de un déspota omnipotente ni de la plebe amotinada; como se la ve
razonada, crecer, afirmarse á medida que las naciones se ilustran y
se constituyen conforme á derecho, puede considerarse como un hecho
que permanecerá. Pero todo hecho permanente tiene una causa que lo es
también. ¿Y cuál puede ser esta causa en el asunto que nos ocupa? Esta
causa no puede ser más que un elemento _común_, alguna gran semejanza
entre esos mismos hombres en que se perciben diferencias tan notables
bajo otros respectos, pero que en alguno pueden ser y se consideran
como iguales. Esa causa, ese elemento común es el moral; y como todos
(los sanos de espíritu) distinguen el mal del bien, pueden realizar
el uno ó el otro y son responsables ó beneméritos igualmente con
diferencias personales, pero no de clase, se prescinde de ésta para
juzgarlos moralmente y se los iguala.
Por más que digan los que pretenden separar la moral del derecho
como cosas independientes, no sólo el derecho no puede separarse de
la moral, sino que el progreso consiste en que se unan cada vez más
íntimamente, y el ideal en que no hubiese ninguna inmoralidad que
no pudiera ser y no fuese penada por la ley. No podemos extendernos
sobre este asunto sin pasar los límites del que nos ocupa; pero hemos
debido hacer esta indicación para salir al encuentro á una réplica
posible contra lo dicho, de que la igualdad moral es el origen, base y
afianzamiento de la igualdad ante la ley penal.
El pobre y el ignorante, como el millonario y el docto, ama á sus
hijos y es amado de sus padres; es buen amigo, fiel confidente;
tiene sentimientos y afectos y determinaciones dignas; respeta la
propiedad ajena, la vida de los otros hombres, por cuyo bien inmola
á veces la suya. El filósofo moralista encuentra allí una moralidad
responsable, tan _responsable_ como la de un gran señor ó un sabio,
y una personalidad _respetable_ en la misma medida; y el legislador,
partiendo de este hecho, declara á los hombres iguales ante la ley
penal. Pueden no ser todos electores, ni elegibles, ni catedráticos,
ni ingenieros; pero todos pueden ser honrados, deben serlo y faltan
cuando no lo son: según los grados de la falta, no según el que ocupa
el que la comete, se impone la pena, que es, que debe ser al menos,
consecuencia de una inmoralidad que la ley ha calificado justiciable.
¿Es _idéntico_ el conocimiento que tiene del mal que hace un hombre
rudo y un hombre ilustrado? Puede que lo sea y puede que no. Puede
que lo sea, porque el que sabe sumar, por ejemplo, aunque no sepa
álgebra, ni cálculo diferencial, suma tan bien como el más consumado
matemático, y el mal hecho podrá ser tan claro y sencillo para la
conciencia, como para el entendimiento el que dos y dos son cuatro. El
pensador sabrá la filosofía de las matemáticas y la del derecho que
el letrado ignora; mas para sumar y conducirse bien basta la razón
práctica, y no son menester especulaciones metafísicas ni conceptos
trascendentales.
Como la identidad no existe entre las personas, ni aun en las cosas
que podemos observar, la igualdad hemos dicho que es aquel grado
de semejanza necesario al objeto que nos proponemos al hacer la
comparación. Al comparar moralmente á un rico y á un pobre, á un sabio
y á un ignorante, á través de sus muchas diferencias encontramos
entre ellos la semejanza _necesaria_ y _suficiente_ para declararlos
_iguales_ ante la ley civil y ante la ley penal, é iguales los
declaramos; y esta declaración no es ilusoria como otras que carecen de
fundamento, sino que es real, positiva, practicable y practicada, como
que tiene por base un hecho cierto universalmente reconocido.
Así, la moral, que hemos visto tan poderosa para establecer igualdad
entre las personas que en virtud de su voluntad recta ó torcida se
rebajan ó se elevan, utilizando ó haciendo inútiles ó perjudiciales
los altos dones que han recibido; la moral, que en los pueblos influye
poderosamente para que reaccionen contra la desigualdad injusta, cuando
es ya incompatible con el progreso y produce la decadencia; la moral,
que para el bien de las naciones como de los individuos puede suplir
tantas cosas y no puede ser suplida por ninguna; la moral conserva
siempre su carácter nivelador, en el buen sentido de la palabra, el
carácter de igualar elevando y en su esfera más propia, en aquella en
que su influencia es mayor, es donde primero se establece la igualdad,
porque es donde realmente existe primero.
El que los derechos civiles preceden á los políticos y la igualdad ante
la ley penal se establece en medio de las mayores desigualdades, es un
hecho de todos conocido; pero conviene recordarle y tener en cuenta las
causas que le producen, á saber:
Que en la esfera moral es donde primero se establece la igualdad;
Que para establecer la igualdad basta la semejanza _necesaria_.
Las diferencias se perciben á primera vista; pero reflexionando se
ve que el orden moral, religioso y jurídico tiene por condición la
semejanza. Los preceptos, las reglas, las leyes, no pueden obligar
á todos por igual, sino porque en todos hallan igualmente aptitudes
bastantes para comprenderlas y cumplimentarlas.
CAPÍTULO VII.
LÍMITES DE LA IGUALDAD.
Los límites de la igualdad pueden variar mucho de hecho y de derecho,
según los establezca la fuerza y el error, ó la razón y la justicia;
pero aunque varíen han de existir, porque en lo humano todo los tiene,
y porque un elemento de la organización social, sea el que fuere,
no puede prescindir de los otros, no siendo único, ni dejar de ser
condicional si ha de ser armónico. Las condiciones variarán con los
tiempos y lugares; _à priori_ no pueden señalarse detalladamente; pero
sí afirmar que existirán, y que, no habiendo derecho contra el derecho,
los de la igualdad no pueden destruir ni invalidar otros.
Pocos hay que no sepan esto; pero muchos son los que lo olvidan y
quieren llevar la igualdad donde no puede ir y darle una extensión que
no está en la naturaleza de las cosas.
La igualdad estará limitada más ó menos; pero estará siempre limitada:
Por las diferencias naturales;
Por las que produce la voluntad del hombre;
Por lo que se llama la fortuna;
Por la ley, que tiende á aumentar la desigualdad cuando existe;
Por las necesidades sociales;
Por el Derecho.
LAS DIFERENCIAS NATURALES pueden ser tan grandes que produzcan
desigualdad inevitable; hay dotes de alto precio que ninguna voluntad
iguala, y desventajas que el más firme propósito no compensa. El gran
talento para la guerra, las ciencias, las artes, la política, el
comercio, la industria, descollará dadas ciertas circunstancias, sin
que sea posible que la medianía se ponga á su nivel por más que emplee
un trabajo intenso y perseverante; por el contrario, hay ineptitudes
que se esforzarían en vano para subir ni aun adonde están los
medianos. Tales casos, por ser raros, no dejan de existir y de ejercer
una influencia mayor ó menor, según muchas circunstancias, pero
siempre positiva é inevitable. Esto se entiende en la esfera física é
intelectual, que en la moral ya sabemos que la altura depende de la
voluntad de elevarse. Los hombres, á medida que vivan en condiciones
más parecidas, creemos que se parecerán más y que habrá menos
desigualdades naturales; pero, más ó menos, existirán siempre, y en
cierta medida son necesarias para que los hombres vivan en una sociedad
culta y progresiva.
LAS DIFERENCIAS QUE PRODUCE LA VOLUNTAD DEL HOMBRE son causa más
poderosa de desigualdad que las naturales. Las grandes ventajas ó
desventajas congénitas son raras, y muy común suplir éstas con una
resolución firme y perseverante ó esterilizar aquéllas con la flojedad
ó perversión del ánimo. Ya hemos recordado más arriba el hecho bien
conocido y muy general de los que la determinación firme, débil ó
torcida, ó eleva, ó rebaja, y si aquí lo repetimos es para hacer notar
que, en mayor ó menor grado, tiene que ser inevitable y permanente,
porque depende de la voluntad libre del hombre, á quien no se puede
trazar una órbita para que sin salir de ella gire como los astros. El
nivel moral podrá elevarse y se elevará; habrá más voluntades firmes
y rectas, pero no se concibe que deje de haber desviaciones, y quien
esté por encima y por debajo del nivel común, y grados en la virtud
y en el vicio, en la santidad y en el crimen. El poder del libre
albedrío del hombre, sobre permanente, como que forma parte de su
naturaleza, se extiende á lo físico, á lo intelectual, á lo moral, á
todo su sér. Las ventajas de la belleza, de la robustez, del talento,
ó los inconvenientes contrarios, no ejercen una influencia decisiva
fuera de su círculo de acción propia: por más capacidad que tenga un
hombre no logrará convertirse de feo en hermoso, ni viceversa, y por
más robusto que sea, no trocará en facultades intelectuales su fuerza
muscular, ni con ella las destruirá tampoco. El poder de suplir en
gran parte muchas ventajas ó hacerlas completamente inútiles, y aun
perjudiciales, no existe más que en la voluntad del hombre: ella es,
puede ser, un elemento nivelador; pero en cierta medida será siempre
una causa de desigualdad, porque no se concibe que los hombres no _usen
desigualmente_ de medios de que disponen, aunque éstos fuesen iguales.
LO QUE SE LLAMA FORTUNA influye en la posición de los hombres, en su
bienestar ó su desdicha. La fortuna, en el sentido de acaso, no existe;
hay Providencia, ó, para los que no creen en ella, encadenamiento de
causas y efectos, _causalidad_, no _casualidad_; pero, de todos modos,
hay efectos de cuyas causas no dispone el hombre, y que influyen para
que se eleve ó quede muy abajo. Sin duda que se atribuyen á la suerte
muchos bienes, obra del mérito; muchos males, consecuencia de faltas;
pero también es cierto que hay prosperidades y desdichas por razones
que no se alcanzan, por justicia que no se comprende. Lejos, muy lejos
de nosotros negar esa justicia y esa razón porque está por encima de la
nuestra: la acatamos profunda y sinceramente; pero no por eso hemos de
dejar de ver en lo que se llama fortuna un elemento de desigualdad, tal
vez justa, pero indudablemente positiva.
LA LEY QUE TIENDE Á AUMENTAR LA DESIGUALDAD CUANDO EXISTE, la llamamos
así porque nos parece tener el carácter de ley, es decir, de regla
general y necesaria. Si establecemos un nivel, sea en lo físico, en lo
intelectual ó en lo moral, veremos la tendencia á elevarse más los que
están sobre él y á rebajarse los que quedan por debajo.
En lo físico, el que es fuerte y robusto puede allegar medios de
subsistencia con que acrecentar esa robustez; el que es débil, está
expuesto á la miseria, que aumentará su debilidad; el que dispone de un
capital, halla facilidades para acrecentarle, mayores cuanto es mayor:
la riqueza atrae la riqueza y la multiplica; el que es pobre, al menor
contratiempo se empobrece más, cae en la miseria: hay una fuerza que
empuja, al uno á la opulencia, al otro á la ruina.
En el que empieza á instruirse, la adquirida instrucción le da medios
y facilidades para aumentarla; le inspira el deseo también por el amor
á la ciencia ó el convencimiento de su utilidad; el que es ignorante y
continúa siéndolo, aun en el caso de que pueda procurarse instrucción,
no la procura, porque, no teniendo idea de las ventajas y de los goces
del saber, no los busca; cuanto más tiempo pasa, más difícil le será
el trabajo intelectual y tendrá menos deseo de vencer esta dificultad;
su inteligencia se atrofiará como un órgano que no se usa, y por
gravitación intelectual, el uno irá subiendo hasta ilustrarse, el otro
descendiendo hasta embrutecerse.
El hombre virtuoso halla goces y facilidades para la virtud, que le
elevan en ella cada vez más. Vencidos, tiene sus impulsos egoístas, sus
apetitos groseros, sus ímpetus iracundos: luchó, triunfó, y ha llegado
á aquella altura en que no comprende cómo pueda hacer mal á sabiendas
en cosa grave, y en que su naturaleza, ennoblecida por su firme
voluntad, tiene por ley hacer bien; este bien tiende á acrecentarse
como los tesoros del rico. El hombre vicioso se debilita á medida que
cede; cada falta es una derrota que le predispone á ser derrotado; á
los efectos deprimentes del mal se añade el hábito de cometerle, y la
pendiente hacia él es tan rápida, que sin una reacción fuerte, así como
el que se elevó en la virtud puede llegar á ser santo, el que descendió
se halla en peligro de ser criminal, y vemos esas criaturas que parecen
impecables é incorregibles.
Pueden limitarse los casos (y creemos que se limitarán más cada vez) de
miseria física, moral é intelectual; pero si cualquiera de ellos llega,
por el hecho de existir propende á crecer, y nos parece que las grandes
desigualdades, de cualquier género que sean, tienden á aumentarse,
como la distancia entre dos líneas no paralelas que se prolongan.
LAS NECESIDADES SOCIALES imponen cierto grado de desigualdad por la
división de trabajo y por las diferencias que en el obrero lleva
consigo la diferente clase de obra. Sin duda que se va reconociendo,
y más cada vez, como un factor común al apreciar el valor de las
personas y sus desemejanzas; este factor común es el elemento humano,
la cualidad de hombre que todos tienen; pero aunque ésta nivele
á los más humildes con los más elevados bajo ciertos conceptos,
siempre sucederá que de las múltiples necesidades de una civilización
adelantada hayan de resultar trabajos diversos que exigen aptitudes
diferentes y combinaciones en el arte, en la ciencia, en la industria,
en el comercio, muy propias para establecer desigualdades. Estas
combinaciones podrán neutralizarse con otras, no destruirse, porque
son indispensables en las necesidades crecientes de la creciente
civilización.
EL DERECHO será límite á la igualdad siempre que contra él quiera girar
fuera de su órbita. Un elemento social por mucho tiempo comprimido
suele aparecer haciendo explosión; y como si quisiera vengarse de
haber sido negado negando, pretende, no sólo su natural y debida
influencia, sino la que corresponde á otros, y porque fué desconocido
quiere ser preponderante. Algo de esto acontece con la igualdad, que,
á consecuencia de depresiones injustas, pide nivelaciones imposibles.
Contra sus extravíos no habría remedio más eficaz que el conocimiento
del Derecho, si se generalizara; él encauzaría esa corriente que tiende
á desbordarse, y en ocasiones se desborda. Cuando hay un derecho que
lo es verdaderamente, no puede invalidarse por ninguna pretensión,
injusta desde que pretende destruirle, y definiendo bien y marcando los
límites de todos, se sabe de dónde no puede pasar cada uno. Esto es á
la verdad bien sencillo y bien sabido, mas no por todos, y precisamente
lo ignoran aquellos á quienes más convendría saberlo para no hacer de
la igualdad alguna cosa absoluta, incondicionada y absorbente de todos
los elementos sociales.
En virtud de la igualdad ante el Derecho, existe á veces la desigualdad
entre los hombres; porque no teniendo todos iguales títulos, sería
injusta su pretensión de igualarse. El malhechor que está preso y el
hombre honrado que goza de libertad; el ignorante á quien se prohibe
una profesión y el instruído á quien se autoriza para ejercerla; el
pródigo á quien hay que quitar la administración de sus bienes, y el
encargado por la ley para administrarlos, personas son que aparecen
desiguales precisamente en virtud de la igualdad del Derecho, que,
dando á cada uno lo que le es debido, no puede dar lo mismo á los
que merecen de un modo tan diferente. A unos se debe una prisión, un
tutor ejemplar, una camisa de fuerza; á otros el público aprecio, una
corona, una estatua; y el que pretendiera identificar aquéllos y éstos,
hollaría el Derecho en vez de establecerle.
Cierto que importa mucho antes consignar los derechos cerciorarse
bien de que lo son; mas porque pueda haberlos mal definidos y aun en
desacuerdo con la justicia, no se ha de atacar en su principio la
santidad del Derecho ni prescindir de él alegando otro, sea el que
fuere. Y como es raro, muy raro, que un derecho carezca enteramente
de justicia, que en su motivo de ser no tenga alguna razón de ser,
es necesario analizarle bien antes de declararle incompatible con
otro que le destruya. Y de todos modos, y aunque la injusticia sea
evidente, ni autoriza otra, ni con otra se neutraliza, sino que, por el
contrario, se suma con ella. La igualdad fuera del derecho no estará
fuera de él por atacar á alguno que á su vez no le haya respetado. Si
yo, por ser igual al que tiene reloj, se lo quito á un ladrón que le
ha robado, aunque mi derecho á la igualdad no esté limitado por el de
propiedad, que él no tiene, lo estará por el de algún otro, puesto que
es claro mi deber de no apropiarme lo que en ningún concepto puedo
considerar como mío.
Así, pues, variarán los límites, pero siempre los hallará el derecho á
la igualdad en otros derechos.
PARTE SEGUNDA.
De la igualdad, socialmente considerada.
CAPÍTULO PRIMERO.
INFLUENCIA RECÍPROCA DE LOS ELEMENTOS FÍSICO, INTELECTUAL Y MORAL, Y DE
LA SEMEJANZA NECESARIA Y SUFICIENTE PARA ESTABLECER LA IGUALDAD.
Cuando se observa en las sociedades los progresos de la igualdad y
las dificultades que para progresar halla, es fácil notar que éstas
provienen en gran parte del desequilibrio de elementos que deberían
armonizarse.
El hombre, sér físico, intelectual y moral, no puede consolidar
ninguna institución social, y menos perpetuarla, si prescinde de sus
condiciones morales, intelectuales ó físicas.
La igualdad necesita _semejanzas suficientes_ entre aquellos que ha de
igualar, y sin las cuales pretenderá realizarse en vano.
Estas semejanzas no han de ser parciales, sino abarcar totalmente la
existencia del hombre. Uno ú otro individuo podrá, con voluntad y
virtudes excepcionales, sobreponerse á circunstancias abrumadoras;
pero la regla es que, cualesquiera que sean los principios que se
proclamen y las leyes que se promulguen en la vida de la sociedad, no
hay igualdad _positiva_ sin semejanza _suficiente_.
Cuando falta albergue, sustento y vestido, en la miseria extrema,
¿puede igualarse el hombre que la padece al que tiene recursos
superabundante? ¿Puede prescindir del frío y del hambre para cultivar
las facultades de su espíritu? ¿Puede triunfar de la fuerza tiránica de
las necesidades no satisfechas, hasta el punto de avasallarlas para que
no le embrutezcan? ¿Puede sobreponerse por su carácter á su desventura,
elevarse en una situación que humilla y hacer respetar una dignidad
cubierta de harapos? Si en lo posible y por excepción cabe que suceda
todo esto, la regla será siempre la que vemos en la práctica: que la
miseria física lleva consigo la intelectual, y la moral en parte.
Y al que es moralmente miserable, ¿de qué le sirven los recursos
materiales suficientes y aun superabundantes? ¿No vemos al vicioso y
al criminal inutilizar ó volver contra sí y contra la sociedad los
bienes y las dotes que había recibido de la fortuna ó de la naturaleza?
Igual ó superior á los que estaban al nivel común, ¿no ha descendido
hasta los más bajos? ¿No le vemos rehusar el trabajo material y el del
espíritu, ó incapaz de trabajar á fuerza de excesos ó por el hábito de
la holganza? ¿De qué le servirá la igualdad ante la ley que le allanó
los caminos de la fortuna, si él se labra su desgracia y es propio é
insuperable obstáculo á su bienestar?
La miseria intelectual prepara también las otras: cierto que la
honradez es compatible con muchos grados de ignorancia. Siendo el
lazo moral el más fuerte y necesario para que los hombres puedan
vivir asociados, y la moralidad la condición más precisa para su
moralización, Dios ha provisto á esta imperiosa necesidad dándoles la
intuición del mal y del bien y el libre albedrío para realizarle. Basta
poca inteligencia para ser bueno y aun para ser justo; pero alguna se
necesita, y más cuando se vive en un pueblo ilustrado. La vida social
en parte es armonía, en parte lucha, y fácil es notar que nuestra
existencia es utilizar armonías y triunfar de dificultades. Para lo
que es armónico puede bastar lo espontáneo, lo intuitivo, lo que todo
hombre cabal sabe sin aprenderlo; mas para la lucha se necesitan armas
iguales, y no las tiene el que carece absolutamente de cultura en un
país muy civilizado. La desventaja se gradúa; pero puede ser extrema
y tal, que esta desigualdad lleve á otras, sin que haya más medio de
evitarlas que evitándola.
El hombre embrutecido en un pueblo culto, recibe escasa remuneración
por su trabajo; éste es más rudo, con frecuencia malsano, ó porque lo
sea en sí, ó porque no se tomen las precauciones debidas para sanearle.
El operario, ó lo ignora, ó se conduce como si lo ignorase, ya por
descuido, ya por una especie de fatalismo, muy propio de la ignorancia,
ya, en fin, porque otros están prontos á aceptar las condiciones que
él no acepte, y la necesidad de vivir le impone la de recibir la ley
económica, por dura que sea. Resulta que la inferioridad intelectual
origina la física por el mucho trabajo, á veces malsano y poco
retribuído, y en consecuencia, alimento escaso ó mala vivienda. Así
se ha degradado físicamente la población de muchas comarcas, antes
notables por su robustez y belleza, hoy débiles y con gran número de
individuos deformes. No puede entrar en nuestro plan hacernos cargo
de las causas todas que han producido tan deplorable efecto, que sólo
hemos citado en apoyo de nuestra aserción de que una desigualdad grande
en un elemento de los que constituyen el hombre influye sobre los otros
y puede desnivelarlos.
Para que la igualdad que se defiende en los libros, se proclama en las
Constituciones y se promulga en los códigos pueda ser un hecho social,
es necesario que no halle desniveles tan grandes y tan generalizados
que imposibiliten el equilibrio estable, el cual exige un _mínimum_
de semejanza en el modo de ser de los asociados. Esta semejanza, hay
que repetirlo, no basta que sea parcial; no ha de limitarse á uno de
los elementos de la humanidad, sino comprenderlos todos, porque donde
quiera que haya grandes masas de hombres en la miseria extrema, en la
depravación suma ó en la ignorancia absoluta, se pretenderá en vano
igualarlos con los que estén en circunstancias opuestas. Hemos dicho
_ó_ porque, según se ha visto, una inferioridad produce otras; es
fuerza que arrastra ó virus que inficiona, y empresa ilusoria hacer
independiente en el organismo social lo que en la naturaleza tiene
dependencia mutua.
Así, pues, para que la igualdad se establezca en el derecho y la
justicia es necesario que los hombres no se hallen en circunstancias
que la hagan imposible por esenciales diferencias en lo físico, lo
moral ó lo intelectual, y que paralelamente marchen los progresos
económicos, los intelectuales y los morales.
Se preguntará, tal vez, si para establecer la igualdad en el derecho
han de ser todos ricos, sabios ó justos. Responderemos recordando que
la _igualdad_ no es la _identidad_, sino aquel grado de _semejanza
suficiente_ al fin á que han de concurrir los términos de la
comparación. Los términos de la comparación aquí son hombres, y lo que
hay que investigar es la semejanza que basta para que en la sociedad se
consideren como iguales.
Ya sabemos que los grados de semejanza necesarios para calificar dos
cosas de iguales varían según la clase de ellas y objeto á que se las
destina: con las personas acontece lo propio. Aplicando este principio
á la práctica social, tal vez pueda auxiliamos para evitar errores ó,
por lo menos, la confusión que les es muy propicia.
Un hombre cae herido en la calle; el agresor huye: cualquiera que pasa
tiene aptitud moral y legal para restañar la sangre que corre de las
heridas del primero y detener al segundo; es un acto humano y social,
para el que son iguales el rico y el pobre, el sabio y el ignorante, el
mayor y el menor de edad, el que está privado de derechos civiles como
el que goza de ellos, y á nadie se acusará de haberse extralimitado al
apoderarse del criminal y auxiliar á su víctima. Sométese el hecho á
la acción de los tribunales, y la igualdad se limita: jurado y juez no
puede ser el primero que pasa por la calle; se necesitan condiciones
que la ley marca, y sólo los que las tienen son iguales para aquel
objeto: lo propio acontece para dar dictamen facultativo y para servir
de testigo. El círculo de la igualdad se limita en las funciones
sociales á medida que éstas exigen condiciones que unos tienen y de que
otros carecen.