Si el hombre fuera perfecto, sería justo nada más que con ser libre;

pero su imperfección hace indispensable coartar su libertad en sus

relaciones con los otros, lo mismo como propietario que en cualquier

otro concepto. La libertad es un medio, no un objeto; es parte

integrante del sér racional, no todo; es un medio de llegar á la

armonía, no la armonía misma; es un elemento que no ha de sacrificarse

á otro, pero que no puede exigir que se le inmole ninguno. Proclamad

al propietario libre de hacer cuanto quiera de su propiedad, y la

sustraerá al pago de los tributos; opondrá con ella un insuperable

obstáculo á las obras públicas; sacrificará á los operarios con que

la beneficia, por la falta de higiene ó mezquindad de retribución;

depositará materias inflamables, sin precaución alguna, en el centro

de las ciudades; llevará el desenfreno del monopolio adonde no pueda

seguirle la concurrencia; alquilará casas inhabitables, coches donde

peligra la vida de los viajeros; venderá vino envenenado, trigo

averiado, pescado podrido, etc., etc. Todo esto y mucho más hará la

propiedad si se la deja hacer lo que quiere, y tanto como otra cosa, y

más que muchas, necesita estar sujeta á reglas: que sean justas es lo

que debe procurarse, porque pretender que no las necesita es desconocer

la naturaleza del propietario, es decir, del hombre.

Estas reglas no pueden ser fijas; lo que era imposible ayer, es

hacedero hoy y será insuficiente mañana: la cuestión es siempre

comprender bien la justicia y aplicarla á la propiedad como á las demás

cosas. Si no hay derecho á pasar un nivel sobre los propietarios,

despojando á los de arriba por favorecer á los de abajo, tampoco á

repartir los tributos de modo que pesen más sobre los que poseen menos,

ni á favorecer la acumulación con loterías, rifas y herencias que ni

estrechan los lazos de familia, antes á veces los aflojan, ni son ley

de la Naturaleza ni voluntad del testador. Sin salirse de las vías

de la justicia pueden tomarse muchas medidas para disminuir el poder

absorbente de la riqueza, que tiende á crecer, como la miseria, en

rápida progresión: fijándose bien en los males que consigo lleva la

excesiva desigualdad de fortunas, justo debe parecer disminuirla por

medios equitativos que no chocasen con los respetables sentimientos de

familia ni lastimaran los legítimos intereses.

Si es un anacronismo irrealizable convertir, en nombre de la igualdad,

al Estado en posesor único; si los que tal pretenden son verdaderos

retrógrados, tampoco podemos considerar como progreso el privar al

campesino del prado y del monte común, de modo que no pueda tener ya

vaca, oveja ni cerdo, y robe leña para cocer los alimentos y no morirse

de frío. ¿Qué medidas se toman contra los ataques á la propiedad hechos

en virtud de necesidades imperiosas y ocasiones continuas? ¿Dejarlos

impunes? Está mal. ¿Penarlos? No está bien; y en este caso, y en

otros muchos, resulta acrecentamiento de miseria y conflictos para la

conciencia y el orden, de lo que para muchos es el ideal en materia de

propiedad, á saber: que toda sea individual, sin que parte alguna quede

en común. No vayamos á buscar á los bosques de los celtas, los eslavos

y los germanos oráculos para la constitución de la propiedad; pero no

creamos tampoco que el Derecho romano es la Buena nueva, y que basta

anunciarla para regenerar económicamente á las naciones: el progreso

no es predominio exclusivo de un elemento cualquiera; tomemos de cada

civilización lo que tiene de humano, de general, de permanente, que es

lo único justo, y arrostremos la desdeñosa calificación de _eclécticos_

más bien que merecer la de exclusivos ó insensatos.

Si los que combaten las exageraciones de la propiedad individual no

exageraran á su vez, se habría adelantado más para la solución del

problema, porque suponerle resuelto nos parece ilusión peligrosa.

Hay que deplorar los obstáculos que opone el egoísmo ciego y la

inmoralidad y la ignorancia á que se aumente ni aun se conserve lo

poseído en común: el prado no se limpia ni se abona, el monte se tala,

el ferrocarril se administra mal, y cuando la comunidad no es bastante

moral é inteligente para ser justa, se la combate con ventaja, se

la expropia, y aun se la despoja en virtud de razones aparentes que

explotan otros egoísmos y otras inmoralidades. Cuando lo que es de

todos pretende utilizarlo cada uno, y no quiere cuidarlo nadie; cuando

hay muchos dispuestos á atacarlo con persistencia, y nadie á defenderlo

resueltamente; cuando los principales interesados en que se conserve,

y hasta donde sea posible se aumente, son débiles por falta de

inteligencia y no comprenden lo que les conviene ó no saben hacer valer

su derecho, los bienes comunes que favorecían la igualdad se acumularán

en pocas manos. Dadas estas circunstancias, el mal no podrá evitarse,

pero que al menos no se convierta en ideal, felicitando á la sociedad

porque tiene una desdicha más.

La lucha seguirá por mucho tiempo; esperemos que no será eterna entre

los que, sabiéndolo ó sin saberlo, favorecen la acumulación de la

propiedad, y los que pretenden que se distribuya más igualmente: pueden

contribuir las leyes á este último resultado; pero sobre que las leyes

son el reflejo de las ideas y de los sentimientos, no hay legislación,

cualquiera que ella sea, capaz de impedir la excesiva acumulación de la

propiedad en pueblos donde hay pocas virtudes y mucha ignorancia. Todas

las huelgas resueltas arbitrariamente por poderes niveladores; todos

los decretos socialistas, y todas las leyes agrarias, no impedirán

que sea miserable el ignorante desmoralizado y que cerca de él no

posea excesivas riquezas el inteligente que no repara en los medios

de acumularlas. ¿De qué le sirvieron á Esparta corrompida las leyes

de Licurgo, ni á Roma degradada las disposiciones igualitarias de sus

emperadores? En los Códigos había disposiciones favorables á la igual

distribución de la riqueza, en las plazas muchedumbres hambrientas y

en los palacios magnates cuyo lujo y repugnante glotonería han pasado

á la historia. Ahora, después y siempre acontecerá algo parecido,

porque la naturaleza del hombre no cambia esencialmente; y cuando

á los progresos materiales no siguen los morales é intelectuales

generalizados, la civilización da grandes medios para acumular riquezas

é impulsos irresistibles que lanzan á la miseria.

La igualdad no debe combatir á la propiedad que no traspasa los justos

límites, ni puede evitar que los pase sino elevando el nivel moral

é intelectual: la condición no es fácil de llenar, pero es aún más

difícil sustituirla por ninguna otra.

CAPÍTULO VIII.

DE LA ASOCIACIÓN Y DE LA IGUALDAD.

Es común emplear indistintamente la palabra _Asociación_ y la de

_Sociedad_ para expresar la reunión de personas que unen sus esfuerzos

con un fin dado y bajo una regla que admiten. Así vemos que se dice

Asociación de socorros mutuos, Asociación internacional, Sociedad de

San Vicente de Paúl, Sociedad para la reforma de las prisiones, etc.,

etc. Conviene, sin embargo, fijarse en que es un modo de expresarse

impropio, que la confusión de las palabras influye en la de las

cosas, y que el socialismo debe en parte sus progresos á confundir la

asociación con la sociedad: las esenciales diferencias que entre estas

dos existen creemos que pueden reducirse á tres:

1.ª En la Sociedad se reunen los hombres para todos los fines de la

vida; en la Asociación solamente para uno ó varios que al constituirla

determinan.

2.ª En la Asociación se entra y se sale voluntariamente, siendo el

asociado dueño de aceptar ó no sus condiciones y de separarse de ella

cuando no considera su marcha conforme al objeto que se propone, ó éste

ha dejado de parecerle útil ó justo: de la Sociedad formamos parte

queriéndolo ó sin quererlo, y aunque se dirija mal ó se extravíe,

no podemos separarnos de ella, ni aun dejar de contribuir en cierta

medida á darle medios para que realice los fines que reprobamos. ¿Qué

hará el que no esté conforme con la organización social de un país?

¿Irse á otro? De hecho es imposible que millones de hombres abandonen

la patria, y en la nueva habría también cosas con que no estuvieran

conformes y á las que tendrían que contribuir.

3.ª La Asociación puede arrojar de sí á los asociados que no cumplen

las condiciones pactadas, ó por cualquier motivo se hacen indignos de

pertenecer á ella; la sociedad tiene que conservar en su seno á los que

se ajustan á sus reglas, y á los que faltan á ellas, á los que son un

elemento de prosperidad, á los que son causa de ruina, á los que la

honran, á los que la avergüenzan, á todos. Los mismos criminales que

recluye no los arroja de sí, sino que les señala una manera especial de

existencia correspondiente á su manera de proceder especial también, y

sólo rechaza al corto número de los que suprime condenándolos á muerte.

Indicado este deslinde que nos pareció conveniente entre la Sociedad y

la Asociación, veamos si esta última es siempre favorable á la igualdad.

No hay que tener una ciega confianza en la asociación, ni suponerle

un poder infaliblemente curativo de ciertas llagas sociales; es un

poderoso instrumento, no cabe duda, pero que hace bien ó mal según el

modo de manejarle y el objeto conque se emplea: muchos ejemplos pueden

citarse, por desgracia, pasados y presentes, de asociaciones que no

se proponen un fin bueno, ó si lo es, pretenden llegar á él por malos

medios, y al lado de los que reunen los esfuerzos de los débiles se

ven los que combinan los medios de los poderosos para hacer su poder

irresistible.

Así, pues, en la igualdad racional, en la igualdad que se realiza

dentro de la justicia elevando á los de abajo, no rebajando á los

de arriba, ¿qué influencia ejercen las asociaciones? Según sean.

Toda asociación inmoral, ya por el objeto que se propone ó por los

medios que emplea, es contraria á la igualdad aunque la proclame y en

apariencia la favorezca.

Asociaciones hay que han alcanzado un buen fin por medios legítimos,

y no obstante pueden calificarse de perjudiciales y contrarias á la

igualdad por el abuso que de su gran poder han hecho: dada la miserable

condición humana, fuerza que no se equilibra, fuerza perturbadora;

y como no suele hallarse ordenada por la conciencia de los que la

ejercen, necesita otra enfrente que la contenga en sus justos límites.

Cualquiera que sea el fin que se proponga y los medios que emplee,

debe también reprobarse toda asociación que no vive á la luz del día

y cautelosamente se oculta: hoy, en la casi totalidad de los pueblos

cultos, no tienen razón de ser esos misterios, y asociación donde hay

secreto envuelve en él inmoralidad, daño grande, y puede decirse que es

antisocial. Con el secreto va la abdicación de la conciencia de los

asociados, que reciben en las tinieblas impulso para moverse, más como

máquinas que como personas; va como un depósito de materias explosivas

que detona á voluntad del que la tiene, tal vez, torcida por algún

fanatismo ciego ó interés vil. Dentro de la sociedad caben numerosas

asociaciones; pero aquellas donde hay secreto más bien que órganos

funcionando para contribuir á la salud, pueden considerarse como focos

purulentos que comprometen la vida.

Tal vez podría ser un buen medio de juzgar una asociación observar las

consecuencias de la igualdad entre sus miembros: si siendo iguales hay

en ellos armonía permanente sin severa disciplina, puede asegurarse

que se proponen un buen fin por buenos medios y no abusan de los que

tienen. Las asociaciones entre buenos prosperan tanto más, cuanto

ellos son más semejantes; en las que forman los perversos es fatal la

igualdad, la codicia se disputa la ganancia ó la presa, la vanidad

choca á impulsos de la envidia, y la ira sangrienta lanza á los crueles

unos contra otros. Entre los que son igualmente malos no hay paz sino

impuesta por el miedo de alguno que es peor, y entre los que sin

serlo hacen daño asociados no hay igualdad tampoco, sino jerarquías

omnipotentes y obediencias ciegas. Asociación sin secreto, en que hay

armonía permanente siendo los asociados iguales y libres, conocedores

y responsables de lo que hacen, puede decirse que es asociación

beneficiosa para la sociedad en cuyo seno vive; si no tiene estas

condiciones, hará daño, y mucho.

Difícil parece juzgar si hasta el presente la igualdad ha recibido

más mal que bien de la asociación: duda es muy fundada, y problema

histórico difícil de resolver; pero si con respecto á lo pasado el

ánimo se queda perplejo, por lo que hace al presente parece claro que

más veces es obstáculo que auxiliar de la igualdad la asociación.

¿Hay que renunciar á ella, que perseguirla, que matarla? No: no es

renunciable, ni mortal, sino inevitable y fecundo instrumento de

progreso y de vida, pero no inofensivo, y como esas grandes ruedas

motoras, da poderoso impulso, pero ¡ay de aquel á quien engancha

y voltea! Pone en comunicación instantánea los antípodas, perfora

montañas, abre istmos, generaliza verdades, consuela penas; pero

también las causa, también difunde el error, también paraliza muchos

movimientos vitales con sus aceradas y acaso invisibles redes, también

está impulsada á veces por el fanatismo y la codicia, también extravía

á los que había de guiar y abruma á los que debiera sostener.

No hay más medio de combatir las asociaciones perjudiciales que

oponerles las útiles; la influencia de la asociación no puede

neutralizarse sino con la asociación; y para que muchas igualdades que

se escriben no sean letra muerta; para que enfrente de colectividades

poderosas el individuo no sucumba, es necesario que se una á otro

y otros y muchos individuos, que se asocie en el derecho y por el

derecho contra los que intentan atacarle. La asociación es una fuerza

inmensa; ¿quién lo duda? Pero, como la locomotora, necesita carriles

y maquinista, las vías de la justicia de donde no pueda apartarse, la

mano de la inteligencia que regule sus movimientos; si no, se estrella

ó atropella, y aunque es posible que proclame la igualdad, es seguro

que no la sirve.

PARTE TERCERA.

De la igualdad considerada políticamente y en sus relaciones con la

libertad.

CAPÍTULO PRIMERO.

DE LA IGUALDAD SOCIAL Y DE LA IGUALDAD POLÍTICA.

Hemos visto cómo el máximum de la igualdad existe en los pueblos

salvajes; cómo á medida que los hombres se civilizan se van

diferenciando más y más, y cómo llega un momento en que la desigualdad

excede los justos límites, y si no se reacciona contra ella viene

indefectiblemente la decadencia ó la ruina. En los pueblos civilizados

y cristianos se verificó esta reacción[4]; las trabas, los privilegios,

han desaparecido ó van desapareciendo; las clases no se inmovilizan

ni se cierran; por la escala social pueden subir todos los que pongan

en ella pie firme y mano robusta, y al que está arriba no se le arroja

porque venga de muy abajo, ni aun se le pregunta de dónde salió. Al ver

á tantos como se han elevado por su actividad, por su inteligencia,

por su valor ó por su fortuna; cómo van desapareciendo de las leyes

y de las costumbres barreras insuperables; cómo tiene coche el que

anduvo con los pies descalzos, y es diputado, ministro, duque, el

hijo de un artesano, los amigos de la igualdad tal vez la saluden

alegres suponiendo que su reino llega y que impera sin excepción y sin

obstáculo.

[4] En Rusia se está verificando.

La conclusión carecería de exactitud; se marcha hacia la igualdad, es

cierto; pero, lejos de haber llegado á ella, estamos en un momento

histórico en que las diferencias han llegado á un límite que no

alcanzaron nunca, y de poco sirve que por escrito se nieguen ó se

borren de los códigos si están en los hechos y viven en las entrañas de

la sociedad. ¿Cuándo tuvo el magnate refinamientos de lujo, comodidades

sibaríticas que contrastasen con la miseria tanto como hoy? ¿Cuando la

virtud triunfó de tantos halagos y tentaciones, ni la maldad empleó

medios tan eficaces y horrendos para hacer daño? ¿Cuándo la dignidad

y la belleza brilló como entre esas masas abyectas y deformes que la

concurrencia, la división de trabajo, el alcohol y la prostitución

desfigura y degrada? ¿Cuándo estuvieron tan lejos las eminencias del

saber y los que nada saben? Nunca: hay que verlo claro y decirlo

resueltamente: el mal, si no es irremediable, es positivo, grave, y no

pequeño el error y el peligro de predicar la igualdad política y tratar

de realizarla prescindiendo de diferencias tan radicales. Vivimos en

una sociedad que lleva en su seno desigualdades de tal magnitud y

extensión, que no pueden armonizarse con doctrinas, escuelas, partidos

y leyes que establecen la igualdad, y han de resultar decepciones,

choques y conflictos continuos de la contradicción entre las ideas, los

códigos y los hechos.

Es cierto que hoy (en muchos países, al menos) ningún privilegio

vincula la riqueza en una clase; ninguna ley escrita se opone á que

todos lleguen al poder y á la fortuna; pero ¿no hay mucho de ilusorio

y de mentido en estas facilidades? Si la gleba tuvo siervos, también

la industria los tiene, y el niño que trabaja antes de tener fuerzas,

que tiene vicios antes de tener pasiones, que vive en una atmósfera

infecta física y moralmente, en su ignorancia y en su degradación,

lleva la ley de raza que le condena á una condición servil. Y de estas

criaturas hay miles y millones en fábricas, en minas, en talleres, ó

viviendo en los campos entre los animales y poco menos embrutecidos que

ellos, ó de mendicidad por los caminos, ó de no se sabe qué por calles

y plazas. ¿Acaso pueden los códigos ni las constituciones nivelar

semejantes abismos sociales, ni subir á grande altura á los que han

nacido en ellos? ¿Qué es la libertad en que se los deja para que se

eleven, la igualdad que se les predica? Todo será menos una idea que

puedan realizar en bien suyo y de la sociedad. Alguna criatura de esas

que tienen en si fuerza superior á todos los obstáculos, aprovechará su

aptitud legal para elevarse algo, mucho, tal vez hasta la cima; pero

esto no es posible sino por excepción rara, y la regla será que no

basta promulgar la igualdad y la libertad para destruir desigualdades

esenciales y servidumbres degradantes. Que hoy existen estas

desigualdades y estas servidumbres, se ve con sólo abrir los ojos, y

que las causas que las producen son generales y profundas también se

comprende sin estudio muy detenido. Esta sociedad en que se dice á los

hombres que todos son iguales, que deben disfrutar sin condición de

todos los derechos políticos, está organizada de modo que hay en ella

desigualdades permanentes, esenciales, no de individuos, sino de masas,

ó lo que es lo mismo, causas de perturbación constante en la existencia

de elementos contradictorios y poderosos que chocan entre sí.

_Todos elegibles y todos electores_: esta es la fórmula de la igualdad

política, el ideal de la democracia, y sería el nuestro si en razón ó

justicia todos tuvieran aptitud para ser elegidos y para elegir.

La política parece que es alguna cosa fácil que cualquiera puede

saber, ó ciencia infusa congénita en los predestinados, ó misterioso

conocimiento que se comunica al ungido con una credencial ó una acta

por la voluntad del pueblo ó del rey. No se proclama la igualdad para

el ejercicio de ninguna profesión; con título ó sin él, se quiere que

el médico sepa medicina, leyes el abogado, ciencias exactas, físicas

y sus necesarias aplicaciones el ingeniero; no se permite que nadie

sin estudios previos cure á una vaca ó á un caballo, y para poner la

mano en las llagas sociales, para influir directa y poderosamente en

la prosperidad, en la moralidad, en la honra de un país; para estar al

frente de una provincia, de un centro directivo; para ser embajador,

senador, ministro ó diputado, no se exige garantía alguna intelectual,

ni moral, y sin ciencia y sin experiencia se administra, se gobierna y

se manda.

Dicen que la política todo lo invade, lo trastorna y lo mancha; pero

no se notan bastante los elementos de anarquía que lleva en su seno

una política que da acceso á los puestos más importantes como se da

entrada en los teatros sin más que enseñar un billete que se llama

credencial. De este modo no hay ineptitud que no se habilite, medianía

que no se aliente, inmoralidad que no se estimule, ambición bastarda

que no se justifique, ni desorden sin excusa, ni escándalo que no tenga

precedentes. En la política, por la política y para la política se

cometen indignidades que avergonzarían fuera de ella, y para elevarse

ó sostenerse hacen los hombres políticos cosas que no harían en su

propiedad como propietarios, en el ejército como militares, en las

obras como ingenieros, á la cabecera del enfermo como médicos, en los

tribunales como jueces, ni aun en el foro como abogados.

Y ¿qué es la política ante la cual todos son iguales y que admite

servidores y oráculos sin condición alguna? ¿Es alguna cosa de

poca importancia ó de influencia pasajera que brilla ó escandaliza

momentáneamente, sin llegar con su beneficio ó su daño á las entrañas

de la sociedad? No, por desgracia. La política administra, organiza los

servicios del Estado y dispone las condiciones que han de tener los que

han de prestarlos. La política nombra al empleado probo é inteligente,

ó al incapaz venal y defraudador de la Hacienda; la política pone la

correspondencia pública en manos diligentes y honradas, ó torpes y

rapaces; la política premia la lealtad y el valor, ó los posterga á

la traición vil ó cruel; la política protege y honra á la ciencia, ó

procura escarnecerla y la persigue; la política envía á los desvalidos,

representantes del Estado, que los socorren ó que los explotan; la

política pide con parsimonia soldados y dinero, ó es pródiga de los

bienes del pueblo que empobrece y de la sangre de los hombres que

sacrifica; la política aplica los recursos del Estado adonde son

útiles, ó perjudiciales, y patrocina la ignorancia, ó difunde la

instrucción; la política pone coto al crimen, ó le alienta con la

impunidad y tal vez le premia; la política promulga leyes buenas

y malas, las respeta ó las infringe. Todas estas cosas realiza la

política, según es ignorante ó ilustrada, inmoral ó equitativa, y ya se

ve su importancia inmensa. El que, viendo el giro que toma, dice que

_no quiere meterse en política_ y se aleja totalmente de ella, tal vez

no piensa en la gravedad de su determinación y todo lo que abandona á

los que reprueba y pone en manos que no le parecen puras.

Pero la política no se hace sola; obra es de los hombres, y no puede

ser indiferente para ella las condiciones que impone á los que admite

y el poder que les da. Atendidas las ideas y sentimientos, el modo de

ser de los pueblos hoy, aun de los más cultos, la política no puede

ser la fase mejor de un país moralmente considerado, y si es posible

que se purgue de todas sus impurezas, ese día no llegó, y, según todas

las apariencias, está muy lejos aún. La política internacional es la

_diplomacia_, sinónimo de astucia, de engaño, de abuso hipócrita de la

fuerza, de abandono del amigo leal, de alianza con el enemigo odioso,

todo á impulso de pasiones ciegas ó cálculos egoístas. La política

nacional no se sustrae tan cínicamente á toda ley equitativa, no

proclama tan alto la omnipotencia de su poder, ni se cree tan desligada

de la justicia; pero no deja por eso de asestarle terribles golpes.

Debe reconocerse que una parte del mal (más ó menos, según los países)

es inevitable, pero que otra podía minorarse, y que si la política

será siempre ó por mucho tiempo la esfera menos diáfana y elevada en

que gire la actividad de un pueblo, algo puede purificarse modificando

una organización, ó más bien una anarquía, que con aparente igualdad

establece el privilegio para la ignorancia atrevida y poco escrupulosa.

El primer bien de suprimir esta anarquía sería limitar la esfera de

acción de la política y, por consiguiente, sus medios de perturbación.

Si en vez de esa igualdad anárquica que incondicionalmente da acceso

á la casi totalidad de los cargos públicos se impusieran condiciones

de ingreso y de ascenso, y una razonable jerarquía, organizando la

Administración, se purificaría en cuanto es posible la política. Uno

de los más poderosos elementos que la corrompen es la facultad de

recompensar á los que emplea, y de seducir la ambición ó la pobreza con

la perspectiva de un cambio ventajoso. Quitad á la política ese campo

de igualdad anárquica donde crecen tantas malas hierbas; quitadle el

poder de dar destinos, y pondréis coto á su inmoralidad poniéndole á

su poder. Medios corruptores tendrá todavía, pero se limitarán mucho

con una jerarquía fuerte en la Administración, donde no puede quitar y

poner, ni aun trasladar á su antojo.

Si la política que manda hallara un obstáculo á sus desmanes en el

orden jerárquico administrativo, la política que aspira á mandar se

moralizaría también; si los que conspiran no ofreciesen destinos y

empleos y pudieran darlos el día en que triunfen, tendrían menos

secuaces y más honrados.

Aun para los cargos puramente políticos no deberían ser todos

igualmente elegibles y nombrables. Ya que no se pueda evitar, por ahora

al menos, que el nuevo ministro nombre nuevos gobernadores, siquiera

que tenga que nombrarlos entre personas con ciertas condiciones de

ciencia y de experiencia, y que se necesitasen también para formar

parte del gobierno y de la representación nacional.

La Igualdad Social y Política y sus Relaciones con la Libertad · 第 9 / 12 段