endeble y enfermizo, ¿qué medios tiene de cultivarla el que no dispone
de otro patrimonio que un trabajo material abrumador, ni puede ver en
ella un medio de romper el círculo de hierro que le encadena en su
clase? ¿Cómo y para qué ha de instruirse? No lo intenta. Embrutecido
ha visto á su padre como le verán sus hijos; y cuando pasan una y otra
y muchas generaciones de hombres que no han pensado, sus descendientes
tienen menos actividad intelectual, menos inclinación y disposición
para pensar. No se hereda el genio ni el talento, ni aun siquiera una
regular inteligencia; porque todo esto, para que se haga perceptible
por sus frutos, necesita el concurso de la voluntad: no se heredan
individualmente aptitudes intelectuales; cualquiera sabe que hay
tontos, hijos de personas de talento, y viceversa; pero numerosas
colectividades, que desde largo tiempo cultivan ó no su inteligencia,
y permanecen separadas, se irán diferenciando; la educación, de
individual pasará á ser colectiva, producirá diferencias positivas y
permanentes según las cuales la clase que se instruye, no sólo tiene
la ventaja de instruirse, sino la de tener mayor aptitud natural para
aprender.
En lo moral, la voluntad del hombre, su conciencia, su libre albedrío,
limitan mucho la influencia de su posición social; en todas puede
ser bueno, justo, santo, y lo es. Pero si su virtud no depende de su
estado, y antes puede acrisolarse en el más humilde, es difícil que
cuando nace muy abajo tenga condiciones de carácter que no favorezcan
las desigualdades establecidas, y que sea digno, firme sin violencia,
perseverante sin terquedad, contra los que intentan rebajarle, cuando
ve que todos los suyos se humillan, se cansan, ceden.
Así, pues, establecida la desigualdad de las clases, y más aún
de las castas, tiende á modificar á los hombres física, moral é
intelectualmente, á convertir con el transcurso del tiempo en
positivas, diferencias que eran imaginarias, y á perpetuarse dando
ventajas naturales y permanentes que apoyan, fortifican, y en cierta
medida legitiman las sociales. Y todo esto, no de individuo á
individuo, sino de unas á otras colectividades.
Semejantes desigualdades, que de imaginarias llegan á ser positivas,
parecen naturales, necesarias, justas, no sólo al vulgo, no sólo á la
soberbia de los opresores y á la degradación de los oprimidos, sino
á los que viven en la esfera elevada de las ideas y que no debían
contaminarse con la injusticia del hecho, al establecer el derecho.
Los grandes filósofos declaran conforme á él, la más inicua de las
desigualdades, y proclaman la esclavitud como base indispensable
del orden social. La ciencia, la religión, la fuerza proclaman la
desigualdad como un axioma, como un dogma, como una institución
veneranda, y la institución se venera y se consolida. La desigualdad
extrema que priva á una clase de derechos, y casi no impone á otra
deberes, las deprava á entrambas; y si alguna idea, si alguna creencia,
si algún sentimiento no produce reacción moral fuerte en favor de
una razonable igualdad, los pueblos decaen, viven en el marasmo de
la degradación y de la desdicha, ó son oprimidos y aun aniquilados
fácilmente por otros, inferiores tal vez, bajo el punto de vista
intelectual, pero superiores moralmente y donde no se han establecido
esas diferencias extremas que convierten á unos hombres en semi-dioses
y á otros en animales de carga.
CAPÍTULO V.
¿CUÁNDO, CÓMO Y CON QUÉ CONSECUENCIAS SE PERPETÚA LA DESIGUALDAD Ó SE
RESTABLECE LA IGUALDAD?
Hemos visto que el resultado inevitable de la civilización, dada la
naturaleza del hombre, es el progreso de la desigualdad, que se gradúa
más y más á medida que aumentan los medios de diferenciarse. Valerosos
heroicos y rebaños cobardes; ricos y pobres; ignorantes y sabios; todos
los esplendores de la gloria, del genio, del lujo; todas las vilezas
de la abyección, del embrutecimiento y de la miseria, crecen paralelas
y separan cada vez más á los que elevan y á los que rebajan. Entonces
llega una hora suprema en la vida de los pueblos, hora que decide de
su prosperidad y á veces de su existencia, hora en que aceptan las
divisiones de clases y de castas ó se rebelan contra el privilegio y
piden derechos para todos, igualdad. Se comprende que ha de ser larga
y terrible la lucha de los esclavos contra los señores, de los pobres
contra los ricos, de los ignorantes contra los sabios; y se comprende
también que si la igualdad es cosa fácil en una horda inculta, es
muy difícil en un pueblo civilizado. Por más dificultosa que sea, es
necesaria, en cierta medida, como la justicia, y se va reclamando y
obteniendo en medio de combates, de exageraciones, de injusticias. Los
que la piden y los que la niegan suelen desconocer sus condiciones,
hasta dónde es preciso que llegue, de dónde no puede pasar, cómo es
relativa al estado social del pueblo que la exige, y con frecuencia se
ve en los privilegiados procedimientos para sostener la desigualdad que
conduce al aniquilamiento y en los niveladores actos para establecer la
igualdad salvaje.
En medio de esta lucha que inmola tantas víctimas y en que perecen
tantos mártires, el trabajo se va lavando de la nota de infamia que le
manchaba; la guerra se humaniza, no sólo en el sentido de no exterminar
á los vencidos, sino en el de no oprimirlos, y tiende á igualarlos
con los vencedores, ó los iguala absolutamente; el privilegio de las
armas se convierte en una carga, en una profesión ó en un oficio; la
religión llama á los hombres hermanos; la ciencia se difunde y se hace
casi siempre aliada de los pequeños: es niveladora, no en el sentido de
aplastar lo que sobresale, sino en el de elevar lo que está debajo; la
miseria y la riqueza no se aproximan, pero se condicionan de diferente
modo; no tienen el fatalismo inmóvil que las caracterizaba; puede ser
rico y lo es muchas veces el hijo del pobre, y el del millonario muere
en la miseria; ésta hará por mucho tiempo terribles estragos; pero
nunca tantos como en los países en que hay la desigualdad de clases que
no pueden confundirse, de castas eternamente separadas.
Las naciones, bajo el punto de vista que nos ocupa, forman dos grandes
grupos: uno, de las que no reaccionan contra la desigualdad cuando
ha llegado el caso en que es un elemento verdaderamente deletéreo,
y se inmovilizan, decaen ó perecen; otro, de las que protestan, se
rebelan, luchan contra los privilegios y los suprimen. Dependiendo la
igualdad de causas tan varias, siendo tan influyente en todos los
elementos sociales y tan influída por ellos, según circunstancias que
varían al infinito, hallará mayores dificultades para establecerse,
tendrá más combates, más vicisitudes, más derrotas, y avanzará rápida
ó paulatinamente. Pero en todo caso, para el pueblo que llega á una
civilización adelantada, el progreso, el verdadero progreso, que es á
la vez material, intelectual y moral, no puede continuar sin el de la
igualdad. Así la vemos crecer más despacio ó más de prisa, pero crecer
siempre, en todos los pueblos verdaderamente prósperos y grandes.
¿Pero basta igualar á los hombres que forman una nación para que ésta
sea digna y feliz? Seguramente que no. La igualdad forma parte de la
justicia, no la constituye; y cuando el nivel está muy bajo, cuando
significa la abyección de todos, menor será el daño si sobresalen
algunos, y menos malas serán las aristocracias que el despotismo de uno
solo sobre muchedumbres que, como rebaños, se esquilan y degüellan. Los
defensores del privilegio presentan en su apoyo, no sólo aristocracias
florecientes y democracias en decadencia, sino pueblos que fueron
grandes mientras tuvieron profundas diferencias de castas ó clases, y
para los cuales la igualdad fué la ruina.
Hay que distinguir, como hemos indicado, el nivel de la instrucción,
del honor y de la virtud, del que establece el vicio, la ignominia y
la ignorancia; hay que tomar la historia en largos períodos, sin lo
cual no puede darnos lecciones. Llegados los pueblos á aquel grado de
civilización en que la desigualdad inevitable subía al máximum, que
degrada y arruina si no se reacciona contra ella, ¿quiénes son los que
tienen interés y deseo de ponerle coto? Los que ha oprimido física,
intelectual y moralmente: los pobres, los ignorantes, los viles; y como
no es posible el instantáneo cambio que los iguale á los superiores, la
transformación es lenta, y en algunos casos imposible. La desigualdad
llega á ser como un miembro que es necesario cortar, pero al amputarle
se ve que ha sido inútil; el organismo todo estaba inficionado, la
fiebre purulenta sobreviene, y la muerte es inevitable. De la misma
manera decaen ó perecen los pueblos de los cuales desaparece una
institución que los ha corrompido sin remedio. Lejos de abonarse una
aristocracia por los extravíos de la democracia que la sigue, se
condena, y la igualdad no hace más que reflejar y revelar los vicios
del privilegio; sólo se puede defender éste cuando puede transformarse,
cuando tiene en sí bastantes elementos morales é intelectuales para
ser humano y expansivo, de manera que su sombra no mate, sino que, por
el contrario, pueda crecer en ella la práctica del deber y la idea del
derecho. La desigualdad exagerada, la casta, la clase inmóvil, paraliza
y arruina al pueblo que en el momento necesario no reacciona, y será
arrastrado á su ruina por una minoría privilegiada, ó por la mayoría
niveladora que proclame el derecho cuando ya no es capaz de practicar
el deber. La plebe envilecida y poderosa que sucede á una aristocracia,
lejos de abonarla es su condenación, porque es su obra.
El privilegio en el mundo civilizado y cristiano no desaparece
entre las ruinas del pueblo que dominó; antes, por el contrario, va
transformándose en derecho y dando lugar, no á la igualdad que rebaja,
sino á la que eleva. Los patricios no son arrastrados por el oleaje
pestilente de un populacho vil, sino convertidos en ciudadanos é
igualados á los que intelectual y moralmente no son inferiores á ellos
ó los aventajan. Sin duda pasiones y errores producen tempestades;
pero después que pasan, y aun en medio de ellas, el nivel moral é
intelectual se eleva más cada día, y las diferencias disminuyen, no
porque los de arriba descienden, sino porque los de abajo suben.
En todas las naciones que progresan, progresa la igualdad, y puede
afirmarse que, en la medida justa, es un elemento indispensable de
bienestar y grandeza.
Y ¿cómo sabremos cuándo la supresión del privilegio precede á la ruina
de un pueblo, y cuándo á su engrandecimiento? Fácil es investigarlo.
Basta saber si se nivela rebajando á los de arriba, ó elevando á los de
abajo: si lo primero, la igualdad es la muerte; si lo segundo, la vida.
Todos los pueblos han pasado, pasan ó pasarán por esa crisis de su
civilización en que la desigualdad inevitable llega á un máximum
incompatible con el progreso si no se reacciona contra ella. Y ¿por
qué esta reacción se verifica en unos países y en otros no, es á veces
saludable, á veces dañosa, y caminando todos al privilegio por vías
muy parecidas, unos le conservan, otros le suprimen con buen éxito, y
algunos se arruinan al arruinarle? No sabemos si habrá quien pueda
dar respuesta satisfactoria á la pregunta: por nuestra parte, estamos
muy lejos de tener ciencia bastante para conocer las causas de tan
varios efectos, y nos limitaremos á señalar una que nos parece de suma
importancia.
Comparando los pueblos que reaccionan á tiempo, y para bien suyo,
contra la desigualdad, y los que para su mal la perpetúan ó la
destruyen, se ve que los primeros no son siempre ni más ricos ni más
inteligentes que los segundos, y que en muchos casos son más pobres y
menos ilustrados, de modo que el elemento material é intelectual es
inferior en ellos. Y siendo esto así, teniendo la desventaja de la
mayor pobreza é ignorancia, ¿cómo realizan el progreso de suprimir
á tiempo la desigualdad excesiva que corroe á otros? ¿Cuál fuerza
los impulsa y los sostiene? La fuerza moral. Los pueblos en que el
hombre es más digno, más justo, más humano, menos egoísta, menos
débil para dejarse arrastrar por los vicios que degradan, mejor
dispuesto para sentir los nobles y piadosos sentimientos que impulsan
á la abnegación y al sacrificio; los pueblos más morales, en fin,
son los que tienen pecheros que pueden transformarse en ciudadanos,
aristocracias en que los señores son hombres con virtud y conciencia
bastante para comprender los deberes de humanidad y practicarlos
hasta dejar en ocasiones á sus pares, y formar en las filas de los
plebeyos, y pelear á su lado y morir por ellos. En estos pueblos, los
de abajo tienen corazón, la dignidad, aunque no sea más que latente,
del hombre honrado; los de arriba tienen entrañas, y todos algo que
repugna aceptar é imponer perpetuamente la servidumbre y la tiranía sin
límites. Podrán ser más pobres y más ignorantes; pero son más dignos
que los que oprimen sin misericordia y se dejan oprimir sin protesta,
y la reacción contra desigualdades irritantes se verifica en virtud
principalmente del elemento moral.
Esta verdad merece ser consignada, porque encierra, á nuestro parecer,
una lección importante. Si pueblos ricos y cultos se han inmovilizado
ó sucumbido en desigualdades incompatibles con el progreso, por falta
de resorte moral; si por tenerle, otros inferiores en cultura, han
suprimido privilegios que eran obstáculo insuperable á su bienestar,
¿no se pone en evidencia la gran parte que el elemento moral tiene para
realizar la igualdad? De pueblo á pueblo el hecho es de más bulto, no
más positivo que de clase á clase ó de individuo á individuo. En vano
se mejorará la situación económica de las masas, y aun se les dará
alguna instrucción; si están desmoralizadas no subirá su nivel, y antes
es posible que descienda, y que á medida que se enriquecen (con riqueza
relativa) se rebajen, porque usando en perjuicio de sus deberes los
mayores recursos de que disponen, se alejan más cada vez de la igualdad
en el derecho, y sólo para la común abyección quedan aptos.
No llevamos, procuramos, al menos, no llevar á ningún asunto espíritu
de sistema ni exclusivismos, muy perjudiciales al descubrimiento de
la verdad. No negamos, cuando se trata de las instituciones y modo de
ser de un pueblo, la importancia que tiene el elemento intelectual
y físico ó económico; pero no suele darse la que tiene al moral; se
conviene en que cierto grado de miseria y de ignorancia hace imposible
la igualdad en el derecho; pero no se recuerda bastante que es también
incompatible con la depravación y que exige un mínimum de virtud como
de bienestar y de cultura. Por eso conviene recordar el testimonio de
la historia; ver pueblos de una civilización adelantada abrumados por
privilegios odiosos ó envilecidos bajo el nivel de la servidumbre por
falta de resorte moral; y observando este hecho en el presente y en el
pasado, en derredor nuestro y en remotos países, nos convenceremos de
que no es fortuito, sino necesario, y que luchan contra las leyes de la
naturaleza humana los que pretenden elevar socialmente al hombre que
moralmente está rebajado.
No se puede hacer un ciudadano de un mendigo, de un loco, ni de un
malvado; y en la casa de beneficencia, en el manicomio ó en el presidio
pueden estudiarse bien, porque están en relieve los insuperables
obstáculos que para igualar á los hombres sin rebajarlos opone la falta
de lo necesario físico, intelectual y moral.
Sin este necesario no hay salud del cuerpo ni tampoco del alma, y
los hombres que no están sanos de espíritu son tan inhábiles para la
igualdad en el derecho como para el servicio militar cuando tienen
defectos físicos.
Así, pues, al que olvida la importancia del elemento moral
recordémosela, y la del físico é intelectual á los que hablan de
igualdad en el derecho al que no la comprende, al que tiene hambre y
á satisfacerla se limitan todas sus aspiraciones. Nunca se ha visto,
y puede asegurarse que jamás se verá, que los hombres se igualen
elevándose si su pobreza en todos conceptos llega á ser miseria. A
veces, una idea, un sentimiento, suplen inferioridades y nivelan: la
fe, el amor, la ciencia, la patria hallan mártires sublimes entre
los hombres más obscuros, que la abnegación y el heroísmo sacan de
su humilde esfera para elevarlos á la gloria y á la inmortalidad. Y
no sólo individuos, sino que hay en la vida de los pueblos horas en
que las muchedumbres, impulsadas por una idea ó un sentimiento, se
igualan á los más altos; pero ya se prevee, y además puede observarse,
que estas explosiones de entusiasmo no sirven para marcar la cultura
permanente á que llegan las colectividades, ni establecen la regla de
su marcha normal y progresiva: ayer dieron mártires y héroes, hoy ó
mañana darán tiranos y esclavos; el nivel era como el de las aguas de
una inundación, que desaparece con ellas y deja al descubierto todas
las desigualdades del terreno. No hay igualdad permanente sino la que
es armónica, ni armónica sino aquella que contiene, en grado mayor ó
menor, pero siempre suficiente, los tres elementos esenciales del
hombre, físico, intelectual y moral. Si no se estableciera esto por el
raciocinio, lo pondría de manifiesto la historia de los progresos de la
igualdad y de las inútiles tentativas para realizarla en el derecho.
Una vez iniciada con buen éxito la reacción contra desigualdades
injustas, van disminuyendo ó desaparecen muchas que, en fuerza de ser
antiguas y positivas, parecían naturales y necesarias. Derribado el
obstáculo que se opone á que los hombres cultiven sus aptitudes varias,
y se multipliquen, no dentro de una clase ó casta, sino según sus
condiciones económicas, afectivas é intelectuales, sucederán dos cosas
de capital importancia.
Las ventajas físicas é intelectuales, la superioridad moral, no serán
dones de la naturaleza ó merecimientos de la virtud, que esteriliza
constante y fatalmente la organización social, sino que podrán, con
mayor ó menor esfuerzo, pero podrán al fin elevar á los humildes y
rebajar á los soberbios que no tienen aptitud adecuada ni voluntad
recta para sostenerse á la altura en que los colocó la suerte. La
ciencia, el poder y la riqueza no estarán vedados á nadie ni serán
patrimonio de ninguno, y lejos de abrumar sin remedio á los de abajo,
podrán servir de estímulo á sus aspiraciones levantadas. Las dotes
naturales y la voluntad recta y firme, la voluntad débil y torcida ó
la escasa inteligencia, cuando no hay una institución que tuerza ó
paralice sus determinaciones libres, producen continuos cambios de
posición, en que los pobres de ayer son los ricos de hoy, y en que el
que nació en la clase más humilde muere potentado. Las armas y las
letras, la ciencia y el poder, la religión y el arte, el comercio y
la industria, tendrán eminencias que han venido de muy abajo, y se
establecerá un movimiento de ascenso y descenso que tiende á confundir
lo que antes parecía irremisiblemente separado.
Cuando las clases pueden confundirse y más ó menos se confunden, no
tienden á formar _razas_, es decir, á acumular por espacio de muchas
generaciones ventajas é inconvenientes, disposiciones que se trasmiten,
diferencias que de sociales han pasado á ser fisiológicas, ventajas é
inferioridades que explican en los unos la humillación y en los otros
la soberbia. No se inmovilizan las masas en el aislamiento de las
clases, y las inferiores progresarán de dos modos: ilustrándose y
participando de la herencia de otras más ilustradas.
Así, pues, como las desigualdades injustas producen efectos que tienden
á perpetuarlas cuando se reacciona contra ellas, la igualdad en el
derecho, una vez iniciada, prepara sus propios progresos, lleva en
sí las condiciones de su incremento y, como la fama, adquiere fuerza
marchando.
CAPÍTULO VI.
¿EN QUÉ ESFERA SE ESTABLECE PRIMERAMENTE LA IGUALDAD?
En cualquier pueblo que nos propongamos estudiar podremos ver:
Palacios monumentales, casas lujosas, habitaciones cómodas, albergues
en que no hay comodidad, tugurios, chozas, cuevas que parecen
inhabitables y que lo son bajo el punto de vista higiénico;
Costosos trajes de ricas telas, encajes primorosos, piedras preciosas,
oro y perlas, vestidos modestos, ropas ordinarias ó burdas, harapos y
desnudez;
Refinamientos en el atavío y cuidado de la persona, pomadas, jabones,
aguas olorosas, cosméticos, tintes, pinturas, todo género de afeite
cuyo objeto es hermosearla, esmero razonable, limpieza higiénica,
descuido perjudicial, abandono completo y suciedad repugnante;
Mesa opípara artísticamente preparada, manjares variados y exquisitos
que en costosa profusión ofrecen servidores de frac, alimentos
sustanciosos y abundantes, comida necesaria, escasa, insuficiente,
hambre;
Paredes cubiertas de seda, suelos de alfombra, techos artesonados,
cortinajes, adornos, raso, terciopelo, oro, maderas primorosamente
esculpidas, ajuar elegante, cómodo, decente, pobre, miserable, en que
no hay silla donde sentarse ni cama en que dormir;
Variedad de carruajes y de soberbios caballos, coche modesto y propio,
vehículo alquilado, botas impermeables, zapatos que dejan pasar la
humedad, pies descalzos;
Torrentes de luz que reflejan espejos venecianos y jarrones de Sèvres,
alumbrado suficiente, escaso, obscuridad completa por falta de medios
de alumbrarse;
Fuego sostenido por el combustible más caro que se ve á través de la
tallada pantalla de cristal, atmósfera tibia en Diciembre y perfumada
por plantas olorosas, temperatura conveniente, muy baja, insoportable,
en que el frío duele y mata;
Costosas diversiones que se suceden, recreo razonable, trabajo
abrumador, ocio aburrido;
Multitud de impresiones recibidas en ciudades y países diversos,
variedad de objetos que se ven ó se conocen, monotonía de una
existencia en cuyo limitado horizonte se descubren pocas cosas y
siempre las mismas;
Prestigio, gloria, aplauso, buen nombre, obscuridad, desprecio,
humillación, ignominia;
Poder, mando, subordinación, obediencia incondicional;
Ciencia profunda, extenso saber, instrucción, ignorancia.
Todos estos contrastes, que parecen rebuscados con empeño, se ofrecen
como espontáneamente á la observación, y aun diríamos á la simple vista
de cualquiera que la fije en los fenómenos sociales. En todos los
países, más ó menos, siempre comprendiendo numerosas colectividades,
existen estas profundas diferencias. Y á pesar de ellas, y aunque se
acumulen, lo cual es muy frecuente, ¿puede establecerse igualdad?
¿Cómo, en qué, para qué se establecerá entre personas tan distintas?
¿Puede ser para ellos más que una palabra con que se disfraza una
ilusión ó un engaño? ¿En qué pueden ser iguales aquel pobre y aquel
rico, aquel poderoso y aquel débil, aquel sabio y aquel ignorante? ¿Qué
poder nivelador rebajará á los unos ó elevará á los otros? ¿Existe,
puede existir ese poder? Sí, ese poder existe; es la voluntad del
hombre, su libre albedrío, su fuerza moral.
Por ella es bueno ó malo, digno ó infame, santo ó malhechor; se iguala
á los primeros ó desciende hasta los últimos, y en medio de tantas
diferencias hace posible y cierta _la igualdad ante la ley_.
¿Ante qué ley? puede preguntarse, porque hay muchas leyes. Cierto;
la ley política puede negarle ó concederle voto, según sea pobre ó
rico, instruído ó ignorante; la ley de Beneficencia puede darle ó
negarle permiso para pedir limosna, según sea un individuo aislado,
ó pertenezca á una colectividad legalmente constituída; la ley de
instrucción pública puede prohibirle que enseñe, ó autorizarle para
enseñar, según que tenga ó no las circunstancias requeridas; pero en
medio de estas y otras desigualdades, en todo pueblo que pretende
llamarse culto existe _la igualdad ante la ley civil y ante la ley
penal_. Las mismas condiciones se exigen para los contratos de los
pobres y de los ricos, y es igualmente justiciable un delincuente,
cualquiera que sea su posición social, su ignorancia ó su ciencia.
No siempre sucedió así, ni hace mucho tiempo que sucede; pero hoy
nos causaría tanta indignación como asombro que la tramitación legal
difiriese según la importancia de los procesados ó contratantes; que
las penas se aplicasen, no según los delitos, sino según las personas
que los cometían, y que dependiese de la calidad del muerto que el
matador pagase con la vida ó con algunas monedas. Nada de esto puede
suceder ya, y parece tan natural que no suceda, que las personas que
lo ignoran no suponen que nunca haya sucedido. En la historia se
encuentran estas distinciones; en el recto juicio y en la conciencia,
no.