de ellos disfrutan; la ciencia aumenta con el número de los que la
poseen, y la virtud con los virtuosos. La verdad, la justicia y la
belleza abundan á medida que es mayor la multitud de los que de ellas
gozan; pero con los bienes materiales no sucede lo mismo, tienen una
limitación propia de su naturaleza inferior y terrenal. Ved aquel
público numeroso que escucha la defensa del inocente ó la acusación
del culpable, los acentos sublimes de la música ó la voz augusta de la
verdad. Hay allí personas de todas clases; unas van en coche, otras
á pie y mal calzadas, quién sale de un palacio levantándose hastiado
de la opípara mesa, quién deja su tugurio y hace un sacrificio de
tiempo ó de dinero, de las dos cosas tal vez, para formar parte de la
concurrencia. ¡Cuánta desigualdad material en aquellos hombres! Pero
el abogado habla, el músico hace oir las armonías de su instrumento,
el pensador revela los misterios de la ciencia, y las desigualdades
de la fortuna desaparecen, y cada uno goza del arte, siente la
justicia y aprende la verdad según las facultades de su corazón y de
su inteligencia, desapareciendo las diferencias de la posición social
y estableciéndose otras que nada tienen que ver con ella. Siempre
que el hombre se eleva de las cosas materiales á las del espíritu,
brinda á los demás hombres con la participación igual y completa de
los bienes que posee; siempre que se rebaja á no preciar más goces que
los materiales, tiende á excluir de ellos á los otros y á establecer
desigualdades. El coche del que le tiene es suyo, y porque es suyo no
puede ser de otro; la belleza de un cuadro es de los que le contemplan,
de todos á la vez, sin que la parte que toma cada uno merme la de los
demás, y antes por el contrario aumentándola.
No hay que insistir en verdades tan sencillas y claras; pero conviene
sacar algunas de sus principales consecuencias más íntimamente
relacionadas con el asunto que nos ocupa. La igualdad en la dicha la
quieren todos los hombres; el hacer consistir la dicha en los bienes
materiales es una propensión muy generalizada; los bienes materiales,
cuya posesión excluye á otro posesor, tienen una tendencia exclusiva y
antiniveladora; de manera que al absurdo de suponer que la felicidad
guarda proporción con la riqueza, se une el de imaginar que ésta puede
ser el patrimonio de todo el mundo.
Para que los hombres sean igualmente dichosos es necesario establecer
entre ellos niveles de inteligencia, de bondad, de virtud, no de renta,
ó de producto del trabajo, que siendo suficiente para cubrir las
verdaderas necesidades, lo es también para procurar la verdadera dicha.
¿Quién ha formado la estadística de los dolores y de los goces humanos?
¿Quién puede formarla? Este hombre está desnudo, descalzo, hambriento;
es un mal evidente para la multitud que al pasar le compadece; aquel
otro tiene amor, odio, ambición, envidia, remordimientos, sed de
venganza, de poder, de fama ó de oro: su alma se agita en terrible
lucha, su corazón destila hiel y rebosa amargura; son males que la
muchedumbre no percibe, y si va á pie no repara en él, y si va en coche
le envidia. Los inconvenientes de la pobreza son ostensibles; pero se
repara poco en los infinitos medios que emplea la criminal codicia
para dañar al rico: disfrazada de amor, engaña á sus hijos y se los
arranca; adula sus pasiones, y le extravía sus debilidades y le pone en
ridículo; acecha sus extravagancias, y le hace declarar loco; acibara
sus últimos momentos para arrancar un legado, y ríe sobre su tumba,
si acaso no la abre prematuramente. Mas los peligros exteriores de la
_riqueza_ son los menos terribles; la gran dificultad para que sea
dichoso el que posée superabundantemente medios de fortuna consiste
en que necesita proporción entre ellos y los morales, y que á la
superioridad económica corresponda la superioridad moral.
El problema de la vida del pobre es relativamente sencillo: sus deberes
son, por regla general, negativos; sus extravíos están en gran parte
limitados por la necesidad de un trabajo constante y la falta de medios
pecuniarios. De la posición humilde viene la templanza en los deseos,
esa clave de la felicidad que el pobre recibe casi gratis, que el rico
logra tan difícilmente. El que no está sujeto por las necesidades
materiales y verdaderas de la existencia, tiene que imponer silencio
á las ficticias del egoísmo y que encadenar el desenfreno de todas
las pasiones. Si se entiende por pasión lo que á nuestro parecer
debe entenderse, _todo deseo vehemente contra razón ó justicia que
persiste y mortifica_, se comprenderá cuán grande puede llegar á ser
la esfera de las pasiones y cómo se dilata á medida que el hombre se
eleva en la escala social. Hay pasiones detonantes, por decirlo así,
que todo el mundo conoce, porque hacen ruido al hacer explosión; pero
hay otras, las más, que pasan desapercibidas, clavando en silencio su
aguijón ó destilando su virus corrosivo. La pasión, que es sinónimo de
sufrimiento, tiene muchos caminos para llegar al rico y muy pocos para
llegar al pobre, que por lo común cifra su ventura en tener cubiertas
sus necesidades materiales; el poder satisfacerlas, ni aun le ocurre al
rico que sea un bien, y teniéndole se cree y es desgraciado, y sufre y
se desespera.
Otro grande enemigo de la felicidad del rico es el amor propio,
monstruo voraz nunca satisfecho que pide más cuanto más le damos.
Él amuebla la casa, atavía á la persona, dispone la comida, señala
el número de servidores y determina la clase de trabajo, el modo
de viajar, de divertirse, y, en fin, lo dispone todo. El gusto, la
conveniencia, la razón, muchas veces el sosiego, la vida y hasta
la honra, se sacrifican á sus exigencias sin límites. Como líquido
incoloro, toma el color del vaso que le contiene, y con flexibilidad
infinita se acomoda á todas las formas del cuerpo que enlaza; se adapta
á las puerilidades de la vanidad y á las soberbias del orgullo; codicia
un dije, un traje, un mueble, el poder, la fama, y según con quien
habla, va diciendo:--Viste con elegancia, ten casa lujosa, anda en
coche, sé literato notable, poeta aplaudido, músico ó pintor laureado,
hombre de ciencia insigne, general, banquero, diputado, senador,
ministro ó secretario de ayuntamiento.
¡Qué vértigos de cólera, ó qué angustias de pena, cuando otro alcanza
el puesto que se ambicionaba, ó recibe los aplausos que se clavan como
espinas en el corazón del que los quería para sí! ¡Qué facilidad para
crear aspiraciones, qué dificultad para satisfacerlas! ¡Qué desdicha
sacar las condiciones de bienestar fuera de sí mismo y cifrarle en lo
que piensan ó sienten ó dicen los otros!
El amor propio necesita espectadores; los busca como instrumentos de
satisfacción y los halla convertidos en tiranos, cuyos mandatos obedece
en cambio de un aplauso que mendiga y no siempre logra. Esa dependencia
de los demás; esa verdadera esclavitud de los que prefieren inspirar
envidia á merecer respeto; ese someterse incondicionalmente al _qué
dirán_ de los que tal vez no saben lo que dicen; ese espíritu que
vive de prestado y en la mayor de las miserias, puesto que no tiene
satisfacción legítima que pueda llamar suya, todo es consecuencia del
amor propio excitado y fuera de sus razonables límites. Se dirá que no
los traspasa en todos los ricos, ni deja de extralimitarse en algunos
pobres; no negaremos que suceda así; pero es igualmente cierto que, por
regla general, donde la vanidad impera, donde el amor propio tortura,
donde las pasiones hacen verdaderos estragos, es en los ricos, no en
los pobres. Estos, sin saberla, siguen la sabia máxima de
Iguala con la vida el pensamiento,
y no van de continuo con sus aspiraciones donde sus medios no pueden
llegar, ni dan cuerpo, convirtiéndolos en desgracias, á los devaneos de
la imaginación.
La fortuna, como una madre inconsiderada, suele hacer infelices á los
hijos que mima. Halagados por ella, son tan débiles, tan susceptibles,
tan impresionables, que la menor contrariedad los irrita, el más
pequeño contratiempo los desespera; ellos son los que se crean esas
situaciones envidiadas que les parecen insoportables; ellos los que,
teniendo tantos caminos que elegir, no van por ninguno y llaman abismo
á una depresión cualquiera. El hombre necesita luchar, es de ley que
luche; y combate por combate, no siempre es el más rudo el que tiene
que sostener el pobre, sujeto constantemente á pruebas que no sufre el
rico, que en cambio pasa por otras que aquél ignora.
La estadística de la felicidad no puede hacerse, sea que no exista
sino por excepción rara, sea que se oculte ó que se halle donde no la
buscan los que pretenden estudiarla; pero el contento es más general
y más visible, y ciertamente no se observa que esté en proporción de
la renta. Donde quiera que se reunen muchas personas de varias clases,
en viajes, paseos, diversiones públicas, no se ve que la alegría se
mida por el precio de las localidades, y antes puede afirmarse que
los que se divierten más son los que pagan menos. Las personas que
parecen hastiadas, que vuelven en el teatro la espalda al escenario y
se aburren viajando en coches de primera ó en salones, no son los menos
favorecidos de la fortuna.
Se dirá, y es cierto, que la alegría no es la felicidad; pero si el
estudio de ésta presenta dificultades insuperables, ofrece menos
el comparativo de la desgracia, sobre todo si la observamos donde
aparece en relieve, en la desesperación suprema que conduce á la
muerte voluntaria. Que un suicida supone muchos desesperados y un
desesperado muchos infelices; que siendo la clase pobre más numerosa da
el menor número de suicidas, cosas son ciertas, sabidas, y lógica es la
consecuencia de que no debe ser más general la felicidad entre aquellos
en que es más frecuente la desesperación.
Cada edad, cada estado, cada situación, cada clase tiene sus ventajas
y sus inconvenientes, sus disgustos y sus satisfacciones, sus penas
y sus consuelos; nada más perjudicial ni menos conforme á la verdad
que cortar por un mismo patrón la dicha de criaturas diferentes, y
pretender que no pueden llegar á ella sino por un camino y pagando á la
entrada una cantidad fija y crecida.
El joven con las ideas y sentimientos de su edad no comprende que el
viejo deje de ser desgraciado; pasan los años y es feliz de un modo
que le parecía imposible. El guerrero no puede imaginar la dicha de
la mujer piadosa que cura las heridas que él hace, y cuya vida es más
envidiable que la suya; los que distan mucho en ocupaciones, medios
é ideas, no comprenden que pueda haber ventura tan diferente de la
que ellos tienen ó desean. Pero no dejándose dominar por las propias
impresiones ni extraviar por apariencias, y observando las diferentes
clases sociales en sus dolores y en sus alegrías, se ve que son
igualmente dichosos los que ocupan posiciones más desiguales y que hay
compensaciones providenciales que los hombres desconocen con frecuencia
por su culpa y para su desdicha. La Providencia, que ha dado á cada
sér una organización apropiada al medio en que ha de vivir, al colocar
al hombre en una sociedad en que hay necesariamente desigualdades, no
sujetó á ellas nada verdaderamente importante, nada esencial. En la
virtud y en la dicha, en la salud del cuerpo y en la del alma entran
elementos que no dependen de la fortuna, cuyos caprichos no afectan más
que á las superficies de la existencia y á los hombres superficiales.
El dolor y la dicha tienen misterios que ningún hombre, ninguno,
puede penetrar; desigualdades terriblemente enigmáticas, pero no
proporcionales á las de la posición social, ni dependientes de ella.
Bien sería que nos convenciéramos de que hay inconvenientes y ventajas
propias de cada situación, compensaciones que existen, aunque no sean
ostensibles, diferencias exteriores que no alteran la igualdad íntima,
y que el que nace príncipe no tiene más probabilidades de ser dichoso
que el que nació pastor. El convencimiento de esta verdad calmaría
la fiebre de poder y de riqueza que hace delirar á generaciones
extraviadas; aniquilaría un poderoso instigador de iras populares;
pondría de manifiesto que, salvo algunas criaturas excepcionales, que
son el secreto de Dios, salvo los casos de miseria, obra impía del
hombre, la posible felicidad sobre la tierra, como el sol, brilla para
todos.
CAPÍTULO VII.
LA PROPIEDAD Y LA IGUALDAD[3].
[3] Hemos utilizado para este capítulo la excelente obra del
Sr. D. Gumersindo de Azcárate, _Ensayo sobre la historia del
derecho de propiedad_.
En toda discusión, para que sea posible, hay algún punto esencial en
que convienen los que discuten, y damos por supuesto, al escribir este
capítulo, que el lector piensa, como nosotros, que no puede haber
sociedad sin propiedad constituída en tal ó cual forma, condicionada de
ésta ó de la otra manera, pero propiedad en fin.
Si el hombre es propietario, como es sociable, por ley de su
naturaleza, tal vez no sea inútil investigar, aunque fuese brevemente,
de qué manera influye la propiedad en la igualdad, puesto que esta
influencia ni puede ser nula ni es evitable.
Porque los niveladores sociales atacan la propiedad con más ó menos
violencia, con más ó menos lógica, pero la atacan siempre. ¿Están todos
ciegos, furiosos ó de mala fe? ¿Cómo á muchos siglos de distancia, y
con grandes diferencias en el clima, la religión, la cultura, el estado
social, se repiten los mismos ataques, á veces en idéntica forma y en
ocasiones con las mismas palabras? La permanencia del efecto revela la
de la causa, y su poder, cuando persiste en medio de tantas cosas como
desaparecen, y sobrenada en las tempestades de guerras, trastornos y
revoluciones.
Han acusado, acusan y acusarán á la propiedad de establecer grandes
diferencias entre los hombres, y aunque el cargo pueda ser exagerado
ó injusto, según las circunstancias, el hecho es cierto: entre la
propiedad, tal como está constituída siempre que por los niveladores
es atacada, y la igualdad, hay antagonismo que no se debe disimular,
sino analizar. Recordemos que la igualdad no puede tener derecho
contra el derecho; recordemos que no le es dado cambiar las leyes de
la Naturaleza y de las sociedades humanas; recordemos, por último,
que el fin primero del hombre no es ser igual á otro, sino ser justo,
perfeccionarse: teniendo presentes estas premisas, y sacando de ellas
sus lógicas consecuencias, llegaremos á conclusiones que, tristes ó
consoladoras, si son ciertas, hay que aceptarlas y someternos á la
verdad, que á nadie se somete.
Tratando de su influencia sobre la igualdad, conviene distinguir la
propiedad colectiva de la individual. La propiedad colectiva (que,
entiéndase bien, no es el comunismo), igualando á los propietarios,
iguala, hasta cierto punto, á los hombres que forman el grupo poseedor
en común. Decimos _hasta cierto punto_ porque aun en los pueblos en que
la propiedad era colectiva ha existido siempre más ó menos propiedad
individual, influída por las diferencias de los individuos, y á su
vez influyente en su desigualdad social. Aunque la tierra no fuese
de nadie, los frutos repartidos para ser utilizados tenían que ser
apropiados; aunque los bosques pertenecieran á todos, la caza era del
que la mataba, y del que le pescaba el pescado, por más que los ríos
y los mares no constituyen propiedad de ninguno. La colectiva evita
sin duda la grande acumulación de fortunas, pero no las nivela tan
completamente como se ha supuesto por algunos. El individuo, aun en los
pueblos primitivos, ha sido dueño exclusivo de alguna cosa, ha tenido
ventajas físicas, intelectuales y cualidades morales que le han hecho
más rico que otro con menos recursos y moralidad: esto respecto á los
copropietarios de un grupo en que la tierra se posee en común, que
entre los grupos unos respecto de otros había mayores diferencias. La
prioridad en apropiarse un terreno más fértil; bosques más abundantes
de caza, ó ríos de pesca; la victoria en los combates; más servicios
hechos al jefe del pequeño ó grande Estado, ó su mayor largueza;
ventajas físicas, intelectuales ó morales, alguna ó varias de estas
circunstancias combinadas hacían que las colectividades propietarias
fuesen unas ricas y otras pobres. Aun en nuestros días vemos pueblos
con propios de gran valor, otros que nada poseen, y al lado del concejo
en cuyos montes se pudre la leña, el que no tiene qué quemar.
La propiedad, aun la colectiva, no es niveladora, sino que, por
el contrario, propende á establecer la desigualdad entre los
propietarios; y si todas las mañanas se hiciera un reparto que los
igualara, todas las noches los habría más ricos y más pobres.
La propiedad colectiva ni se presenta de una manera invariablemente
uniforme, ni deja de comprender sus desventajas, ni pasa á ser
individual sin términos medios y variaciones. Ya todo es común,
cultivo y aprovechamiento; ya se señala á cada individuo el trabajo
de cierta porción de tierra; ya se distribuye ésta por cierto tiempo
y por lotes que vuelven al fondo común para ser adjudicados de
nuevo alternativamente á sus temporales poseedores. Más adelante,
las tierras, una gran parte al menos, pasan á ser propiedad de las
familias, pero han de permanecer en ellas; no han de poder enajenarlas,
ni donarlas, ni legarlas, y cuando esto se consiente es con ciertas
condiciones. El legislador se precave contra la desigualdad, que ve,
que palpa, que teme; pone límites á la extensión de las posesiones;
permite que, incultas, se las apropie el que las cultive; dispone que,
periódicamente, se restablezca la igualdad, restableciendo la primitiva
distribución que se había hecho por partes iguales, y según tiempos y
lugares, toma diferentes medidas encaminadas á evitar la acumulación
de la riqueza. La lucha es larga, entre la igualdad, que pretende poner
trabas á la propiedad, y ésta, que intenta romperlas todas; entre el
espíritu de la propiedad colectiva y el de la individual; entre el
Estado, que pasa fácilmente de la tutela á la opresión, y el individuo,
que tiende á convertir la libertad en licencia. ¿Esta lucha ha
terminado? Algunos pretenden que sí, y que logra completa victoria la
propiedad individual, única compatible con los derechos del individuo y
los progresos de la civilización, aunque poco favorable á la igualdad.
Aunque el individuo haya poseído siempre alguna cosa exclusivamente
suya, y aunque las colectividades fuesen unas más ricas que otras,
lo cierto es que la propiedad territorial en común, ó la posesión
transitoria, eran favorables á la nivelación de las fortunas. Pero,
ya lo hemos dicho, por querida que sea para los hombres la igualdad,
no puede ser el único objeto de su existencia, ni pueden ellos
sacrificarle todos los otros. A ser iguales en la miseria, prefieren
salir de ella algunos, ó muchos; y como para esto hay que desplegar una
grande energía _personal_, el fruto de ella tiende irremisiblemente á
convertirse en propiedad _individual_. Así como la caza fué siempre
del cazador, y del pescador la pesca, donde quiera que el hombre
llevó mucha destreza, mucha inteligencia, mucha fatiga ó peligro para
realizar una obra, quiso tener en ella una parte _suya_ proporcional
al trabajo que había empleado. En un pueblo primitivo, esta parte
constituye riqueza que se consume, no que se acumula, y la desigualdad
pasajera no era grande; pero, como hemos visto más arriba, á medida que
un pueblo se civiliza, pueden manifestarse y utilizarse las diferentes
aptitudes, y los que física, intelectual ó moralmente valen más,
allegan recursos, realizan economías, son más ricos. Aunque la tierra
continuase propiedad común, ó igualmente repartida é inmovilizada,
diferentes industrias ofrecían cada vez más vasto campo á la energía
inteligente del individuo y eran origen de propiedad individual.
La agricultura ¿podía permanecer mucho tiempo petrificada en medio
de elementos de vida más poderosos cada vez? Los brazos vigorosos
ni las inteligencias activas ¿irían á cultivar la tierra común que
perezosamente removían los débiles, los holgazanes ó los incapaces,
para compartir por igual con ellos el fruto de tan diferente trabajo?
¿No quedaría el cultivo de la tierra encomendado á las manos más torpes
y endebles y á las inteligencias más obtusas, incapaces de fecundarla?
_A priori_ se comprende, la experiencia lo demuestra, y la historia
presenta la propiedad colectiva en los pueblos primitivos, haciéndose
individual á medida que se civilizan. De que el hecho es constante no
cabe duda, y que es inevitable también parece claro.
Tenemos pues:
Que el hombre es sociable;
Que no hay sociedad sin propiedad;
Que la propiedad colectiva en un principio, se hace individual cuando
adelanta la civilización;
Que la propiedad individual no es favorable á la igualdad.
¿Significa esto que por una pendiente inevitable, fatal, á medida que
un pueblo se civiliza aumenta en él la desigualdad de las fortunas, de
manera que los ricos son más opulentos y los pobres más miserables?
Debemos confesar que á eso tienden muchos elementos de la civilización;
pero hay otros que combaten esta tendencia, y el problema consiste,
no en negar aquella parte de mal que entre sus bienes produce el
progreso, sino en reconocerla; en ver hasta qué punto es inevitable, y
hasta dónde puede evitarse y por qué medios.
Así como al empezar este capítulo dábamos por supuesto que el lector
consideraría la propiedad como necesaria, para continuarle suponemos
que reconoce el grave daño de la gran acumulación de riquezas al lado
de la miseria suma.
La propiedad no puede volver á ser colectiva, ni inmovilizarse, ni
mutilarse, ni tener límites en cuanto á su extensión: su libertad ha
de ser respetada como la del propietario, pero cuidando de que no se
convierta en licencia, porque comprenderla como el derecho de usar y de
abusar de la cosa poseída, más es comprometerla que consolidarla: no ha
de ser ni una víctima ni un ídolo; que no se salte ningún cercado, pero
que en todos haya una puerta por donde entren la ley y la justicia.
La propiedad influyente é influída, emancipando unas veces al
propietario y otras participando de su servidumbre, tiene con la
igualdad relaciones tan estrechas, que como ella, establece entre
los hombres primitivos pocas diferencias, que van creciendo con la
civilización, hasta que llegan á un punto en que la riqueza se acumula,
tiene movimientos vertiginosos ó inmovilidad pétrea, cae en manos
rapaces ó muertas, y entonces viene el malestar, las convulsiones, y si
el estado de la propiedad no cambia, los pueblos van á la decadencia ó
á la ruina.
Todos los países en que se proclama el progreso, y que progresan
verdaderamente, han modificado la propiedad en sentido favorable á la
igualdad; pero sería un error suponer que la obra está concluída y la
lucha terminada.
Los igualitarios individualistas sostienen que la libertad basta para
establecer la armonía entre los propietarios, y que la propiedad
individual más absoluta es la única posible y el mejor auxiliar de la
igualdad: los niveladores conservan una hostilidad especial contra la
propiedad inmueble, y pretenden volver á la propiedad colectiva; y
todos suelen prescindir bastante del elemento moral como si la riqueza
se distribuyera como giran los astros, en virtud de leyes físicas.