Pero invencible asombro le despabiló en seguida. La cama en

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original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el

texto. (nota del transcriptor)

_La Voz de la Conseja_

[Illustration: LA VOZ DE LA CONSEJA]

_La Voz

de la Conseja_

_Selección

de las mejores novelas breves y cuentos de

los más esclarecidos literatos_.

_Recopilación hecha_

por

Emilio Carrère

_Firmas del tomo segundo_

_Bernardo Morales San Martin.--Diego San José

Concha Espina.--W. Fernández-Flórez.--J. Ortega

Munilla.--V. Blasco Ibáñez.--F. Trigo.

José Echegaray.--Alvarez Quintero (S. y J.).--Alvaro

Retana.--Gutiérrez Gamero.--Antonio de

Hoyos y Vinent_.

_V. H. SANZ CALLEJA_

_Editores e Impresores_

C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23

MADRID

Derechos reservados de reproducción

y traducción en todos los países.

INDICE

BERNARDO MORALES SAN MARTÍN

_Olor de santidad_ 17

(Cuento premiado por el Círculo de Bellas Artes.)

DIEGO SAN JOSÉ

_Así murió el conde_ 55

CONCHA ESPINA

_El rabión_ 135

W. FERNÁNDEZ-FLÓREZ

_La fría mano del misterio_ 149

J. ORTEGA MUNILLA

_Tremielga_ 167

V. BLASCO IBÁÑEZ

_Noche servia_ 181

FELIPE TRIGO

_Pruebas de amor_ 193

JOSÉ ECHEGARAY

_Los anteojos de color_ 203

ALVAREZ QUINTERO (S. y J.)

_Vida nueva_ 215

ALVARO RETANA

_El disfraz_ 225

GUTIÉRREZ GAMERO

_El rasgo de Pañizosa_ 249

A. DE HOYOS Y VINENT

_Eucaristía_ 263

OLOR DE SANTIDAD

Cuento premiado por el Círculo de Bellas Artes.

(B. MORALES SAN MARTÍN)

I

La del alba sería cuando don Rodrigo Pacheco salió de Tordesillas,

mustio y cabizbajo, caballero en su mula y camino de Valladolid.

Un buen trozo del camino que de Salamanca a Valladolid conduce llevaba

recorrido la cabalgadura, cuando el noble caballero, que alegraba sus

ojos tristes contemplando a la indecisa luz del amanecer la corriente

del río, de verdor recamada, paró en seco a la mula, tornó la señoril

testa hacia el altozano sobre el que se levantaba la murada villa, en la

margen derecha del impetuoso Duero, y quedó un momento pensativo.

La gótica crestería de San Antolín y de Santa Clara; las torres y

cúpulas de San Miguel, de San Juan, Santiago, San Pedro y Santa María, y

los torreones de las cuatro puertas de la villa, recortábanse sobre el

cielo limpio y cárdeno de aquel amanecer estival, evocando en el alma

del buen Pacheco toda su historia y toda la tragedia de su martirio.

De súbito, irguióse sobre los estribos, abandonó las riendas, y

tendiendo los brazos hacia la villa, que comenzaba a desperezarse,

sorprendida en su sueño por los suaves besos de las brisas serranas,

exclamó el de Pacheco, con voz apocalíptica:

--¡Toda mujer propia tiene algo de Xantipa! ¡Leonor de Alderete! ¡Dios

te perdone como te perdono yo!

Y espoleando a la reflexiva cabalgadura, que quizá sentía como propio el

dolor de su amo, exclamó airado:

--¡Arre, mula!

Dió un salto la sorprendida bestia y tomó un galope ligero que hizo

afirmarse al caballero en sus estribos.

Alto ya el sol, perdido en el horizonte el caserío tordesillesco y casi

a la vista de Simancas, aún no se había borrado la expresión de dulce y

resignada melancolía del rostro del buen caballero, último vástago de la

ilustre estirpe de los Pachecos...

II

Don Rodrigo era un santo.

Desde muy niño mostró su afición a jugar con altarcitos, a predicar

sermones y a construir campanarios diminutos que eran un encanto por lo

dulcemente acordado que procuraba el niño tener el son de las diversas

campanitas.

Conforme iba creciendo el mozo, afirmábase en él más y más su vocación

religiosa, y contra la voluntad de su padre--que para más altos destinos

reservaba a su hijo, por la firme amistad que le unía con su deudo don

Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y valido del Rey,--no hubo

más remedio que enviar al bienaventurado joven a Salamanca a estudiar

Teología y Cánones.

Para el precoz hidalguete no había más mundo que el que divisaba yendo

de Tordesillas a Salamanca, ni más ciencia que la contenida en los

enfáticos lemas que ostentaban aulas y atrios de la _Ubérriman

civitatis_, como llamó en una bula el pontífice Alejandro IV a la famosa

Universidad salmantina. Tras aquellos abstrusos conceptos,

transparentaba la mística ambición del heredero de los Pachecos y

Alderetes, toda la majestad de Dios y toda la gloria que a él le

reservaba el Criador en la tierra.

--¡Oh! ¡Cantar misa en Tordesillas, rodeado de las mozas y mozos que le

oían antaño decir misas de mentirijillas, y ante el retablo de

Berruguete, en la capilla de la Virgen de la Piedad, patrona de los

Pachecos! ¡Lograr luego un beneficio, después una canonjía, quizá un

obispado... y si la magnanimidad divina lo consentía, seguramente el

capelo cardenalicio! ¡Oh, Dios mío! Perdona mi ambición, que sólo en tu

santo y ejemplar servicio emplearé los dones que te dignes

concederme!--gemía el estudioso colegial, hundiendo su pensamiento en

los libros de los teólogos González de Segovia, Soto, Gallo, Salmerón, y

de los canonistas Covarrubias y Antonio Agustín, y otras lumbreras del

Concilio trentino...

Pero Dios, en su infinita sabiduría, lo dispuso de otro modo, y todo el

castillo de imaginaciones del futuro cardenal se vino abajo. Un

invierno, cruelísimo para las gentes y los campos tordesillescos, llamó

el Señor a su seno al achacoso don Gonzalo, y la señora doña María, no

resignándose a vivir sola en el inmenso caserón de los Pachecos, retuvo

en él al joven canonista.

Resignóse éste, siempre humilde y obediente a las disposiciones de la

Providencia y a los mandatos paternos, y forzosamente hubo de

interrumpir sus estudios para ayudar a doña María en el gobierno de su

casa y hacienda y en la dirección de cierto litigio en que la testaruda

dama venía empeñada tiempo ha con sus parientes los Alderetes de

Tordesillas, sobre su mejor derecho al patronato de la gótica capilla

de San Antolín y a ciertas donaciones de sus antepasados, que

usufructuaban indebidamente los nombrados deudos.

La infatigable pleitesía puso en movimiento cúmulo tal de jueces,

escribanos, letrados y hasta teólogos, que embarullaron a maravilla el

litigio; y demandante y demandados pidieron a voz en cuello

misericordia. Cierto teólogo, hombre de seso y recta conciencia, propuso

una transacción honrosa, que cierta feliz circunstancia ayudó a imponer

y acatar como tabla salvadora.

--¡Lo mío, mío, y lo tuyo de entrambos!--decía doña María a los

Alderetes.--Y arguyó el teólogo:

--_¡Quod homines, tot sententiae! ¡Consensus omnium fecit legem! ¿Cur

tam varie?_--Y replicaba doña María, sin dar su brazo a torcer, en buen

castellano:

--¡Tres cosas demando si Dios me las diese: la tela, el telar y la que

la teje!

Pero el teólogo, terco también, tronó en griego, para mayor claridad:

--_¡¡Malion apodehon dihalan penian e plouton adihon!!_

Y al traducir en rotundo vallisoletano Rodrigo a su madre y señora la

máxima del gran Isócrates, ambos humillaron la cabeza.

Poco tiempo después... en la capilla de la Virgen de la Piedad, en San

Antolín de Tordesillas, uníanse en santa coyunda Leonor de Alderete,

hija única de los Alderetes, y Rodrigo Pacheco, único vástago de los

Pachecos.

Solamente Dios, la señora doña María y el culto teólogo casamentero

supieron lo que costó vencer la voluntad del buen Rodrigo; pero la

terquedad de la dama pleitista era irresistible, y como rindió a los

Alderetes, venció la mística resistencia del hijo de su amor, que gemía

al recibir la santa bendición, unida su diestra a la de la hermosísima

Leonor de Alderete:

--_¡Una salus victis, nullam sperare salutem!_--y fueron las últimas

palabras con las que se desvaneció el fracasado teólogo, para dar paso

al flamante marido.

III

Pero don Rodrigo no era feliz.

Doña Leonor de Alderete, joven y apasionada, encerrada en su casa de

Tordesillas como en un convento, al verse frente al apuesto mozo--único

hombre que se acercó a ella,--sintió por él una avasalladora pasión. La

llama de amor sin nombre que tantos años contenía en su pecho, de

doncella casta, pero afectiva, estalló devoradora, porque Rodrigo

Pacheco, por su figura y por su carácter, era el galán soñado, el

Amadis de sus ensueños... Boda que comenzó siendo forzado acomodo, fué a

poco tierno idilio que unió dos almas con la más pura, pero también

arrebatadora, de las pasiones.

Llevábale cinco años doña Leonor a Rodrigo... y quizás por ello fué

maestra que inició al joven en los honestos deliquios amorosos de su

idílica unión. Pero, aunque dama de espléndido cuerpo y hermoso rostro,

altivo continente y distinguido ademán--conjunto sin par en

Tordesillas--dió en la flor de ser celosa hasta del aire que rizaba las

guedejas de su apuesto marido.

Este, que fuera del amor a Dios, no sentía otro afecto que el de su

esposa, padecía martirio que anonadaba su alma, porque siendo puro y

honrado, la espléndida dama dudaba de su pureza y ponía en tela de

juicio su probada honradez.

Veinte años llevaban de matrimonio y de martirio, sin que el cielo

hubiera bendecido su unión concediéndoles el bien de los hijos, cuando

un atardecer recibió el apocado señor de Pacheco, por un propio, una

misiva nada menos que del gran duque de Lerma, invitándole a ir a

Valladolid el próximo 19 de Julio, día en que haría su entrada en la

ciudad castellana Su Majestad el Rey don Felipe. Añadía el valido que

convenía al servicio de la monarquía católica que don Rodrigo Pacheco

fuese corregidor de Tordesillas, cargo vacante a la sazón, y le esperaba

en Valladolid para entregarle el real despacho y comunicarle

instrucciones oportunas sobre la política que convenía al duque se

observara en Tordesillas y villas comarcanas.

¡Y allí fué Troya!

--¿A Valladolid... vuestra merced?--y reía nerviosa e irónica la celosa

doña Leonor. Y de súbito exclamó, abriendo el torbellino de sus celos:

--¡Sí! ¡Te conozco, fementido caballero! ¡Ir a Valladolid es un ultraje

a la fe jurada a mi amor único!

--¡Leonor! _Mulier quæ sola cogitat, male cogitat_--replicó don Rodrigo,

acordándose en aquel trance de Publio Siro y de sus buenos y añorados

tiempos de Salamanca.

--_¡Nihil impossibile!_--arguyó la dama, que también era, aunque celosa,

muy leída.--¡Si vuestra merced va a Valladolid... será para caer en el

pecado!...

--¡¡Leonor!!

--¡Lo teme mi corazón enamorado! Te estás ya refocilando con la más

impura de las liviandades!

--¡¡Xantipa!!, digo, ¡Leonor, ven conmigo a la ciudad... que Dios

confunda!

--¡Yo! ¿Ir yo a ese antro donde tiene su nido la lujuria? ¡Jamás! ¡Allí

no pueden ir más que los lascivos y perjuros como tú!

--¡Doña Leonor! ¡Por los clavos de Cristo Nuestro Señor!--y don Rodrigo

alzó los ojos a un crucifijo de Berruguete el joven, que, frente a los

esposos, mostraba sus carnes flácidas y amarillentas de martirio--y miró

al Crucificado como los mártires del Coloseo la imagen espantosa de la

muerte en su trágica agonía... cayendo de rodillas, como si realmente

fuera culpable de un pecado, cuyas delicias no había gozado aún.

Viéndole humillado, mudo, traspuesto y de hinojos a los pies de la

divina escultura, salió la dama, cerrando de golpe la puerta de la

cámara y vociferando descompuesta:

--¡Reza y esconde la lascivia que te sale a los ojos! ¡Miserable!

Con un sollozo respondió el caballero, evocando su vida de teólogo «in

partibus», tendiendo sus manos al impasible Cristo:

--¡Perdónala, Señor! ¡No sabe lo que se dice! ¡Los celos han

transformado a mi señora doña Leonor en... la propia Xantipa, en la

verdugo de Sócrates, que resucita en Tordesillas!

IV

La carta del duque de Lerma era terminante e imposible eludir su

cumplimiento. Además, ¿había de estar toda su vida supeditado a las

faldas? Su madre, la inflexible doña María, impidió que fuera clérigo,

matando en flor su porvenir brillante. Muerta su madre, ¿había de

impedir su esposa--¡otra tozuda Alderete!--que siguiera una carrera

política honrosa, comenzada por una corregiduría, y Dios y el duque de

Lerma sabrían dónde podía acabar?

Y el débil y ocioso caballero mandó ensillar su mejor mula y salió para

Valladolid, dejando a doña Leonor convulsionada como una demoníaca y

vomitando por su sensual boca sapos y culebras de todos colores:

--¡Se va y le pierdo para siempre al miserable! ¡No subirá más a mi

tálamo si duerme una sola noche en Valladolid! ¡Toda el agua del Jordán

no bastará para purificar al impuro!--Y se retorcía como una poseída,

rodeada de mayordomos, dueñas, doncellas y mozas de cántaro... mientras

el audaz caballero franqueaba Simancas, contemplaba con ojos amorosos la

mole del histórico castillo tras cuyos cubos y almenas la invisible

polilla roía con saña toda nuestra leyenda de oro; y poco después

columbraba el caserío de la futura corte de las Españas, extendido sobre

verde prado y recortado sobre una lejanía de suaves lomas y sinuosos

cerros castellanos.

Y el futuro corregidor de Tordesillas entró, sonriente y magnífico,

caballero en su mula, en la noble y real «Villa de Ulid».

V

Era el día 19 de Julio de 1600.

La ciudad castellana, aguijoneada por Lerma, que deseaba convertirla en

corte de los Felipes, «nunca desplegó tal aparato y dignidad en las

ceremonias, tal esplendor en los festejos, tal magnificencia en sus

calles y plazas, tal lucimiento y gala en sus vecinos». El joven rey

demoró su estancia en Valladolid dos meses, prometiendo para el año

siguiente asentar los reales de su corte en la leal ciudad.

Pasados aquellos primeros días de gala regia y festejos populares, don

Rodrigo pudo ver al poderoso valido.

El duque le recibió y agasajó conforme a los altos merecimientos del

caballeroso Pacheco, a cuya familia tuvieron siempre en singularísima

estima los Sandovales, y le entregó el real despacho de corregidor de

Tordesillas.

--Tengo en alta estimación vuestras dotes, que, acrisoladas por el

ejercicio de vuestro cargo en la villa natal, os harán pasar a la corte

en breve tiempo. Yo necesito rodearme de consejeros y servidores

leales...--dijo el duque, abrazando cariñosamente a don Rodrigo.

Antes de despedirse, rogóle el duque al corregidor que visitara en su

nombre a un deudo de entrambos, vallisoletano ilustre, que por sus

achaques no pudo asistir a los festejos, y a quien podía consultar don

Rodrigo en todos aquellos conflictos en que pudiera ponerle la flamante

corregiduría, aunque, a decir verdad, más que a sus futuros gobernados,

temía el pobre corregidor a la celosa corregidora.

Y sin esperar a más--porque al día siguiente, y tras ocho de ausencia,

quería retornar el leal caballero a su villa y casa solariega,--allá se

fué con su alta misión don Rodrigo Pacheco, el fracasado teólogo,

convertido por la gracia de Dios y del duque de Lerma en corregidor de

Tordesillas y de toda la comarca tordesillesca.

VI

Dijéranle a don Rodrigo que con los ojos vendados y sin cayado

recorriera las calles de su querida Salamanca, y a ciegas las correría,

como su Tordesillas de su alma.

Pero a aquel endiablado Valladolid, el diablo que le hincara el diente

con su laberinto de calles, callejas y callejones, plazas, placetas y

plazuelas, que siempre le traían al mesmo lugar, sin dar nunca con el

caserón de su deudo don Gutierre Pacheco de Sandoval.

Más de tres veces se encontró en la plazuela del Ochavo, evocándole, en

aquella hora entre misteriosa y poética del atardecer, la tragedia del

famoso condestable, cuyo libro singular _Claras y virtuosas mujeres_,

había leído con delectación en Salamanca. Otras dos salió a la Plaza

Mayor, entenebreciendo su pensamiento la memoria de aquella hecatombe en

que pereció el hereje doctor Agustín Cazalla y sus secuaces en ejemplar

auto de fe. No supo cuántas veces pasó junto al caserón de Rivadavia,

donde nació el rey Felipe II, y cuya plateresca ventana iluminaba ya la

luna en pálido creciente. Volvió pies atrás y notó que por tercera vez

pasaba ante la rica y fastuosa fachada de San Pablo...

--La calle de Teresa Gil y junto al arco gótico que se levanta en la

iglesia de religiosas de Portacoeli--habíale dicho el duque...--y, por

fin, topó con el famoso arco y con «las casas de Diego Sánchez», morada

de su deudo don Gutierre.

Levantó el pesado aldabón de hierro, que representaba un dragón

mordiendo maciza anilla, y retumbaron en la soledad de la calle tres

golpes recios y rotundos.

Tardó a percibir ruido alguno en el interior de la casa. Abrióse, por

fin, una celosía que sobre la puerta caía, y una voz argentina y juvenil

preguntó con timidez:

--¿Quién va... a estas horas?

--¡La paz de Dios!--respondió don Rodrigo con voz entera.--¿Vive aquí

don Gutierre Pacheco de Sandoval? Su deudo soy y vengo desde Tordesillas

a visitarle--agregó don Rodrigo, temiendo que le tomaran por un

aventurero de los que aquellos días de regios festejos pululaban en

Valladolid. Tras breve cuchicheo de voces femeninas en la celosía,

preguntó otra voz como arrullo de tórtola:

--¿Cómo se nombra el caballero?

--Don Rodrigo Pacheco de Alderete soy...

--¡Esperad, esperad, caballero... aquí es! Van a franquearos la

puerta...

Poco después descorríanse cerrojos y cadenas, y una especie de mayordomo

de faz seráfica franqueaba el pesado portón al caballero. A mitad de la

amplia escalera, una dueña, envuelta en negras tocas, alumbraba con

enorme velón.

--Pasad, pasad, señor don Rodrigo, y esperad mientras preparamos a don

Gutierre para darle cuenta de la llegada de vuestra merced. Pero tan

delicado anda, que no sabemos si podrá recibirle esta noche... Sus

hijas, mis señoras doña Celia y doña Violante nos lo dirán.

Y tras subir, precedido por la dueña y seguido a respetuosa distancia

por el beatífico mayordomo, le introdujeron en las habitaciones de don

Gutierre.

Deslumbrado quedó el tordesillesco corregidor al contemplar la

magnificencia del decorado, la riqueza de los muebles, la suntuosidad de

los cortinajes que la mansión de su deudo le mostraba.

Pasaron por una cámara en la que ardía una lamparilla de plata ante un

crucifijo que a don Rodrigo le pareció excesivamente lívido y chorreado

de sangre... Persignáronse mayordomo y dueña; imitóles el caballero e

introdujéronle en el estrado, donde le hicieron esperar, mientras

avisaban a sus señoras, las hijas de don Gutierre.

No se hicieron aguardar éstas...

Eran dos damas de peregrina hermosura, jóvenes, ataviadas como princesas

y enjoyadas como reinas. «Acabarían de llegar de algún festejo regio y

no habrían tenido tiempo de destocarse...»--pensó don Rodrigo.

Con grandes y discretas muestras de regocijo por recibir la visita de

huésped tan ilustre, las dos niñas sentáronse a ambos lados del

caballero cuarentón, quedando el mayordomo a respetuosa distancia, como

si esperara órdenes.

«Don Gutierre estaba muy doliente y descansaba ya, pero si aquella noche

no podía verle don Rodrigo, sería al siguiente»--dijeron las discretas

niñas.

El de Pacheco les expuso el objeto de su visita: participóles su

nombramiento de corregidor y la necesidad que tenía de partir al rayar

el alba a Tordesillas.

--Todo puede concertarse--objetó la mayor de las niñas,--si tan urgente

es la necesidad de ver a nuestro padre. Aceptáis un puesto en nuestra

mesa, descansáis en uno de nuestros aposentos, y al salir el sol, que es

cuando despierta el señor don Gutierre, le saluda vuesa merced y parte

cuando guste a su querida Tordesillas.

--Agradezco las grandes mercedes que quieren dispensarme damas tan

atentas; pero tengo necesidad imperiosa de retirarme a mi posada...

--¡Válgame Dios! ¡Dormir en una posada deudo tan ilustre como vuestra

señoría, señor corregidor... alternando con arrieros y servido por mozas

de mesón! ¡No faltaba más!--dijo la más joven de las niñas de don

Gutierre, la de la voz argentina, cuyas modulaciones ignoraba por qué

don Rodrigo le llegaban al alma.

--Lo que nos duele--arrulló la mayor--es que durante estos días os

hayáis hospedado allí. Vuestra es esta casa, hoy y siempre que vuestros

asuntos os traigan a Valladolid.

--¡Ya no podéis salir de aquí! ¡Sois nuestro huésped, porque no queremos

exponernos al enojo de nuestro padre cuando se enterara de que habíamos

dejado marchar a una posada la dignidad de nuestro más ilustre deudo, el

señor corregidor de Tordesillas!--exclamó, expansiva y jovial, la que

parecía más ingenua de las damas, y cuya voz, ademanes distinguidos y

cándido y claro mirar atraían al señor de Pacheco con electiva afinidad.

Acostumbrado a obedecer siempre, primero a su madre, luego a su esposa;

tan débil de voluntad como cortés y agradecido por instinto, el

caballero accedió al galante y sincero ofrecimiento de sus bellas

parientes y «quedó muy suyo y muy obligado también», según dijo.

«¡Además de que su estancia en casa de don Gutierre facilitaba su

entrevista con este señor y su salida a Tordesillas... ¡se estaba tan

bien en aquella casa y estrado!, ¡experimentaba tan agradable sensación

de paz y bienestar en aquella casa colgada de damascos antiguos,

alhajada con vargueños y contadores, cornucopias y espejos, cuadros

religiosos y viejos retratos de familia... que hubiera querido trasladar

toda aquella magnificencia a su severo caserón de Tordesillas o quedarse

en aquel de Valladolid toda la vida!»

Salió el mayordomo de la faz seráfica y entró y salió varias veces la

dueña con grandes reverencias, hasta que el primero anunció que la cena

estaba servida.

Pasaron damas y caballero al regio comedor, donde en lujosa mesa, bajo

manteles de Cambray, centelleaban la plata toledana y el cristal

italiano y brillaba la loza talavereña. Sirvióles el mayordomo suculenta

cena, regada prudentemente con «los ilustres vinos de Esquivias», que

don Gutierre prefería a los vallisoletanos, y aunque don Rodrigo era

frugal, su cortesía no sabía negarse a los insistentes ofrecimientos de

sus dos comensales y comió y bebió un poco más de lo que acostumbraba su

templanza.

--«Carne de pluma quita del rostro la arruga», mi señor don

Rodrigo--decía la mayor de las hijas de don Gutierre, sirviéndole una

pechuga de capón ricamente aliñada.

-«El vino como rey y el agua como buey»--exclamaba riendo la menor de

las doncellas, llenándole la tallada copa de un vino rojo como el rubí y

de suave aroma.

Durante la cena, como antes en el palique del estrado, notó don Rodrigo

que las dos damas exhalaban de sus personas un tan delicado perfume, que

a gloria trascendía y la misma gloria parecía prometer. Vaho tan suave y

sutil no lo percibió jamás don Rodrigo. Su esposa, doña Leonor, no usaba

perfumes ni afeites, que era pecado usar, y decía «que el único perfume

grato a un marido era el de la limpieza, porque la hermosura debía

ofrecerse como Dios la dió...» Pero seguía embargando los sentidos del

caballero aquel perfume delicioso, produciéndole sutilísima e inefable

embriaguez, y don Rodrigo lo aspiraba con delectación primero, con ansia

después. No era el olor del ámbar, ni de la algalia, ni tenía nada del

almizcle, únicos que conocía el señor de Pacheco. Más bien parecía el

aroma de mil flores levantinas, que juntaron su diversa fragancia para

embriagar al caballero...

Terminada la cena, rezaron una breve oración de gracias, pasaron al

estrado un momento, y las damas despidiéronse de su huésped con

graciosas reverencias, retirándose a sus habitaciones, acompañadas de su

dueña.

El mayordomo precedió al caballero hasta la cámara que le destinaron,

despidiéndose de él muy humildemente.

--¡Buenas y muy santas noches tenga el señor don Rodrigo!

Rendido por el desacostumbrado trajín de aquellos días, embriagado

levemente por los vapores de los vinos, la copiosa cena y el sutilísimo

y sensual perfume de las damas, el señor corregidor de Tordesillas, que

deseaba recoger y coordinar sus ideas, tendióse en el mullido lecho y

sopló la luz.

Pero invencible asombro le despabiló en seguida. La cama en que

descansaba de sus andanzas vallisoletanas exhalaba el mismo perfume

sutil y embriagador que emanaba del cuerpo de las hijas de don Gutierre.

Y el malogrado teólogo salmanticense quiso abandonar el lecho...

«Pero... ¿no sería ñoño escrúpulo de monja llamar a la servidumbre y

alborotar la sosegada mansión con el pretexto de rehusar tan rico lecho,

que indudablemente le había cedido alguna de las hijas del doliente

huésped por una delicadísima galantería mujeril que antes debía

agradecer como cumplido caballero que rechazar groseramente como un

villano?»

Y quedó entregado a sutiles razonamientos escolásticos, bajo las

finísimas y bordadas holandas, el caballero de Tordesillas, sin osar

levantarse ni poder conciliar el sueño...; pero consolándose en su

martirio si, por dicha, la cama en que yacía pertenecía a la menor de

las hijas de don Gutierre.

VII

En el seno de las tinieblas veía el señor de Pacheco la figura,

castamente ideal, de doña Celia, la menor de las niñas, en opuesta

visión a la más espléndida y sensual de doña Violante, la hermana

mayor... Ni una sola vez acudió a su magín el recuerdo de la figura de

su esposa, la alta y esbelta matrona tordesillesca... Doña Celia, la

niña gentil, tornaba a embargar su ánimo y sus sentidos anegados en el

vaho delicioso del mullido lecho, cuando lejano rumor de voces le

distrajo de sus deliquios... Pronto las voces fueron gritos, y éstos

algarabía.

Don Rodrigo incorporóse, tentó sus ropas, empuñó su espada y aguardó.

Las voces se apagaron de pronto; pero el oído del caballero percibió en

el silencio de la noche crujir de sedas, como si pesado damasco diera

paso a alguien. Suave rumor de pasos que a él se acercaban, confirmó sus

sospechas. «No cabía duda, alguien había entrado en la estancia.»

Pronto fué la sospecha certidumbre absoluta; aquel perfume suavísimo y

enervador, cada vez más penetrante, cada vez más cercano, envolvíale

como ola de éter, sumiéndole en un mar de confusiones, cuando el tibio

aliento de una boca rozó su rostro, y la caricia de unos brazos

desnudos, blandos y mansos, oprimió su cuello robusto, al mismo tiempo

que una voz argentina, pero angustiada, gemía en su oído:

--¡Acorredme, caballero! ¡Protegedme o muerta soy!

Don Rodrigo quedó suspenso...

Soltó la espada, de improviso, y con ambas manos cogió los trémulos

brazos que, como dulces cadenas, rodeaban su cuello.

Al contacto de la carne joven, tibia y perfumada, sintió estremecerse,

muy a pesar suyo, todo su cuerpo pecador en lascivo escalofrío. Las

dulcísimas cadenas no cejaron, y el desvanecido caballero sintió sobre

su pecho la presión de suavísimas turgencias que excitaban

dolorosamente su carne flaca y miserable, con impudores que rechazaba

su alma pura.

La voz argentina arrulló a su oído:

--¡No os mováis, caballero! ¡Doña Celia soy, que viene a deciros que no

salgáis de esta habitación, pues corréis peligro de muerte!

--Permitidme, señora, que...--y el sofocado caballero no sabía qué

decir, en lucha sorda consigo mismo para romper las dulces cadenas que

le oprimían como dogal de frescas rosas y olorosos jazmines.

--¡No os mováis, por Jesús Nazareno! Vengo huyendo de las liviandades de

mi hermana Violante... y he cerrado la puerta de esta cámara...

--¿Qué decís, señora?--interrumpió el cándido corregidor.

--Sí, de la hija de don Gutierre, que burla y ultraja las canas y el

honor de mi buen padre todas las noches... permitiendo que escale su

galán el balcón de su camarín...

--¿Es posible tal infamia?

--¡Sí, caballero, sí!--y copioso llanto bañó las acaloradas mejillas del

caballero. ¡Doña Celia lloraba! Y siguió:--Esta noche, que partió

conmigo su lecho, pues este en que descansáis es el mío, no respetó mi

inocencia y tampoco recatóse de recibir al seductor... ¡Qué vergüenza!

¡Huí al verle y oirle decir al salteador de esta noble casa que quería

matar al caballero que se hospedaba bajo el mismo techo que su amada, mi

mal aconsejada hermana!

--¡Vive Dios que no será sin que un Pacheco venda cara su vida!

-¡Por el Nazareno! ¡No gritéis! Mi inocencia vino a advertiros el

peligro; pero mi previsión cerró todas las puertas que separan esta

cámara de la de mi hermana... Esperemos en silencio, y al lucir las

primeras horas del alba, con el galán salteador de honras se irá todo

peligroso riesgo para vuestra merced...

--¿Pero entretanto... señora...?--y el buen don Rodrigo no sabía cómo

librarse de los brazos, que más parecían acariciarle que demandar

amparo.

-¡Ah! ¡Mientras tanto... proteged mi castidad y mi inocencia, que quiso

ultrajar también aquel bárbaro atropellador de doncellas y agraviador de

ancianos!... ¡Protegedme, señor! ¡Tengo miedo de salir de este

aposento!...--y con sus desnudos brazos tejía el pavor más apretada

cadena en torno al cuello del ilustre corregidor, que balbuceó con

extrañas angustias:

-¡Nada temáis... niña, estando aquí yo... junto a vos. Llegarán a

vuestro precioso cuerpo por encima del cadáver de don Rodrigo Pacheco!

--¡Gracias, gracias... mi noble deudo!...--y la medrosa niña se

estrechaba más y más contra el caballero, besando a obscuras sus manos,

sus barbazas, sus ojos, sus mejillas y su boca anhelosa y cálida,

mientras don Rodrigo, arrastrado por aquella mansa ola de confiada

efusión, abrazaba también a la niña, creyendo proteger con sus nervudos

brazos a la mesma estatua viviente de la casta Diana.

En un momento, durante el cual la intensa emoción dejó paso a la sutil

clarividencia, murmuró el caballero paternalmente:

--Bien, bien... señora; pero me parece que venís un poco ligera de

ropa...--al notar que tenía entre sus brazos una escultura que no vestía

sino la sutilísima veste de holanda. Y aquel trasunto vivo de castidad

respondió desmadejadamente:

--¡Huí del lecho precipitada al asaltar aquel gavilán nuestro camarín...

y mi pudor no me detuvo para recoger mis vestiduras!

-Pues... descansad en mi lecho, que por lo que conjeturo es el vuestro

propio. Yo me vestiré a tientas... y velaré vuestro sueño...--dijo don

Rodrigo, intentando flojamente desprenderse de los marfileños brazos que

le ceñían amorosos.

-¡Oh! ¡No, por Dios, caballero! ¡Tendré miedo sin vos! ¡Moriré de

pavura! ¡No os apartéis de mí! ¡No me dejéis! ¡Venid, caballero... y

descansad a mi lado! ¡Nada temáis... sosegaos! ¡Vuestra hidalguía y mi

inocencia nos protegen!--y con suavísima presión dejóse caer blandamente

la niña, arrastrando en su caída al caballero sobre la regia cama de

torneadas columnas y de labrada cabecera Renacimiento, que les cobijó

con su tibio calorcillo como nido de plumas y de amores...

VIII

El sol entraba a raudales por el amplio ventanal trebolado, tras cuyos

emplomados cristales piaban alegremente los pájaros en el cercano y

umbrío jardín... y don Rodrigo Pacheco despertó del único sueño de su

vida que había tenido sabrosa realidad.

Y encontróse, a la luz escandalosamente indiscreta del padre Febo, que

sus brazos robustos cobijaban aún la dormida estatua de doña Celia,

desceñida su alba veste, y ofreciendo a los besos de la luz del día

todos los encantos de su pudor y todos los tesoros de sus hermosura a

los encandilados ojos del ex canonista.

Este quedó lívido y temblando de miedo. Su conciencia implacable le

acusaba en pleno día del pecado cometido en las negruras de la noche...

¡La más horrenda de las liviandades era pecado venial comparado con el

delito en que todo un Pacheco, y corregidor de la muy noble villa

tordesillesca, por añadidura, había incurrido con aquella preciosa niña

que, confiada en la hidalguía del caballero, dormía aún sin recelo en

sus brazos!

--_¡Nihil impossibile sub sole!_--gimió aterrado el caballero, y por

primera vez la imagen de su esposa surgió ante sus ojos como la musa de

la propia tragedia, arrojándole al rostro la sentencia con que le

despidió al salir don Rodrigo hacia Valladolid: _¡Nihil impossibile!_

--¿Y qué hacer?... ¿Cómo huir?... ¿Cómo dejar a la tímida paloma que

dormía en sus brazos? ¿Cómo presentarse ante don Gutierre, el caballero

que acababa de ultrajarle en la divina escultura de su hija? ¿Cómo

escapar de aquel laberinto en que su inexperiencia del mundo habíale

hecho caer al cuarentón corregidor? ¡Buena justicia administraría quien

comenzaba vilipendiándola! ¿Qué dirían su conciencia y su rostro a la

señora corregidora al llegar a ella?--Y al evocar otra vez en aquel

trance la arrogante y severa figura de su dueña y señora doña Leonor de

Alderete, como irritada Themis, desasióse don Rodrigo de los ebúrneos

brazos que le aprisionaban aún rendidos en sueño de amor; vistióse

apresuradamente, ciñóse la espada, echó sobre sus hombros la negra capa

de seda valenciana... y después de dejar caer una última, compasiva y

desesperada mirada a la dormida paloma del palomar de don Gutierre,

abrió quedamente la puerta, huyendo de su víctima, de su crimen y de sí

mismo.

Salió a un pasillo; estaba solitario. Cruzó la habitación donde una

lamparilla alumbraba los sangrientos chafarrinones de un Cristo

monstruoso; no había nadie. Vió abierta una puerta fronteriza por la que

entraba medroso y encogido un rayo de sol, y se dirigió a ella. ¡Era la

puerta de la escalera!

Bajó por ésta sin ver a nadie ni ser visto. La puerta del zaguán estaba

entornada... ¿Dueña, mayordomo, y acaso don Gutierre, estarían en misa

en la vecina iglesia de las religiosas de Portacoeli? Todo parecía

preparado de intento para su vergonzosa fuga... y pronto se vió en la

calle don Rodrigo, libre de un peso enorme; pero abrumado por el de un

remordimiento dolorosísimo.

Sin tornar los ojos al caserón de don Gutierre, y ya orientado por la

luz del sol en aquel laberinto de callejuelas, llegó presto a su posada,

mandó ensillar su mula y pidió la cuenta al huésped.

Este sonreía socarrón e inquisidor, y, gorra en mano, fijando su

escrutadora mirada ratonil en las violadas ojeras del caballero,

denunciadoras de una noche toledana, o, más legítimamente,

vallisoletana. Echó mano a la bolsa para satisfacer su hospedaje el

atolondrado caballero--que ni la mirada acusadora del posadero podía

resistir,--y quedó sin habla, aterrado.

¡Su bolsa estaba vacía! Le habían robado más de cien ducados de oro que

metió en ella!... Pero, ¿dónde? Y su pensamiento se tornó

instintivamente a la casa de don Gutierre, y súbita revelación

presentóle como humillante farsa la tragicomedia de que acababa de ser

actor principal. Preguntó al posadero: dióle señas y señales...; sonrió

el ladino plebeyo y pronto tuvo la certeza don Rodrigo de que donde le

habían dado posada de amor una noche inolvidable no era ¡ni mucho

menos!, la casa de don Gutierre Pacheco, aunque sí fronteriza a ella.

Puso en manos del huésped su rica cadena de oro, al encontrarse sin un

maravedí, y prometiendo rescatarla sigilosamente y en breve, salió al

galope de su mula de aquel Valladolid, que ya sería siempre el de sus

pecados...

IX

Abstraído por el recuerdo de la vergonzosa aventura, no notó hasta cerca

de Simancas que aquel embriagador y penetrante perfume que impregnaba

las ropas y el cuerpo clásicamente modelado de «la cándida paloma

vallisoletana», le acompañaba como rastro de su pecado, dejando una

estela de perfumada liviandad por do pasaba el caballero, y que fué lo

que hizo sonreir indudablemente al ladino posadero. ¡Las ropas, los

cabellos, las barbas, las manos, todo el cuerpo y el sér todo del buen

Pacheco estaban saturados de aquel delicioso vaho de la cortesana

lascivia... y era la penitencia que va siempre con el pecado!

¡Doña Leonor no mintió! ¡Ella era una santa y él un lascivo ruín y

empecatado! El fatal presentimiento de la dama era ya una realidad

acusadora... El recuerdo de aquella noche de amor podría olvidarse

quizá; su pecado ocultarse, negarse, aunque lo purgara en solitarias y

continuas penitencias... Pero, ¿y aquel maldito y penetrante perfume que

le acompañaba como una acusación, como la mejor y más terrible prueba de

su liviandad y de su adulterio? Porque doña Leonor, ¡que no usaba

perfumes!, preguntaría, inquiriría, no podría explicar por qué aquel

vaho cortesano le acompañaba y trascendía hasta Tordesillas, y la

furiosa Xantipa le arrancaría los ojos y las entrañas al señor

corregidor.

Llegó a Simancas. Apeóse en el mesón del Toledano; pidió un aposento,

agua y jabón; encerróse; lavóse cuidadosamente manos, rostro, cabellos y

aquellas barbas con que le retrató su deudo el sevillano Pacheco, y

salió de allí, donde harto le conocían y estimaban, después de airear un

buen rato al sol la ropilla y capa ante el abierto balcón del aposento.

Remozado y contento salió a lomos de su mula, libre, al parecer, de

graves cuidados.

X

Apenas dejó atrás el caserío de Simancas, tornó a percibir, cada vez más

penetrante, aquel diabólico perfume que debió de haber aliñado maese

Satanás en sus filtros y redomas demoníacas, y la vil cortesana en cuyos

brazos durmió el caballero, infiltróle hasta las entretelas de su alma.

Y ¿cómo entrar en Tordesillas?

Ya columbraba la crestería de San Antolín, la cúpula de Santa María, los

torreones del palacio donde lloró durante media centuria su viudez la

triste reina de Aragón y Castilla doña Juana--llamada «la Loca» por

insensibles historiadores y por el vulgo, que no entiende de locuras de

amor, como ya entendía don Rodrigo,--cuando éste apeóse en un recodo del

camino, sombreado por espesos árboles. Ató las riendas de su cabalgadura

a uno de aquéllos y contempló la ondulante corriente del Duero, en cuyas

aguas tantas veces se bañó siendo niño.

Un audaz pensamiento asaltó al atribulado Pacheco.

Agazapado entre unos matojos, despojóse de sus ropas, que dejó sobre

aquéllos, tendidas al sol abrasador de Castilla y Julio, y encueros

vivos lanzóse el caballero al agua, con la avidez con que un cristiano

se arrojaría a las ondas purificadoras del Jordán, murmurando en

remembranza de sus felices tiempos de teólogo: _¡Vestigia nulla

retrorsum!_

El Duero, algo crecido, traía impetuosa corriente, en la que don Rodrigo

dió varios chapuzones, restregando con sus manos mojadas barbas y

cabellos y todo su cuerpo, para purificarle de aquel olorcillo cortesano

y delatador...

Distraído, perdió pie, la corriente le arrastró; dió una voltereta

desesperada; logró subir a flote y asirse a una rama en un recodo del

río. Tiró de ella para subir; cedió la débil rama, y el cuerpo del

desdichado caballero se lo sorbió el Duero impetuoso... llevándole

inerte y sin vida hasta el puente de los diez arcos famosos, en uno de

cuyos tajamares quedó detenido como miserable despojo del pecado.

* * * * *

Doña Leonor recibió el cuerpo exánime de su esposo con grandes e íntimos

transportes de dolor. En el paroxismo de su locura, gritaba la enamorada

señora:

--¡Me han asesinado a mi dueño y señor! ¡Justicia, justicia!

Las ropas abandonadas en la margen del río, la bolsa vacía y la falta de

la cadena de oro del caballero, indujeron a jueces y escribanos a

sospechar que don Rodrigo fué robado y arrojado al río para que no

pudiera delatar a sus asesinos. Estos no se llevaron la mula, la espada

y las ropas del caballero por temor de que les delataran, cosa que no

podía suceder con los escudos y con la cadena, una vez fundida ésta. Y

entre aquellas y otras conjeturas, nadie se acercó a la verdad.

Una hermosa mujer y un ladino posadero de Valladolid pudieron haber dado

alguna luz; pero callaron por la cuenta que les traía.

Don Rodrigo recibió cristiana sepultura en San Antolín; doña Leonor

encerró para siempre su dolor en su caserón, atenazándola el

remordimiento de haber martirizado con su pasión de celos infundados a

aquel santo varón que Dios le concedió por marido. Y como ella, toda

Tordesillas lloró al varón ejemplar, dos veces santo, por su martirio de

casado y por su muerte trágica.

Ya sexagenaria doña Leonor, hubo de exhumarse el cuerpo de don Rodrigo

para trasladarle al alabastrino sarcófago que hábiles artífices

italianos construyeron para guardar los restos mortales del señor de

Pacheco y de la señora doña Leonor, cuando le fuera llegada su santa

hora.

Asistió al solemne acto doña Leonor, acompañada del clero, servidumbre y

mucha gente del pueblo, que aún amaba la memoria del caballero.

Abrióse el ataúd y fué como si se abriesen las puertas de la gloria.

Suavísimo, embriagador e inefable perfume invadió las bóvedas de San

Antolín, asombrando a todos los circunstantes.

«¿De dónde venía aquel fragante olor, que por primera vez en su vida

percibían los viejos cristianos tordesillescos, si no era de los huesos

del fenecido caballero? ¿Y qué otro olor podía ser aquel si no era el

«olor de santidad» en que murió indefectiblemente don Rodrigo Pacheco,

por sus muchas virtudes y su muerte de martirio?» pensaron los buenos

tordesillescos, y clamó el pueblo a una voz:

--¡Don Rodrigo murió en olor de santidad! ¡Don Rodrigo murió en olor de

santidad! ¡Allí estaba aquel perfume suavísimo que su alma santa dejó en

sus huesos, proclamándolo! ¡Allí estaba la esposa del buen caballero,

dando fe de ello con sus lágrimas de sincero arrepentimiento!

Y es fama que cuando alguien afirma todavía que don Rodrigo Pacheco

murió en «olor de santidad», ¡unos huesos se estremecen en el fondo del

alabastrino sarcófago, recordando una inmortal noche de amor en

Valladolid!

ASI MURIÓ EL CONDE

(DIEGO SAN JOSÉ)

BREVE PREÁMBULO

Ha más de cinco años que vine a la Corte al olor de un beneficio en la

catedral de mi provincia, que porque se sepa es la de Zaragoza, y en

todo este tiempo, con traer muy buenas esperanzas alimentadas por

contundentes y apretadas cartas de la gente más notable de la metrópoli

del Ebro, aun no conseguí otra cosa que agotar los recursos, pero no la

paciencia (que desta necesarísima virtud fué el Señor servido de darme

muy grande y espesa cantidad), y conocer como la palma de mi mano las

_Losas_ del Alcázar y aun muchas de las dependencias que están situadas

en la parte baja, donde tantos anhelos como los míos se estrellan o

estancan, que no hay humana voluntad que los saque a flote y haga la

imponderable merced de dejarlas bogar en el tranquilo y azulado mar de

la ilusión satisfecha.

Son estas dichas _Losas_ la más concurrida plaza del mundo, donde se

venden favores, se alimentan pretensiones y se manejan intrigas, las

cuales muy pocas veces van en favor de los necesitados que por su mala

ventura danzan en ellas, sino de los hartos que las amañan y dan vida.

¡Qué sé yo el cúmulo de cosillas, cosas y cosazas que he visto pasar por

allí, subir como la espuma y despeñarse como el agua, en estos cinco

años!

En lo que mi pretensión venía de camino pensé entretenerme escribiendo

cada día un pliego de las cosas que allí viera u oyera, y vean aquí

vuesas mercedes cómo al cabo heme encontrado con una croniquilla un

tanto extensa, la cual tiene por alma uno de los más famosos y

cortesanos sucedidos que hanse visto en estas vegadas.

En tal manera acostumbraban a suceder allá cada día las nuevas, que si

todas hubiera de relatarlas tal y como las presencié o llegaron

hinchadas a mis oídos, habría menester de todo el estanque del Retiro

trastocado en tinta y toda la pradera de San Isidro hecha pliego de

papel.

Lo mesmo en invierno que en verano, o al amparo del sol, o la frescura

de las anchas arcadas, vese aquel recinto, tan poblado de gente, que

tienen los señores consejeros y ministros que llevar pajes o porteros

delante a fin de que les abran paso, que si no, no fuérales posible

echar un pie tras otro.

¡Tanto que pedir hay en España!

¡Y son tan pocos los días en que el Rey puede dar!

¡Ciertamente que cualquier extranjero, mirando cómo está la villa, toda

de hambrientos y hampones, pudiera creer que esta era la corte del Rey

carroña!

Pero volviendo a lo mío, que son estos pleguezuelos, fundidos en letra

un mucho gallarda de la mejor forma española (que aun no se me ha pegado

esta procesal al uso, la cual entiendo que sólo se emplea para las

causas sustanciadas en el infierno), de entre todas las cosas quiero

aquí entresacar no más de una, que es aquella que trajo la muerte de don

Juan de Tassis Peralta, conde de Villamediana y correo mayor de estos

reinos y los de Nápoles.

Sea así, pues, y con tu licencia, lector (quienquiera que seas), allá te

va lo que hasta mí llegó.

PARTE PRIMERA

CAPITULO PRIMERO

EN QUE EL CRONISTA TRAE A CUENTO LAS NUEVAS DE LA CORTE Y RETORNO A ELLA

DE DON JUAN DE TASSIS

Este afán angustioso de las pretensiones, no tendrá fruto muy abundante,

y bien compréndese que así sea, pues que tantas ramas se chupan la

savia, que no es mucho que se queden sin florecer.

El pedir y pretender está tan dejado de la mano de Dios, que en verdad

que va a ser necesario dejar el oficio.

Por otra parte, y si vamos a mirar las cosas tal y como son ellas, no

como nuestra ansiedad y nuestra fantasía empéñanse en presentárnoslas,

¿qué va a hacer S. M. si todo anda como él no quisiera y ya es mucho

milagro que haya faltado para él, y no piensen que esta triste desdicha

anduvo muy lejos?

No es toda holgona y abundante, como presumen las gentes, la vida de

palacio, que diz que en las paredes de las reales despensas no cuelgan

los perniles y los tocinos en tan grande y crecido número que haya

necesidad de apuntalarlas con gruesas vigas, ante el peligro de que

vénganse a tierra, sino que telarañas, polvo y hollín tienen por

colgaduras, y ya los abastecedores dicen que no dan una piltrafa más si

no se les satisface lo adeudado, que diz que sube a muchos miles de

reales.

Aun carbón no envían los carboneros de Palencia y ha de guisarse con

leña, y ésta porque es cortada y traída de las posesiones del Real

Patrimonio, que si no, recelo que no pudieran comer SS. MM. más de queso

y fruta.

Díjome ayer un pinche de cocina, con más cara de hambre que la cuaresma,

que dos meses y medio cúmplense agora de que no se den en palacio las

raciones que teníase por costumbre, y ansí anda toda la servidumbre,

esperando con ansia el Juicio Final, por ver de llegar la resurrección

de la carne; que no hay un cuarto en las arcas, y que el día de San

Francisco pusieron en la mesa de la Señora Infanta un capón que ella

tristemente enfurecida mandó levantar porque hedía a perros muertos.

Siguió aqueste plato uno que era un pollo en salsa, sobre unas

rebanadillas como torrijas, pero no venía solo ni mal acompañado, que

traía sobre sí, como animal fenecido que era de muchos días, todas las

moscas palaciegas. La justa indignación de la infelice subió a la

cumbre, y levantándose fuése a llorar a su aposento, por no dar con todo

por una ventana.

Su yantar de aquel día no fué más de un mendruguillo de pan remojado en

negro y espeso vino de Arganda.

En palacio no se comerá, y estarán las personas de la real familia con

las tripas juntas y los tristes ojos como queriéndose esconder en el

cogote por vergüenza de ver tantas cosas; pero los arbitrios y los

impuestos crecen sobremanera, como el jabón en el agua.

Ya hase enviado orden a todas las ciudades y cabezas de partido de

España, de que dentro de quince días se doblará el importe del papel

sellado.

No hay otro medio para aliviar la miseria, que dar sobre ella, para que

muriendo presto, acabe del todo.

Si los señores ministros y consejeros no se cortan las uñas, no ha de

tardarse mucho el día en que veamos a la Corte, en lugar de ir a la

Salve los sábados, acudir cada día a la sopa de los conventos.

No siendo para cacerías u otras diversiones, en que sólo el Señor Rey se

emplea, no se ven los dineros, ni pintados; mas para estas cosas

dijérase que salen de algún antro subterráneo que custodian los enanos

guardadores de los tesoros ocultos de que se habla en los romances y en

las consejas.

Entre las nuevas notables que hoy tienen en ebullición no solamente a

las palaciegas _Losas_, sino a todos los mentideros de la Corte,

cuéntase la llegada del conde de Villamediana, el cual, desde el año de

1611, hallábase en tierra de Italia, no holgándose, sino muy al servicio

de su patria, y dejando bien asentado en las horas de paz, con aquellos

ilustres próceres del Parnaso que acompañaran al opulento duque de

Osuna, la intelectualidad hispana.

Y a fe que su excelencia viene a tiempo de presenciar, y aun digo yo que

a ser actor, en muy grandes cosas.

La voz de la conseja, t.2 Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos · 第 1 / 10 段