hubieran sido eminentes se quedan en medianías por falta de moralidad.
No sólo el vicio debilita las facultades; no sólo el amor propio
exagerado, la vanidad, la codicia, todas las formas del egoísmo limitan
el horizonte, dan puntos de vista mezquinos, impiden elevarse á las
grandes alturas desde donde solamente se descubre la verdad, sino
que sin amor á ella, sin impulsos nobles, grandes, que destruyan los
miserables movimientos del yo mezquino, es difícil la inspiración
sostenida que constituye los grandes hombres. Porque la inspiración
no se limita á los artistas y á los poetas; sin ella nada grande se
crea, se comprende ni se adivina, é inspirados estaban Platón, Leibniz,
Copérnico y Watt, como Homero, Milton y Murillo. Sin trabajo, sin
energía no hay inspiración posible; y como el trabajo es obra de la
voluntad, y cuando ésta se tuerce viene la perversión que degrada y
debilita, resulta que hasta en el genio, que es la aptitud excepcional
que requiere más dotes naturales que se reciben desigualmente al
nacer, hasta en el genio influye poderosamente, á veces de una manera
decisiva, el elemento moral: hay muchos hombres que nacieron con
facultades eminentes, y para ser grandes no les ha faltado más que ser
buenos, y otros que, por serlo en sumo grado, se elevan más que ellos
con menos dotes naturales.
Pero dejando al genio, que es la excepción rara, y viniendo al talento
y á la inteligencia que, sin llegar á él, tienen mayor ó menor el
común de los hombres, ¿quién no ve cómo influye en su desarrollo y
aprovechamiento la voluntad de cultivarla y el modo de dirigirla? No
es necesario extender mucho la vista; en derredor y muy cerca pueden
observarse aptitudes inútiles ó que por culpa suya ha vuelto contra
sí el mismo que las tenía, y facultades comunes, y aun limitadas, que
ha utilizado grandemente el trabajo y la perseverancia. Si el genio
es _poder_ y _querer_, la inteligencia del común de los hombres es
principalmente _querer_, y las desigualdades que en ellos se notan son,
por lo general, consecuencia de la voluntad torcida ó recta, débil ó
fuerte, que rehuye el trabajo ó persevera en él, que da el tónico de
la buena conciencia ó el debilitante deletéreo de la perversión. Es
frecuente ver personas que han adquirido una reputación ó una fortuna,
que se han distinguido sin tener dotes naturales superiores, y por sólo
el resorte moral de una conducta ordenada, de un trabajo perseverante;
y es asimismo grande el número de los excepcionalmente aptos y
dispuestos, que gráficamente se llaman _perdidos_, y que, en efecto,
pierden las facultades de que no usan ó que emplean en su daño.
Verdades son éstas que todo el mundo sabe, por lo cual no hay para qué
insistir en ellas, y sí sólo en las consecuencias que deben sacarse;
éstas nos parecen muy importantes, por lo que no estará mal repetirlas
y determinarlas bien; pueden formularse así:
El hombre se compone de elementos físicos, morales é intelectuales;
Los intelectuales y los físicos los recibe al nacer con una desigualdad
que no está en su mano evitar;
Los morales son obra suya; puede ser bueno ó malo, mejor ó peor, según
quiera; en la esfera moral la desigualdad es obra suya, y en ella no se
rebaja sin culpa, ni se eleva sin mérito.
Pero en la unidad armónica que constituye la persona humana, los
elementos intelectual y físico reciben poderosas influencias del
moral; de modo que el hombre no sólo _puede_ ser bueno ó malo porque
_quiere_, sino que su voluntad influye poderosamente en su fuerza
física, en su robustez, en su belleza y en su inteligencia.
Los elementos intelectuales y físicos que fatalmente parecen establecer
una inevitable desigualdad, están neutralizados por el elemento moral
que no pasa un nivel ciego aplastando lo que sobresale, sino que ordena
justas compensaciones, suprime naturales desigualdades y establece
otras que son consecuencia de una voluntad firme ó débil, torcida ó
recta, y parecen premios merecidos y castigos justos.
Así, pues, aquella desigualdad congénita que parecía tan grande y
tan fatal, observada de cerca no es tan fatal, ni tan grande; porque
además de ser en parte necesaria para la armonía social, en parte está
condicionada moralmente: no es el destino ciego que eleva ó rebaja,
sino una ley en virtud de la cual pueden descender ó sobresalir, según
quieran emplear bien ó mal las facultades recibidas.
Esto no es decir que siempre suceda así, ni que muchas veces no suceda
lo contrario. Hay organizaciones tan débiles que el régimen más
severo no fortifica; deformidades cuya fealdad no puede dejar de ser
repulsiva; entendimientos tan cortos que no logra poner al nivel común
el trabajo más perseverante; y dolores terribles de noble origen que
contraen el rostro y le desfiguran: la voluntad, que basta siempre
para ser bueno, no en todas ocasiones tiene poder bastante contra un
físico enfermizo ó desagradable ó una inteligencia muy limitada. Es
innegable, pues, que hay desigualdades congénitas inevitables, dichosas
para unos, desdichadas para otros; hay misterio en esta desigualdad
original: este es un hecho; pero no debe exagerarse su importancia, ni
darle más alcance del que tiene, ni dejar de ver, al lado del elemento
_fatal_ de la desigualdad, un correctivo en la voluntad del hombre y su
libre albedrío, que condiciona moralmente inconvenientes y ventajas que
parecían haberse recibido sin condición alguna.
Así, pues, al estudiar la desigualdad la vemos desde su origen resultar
de las diferencias congénitas de los hombres, fatales para ellos,
pero condicionadas por el elemento voluntario de la voluntad libre. Y
esto es tan cierto, tan esencial de la naturaleza humana, que en las
hordas salvajes, en los pueblos bárbaros, en las naciones civilizadas,
donde quiera que estudiemos la igualdad, veremos siempre el fatalismo
modificado, neutralizado ó vencido por el elemento moral, que en ningún
caso deja de ejercer grande influencia en el modo de establecer las
jerarquías sociales ó de suprimirlas. La pasión ó el espíritu de secta
ó de escuela, ni el delirio de las iras populares, no son los que
nos dan niveladores tan ciegos é insensatos como ellos, sino que la
naturaleza humana, y á nuestro parecer la voluntad divina, nos ofrece
compensaciones para las diferencias y medios de realizar la igualdad en
el elemento moral, en la voluntad y libre albedrío del hombre.
El origen de la desigualdad, en parte misteriosa, en parte de fácil
explicación, fatal en alguna manera y hasta cierto punto consecuencia
de la voluntad del hombre, está siempre en la naturaleza humana, y, por
tanto, puede variar en sus grados y formas, pero no desaparecer.
¿Y la desigualdad aumenta ó disminuye con la civilización? ¿Sus
progresos están en razón directa ó inversa de los del pueblo donde se
estudia?
Los primeros progresos de las sociedades deben ser desfavorables á
la igualdad, y podrá favorecerla ó perjudicarla una civilización
más adelantada, según circunstancias que varían casi al infinito:
tal vez podría decirse, respecto á la cultura de los pueblos, que la
igualdad está en los extremos, y en medio la desigualdad; pero si esto
se estableciera como regla tendría demasiadas excepciones, que, bien
estudiadas, pondrían de manifiesto la influencia del elemento moral que
hemos señalado.
La igualdad debe estar en su máximo grado en los pueblos salvajes.
En lo físico, los débiles perecen al nacer ó en la infancia; hay un
mínimum muy elevado de robustez y de fuerza indispensable para vivir:
los que tienen menos sucumben; sólo pueden distinguirse los que tienen
más. No viviendo los lisiados, enfermizos, enfermos ni deformes,
disminuyen los elementos de la fealdad, y tampoco tiene muchos la
hermosura en medio de una existencia materialmente tan penosa y con tan
escasos recursos para embellecerse: esto no es decir que todos sean
igualmente fuertes y bellos; pero están muy limitadas las diferencias
físicas, y en su grado máximo la igualdad.
En lo intelectual, la esfera de acción se halla también muy reducida:
ni artes, ni ciencias, ni industria, ni comercio; ninguno de los
infinitos medios que sirven para poner de manifiesto la diferencia de
aptitudes y la superioridad de facultades. Más destreza, más astucia
para la caza, mayor disposición para las empresas de la guerra, un poco
más ó menos de arte para preservarse de la intemperie ó arrostrarla con
menor peligro, son los únicos modos de diferenciarse por debajo ó sobre
el nivel común.
La esfera moral tiene también límites estrechos: son imposibles la
mayor parte de los vicios de la civilización y las opuestas virtudes.
No hay bebidas con que embriagarse; el trabajo, que es condición de
vida, y el cansancio, que hace necesarias largas horas de reposo,
disminuyen las del ocio. Lo rudo de la vida y la escasez de alimentos
ponen límites á la incontinencia, y la general pobreza á los ataques
á la propiedad: los de las personas tienen rara vez objeto, y siempre
peligro, entre hombres á quienes pocas veces se puede robar, y que,
fuertes y habituados al peligro, se defienden valerosamente. No
habiendo apenas goces, la tentación de gozar no impulsa á apoderarse
de lo ajeno; el egoísmo tiene carácter más negativo; las pasiones
feroces apenas hallan freno, y es posible satisfacerlas igualmente
sin reprobación, y antes con público aplauso. Son imposibles y no
existe siquiera idea de la mayor parte de las virtudes, y apenas hay
ni se concibe más que la fortaleza para sufrir el dolor y arrostrar la
muerte. Este modo de ser como encadenado por las necesidades físicas,
por la dificultad de satisfacerlas; esta limitación de ideas, han de
dar cierta uniformidad á los afectos y á las determinaciones. Sin duda
que desde luego serán diferentes; sin duda habrá personas mejores y
peores, de carácter más débil y más firme, de voluntad más ó menos
enérgica, más ó menos recta, más ó menos incontrastable; pero todas
las diferencias se encerrarán en un círculo muy limitado. Los goces,
como las privaciones, se parecen; el dolor y el placer tienen una
generalidad uniforme, que difícilmente da lugar á la envidia ni á la
compasión, al daño ni al consuelo: cuando unos tienen hambre ó frío,
los otros padecen de frío y de hambre; cuando unos carecen de albergue,
los otros no le hallan; cuando unos se ven en peligro, lo están los
otros también. En aquel estado en que los hombres se ven obligados,
por una necesidad _absoluta_, á tener un género de vida _idéntico_, no
deben aparecer apenas las diferencias naturales que, cual semillas
en terreno impropio para que germinen, desaparecen sin haberse
desarrollado. Como Chateaubriand saludaba en el cementerio de aldea _á
los héroes sin victoria_, en las tumbas de un pueblo primitivo podrían
saludarse ambiciosos sin poder, filósofos sin ideas, poetas sin lira:
en semejante estado social, la igualdad está en su grado máximo.
Apenas el hombre trabaja con más perfección, de modo que no necesite
estar trabajando siempre, aquella necesidad imperiosa ciegamente
niveladora disminuye. El más hábil, el más previsor realiza algunas
economías, tentación para el que no las tiene, recurso para el que
por medio de ellas puede entregarse á un reposo fecundo. Aparecen
el malhechor que se apodera de lo ajeno, el vicioso que se entrega
á una brutal sensualidad, el que extasiado contempla los sublimes
espectáculos de la Naturaleza, el que observa ó adivina las leyes del
mundo físico, y el que desciende á lo íntimo de su sér, á su conciencia
y á su corazón, para investigar las del mundo moral. Tan pronto como
los hombres dejan de estar apremiados por necesidades imprescindibles
é idénticas, empiezan á rebajarse los unos, á elevarse los otros.
Uno contempla el cielo, observa los movimientos de los astros y es
el primer astrónomo; otro quiere fertilizar la tierra, inventa un
instrumento para removerla y es el primer mecánico; aquél entra en sí
mismo, y se pregunta quién es y cómo es, observa la creación, busca
al Creador y es el primer filósofo. A medida que los conocimientos se
acumulan, se multiplican, se diferencian mayor número de facultades ó
todas entran en actividad, y las desigualdades se marcan más cada vez.
Hay sabios é ignorantes, héroes y criaturas viles, criminales y santos.
La necesidad general del trabajo continuo é idéntico para no perecer
de hambre, era como un punto céntrico del cual no era posible alejarse
mucho; pero á medida que el pueblo se civiliza, el círculo se ensancha,
los radios se multiplican y extienden, y los hombres que marchan en
direcciones opuestas se alejan cada vez más.
Pero este aumento de la desigualdad con el de la civilización no
es graduado; no se verifica en virtud del desarrollo desigual de
facultades diferentes; no concurren á él en proporciones razonables los
elementos físico, intelectual y moral que constituyen el hombre que
reposada y equitativamente se eleva ó desciende, según que ha recibido
mayores dotes ó las aprovecha mejor. Desde los primeros albores de la
vida de los pueblos se ve una causa permanente y poderosa, subversiva
del orden y de la justicia, que no se tiene en cuenta para elevar y
rebajar: esta causa de desigualdades establecidas _ab irato_, es la
guerra.
La guerra, respecto al asunto que nos ocupa, es subversiva del orden
principalmente en tres conceptos:
Por el modo de calificar á los hombres para elevarlos y rebajarlos;
Por los medios empleados para elevar;
Por la escala que establece para los de arriba y para los de abajo, ó
más bien por el abismo que abre entre unos y otros.
La guerra no pedía al hombre para elevarle una superioridad verdadera,
que consiste en la armonía de sus facultades y en la superioridad
de algunas: fuerza física, valor y alguna destreza para utilizarle
era todo lo que necesitaba para sobreponer un individuo ó un pueblo
respecto de otros pueblos ú otros individuos. No exigía del hombre
que declaraba superior que fuese completo y armónico; le bastaba
mutilado, por decirlo así, y hasta monstruoso: podía ser de limitado
entendimiento y depravada moral, incapaz de comprender nada elevado
ni hacer nada bueno; podía ser hasta excepcionalmente malo, y, no
obstante, calificarse de superior, de grande, y lograr prestigio,
poder, riqueza. En vez de concurrir á su elevación todas las dotes
naturales verdaderamente humanas, y la voluntad para utilizarlas,
bastábanle pocas cualidades ó alguna pasión que las suplía. Parece
claro este hecho: que la guerra tiene un criterio _limitado é injusto_
para calificar á los hombres, elevándolos conforme á sus necesidades,
que son las de la lucha, y no las de la justicia. Y si puede ensalzar
y ensalza muchas veces á los menos inteligentes y más perversos, ¿qué
reglas aplica á los que deprime? No serán equitativas, porque, en
general, no se puede dar á un hombre más de lo que merece, sin que
otro reciba menos de lo que es debido; y en este caso particular, el
motivo que lleva á prescindir de todas las circunstancias malas que no
perjudican para el combate, hace desdeñar las buenas que en él no se
utilizan, y al batallador limitado ó perverso que se eleva corresponde
el inteligente bondadoso que se rebaja, porque le repugna la lucha, la
sangre, el estrago, porque ama la vida y respeta la de los otros. En
vano habrá recibido altas dotes que puede y quiere utilizar en bien de
sus semejantes; le faltan las que la guerra necesita, y es condenado
ignominiosamente á formar parte de la masa que se desdeña y humilla.
Si el criterio de la guerra para establecer la desigualdad entre los
hombres es limitado é injusto, los medios que pone á su disposición
para elevarlos no son más equitativos. Muchas fuerzas ciegas que
sigan el impulso de una que se reconoce superior, séalo ó no; muchas
voluntades que guardan silencio para oir la voz de una sola voluntad
que se impone; obediencias incondicionales é instantáneas, tan sordas
al temor de la muerte como á las amonestaciones de la conciencia, y con
la falta de responsabilidad, la depresión moral que rebaja. Autoridad
sin límites, brillos deslumbradores, opresiones continuas necesarias ó
calificadas de tales; el hábito de ver el hecho convertido en derecho,
la fuerza en ley, la fortuna en mérito, todo hace que los medios
empleados por la guerra sean propios para elevar á los que debían
quedar muy abajo, y rebajar á los que debieran ser ensalzados.
La guerra forma una escala en que están á inmensa distancia el soldado
y el jefe, y abre un abismo entre el vencedor y el vencido. Nada más
contrario á la igualdad que un ejército disciplinado, á no ser el
pueblo que conquista. En un principio, el exterminio establece la
igualdad ante la muerte; pero cuando se empieza á conceder la vida á
los vencidos se convierten en esclavos con este ó el otro nombre, con
más duras ó más tolerables condiciones; entonces se inician las grandes
desigualdades, que van creciendo como la avalancha que desciende por la
montaña nevada. Los opresores que se elevaron suben cada vez más; los
oprimidos que descendieron quedan cada vez más abajo. Hay clases, hay
castas: la organización social forma alrededor de los hombres como un
círculo de hierro que nadie puede romper, y fatalmente encadenado, debe
morir allí porque allí nació. Una vez establecidas estas desigualdades,
el nacimiento da un brillo que nada obscurece, ó una infamia que ningún
mérito borra: cuando esto sucede en un pueblo, aunque no se sepa su
historia, bien puede asegurarse que se compone de conquistadores y
conquistados, porque sólo la embriaguez sangrienta del triunfo puede
dictar tales leyes, y sólo puede admitirlas el pánico de la derrota.
Una vez establecidas, una vez abierto el abismo que separa los fuertes,
los nobles, los explotadores de los débiles, viles y explotados, todo
parece concurrir á aumentar el poderío de los unos y la humillación de
los otros. Se ha dicho con verdad que los que nacen _en_ la esclavitud
nacen _para_ la esclavitud, que se aumenta y perpetúa degradando á
los esclavos. Sobre ellos pesa lo más rudo de la obra social; y como
trabajan sin descanso, sufren sin quejas, viven sin goces y mueren
sin rebeldías, parece natural que vivan, sufran y mueran así, de tal
modo que no sólo los hombres de la fuerza bruta, sino los pensadores
y los filósofos, tienen por natural, por equitativa, por razonable la
más injusta de las desigualdades, la que las crea todas, la que separa
á los hombres en esclavos y dueños, la que da á unos poder, riqueza,
consideración, y á los otros miseria, impotencia é ignominia; la que
envilece el trabajo y ennoblece el ocio.
A veces, la casta guerrera ó la nación conquistadora no son bastante
fuertes para rebajar al mismo nivel todo lo que está por debajo de
ella y gradúa la desigualdad como el feudalismo, y la servidumbre
de los vencidos como Roma, creando diques escalonados donde vayan á
estrellarse las oleadas que levanta el sentimiento de la justicia ó el
dolor de la desesperación.
Así, pues, la guerra, por la clase de personas que encumbra, por la
altura á que las eleva, por los medios que emplea para elevarlas, por
lo mucho que rebaja á los que deprime y los motivos que para rebajarlos
tiene porque hace de unos más, de otros menos que hombres, porque
distribuye ventajas y perjuicios con exceso y sin criterio, y, en fin,
porque da á todo esto la consistencia necesaria, no sólo para que se
sostenga, sino para que se perpetúe: la guerra puede decirse que ha
sido la causa más poderosa y general de desniveles sociales, y efecto
de ella son hoy todavía muchas desigualdades cuyo origen no siempre se
le atribuye.
Las religiones del mundo antiguo han contribuído también á que los
hombres se eleven y se rebajen por motivos que no son ni diferencias
naturales, ni méritos ó culpas, y antes bien proporcionando ventajas á
veces en razón inversa de los merecimientos. Mientras la Divinidad es
el Omnipotente incomprensible y temido que ninguno pretende conocer,
que todos procuran hacerse propicio atrayendo su benevolencia ó
aplacando su cólera, cada cual es el ministro de su propio culto,
y la religión establece las diferencias del merecimiento, no las
desigualdades de la jerarquía. Pero desde que lo incomprensible se
convierte en misterio que algunos pretenden explicar, desde que hay
dogma y sacerdote, hay superioridades espirituales que no tardan en
convertirse en dictaduras, que en pueblos groseros se materializan.
El sacerdocio forma casta privilegiada, hace alianza con la de los
guerreros, y fortifica, sancionándola en nombre de Dios, la desigualdad
más injusta entre los hombres. Parece que el panteísmo de la mayor
parte de las religiones del mundo antiguo debía contribuir á la
igualdad; pero el dogma, que abruma al hombre, que le anonada, que le
quita fuerza y dignidad, que enerva todos los resortes de la persona
hasta aniquilarla moralmente, es no un enemigo, sino un aliado de
las profundas distinciones entre las clases: dada una masa que se
predispone á la humillación, á quien se priva de energía para la
resistencia, y que consiente en rebajarse, habrá siempre alguno, varios
ó muchos que se eleven para oprimirla y explotarla.
Aun en los pueblos donde no hay casta sacerdotal, ni teocracia, forman
los sacerdotes un cuerpo privilegiado, que, depositario de la verdad,
no la comunican á todos igualmente. Los iniciados en los grandes
misterios son pocos, y el Verbo divino no mora entre la muchedumbre,
condenada á vivir en la miseria, en el envilecimiento y en el error. La
desigualdad decretada en el campo de batalla se bendice y se consolida
en el templo.
Así, pues, los progresos de la civilización son los de la desigualdad:
Porque dan lugar á que se cultiven facultades diferentes, se
desplieguen actividades más ó menos enérgicas, y se manifiesten
voluntades débiles ó fuertes, rectas ó torcidas;
Porque la guerra pierde el carácter de defensiva; no tiene ya por
objeto vivir, sino engrandecerse, la conquista; sustituye al exterminio
la esclavitud, y cuando los vencidos son esclavos, los vencedores dejan
de ser compañeros;
Porque la religión hace del sacerdocio casta, ó al menos cuerpo
privilegiado que da sus oráculos al pueblo supersticioso y grosero,
arrojándole el error como se arroja á los perros la carne emponzoñada.
¿Y los progresos de la civilización llevarán consigo indefectible y
eternamente los de la desigualdad? Lo primero es inevitable dada la
naturaleza humana: la desigualdad crece en las primeras sociedades, que
viven de guerra, de ignorancia y de superstición; pero tiene un límite,
puede tenerle al menos, pasado el cual decrecerá é irá acercándose
al mínimum posible. ¿Cómo se perpetúa? ¿Cómo disminuye? Procuremos
investigarlo.
CAPÍTULO IV.
CÓMO SE PERPETÚA LA DESIGUALDAD INJUSTA.
La desigualdad en las masas, clases ó castas tiene los mismos
elementos que en los individuos: el físico, el intelectual, el moral,
y las diferencias que en un principio tal vez no existían, y las
superioridades que eran acaso imaginarias, pueden llegar con el tiempo
á ser reales y positivas. La violencia ó la astucia hizo la _clase_ ó
la _casta_, que el tiempo puede convertir en _raza_; es decir, en un
modo de ser físico, intelectual y moral diferente y superior en los
privilegiados.
En lo físico, cuando por espacio de muchas generaciones unos se
alimentan bien y trabajan poco, y otros viven en la miseria y abrumados
de trabajo, si se mantienen perfectamente separados, al cabo de siglos,
los descendientes de los primeros tendrán una superioridad física
natural.