pero su imperfección hace indispensable coartar su libertad en sus
relaciones con los otros, lo mismo como propietario que en cualquier
otro concepto. La libertad es un medio, no un objeto; es parte
integrante del sér racional, no todo; es un medio de llegar á la
armonía, no la armonía misma; es un elemento que no ha de sacrificarse
á otro, pero que no puede exigir que se le inmole ninguno. Proclamad
al propietario libre de hacer cuanto quiera de su propiedad, y la
sustraerá al pago de los tributos; opondrá con ella un insuperable
obstáculo á las obras públicas; sacrificará á los operarios con que
la beneficia, por la falta de higiene ó mezquindad de retribución;
depositará materias inflamables, sin precaución alguna, en el centro
de las ciudades; llevará el desenfreno del monopolio adonde no pueda
seguirle la concurrencia; alquilará casas inhabitables, coches donde
peligra la vida de los viajeros; venderá vino envenenado, trigo
averiado, pescado podrido, etc., etc. Todo esto y mucho más hará la
propiedad si se la deja hacer lo que quiere, y tanto como otra cosa, y
más que muchas, necesita estar sujeta á reglas: que sean justas es lo
que debe procurarse, porque pretender que no las necesita es desconocer
la naturaleza del propietario, es decir, del hombre.
Estas reglas no pueden ser fijas; lo que era imposible ayer, es
hacedero hoy y será insuficiente mañana: la cuestión es siempre
comprender bien la justicia y aplicarla á la propiedad como á las demás
cosas. Si no hay derecho á pasar un nivel sobre los propietarios,
despojando á los de arriba por favorecer á los de abajo, tampoco á
repartir los tributos de modo que pesen más sobre los que poseen menos,
ni á favorecer la acumulación con loterías, rifas y herencias que ni
estrechan los lazos de familia, antes á veces los aflojan, ni son ley
de la Naturaleza ni voluntad del testador. Sin salirse de las vías
de la justicia pueden tomarse muchas medidas para disminuir el poder
absorbente de la riqueza, que tiende á crecer, como la miseria, en
rápida progresión: fijándose bien en los males que consigo lleva la
excesiva desigualdad de fortunas, justo debe parecer disminuirla por
medios equitativos que no chocasen con los respetables sentimientos de
familia ni lastimaran los legítimos intereses.
Si es un anacronismo irrealizable convertir, en nombre de la igualdad,
al Estado en posesor único; si los que tal pretenden son verdaderos
retrógrados, tampoco podemos considerar como progreso el privar al
campesino del prado y del monte común, de modo que no pueda tener ya
vaca, oveja ni cerdo, y robe leña para cocer los alimentos y no morirse
de frío. ¿Qué medidas se toman contra los ataques á la propiedad hechos
en virtud de necesidades imperiosas y ocasiones continuas? ¿Dejarlos
impunes? Está mal. ¿Penarlos? No está bien; y en este caso, y en
otros muchos, resulta acrecentamiento de miseria y conflictos para la
conciencia y el orden, de lo que para muchos es el ideal en materia de
propiedad, á saber: que toda sea individual, sin que parte alguna quede
en común. No vayamos á buscar á los bosques de los celtas, los eslavos
y los germanos oráculos para la constitución de la propiedad; pero no
creamos tampoco que el Derecho romano es la Buena nueva, y que basta
anunciarla para regenerar económicamente á las naciones: el progreso
no es predominio exclusivo de un elemento cualquiera; tomemos de cada
civilización lo que tiene de humano, de general, de permanente, que es
lo único justo, y arrostremos la desdeñosa calificación de _eclécticos_
más bien que merecer la de exclusivos ó insensatos.
Si los que combaten las exageraciones de la propiedad individual no
exageraran á su vez, se habría adelantado más para la solución del
problema, porque suponerle resuelto nos parece ilusión peligrosa.
Hay que deplorar los obstáculos que opone el egoísmo ciego y la
inmoralidad y la ignorancia á que se aumente ni aun se conserve lo
poseído en común: el prado no se limpia ni se abona, el monte se tala,
el ferrocarril se administra mal, y cuando la comunidad no es bastante
moral é inteligente para ser justa, se la combate con ventaja, se
la expropia, y aun se la despoja en virtud de razones aparentes que
explotan otros egoísmos y otras inmoralidades. Cuando lo que es de
todos pretende utilizarlo cada uno, y no quiere cuidarlo nadie; cuando
hay muchos dispuestos á atacarlo con persistencia, y nadie á defenderlo
resueltamente; cuando los principales interesados en que se conserve,
y hasta donde sea posible se aumente, son débiles por falta de
inteligencia y no comprenden lo que les conviene ó no saben hacer valer
su derecho, los bienes comunes que favorecían la igualdad se acumularán
en pocas manos. Dadas estas circunstancias, el mal no podrá evitarse,
pero que al menos no se convierta en ideal, felicitando á la sociedad
porque tiene una desdicha más.
La lucha seguirá por mucho tiempo; esperemos que no será eterna entre
los que, sabiéndolo ó sin saberlo, favorecen la acumulación de la
propiedad, y los que pretenden que se distribuya más igualmente: pueden
contribuir las leyes á este último resultado; pero sobre que las leyes
son el reflejo de las ideas y de los sentimientos, no hay legislación,
cualquiera que ella sea, capaz de impedir la excesiva acumulación de la
propiedad en pueblos donde hay pocas virtudes y mucha ignorancia. Todas
las huelgas resueltas arbitrariamente por poderes niveladores; todos
los decretos socialistas, y todas las leyes agrarias, no impedirán
que sea miserable el ignorante desmoralizado y que cerca de él no
posea excesivas riquezas el inteligente que no repara en los medios
de acumularlas. ¿De qué le sirvieron á Esparta corrompida las leyes
de Licurgo, ni á Roma degradada las disposiciones igualitarias de sus
emperadores? En los Códigos había disposiciones favorables á la igual
distribución de la riqueza, en las plazas muchedumbres hambrientas y
en los palacios magnates cuyo lujo y repugnante glotonería han pasado
á la historia. Ahora, después y siempre acontecerá algo parecido,
porque la naturaleza del hombre no cambia esencialmente; y cuando
á los progresos materiales no siguen los morales é intelectuales
generalizados, la civilización da grandes medios para acumular riquezas
é impulsos irresistibles que lanzan á la miseria.
La igualdad no debe combatir á la propiedad que no traspasa los justos
límites, ni puede evitar que los pase sino elevando el nivel moral
é intelectual: la condición no es fácil de llenar, pero es aún más
difícil sustituirla por ninguna otra.
CAPÍTULO VIII.
DE LA ASOCIACIÓN Y DE LA IGUALDAD.
Es común emplear indistintamente la palabra _Asociación_ y la de
_Sociedad_ para expresar la reunión de personas que unen sus esfuerzos
con un fin dado y bajo una regla que admiten. Así vemos que se dice
Asociación de socorros mutuos, Asociación internacional, Sociedad de
San Vicente de Paúl, Sociedad para la reforma de las prisiones, etc.,
etc. Conviene, sin embargo, fijarse en que es un modo de expresarse
impropio, que la confusión de las palabras influye en la de las
cosas, y que el socialismo debe en parte sus progresos á confundir la
asociación con la sociedad: las esenciales diferencias que entre estas
dos existen creemos que pueden reducirse á tres:
1.ª En la Sociedad se reunen los hombres para todos los fines de la
vida; en la Asociación solamente para uno ó varios que al constituirla
determinan.
2.ª En la Asociación se entra y se sale voluntariamente, siendo el
asociado dueño de aceptar ó no sus condiciones y de separarse de ella
cuando no considera su marcha conforme al objeto que se propone, ó éste
ha dejado de parecerle útil ó justo: de la Sociedad formamos parte
queriéndolo ó sin quererlo, y aunque se dirija mal ó se extravíe,
no podemos separarnos de ella, ni aun dejar de contribuir en cierta
medida á darle medios para que realice los fines que reprobamos. ¿Qué
hará el que no esté conforme con la organización social de un país?
¿Irse á otro? De hecho es imposible que millones de hombres abandonen
la patria, y en la nueva habría también cosas con que no estuvieran
conformes y á las que tendrían que contribuir.
3.ª La Asociación puede arrojar de sí á los asociados que no cumplen
las condiciones pactadas, ó por cualquier motivo se hacen indignos de
pertenecer á ella; la sociedad tiene que conservar en su seno á los que
se ajustan á sus reglas, y á los que faltan á ellas, á los que son un
elemento de prosperidad, á los que son causa de ruina, á los que la
honran, á los que la avergüenzan, á todos. Los mismos criminales que
recluye no los arroja de sí, sino que les señala una manera especial de
existencia correspondiente á su manera de proceder especial también, y
sólo rechaza al corto número de los que suprime condenándolos á muerte.
Indicado este deslinde que nos pareció conveniente entre la Sociedad y
la Asociación, veamos si esta última es siempre favorable á la igualdad.
No hay que tener una ciega confianza en la asociación, ni suponerle
un poder infaliblemente curativo de ciertas llagas sociales; es un
poderoso instrumento, no cabe duda, pero que hace bien ó mal según el
modo de manejarle y el objeto conque se emplea: muchos ejemplos pueden
citarse, por desgracia, pasados y presentes, de asociaciones que no
se proponen un fin bueno, ó si lo es, pretenden llegar á él por malos
medios, y al lado de los que reunen los esfuerzos de los débiles se
ven los que combinan los medios de los poderosos para hacer su poder
irresistible.
Así, pues, en la igualdad racional, en la igualdad que se realiza
dentro de la justicia elevando á los de abajo, no rebajando á los
de arriba, ¿qué influencia ejercen las asociaciones? Según sean.
Toda asociación inmoral, ya por el objeto que se propone ó por los
medios que emplea, es contraria á la igualdad aunque la proclame y en
apariencia la favorezca.
Asociaciones hay que han alcanzado un buen fin por medios legítimos,
y no obstante pueden calificarse de perjudiciales y contrarias á la
igualdad por el abuso que de su gran poder han hecho: dada la miserable
condición humana, fuerza que no se equilibra, fuerza perturbadora;
y como no suele hallarse ordenada por la conciencia de los que la
ejercen, necesita otra enfrente que la contenga en sus justos límites.
Cualquiera que sea el fin que se proponga y los medios que emplee,
debe también reprobarse toda asociación que no vive á la luz del día
y cautelosamente se oculta: hoy, en la casi totalidad de los pueblos
cultos, no tienen razón de ser esos misterios, y asociación donde hay
secreto envuelve en él inmoralidad, daño grande, y puede decirse que es
antisocial. Con el secreto va la abdicación de la conciencia de los
asociados, que reciben en las tinieblas impulso para moverse, más como
máquinas que como personas; va como un depósito de materias explosivas
que detona á voluntad del que la tiene, tal vez, torcida por algún
fanatismo ciego ó interés vil. Dentro de la sociedad caben numerosas
asociaciones; pero aquellas donde hay secreto más bien que órganos
funcionando para contribuir á la salud, pueden considerarse como focos
purulentos que comprometen la vida.
Tal vez podría ser un buen medio de juzgar una asociación observar las
consecuencias de la igualdad entre sus miembros: si siendo iguales hay
en ellos armonía permanente sin severa disciplina, puede asegurarse
que se proponen un buen fin por buenos medios y no abusan de los que
tienen. Las asociaciones entre buenos prosperan tanto más, cuanto
ellos son más semejantes; en las que forman los perversos es fatal la
igualdad, la codicia se disputa la ganancia ó la presa, la vanidad
choca á impulsos de la envidia, y la ira sangrienta lanza á los crueles
unos contra otros. Entre los que son igualmente malos no hay paz sino
impuesta por el miedo de alguno que es peor, y entre los que sin
serlo hacen daño asociados no hay igualdad tampoco, sino jerarquías
omnipotentes y obediencias ciegas. Asociación sin secreto, en que hay
armonía permanente siendo los asociados iguales y libres, conocedores
y responsables de lo que hacen, puede decirse que es asociación
beneficiosa para la sociedad en cuyo seno vive; si no tiene estas
condiciones, hará daño, y mucho.
Difícil parece juzgar si hasta el presente la igualdad ha recibido
más mal que bien de la asociación: duda es muy fundada, y problema
histórico difícil de resolver; pero si con respecto á lo pasado el
ánimo se queda perplejo, por lo que hace al presente parece claro que
más veces es obstáculo que auxiliar de la igualdad la asociación.
¿Hay que renunciar á ella, que perseguirla, que matarla? No: no es
renunciable, ni mortal, sino inevitable y fecundo instrumento de
progreso y de vida, pero no inofensivo, y como esas grandes ruedas
motoras, da poderoso impulso, pero ¡ay de aquel á quien engancha
y voltea! Pone en comunicación instantánea los antípodas, perfora
montañas, abre istmos, generaliza verdades, consuela penas; pero
también las causa, también difunde el error, también paraliza muchos
movimientos vitales con sus aceradas y acaso invisibles redes, también
está impulsada á veces por el fanatismo y la codicia, también extravía
á los que había de guiar y abruma á los que debiera sostener.
No hay más medio de combatir las asociaciones perjudiciales que
oponerles las útiles; la influencia de la asociación no puede
neutralizarse sino con la asociación; y para que muchas igualdades que
se escriben no sean letra muerta; para que enfrente de colectividades
poderosas el individuo no sucumba, es necesario que se una á otro
y otros y muchos individuos, que se asocie en el derecho y por el
derecho contra los que intentan atacarle. La asociación es una fuerza
inmensa; ¿quién lo duda? Pero, como la locomotora, necesita carriles
y maquinista, las vías de la justicia de donde no pueda apartarse, la
mano de la inteligencia que regule sus movimientos; si no, se estrella
ó atropella, y aunque es posible que proclame la igualdad, es seguro
que no la sirve.
PARTE TERCERA.
De la igualdad considerada políticamente y en sus relaciones con la
libertad.
CAPÍTULO PRIMERO.
DE LA IGUALDAD SOCIAL Y DE LA IGUALDAD POLÍTICA.
Hemos visto cómo el máximum de la igualdad existe en los pueblos
salvajes; cómo á medida que los hombres se civilizan se van
diferenciando más y más, y cómo llega un momento en que la desigualdad
excede los justos límites, y si no se reacciona contra ella viene
indefectiblemente la decadencia ó la ruina. En los pueblos civilizados
y cristianos se verificó esta reacción[4]; las trabas, los privilegios,
han desaparecido ó van desapareciendo; las clases no se inmovilizan
ni se cierran; por la escala social pueden subir todos los que pongan
en ella pie firme y mano robusta, y al que está arriba no se le arroja
porque venga de muy abajo, ni aun se le pregunta de dónde salió. Al ver
á tantos como se han elevado por su actividad, por su inteligencia,
por su valor ó por su fortuna; cómo van desapareciendo de las leyes
y de las costumbres barreras insuperables; cómo tiene coche el que
anduvo con los pies descalzos, y es diputado, ministro, duque, el
hijo de un artesano, los amigos de la igualdad tal vez la saluden
alegres suponiendo que su reino llega y que impera sin excepción y sin
obstáculo.
[4] En Rusia se está verificando.
La conclusión carecería de exactitud; se marcha hacia la igualdad, es
cierto; pero, lejos de haber llegado á ella, estamos en un momento
histórico en que las diferencias han llegado á un límite que no
alcanzaron nunca, y de poco sirve que por escrito se nieguen ó se
borren de los códigos si están en los hechos y viven en las entrañas de
la sociedad. ¿Cuándo tuvo el magnate refinamientos de lujo, comodidades
sibaríticas que contrastasen con la miseria tanto como hoy? ¿Cuando la
virtud triunfó de tantos halagos y tentaciones, ni la maldad empleó
medios tan eficaces y horrendos para hacer daño? ¿Cuándo la dignidad
y la belleza brilló como entre esas masas abyectas y deformes que la
concurrencia, la división de trabajo, el alcohol y la prostitución
desfigura y degrada? ¿Cuándo estuvieron tan lejos las eminencias del
saber y los que nada saben? Nunca: hay que verlo claro y decirlo
resueltamente: el mal, si no es irremediable, es positivo, grave, y no
pequeño el error y el peligro de predicar la igualdad política y tratar
de realizarla prescindiendo de diferencias tan radicales. Vivimos en
una sociedad que lleva en su seno desigualdades de tal magnitud y
extensión, que no pueden armonizarse con doctrinas, escuelas, partidos
y leyes que establecen la igualdad, y han de resultar decepciones,
choques y conflictos continuos de la contradicción entre las ideas, los
códigos y los hechos.
Es cierto que hoy (en muchos países, al menos) ningún privilegio
vincula la riqueza en una clase; ninguna ley escrita se opone á que
todos lleguen al poder y á la fortuna; pero ¿no hay mucho de ilusorio
y de mentido en estas facilidades? Si la gleba tuvo siervos, también
la industria los tiene, y el niño que trabaja antes de tener fuerzas,
que tiene vicios antes de tener pasiones, que vive en una atmósfera
infecta física y moralmente, en su ignorancia y en su degradación,
lleva la ley de raza que le condena á una condición servil. Y de estas
criaturas hay miles y millones en fábricas, en minas, en talleres, ó
viviendo en los campos entre los animales y poco menos embrutecidos que
ellos, ó de mendicidad por los caminos, ó de no se sabe qué por calles
y plazas. ¿Acaso pueden los códigos ni las constituciones nivelar
semejantes abismos sociales, ni subir á grande altura á los que han
nacido en ellos? ¿Qué es la libertad en que se los deja para que se
eleven, la igualdad que se les predica? Todo será menos una idea que
puedan realizar en bien suyo y de la sociedad. Alguna criatura de esas
que tienen en si fuerza superior á todos los obstáculos, aprovechará su
aptitud legal para elevarse algo, mucho, tal vez hasta la cima; pero
esto no es posible sino por excepción rara, y la regla será que no
basta promulgar la igualdad y la libertad para destruir desigualdades
esenciales y servidumbres degradantes. Que hoy existen estas
desigualdades y estas servidumbres, se ve con sólo abrir los ojos, y
que las causas que las producen son generales y profundas también se
comprende sin estudio muy detenido. Esta sociedad en que se dice á los
hombres que todos son iguales, que deben disfrutar sin condición de
todos los derechos políticos, está organizada de modo que hay en ella
desigualdades permanentes, esenciales, no de individuos, sino de masas,
ó lo que es lo mismo, causas de perturbación constante en la existencia
de elementos contradictorios y poderosos que chocan entre sí.
_Todos elegibles y todos electores_: esta es la fórmula de la igualdad
política, el ideal de la democracia, y sería el nuestro si en razón ó
justicia todos tuvieran aptitud para ser elegidos y para elegir.
La política parece que es alguna cosa fácil que cualquiera puede
saber, ó ciencia infusa congénita en los predestinados, ó misterioso
conocimiento que se comunica al ungido con una credencial ó una acta
por la voluntad del pueblo ó del rey. No se proclama la igualdad para
el ejercicio de ninguna profesión; con título ó sin él, se quiere que
el médico sepa medicina, leyes el abogado, ciencias exactas, físicas
y sus necesarias aplicaciones el ingeniero; no se permite que nadie
sin estudios previos cure á una vaca ó á un caballo, y para poner la
mano en las llagas sociales, para influir directa y poderosamente en
la prosperidad, en la moralidad, en la honra de un país; para estar al
frente de una provincia, de un centro directivo; para ser embajador,
senador, ministro ó diputado, no se exige garantía alguna intelectual,
ni moral, y sin ciencia y sin experiencia se administra, se gobierna y
se manda.
Dicen que la política todo lo invade, lo trastorna y lo mancha; pero
no se notan bastante los elementos de anarquía que lleva en su seno
una política que da acceso á los puestos más importantes como se da
entrada en los teatros sin más que enseñar un billete que se llama
credencial. De este modo no hay ineptitud que no se habilite, medianía
que no se aliente, inmoralidad que no se estimule, ambición bastarda
que no se justifique, ni desorden sin excusa, ni escándalo que no tenga
precedentes. En la política, por la política y para la política se
cometen indignidades que avergonzarían fuera de ella, y para elevarse
ó sostenerse hacen los hombres políticos cosas que no harían en su
propiedad como propietarios, en el ejército como militares, en las
obras como ingenieros, á la cabecera del enfermo como médicos, en los
tribunales como jueces, ni aun en el foro como abogados.
Y ¿qué es la política ante la cual todos son iguales y que admite
servidores y oráculos sin condición alguna? ¿Es alguna cosa de
poca importancia ó de influencia pasajera que brilla ó escandaliza
momentáneamente, sin llegar con su beneficio ó su daño á las entrañas
de la sociedad? No, por desgracia. La política administra, organiza los
servicios del Estado y dispone las condiciones que han de tener los que
han de prestarlos. La política nombra al empleado probo é inteligente,
ó al incapaz venal y defraudador de la Hacienda; la política pone la
correspondencia pública en manos diligentes y honradas, ó torpes y
rapaces; la política premia la lealtad y el valor, ó los posterga á
la traición vil ó cruel; la política protege y honra á la ciencia, ó
procura escarnecerla y la persigue; la política envía á los desvalidos,
representantes del Estado, que los socorren ó que los explotan; la
política pide con parsimonia soldados y dinero, ó es pródiga de los
bienes del pueblo que empobrece y de la sangre de los hombres que
sacrifica; la política aplica los recursos del Estado adonde son
útiles, ó perjudiciales, y patrocina la ignorancia, ó difunde la
instrucción; la política pone coto al crimen, ó le alienta con la
impunidad y tal vez le premia; la política promulga leyes buenas
y malas, las respeta ó las infringe. Todas estas cosas realiza la
política, según es ignorante ó ilustrada, inmoral ó equitativa, y ya se
ve su importancia inmensa. El que, viendo el giro que toma, dice que
_no quiere meterse en política_ y se aleja totalmente de ella, tal vez
no piensa en la gravedad de su determinación y todo lo que abandona á
los que reprueba y pone en manos que no le parecen puras.
Pero la política no se hace sola; obra es de los hombres, y no puede
ser indiferente para ella las condiciones que impone á los que admite
y el poder que les da. Atendidas las ideas y sentimientos, el modo de
ser de los pueblos hoy, aun de los más cultos, la política no puede
ser la fase mejor de un país moralmente considerado, y si es posible
que se purgue de todas sus impurezas, ese día no llegó, y, según todas
las apariencias, está muy lejos aún. La política internacional es la
_diplomacia_, sinónimo de astucia, de engaño, de abuso hipócrita de la
fuerza, de abandono del amigo leal, de alianza con el enemigo odioso,
todo á impulso de pasiones ciegas ó cálculos egoístas. La política
nacional no se sustrae tan cínicamente á toda ley equitativa, no
proclama tan alto la omnipotencia de su poder, ni se cree tan desligada
de la justicia; pero no deja por eso de asestarle terribles golpes.
Debe reconocerse que una parte del mal (más ó menos, según los países)
es inevitable, pero que otra podía minorarse, y que si la política
será siempre ó por mucho tiempo la esfera menos diáfana y elevada en
que gire la actividad de un pueblo, algo puede purificarse modificando
una organización, ó más bien una anarquía, que con aparente igualdad
establece el privilegio para la ignorancia atrevida y poco escrupulosa.
El primer bien de suprimir esta anarquía sería limitar la esfera de
acción de la política y, por consiguiente, sus medios de perturbación.
Si en vez de esa igualdad anárquica que incondicionalmente da acceso
á la casi totalidad de los cargos públicos se impusieran condiciones
de ingreso y de ascenso, y una razonable jerarquía, organizando la
Administración, se purificaría en cuanto es posible la política. Uno
de los más poderosos elementos que la corrompen es la facultad de
recompensar á los que emplea, y de seducir la ambición ó la pobreza con
la perspectiva de un cambio ventajoso. Quitad á la política ese campo
de igualdad anárquica donde crecen tantas malas hierbas; quitadle el
poder de dar destinos, y pondréis coto á su inmoralidad poniéndole á
su poder. Medios corruptores tendrá todavía, pero se limitarán mucho
con una jerarquía fuerte en la Administración, donde no puede quitar y
poner, ni aun trasladar á su antojo.
Si la política que manda hallara un obstáculo á sus desmanes en el
orden jerárquico administrativo, la política que aspira á mandar se
moralizaría también; si los que conspiran no ofreciesen destinos y
empleos y pudieran darlos el día en que triunfen, tendrían menos
secuaces y más honrados.
Aun para los cargos puramente políticos no deberían ser todos
igualmente elegibles y nombrables. Ya que no se pueda evitar, por ahora
al menos, que el nuevo ministro nombre nuevos gobernadores, siquiera
que tenga que nombrarlos entre personas con ciertas condiciones de
ciencia y de experiencia, y que se necesitasen también para formar
parte del gobierno y de la representación nacional.