LA GLORIA DE NIQUEA», COMEDIA QUE DON JUAN DE
TASSIS COMPUSO «ALEVOSAMENTE» PARA FESTEJAR EL CUMPLEAÑOS DEL REY.--UNA
PIEDRA MÁS PARA EL MONUMENTO FUNERARIO QUE ÉL MISMO IBA CONSTRUYÉNDOSE
Apenas Febo ha visto llegado el tiempo natural de su regencia, y ya
quiere gobernar con todo el rigor que tiene por costumbre desde su
estrado del Agosto.
Madrid arde, y aún no entró del todo el mes de Mayo.
¡Vive Cristo!, qué bien supo darnos el pego el mes de Abril, que no
parecía sino hermano gemelo del helado Diciembre. Tanto que, queriendo
doña Isabel festejar el santo de su augusto esposo (que por la gracia de
Dios es el 8 de Abril) con una comedia de circunstancias, compuesta para
el caso por el Conde, húbose de desistir por la crudeza del tiempo, pues
la tal pieza alegórica había de representarse en el Retiro.
Pero ahora parece que Mayo dió licencia para todo, y echada para allá la
Corte, comenzaron los preparativos para tan notable festejo.