Nota del Transcriptor:
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LA IGUALDAD SOCIAL Y POLÍTICA
Y SUS RELACIONES CON LA LIBERTAD
OBRAS DE DOÑA CONCEPCIÓN ARENAL
TOMOS PUBLICADOS
I. _El visitador del pobre_, 2 pesetas Madrid, 2,50 provincias.
II. _La Beneficencia, la Filantropía y la Caridad_, 2 pesetas Madrid,
2,50 provincias.
III. _Cartas á los delincuentes_, 3,50 pesetas Madrid, 4 provincias.
IV. _La mujer del porvenir._--_La mujer de su casa_, 2,50 pesetas
Madrid, 3 provincias.
V Y VI. _Estudios penitenciarios_, 5 pesetas Madrid, 6 provincias.
VII Y VIII. _Cartas á un obrero y Cartas á un señor_, 5 pesetas Madrid,
6 provincias.
IX. _Ensayo sobre el derecho de gentes_, 4,50 pesetas Madrid, 5
provincias.
X. _Las colonias penales en la Australia, y la pena de deportación_, 3
pesetas Madrid, 3,50 provincias.
XI. _La instrucción del pueblo_, 3 pesetas Madrid, 3,50 provincias.
XII. _El derecho de gracia._--_El reo, el pueblo y el verdugo._--_El
delito colectivo_, 2,50 pesetas Madrid, 3 provincias.
XIII. _El visitador del preso_, 2 pesetas Madrid, 2,50 provincias.
XIV. _Informes penitenciarios_, 2 pesetas Madrid, 2,50 provincias.
XV Y XVI. _El pauperismo_, 6 pesetas Madrid, 7 provincias.
XVII. _Memoria sobre la igualdad_ (inédita).
A quien solicite la colección le será enviada certificada con sólo
recibir el valor de ella en Madrid.
Estos tomos se hallan de venta en la librería de D. Victoriano Suárez,
Preciados, 48, MADRID.
OBRAS COMPLETAS
DE
D.ª CONCEPCIÓN ARENAL
TOMO DECIMOSÉPTIMO
LA IGUALDAD SOCIAL Y POLÍTICA
Y SUS RELACIONES CON LA LIBERTAD
[Ilustración]
MADRID
LIBRERÍA DE VICTORIANO SUÁREZ
48, Preciados, 48
1898
Est. tip. «Sucesores de Rivadeneyra».--Paseo de San Vicente 20.
INTRODUCCIÓN.[1]
[1] Este trabajo fué hecho en 1862, y revisado por vez primera
en 1876. No debió mi madre darlo por terminado en esa fecha,
cuando en 1892 volvió otra vez á repasar lo hecho en 1862 y
1876. En esta labor había llegado hasta el final del capítulo
II de la segunda parte; pero ni aun lo anterior lo consideraba
concluído, puesto que el borrador del índice tiene entre
paréntesis la indicación de (provisional).--F. G. A.
Basta considerar la frecuencia con que se habla de _igualdad_, el calor
con que se discute, la multitud de personas que toman parte en la
discusión ó se interesan en ella, la vehemencia con que se ataca y se
defiende, la pertinacia con que se afirma ó se niega, la confianza con
que se invoca como un medio de salvación, el horror con que se rechaza
como una causa de ruina; basta observar estos contrastes, no sólo
reproducidos, sino crecientes, para sospechar que la igualdad no es
una de esas ideas fugaces que pasan con las circunstancias que las han
producido, sino que tiene raíces profundas en la naturaleza del hombre,
y es, por lo tanto, un elemento poderoso y permanente de las sociedades
humanas.
Esta sospecha se confirma, pasando á convencimiento, al ver en
la historia la igualdad luchando con el privilegio; vencida, no
exterminada, rebelarse cuando se la creía para siempre bajo el
yugo; existir, si no en realidad, en idea y esperanza, y, derecho ó
aspiración, aparecer en todo pueblo que tiene poderosos gérmenes de
vida.
Aspiración generosa, instinto depravado, impulso ciego, deseo
razonable, sueño loco; bajo todas estas formas se presenta la igualdad,
ya matrona venerable, con balanza equitativa como la justicia, ya
furia, que agita en sus manos rapaces tea incendiaria.
La igualdad en la abyección; la igualdad en el derecho; un populacho
vil que quiere pasar, sobre todos, el nivel de su ignominia; un pueblo
digno que se opone á que la justicia sea privilegio: el pensador, buen
amigo de las multitudes, que procura ilustrarlas; el fanático ó el
ambicioso, que las extravía, todos hablan de igualdad, aunque cada uno
la comprenda de distinta manera.
Esta diferencia en el modo de concebir una misma cosa se observa en
otras muchas; pero tal vez en ninguna es más perceptible que en la
igualdad, porque no hay quizás aspiración que tan fácilmente pase de
razonable á absurda, cuyos verdaderos límites sean tan fáciles de
traspasar, que se ramifique y extienda tanto á todas las esferas de la
vida, ni que haga tan estrecha alianza con una pasión implacable y vil:
la envidia. La envidia enciende sus rencores y destila su veneno en los
individuos y en las multitudes que convierten la igualdad en bandera de
exterminio, y por eso son á veces tan sordas á la voz de la razón y á
las súplicas de la misericordia.
Estudiando la igualdad en el pasado, no se la ve seguir un curso más
ó menos rápido, más ó menos regular; su brillo no crece con las luces
de la inteligencia; su marcha no es paralela á la del progreso humano:
tiene resplandores de relámpago, movimientos vertiginosos, y á veces
cada paso asemeja á una erupción. Esto no es decir que carezca de ley,
no; el huracán y la tempestad tienen la suya; pero es considerar cuán
difícil ha de ser la observación de un fenómeno relacionado con tantos
otros, y que no puede conocerse bien sino conociéndolos todos.
Mas por dificultoso que sea el estudio, parece necesario; la igualdad
no se invoca ya por unos pocos, sino por el mayor número; no se limita
á una ú otra esfera de la vida, pretende invadirlas todas, y sin saber
lo que es, ni los obstáculos que halla, ni el modo de vencerlos, se
pretende suprimir el tiempo necesario, el trabajo indispensable, y
supliendo la fuerza con la violencia, lograr instantáneamente lo que
sólo se realizará en el porvenir, ó lo que no podrá realizarse nunca.
Estas aspiraciones las tiene el que padece, con la impaciencia de quien
sufre, con la cólera del que halla un remedio ó un alivio que supone
negado por la injusticia y el egoísmo. Y no son cientos ni miles, sino
millones de cóleras impacientes y doloridas, que piden á la igualdad un
recurso para su penuria y una satisfacción para su amor propio. Y estos
millones de impacientes iracundos comunican entre sí; es decir, que
multiplican su impaciencia y su ira, que, contenida á intervalos, y á
intervalos desenfrenada, es amenazadora siempre.
Enfrente de los que esperan en la igualdad están los que la temen, los
que ven en ella una cosa monstruosa, imposible, absurda, injusta; un
sueño de la fiebre popular, un producto de las malas pasiones de la
plebe, ó un medio de explotarlas. Para éstos, la igualdad es sinónimo
de anarquía, de caos, de degradación, hasta el punto que _igualarse_
viene á ser _rebajarse_, y persona _distinguida_ equivale á persona
_digna_.
El antagonismo no puede ser más evidente: lo que para éstos es un
atentado, para aquéllos es un derecho; aberración para unos, dogma para
otros.
Los dogmas se creen; los partidarios de la igualdad, las multitudes
al menos, creen en ella, la afirman con la seguridad del que no ha
pensado, con la vehemencia del que espera, y, como todo ignorante que
sea apasionado, están dispuestos á imponer la creencia.
El dogmatismo que suele aplicarse á las cosas espirituales aquí
interviene en las materiales, y no tiene un reducido número de oráculos
en el aula ó en el templo, sino que abre cátedra donde quiera, en
calles y plazas, en caminos y en veredas. El dogmatismo filosófico
y religioso tiene máximas y preceptos que son promesas, reglas que
enfrenan las pasiones, y aunque influya en las cosas materiales, no
se dirige tan inmediata y directamente á ellas como el dogma de la
igualdad. No se trata ya sólo de ser todos igualmente hijos de Dios,
que no hará más distinción que entre justos y pecadores; de ser
juzgados por la misma ley penal, y de suprimir todo privilegio en la
política, sino de promulgar la económica de modo que desaparezcan
las diferencias en las cosas que importan más, porque no se da tanto
valor á tener voto en los comicios como pan y comodidades en casa. La
insurrección económica, la huelga, es la más frecuente, casi la única,
y manifiesta adónde se quiere aplicar el nivel con más empeño.
Mientras otros dogmas pierden prestigio, el de la igualdad aumenta
el número de sus prosélitos, y extiende su acción en cada individuo;
no hay fenómeno social en que no aparezca su influencia, difícil
determinar hasta dónde llegará, al menos como aspiración. ¿Quién pone
límites á la fe y á la esperanza?
Y, no obstante, se comprende la necesidad de ponerlos cuando la
esperanza y la fe no se alimentan de espirituales promesas para otra
vida, sino que quieren realizarse en ésta con la posesión inmediata
de ventajas positivas y materiales bienes. Agréguese que éstos no se
buscan siempre por la persuasión, sino recurriendo á la fuerza, y es de
temer que la apelación á ella se repita más y más si no se contiene la
fermentación de las impaciencias. Uno de los medios de contenerlas es
discutirlas; citar ante el tribunal de la razón á los contendientes;
oirlos con imparcialidad; no negar el derecho porque sea nuevo ni
porque sea viejo, sino atendiendo á la justicia; precaverse contra la
pasión, que no siempre es vocinglera; contra el egoísmo, que puede
ser cínico ó hipócrita; determinar bien los puntos esenciales que se
discuten para quitar al asunto mucho de lo vago que hoy tiene; señalar
las contradicciones que hayan podido pasar desapercibidas, pero que en
los hechos dan lugar á choques y conflictos, y de este modo contribuir
á que, respecto á la igualdad, se tenga opinión que se discute, un
elemento social que se analiza, y no un dogma que se impone ó un arma
con que se amenaza.
PARTE PRIMERA.
De la igualdad considerada social y filosóficamente.
CAPÍTULO PRIMERO.
NOCIONES GENERALES.
La idea de _igualdad_ supone la de _diferencia_: si no se hubiesen
notado maneras de ser diferentes, no cabía afirmar que las hubiera
iguales; no se diría que los hombres lo eran, sino comprendiendo
que pueden dejar de serlo. Que los aficionados á los estudios
psicológicos, que propenden á ver _sucesivos_ fenómenos que tal vez son
_simultáneos_, discutan si la noción de igualdad ha seguido ó precedido
á la de diferencia; á nosotros nos basta hacer constar que si todos
fueran, se sintieran y se supieran iguales, no se discutiría acerca
de la igualdad, viviríamos sin afirmarla ni negarla, sin notarla; no
habría idea de ella, como no existiría la de salud si no se hubieran
visto vivientes enfermos ni se concibiera que pudiesen estarlo.
Anterior, posterior ó simultánea, negación ó afirmación de semejanzas ó
de diferencias, la igualdad y la desigualdad coexisten de tal manera,
que no puede concebirse la una sin la otra, y que el estudio de
cualquiera de ellas es el estudio de entrambas.
Si, pues, desde el primer momento que meditamos sobre la igualdad
la vemos que coexiste con la desigualdad, y que no se concibe sin
ella, la primera consecuencia que sacaremos es que entrambas existen
necesariamente, que son indestructibles la una como la otra, y que ni
el nivel ni el privilegio pueden ser un medio permanente de establecer
la paz y la justicia, porque uno y otro prescinden de la naturaleza de
las cosas. Los defensores del privilegio niegan las semejanzas, los
niveladores las diferencias, sin ver que unas y otras se prueban en el
hecho mismo de tener idea de igualdad y desigualdad. Sus grados, clase
y resultados darán lugar á discusiones y dudas; pero que al menos quede
fuera de ella que la igualdad y la desigualdad se suponen mutuamente,
coexisten son un elemento necesario que se puede modificar, combinar de
este ó del otro modo, pero no suprimir; y la razón nos pone á cubierto
de los radicalismos que entienden arrancar de raíz los abusos ó los
errores, cuando no hacen más que prescindir de lo que es esencial á la
naturaleza humana.
La igualdad supone comparación, y la comparación cosas ó personas
que han de ser comparadas. Ya se sabe que todo sér es _idéntico á
sí mismo_; de modo que, cuando se dice _igual_, evidentemente hay
que referirse á _otro_. Igualdad supone _pluralidad_ de personas ó
cosas que no se aislan, sino que, por el contrario, se aproximan para
compararlas ó ser comparadas.
Un _número_ de seres, una _aproximación_ suficiente, una _comparación_
de sus cualidades, son condiciones indispensables para decir ó negar
que hay igualdad. Ésta supone, pues, colectividad que juzga y resuelve
si algunos, muchos ó todos sus individuos han de equipararse. Por pocos
que éstos sean, la igualdad es un fenómeno _social_, y por groseros que
se los suponga, la igualdad está precedida de una comparación, de un
juicio.
En consecuencia, la igualdad, ya se afirme, ya se niegue, no se puede
considerar en una cosa aislada: como quiera que se comprenda el modo
de ser de una persona, no se la _iguala_ ó _diferencia_ por lo que en
ella se observe en absoluto, sino por lo relativo que con otros tenga
de común ó diferente. No siendo la igualdad personal, sino colectiva,
tiene más fuerza y menos independencia que lo que depende del solo
individuo; y si se conociera mejor, tendría menos osadía y menos
desfallecimientos como un elemento positivo y coartado que no se puede
extender indefinidamente ni suprimir.
La igualdad, como aspiración, existe en varios grados y formas, según
el pueblo en que aparece y el individuo que á ella aspira; pero en
ninguna circunstancia esta aspiración existe sola, sino con otras, ya
del individuo que la siente, ya de los que con él están relacionados.
El mismo que desea _igualarse_ con los que están más arriba, quiere
_distinguirse_ de los iguales, y se indigna de ser _confundido_ con
los inferiores. El espíritu de dominación, tan hostil al de igualdad,
coexiste con él, y cuando no hay una fuerza que le sofoque, ó una razón
que le enfrene, se revela: pueden verse sus tendencias avasalladoras
en el niño que pretende imponer su voluntad, y más aún en el loco,
que no sólo quiere que prevalezca la suya, sino que con frecuencia
se reviste de autoridad superior ó poder omnipotente. Cierto que no
se pueden aplicar á los hombres cuerdos las observaciones hechas en
los niños y en los locos, pero tampoco pueden dejar de considerarse
como datos; porque en el niño están los elementos del hombre; no ha
dejado de serlo el loco por estarlo, y su extravío no consiste en tener
instintos, facultades ó sentimientos que falten á los demás, sino en la
preponderancia desordenada de alguno de ellos. La frecuencia con que
los locos se creen personas muy superiores por sus riquezas, talentos
ó autoridad, hace sospechar que existe en el hombre una propensión á
elevarse sobre los otros, sospecha que pasa á convencimiento notando
que la vanidad y espíritu de dominación son tan comunes en el hombre
como hostiles á la igualdad. Si hay en el corazón humano un elemento
que impulsa á _igualarse_, hay otro que induce á distinguirse, como
se puede notar que existe á la vez el instinto del mando y el de la
obediencia. Estos impulsos iniciales pueden y deben constituir una
armonía: no se diga que son fatalmente hostiles, pero no se desconozca
su antagonismo y se crea que la igualdad puede establecerse sin
lucha y brotar espontáneamente donde quiera que no se contraría la
natural propensión del hombre. Éste, por el contrario, propende á
la desigualdad, porque es vano, porque quiere distinguirse, y para
lograrlo sacrifica muchas veces su sosiego, su vida y hasta su deber.
Desde la noble emulación que inspira al héroe en el campo de batalla y
al sabio en su gabinete, al bestial arrojo del torero, y el artificio
costoso de la coqueta elegante, hay un mundo de esenciales diferencias,
pero se nota un factor común, el deseo de distinguirse; es tan fuerte
este deseo, que anima al hombre en las circunstancias más varias de la
vida; sofoca el ¡ay! del enfermo que siente penetrar en sus carnes el
cuchillo de amputación, y la voz de la conciencia de la mujer de moda
se mezcla á los motivos nobles del hombre virtuoso y á los viles del
criminal. Seguramente hay servidores, y aun mártires, de la religión,
de la ciencia y de la humanidad, en quienes no influye el deseo de
distinguirse y hacer que su nombre no se confunda con los otros, pero
son excepciones; la regla general es que el individuo, siempre que
puede, procura hacerse notable por alguna cosa; que si halla grados
establecidos procura colocarse en los superiores, y que sólo los que
están en el último piden nivelación. Hay, pues, que tener presente el
hecho de que en lo íntimo de la naturaleza humana existe un impulso
antagónico á la igualdad: el deseo de distinguirse.
Siendo el hombre un compuesto complicadísimo de elementos que se
combinan de diversos modos, no es cosa sencilla y fácil de estudiar
la igualdad: puede referirse á la fuerza, á la belleza física, á la
resistencia para el trabajo, la fatiga, el dolor, y contra las causas
que alteran la salud; á la nobleza ó vileza de carácter, á su entereza
ó debilidad, á la actividad ó apatía, al cumplimiento ú olvido del
deber, al egoísmo ó la abnegación, y, en fin, á las varias facultades
intelectuales. Las aptitudes diversas, las variaciones combinadas
de diverso modo, dan lugar á diferencias infinitas en lo físico,
en lo moral, en lo intelectual. La igualdad y la desigualdad están
constituídas por un gran número de igualdades y desigualdades que
modifican y son modificadas: así como del _mismo_ peso ó estatura de
dos hombres no se puede inferir su igualdad física, porque uno puede
ser feo ó enfermo, otro bello y hermoso, tampoco por ninguna cualidad
moral ó aptitud de la inteligencia se puede saber si será igual á otro
que tenga aquella misma aptitud ó cualidad. Y como esto sucede, no
sólo al comparar un individuo con otro, sino todos entre sí; como hay
que ir reconociendo diferencias y combinaciones de ellas para conocer
igualdades, este conocimiento es muy difícil, y muy común, careciendo
de él, resolver como si se tuviera. El que habla resueltamente de
igualdad, ¿puede responder siempre á esta pregunta? ¿De qué igualdad
se trata? No; y la física, la moral y la intelectual constituyen
clases muy diferentes, y dentro de ellas, variedades infinitas. Sólo
clasificando estas diferentes especies de igualdad pueden conocerse, y
sólo conociéndolas negar y concederse con razón.
Siendo los elementos de la igualdad físicos, morales é intelectuales,
hay que tenerlos todos presentes para establecerla; si se prescinde de
ellos, la igualdad es una palabra, un abuso de la fuerza, la ilusión
que desaparece ó el rodillo que nivela aplastando lo que sobresale,
jamás el equilibrio de una armonía duradera.
La igualdad tiene, sin duda, profundas raíces en el corazón humano;
pero además de que halla otros espontáneos impulsos igualmente
arraigados que la contrarían, ninguna planta vive por la raíz sola: no
basta decir que una aspiración es natural para que sea realizable; al
contrario, el hombre está lleno de aspiraciones que rara vez ó nunca
realiza. No creemos que sean inútiles; pero no es éste el lugar de
discutir cómo pueden utilizarse, sino de consignar que las aspiraciones
no son, ni profecías, ni oráculos, sino impulsos que es necesario
enfrenar, ó cuando menos dirigir. Para apreciar los grados de realidad
que pueden tener las aspiraciones, cierto que ha de tenerse en cuenta
la naturaleza humana, pero cuidando de distinguir que hay inmensas
diferencias entre el _natural_ de un salvaje, de un bárbaro ó de un
hombre civilizado, y aun dentro de la civilización, según sus grados,
tendencias y lugar que en ella se ocupa, entre unos hombres y otros; de
modo que, cuando se habla de conformarse á las aspiraciones naturales,
es necesario investigar cuáles son, porque el natural varía.
Aun cuando la igualdad sea aspiración legítima y realizable, no puede
prescindir del principio _no hay derecho contra el derecho_, ni
afirmar que el suyo es el más sagrado, que no tiene límites fijos,
que su uso no está sujeto al abuso, y, en fin, que puede sustituirse
con una maza la balanza de la justicia. Pero desde que la igualdad es
derecho, es sagrado como cualquier otro, indestructible como todos; y
siendo preciado como pocos, y haciendo como ninguno fácil la alianza de
la razón y las pasiones, negarle es tan imprudente como injusto.
De todo lo cual se infiere que la igualdad es un problema social de los
más complicados y difíciles de resolver.
CAPÍTULO II.
DE LA IGUALDAD, DE LA IDENTIDAD, DE LA SEMEJANZA Y DE LA EQUIVALENCIA.
La igualdad sin diferencia alguna entre las personas, sabido es que
no existe, y aun las cosas que no acertamos á distinguir no son
idénticas. Si lo parecen las hojas de un árbol ó las arenas del mar,
es porque no las observamos bien, ó porque no tenemos medios adecuados
de observación: á medida que ésta se perfecciona más, halla más
diferencias; tanto, que conocer es distinguir. Nos parecen iguales las
ovejas de un rebaño que el pastor no confunde, y dos gotas de agua que
ponemos como ejemplo de cosas idénticas, con el auxilio del microscopio
se ve que no lo son.
Si la igualdad entre los hombres no es, no puede ser la _identidad_,
resultará, pues, _de cierto grado de semejanza_. Pero ¿qué grados de
semejanza bastan para constituir la igualdad? ¿Cómo se miden estos
grados? Hé aquí dos preguntas que es preciso hacer y difícil contestar.
Por difícil que sea hay que contestarlas, porque ya se conceda la
igualdad ó se niegue, necesario es razonar la concesión ó la negativa:
reflexionemos, pues, sobre el asunto.
Hay que poner ruedas á un vagón, y han de ser _iguales_. ¿Qué
necesitamos para decir que lo son? No que sean idénticas, sino que su
semejanza sea bastante para resistir igualmente por cierto tiempo,
para que se adapten á la vía de un modo análogo, no tengan demasiado
rozamiento al rodar por ella, no descarrilen en las circunstancias
normales, y no produzcan movimientos violentos y grandes desniveles en
los carruajes.
Necesitamos una balanza: los brazos, los platillos, han de ser iguales.
¿Cuándo decimos que lo son? Cuando tienen la suficiente semejanza para
que los pesos que hacemos con ella tengan la necesaria exactitud.
Según tengamos que pesar patatas, oro ó gases, exigiremos entre las
partes simétricas del aparato más igualdad, grados de semejanza
proporcionados á los de exactitud que deseamos en el peso.
Necesitamos varios aparatos para elevar agua, iguales, y decimos que lo
son cuando los cuerpos de bomba y los émbolos tienen bastante semejanza
para efectuar próximamente el mismo trabajo.
Construímos una escalera con peldaños, que tenemos por iguales si á la
vista lo parecen, asemejándose bastante para que al andar por ella no
se tenga la molestia que resultaría de su mucha desigualdad.
Podrían multiplicarse los ejemplos, resultando siempre que en las obras
materiales se llama igualdad cierto grado de semejanza.
Debe observarse, además, que tácita ó expresamente se prescinde, al
calificar de iguales las cosas, de diferencias que, aun cuando grandes,
no influyen de una manera apreciable en su utilidad para el servicio
que han de prestar. Así, decimos que dos bombas son iguales si tienen
las mismas dimensiones y efectúan el mismo trabajo, aunque estén
pintadas de un color diferente.
Si de las obras pasamos á los operarios, observaremos que éstos se
califican también de iguales cuando sus productos se asemejan lo
bastante para ser igualmente útiles. Llamamos iguales á dos zapateros
que nos hacen por el mismo dinero botas que no difieren de un modo
apreciable en apariencia y servicio.
Pero en cuanto pasamos de la _obra_ al _obrero_, surgen multitud de
elementos que hacen el problema complicado, de sencillo que era. En la
balanza podíamos prescindir de todas las diferencias que no influyesen
para la exactitud del peso; en el zapatero no podemos prescindir de
todas las que no se refieran á la hechura de las botas. Puede ser un
hombre que padece una enfermedad contagiosa transmisible por el calzado
que manipula; un tramposo que pide paga anticipada y olvida ó niega la
que ha recibido; un ratero que echa mano y guarda el cubierto ó la joya
que halló al paso en nuestra casa; un criminal que entra en ella para
combinar, con otros malvados, el modo de asaltarla. ¿Puede parecemos
igual al que está sano de cuerpo y es exacto en sus cuentas y honrado
en sus procederes? Seguramente que no.
Si en vez de calzar se trata de enseñar á un hijo, todavía notaremos
más diferencias importantes entre dos maestros iguales respecto á
ciencia, y habilidad y celo en transmitirla. No nos basta ya que
no sean tramposos, ni cometan ninguna acción penada por la ley;
necesitamos que sus maneras sean cultas, su lenguaje decoroso, su
proceder digno, su conducta intachable, á fin de que no dé mal
ejemplo, haciendo más daño con su obra inmoral que provecho con su
obra científica: en este caso la igualdad necesita mucho mayor número
de semejanzas. Estas han de ser más para que haya igualdad entre dos
amigos.
Podemos decir (y con exactitud muchas veces) que nos son iguales dos
operarios que trabajan del mismo modo; mas para afirmar la misma
igualdad en dos personas que aspiran á la mano de una hija, ¡cuánto
mayor número de semejanzas no necesitamos! La comparación se extiende
entonces á lo físico, á lo moral, á lo intelectual. Edad, robustez,
belleza, costumbres, ideas, carácter, aptitud, posición social, todo
lo comparamos, observando analogías y diferencias, inconvenientes y
ventajas, perjuicios y compensaciones; son aquí tantas las semejanzas
que se necesitan para establecer la igualdad, que será muy raro que
un padre, aun obrando con fría razón y recta conciencia, sin dejarse
llevar de simpatías ciegas, ni vanidades locas, piense que es igual un
hombre á otro para marido de su hija.
Se ve que en las relaciones de los hombres, aun las más sencillas y
del orden físico, aun para la obra más mecánica, la igualdad que se
establece no es puramente material; y se ve también que entran en
ella más elementos físicos, morales é intelectuales, á medida que la
relación se establece en más amplia esfera, aumentando entonces el
número de semejanzas necesarias para constituir igualdad.
Parece, pues, bastante claro que al contestar á la pregunta: _¿Qué
grados de semejanza se necesitan para establecer la igualdad?_, no
podemos referirnos á escala y números fijos, ni aplicar la misma regla
comparando balanzas y escaleras, que hombres, ni éstos lo mismo si se
trata de hacer calzado ó la felicidad de las personas que amamos.
De todo lo cual se infiere que _igualdad es aquel grado de semejanza_
NECESARIA _para el fin á que se destinan las cosas ó personas que se
comparan_. Ya sacaremos las consecuencias de este principio, á nuestro
parecer muy importante.
¿Qué es _equivalencia_? La etimología de la palabra lo indica:
_equivalente_ es lo que _vale igual_. La igualdad aquí se refiere,
no á la naturaleza de la cosa comparada, sino al aprecio que de ella
se hace, al valor que tiene. Una moneda de oro, una medida de trigo,
una pieza de paño, un pedazo de hierro, cosas son que se parecen muy
poco entre sí, y, no obstante, pueden ser equivalentes, cambiarse
unas por otras, y tomarse indistintamente como pago de una deuda. La
equivalencia de las personas se establece según condiciones que varían
mucho más que respecto á las cosas: las circunstancias, los errores,
las pasiones, la abnegación, el egoísmo, el vicio, la virtud, el
crimen, la inocencia, todo contribuye á que una persona sea tenida en
poco ó en mucho, y á que se considere que vale más, menos ó lo mismo
que otra con quien se la compara.
Menos fuerza muscular puede suplirse con mayor destreza; una cualidad
moral, una aptitud intelectual con otra ó con mayor perseverancia
en el trabajo y constancia para el bien. Aunque no se suplan las
disposiciones ó las obras, pueden éstas tener un valor igual y ser
equivalentes. Un albañil y un cantero no se suplen, ni un cantante
y un director de orquesta; pero siendo igualmente necesarios éstos
para ejecutar una ópera y aquéllos para hacer una casa, dadas ciertas
circunstancias su trabajo podrá tener un valor igual, y sus servicios
considerarse como equivalentes. Un médico y un abogado no se suplen
en lo relativo á su profesión, pero los servicios que prestan,
aunque muy diversos, pueden valer lo mismo. La muerte del que la
arrostra voluntariamente por la patria en el campo de batalla, ó por
la humanidad en una epidemia, con ser muy distintas son igualmente
heroicas. Hay equivalencias en el arte y en la industria, en lo
intelectual y en lo moral, en todo.
Pero estas equivalencias, ¿qué grados de _analogías_ necesitan? Aquí
empieza la gran dificultad; porque un valor, cualquiera que sea, es
cosa relativa á los medios, necesidades é ideas de quien le calcula
y determina, y dos cosas análogas y equivalentes para uno, para otro
no tienen analogía, ni pueden ser comparadas, ó si lo son es para
apreciarlas de muy diferente modo. El entusiasta por la música y
el que la considera como un ruido menos desagradable que otros; el
aficionado á toros y el que detesta esta diversión, ¿podrán ponerse de
acuerdo sobre la _equivalencia_ de los servicios que presta un torero
y un cantante? El que llama sueños á las especulaciones filosóficas,
y el que cree no hay elevación ni dignidad sino en ellas; el que no
considera como verdadero trabajo sino al manual, y el que le califica
de degradante, ¿podrán convenir en la equivalencia de la obra de un
filósofo y de un picapedrero?
Es un gran auxiliar de la igualdad la equivalencia; por medio de ella
pueden ponerse al _mismo nivel social_ los que tienen aptitudes,
méritos, posiciones diferentes, estableciendo compensaciones armónicas
y durables en vez de esas especies de rodillos que quieren pasarse
por la sociedad como por las carreteras para igualar por presión,
aplastando todo lo que sobresale. El que observa la variedad de
aptitudes que especifica y aumenta la división de trabajo, y duda tal
vez de poder hallar bastantes semejanzas para establecer la igualdad,
ve un modo de suplir á la semejanza con la equivalencia, y se apresura
á señalarla como poderoso elemento de equilibrio estable. Y como el
ánimo al discurrir sobre los grandes problemas sociales es raro que no
esté inquieto; como el asunto es carne viva que palpita, que siente,
que sufre; como estas palpitaciones y estos sufrimientos se comunican
al que los estudia con deseo de calmarlos, cuando se halla ó se cree
hallar un calmante, es difícil que al desear su eficacia no se exagere.
Fácil es, por tanto, caer en exageración al graduar lo que al
equilibrio social puede contribuir la equivalencia; mas sin
considerarla como una panacea, parécenos que puede calificarse de
remedio en algunos casos, y siempre de elemento armónico de razonable
igualdad. Al congratularse de que exista, y al contar con él, hay que
precaverse de exagerar su poder, y, sobre todo, de no imaginar que
es independiente. La equivalencia puede penetrar muy adentro en el
organismo social, pero no influir sin ser influída, y sin un previo,
largo y difícil trabajo para calmar pasiones, desvanecer errores,
satisfacer intereses y hacer concurrir al bien elementos cuyas armonías
no se sospechan al ver sus aparentes antagonismos.
Pero si parece indudable que la equivalencia puede contribuir de
un modo eficaz á establecer la igualdad, tampoco tiene duda que su
cooperación ofrece dificultades cuya magnitud conviene apreciar
bien, para que no se conviertan en insuperables obstáculos. Por una
parte, si pueden ponerse al mismo nivel, no sólo los que son iguales,
sino también aquellos que valen igualmente, claro es que aumenta
el número de personas que se igualaron, socialmente consideradas;
pero este aumento requiere condiciones difíciles, es más dificultoso
determinar equivalencias que igualdades. Comparar dos médicos entre
sí, un médico con un naturalista ó un abogado, un poeta con un piloto,
un ingeniero con un albañil, un artista con un artesano, ofrece
dificultades crecientes á medida de las diferencias: ya no se buscan
semejanzas que se llaman igualdades, hay que observar analogías para
determinar equivalencias. Este trabajo se ve claramente es mucho más
delicado y difícil, aunque se hiciera con toda calma, despreocupación
y justicia; pero suele faltar esta justicia, esta despreocupación,
esta calma, y suele medirse el valor de las diferentes clases como
miden la temperatura los que no tienen termómetro, y según sienten
calor ó frío, dicen que una casa está fría ó caliente. ¿Qué escala, qué
regla hay para graduar las equivalencias sociales? Si no nos pagamos
de palabras y de apariencias, veremos que no existen reglas fijas; y
reflexionando sobre el caso, notaremos que las escalas es inevitable
que sean variables con las ideas, las pasiones, las necesidades y la
manera de ser de los que las forman. El pueblo guerrero y descreído
no puede conceder equivalencia entre el combatiente impávido y el
piadoso sacerdote; el ignorante y vicioso, entre el sabio que le quiere
instruir y el cómico, el cantante ó el torero que le divierten: donde
se cree en la diferencia real de las castas y de las clases, no hay
equivalencia posible entre los que figuran en las primeras y los que
pertenecen á las últimas. Cada cambio en las ideas, en los intereses,
en las necesidades, en las pasiones, produce otro en la escala que
gradúa el valor social de los hombres; se establecen equivalencias
donde antes no podían existir, se niegan las reconocidas, y se declara
superior al que antes estaba más abajo, y viceversa. Mirados con
desprecio los que toman parte en las representaciones teatrales, su
oficio es vil, y ellos equiparados á los más indignos; pasan años, no
muchos, para tan notable cambio, y el que era un histrión infame se
convierte en un actor, en un artista apreciable, eminente, sublime,
inmortal, según los casos, y la equivalencia que antes se buscaba en
las últimas capas sociales, se establece en las primeras.
Un gran número de artes y oficios vedados por la ley ó por la
opinión á toda persona digna, y hoy apreciados ú honrados,
han variado la graduación de la escala y los elementos de la
equivalencia. Estudiándolos se ve que crecen estos elementos, que
cada descubrimiento, cada invención, cada camino que se abre á la
actividad inteligente del hombre, es un nuevo medio de equipararle á
otros que ocupaban una posición más aventajada, y aumenta el número
de los que, siendo equivalentes, pueden ser y son considerados como
iguales: la rapidez del progreso en este sentido no puede desconocerse.
No es necesario subir mucho en la historia de los pueblos para ver
que no había equivalencia social respecto á las clases elevadas más
que en dos: el sacerdote y el guerrero. Entre éstas y las demás
mediaba un abismo; la equivalencia era imposible. Después la toga se
equiparó al hábito y á la coraza; así pasó mucho tiempo, y aún los
ancianos recuerdan aquel en que ninguna persona noble que no tuviera
lo suficiente para vivir de sus rentas podía dedicarse más que á las
armas, á la iglesia ó al estudio de las leyes: la equivalencia, que
se había extendido un poco, se limitaba, no obstante, al derecho,
la teología y la milicia; hoy han dilatado su esfera las ciencias,
las artes, la industria, el comercio, modos infinitos de desplegar
dignamente la actividad humana, que, manifestándose de diferente modo y
aplicándose á objetos diversos, tienen igual utilidad y merecen igual
aprecio.
No es posible observar, siquiera sea muy por encima, la marcha de
la civilización sin ver como factor creciente de la igualdad la
equivalencia, y sin notar que este crecimiento es constante, graduado,
sólido, resulta de causas poderosas y permanentes, es lógico, en fin.
Pero quien dice lógica, dice encadenamiento ordenado y necesario
de verdades, dice un inmenso poder y una regla severa, una gran
fuerza y una estrecha sujeción, y para que las consecuencias sean
irresistibles es indispensable que las premisas sean ciertas. No
es una escuela, un club, un orador de tribuna ó de esquina los que
pueden decir á un hombre ó á una multitud tú vales tanto como otra
multitud ú otro hombre: esta declaración puede hacerse aplaudir en una
hora da entusiasmo, ó servir de bandera en un día de motín; pero no
constituirá un derecho si no recae sobre hechos positivos y constantes.
Nuevas ideas, nuevas necesidades físicas, morales é intelectuales, y
quien las satisfaga realmente, es condición precisa para aumentar de
un modo estable el número de los equivalentes sociales, ó variar el
lugar de la escala que ocupan. La adivinación no se ha convertido en
buenaventura descendiendo del oráculo á la gitana, sino porque son
ya pocos y de los que están muy abajo los que creen que hay artes
ocultas para predecir lo futuro. El ingeniero no se ha puesto á nivel
de las profesiones más honradas sino porque satisface una necesidad
generalmente sentida. El cómico no pasó de histrión infame á actor
apreciado sino porque se ha hecho artista en un pueblo que gusta del
arte; y donde el torero recoge aplausos y dinero, y el filósofo vive
olvidado en la miseria, es porque la falta de ideas y el trastorno de
las pocas que hay produce la inversión de las escalas sociales y que
los últimos sean los primeros, y viceversa.
Así, pues, la equivalencia, auxiliar poderoso de la igualdad, crece
constante pero lógicamente; tiene poder, pero está sujeta á leyes;
puede influir mucho, pero no puede prescindir de necesidades, de ideas
y, lo que es más triste, ni aun de errores é injusticias. En vano
un individuo ó una colectividad dirán á otra colectividad ó á otro
individuo: valemos tanto como vosotros, y será cierto y lo probarán; si
los demás no lo comprenden así, si hay quien tiene interés en negarlo
y medios de hacer que su interés prevalezca, la equivalencia, por más
justa que sea, no será menos imposible. No la realiza, pues, quien
pretende imponerla; antes la desacredita, contribuyendo á que se la
declare imposible, cuando no es más que prematura.
Resumiendo. No se debe confundir la igualdad con la identidad, porque
no existen dos personas entre las cuales no haya diferencia alguna.
_Igualdad_ no es una cosa absoluta y fija, sino relativa y variable,
según el objeto con que se establece; así hemos podido definirla _aquel
grado de semejanza necesario para el fin á que se destinan las cosas ó
las personas comparadas_.
_Equivalencia_ es el valor igual que tienen las cosas ó las personas,
no por sus muchos grados de semejanza, _sino por ser igualmente
apreciadas del que las califica_.
Tendremos ocasión de recordar más adelante estas verdades y necesidad
de apoyarnos en ellas.
CAPÍTULO III.
ORIGEN Y PROGRESOS DE LA DESIGUALDAD.
Es tan cierto lo que decíamos en nuestro primer capítulo, de que sin
haber observado diferencias no habría ocurrido pensar en igualdades,
aquéllas y éstas están en relación tan constante, íntima y necesaria,
que al estudiar la igualdad hallaremos de continuo la desigualdad, sin
que nos sea posible hacer investigaciones sobre la una, sin analizar
la otra, y anotando que, bien definida cualquiera de ellas, es fácil
definirlas entrambas con exactitud.
Si la IGUALDAD _es aquel grado de semejanza necesaria para el fin á que
se destinan las cosas ó las personas que se comparan, la_ DESIGUALDAD
_será aquel grado de diferencia por el cual las cosas ó las personas no
puedan servir igualmente al mismo fin_.
El origen de la desigualdad del hombre, que es la que nos proponemos
estudiar, está en la naturaleza, entendiendo por naturaleza del hombre
no sólo su organismo físico, sus necesidades materiales y los medios de
satisfacerlas, sino su sér completo, físico, moral é intelectual.
Sin dejarse llevar de la imaginación ó del espíritu de sistema
afirmando acerca del hombre prehistórico lo que no puede saberse, cabe
asegurar que los primeros hombres no eran iguales entre sí, en el
sentido de ser idénticos, ni aun tenían todos aquel grado de semejanzas
en virtud del cual sirvieran igualmente á cuantos fines pudiesen
proponerse en la sociedad más ruda.
Para evitar equívocos convendrá consignar que entendemos por hombre
un viviente físicamente organizado en lo esencial, como lo están los
hombres de hoy: intelectualmente, capaz de distinguir el bien del mal;
y moralmente, con poder de elegir y realizar el uno ó el otro. El que
no tenga estas condiciones podrá ser hombre para el naturalista, pero
no lo es para el que se ocupa de ciencias morales y políticas.
Entre los primeros hombres los habría deformes, feos, débiles,
enfermizos, y bien constituídos, bellos, fuertes, robustos; estas
desigualdades físicas, por ser las más perceptibles y las más
importantes entre hordas salvajes, no serían las únicas; individuos
habría más resueltos para buscar el peligro, más firmes para
arrostrarle, más circunspectos, más valerosos, más astutos para
triunfar en la lucha continua que era condición de existencia. Que
entre ellos había desigualdades se comprende desde luego observando
que existen hasta entre los animales, y más á medida que ocupan un
lugar más elevado en la escala. Entre los domésticos, que son los que
conocemos un poco mejor, podemos notar diferencias de belleza, de
fuerza, y hasta de inteligencia y de carácter; no se concibe, pues, que
dejen de existir entre los hombres, ni se ha encontrado sociedad por
ruda que sea en que algunos no se distinguieran de los otros, ya fuese
por elevarse, ya por no llegar al nivel común. No hay pueblo sin jefe,
ni donde la tradición no recuerde algunas personas distinguidas. Que se
los suponga venidos de remotas regiones ó descendientes de los dioses,
es lo cierto que se conserva el recuerdo de hombres que no eran iguales
á los otros, que inventaron artes útiles, llevaron á cabo heroicas
hazañas ó las cantaron.
Por rudo que sea el hombre primitivo, por decisivas que sean para él
las inferioridades y superioridades físicas, también le importan en
cierta medida, al menos, las intelectuales, porque además de la fuerza
muscular necesita alguna inteligencia á fin de utilizarla. Un genio
enfermizo no tendría autoridad en un pueblo bárbaro, pero tampoco un
atleta imbécil.
Por todo lo que pensamos, observamos y sabemos, donde quiera que hay
sociedad de hombres se notan en ellos desemejanzas bastante marcadas
para que sean calificadas de desiguales, ya se compare su fuerza, ya
su inteligencia. Estas diferencias son necesarias, sin que puedan
evitarlas aquellos á quienes perjudican, ni conseguirlas aquellos á
quienes favorecen. No depende de nadie nacer feo ó hermoso, enfermo ó
robusto, limitado ó inteligente; todas estas desigualdades naturales
son también fatales.
Aunque sea de paso, debemos advertir que decimos _fatal_ en el
sentido de _inevitable_, no en el de _ciego_ y menos de _injusto_. En
cualquiera época que estudiemos á los hombres hallamos desigualdad
natural entre ellos, lo cual en parte se explica como necesario á la
sociabilidad, y en parte no. En todo estudio se llega á un _non plus
ultra_; se encuentra lo desconocido, lo inexplicable, que unos dan
por explicado sin estarlo, otros llaman misterio, y otros absurdo ó
injusticia: nosotros somos de los que le llamamos misterio. Le hay
en la desigualdad congénita de los hombres; cuando es, será porque
debe ser; pero aun los que no vean en ella la justicia divina, no
pueden negarse á la evidencia de que está en la naturaleza humana.
Providencial ó fatal, es innegable la desigualdad de los hombres de
todos los tiempos y lugares; y cualquiera que sea el grado de su
cultura, ésta modifica, no destruye el hecho primitivo de las grandes
diferencias individuales.
Pero el hombre no es sólo un organismo físico, un conjunto de
facultades intelectuales, sino también un sér moral; además de bello
ó feo, endeble ó fuerte, limitado ó inteligente, puede ser _bueno_ ó
_malo_, y el serlo depende de él, de él solo; no hay aquí fatalidad;
todo el que hace mal, si está en su cabal juicio, es porque quiere
hacerlo. En cualquier lugar donde existen hombres los hay malos y
buenos, peores y mejores; toda colectividad que tiene recuerdos,
conserva la memoria de bondades ejemplares, de virtudes á toda prueba,
de abnegaciones sin límites, al propio tiempo que necesita reprimir
hechos atentatorios al orden y que, si se generalizasen, harían
imposible la sociedad. El excepcionalmente bueno y el excepcionalmente
malo, el que se reverencia con amor y el que se persigue con odio,
el justo y el delincuente, son los extremos de la desigualdad moral,
cuyos intermedios varían al infinito. Pero si las diferencias físicas
é intelectuales se reciben, las morales se crean, su origen está en la
libertad del hombre, en su voluntad recta ó torcida.
Son tres los elementos (físico, intelectual y moral) que entran en
la desigualdad; de los dos primeros no se dispone, del último sí, y
con él puede reaccionar de tal modo sobre los otros que venga á ser
preponderante en vez de estar supeditado. ¿Quién no conoce personas
que por falta de moralidad han destruido un físico fuerte, y otras
delicadas que se han fortalecido con la constancia en un buen régimen
que no es posible sino á los que tienen buena conducta? Por donde
quiera se ven ejemplos de ventajas conseguidas respecto á los que
nacieron mejor dotados, de desigualdades físicas invertidas por la
moralidad ó la falta de ella; de modo que en muchos casos, aun aquellas
dotes que parecen recibidas fatalmente, pueden conquistarse con la
voluntad recta y perderse con la voluntad torcida; lo último, sobre
todo, es indefectible; la organización más privilegiada no resiste al
desorden y al vicio, que no tarda en rebajar á los que la Naturaleza
había elevado al nacer.
Aunque no tan grande como la robustez, la belleza es una gran ventaja
que está muy desigualmente distribuída. ¿Pero puede conservarse la
belleza que se _recibe_ sin la moralidad de que se dispone? ¿Cuánto
tiempo dura la belleza del hombre crapuloso, de la mujer liviana,
del malvado, en cuyo rostro contraído no tardan en reflejarse sus
pensamientos siniestros? Poco dura, fugaz es, y ellos muy pronto
inferiores, aun estéticamente considerados, á los que tienen la
hermosura del alma. El efecto útil de la belleza para el que la tiene,
es la impresión que produce. ¿Y quién no sabe que esta impresión
depende muchas veces menos de las dotes físicas recibidas que de las
morales consecuencia de la voluntad? ¿Quién no conoce personas que no
son hermosas, y hasta que son feas, pero que, no obstante, agradan, son
simpáticas, porque la dulzura del carácter, la bondad del corazón,
la paz del espíritu, la rectitud de la conciencia, se revelan en el
rostro, cuyo atractivo no está en las formas, ni en el color, sino que
es un reflejo de la belleza del alma? _Son feos porque quieren_, decía
uno con gran asombro de los que no comprendían cuanta verdad hay en
esta frase; variándola un poco, diciendo:--son _desagradables_ porque
quieren--puede sostenerse su exactitud, porque el que tiene voluntad
de ser bueno lo es, y siéndolo, no habrá en su aspecto exterior nada
repulsivo, y, por el contrario, tendrá siempre algo que agrada y atrae.
De otras desventajas físicas triunfa también la voluntad fortaleciendo
con el ejercicio órganos débiles y utilizando con la perseverancia
aptitudes que sin ella habrían sido inútiles.
En el orden intelectual aparece aún mucho mayor el poder de la
voluntad; y aunque no sea absolutamente cierto, como se ha dicho, _que
el genio es la paciencia_, es decir, la perseverancia, es decir, la
voluntad, sin ella muy firme no hay genio. Nadie nace genio. Pueden
recibirse al nacer facultades superiores; pero si no se cultivan, se
atrofian, sucumben en germen por falta de una voluntad firme y recta.