exista, es seguro que en esta condición excepcional no puede vivir
mucho tiempo; tiene que ensanchar cada vez más la esfera de sus
beneficios; que admitir en sus filas á los que han nacido en su seno;
que alimentar en él á los que combaten muchos de sus principios, y
transformarlos; que transmitir en derredor la luz de su inteligencia y
la dignidad de su nobleza; que extender la honra para poner límites á
la ignominia y, en fin, que llevar en sus entrañas un germen poderoso
de amor á la humanidad para poder un día fraternizar con el pueblo.
Cuando estas condiciones faltan, la libertad que no puede comunicarse
y extenderse muere á manos del populacho, de una oligarquía ó de un
tirano.
Si la igualdad en la miseria, la ignorancia y la ignominia no puede
ser favorable á la libertad, también son incompatibles con ella las
grandes diferencias esenciales y permanentes que constituyen la
efímera libertad privilegiada. La libertad que echa raíces es la
que se extiende, la que en armonía con la igualdad, que consiste en
elevar á los de abajo, no en deprimir á los de arriba, es progresiva y
cuenta cada día mayor número de hombres libres, es decir, de hombres
_verdaderamente_ iguales ante la ley, que la comprenden, que la
respetan y que contribuyen á formarla.
Decimos _verdaderamente_, porque hay muchas igualdades que, por más que
se consignan en los códigos, no son verdad: tal es la igualdad política
que da voto al que no tiene opinión ó no puede expresarla libremente;
tal la igualdad social que admite á redimirse del servicio militar
á los que, viviendo en la miseria ó en la pobreza, es de todo punto
imposible que se rediman; estos llamados derechos no son favorables á
la libertad, que no puede tener por aliada sino la igualdad verdadera
y digna, no la que alucina con ficciones ó degrada en la ignominia
común.
La igualdad racional y posible no nivela las fortunas, pero tiende
á disminuir el número de los opulentos y de los miserables, y en
consecuencia los vicios, favoreciendo la libertad, porque el gran
aliado del despotismo es la corrupción.
La igualdad tiende á ennoblecer el trabajo hasta el manual; y como el
trabajo es moralizador, favorece la libertad.
La igualdad tiende á elevar la idea que el hombre forma de sí mismo;
y como el creerse digno conduce á serlo, semejante persuasión es un
auxiliar de la libertad.
La igualdad tiende á generalizar la instrucción y favorece la libertad.
La igualdad tiende á confundir las clases, á que fraternicen los
hombres; disminuye sus desdenes, sus odios, sus iras, y facilita la
armonía necesaria á la libertad.
La igualdad, que supone que, como el derecho, la fuerza está en todos,
dificulta que la de uno solo sofoque la libertad.
La igualdad tiene amor á la obra social en que toma parte, y
predispone á obedecer á la ley, á formarla y consolidar la libertad.
La igualdad, que despierta muchas ambiciones, opone con su gran número
un obstáculo á la ambición de uno solo, que pudiera ser fatal á la
libertad.
La igualdad, aunque extraviada por la ira pueda recurrir á la
violencia, en su estado normal ama la paz, y es contraria al
militarismo, tan peligroso para la libertad.
La igualdad da solidez al urdimbre social; multiplica las piezas que
ajustan, las ruedas que engranan, las fuerzas que se transmiten de un
modo fácil, los movimientos que cambian de dirección sin paralizarse
ni precipitarse. Cuando no hay diferencias esenciales generalizadas,
permanentes, irritantes, imposibles de borrar; cuando por la escala
social se sube y se baja continuamente; cuando no se sabe dónde empieza
una clase y dónde acaba otra; cuando intereses, ideas, pasiones,
errores, todo se cruza, y toma y deja algo al cruzarse, y tiende á
entretejerse, en semejante estado social los sacudimientos ni serán
tan frecuentes, ni tendrán tanta violencia, ni podrán desencajar los
miembros sociales tan fuertemente articulados, haciendo necesarias las
dictaduras que aniquilan la libertad.
Todo elemento social es á la vez influído é influyente; pero entre
la igualdad y la libertad hay tan íntimas relaciones y tan perfectas
armonías, que para saber si la igualdad es verdadera basta saber si
hace hombres libres, y para juzgar de la libertad no hay más que ver si
tiende á que sean iguales.
CAPÍTULO III.
LA LEY QUE EMANA DE LOS PRIVILEGIOS, ¿SERÁ BENEFICIOSA PARA TODOS?
Entendemos por privilegio un derecho que no tiene su base en la
justicia: se nos dirá tal vez que nosotros abogamos también por los
privilegios puesto que combatimos la teoría de la igualdad y el
sufragio universal, que es su consecuencia, y que los ciudadanos á
quienes en virtud de su capacidad concedemos los derechos políticos
son otros tantos privilegiados con respecto al gran número á quien
negamos este derecho: no hay más diferencia que las condiciones con
que concedemos este privilegio; pero esta diferencia es tan esencial,
que, cambiando completamente la índole del derecho, no puede recibir el
nombre de privilegio sino confundiendo cosas que no se parecen.
Cuando la instrucción y la moralidad están limitadas á un número
muy corto de personas, limitar á ellas los derechos políticos no es
concederles un privilegio, sino darles lo que les pertenece; lo que
reclamarán, con razón, en nombre del bien del Estado, único origen
legítimo de los derechos políticos. Éstos deben extenderse á medida
que la ilustración se extiende; y si hay una clase de ciudadanos que,
siendo tan ilustrada como otra, no tiene los mismos derechos políticos,
hay privilegio, injusticia, y habrá lucha y revolución. La oligarquía,
la aristocracia y la democracia son legítimas siempre que son lógicas,
y según la ilustración esté en algunos, en muchos ó en todos.
Pero es una gran desgracia para un pueblo que, en circunstancias
particulares, establezcan por la fuerza, ó su poca ilustración
establezca por necesidad, una forma de gobierno en que sólo tome
parte una clase poco numerosa y apartada de las otras por su elevada
posición. Esta clase gobernará en provecho suyo, y la dureza de su
egoísmo no estará suavizada por la simpatía, por la benevolencia,
ni aun por la justicia; porque ya hemos visto que, al dividirse los
hombres en clases muy distantes unas de otras, se depravan, se hacen
hostiles, y mutuamente se desprecian ó se aborrecen. El gran señor
poderoso y altivo no está dispuesto á mirar como semejantes á los
individuos de esa plebe miserable y embrutecida, y los oprimirá sin
compasión ni remordimiento. Así, por ejemplo, el lord inglés, para
vender sus granos á un precio exorbitante prohibirá la importación de
cereales, sin cuidarse de que los pobres se mueran de hambre, y no se
modificará la horrible ley en nombre de la humanidad ni de la justicia,
_sino en nombre de las necesidades de la industria_; ya se ha dicho
_que la aristocracia no tiene entrañas_.
La ley hecha por un corto número de personas no podrá ser equitativa ni
conveniente á la generalidad. El magnate, no sólo tiene su interés para
extraviarle, sino su orgullo y su desdén. Con la más completa seguridad
de conciencia niega todo derecho á los que desprecia, y si alguna vez
hace la más pequeña concesión, la considera como un acto de heroísmo
que no sabe agradecer la plebe ingrata.
A medida que aumenta el número de los que toman parte en la formación
de la ley, ésta es más equitativa y humana, no sólo porque están
representados los intereses de diferentes clases, sino porque
contribuyen á formarla otras ideas, _otros sentimientos_. Creemos que
no se nos acusará de _sentimentalismo_ porque hablamos de sentimientos
al tratar de los elementos que entran en la formación de las leyes.
Los sentimientos del hombre influyen en todos los actos de su vida, le
impelen hacia el bien ó hacia el mal, y ante su voz poderosa, más de
una vez la razón y hasta la conciencia aparecen mudas.
Cuando los legisladores, en vez de pertenecer á una clase apartada
del pueblo y que le desdeña, pertenecen á clases diferentes que están
cerca de él, que con él simpatizan, que conocen sus virtudes, que
comprenden sus dolores, que tal vez le deben sus más ilustres hijos,
la ley refleja esta diferencia. El hombre lleva sus sentimientos al
santuario de las leyes, como los lleva á todas partes: allí influyen
en su conducta; y cuanto sean más humanitarios, las leyes que formulen
serán más beneficiosas para la humanidad.
En igualdad de todas las demás circunstancias, la ley será tanto más
justa cuanto sea mayor el número de clases que contribuyen á formarla;
por eso deben extenderse los derechos políticos hasta donde sea
compatible con la ilustración. Si alguna vez nos parece hallar á esta
regla excepciones, no es porque las tenga, sino porque acaso tomamos
los problemas sociales por problemas políticos, desconocemos la
influencia que aquéllos ejercen en éstos, y somos como el químico que
atribuye á un cuerpo propiedades que no tiene, porque ignora que son
dos los que contribuyen al fenómeno que pretende explicar.
CAPÍTULO IV.
¿ES LO MISMO IGUALDAD QUE DEMOCRACIA?
La igualdad entre los que no tienen ningún derecho y obedecen á la
voluntad de uno solo ó á la ley que de él emana, es el gobierno
despótico ó absoluto, no la democracia. La igualdad en el derecho
político puede mirarse como sinónimo de democracia; cuando todos tienen
los mismos derechos políticos, todos contribuyen igualmente á la
formación de la ley, al menos en teoría, y democracia es lo mismo que
igualdad.
Pero la igualdad política, la que más se debate, la que más se estudia,
la que con más energía se reclama, es la menos importante, y si ha de
ser algo más que una palabra vana, debe tener su raíz en la igualdad
moral é intelectual. ¿Esta igualdad sigue la misma progresión que la
igualdad política? ¿El pueblo está en el estado de cumplir los deberes
que son consecuencia de los derechos que para él se piden? ¿No hay
contradicción ninguna entre el estado social y el estado político á que
tienden las sociedades modernas? La igualdad política, la democracia,
¿no tiene algún obstáculo más poderoso que las preocupaciones, los
privilegios escritos y las bayonetas? Investiguémoslo.
Hemos dicho ya en la primera parte de este escrito que la igualdad
intelectual de los hombres está en razón inversa de su civilización;
hagamos algunas comparaciones para fijar más nuestras ideas sobre este
importante asunto.
Suprimamos algunos siglos en el tiempo ó algunos centenares de leguas
en el espacio. Allí están una piragua y un gran navío. ¿Qué diferencia
notamos entre los tripulantes de la primera? Apenas son perceptibles;
tal vez un poco más de vigor, de destreza..... en caso de necesidad
aquellos hombres pueden suplirse mutuamente sin que sufra trastorno la
dirección de la pequeña nave. Trasladémonos al navío: ¡qué distancia
del grumete al piloto! El uno es una especie de máquina que por el
resorte de la voz de mando sube ó baja, va á la derecha ó á la
izquierda; el otro sabe las leyes del mundo físico, determina los
movimientos de los astros; es una especie de encantador que á través de
las tempestades y de las tinieblas traza un camino por la inmensidad
de los mares, y le sigue sin vacilar y sin extraviarse. Probad, si os
parece, á sustituir este hombre con el otro, y pronto veréis á la nave
zozobrar entre escollos ó estrellarse contra las rocas.
Allí está un hombre que representa una farsa grotesca y á quien
desdeñosamente llamamos _histrión_. Si enferma, si muere, poca
dificultad habrá en que le sustituya otro de la compañía; cualquiera,
aunque sea el que está encargado de subir y bajar el telón. Y ¿cómo
reemplazar al artista, al gran artista de nuestros días, á ese mágico
que nos agita, que nos conmueve, que nos aterra, que nos electriza,
que nos tiene pendientes de su gesto, de su instrumento ó de su
voz, que nos hace sentir con su corazón y llorar con sus ojos? ¡Qué
diferencia entre esta privilegiada criatura y el comparsa que sale á
blandir maquinalmente una espada que no corta, ó lleva en sus manos un
instrumento que no suena!
En aquel pelotón de hombres armados hay un jefe algo más diestro y
valeroso que la mayor parte de los hombres que le siguen; pero si cae
no es difícil hallarle relevo: las maniobras de la pequeña hueste son
tan sencillas que hay pocos que no sean capaces de dirigirlas. Mirad
ese jefe de Estado Mayor, de artillería ó de ingenieros; ha pasado
su vida estudiando; es un sabio; tiene un papel delante y en la mano
un compás; medita profundamente: comparadle con el soldado que monda
patatas para el rancho.....
Mirad aquellos dos hombres que se dedican á una industria cualquiera;
el uno se llama oficial y el otro maestro, pero se echa de ver que
el maestro ha sido aprendiz y que el oficial podrá llegar á ser
maestro; éste no sabe la razón de la mayor parte de las cosas que
practica; aquél imita las que le ve hacer; pronto sabrá tanto como
él, pronto sabrá más acaso. Pero hé aquí que pasan unos cuantos
siglos, la industria se perfecciona, toma proporciones gigantescas,
y en vez de estar dominada por la rutina, viene á ser dirigida por
la ciencia. Entrad en esa inmensa fábrica. Ved centenares de hombres
haciendo cabezas de alfileres ó pulimentando mangos de cuchillos.
Su inteligencia para nada se necesita; el hábito hace que desempeñen
maquinalmente la tarea que les está encomendada. Siempre en la misma
postura, hacen siempre idénticos movimientos, ejercitan los mismos
músculos, pueden mirarse como otras tantas máquinas. Las facultades de
su alma se enervan, se extinguen por falta de ejercicio; su cuerpo se
desfigura, se debilita; un miembro adquiere un desarrollo anormal, y
los otros se extenúan en la inacción. ¿Qué es esto? ¿Cómo se consiente
que por sistema el hombre se degrade física y moralmente? ¿Qué
organización es la que exige para consolidarse el sacrificio de la
dignidad humana? ¡Qué queréis! La ciencia ha dicho que se hace mejor
lo que se hace siempre; la división de trabajo es una indispensable
condición del progreso de la industria, y el progreso de la industria
es la primera necesidad de un pueblo. Bien está: si la industria
reclama víctimas, arrojádselas; entréguensele miles de hombres para
que los convierta en máquinas. ¡Si al menos su obra fuera completa!
Pero esas máquinas sufren y hacen sufrir, son desdichadas y culpables.
Contemplad esas máquinas humanas, pequeños apéndices de los grandes
motores, y luego, dejando el taller, subid al despacho del ingeniero.
Mirad esa cabeza encanecida antes de tiempo por el estudio, esa frente
contraída por la meditación. Asombraos del caudal de conocimientos que
ese hombre posee, de la fácil seguridad con que ejecuta prodigios que
no comprendéis y se suceden ante vuestros pasmados ojos. ¿Y quién es
ese hombre que discurre con él gravemente y tiene el aire de discutir
un negocio de Estado, ese hombre que ha salido de un palacio, que ha
venido en coche, que habla de las naciones de Europa ó del mundo, y
de su ilustración y de sus recursos, que ha viajado, que posee un
capital inmenso? Es el dueño de la fábrica, una persona muy instruída,
muy inteligente, muy activa, porque la industria en grande escala, la
que hace tantos prodigios, necesita actividad, inteligencia y grandes
capitales, y como los necesita, los tiene, porque las sociedades
modernas no niegan á la industria nada, absolutamente nada de lo que
pide.
Mirad aquel hombre mugriento que presta sobre ropa vieja algunas cortas
cantidades, y á quien se da desdeñosamente el nombre de _usurero_;
ved ese otro, creación de las sociedades modernas, que brilla por su
fausto, que deslumbra por sus riquezas, que tiene talento é influencia
política; es un capitalista que presta al Rey ó al Gobierno, y recibe
en garantía una nación.
No hay por qué continuar estos paralelos: de lo dicho resulta bastante
claro que el dogma de la igualdad ha venido al mundo precisamente
cuando los hombres son más desiguales. Y no sólo las necesidades de la
industria y el estado social exigen de unos pocos grande instrucción é
inteligencia y embrutecen las masas, sino que, á medida que los pueblos
se han civilizado, los ricos son más ricos y los pobres más pobres.
¿Es éste el estado definitivo de la sociedad? No queremos creerlo,
pero es el estado actual. En los grandes centros industriales y las
ciudades populosas es cada día mayor la distancia que separa al rico,
cuyo lujo aumenta todos los días, del pobre, cada vez más amenazado
de la miseria extrema. ¿Qué decimos en las ciudades? En los campos se
alza el cultivador capitalista que aplica el vapor á la agricultura,
el ganadero opulento al lado del infeliz proletario que ha visto ó
verá en breve llegar el día en que no tenga un palmo de terreno común
en que pueda cortar un palo de leña, ó mantener una vaca, ni una
oveja. Sin entrar en discusiones que no son de este lugar sobre estos
fenómenos sociales, notemos solamente que se dice á los hombres:
_sois iguales_ cuando hay más diferencias en el desarrollo de sus
facultades intelectuales, en su fortuna y en sus goces; el lujo tiene
refinamientos, y la miseria angustias que no conocían las sociedades
menos civilizadas.
La democracia, al prescindir de la desigualdad social, no la destruye;
por el contrario, hace más fatales sus consecuencias, porque se arroja
sin precaución en brazos del peligro. A veces cae, ó se para, asombrada
de hallar obstáculos invencibles, de ver que de sus propias filas salen
tiros que la hieren, por no haber observado que la igualdad política
está muchas veces combatida por la desigualdad social.
La democracia adora ciegamente el becerro de oro. Está sedienta de
goces materiales, de riqueza, y se preocupa más de producirla que de su
distribución. Toma á veces medidas tan insensatas, tan poco en armonía
con el objeto que se propone, que no parece sino que ha resuelto
suicidarse con una disolución de oro.
El mundo marcha á la democracia; pero es bien que sepa los obstáculos
que ha de hallar en el camino para que se prepare á vencerlos; es bien
que no se lisonjee con facilidades que no existen. Cuando se sienta
como derecho un principio imposible de convertir en hecho, la lucha es
inevitable, la lucha con su siniestro acompañamiento de exageraciones,
de iras, de represalias. Las represalias en los combates materiales son
hombres que se sacrifican; en los del entendimiento, verdades que se
inmolan, errores que se enaltecen. Nuestros adversarios, ¿niegan una
verdad que sostenemos? Nosotros negaremos inmediatamente otra que ellos
afirman. ¿Se parapetan detrás de un error? Levantaremos otro enfrente
para guarecernos de sus tiros.
La democracia, como la aristocracia, como todas las instituciones
sociales, llama calumnias á las verdades que le dicen sus enemigos,
y justicia á las lisonjas de sus parciales. La democracia, que, como
empieza á ser poderosa, empieza á ser adulada y á tener pretensiones de
infalible, no siempre ve claro, ni escucha distintamente; y deslumbrada
por el brillo de sus triunfos, no echa de ver que amamanta en su seno
la desigualdad, contribuyendo á que tome proporciones alarmantes.
Cerniéndose en la región de las ideas, no teme que los hechos puedan
servirle de peligroso obstáculo.
CONCLUSIÓN.
Al terminar nuestro trabajo, no creemos dejar apurada la materia; pero
sí nos parece haber tocado los puntos de mayor interés y planteado los
problemas de más importancia que la igualdad ofrece. La cuestión está
erizada de dificultades, y no obstante, después de haberlas considerado
de cerca, no nos parecen tan insuperables. ¿Dependerá esto de que el
hombre se familiariza con todo, y el hábito le hace indiferente á la
vista del peligro que le aterraba, ó en que, realmente, apartando el
error y la pasión del problema de la igualdad, no hay en él nada que
deba alarmar ni exasperar á clase alguna? Esta última suposición nos
parece la verdadera; y así como el estudio de la Naturaleza convence
más y más de la sabiduría del Hacedor, al profundizar en el de la
sociedad se ve que si Dios consiente al hombre moverse conforme á
su albedrío en una ancha estera, no le abandona, y escribe en su
organización leyes eternas que le sirven de antorcha cuando los errores
obscurecen la luz de la verdad, y de dique cuando las pasiones se
desbordan.
Apartando de la cuestión todo lo que á ella han llevado el espíritu de
escuela y de partido, el interés y la cólera, ¿qué es lo que vemos en
ella?
La desigualdad de condiciones, que tiene su origen en la naturaleza y
su justificación en la necesidad.
El peligro de llevarla más allá de los límites necesarios, y como,
pasándolos, los sentimientos se pervierten y las razas se degradan.
La tendencia innata del hombre á reconocer la autoridad, á respetar la
jerarquía, á establecer el orden.
Lo absurdo de desplegar grande aparato de fuerza para establecer lo que
se establecería por sí solo.
La necesidad de la jerarquía, sin la cual no es posible la sociedad.
La imposibilidad de establecer la jerarquía natural; la conveniencia de
aproximarse á ella cuanto sea posible.
La injusticia de atribuir á la jerarquía más derechos de los que tiene,
suponiendo que puede pasar los límites que la razón y la humanidad le
imponen.
El error de creer que la igualdad ante la ley es la igualdad ante la
justicia, y el más fatal todavía de imaginar que la ventura está en
razón de la riqueza.
El peligro de dar voto al que no tiene opinión, y la imposibilidad de
que realmente pueda tomar parte en la formación de la ley el que tiene
su conciencia expuesta á las tentaciones de la miseria, y su razón á
las del error.
La imposibilidad de que sea beneficiosa para todos la ley hecha por
unos pocos.
El riesgo que la desigualdad aumentada por la civilización presenta á
la democracia.
Las facilidades que la igualdad ofrece á la medianía; los obstáculos
que opone á las altas concepciones del entendimiento; y, en fin, las
razones por las cuales debe considerarse que la igualdad es más bien
favorable que enemiga de la libertad.
Examinada la cuestión con imparcialidad, ¿no hay motivo para calmar
las iras de los de abajo y el desdén de los de arriba? ¿No se ven
claramente los límites puestos por la necesidad y la justicia, y que
nadie puede traspasar sin ser insensato ó perverso? ¿No se descubre
la profunda raíz de cosas que intentamos derribar por juzgarlas
someramente arraigadas, y el íntimo enlace de hechos que suponíamos
aislados? ¿No se percibe la razón de ser en muchos fenómenos que
aparecían como hijos del capricho ó de la iniquidad? ¿No nos sentimos
inclinados á creer alguna cosa que se nos presentaba como dudosa, á
dudar alguna que juzgábamos evidente? ¿No hemos modificado algo nuestro
modo de pensar ó de sentir? ¿No somos un poco más tolerantes con las
pretensiones de los que están más arriba ó más abajo, y con los errores
de todos? Después de haber estudiado el problema social de la igualdad,
¿no nos sentimos más fuertes para convencer, y con una mayor tolerancia
para ser convencidos?
No nos atrevemos á esperar que se impresione y modifique de este modo
el ánimo de los que hayan leído este escrito; pero consistirá en que
no hemos tratado el asunto como debía tratarse. ¡Dichoso el que,
colocándose á la altura que requiere, haga brillar la verdad con todo
su esplendor! ¡Dichoso el que desvanezca con irresistible lógica vanas
esperanzas y temores insensatos! ¡Dichoso el que arranque de raíz
tantos peligrosos sofismas, y dé al derecho tan ancha base que pueda
resistir las oleadas del error, del interés y de la cólera! ¡Dichoso
el que, viendo la cuestión de la igualdad por todas sus fases, pueda
mostrarla cual es, y sustituya á las prevenciones hostiles los afectos
benévolos! ¿Pero quién es bastante poderoso para conseguirlo, para
intentarlo siquiera?