alta poltrona nada menos que al duque de Lerma, y parece que ella va con
mucho ahinco y grande fuerza, que como al fin todos se lo propongan, no
han de tardar en conseguirlo, que en largo transcurso de la historia,
más sólidas torres habemos visto caer.
Si ello viene como se espera, yo pienso que no es fatalidad del destino,
sino manifiesto castigo de la mano de Dios, que no puede ver tanta
codicia y desgobierno en instituciones que son una representación
terrena de su poder y su grandeza.
Pues, ¿cómo va a presenciar, ni menos consentir con buenos ojos, la
justicia divina, que el pueblo perezca de hambre, y la familia y
allegados del favorito naden en oro y argentería?
A cuarenta y cuatro millones de ducados es fama que ascienden los
derechos y sisas más que cobra su excelencia.
Miren si no hay con ellos para mejorar un poco tanta miseria.
Pero el pueblo parece bobo: gruñe cuando siente los aguijones del
hambre, y luego que le engañifan un poco, saca de no se sabe dónde y
regala a sus esquilmadores las minas del Perú.
El oro que suelen traer los galeones de Indias cuando por milagro de
Dios logran escapar de los corsarios ingleses y holandeses y de los
piratas tunecinos, no se piense que vaya a parar a las arcas del Erario,
sino que hinchan como zaques las faltriqueras destas insaciables
sabandijas del Reino.
Pues, anden con Dios, que no les queda a la zaga el bueno de Rodriguillo
Calderón; pónganle donde haya, que de tomarlo ya hará cuenta.
Para alguacil, es la mejor simiente que se conoce.
Hasta el codo puede el bueno de Villamediana meter el brazo en el pozo
de la sátira y a puros golpes dellas, no dejar cosa a vida, que Dios se
lo aumentará, y ya que no remedios ni satisfacciones, dará a la villa
que reir.
Al fin, esto es cosa que él hace con notable desenfado, y aunque todo el
mundo sabe que ello ha de costarle pesadumbres que acaso le traigan que
perder tanto como la vida, no está de más que estos gatos
gubernamentales tengan su calderillo de agua hirviente que le escalde
los lomos de vez en cuando.
* * * * *
Ya comenzaba por el entonces a ponerse el sol en los hispanos dominios,
que aquella claridad deslumbradora y constante que en tiempos del
segundo Filipo alcanzara, había empezado a debilitarse merced a las
negras nubes del favoritismo y la codicia que ensombrecían la España.
El duque de Lerma no atendía a otra cosa más de su enriquecimiento y el
bienestar de los suyos; que hombre amante del oro, la plata y aun el
cobre, procuró lo primero acomodar a los parientes que había
necesitados, para evitarse el tenerles que socorrer después y desta
manera guardarse de compartir con ellos las pingües rentas de su
ministerio.
Así, mientras el abúlico, inútil y fanático monarca empleaba el tiempo
en la molicie o en el recreo de la caza, el astuto favorito
despilfarraba en su tren y aposentamiento harto más lujo que el nieto de
Carlos I.
Poca aprensión y menos respeto de su nombre tenía, pues que su
encumbramiento y riqueza habían por pedestal la codicia y el logro.
Para despistar un tanto la atención del pueblo, que comenzaba a darse
cuenta destas inmoralidades autorizadas, promulgáronse bandos y
pragmáticas contra el lujo, lo mismo en el vestir que en el servicio de
casa, y así cargáronse pesados tributos sobre la indumentaria, la
vajilla y el mobiliario.
De esto veíanse, naturalmente, libres el Duque y sus satélites.
La pobreza de la nación, con ser ya abundante, vióse más grave en
apariencia, pues aquellos que podían, ocultaban notablemente su
bienestar, por verse libres de rellenar los filtramientos que aquellos
cortesanos ladrones con hábitos honrados hacían en las desvencijadas
arcas del Tesoro.
CAPITULO II
COMIÉNZANSE DE NUEVO LAS SÁTIRAS DEL CONDE CONTRA LOS MAS ENCUMBRADOS
PRÓCERES
A fe que viene el hombre más maldiciente e ingenioso que se fué. En los
pocos días que lleva, ha héchose cargo de toda la mala marcha de las
cosas del reino, y tales saetazos tira, que andan todos escocidos y con
muy pocas ganas de encontrársele con salud, que todos hacen votos porque
se muera presto y de carbunclo, que diz que es mala muerte.
De mano en mano corren unas coplillas, que aunque pican que rabian, he
de dar algunas, porque se vea hasta dónde llegan el desenfado y la
desaprensión deste hombre.
Apenas supo que el de Lerma, luego que acogióse a capelo, porque vió que
le falsean notablemente las alfombras del Alcázar y le está la cabeza
poco segura sobre los hombros, fuése a su casa de Valladolid, desazonóle
a letras. Frente de las cuales marcha aquesta con ínfulas de señora
capitana.
_El mayor ladrón del mundo,_
_por no morir ahorcado,_
_se vistió de colorado._
* *
«A aquel que todo robaba
con las armas del favor,
le han entendido la flor.
Y aquel que atemorizaba,
temblando está de temor;
que como se ve acusar
y el caso es tan sin segundo,
teme que le han de ahorcar;
y en aqueso ha de parar
_el mayor ladrón del mundo_.
* *
La lisonja que volaba
derribó al Rey al abismo,
y aquel que el mundo usurpaba,
idolatrando en sí mismo,
en aqueste extremo acaba;
y viéndose acongojado
con tan enormes delitos,
se ha recogido a sagrado,
pidiendo la Iglesia a gritos
_por no morir ahorcado_.
Mas no es bueno defender
quien la Iglesia profanó,
pues se la vimos vender,
ni la Iglesia ha de valer
que durmió como cordero.
Ni ha de valerle sagrado
ni el roquete arzobispal,
que al fin morirá ahorcado
aunque como cardenal
_se vistió de colorado_.
* *
Pues ahí va estotra, que quema y trae con el Duque mucha gente al
retortero:
«Ya ha despertado el León
que durmió como cordero,
se asustó todo ladrón.
El primero es Calderón[1],
que dicen ha de volar
con Josefat de Tobar[2]
Rabí, por las uñas, Caco
y otro no menos bellaco
compañero en el hurtar.
* *
También Perico de Tapia,
que de miedo huele mal,
con su mujer doña Rapia,
toda garduña prosapia
y el Señor doctor Bonal[3]
recela esposas y grillos;
de medrosos, amarillos
andan ladrones a pares;
que en tan modernos solares
se menean los ladrillos.
* *
_Salazarillo_[4] sucede
en oficio a Calderón,
porque no falte ladrón
que estas privanzas herede;
pues el villano no puede
negarnos que fué primero
como su padre, pechero,
y que por mudar de estado
un sambenito ha borrado
para hacerse caballero.
* *
El burgalés y el _bulero_[5],
si lo que ven han creído,
pueden de lo sucedido
inferir lo venidero.
Ya no pasa doctor huero,
basta que en tiempo pasado
tuvieron tan buen estado
desde el principio hasta el fin,
que al que nunca vió latín
le daban un obispado.»
[1] Don Rodrigo, Marqués de Siete Iglesias.
[2] Don Jorge de Tobar.
[3] Oidor del Real Consejo.
[4] Secretario de Estado que antes lo había sido del Duque de Uceda.
[5] El _burgalés_ don Fernando de Acevedo, presidente del Consejo de
Castilla y Arzobispo de Burgos. El _bulero_, el Patriarca de las Indias,
don Diego de Guzmán.
CAPITULO III
TODOS CONTRA EL CONDE
Malas nubes previénense para las maledicencias del señor don Juan, que
como contra todos cierra su pluma, todos están contra él y por ser
hartos así en el número como en la causa que les aqueja, de temer es que
le puedan y den con él donde no encuentre manera de salir triunfador.
A la postre esto acontece a los maldicientes por más gracia e ingenio
que tengan, y es que con su mesmo punzante aguijón terminan por darse la
muerte a sí propios.
Y más en este hombre, que lleva tanta hiel en sus diatribas y sátiras,
que de a cien leguas adviértese que no las dicta el noble afán de
corregir, sino el odio enconado y la terrible enemistad.
Quisiera yo (que no sé por qué téngole buena ley a este Condesillo) que
hubiera un alma hermana que hiciérale conocer la mala senda porque
camina y guiárale por otra menos espinosa y estrecha, mas no hállase
medio para que se corrija S. E., que ya a lo que parece tiénelo por
condición, y en estas cosas tan hondas no hay mano que pueda gobernar.
Y lo más notable es que, como suele decirse, todos notan la paja en el
ojo ajeno, pero no advierten la viga en el propio, que de aquesta gentil
manera acontece ser el mundo; quiero decir, que cada cual apréndese y
refuta los aguijonazos contra el prójimo y cállase los suyos.
Aunque bien es decir que, como propálanse en guisa de inviolables
secretos, tardan algunos días en caer en oídos del satirizado.
Pocas veces responden con el ingenio y el desparpajo que el usía emplea,
sino con dichos que tienen más pesadumbre que pimienta, y con amenazas y
promesas pendencieras.
No falta quien cree que la mejor respuesta y más clara satisfacción está
en los filos de un acero, y éste no manejado cara a cara y por una mano
noble, como es uso entre caballeros, sino por un rufián ajustado, el
cual reciba su soldada luego de consumado su quehacer.
Y ya parece que habrá pocas noches, volviendo S. E. de casa de don Diego
de Salazar, hízose la primera intentona, sólo que el señor don Juan,
aparte de maldiciente, bravo y audaz, parece que es precavido, y como
llevaba el arma desenvainada bajo la capa, en dos molinetes tuvo a raya
a los que le querían agujerear el cuero, con tanta saña y seguramente
que por poco dinero, pues vale el Conde mucho.
Diz también que todos estos enconos no solamente los traen las nubes de
las sátiras sañudas y de las despiadadas gorjas, sino que no es quien
menos hace, un amor postergado, que fué en tiempos voraz y terrible
llama que parecía no dar lugar a consumación en todos los siglos de los
siglos.
No sé yo, a decir verdad, qué pueda haber de verosímil o no en esto, que
sé poco de las intrigas palaciegas, como no tengan eco en las _Losas_,
lugar que desdichadamente y sin esperanza de remedio alguno, es mi
puesto.
Dicen que hay cierta empingorotada dama, cuyo nombre callo (porque
pudiera valerme cara la indiscreción), que despechada por las mudanzas
del señor don Juan, no es quien menos procura su perdición.
Ello parece que viene de antaño, no es cosa que el de la venda amañó
ahora, que ya antes de partirse el de Tassis para Italia lo tenía bien
hecho, y diz que la honra de la tal quedóse apuntada en el galante
libro de las aventuras de S. E.
¡Miren lo que son mujeres y lo que urden y lo que traen!
Quéjase ésta de que quien fué suyo antes, ahora no lo sea, y en cambio
ella no concede importancia al haber dado tregua a su martelo, por
embocar en el matrimonio con un maridillo de buena boca, que como ya
ella había cédula de mal casada, en cualquier tiempo pensaba hacer lo
que tan mal sabía, y don Juan, por repudia no consintió.
Vean en qué desalmado soneto, pasando el otro día junto a la casa donde
habitara la pécora, echóla en cara el oficio:
«Aquí vivió la _Chencha_, aquella joya por las hechuras _Caca_;
este aposento fué túmulo del sexto mandamiento y galera en que Amor
fué buena boya.
»¡Vive Dios que esta sala que le apoya centellas de lujuria arroja
al viento! Esta trampa inventó su atrevimiento para jugar al hombre
con tramoya.
»Desde aquella ventana, la insolencia»de sus cabellos afrentó al
Oriente,»y en ésta fué su vista una estocada.
»Mas, ¡oh crüel, a entrambos penitencia! hoy la casa es albergue a
un pretendiente y la célebre _Chencha_ está casada.»
Y claro es que, con tal saetazo, a más de por la ira del condal despego,
está la tal que arde como yesca.
Y ésta de los celos sí que téngolo yo por la peor causa, que no hay en
el mundo hierba venenosa que pueda hacer tantos estragos como ella. De
mí sé decir, que si en la pelleja del Conde me encontrara, anduviera con
cien ojos, como dicen de Argos, y por lo que tronar pudiera, haría
examen de conciencia y acto de contrición.
Pero, ¿qué se le da a él destas cosas, si es hombre tan entero y echado
adelante, por donde viene el peligro, que cuando no tiene persona
determinada contra quien cerrar, arremete con un pueblo entero?
¿Puede darse más elocuente ni temerario ejemplo de lo que digo, que
aqueste endemoniado soneto contra la ciudad de Córdoba, el cual es
chismorrería nueva que hoy salió a la plaza, y esto a pesar de la
prohibición que diz que tuvo de ir allá?
»Gran plaza, angostas calles, muchos callos, obispo rico, pobres
mercaderes, buenos caballos para ser mujeres, buenas mujeres para
ser caballos.
»Casas sin talla, hombres como tallos, aposentos colgados de
alfileres, Baco descolorido, flaca Ceres, muchos Judas y Pedros,
pocos gallos.
»Agujas y alfileres infinitos; una puente que no hay quien la
repare, un vulgo necio y un Góngora discreto.
»Un San Pablo entre muchos _Sambenitos_ esto en Córdoba hallé,
quien más hallare póngaselo a la cola a este soneto.»
Mucho será que no se salgan con las suyas y vaya S. E. cuando menos lo
piense a hacerle sátiras y coloquios al mismo Satanás.
Pedro Verger, el alguacil de corte, pónese de todos los colores del arco
iris en cuanto oye hablar de su difamador, y si en su enjundia estuviese
como está en su ánima, no viviera el Conde de aquí a una hora.
Mas oye decir que dicen que Tassis tiene razón en aquellas cosas que le
señalan de su mujer, y calla por no traer más gente con la protesta.
Los hijos de Jorge de Tobar también andan rondando su venganza, y a fe
que harto me temo que puedan ser aquestos quienes lleguen a conseguirlo,
que a la verdad que el maldiciente ha puesto a la familia que parece
moquero de acatarrado.
Yo, en lo que a mí respecta, y aunque muy aficionado soy del Conde, si
diere con algún procaz y deslenguado que acumulara contra la honra de
mi padre tantas impertinencias cuando no calumnias, cerrara contra él
como pudiera, magüer que fuese a puñaladas si el caso apretado no diese
lugar a las razones.
A fe que para S. E. todo el mundo es contrahecho de los ojos, pues que
nadie le mira bien.
CAPITULO IV
CUENTOS Y CHISMES DE LA CORTE
No hay manera de que medren mis pretensiones y aun menos malo que Dios
es servido de asistirme consintiendo que me cupiera en suerte un lote de
ropas de unos bonos que esotrodía repartió en las _Losas_ la marquesa
del Valle, cuando salió para su destierro condenada por no sé qué
acerbas injusticias metidas por malas artes en los ánimos de las reales
personas.
Las ropas eran todas prendas para seglar, y así es que, no valiéndome
por mi condición de clérigo, las vendí, y como ellas eran harto
razonables, no me las pagaron mal del todo.
El Rey, por agradar a su augusta esposa, no cesa de darle diversiones, y
ayer tarde hubo una muy notable comedia en el Retiro, que fué un auto
sacramental, que dicen _No es humano quien no cree, o el más fiero
centurión y justicia del cielo_, cuya obra débese a uno de los más
ilustres ingenios de la Corte.
El concurso del público fué tan asaz y numeroso, que al salir del Corral
del Príncipe, donde hubo de representarse con notable aplauso, fué
asfixiado un pobre celador entre las apreturas.
Dicen que esta noche, a mitad della, ha muerto con toda solemnidad una
menina de la Señora Reina, que llamaban doña María de Velasco, y que
siendo ayuda de cámara, ha muerto de no hacer las suyas, quiero decir
que de cólico, aunque más bien puede decirse que por glotona.
Tan ancho era su estómago, y por ende tan bestial la manera que usaba
para llenarle, que comíase al día cuatro pollos de leche, aderezados de
diferentes maneras, quedándole aún muy buen lugar para acomodar más
lastre.
Cenó anoche uno (en un nuevo guiso que ahora ha poco han traído de
Italia), sin contar los adherentes acostumbrados de conservas y
substancias, y no dejó otras sobras que los huesos, los cuales por
demasiado duros no podía hincarles el diente y pasallos a la antecámara
del estercolero.
A media noche comenzó a sentir el empacho, mas presto fué tan de veras
la cosa, que no tenía otro alivio que la Extremaunción, y aun ésta, por
muy presto que se quiso traer, no llegó a tiempo y se fué sin ella, con
que vino a morir lo mesmo que vivió, como un animal.
Diz que tenía hecho testamento mandando no la enterrasen hasta pasados
tres días, luego de su muerte.
Y aquesto parece que era por temor a unos desmayos grandes y dilatados
que solíanle atormentar.
Diz también que deja asentado que la embalsamen y lleven su corazón al
túmulo donde reposa su marido.
¡Válame Dios, y cómo es cierto que es la señora Muerte la mejor rasera y
arregladora de desconciertos!
Aquestos dos, que en el mundo andaban a la greña y tirándose a matar,
ahora, cuando no son nada, andan remedando a los amantes de Teruel.
¡Dios los perdone y el Demonio no los tome a cuenta!
De regreso a mi posada, iba yo taciturno y meditativo por la calle
Mayor, cuando trajéronme a la realidad dos hienas, encarnadas en cuerpos
de hombres, que de una tabernilla salíanse acuchillándose.
¡Tan ciegos venían, que de no andar yo listo, cayeran sobre mí, y aun
me regalaran con algún tajo!
Otros cuantos de su ralea íbanles a la zaga, y los muy descomulgados, en
lugar de tenerles y recomendarles paz, azuzábanles como a perros,
apostando por cada uno.
A la postre todo finó con que el uno, más diestro y más fiera que el
otro, envióle dos palmos de hierro sin receta, con lo que le despachó
del mundo sin que dijera ¡Dios, valedme!
Dió a correr, mas por pura casualidad, halláronse tres o cuatro
corchetes (y fué la casualidad dicha que salían de otra taberna) y
cerrando contra el matador le redujeron y le amarraron.
Llevábanle por la Puerta del Sol a la Cárcel de Corte, cuando al llegar
esquina de la calle de las Carretas, el duque de Ciudad Real y el conde
de Luna, que pasaban, reconocieron en el preso al cochero que les
servía, y poniendo mano a las negras, quitáronle de las garras
alguacilescas.
Ahora andan a ver de arreglar la osadía, que aun siendo quienes son, no
pienso que salgan muy bien animados a hacer otra de la mesma marca.
Diz que para el jueves prepárase comedia en el Príncipe para mujeres
solas, y tiene mandado el Rey que vayan todas sin guardainfante, porque
quepan más.
Dícese que él acudirá con la Reina desde las celosías, y que tienen
repletas más de dos docenas de ratoneras para desocuparlas en lo mejor
de la fiesta por patio y cazuela.
¡Válgame Dios a S. M. por divertido, que tiene humor y tiempo para estas
niñerías y no le ha para solucionar mi pleito, que, según ayer me dijo
el secretario del Consejo, no más que de su real firma habrá tres
mortales años que está dependiendo!
También la querella contra el de Villamediana parece que no va como él
quisiera, y se está preparando en secreto la mejor forma de desterrarle
nuevamente.
CAPITULO V
EN DONDE LUEGO DE OTRAS COSILLAS, CUÉNTASE EL DESTIERRO DE VILLAMEDIANA
Este día 15 de Noviembre de 1618, he de señalarle en el memorial de mi
vida, porque he tenido una muy grande satisfacción, y aunque cierto es
que ella no cae en el logro de mis instancias, es cosa tan al alma, que
téngola casi en tanto como tornarme a mi tierra con mi beneficio.
Por el amplio y soleado patio de las _Losas_ procuraba yo matar esta
mañana la crudeza de la estación, haciendo camarada con otro pedigüeño
cleriguillo de Murcia, y hablábamos de las nuevas corrientes, y
lamentábamos el mal logro de nuestros empleos, cuando vimos que hacia
nosotros llegaban otros dos sacerdotes.
El uno alto, erguido, ya de alguna edad y de muy gallarda presencia.
En la siniestra parte del amplio y rico manteo, que burlábase
despiadadamente de la pobreza de los nuestros, campeaban las gallardas
aspas de la cruz de San Juan de Jerusalén.
El otro, algo más bajo de estatura, iba más descuidado, así en la
indumentaria como en el aseo y pulidez de la persona. Los ojos eran
grandes, negros y un tanto extraviados, defendidos por descomunales
espejuelos; impetuoso tenía el hablar, nerviosos los ademanes.
Así de como los vi, paramos en nuestro paseo y cuando ante nosotros
cruzaban, luego de habernos saludado respetuosamente como a colegas,
fuíme para el más viejo, y parándome delante, habléle en este modo:
--Vuesa reverencia, padre mío, me perdone si por acaso le ofendo, pero
tan aficionado suyo soy, que no querría salir de la Corte, y pienso que
va para muy largo, sin la bendición del ingenio más grande que tiene
España.
--Hermano--respondióme el tal con faz risueña y noble,--yo no soy más de
un sacerdote como vuesa merced, y si mi bendición no más se le antoja,
téngala luego, pero a cambio de la suya.
--Venga como quisiéredes--repliquéle,--que la bendición de Lope de Vega
bien vale cuanto se pida.
Arrodilléme con toda humildad, hizo la señal de la cruz sobre mi nevada
cabeza, y apenas húbeme signado púsose él en guisa de penitente y dile
la mía.
A fe que no me tuviera en tanto ni me emocionara como me emocioné, si el
mismo Felipe III hubiérase arrodillado ante mí en el Santo Tribunal de
la Penitencia.
Beséle la mano, ofrecióme su casa, que dijo que era en la calle de
Francos, dijo al otro sacerdote: «Guiad, amigo Solís, a la secretaría de
don Antonio»; y echando escaleras arriba, desaparecieron por un
corredor...
Adviertan si no es poco para un español parlotear mano a mano con el
ilustre autor de la Dorotea.
El cleriguillo huertano, que sacándole de su misa y de su olla no tenía
entendederas para más, preguntábame después si aquel _compadre_ era
alguna dignidad de la Iglesia, y díjele el nombre ilustre, viva reliquia
del Parnaso Español, y quedóse tan llano como si le dijese Juan de las
Viñas, pero al hacerle ver que era el mayor poeta y más insigne
componedor de comedias que había en el mundo, comenzó a decir:
--¡Ta, ta!, quítese de ahí, hombre de Dios, y no mezcle esa gentecilla
con las cosas santas, que cuando esa manía bellaca encarna en uno de
nosotros, no entiendo sino que los demonios metiéronsele en el cuerpo y
echáronle a perder. En la Iglesia había de haber más severidad y no
consentirse estas carcomas, que Dios no quiere coplas, sino oraciones,
que hartas miserias hay por que rogarle, y no andarse los señores curas
como ciegos, inventando farsas y comedias. Hiciéranme nada más que por
un día primado de Toledo, y yo le juro por los dolores de la Santísima
Virgen que arreglara esto.
No dióle tiempo a rodar más por la cuesta de las necedades, porque a
este tiempo tornaban los señores curas, con el caballero que iban a
buscar, que hallé no ser otro que el poeta don Antonio Hurtado de
Mendoza, muy afecto al Príncipe de Asturias.
Todos al paso del Fénix se descubrían, menos el clerizonte murciano, que
se encasquetó la teja hasta las orejas, por mejor demostrar su encono
contra los poetas tonsurados...
* * * * *
Anoche, a poco más de las once, hallábase el de Villamediana en su casa
de la calle Mayor, que no hacía mucho que llegara, cuando fuéle
anunciada por su ayuda de cámara una visita urgentísima que no admitía
demora de ningún género.
Vista la premura y recelando alguna pesadumbre, mandó que pasase luego
quien quisiera que fuese.
Quedó en pie para recibir visita de tanto cumplido.
Hízose esperar un breve espacio, que aunque corto, ya comenzaba a causar
impaciencia y enfado en el nervioso temperamento del señor don Juan, y
apareció en la estancia no menos que el Alcalde de Casa y Corte don Luis
de Paredes, y según cuentan algunos pajes de la casa, diz que tuvo lugar
el siguiente coloquio:
DON LUIS
Señor don Juan, Dios os guarde.
DON JUAN
Señor don Luis, El venga con vos. Entrad, hacedme la merced de tomar
asiento, y decidme en qué puedo serviros.
DON LUIS
Harto me pesa, señor y amigo, y bien saben el Santo del día y el ángel
de mi guarda, que diera años de mi vida por excusar este momento.
DON JUAN
¿Tan apretado es?
DON LUIS
Desagradable nada más, a lo menos por ahora y para mí.
DON JUAN
Venís, pues, a prenderme.
DON LUIS
En nombre de S. M.
DON JUAN
Pues aquí me tenéis; haced de mí como tengáis orden. Pero antes quisiera
saber la causa que pudo motivar esta resolución.
DON LUIS
Creo que la crudeza de vuestras sátiras; pero, vamos, abajo espera mi
coche, y quizás en el camino pueda hablaros con más claridad que aquí.
DON JUAN
Pero...
DON LUIS
Cumplo órdenes superiores.
DON JUAN
Permitidme al menos....
DON LUIS
¿Qué...?
DON JUAN
Que me despida de mi mujer y mande que me preparen alguna ropa.
DON LUIS
Con todas las veras de mi alma y como soy cristiano que lo siento, mas
no puedo daros licencia para otra cosa que para echaros una capa; en lo
demás, no paséis cuidado, que veréis a vuestra esposa y se os llevará la
impedimenta que os haga falta y tengáis por costumbre.
DON JUAN
¿Esto es lo que os mandan hacer conmigo?
DON LUIS
En nombre del Rey.
DON JUAN
Pues hágase la Real voluntad.
* * * * *
Tomó don Juan la capa que poco antes al llegar de la calle arrojara
sobre el respaldo de un sillón, calóse el chapeo, calzóse los ambarinos
guantes, y
--Cuando gustéis--dijo a su aprehensor, disponiéndose a salir; mas éste,
sin moverse del sitio en que hallábase, como si hubiéranle clavado al
suelo, preguntóle:
--Mas, ¿no lleváis espada?