—¡Y decir á Dios—pensaba mientras se movía,—que esto de unas riquezas

tan enormes, que parecería dicho vano á cualquiera, podría ser una

realidad visible y palpable á la hora menos pensada! Porque _él_ está

allí; tan fijo, como yo estoy ahora abrasándome la sangre entre estos

montones de miseria... Y no puede estar en otra parte; porque es

imposible que mientan tantas señales juntas. Allí está, lo juraría,

hacia lo hondo, entre lo obscuro: parte en cajones bien enzunchados;

lo otro en pilas y á granel... pero mucho, ¡muchísimo!... ¡Y yo que á

estas horas podía haberlo visto con mis ojos y palpado con mis manos,

si no fuera tan gallina! El Lebrato decía verdad. Es una escalera

aquello. Cincuenta veces lo he estudiado; otras tantas he tenido las

piernas en el primer peldaño; pero la altura, la cabeza... el miedo,

¡qué demonio! me ha echado siempre hacia atrás... Y eso no puede

averiguarse de otro modo... No hay hombre en el mundo que merezca tal

confianza: el más honrado me engañaría. Sin ese temor, ya hubiera yo

enderezado á Juan Pedro; y con temor y todo, he estado á pique de

proponérselo... ¡Para él estaba! Después de visto y palpado por mí,

ya será otra cosa. Ya sería aquello mío, y ya no podría engañarme

cuando con él y con otros y por los medios seguros que yo dispondría

con todo sosiego, se fuera sacando... ¡qué hermosura! No acabaríamos

de ver filas de carros desde allá hasta Robleces, en una semana, ¡y

todos cargados de ello!... Después, aquí mismo, caja por caja... ¡qué

curiosidad antes de abrirlas, y qué admiración, qué asombro, después

de abiertas! ¡Qué correr mares de oro por el suelo!... Y ¡qué oro!

De lo superior de entonces; no de este oro de pega que se usa, que

tiene una mitad de alquimia. ¿Pues la pedrería suelta? ¡Á celemines!

¿Y las joyas? ¡Á montones! Para guardarlo, me daría el gobierno un

batallón de civiles... y además dormiría yo sobre ello, por si acaso.

¡Qué colchón tan asombroso! En seguida iría comprando y comprando,

aquí media ciudad, allá media provincia, y aún me quedarían tesoros

bastantes para ser señor de honras y conciencias, después de ser tan

poderoso como el rey más poderoso entre todos los reyes del mundo... Y

no temieran esos personajes que yo fuera á disputarles la bambolla con

mis lujos. Baltasar Gómez de la Tejera sería como ahora, y tan Berrugo

como he sido hasta aquí, según me llaman mis cariñosos convecinos, á

quienes parta un rayo. Me daría por satisfecho con ver llegada la hora

de que anduvieran las gentes á mi gusto y se fabricaran las leyes á mi

antojo. Porque esa hora habría llegado ya, y sin necesidad de que yo la

llamara: en cuanto se oliera por el mundo que se apaleaban las onzas y

los diamantes en este caserón de Robleces. ¡Vaya si conozco yo á los

hombres, y sé lo que escasea el dinero entre ellos!... Pues repito que

esto que doy por hecho no es soñar; que esto puede ser la verdad pura á

la hora menos pensada: en cuanto á mí se me ponga entre cajas el empeño

de vencer con una industria, que ya tengo bien ideada, ese recelillo

que me queda... esta punta de miedo que me acomete en cuanto me arrimo

allá y avanzo una pierna ó la mirada fuera de lo seguro y firme...

Porque insisto, porfío... ¡juro que él está allí, allí, esperando á que

lo descubra con mis propios ojos!... porque no pueden descubrirlo otros

que los míos... porque está destinado para mí, y para nadie más que

para mí... y ha de ser mío, aunque para estorbarlo se juntara el cielo

con la tierra...

Hasta muy cerca de aquí, ya había llegado el Berrugo durante el verano

aquél, muchas, muchísimas veces, con este mismo arrechucho; pero en

la ocasión de que se trata, exaltado ya el hombre por el disgusto que

había pensado digerir allí cuando cayó abismado en las honduras de su

manía, avanzó con ella mucho más adelante; y llegó á ver tal cúmulo

de demostraciones evidentes y de facilidades comprobadas, que acabó

por hablar á voces; y loco, loco de remate estaba, cuando oyó golpes

en la puerta de su encierro. La sorpresa le volvió algo á la realidad

de la vida; pero, recelando de todo, dudó si se haría el sordo ó si

respondería. En esta duda, los golpes se repitieron, y al fin se

decidió á preguntar quién llamaba.

—Soy yo, si no molesto,—respondió la voz de don Elías desde el portal.

Abrió entonces, estremecido y como si obedeciera á un impulso extraño,

el supersticioso don Baltasar; y don Elías, que por su parte también

iba bien espeluznado, se quedó suspenso al verle de aquella traza

alarmante.

—¿Qué se le ofrece?—preguntó al médico, atravesándose en la puerta á

medio abrir.

—Me dijo Antón, que salía al llegar yo á la portalada, que estaba usted

aquí, y por eso he llamado sin subir; porque á usted es á quien vengo

buscando.

—Y ¿para qué?

—Para una cosa que le interesa muchísimo.

—Pues dígala pronto, porque estoy de prisa y de mal humor.

—Si me permitiera usted—añadió don Elías pasándose el pañuelo por la

frente para enjugarse el sudor,—entrar un poquito más adentro... porque

convendría que nadie se enterara.

El Berrugo, por toda contestación, dió un paso atrás sin soltar su mano

del pestillo. Entró don Elías de medio lado; cerró el otro la puerta, y

sin moverse de allí le dijo con la mirada:

—Ya está usted hablando.

Entendióle don Elías, y comenzó de esta suerte:

—Como la noche ha sido toledana para mí, levantéme con el sol; y no

siendo esa hora la más á propósito para visitarle á usted, con la mira

de hacer tiempo, bajéme á despachar la visita de Las Pozas, que no era

larga, por mi cuenta; pero parece que el demonio se había metido allí

de patas desde anteayer acá, porque no bien salía de una casa, ya me

estaban llamando para otra... Yo no sé si los higos, que no escasean

este año, ó la mucha mora que hay por esos bardales... porqueriucas de

nada; pero ello es que con tanta visita y un rato que pasé en la última

de ellas para tomar una taza de leche, que buena falta me hacía, porque

estaba en ayunas, se me fué más de media mañana.

—Y á mí ¿qué me importan esos higos ni esas moras, ni esa taza

de leche, ni que se lleven los demonios á todo el barrio de Las

Pozas?—saltó el Berrugo impaciente y con un gesto y una voz que

flagelaban.

—Quería decirle á usted—replicó don Elías humildemente,—que por esa

razón, y por lo que he tardado desde Las Pozas aquí, aunque he venido á

escape y sin tropezar con alma nacida, no me ha sido posible avistarme

con usted tan pronto como yo deseaba... Voy á entrar al punto en

materia, señor don Baltasar, que ya veo que está usted muy impaciente.

Pues, señor, que, como le dije á usted hace un momento, esta última

noche fué toledana para mí. La médica se puso como para quedárseme

entre las manos; á las chicas les dió la ventolera también, y armaron

cada catacumba que temblaba la casa; la cena fué mucho peor que todo

ello, y, resultado, que á las altas horas logré un poco de sosiego y me

metí en la cama: por supuesto, para no pegar los ojos. Que vuelta acá,

que vuelta allá y que vuelta al otro lado, en una de ellas ¡zás!... la

linterna á los ojos y mi hermana detrás de ella.

Aquí dió un salto el Berrugo; y por más que tosió y carraspeó para

disimularle, no lo hubiera conseguido á no estar ya don Elías

enteramente espeluznado, y absorto en la ilación de su relato, que

continuó de esta manera:

—Acordándome de la otra vez, dí por hecho que iba á ser cosa de otro

viaje á la llosa grande, en ropas menores y descalzo, y traté de

incorporarme; pero me hizo señas para que me estuviera quedo, y en

seguida, con su voz, con su misma voz, con la voz que tuvo en vida y

yo recuerdo muy bien, aunque bajito, muy bajo y muy arrimada la boca

á mi oído, me dijo... ¡por estas cruces se lo juro á usted, señor don

Baltasar! me dijo: «Elías, dile á ese hombre, que está donde él ha

creído; que suyo es, que no tarde y que no tema.» Con esto apagó la

luz, y se desvaneció ella también.

El pestillo de la puerta, bajo la mano temblorosa del Berrugo,

repiqueteaba en su retenedor; y no con toses, con alaridos disfrazaba

el supersticioso la crispatura en que le había puesto la declaración

del otro visionario. Pues aún halló en los rincones de sus adentros

roñosos, un poco de ironía burlona para decir á don Elías, que se había

quedado con los ojos encandilados y la frente bañada en sudor:

—Pero, alma de Dios, ¡cuándo acabará usted de ver visiones y de

jeringar al prójimo con los relatos de ellas?

—¡No hay tales visiones, señor don Baltasar!—replicó el médico

irguiéndose inspirado y atrevido.

—¡Quite usted allá!—añadió el otro, empujándole hacia la puerta.

—Y «ese hombre»—insistió don Elías haciéndole frente,—«ese hombre» á

quien se refería mi hermana, es usted, por todas las señales.

—¡Vaya usted con doscientos mil demonios, y no me rompa más la cabeza

con sus majaderías!

Y al mismo tiempo que le lanzaba estos improperios, con una mano abría

la puerta y con otra le arrojaba del cuarto.

En seguida que se vió solo, volvió á cerrar; corrió hacia la mesa,

y cayó desplomado en una silla con los ojos fulgurantes, la boca

entreabierta, los brazos en cruz y las piernas estiradas.

Entre tanto, don Elías, limpiándose el sudor de la cara con el pañuelo,

salía á la calle al rayar el mediodía, sin sospechar, el desdichado,

que á aquellas horas era el único viviente del barrio de la Iglesia

que no sabía una palabra del suceso gordo ocurrido la noche antes en

aquella misma casa.

¡Él, que se descuajaringaba y desvivía por correr un mal chismuco antes

que nadie!

[Ilustración]

[Ilustración]

XXXI

«POR DO MÁS PECADO HABÍA»

Á la hora convenida con el Lebrato, y después de decir misa, estaba

don Alejo en la barquía, con un chaquetón negro y un _galero_, negro

también y también viejo, porque el chaquetón lo era: únicas prendas que

llevaba encima, diferentes de las de todos los días. Llevaba muchas

cosas que contar; y con la promesa de ir haciéndolo por el camino,

agarró la caña del timón; bogaron el Lebrato y Pedro Juan, y comenzó la

barquía á deslizarse por la Arcillosa adelante. Estaba la mañana como

la mejor de primavera, y esto acababa de transportar al animoso párroco

á los buenos tiempos de sus aficiones de «pescador de altura,» como

él se llamaba á sí propio con gran énfasis. Para explotarlo todo y no

perder el tiempo, en cuanto desembocó en la ría largó un aparejillo de

_sereña_, de su propiedad, cuyos anzuelos había encarnado poco antes;

y así las cosas, remando firme el Lebrato y Pedro Juan, y avanzando

mucho la barquía, dió principio el cura á sus relatos, mientras

gobernaba con una mano y sacudía blandamente con la otra el aparejo

tendido.

Lo de Inés se había arreglado tan puntual y guapamente como lo tenía

calculado él. Estaba ya bien libre, la pobre, por todos los días de su

vida, de caer en la infame ratonera de que se había escapado por un

milagro de Dios. En otra, harto más llevadera, la encerraría él muy

pronto, y en buena compañía. ¡Que fuera la Galusa á hincarle las uñas

allí! Había sido muy de notar el sosiego con que recibió el Berrugo

la notificación del depósito de su hija. Refirió también lo que sabía

de los pasos dados inútilmente por las gentes de la casa, y bien á

la fuerza, por la autoridad, en busca de la fugitiva; y aseguró que

Marcones, al encararse con él, había sido bien despachado.

Al Lebrato le pareció todo ello muy bien, y Pedro Juan habló un poco

para ratificarse en su conocido dictamen del canto al pescuezo, por lo

tocante al Berrugo.

—No se quedará sin él, aquí ó allá, si le merece—dijo el cura;—que

Dios consiente y no para siempre. Y ahora va lo mejor de todo lo

acontecido ayer en la casona. Parece ser que el Berrugo se encerró en

su leonera de abajo, en cuanto ocurrió lo del Juez municipal; y que

mientras estuvo encerrado allí, entre la tía y el sobrino, que andaban

en conciliábulos arriba, llegó á armarse tal zipizape, que al fin se

echaron las uñas. Según Luca, que lo oyó, la cosa se fué encrespando

sobre quién de los dos había tenido más culpa en que la tajada se les

escapara de los dientes. La moza se asustó; y viendo que no subía su

amo, aunque ya era bien pasada la hora de comer, bajó á llamarle con

ánimo de que pusiera paz entre aquellos dos demonios, que andaban ya

muy cerca de rodar por los suelos. Golpeó á la puerta, pero el hombre

no respondía; golpeó más, y tampoco; hasta que en fuerza de golpear

y golpear y de decir á gritos, por el ojo de la cerradura, que se

mataban arriba, destrancó el Berrugo, abrió y se presentó delante de

la muchacha, con una traza que metía miedo: con los ojos encandilados,

las cejas erizadas, el poco pelo hecho una greña, y el color de la

cara, de difunto. Preguntó, como espantado, quién se mataba; respondió

Luca lo que ocurría; y después de decir él que ojalá fuera verdad, la

emprendió para arriba con todo el aire de un demente. Guióse por el

ruido de la marimorena, y se encontró en el cuarto de la Galusa al

sobrino y á la tía, hechos un ovillo, rodando á los pies de la cama:

él con la cara desollada á arañazos, y las dos manos en el pescuezo de

ella, que ya enseñaba los gañotes y se la saltaban los ojos, mientras

retemblaba la casa con maldiciones y blasfemias. El Berrugo no se

anduvo en chiquitas: sin decir una palabra, pero con todas las trazas

de recrearse en ello, y no para poner paz, sino para acabar cuanto

antes lo comenzado, puntapié va á la una, bofetón al otro, silletazo

por aquí, garrotazo por allá; hasta que alzándose los dos de repente,

y como si un odio común los hubiera puesto de acuerdo, empréndenla

con él, hechos dos furias; y allí, Pedro Juan, hubiera fenecido el

desdichado sin necesidad del canto tuyo, á no llegar Antón, que volvía

de levantar un vallado en una heredad de la llosa Grande, y meterse

por medio, con la ayuda que entonces se atrevió Luca á prestarle.

Separados los tres combatientes, que parecían, por lo erizados y

gruñones, tres perros vagabundos después de una engarra, lo primero

que ladró el Berrugo, porque aquello no se parecía á voz humana, fué

para decir á la tía y al sobrino que salieran inmediatamente de su

casa, para no volver jamás á poner los pies en ella. Dió esto motivo

á una nueva encrespadura de la fiera, que reclamaba sus soldadas y

alegaba otros derechos que eran un escándalo y, en buena justicia,

merecían la recompensa de un presidio para la reclamante y para

el reclamado; y como éste conservaba aún en la mano el garrote que

había cogido antes en un rincón del cuarto para esgrimirle, como le

esgrimió, sobre el ovillo, y se disponía á esgrimirle nuevamente sobre

la provocadora, armóse el terne criado de resolución; echó del cuarto

á empellones, pocos, pero buenos, á la tía y al sobrino; llevó á éste

medio en volandas hasta la calleja; púsole encarado á Lumiacos con la

advertencia, muy en serio, de que tomara soleta por allí y sin mirar

hacia atrás; volvióse arriba, y se encontró á la Galusa amarrándose las

greñas en mitad del carrejo, y jurando, entre aullidos, que en cuanto

acabara aquella labor y se calzara unos zapatos, iba á largarse de

casa, pero para ir á la del Juez y encausar á aquel ladrón de soldadas,

mal padre y peor marido. Y así lo hizo poco después. Se largó de casa

con un lío al brazo, á medio tapar con las puntas de un chaluco lleno

de lamparones y pispajos.

Á todo esto, el Berrugo, sin querer probar bocado ni soltar de la

mano el garrote, se había puesto á dar vueltas por la sala; y dando

vueltas y más vueltas, sin hablar una palabra, mirando sin saber á qué

y estremeciéndose á lo mejor de repente, se pasó hasta media tarde.

Entonces empezó á mascullar algunos dichos que no se le entendían

bien, y en dos ocasiones se plantó encarado á la pared; hizo muy arriba

de ella una raya con el palo, y dijo muy claramente: «¡Lo menos,

hasta aquí! ¡Qué hermosura!» Otra vez dijo, muy claro también: «Con

quince brazas hay de sobra, y ya sé de dónde sacarlas.» Y después

de decir esto, sin reparar siquiera en los dos criados que andaban

casi arrimados á él y mirándole de hito en hito, bajó á escape al

cuartón del estragal; descolgó todas las cuerdas de carro que había

allí; las fué anudando una con otra; atesó bien los nudos; midió las

brazas que daban entre todas; le parecieron bastantes; y haciendo

después con la cuerda entera una madeja muy curiosa, se la echó al

hombro, se metió en el cuarto del portal, que es su leonera, y allí

quedaba encerrado media hora después de anochecido, que fué cuando

vino Luca á mi casa á contarme todo lo que os he contado y á pedirme

mi parecer. Porque la moza ha llegado á cogerle miedo, y no sabe qué

partido tomar: si largarse de casa, ó seguir allí por caridad, hasta

ver en qué para aquello. Quedéme asombrado, como podéis suponer, y la

aconsejé que se aguantara, con ciertas precauciones, sobre todo de

noche, un par de días siquiera, si Antón se aguantaba también. Suponía

yo, y sigo suponiendo, que todo aquello no es más que un arrechucho

ocasionado por lo de Inés, y un poco más encrespado por la zurribanda

del mediodía. Es la primera vez en su vida que le sale el tiro por

la culata; el hombre es malo á toda ley, y pierde los estribos de

coraje... Hoy no he sabido cosa alguna de él. Al pasar para Las Pozas,

quise preguntar; pero ví la casa muy cerrada y hallé la portalada

trancada por dentro: supuse que estarían durmiendo todos... y no sé

más. Conque ¿qué os parece la historia?

De perlas les había parecido. Por saborearla mejor, hasta se habían

descuidado en la rema mientras el cura la contaba.

—Siempre pensé yo—dijo el Lebrato,—que ese hombre había de acabar de

mala manera... Porque, por mi cuenta, ya está loco.

—Y si lo de la cuerda—apuntó el Josco,—fué pa colgase con ella, permita

Dios que no güelva en sus cabales.

—Sobre eso de la cuerda—dijo el cura dando un tirón muy fuerte del

aparejo, pero sin trabar nada en él, aunque la picada había sido

buena,—sobre eso de la cuerda, desde que Luca me contó que Antón había

dicho que el médico, el otro visionario, había estado encerrado con él

en la leonera, tengo acá ciertas sospechas de que esté relacionado con

su manía, lo cual no tendría nada de particular. Pero no hay miedo que

haga un disparate; porque es hombre que, cuerdo ó loco, tiene mucha

ley á su pellejo. Lo indubitable hasta la hora presente, es que le ha

llegado la suya, y que se ve la mano de Dios encima de él amenazándole

con el castigo que le espera...

—Mucho tiene—observó el Lebrato;—pero á cambio de ello, no quisiera

verme en su lugar.

—¡En el pellejo de ese hombre?—exclamó el Josco estremecido.—¡Recoles!

¡moro relajao primero!

En éstas y otras, anduvo la barquía más de otro tanto; y el cura, dale

que dale á la sereña y encarna que encarna anzuelos, y no embarcó más

que dos panchos y una lobina, que no pesaban en junto medio cuarterón.

Más adelante ya tuvo mejor suerte en su cacea: pescó dos mubles de

á libra, y una porredana de tres cuarterones bien corridos. Todo,

por supuesto, para entretener sus impaciencias hasta llegar al «pozo

grande,» donde no se mataba el hambre de unas aficiones como las suyas,

con parvidades como aquéllas.

Un poquito de resaca había en la barra cuando se disponían los

expedicionarios á pasarla, pero sin malicia. La mar estaba noble, los

horizontes limpios como la plata, y el nordeste apuntando. Lo peor era

que con la charla y la cacea, y algo que se había descuidado el cura

después de misa, cuando entraba la barquía en la mar estaban al caer

las diez: media mañana perdida para la pesca, y la marea despuntando

ya. Como que don Alejo sintió cierto ruborcillo _profesional_ al

presentarse tan tarde delante de hombres del oficio, más madrugadores

que él, que pescaban en dos barquichuelos parecidos al del Lebrato, al

socaire de la isla: precisamente en el sitio de sus preferencias. Así y

todo, gobernó hacia allá, pero con ánimos de comenzar la pesca á medio

camino, de acuerdo con el parecer de Juan Pedro.

—Pues bogar firme vosotros—dijo;—que yo iré encarnando por los tres, y

ese tiempo ganaremos.

Á los diez minutos de esto, cesó la boga y comenzó la pesca. El Lebrato

había conocido ya las barquías de la isla. Las dos eran de San Martín.

Entre si muerden ó no muerden, y si sería peor ó mejor un poco más acá

ó un poco más allá, pasó cerca de media hora; y ya iban á hacer otra

_impuesta_, más hacia la isla, cuando el Josco, que pescaba por la

banda de tierra, exclamó de pronto:

—¡Coles! ¿Qué es aquello?

Volviéronse hacia Pedro Juan su padre y don Alejo; y siguiendo la

dirección de la mirada del asombrado mozo, distinguieron en el peñasco

de enfrente, un poco á la derecha del boquerón del Pirata, como á la

mitad de distancia entre la cornisa y la imposta de la fachada de

aquella mole llamada por el Lebrato «á modo de torre grandona,» y á más

de sesenta pies sobre el mar, algo que, desde allí, parecía un hombre

abierto de piernas y de brazos, adherido á la peña como una garrapata.

Reparando más, vieron que la figura se movía tan pronto hacia un lado

como hacia otro, hacia arriba como hacia abajo, cual si vacilara y

temiera. De pronto se llevó el cura las manos á la cabeza, y exclamó

horrorizado:

—¡Santísimo nombre de Dios! ¡Armar, hijos, esos remos, y vamos hacia

allá, que es él!

—¿Quién?—le preguntó el Lebrato, que parecía adivinar la respuesta.

—¡Quién ha de ser—respondió el cura sin apartar la vista de la

peña,—sino un hombre dejado de la mano de Dios, como ese desdichado? Y

¿cuántos hombres de esos conoces tú, Juan Pedro, más que uno... tu amo?

—¡Válgame Jesús!—exclamó el Lebrato acabando de encapillar el estrovo,

y al mismo tiempo que su hijo, dispuesto ya á dar la primera estrepada,

exclamaba por su parte:

—¡Recoles, qué hombre ese!

—Y ¿aónde vamos?—preguntó el Lebrato, acelerado y trémulo.

—¡Qué sé yo?—respondió el cura, sentándose al timón, pero sin dejar

de mirar á la peña.—Por de pronto, hacia allá, á acercarnos todo lo

posible... porque ese infeliz está gastando las fuerzas sin adelantar

un paso... y va á caer sin remedio.

—¿Y qué adelantaremos con ir—repuso Juan Pedro sin dejar de bogar con

brío,—si la barquía no puede atracar hasta debajo de él? ¿No ve usté

que está escripío de peñas al reador, en más de tres brazas de anchura,

y cómo rompe la mar allí? Si cae, señor don Alejo, se desnuca, lo

primero; y lo que de él quede, se lo tragará la rompiente en un decir

Jesús.

—Pos caer, cae, y sin tardar mucho,—dijo Pedro Juan con gran aplomo.

—Sea lo que fuere, suceda lo que sucediere, hay que acercarse allá y

discurrir un modo de prestarle algún auxilio... Malo es, malo ha sido;

pero es hijo de Dios como nosotros... ¡Hala más, Juan Pedro!... ¡hala

tú también de firme, muchacho!... Y no estaría de sobra que aquellos

otros acudieran también...

«Aquellos otros» eran los de las barquías de San Martín, á los cuales

comenzó á llamar con el pañuelo el cura, puesto de pie.

—¡Virgen María, qué demencia!—continuó exclamando y con la mirada fija

otra vez en el peñasco.—¡Y allí está como una lapa, sin subir ni

bajar, el desdichado, acabando con las pocas fuerzas que le quedarán!

Pero, hombre, ¿no habría medio de darle ayuda por alguna parte? Quizás

por arriba...

—Sería tanto como despeñarse los dos, él y quien bajara á

ayudarle—replicó el Lebrato.—Pero anque eso se arriesgara uno á hacer,

¿por onde se va pa llegar antes que él se despeñe? Si tuviera un poco

de serenidá, echándose hacia la izquierda pa ganar el balconuco, como

yo le dije dende aquí mesmo un día... ¡Santo Dios!—exclamó aterrado de

pronto el pobre hombre.—¡Si con aquel dicho habré tenío yo parte en esa

barbaridá de locura?... Pero, señor, yo lo dije por decir, y por mí

mesmo, que soy capaz de hacerlo como lo dije... no por él, bien lo sabe

Dios que nos estaría escuchando.

—No te apure ese temor, Juan Pedro—se apresuró á decirle el cura para

desvanecerle el escrúpulo,—aunque no te afirmaré que el desventurado

no haya tenido en cuenta tu dicho en medio de su locura para atreverse

á cometer la que está cometiendo ahora; pero ¿qué culpa tienes tú de

qué haya un hombre, tan desatinado, que tome al pie de la letra esos

diches, sin distinguir de colores?

—Quien ahí le ha puesto—apuntó grave y secamente Pedro Juan,—no ha sío

el dicho de usté ni el de naide; que ha sío, ó el demonio, que le cegó

por la cubicia que le consomía, ú Dios, que quiere que las pague toas

juntas de ese modo...

Avanzó la barquía un poco más; y según iba aclarándose la figura,

iban enmudeciendo los que la contemplaban; porque á la vez crecía lo

terrible y solemne del espectáculo.

De pronto se oyó un grito agudo y lamentoso, como si saliera del fondo

de una sima; y el hombre de la peña se desprendió de sus asideros y

cayó precipitado por su propio peso; pero no hasta la mar, sino, con

grandísimo asombro de los espectadores, hasta cuatro ó seis varas más

abajo, donde se quedó oscilando y con la cara vuelta hacia la barquía.

—¡Coles... la cuerda!—exclamó Pedro Juan, mientras los demás estaban

como petrificados.—¡Ya está visto pa qué la quería!

Efectivamente, el Berrugo (porque ya no cabía duda que era él) estaba

amarrado por debajo de los sobacos con una cuerda sujeta arriba por

el otro extremo. La cuerda, buscando su aplomo al caer el cuerpo

que sostenía, se apartó hacia la derecha del camino que llevaba don

Baltasar, y éste se halló debajo de la imposta, enfrente de la parte

más lisa y cóncava de la peña, oscilando en el aire sobre un fondo

sombrío y viscoso, y tejiendo con brazos y pies, como sapo en estaca.

Horrorizaba verle así.

La Puchera · 第 27 / 28 段