Para asistir con fruto á una escuela de instrucción primaria no se

necesita conocimientos previos; hay que saber las primeras letras

para la segunda enseñanza, y tener ésta para adquirir la superior:

la igualdad, que tenía una extensión casi ilimitada en la escuela, va

reduciéndose más, á medida que se refiere á cosas más diferentes.

Un testador considera iguales, para testigos de su testamento, á todos

los hombres, con pocas excepciones; pero ¡cuán diferentes le parecen

para albaceas, y más aún si busca entre ellos al tutor de las tiernas

criaturas que su muerte deja en la orfandad!

Podrían multiplicarse los ejemplos en prueba de que la igualdad en la

práctica, conforme dejamos indicado en la teoría, es una cosa relativa

y varia que exige diversos grados de semejanza.

Hay, pues, igualdad social, ó puede y debe haberla, cuando existe la de

aptitudes, para el caso en que se establece la comparación; si no, no.

Existe el riesgo de chocar en dos opuestos escollos, que son:

prescindir de la _semejanza necesaria_, y no hacerse cargo de la

_semejanza suficiente_. Pretender que los hombres sin las condiciones

morales é intelectuales indispensables para igualarlos sean iguales,

ó negar que pueden serlo cuando tienen las que bastan, aunque no las

tengan todas.

El orden físico, la igualdad _suficiente_ para sostener la salud y

vigor del cuerpo, no exige que todos tengan la misma clase de vestido,

de habitación y de alimento, sino que ninguno carezca de ropas, de

albergue y de comida. Lo _necesario fisiológico_ es lo que basta para

establecer la igualdad física, y nada importa que los manjares sean

menos regalados, el traje más basto y la casa más reducida y modesta.

El que no tiene hambre, ni frío, ni vive en una habitación malsana, es

_suficientemente igual_ al que disfruta de todos los refinamientos del

lujo. La vanidad, la gula y la molicie podrán pedir mayores semejanzas;

pero á la fisiología y á la higiene le bastan éstas, y no sólo habrá

igualdad, sino superioridad física en los que tienen lo necesario

respecto de los que disfrutan de lo superfluo, porque la sobriedad

no suele ser compañera del mucho regalo. Que cada uno procure por

medios honrados mejorar su posición material, y tener mayor desahogo y

comodidades, no es vituperable, y aun laudable puede ser; pero que en

el orden fisiológico se dé el nombre de necesidad á los caprichos, á

las vanidades y á los apetitos indómitos; que se ponga por condición

del orden social lo que no lo es del orden natural, y se considere como

una desgracia ó como una injusticia la falta de igualdad completa en

el alimento, el vestido y la habitación, errores son de gran bulto y

fatales consecuencias. Aquel á quien no falta nada para robustecerse

y vivir con salud, es esencialmente igual en lo físico á los mayores

potentados, y probablemente superior á ellos, y la semejanza suficiente

para establecer la igualdad en este punto la tienen todos los que no

carecen de lo _necesario fisiológico_.

En lo moral, la igualdad la constituye el cumplimiento de las leyes

y de aquellos deberes que, sin obligar legalmente, son moralmente

obligatorios para todo hombre honrado. El que no perturba la sociedad

con sus delitos, ni la familia con sus vicios, podrá ser mejor ó peor

que otro, pero tiene la semejanza suficiente para ser declarado igual

en todas las funciones sociales que no exijan más que moralidad.

Administrará sus bienes ó los de otro, podrá ser tutor y curador, será

apto para toda especie de contratos en las mismas condiciones que los

más favorecidos, y su dignidad será respetada, y su palabra creída, y

su testimonio hará fe. Cierto que en los millones de hombres que hay

en estas circunstancias hay millones de diferencias; pero existe la

semejanza bastante para que á ninguno se niegue aquella consideración

y derechos que resultan de ser calificados de moralmente iguales para

el fin que se propone la sociedad al clasificarlos. Las personales

diferencias se tienen en cuenta para los casos especiales: cuando

se necesita virtud, abnegación, heroísmo, no basta cualquiera; hay

que buscar sobre el nivel común alguno que luche esforzadamente ó se

inmole; pero en la generalidad de los casos no se exige á la de las

personas más de lo que todos pueden y deben dar.

En lo intelectual se diversifican mucho más las diferencias por

la división de trabajo; pero, prescindiendo de las aptitudes

profesionales, artísticas, industriales y científicas, si los abogados

y los ingenieros y los comerciantes se diferencian mucho entre sí, como

hombres tienen muchas ideas y conocimientos comunes, que lo son también

á otros menos instruídos. El que sabe leer bien aunque sea ignorante,

leerá lo mismo que una persona instruída cuando sólo de leer se trate,

y para pasar lista á una cuadrilla de obreros servirá lo mismo que el

más eminente literato: lo propio puede decirse del que sabe escribir,

aunque no sepa más, cuando es bastante este conocimiento, ó tenga el

de la aritmética elemental, etc. En lo que se llama la masa del pueblo

podrá no haber suficiente conocimiento del bien y del mal para hacer

leyes, pero se le supone el bastante siempre que se la declara obligada

á obedecerlas: no pueden en justicia ser igualmente obligatorias para

todos si no son igualmente comprendidas en aquello que es indispensable

conocer para obedecerlas. El primer jurisconsulto de la nación y el

más rudo labriego tienen _igual_ el conocimiento _suficiente_ para

saber que deben respetar la propiedad ajena, y con razón son declarados

iguales ante la ley penal, y penados si la infringen. El ejercicio de

los derechos civiles exige, no sólo cierto grado de moralidad, sino de

inteligencia: al idiota ó al loco se le priva de ellos por incapaz del

conocimiento necesario que tienen la inmensa mayoría de los hombres.

Respecto á los derechos políticos, como la pasión suele mezclarse, no

sólo en su práctica, sino en su teoría, no se ve tan claro cuándo el

elemento intelectual no basta, y cuándo es suficiente; mas por difícil

que sea investigarle, el hecho existe, y en este caso, como en todos,

de la semejanza necesaria debe resultar la igualdad.

Aunque no lo notemos, la sociedad marcha en virtud, no sólo de

necesidades y sentimientos semejantes, sino también de conocimientos,

y sería imposible sin ellos. La ley que se promulga, el decreto que

se da, la empresa que se organiza, el libro que se publica, el drama

que se representa, la obra caritativa que se funda, parten de un

conocimiento semejante, de un modo de ser intelectual bastante parecido

y generalizado para que lo que se dice á un hombre sea inteligible

para todos en grado suficiente. Sin esto, lo repetimos, la sociedad

sería imposible, y una causa poderosa de desequilibrio y convulsiones

sociales es el desconocimiento del grado de semejanza intelectual

necesario para establecer igualdad, negándola cuando debía concederse

ó concediéndola cuando debería negarse. Semejanzas y diferencias

condicionan la sociedad humana, é importa mucho conocerlas bien para

que las igualdades que se establezcan ó se rechacen sean consecuencias

lógicas y estables, y no contradicciones pasajeras.

El _mínimum_ de semejanza intelectual necesario para realizar

la igualdad, lo mismo que el moral y el físico, no permanecen

estacionarios, sino que caminan á medida que la sociedad progresa. Lo

_necesario fisiológico_ del hombre primitivo no basta para que viva el

ciudadano: la ignorancia más completa puede pasar por sentido común,

y aun por buen sentido en un país bárbaro, y no en una nación culta:

un salvaje distinguido por su moralidad estará tan por debajo del

nivel general en un pueblo civilizado, que con los mismos procederes

que le hacían recomendable en su horda, irá á presidio. No hay,

pues, que buscar en el arsenal de la historia armas que tal vez son

inútiles, ni hablar de la naturaleza humana como de cosa eternamente

idéntica y totalmente inmodificable. Cierto que el hombre sobre la

tierra tiene condiciones de que no podrá salir nunca; cierto que no

podrá respirar sin oxígeno, ni ser moral sin justicia, ni feliz sin

amar alguna cosa; pero dentro de los límites que no podrá traspasar

jamás tiene movimientos de bastante amplitud, y variaciones de

bastante trascendencia, para que no se llame á la simetría inmóvil

orden natural, y ley de la historia á reglas establecidas sin estudio

suficiente de la naturaleza humana.

De los grados de semejanza que bastaron ó no en un país, no puede

inferirse los que serán indispensables en otro que se halla en

condiciones diferentes. Así, por ejemplo, donde la religión autoriza

las castas y forma una con el sacerdocio, será necesaria mayor

semejanza, mucho mayor, para establecer una igualdad cualquiera, que en

el pueblo que llama á Dios padre y fraterniza en su amor, y no admite

diferencias ante su ley y eterna justicia. En los que se hallan en este

caso puede haber desigualdades enormes; se necesitarán á veces, para

suprimirlas, no sólo _semejanzas suficientes_, sino _superioridades

indudables_; pero esto será efecto de otras causas que neutralicen la

influencia de la religión. Prescindiendo de su influencia ó de otra

poderosa, podrán suponerse facilidades que no existen ó calificar

de insuperables obstáculos que se pueden vencer; pero á pesar de

contradicciones aparentes, siempre será un hecho cierto la influencia

recíproca de los elementos físico, moral é intelectual, y que es

inútil, cuando no hay la semejanza necesaria, decretar la igualdad, y

peligroso negarla cuando existe semejanza suficiente.

CAPÍTULO II.

¿QUÉ LÍMITE DEBE TENER LA DESIGUALDAD?

La desigualdad que está en la organización del hombre, es una condición

de la sociedad; pero es condición humana querer justificar el abuso de

las cosas con la necesidad de su uso, y exagerar hasta la injusticia

lo que en su origen es justo. La desigualdad de las condiciones es

necesaria, es buena contenida en ciertos límites, pero cuando los pasa

es inicua y es absurda.

Cuando existe la esclavitud de la ley ó la de la miseria; cuando con

éste ó con el otro nombre hay castas en la sociedad; cuando entre

las clases se abren abismos que es imposible salvar, el filósofo que

estudia el corazón humano observa cómo se envilece y se deprava, y el

que estudia los fenómenos sociales nota la gran perturbación que en la

sociedad se introduce.

Ya hemos visto en la primera parte de este escrito cómo se desmoralizan

las clases cuando se aislan unas de otras, é inútil es advertir que el

aislamiento es tanto mayor cuanto más grande es la desigualdad. A los

desórdenes que una desigualdad exagerada, depravando los sentimientos,

introduce en el mundo moral, hay que añadir los que llevan al mundo

económico el lujo y la miseria.

No puede entrar en el plan de nuestra obra extendernos en

consideraciones acerca de los males que en pos de sí llevan la miseria

y el lujo, males de que, por otra parte, han hablado largamente

célebres autores, tanto sagrados como profanos; pero no podemos menos

de detenernos un momento á recordar una verdad que, por más sencilla y

trivial que parezca, se desconoce y se niega por personas ilustradas en

otras materias, á saber: _el lujo de los ricos es siempre perjudicial á

los pobres_.

El lujo, dicen sus partidarios, es útil, sostiene la industria y el

comercio. Suprimid los espejos de Venecia, los encajes de Bruselas, los

jarrones de Sèvres, las alfombras rizadas, los dorados techos, los

brillantes carruajes, las joyas de labor exquisita; ¿qué va á ser de

tantos miles de familias como ganan el pan haciendo esas prodigiosas

superfluidades? Ya lo veis: el lujo da de comer á innumerables

familias, que sin él quedarían en la calle; el lujo es útil, ¿á qué

declamar contra él? No somos declamadores, ni aun queremos dirigirnos

al corazón presentando el horrible é inmoral contraste que ofrecen esas

primorosas obras que, para contentar los vanidosos caprichos de la

opulencia, salen de manos de la miseria; sólo queremos hacer notar que,

cuando en medio de una familia hambrienta y desnuda vemos un objeto

cuyo principal valor consiste en el ímprobo trabajo de sus individuos,

un objeto brillante, preciosísimo, de una perfección fabulosa, cruel

contraste con todo lo que le rodea, luz siniestra en un cuadro sombrío,

insultador de dolores, provocador de iras, recuerdo constante de

placeres y de goces, de que el pobre es desdichado instrumento, si la

indignación y la lástima se elevan en nuestra alma, no es un afecto

inmotivado; y meditando sobre aquella escena, no decimos como en

presencia de otras tristes: «Está en el orden de las cosas», sino:

«Está en la insensatez de los hombres».

El lujo es una inevitable consecuencia de la desigualdad de condiciones

en un pueblo civilizado, lo sabemos; pero désele la sanción de la

necesidad y no la de la consecuencia; dígase: «Es un mal inevitable»; y

no: «Es un bien, y como tal debe fomentarse».

Veamos qué nos dice la Economía política de las ventajas que el lujo

tiene para los pobres que trabajan en satisfacer sus caprichos. La

humanidad es una gran familia; sus individuos se dedican: unos á labrar

la tierra, otros á cambiar sus productos, otros á fabricar vestidos,

etc., etc. Fijémonos en un grupo cualquiera, por ejemplo, el que está

encargado de hacer camisas. Unos hilan y tejen telas ordinarias, otros

medianas, otros finas, finísimas otros. Aquí se cosen camisas de

munición, allá con más esmero; en otra parte se bordan, adornándolas

con caprichos primorosos. Ved un día y otro, y una y otra noche,

aquellas pobres mujeres perdiendo la vista y la paciencia, haciendo

con la aguja _labores_ como pintadas, sacando hilos que apenas se ven,

pegando encajes. Ved aquel hombre que lleva una camisa que supone

tres, cuatro, seis meses de trabajo; ved aquellos otros que no tienen

camisa. El tiempo que se gasta en hilar y tejer y bordar aquella tela

finísima que ha de cubrir á uno, hace falta para preparar la más tosca

que debía cubrir á los otros: en la sociedad, como en una familia mal

gobernada que no tiene más que lo preciso, cuando malgasta una parte

de su haber en superfluidades, carece luego de las cosas necesarias.

El valor de un objeto cualquiera no es, por regla general, más que la

representación del trabajo que ha costado. ¿Cuántas casas modestas

pueden hacerse con el trabajo que necesita un palacio ó con el capital,

que es lo mismo? Y como el capital de la sociedad, dividido por el

número de individuos que la componen, basta apenas para cubrir sus

primeras necesidades, en la balanza de la economía social quitáis á lo

necesario todo lo que añadís á lo superfluo. ¿Qué habían de hacer los

que viven de las industrias que satisfacen el lujo? Dedicarse á las que

tienen por objeto cubrir la necesidad. Mientras se borda una sábana,

se pueden coser ciento ó mil, y así de las demás cosas. Es decir, que

ese lujo tan ventajoso para la industria, aun prescindiendo de lo que

desmoraliza, de lo que insulta, de lo que envanece y de lo que irrita,

considerándole sólo bajo el punto de vista de la producción de la

riqueza, es un gran perturbador de la economía social, que arranca los

brazos á las tareas de la necesidad para dedicarlos á las tareas del

capricho.

Habiendo admitido como necesaria la desigualdad de condiciones, y

siendo el lujo su consecuencia, ¿por qué declamamos contra él? ¿Pero no

se debe buscar ningún correctivo á los males que no pueden cortarse de

raíz? En vez de poner diques á su fatal corriente, ¿deberá abrírseles

ancho paso para que inunden la sociedad y la trastornen? ¿Es lo mismo

que haya un desdichado ó que haya ciento, que corra una lágrima ó

que una multitud de criaturas viertan el llanto de la desesperación?

Arrojemos con triste silencio en la sima de la necesidad todas las

víctimas que pide para llenarse, pero no arrojemos ni una más. ¿Es tan

corto el tributo de dolores que la naturaleza de las cosas exige para

que vayamos á aumentarle insensatos ó crueles?

La desigualdad de condiciones es justa porque es necesaria; pero

allí donde acaba la necesidad acaba el derecho. Así, por ejemplo,

es necesario que se respete la propiedad de los bienes legalmente

adquiridos. Es necesario que se deje á su dueño la facultad de

disponer de ellos en favor de quien le parezca; pero es absurdo que

se favorezca la acumulación exagerada de la propiedad con leyes

perjudiciales á la sociedad y que no están _en la naturaleza de las

cosas_. Las leyes todas, ¿no deberían tener la tendencia altamente

filosófica y moral de restablecer el equilibrio siempre que se rompe

inclinándose la balanza del lado de la acumulación de la riqueza?

No somos niveladores; nadie que haya seguido nuestro pensamiento

podrá acusarnos de tales. Queremos eminencias en el mundo social,

pero proporcionadas como las del mundo físico. Queremos montañas que

atraigan las aguas del cielo y dirijan su curso sobre la tierra, pero

no tan altas que no se pueda respirar en su cima y que nos roben la luz

del sol.

Los límites de la desigualdad de condiciones están en la necesidad y

en la justicia. ¿La justicia y la necesidad no son una misma cosa? La

justicia puede no ser necesaria cuando el mayor número no la cree tal.

Además, si el sentimiento de la justicia es eterno como innato en el

hombre, su fórmula varía: la justicia de hoy no es la de hace diez y

ocho siglos, como la del siglo XXX no será la nuestra. La fórmula de

la justicia es el resultado de las ideas, y debe variar á medida que

éstas cambian.

La necesidad que constituye el derecho de la sociedad, ¿constituye

también el del individuo? Unos lo afirman, lo niegan otros, y los de

más allá admiten el principio con esta salvedad: «En tanto que su

aplicación sea posible». Y como las palabras necesario y posible son

de una elasticidad suma, podremos entrar en discusiones interminables;

veamos si por otro medio llegamos á ponernos de acuerdo acerca de los

límites que la justicia impone á la desigualdad de condiciones, y hasta

qué punto una necesidad puede constituir un derecho.

Casi todos los grandes errores son grandes verdades exageradas ó

torcidas, y este origen, que hasta cierto punto los ennoblece en la

esfera moral, los hace más peligrosos en la práctica. Un error que lo

es por sus cuatro costados, digámoslo así, no es difícil de demostrar;

pero cuando está emparentado con la verdad y enlazado con grandes

principios de justicia, el problema se complica mucho. Los que afirman

y los que niegan se mezclan en la lucha, y más de una vez el golpe

dirigido á un contrario cae sobre un amigo. Luego, al ostentar los

trofeos conquistados en el combate, se nota que el que se apoderó de

la verdad arrastró, confundido con ella, una parte del error, y el que

hizo presa en éste lleva unida á él una gran porción de verdad: algo de

esto se nota en los que niegan y sostienen el principio de igualdad;

sus errores están mezclados con verdades, y de ahí la dificultad de

poner en claro los unos y las otras.

Imaginemos tres grandes hombres, por ejemplo: Hernán Cortés, Watt,

Leibniz; y tres hombres vulgares: un soldado que sólo sabe manejar sus

armas, un obrero ocupado toda su vida en mover una lima, un cajista que

sin saber leer coloca maquinalmente las letras en el orden en que las

ve colocadas. ¿Estos hombres son iguales? ¡Qué absurdo! ¿Y no habrá

alguna circunstancia de la vida en que estos seis hombres sean iguales

en alguna cosa y tengan derechos iguales? Veámoslo.

Debemos advertir á los fanáticos de la desigualdad, que vamos á

presentar, como base de nuestro razonamiento, un ejemplo sumamente

favorable para ellos. Ponemos enfrente la plebe y la aristocracia de

la naturaleza, no la de la fortuna, mas, colocamos al _genio educado_

enfrente _del sentido común sin educar_: no se dirá que esquivamos las

dificultades.

Hé aquí nuestros seis hombres encerrados en una habitación, y

ocupados según su _necesidad_ los de abajo, según su _aptitud_ los

de arriba. De repente la composición del aire cambia en términos que

se hace irrespirable; todos dejan sus trabajos, sienten angustias

mortales, sucumben si no salen de allí. ¿Qué se infiere de esto? Que

el conquistador de Méjico y el oscuro soldado, el gran mecánico y el

ignorante obrero, el profundo filósofo y el que sin comprenderlos

imprime sus pensamientos, tienen igual necesidad de aire respirable,

y por lo tanto igual derecho á él. Esta concesión la haremos sin

dificultad; hay aire respirable gratis por todas partes, y, no

obstante, debemos ser muy cautos al hacer concesiones, porque la

legitimidad de un derecho no está en la facilidad de satisfacerle, sino

en su justicia: suponemos que, á pesar de nuestra advertencia, nuestros

adversarios, porque probablemente los tendremos, conceden la _igualdad

de derechos respecto á la atmósfera_.

Nuestros seis hombres se hallan en un subterráneo reducidísimo, con

una pequeña abertura en la parte superior por donde apenas entra aire

puro para el que está cerca de ella; los gases mefíticos descienden

á la parte inferior y sofocan al desdichado que allí permanece mucho

tiempo. Los tres grandes hombres, ¿tendrán _derecho_ á excluir del aire

respirable á sus compañeros, ó estarán en el _deber_ de alternar con

ellos en el bien de respirar libremente y en el mal de respirar con

dificultad? Si los hombres eminentes son los más fuertes y emplean la

fuerza en privar á sus compañeros de una condición de vida, con todo su

saber y su mérito, ¿no nos parecerán miserables, mil veces acreedores

á la suerte de los que inmolan? Parece que en esto todos debemos estar

conformes, y que si antes quedó consignada _la igualdad de derechos á

la atmósfera_, ahora deberemos añadir: _en cualquiera circunstancia_.

Prosigamos.

Nuestros seis hombres reclusos se hallan privados de alimento

por espacio de dos días; una mano amiga les proporciona manjares

insuficientes para saciar su hambre voraz, pero bastantes á impedir

que sucumban si los reparten con equidad. ¿Deberán distribuirlos en

razón del mérito ó de la necesidad de cada uno? ¿Estará bien que Watt

deje morir de hambre al obrero por saciarse con su ración, diciendo:

«Soy el que ha creado la máquina de vapor»? Todos estaremos de

acuerdo en que no. Por eso en un buque donde escasean los víveres,

en una plaza sitiada, la media, el tercio, el cuarto de ración se

da á todos igualmente conforme á su necesidad y no conforme á su

categoría. ¿Qué quiere decir esto? Esto quiere decir que la sociedad,

al menos la sociedad cristiana del siglo XIX, admite en principio que

en un buque, en una plaza sitiada, _mientras haya quien carezca de lo

estrictamente necesario, ninguno tiene derecho á lo superfluo_. ¿Y

qué se hace de este principio cuando los hombres salen de un estrecho

recinto para vivir libremente donde les parezca? Este principio, ¿no

puede salir de los muros de una prisión, de la cubierta de un buque ó

del recinto de una plaza? ¿Qué es el derecho? Un principio de justicia

sancionado tácita ó expresamente por el mayor número. ¿Y la justicia

varía en una misma época y en un mismo pueblo según la localidad? Pero

se dirá: varía la situación, y no se puede aplicar la misma ley á

casos diferentes. En las circunstancias normales, todo el mundo tiene

aire para respirar y mercados abundantes donde puede proveerse de lo

necesario. ¿Todo el mundo? ¿Y los que viven hacinados en una miserable

buhardilla, en un húmedo sótano? ¿Y los que no tienen con qué comprar

nada en esta plaza cuya abundancia es tan tranquilizadora para la

sociedad? La miseria establece un bloqueo bien estrecho alrededor del

miserable. ¿Qué diferencia existe entre el que no halla qué comprar y

el que no tiene medios de comprar lo que halla? Una tan sólo: que para

el primero debe ser mucho más fácil la resignación que para el segundo.

Mas se dice: «No hay muertes por asfixia en las reducidas moradas que

la miseria habita, y por regla general nadie se muere de hambre en las

calles ni en las plazas». Cierto, la miseria, por regla general, no

presenta casos _fulminantes_. La atmósfera infecta, la humedad, la mala

alimentación, la falta de abrigo, el excesivo trabajo, alteran la salud

mucho antes que quiten la vida. Hay una enfermedad larga, muy larga,

que tiene un nombre griego, con el cual la sociedad se tranquiliza

completamente; á lo que parece, no es responsable más que de las

muertes repentinas, que no estén bautizadas por la Patología.

La Igualdad Social y Política y sus Relaciones con la Libertad · 第 5 / 12 段