que no. ¿Se disminuirían algo, acaso bastante? Nos parece que sí.
Cuantos más elementos sociales se sustraigan al poder de la política,
tanto menos temibles serán sus abusos, que se limitarían así de dos
modos: purificando en lo posible su esfera de acción, y reduciéndola;
porque con la facilidad de hacer mal crece el deseo de hacerle, y si
todos los poderes sin límites se desmoralizan, es porque la injusticia
constante é impunemente repetida forma como un foco purulento que
inficiona la voluntad y hasta la inteligencia.
Si no creemos que cualquiera puede ser elegido y nombrado para
cargos políticos ó administrativos que la política se apropia,
desmoralizándose y desmoralizándolos, tampoco somos de parecer
que cualquiera puede elegir y nombrar, sino que la elección y el
nombramiento deben hacerse por quien sepa lo que hace y quiera hacerlo
bien.
Donde sea muy grande la desigualdad social, no puede ser una verdad
la igualdad política. Con la miseria y la ignorancia generalizada,
¿qué resultado dará el sufragio universal? ¿Qué es el _voto_ del que
no puede tener _opinión_? Este voto será llevado al bien ó al mal; y
cuando el mal sea más fácil, cuando sus corrientes sean más fuertes,
como no es escrupuloso en los medios que emplea, el voto del que le
da sin saber lo que hace, es de temer que se deposite en la urna del
cálculo, de la intriga ó de la ambición. Unos pocos más atrevidos,
menos escrupulosos, más diestros, arrastran á la ciega multitud,
y resulta que el sufragio universal, lejos de hacer prevalecer la
opinión del mayor número, da el triunfo á la voluntad de unos pocos,
que sofocan la opinión verdadera bajo el peso de la fuerza numérica.
Si la multitud, en vez de ser arrastrada, arrastra por un momento, las
cosas no irán mejor, porque la ignorancia omnipotente aspira siempre á
lo _imposible_; la muchedumbre no tarda en verle delante de sí como un
abismo; se aterra, se para y pide que la aparten de allí, sin detenerse
mucho en las condiciones que le impone el que se ofrece á servirla de
guía.
Sobre que el sufragio universal no es un medio de saber lo que quiere
la mayoría, su voluntad, caso de investigarse por este medio, no debe
admitirse como regla sino en tanto que se ajuste á la razón, y nos
parece que no estaba fuera de ella el que ha dicho que «la voz del
pueblo era la voz de Dios, _cuando no era la voz del diablo_». No hay
que creer en la infalibilidad de las mayorías, ni en su acierto, cuando
no tienen elementos para juzgar de lo que deciden.
Los que pretenden dar al pueblo un _poder_ que no está en armonía con
su _saber_, le comprometen más que le sirven; le dan una arma que no
sabe manejar, y no es raro que con ella se hiera. ¡Cuántos déspotas
se han elevado en virtud del sufragio universal, cuántas leyes hechas
por el pueblo contra el pueblo mismo! Si no tiene la instrucción y la
independencia suficiente, es el regimiento que recibe del coronel la
orden de votar; la aldea que dirige el párroco ó el señor de la tierra;
la fábrica cuyos operarios siguen al dueño de ella ó á algún otro que
tal vez no los guíe mejor.
No pretendemos que los derechos políticos constituyan privilegio, sino
que se condicionen razonablemente de modo que puedan ser una verdad
y que no se vuelvan precisamente contra aquellos mismos á quienes se
dan. Lo que la ley debe en nuestro concepto buscar principalmente, es
saber, independencia y dignidad. El mendigo; el dedicado al servicio
doméstico; el soldado[5]; el colono que absolutamente depende del
señor; el que no tiene ni instrucción primaria, ni industrial, y no
sabe sino remover mecánicamente la tierra, ó elevar pesos ó variarlos
de un sitio á otro, á ningunos de éstos daríamos derechos políticos,
porque de hecho no son ellos los que lo ejercen, sino alguno que así
puede dirigirlos como extraviarlos, y muchas veces los extravía.
[5] Mientras el ejército esté organizado como lo está hoy, no
debe equivocarse el _soldado_ con el _ciudadano armado_.
Puesto que la moralidad (salvo en los casos de intervención de los
tribunales) es imposible de investigar, la ley electoral debe buscar la
capacidad y la independencia; donde quiera que haya alguna instrucción
industrial ó literaria, allí debe dar voto; y si esta instrucción
no existe, no se deberá suplir con un recibo del que recauda los
impuestos. La independencia se dirá que está más en la moralidad y en
el carácter que en la posición, y así es cierto; no hay posición que
asegure de la servidumbre, de la codicia, del cálculo ambicioso, de las
pasiones violentas ó viles que dan el voto contra razón y conciencia;
pero esto sólo prueba los límites de donde no puede pasar la ley y su
impotencia para suplir la falta de moralidad.
En un país corrompido, tiene que estarlo la política, haya igualdad
ó privilegio, tengan derechos políticos unos pocos, un gran número
ó todos; pero no pone remedio á esta dolencia, antes la agrava, el
sufragio universal. Los que abogan por él en un pueblo ignorante y sin
costumbres políticas, parece que no saben cómo se ejerce; porque aun
cuando fuera razonable atenerse á la voluntad de los más cuando no está
ilustrada, no hay medio de saber esa voluntad; lo repetimos, aunque
ni decirlo debiera ser necesario para todo el que no se niegue á la
evidencia y no cierre los ojos á la realidad de cómo pasan las cosas:
conceder voto á todos incondicionalmente, cuando todos no tienen la
ilustración y la independencia necesaria, es dejar en manos de unos
pocos un poder inmenso é irresponsable, lanzar al mundo político una
porción de ceros que no tienen más valor que el que les da una cifra
que se pone delante para mal ó para bien, generalmente para mal.
La sociedad debe hacer de modo que no haya en su seno masas que nada
entienden de derechos políticos, que no les dan valor alguno, que
carecen de independencia para ejercerlos; pero cuando estas masas
existen, la ley política no ha de prescindir de ellas, ni suponer que
se regeneran con admitirlas á votar. La ley electoral tiene que tomar
las cosas como están, y los hombres como son, en el momento en que se
promulga; á otras leyes y disposiciones incumbe procurar que sean lo
que deben ser, con aptitud intelectual y moral que no haga ilusoria ó
peligrosa la legal.
La igualdad política no puede ser independiente de la social; tiene que
haber una relación íntima entre la instrucción y bienestar de un pueblo
y sus derechos políticos si no han de ser letra muerta ó causa de daño.
¿Quiere esto decir que es necesario que todos sean ricos y doctores
para establecer el sufragio universal?
No; recordemos lo dicho anteriormente: la igualdad es la _semejanza
necesaria_ entre las personas ó cosas que se comparan según el objeto á
que se destinan; y cuando se comparan dos hombres con el objeto de que
elijan un diputado, se los puede calificar de igualmente aptos aunque
difieran mucho respecto á cultura y riqueza. Reconocer la semejanza
_suficiente_ y no prescindir de la _necesaria_, esto debe hacer la ley
política al conceder ó negar derechos.
La ley electoral hoy vigente en España[6] se aproxima á lo que, en
nuestro concepto, debe ser la que favorezca una razonable igualdad. Con
quitar el voto á quien no sabe leer y escribir por mucha contribución
que pague, y dárselo á obreros que no sólo tienen instrucción primaria,
sino alguna industrial, nos parece que en este punto se llevaría la
igualdad política hasta donde debe llevarse, sirviendo mejor á la
democracia que con esas concesiones que no puede utilizar y que tantas
veces lo convierten en daño y descrédito suyo.
[6] Cuando se escribió había sufragio restringido.
Se dice que si las masas no tienen voto, si no toman parte en la
formación de la ley, ésta se hará en daño de ellas. Esto es cierto en
parte, en parte nada más, y no se evita con la incondicional igualdad
política, porque, ya lo hemos dicho, no es lo mismo _tener voto_ para
la elección de legisladores, que _tener parte_ en la formación de las
leyes.
Decimos que el mal no es cierto sino _en parte_, porque impulsados por
motivos muy diferentes de ambición, de vanidad, de orgullo, de amor á
la justicia, de lástima por la desgracia, por haber salido del pueblo
ó por amarle sin pertenecer á él, hay muchos que hacen suya su causa,
viven defendiéndola y acaso mueren por defenderla. Mejor sería que él
solo sostuviera su derecho, que no necesitara de campeones, pero debe
hacerse constar que los tiene.
Los redentores políticos del pueblo no suelen salir de sus filas, pero
no hay que concluir de aquí que su redención sea imposible: concurren
á ella el sentimiento universal de la justicia, los ambiciosos que la
invocan y hasta cierto punto tienen que servirla para que les sirva de
arma; los hijos de ese mismo pueblo que, ilustrándose por las armas ó
por las letras, dejan de pertenecer á él, pero no se olvidan, y quieren
defender sus derechos y consolar sus dolores; los que, habiendo nacido
en las clases privilegiadas, desertan noblemente, y van á formar en las
filas de los débiles para instruirlos y disciplinarlos: éstos son los
elementos del verdadero progreso. Pero de los ambiciosos salen esos
despertadores de las malas pasiones de la multitud, que se elevan
adulándola. De los que se han emancipado por su mérito, salen los
vengativos que por amor propio quieren humillar á las altas clases que
los han humillado ó los humillan. De los generosos desertores salen
los entusiastas que, juzgando á los otros por sí mismos, creen el bien
fácil de realizar porque en su noble alma no halla obstáculos. Así
no faltan nunca visionarios que formulan errores, furiosos que los
sostienen y astutos descreídos que los utilizan: así el progreso humano
ve salir de entre sus partidarios tal vez los mayores obstáculos que
necesita vencer.
Como no puede haber derechos imposibles, el sufragio universal no puede
ser un derecho. ¿Qué se busca en el sufragio universal? La opinión del
mayor número. ¿Y cuando el mayor número no tiene opinión? Se busca
una quimera. Si alguna vez la instrucción se generaliza bastante para
que el sentido común y el buen sentido sean una misma cosa, podrá
establecerse la igualdad política; mientras esto no suceda, no existirá
aunque se escriba en la ley, y nótese que en la ley no debe existir
nunca lo que no puede existir en la sociedad, á menos de socavar una de
las bases del derecho.
¿Cuál deberá ser la medida de la desigualdad de los derechos políticos?
Si fuera posible, la capacidad del que ha de ejercerlos. Los votos
deberían pesarse, pero la imperfección humana se ve en la triste
necesidad de contarlos, y el código político, como el criminal,
necesita establecer cierta igualdad, no porque la igualdad sea la
justicia, sino porque la justicia es imposible. La ley no puede decir á
N., ingeniero: «Tu opinión valdrá veinte votos»; y á su ayudante: «La
tuya valdrá dos», porque ni es posible medir con exactitud los grados
de inteligencia, ni, caso de que lo fuese, se aceptaría por el mayor
número la clasificación; pero la ley puede decir al obrero que cava la
tierra en ese mismo camino trazado por la inteligencia educada de un
hombre ilustrado: «Tú no puedes tener voto, porque tu ignorancia no te
permite tener opinión.»
La ley es justa cuando, para dar derechos políticos á los ciudadanos,
les exige una garantía de capacidad; la ley es injusta siempre que
niega voto al que _puede_ tener opinión. El legislador debe investigar
con sagacidad y buena fe qué profesiones ú oficios suponen cierto grado
de inteligencia para concederles los derechos políticos, para que no
se vea el absurdo y la injusticia de que un hombre que tiene, que debe
tener, mucha más capacidad que otro por su posición social, carezca del
voto que á aquél se concede porque paga contribución _directa_.
El espíritu de la ley no es, ó por lo menos no debe ser, considerar la
riqueza de los ciudadanos como una garantía de acierto en la elección
de sus representantes; no falta quien la considere así, y aun ha habido
alguno que ha pretendido que si el que paga mil reales de contribución
tiene un voto, el que paga mil duros debe tener veinte; de modo que los
grandes capitalistas y los grandes propietarios depositarían en las
urnas electorales su voto, equivalente á quinientos ó mil de los del
común de los electores. Esto, por más absurdo que parezca, es lógico si
la riqueza se toma como garantía de acierto en la elección y se sienta
como base: _el que no tiene que perder no debe votar_, porque _¿con qué
derecho vota las contribuciones el que no ha de pagarlas?_
La ley, al exigir cierto grado de riqueza para conceder derechos
políticos, no puede buscar sino una garantía de capacidad. Supone
que cierto grado de pobreza es incompatible con el cultivo de la
inteligencia; y así como excluye al que no tiene edad para que sus
facultades intelectuales se hayan desarrollado, debe excluir también al
que no puede cultivarlas por su posición social. La desigualdad ante la
ley política no tiene, no puede tener, otro fundamento.
Salvo los casos de miseria extrema, la independencia del elector está
en su conciencia y en su carácter, no en su posición social, que sólo
sirve para evaluar el precio de su voto.
En cuanto á negarlo á los pobres _porque no tienen qué perder_, es un
absurdo. El sufragio universal no puede ser un derecho, porque no puede
ser una verdad; pero si los pobres pudieran tener opinión, ¿quién se
atrevería á negarles el derecho de emitirla? ¡No tienen qué perder!
Cuando los ricos defraudan, dilapidan, ó por falta de concierto
emplean mal las rentas del Estado, y aumentan los gastos y votan
contribuciones, ¿quién las paga sino los pobres, y sobre quién pesan
con más dureza? La contribución _molesta_ al rico: al pobre le oprime,
le arruina tal vez. Cuando los ricos tienen mal montadas las cárceles,
¿quiénes hacen en ellas su aprendizaje, que les conduce á presidio ó
al patíbulo? Los pobres. Cuando los ricos no fomentan la agricultura,
ni la industria, ni el comercio, ¿quiénes emigran á climas remotos
y mortíferos que les son fatales? Los pobres. Cuando los ricos no
se esfuerzan en generalizar la instrucción, ¿sobre quiénes caen las
fatales consecuencias de la ignorancia? Sobre los pobres. Cuando los
ricos hacen leyes injustas, ¿quiénes sufren su influencia fatal? Los
pobres. Cuando los ricos no atienden como deben los establecimientos de
beneficencia, ¿quiénes padecen en ellos? Los pobres. Cuando los ricos
proclaman como una necesidad imprescindible la creación de grandes
ejércitos, ¿quiénes dan sus hijos para formarlos? Los pobres. Cuando
los ricos declaran la guerra, ¿qué sangre corre en ella? ¡La sangre de
los pobres! Y todavía se dice que los pobres no están interesados en el
orden _porque no tienen qué perder_. ¿Qué se entiende por _perder_, ó
qué se entiende por _orden_?
El pobre es el más interesado en que las leyes sean equitativas; pero
el pobre es muy ignorante y no puede contribuir á formarlas: darle
derechos políticos es darle un arma que le arrancarán con engaño para
emplearla contra él. Este es el verdadero, el único argumento contra el
sufragio universal.
Y, sobre negarle, ¿qué importa no estar de acuerdo acerca de los
motivos por que se niega? Importa mucho. Si el legislador comprende que
la inteligencia es la única garantía que puede y debe buscar, porque
la estadística no arroja datos sobre la moralidad, salvo en el caso
extremo de que el elector se halle bajo la acción de los tribunales;
si el legislador comprende que no debe excluir más que á los muy
ignorantes, á los muy viciosos y á los criminales, la ley buscará
por todos los medios la capacidad tanto en los electores como en los
elegidos, y será justa y equitativa.
La teoría de la igualdad, de que es consecuencia el sufragio universal,
en pueblos que no están bastante educados políticamente, es un absurdo
que conduce á otro; la que niega derechos políticos á los pobres porque
no tienen qué perder, es un absurdo que conduce á una iniquidad.
CAPÍTULO II.
DE LA IGUALDAD Y DE LA LIBERTAD.
Claro está que, al tratar _de las relaciones de la igualdad con la
libertad_, se habla de la política; pero ¿constituye la libertad una
situación perfectamente definida, y la palabra que la expresa significa
una cosa idéntica para todos los que la pronuncian? Parécenos que no.
Al decir la libertad de Esparta, de Atenas, de Roma, de las Repúblicas
italianas, de Inglaterra, de los Estados Unidos, de Francia, de España,
de Italia, de Portugal, ¿no se significan con una misma palabra
cosas muy diferentes? La libertad existe con la esclavitud, con el
privilegio, con la privación de derechos políticos de la gran mayoría
de la nación dominada por la aristocracia, y con la participación de
la clase media ó del pueblo todo en el gobierno y poder legislativo.
Pueblos constituídos de modos diferentes y aun opuestos, se dice
que son ó han sido libres, y Bruto que mata á César en nombre de la
libertad, se parecía muy poco á los regicidas modernos que la invocan.
Si la libertad significa cosas tan diferentes según los tiempos y
lugares, ¿no tendrá siempre y donde quiera algún elemento común, algo
que la hace amable para sus partidarios, santa para sus mártires?
Como, á través de tantas diferencias, las religiones tienen de común
la idea de Dios, de un poder grande, eterno y justo, ¿no habrá también
en la libertad una idea elevada y permanente que inspira al ciudadano
de Atenas, de Roma, de Madrid y de Londres? A nuestro parecer este
factor común existe, y es _la idea de ley_; aquella dignidad que da al
hombre obedecerla y cumplirla como expresión de la justicia, en vez
de humillarse ante la voluntad de un déspota ó de un tirano. Esta ley
varía según el estado moral é intelectual del pueblo que rige; sus
beneficios comprenden á unos pocos, á muchos, á todos, y es la libertad
aristocrática, burguesa ó democrática; pero es ley siempre, y por eso
los pueblos le dan el mismo nombre y, si no están degradados, la
saludan con respeto.
La ley es regla de justicia, tal como la comprende el legislador ó como
la cree practicable; puede equivocarse de dos modos: ó desconociendo
la justicia en principio, ó la situación del pueblo donde quiere
realizarla. Cualquiera que sea la esfera de acción de la libertad, no
se sustrae á las condiciones de toda regla de justicia; puede ser mal
comprendida y mal aplicada.
La justicia no se conoce como una verdad matemática ó física; no se
hace su _descubrimiento_ en un día para siempre, sino que poco á poco
se va comprendiendo y á medida que se practica; por eso la libertad
puede ser privilegio ó licencia, equitativa ó injusta, verdadera ó
quimérica, elemento de bienestar ó de ruina, según que se armonice ó
no con la justicia y las condiciones de inteligencia y moralidad del
pueblo que la invoca.
De aquí se infiere que la libertad no puede sustraerse á la influencia
del progreso, que se perfecciona á medida de él, y que el pueblo
más libre será el pueblo más adelantado. Muchos hechos pasados y
presentes podrán citarse tal vez para contradecir lo dicho; pero la
contradicción será aparente y fundada en no definir bien el progreso,
que es perfección moral y material, ni la libertad, que es ley
equitativa y armónica con esta perfección en el pueblo que rige.
Acaso se citen las hordas salvajes cuyos individuos son libres, ó
á Mme. Staël que ha dicho: _la libertad es antigua y el despotismo
moderno_; si hubiese exactitud en la frase, no la habría en la
afirmación de que el hombre progresa.
El salvaje es esclavo de las leyes físicas y de las necesidades
materiales: el hambre, la sed, el frío, el calor, son los dueños y
señores de su existencia, empleada en luchar con animales feroces ó con
hombres que le disputan la comida y el albergue. Esta esclavitud es tan
grande, tan continua, tan general y tan fatal, que se hace exclusiva
de ninguna otra; ¿qué medios tiene el tirano, ni qué atractivos la
tiranía ó el despotismo, en un pueblo que el hambre dispersa de día
y el cansancio reune de noche? Las leyes físicas y fisiológicas son
las únicas que imperan allí, y llamar libertad á la servidumbre que
imponen, es hablar con bien poca exactitud. Si se dice que el salvaje
no es esclavo de su compañero de horda, se dice bien; si se afirma que
es un hombre libre, no, y basta para convencerse tener idea de lo que
es libertad.
Entendemos por libertad _el ejercicio armónico de las relaciones de los
hombres que componen un pueblo, condicionadas por la ley que concurren
á formar directa ó indirectamente_.
La definición podrá no ser buena, se darán otra ú otras mejores; pero
en ninguna cabrá la situación del salvaje, independiente, no libre,
y cuya independencia no puede confundirse con la libertad, porque
no es una armonía establecida por el derecho, sino una negación que
resulta del aislamiento. Así como la igualdad en el estado salvaje
es la miseria y la ignorancia de todos, la libertad es el poder que
tiene cada uno de utilizar sus fuerzas físicas para buscar sustento y
defenderse de cualquiera agresión ó vengarla. El abuso de la fuerza (en
el escaso número de relaciones sociales del salvaje) está contenido,
no por la idea del derecho, sino por otra fuerza, y cuando ésta no
existe, lejos de haber libertad hay opresión; la mujer se esclaviza y
el prisionero se inmola.
Más adelante se perdona la vida á los vencidos, que pierden la
libertad, y se establecen esclavitudes y servidumbres de distintos
grados y formas que, variando y adaptándose al medio social que los
rodea, se sostienen en medio de imperios y repúblicas que se derrumban
y parecen haber hallado el secreto de la inmortalidad. La ruda Esparta,
la culta Atenas, Roma la maestra del derecho, los independientes hijos
de los bosques de la Germania y de la Galia, ungidos por el sacerdote
cristiano, todos tienen esclavos y siervos, y los humillan, oprimen y
explotan.
Eso que se llama _libertad antigua_ es la de unos pocos hombres
libres en medio de muchedumbres esclavas ó siervas, tan abrumadas á
veces y tan envilecidas, que carecen de aptitud para emanciparse, se
petrifican en inmovilidad desesperada, ó se agitan en orgías políticas,
cayendo embriagadas á los pies del tirano común. El árbol se conoce
por sus frutos, y no lo han sido de bendición los de la libertad de
las repúblicas antiguas, ni podían serlo, porque los hombres libres
que tienen esclavos, ó los emancipan ó se corrompen, y la corrupción
mata la libertad. Esta no marcha ordenada y paralelamente con la
servidumbre, no pueden armonizarse, una de los dos destruirá á la otra
ó será destruída.
Y ¿cuáles son las relaciones de la igualdad con la libertad? ¿Se
favorecen? ¿Se perjudican? ¿El nivel se convierte fácilmente en yugo, ó
basta que los hombres sean iguales para que sean libres?
Deben notarse las analogías que existen entre la marcha de la
igualdad y la de la libertad. De la igualdad salvaje hay que pasar
por la desigualdad de la barbarie y de la civilización imperfecta,
hasta llegar á la igualdad de los pueblos cultos y prósperos; de la
independencia salvaje hay que pasar por dependencias, servidumbres y
esclavitudes en que no existe ó es un privilegio la libertad, que sólo
puede constituir el patrimonio de todos, en los pueblos más avanzados.
Para saber cuáles son las relaciones de la igualdad con la libertad, y
si mutuamente se favorecen ó se combaten, hay que determinar bien la
condición de entrambas.
La igualdad en la ignorancia, en la miseria, en el envilecimiento, no
es auxiliar, sino enemiga de la libertad, y en el pueblo en que este
deplorable nivel exista, si algunos se elevan sobre él y aspiran á
ser libres y lo consiguen, su privilegio será un progreso, un bien, y
esta libertad aristocrática preferible á la servidumbre de todos sin
más norma que la voluntad del tirano. Hemos dicho ya que la idea de
libertad lleva consigo la de _ley_, y preferible es que algunos vivan á
su amparo á que todos estén fuera de ella. Más vale que la libertad sea
un privilegio como en Esparta, en Atenas, en Roma y en muchos pueblos
cristianos hasta estos últimos tiempos, que el despotismo sin límites
de Oriente.