¿Qué hacer para obligar á la sociedad á que sea lógica y admita las

consecuencias de sus principios? ¿Formaremos una larga lista de

derechos? ¿Reclamaremos ese derecho que se llama sufragio universal,

ó el derecho al trabajo, etcétera, etc.? No, ciertamente; los

abandonaremos sin dificultad, pidiendo sólo el derecho á la vida.

Pero ¿es esto practicable? Hasta donde lo sea será justo, porque

_derecho imposible_ es la fórmula de todas las revoluciones abortadas,

y nosotros no queremos revolución más que en las ideas; en las cosas

queremos reforma. Queremos que haya pobres y ricos, pero no miserables

y potentados. Nos resignamos á que unos anden á pie y otros en coche;

pero no que unos vayan descalzos y otros que tengan media docena de

carruajes. Queremos que unos se calienten en un barreño con lumbre,

y otros á una magnífica chimenea; pero no que unos se mueran de

frío y otros gasten sumas inmensas para tener en la zona templada ó

glacial plantas exóticas á la temperatura de los trópicos. Y ¿qué

somos nosotros que estas cosas queremos? ¿Llevamos el nombre de alguna

escuela de esas cuyas doctrinas amenazan el orden social? Nada de eso;

somos simplemente cristianos y vivimos en el siglo XIX.

No abogamos por una igualdad absurda é imposible; pero queremos que se

reconozca el principio del derecho de igualdad á la vida, y que las

leyes todas tengan la tendencia de hacer imposible, ó por lo menos más

y más difícil, lo que pudiera llamarse los delirios del lujo, y cuya

reacción son los sangrientos extravíos de la miseria.

Y este _derecho_ á la vida, ¿cuándo podrá convertirse en _hecho_? Este

derecho, como todos, será practicable cuando esté en el buen sentido,

y practicado cuando esté en el sentido común. En cuanto á los peligros

de sentar ciertos principios más fáciles de llevar á la pasión que á

la práctica, los deploramos, pero están en la naturaleza de las cosas.

Desde que un derecho se establece como tal por los pensadores, hasta

que se admite por los más y pasa á ser hecho, transcurren á veces

siglos de agitación y de lucha entre los que le reclaman como _justo_

y los que le niegan como _imposible_. Lucha tan inevitable como las

epidemias, las erupciones volcánicas y las tempestades. De ningún

pensador referirá la Historia que dijo: _la justicia sea y la justicia

fué_. No; la justicia para brillar ha menester largos combates,

sangrientos, pero menos dolorosos que el reinado tranquilo de la

iniquidad.

CAPÍTULO III.

CONSECUENCIAS DE LA DESIGUALDAD SOCIAL DEL HOMBRE Y LA MUJER.

No puede entrar en nuestro plan, porque sería salirnos del asunto

que tratamos, discutir sobre si las facultades intelectuales de la

mujer son ó no inferiores á las del hombre; basta á nuestro propósito

considerar:

1.º Si tiene la mujer más facultades intelectuales que cultiva;

2.º Si de la falta de cultura resulta para ella desigualdad;

3.º Si esta desigualdad se gradúa de modo que la rebaje respecto al

hombre;

4.º Consecuencias de que esté rebajada.

¿TIENE LA MUJER MÁS FACULTADES INTELECTUALES QUE CULTIVA? Hay opiniones

acerca de si conviene ó no que la mujer se instruya, y también sobre

el alcance de su inteligencia; pero no respecto al hecho constante y

comprobado de que es apta para trabajos intelectuales, industriales

y artísticos á que no se había dedicado hasta aquí y á que no se

dedica aún en los pueblos poco cultos: en los más civilizados la

mujer adquiere conocimientos científicos, artísticos, mercantiles é

industriales que prueban de una manera concluyente su aptitud para

ellos, y más, á medida que se le dan mayores facilidades para aprender.

En España, aunque poco, también ha progresado la enseñanza de la mujer,

poniendo de manifiesto que tiene aptitud para las ciencias, las artes,

la industria y el comercio. Las leyes, las costumbres, su ignorancia

misma, se oponen en muchos países á que se instruya; pero en ninguno

se ha visto que sea incapaz de aprovecharse de la instrucción á medida

que la recibe y que no se eleve en la escala intelectual. En los

Estados Unidos, en Suecia, en Inglaterra, en Rusia, donde quiera que

no se le prohibe la actividad intelectual, la despliega iniciándose

en las ciencias, ejerciendo artes á que exclusivamente se dedicaban

los hombres y tomando parte en los procedimientos de la industria, en

las operaciones mercantiles, etc., etc. Prescindiendo, según dejamos

indicado, de si sus facultades intelectuales son iguales ó equivalentes

á las del hombre, parece fuera de toda duda que tiene más que ha

cultivado hasta aquí y que cultiva aun en los pueblos donde mejor se la

instruye.

¿DE LA FALTA DE CULTURA RESULTA PARA LA MUJER DESIGUALDAD RESPECTO

DEL HOMBRE? Basta formular la pregunta para determinar la respuesta

afirmativa. Es patente la desigualdad que resulta entre dos personas de

las cuales una estudia, aprende, sabe, y la otra no recibe instrucción

alguna. La esposa del hombre de ciencia, del artista, del industrial,

del comerciante, nada entiende, por lo común, ni sabe de la profesión

de su marido: unidos están por el afecto; intereses comunes tienen, y,

no obstante, en las cosas del entendimiento se hallan separados por

la diferencia esencial que existe entre quien sabe lo necesario y el

que lo ignora todo. Por preocupado que esté un hombre con un problema

cualquiera, no lo consultará con su mujer, ni aun le hablará de él,

porque, en general, no lo comprendería mejor que la criada. Existe,

pues, entre el hombre y la mujer de la misma clase una desigualdad

evidente que resulta de la ignorancia de ésta y la instrucción de

aquél; y como el elemento intelectual, si es influído, como sabemos,

también influye en el moral y el físico, las desigualdades de

inteligencia determinarán otras, y tanto más, cuanto la civilización

esté más adelantada y la cultura sea mayor. Sucede respecto á los sexos

algo parecido á lo que acontece con las clases: no las hay en una

horda salvaje, y se van formando y aumentando sus diferencias á medida

que el pueblo se civiliza. Así también la desigualdad intelectual

que no existe entre la mujer y el hombre cuando la ignorancia es

común á entrambos, va graduándose á medida que el saber se aumenta

si no se instruye más que uno solo. Y no es necesario recurrir á la

Historia para estudiar en sus diferentes épocas el hecho, sino que

puede observarse hoy en cualquier pueblo, porque en todos existen, aun

simultáneamente, clases cuya cultura constituye gran diferencia entre

el hombre y la mujer, y otras en que son igualmente rudas las personas

de los dos sexos.

Este último caso comprende un número menor del que á primera vista se

creería, porque aun entre el hombre y la mujer que parecen igualmente

rudos, suele tener el primero alguna mayor cultura. Se pone algún

mayor cuidado en enviarle á la escuela, y sabe leer, escribir y contar

con más frecuencia y algo mejor. Además, la educación industrial

del hombre, aun del pueblo, es muy diferente de la que recibe la

mujer, á quien están vedados casi todos los oficios que exigen arte

y aprendizaje. Son muy desiguales los conocimientos de la obrera y

los que tiene un oficial ó maestro de cualquier oficio, exigiendo la

práctica de la mayor parte de ellos conocimientos ó habilidad que están

muy por encima de la educación industrial de las mujeres: todo esto es

bastante sabido para que no sea necesario insistir más.

LA DESIGUALDAD QUE EXISTE ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER, ¿REBAJA Á ÉSTA?

las evidentes desigualdades que hemos recordado y todo el mundo sabe,

constituyen _inferioridades_ respecto á la mujer. ¿Cabe dudar que

el que _ignora_ es inferior al que _sabe_, en cualquier asunto, lo

mismo que se trate de escribir un libro ó de imprimirle, de hacer un

puente ó un par de botas? La inferioridad de la mujer no se limita á

una ú otra esfera social, sino que llega á todas; no sabe la teoría

de las ciencias ni la práctica de las artes y oficios; para la obra

intelectual no se la admite, y para la artística é industrial sólo en

pocos casos y en la clase ínfima.

De esta inferioridad científica y artística resultan otras. No siéndole

posible á la mujer el ejercicio de las profesiones, artes ú oficios

lucrativos, se agolpa, puede decirse se apiña alrededor de los pocos

trabajos manuales á que puede dedicarse, y cuyo precio se rebaja en

términos que hacen, por lo común, imposible que viva de su trabajo; la

depreciación de éste resulta de una concurrencia desesperada, de la

poca consideración que merece la trabajadora y de otras causas que no

hay para qué investiguemos, bastándonos aquí consignar el efecto, que

es la imposibilidad de que la mujer con su trabajo gane lo suficiente

para vivir.

Inferior en la esfera intelectual y en la artística, con una

inferioridad tan general y constante, la mujer tiene que resultar, y

resulta, rebajada.

Pasadas las idolatrías del amor, y prescindiendo de ciertos

sentimientos caballerosos y tiernos afectos de familia, la mujer

ocupa un lugar muy inferior al hombre en la opinión, en la ley, en las

costumbres, y su desigualdad llega á un grado que la rebaja.

Nos causa extrañeza, repugnancia ó indignación el proceder de los

salvajes que abusan de la fuerza para hacer trabajar á sus mujeres

mientras ellos huelgan, convirtiéndolas en bestias de carga; pero el

proceder de los hombres civilizados hasta aquí, si es menos brutal, no

ha sido mucho más justo. ¿No es un hecho de fuerza y un abuso de ella

la prohibición de que las mujeres se dediquen á profesiones y oficios

para los cuales tienen reconocida aptitud? La desigualdad que resulta,

¿no es consecuencia de la _muscular_ más bien que de la intelectual,

y un verdadero salvajismo el no dejar á las mujeres más que aquellos

trabajos que por muchas circunstancias han llegado á ser abrumadores

para ellos?

Las mujeres, infinitamente más ignorantes y más pobres que los hombres,

han de ser menos consideradas y aumentar su descrédito en estados

sociales donde el saber y la riqueza tienen mayor importancia cada día.

Prescindiendo de excepciones, y observando lo que hay en el fondo

de apariencias que engañan, la regla y la realidad es que la pobreza

intelectual de la mujer la lleva á la miseria económica, lo cual la

rebaja, y que, en circunstancias desfavorables y frecuentes, de su

penuria y desprestigio resulta su abyección.

CONSECUENCIAS DE QUE LA MUJER ESTÉ REBAJADA. Las consecuencias de la

desigualdad que deprime y rebaja á la mujer son:

Legales;

Físicas;

Intelectuales;

Morales.

Las enunciamos en el orden inverso de su importancia.

_Consecuencias legales._ La mujer fué considerada como esclava,

primero; después, como sierva, y por último, como menor: todas las

legislaciones de los pueblos civilizados se han modificado en favor

suyo y con tendencia á igualarla; pero esa tendencia, más ó menos

marcada, realizándose más lentamente ó con mayor rapidez, no es todavía

un hecho en pueblo alguno, porque no hay uno solo en que la mujer y

el hombre sean iguales ante la ley. Sin derechos políticos, mermados

los civiles, incapacitada legalmente para las profesiones y para los

cargos públicos, en el veto de la ley halla el reflejo de la opinión

y un insuperable obstáculo á su actividad y razonable independencia.

Proclamada legalmente su inferioridad intelectual, tenida, en parte,

como menor, estas circunstancias no son atenuantes cuando delinque:

el legislador, que la considera inferior para utilizar las ventajas

sociales, la trata como igual al hombre para penarla, y aun en ciertos

casos le exige responsabilidad mayor y la pena más severamente. La

ley, que le cierra las puertas de los establecimientos del Estado, le

abre las del lupanar; la ley, que no le permite publicar un libro sin

permiso de su marido, no le exige el de su padre para entrar en la casa

de prostitución legalmente autorizada.

_Consecuencias físicas._ La mujer, como trabajadora, no está ni aun

al nivel de los obreros menos inteligentes y más débiles respecto al

salario. Es tal su desprestigio y el desdén que inspira, que la misma

obra, sin más que porque ella la hace, se paga menos que si la hiciera

el hombre; cualquiera labor que realice, cualquier cargo que desempeñe,

es siempre con rebaja en la retribución respecto á las personas del

otro sexo que prestan igual servicio; y esto no es sólo un hecho, sino

que parece un derecho, y cosa muy natural que un hombre gane más que

una mujer.

Como tales hechos son generales y constantes; como las mujeres

están incapacitadas para el ejercicio de las profesiones y oficios

lucrativos; como los pocos trabajos á que pueden dedicarse están mal

retribuídos, y peor si son desempeñados por ellas; como además no

hallan trabajo, resulta que su situación económica es aflictiva; que

no teniendo medios de subsistencia, no pueden tener independencia; que

se casan de cualquier modo, se prostituyen _ó se matan para ganar la

vida_, según una frase que parece carecer de sentido y le tiene bien

terrible.

De las diez ó doce horas de trabajo continuo y sedentario, con el cual

la mujer no gana para procurarse lo necesario fisiológico, resulta una

vida que se pierde ó cuando menos se debilita por el exceso de fatiga

y falta de alimentación. Es raro, muy raro, que pronto ó á la larga no

enfermen las mujeres que viven de su trabajo, y más raro aún que tengan

la robustez necesaria para que, si llegan á ser madres, no engendren

una prole raquítica. Esos niños endebles y escrofulosos pueden serlo

por muchas causas; pero una muy poderosa es que deben la existencia

á madres que han trabajado mucho y comido poco, y con su sangre y

su leche empobrecida dejan una prole cuya debilidad es el reflejo

de su desdicha. La inmensa mayoría de las mujeres necesita trabajar

para vivir; se halla sin trabajo ó tiene que aceptar los rudos, peor

retribuídos y más mecánicos; siendo considerada cual máquina, débil;

necesitando mucha fuerza para transmitir una parte á sus hijos como

madre y como nodriza, y no teniendo esa fuerza, de su debilidad resulta

la de la prole y una concausa poderosa para la degeneración de la raza.

La situación económica de la mujer, su falta de recursos propios, dan

también otro resultado, los matrimonios prematuros, cuyas consecuencias

físicas son deplorables. El hombre suele esperar, para casarse, á

concluir su carrera, á tener un oficio ó modo de vivir, á quedar libre

del servicio militar, etc., etc.: la mujer, que no tiene más carrera

que la del matrimonio, lo celebra, por regla general, en cuanto halla

con quién. Aunque sea muy joven, aunque sea una niña, aunque esté

muy lejos de la plenitud de vida necesaria para transmitirla robusta,

será madre de hijos endebles, y ella se debilitará ó perderá tal vez

la salud. Esta consecuencia física del estado social de la mujer tiene

mayor importancia de la que tal vez se supone.

Resultado en gran parte de la miseria y de la ignorancia es la

prostitución, cuyas consecuencias físicas son envenenar las

generaciones y degradar las razas, sin que basten á evitarlo las

llamadas policía de costumbres y leyes de higiene. Habrá virus físico

mientras haya cáncer moral, y cáncer moral en tanto que la masa de las

mujeres sea tan pobre y tan ignorante, esté tan rebajada, tan abajo, en

la escala social, que al menor tropiezo se halle en peligro inminente

de caer en la prostitución.

_Consecuencias intelectuales._--Pensadores, filántropos, hombres

ilustrados y caritativos, amantes de la ciencia y de la humanidad, no

comprenden cómo ésta no va más de prisa por las vías del progreso.

Academias, cátedras, liceos, tribunas, escuelas, libros, revistas,

¡cuántos medios de difundir rápidamente la ciencia, que no obstante se

comunica tan despacio! ¿Cuál será la causa? Muchas puede haber; pero

una, y muy poderosa, es sin duda la ignorancia de la mujer, punto

de apoyo para el error, obstáculo para la difusión de la verdad. El

publicista la demuestra, cree demostrarla á todos, sin hacerse cargo

de que las mujeres en general, ó no ven la demostración, ó no la

comprenden, y que lo escrito llega á ellas muchas veces traducido por

quien de propósito ó sin querer lo traduce mal.

Al calcular la suma de instrucción respecto á ciertas clases, no se

tiene en cuenta que la mitad de las personas que pertenecen á ellas no

son instruídas. La madre, la esposa, la hija, la hermana del hombre de

ciencia, lejos de ayudarle á difundirla, es indiferente, se convierte

en un obstáculo para que se difunda, ó se hace aliada de los que la

combaten: esto tiene excepciones, y más en los pueblos más cultos,

pero en los que lo son poco, es la regla. Aunque la posición social

de la mujer es muy desventajosa, no deja de ejercer grande influencia

respecto á la familia, en la que no propaga verdades que desconoce ó

que tiene por errores. Además, la gestión económica de la casa es suya,

y no es raro que auxilie pecuniariamente á los que combate su marido,

y que para coadyuvar á difundir las ideas de éste no pueda hacer nunca

economías. Si el antagonismo llega á convertirse en lucha, sucede

muchas veces que el hombre se cansa y cede, y por lo que él llama paz

contribuye pecuniariamente al poder de los que le hacen la guerra.

Lejos de haber unidad de pensamiento en la familia respecto á muchas

cosas esenciales, las mujeres, ó no le tienen, ó piensan de distinto

modo que los hombres.

Si la mujer se halla sola, viuda ó soltera, y tiene bienes de fortuna,

todavía está en peor situación y más expuesta á ser instrumento de

error, con su riqueza y su ignorancia. Bajo pretexto de guiarla, no

faltará quien la extravíe y se cobre bien el trabajo de persuadirla de

que va por el camino mejor. Como si la mujer no es apta para adquirir

lo es para heredar, la herencia, en las clases acomodadas, pone á su

disposición capitales considerables, que en parte, en mucha parte,

se emplean contra la verdad. Cuando falta armonía entre los medios

materiales é intelectuales, resulta siempre daño: el obrero se embriaga

y se corrompe; la mujer es explotada en provecho del error, y esclava

de él, se cree libre porque tiene doradas las cadenas.

Así, pues, rebajada la mujer bajo el punto de vista de la inteligencia,

contribuye poderosamente á rebajar el nivel intelectual del hombre;

es una red invisible para muchos, pero tupida y resistente, en que se

aprisiona el pensamiento, resultando que la civilización camina como un

cojo, y cae con frecuencia por la desigualdad excesiva de los miembros

que le sirven para marchar.

_Consecuencias morales._--La posición social de la mujer, que la reduce

á la ignorancia, á la pobreza, á la miseria, á la dependencia, ha de

ser fatal á su dignidad, ha de rebajarla moralmente, y en efecto, la

rebaja: si así no sucediese, sería preciso concluir que el miserable

ignorante es el que está en mejores condiciones para ser virtuoso. Las

estadísticas criminales de todos los países ponen de manifiesto que es

mucho mayor el número de hombres penados que de mujeres; pero el nivel

moral de éstas no sube en la proporción que baja el número de los que

entran en las penitenciarías. Las estadísticas criminales prescinden

de un dato de que no pueden prescindir las morales; prescinden de la

prostitución, que la ley tolera ó autoriza, y que la moral condena.

Una prostituta está moralmente más rebajada y es socialmente más

perjudicial que gran número de las personas condenadas por los

tribunales.

La prostitución de que hablamos como daño físico, lo es mucho mayor

moral; y si los males del alma fuesen perceptibles como los del cuerpo,

no habría leproso tan repugnante como una prostituta.

Ese azote físico y moral de las sociedades, ¿sería posible que

existiera más que como excepción rara, si la mujer no fuera miserable,

física é intelectualmente, y no estuviese rebajada en concepto del

hombre y en el suyo propio? La desigualdad social excesiva de los

sexos hace, entre otros males, el de disminuir la dignidad y anular en

parte la personalidad de la mujer: cuando las condiciones de ésta la

ponen en el caso de descender más, baja aún, y resulta la prostituta.

Lo que hay en ella de más repugnante, de verdaderamente monstruoso,

resulta de su falta de personalidad. Forma parte de la sociedad; tiene

derechos civiles; es hija, madre, hermana, hasta esposa, y _no es

persona_: no, no es persona; por eso la desprecia el último hombre

aunque sea un criminal; por eso es tan abyecta y repulsiva. Y como esta

monstruosidad moral no es un hecho raro; como son miles, muchos miles

de criaturas las que inoculan su virus y salpican su ignominia sobre

la sociedad que las tolera, vienen á constituir un elemento perturbador

en alto grado, poderoso, constante é incompatible con la moral. En los

atentados contra ella se hallan por todas partes cómplices livianos,

codiciosos ó ignorantes, y el hecho se repite, se generaliza, hasta

el punto de que se atreve á llamarse derecho, y vive al amparo de la

ley, y hay una cosa que es al mismo tiempo abominable y lícita. Todo

esto sucede por contagio; son las emanaciones de la podredumbre, que,

por ser tanta, vicia la atmósfera y empaña la esfera, que debiera ser

inmaculada, desde donde da sus oráculos la justicia.

Como la prostituta es físicamente tan repugnante y dañina, hace apartar

la vista ó que se la mire principalmente por esta fase, y no llama

bastante la atención de todos hacia su deformidad moral. Y en ella es

donde principalmente debemos fijarnos; porque el hombre está en su

inteligencia y en su voluntad, y ofuscación de la una y perversión de

la otra hay en todo daño que hace. En el causado por la mujer liviana

hay maldad y absurdo, casi podría decirse irracionalidad, por ser

completamente irracional un proceder que lleva consigo la perdición

segura, inevitable y sabida de quien así procede.

Pero ¿cómo se verifica esto? ¿Cómo hay miles, tantos miles de criaturas

que se lanzan á un daño cierto y conocido, que aceptan su perdición,

que arrojan su cuerpo al muladar del vicio y se suicidan moralmente?

¿Cuál es la causa de que se repita tanto un hecho que parece tan

preternatural y fuera de razón? Respecto á la mujer, este hecho como

generalizado, como permanente, como verdadera calamidad social, no se

explica por las pasiones y los instintos pervertidos y desenfrenados

que, cuando más, producirían la prostituta como el ladrón y el asesino:

decimos _cuando más_, porque, dada á la mujer la personalidad que hoy

le falta, y la instrucción y medios de subsistencia que no tiene,

habría de vencer para prostituirse más repugnancias, hacer peores

cálculos, prescindir más de su verdadero interés que el hombre que

infringe las leyes pasando á vías de hecho ó apropiándose lo ajeno.

La naturaleza humana explica la prostitución de uno ú otro individuo,

pero de masas no puede explicarse sino por el estado social, por la

inferioridad que, según él, tiene la mujer respecto del hombre.

Sin llegar al extremo de la _mujer perdida_, frase gráfica con que se

expresa que ha desaparecido moralmente; sin llegar á este extremo,

la desigualdad social de la mujer tiene consecuencias deplorables.

Es una de ellas el matrimonio prematuro, que si tiene inconvenientes

físicos, también morales, haciendo esposas, madres, amas de casa, á

criaturas sin la circunspección y la experiencia que no pueden tener

los pocos años, é indispensables para la dirección moral de la familia

y material del hogar. Aunque una mujer sea muy joven, aunque sea niña,

si hay ocasión de casarla se aprovecha, porque podría no presentarse

otra, y ella no tiene más carrera. Tardará aún años en ser mayor según

la ley, en poder disponer para la venta de algunos metros de tierra;

pero dispone del orden doméstico, del porvenir de sus hijos que no sabe

educar, de la paz, de la dicha del hogar y del honor de su marido: todo

esto se pone con frecuencia en manos de una niña. Es en parte falta

de la ley; pero las leyes ya se sabe que son el reflejo ó el eco de

las ideas y de las costumbres, y mientras la mujer no tenga verdadera

personalidad, ni más posición social que la que le da el matrimonio, ha

de apresurarse á contraerle.

La Igualdad Social y Política y sus Relaciones con la Libertad · 第 6 / 12 段