Se habló allí poco, muy poco, sobre el caso peliagudo. No había para

qué hablar mucho. El de Nubloso manifestó solemnemente al cura que, por

los motivos que él sabía desde que se lo había declarado todo en su

casa al salir de la de Inés despedido por su padre, no podía ofrecer

otro sacrificio que el de su vida para defenderla de toda agresión,

viniera de donde viniese, y que á esa obra había jurado consagrarse

desde que Pedro Juan le había enterado de lo que pasaba.

—Eso—respondió don Alejo sin perder su buen humor de siempre,—es nada

y es demasiado. Nada, porque contra los derechos de un padre, por

duro de alma que sea, en ese particular no hay valentía que valga; y

demasiado, porque sería la mayor tontada del mundo desperdiciar una

vida que nos hace falta aquí para otra cosa. Y atiende bien á esto

que te voy á decir; y tú, chiquilla, prepárate á ayudarme en todo, y

guárdete Dios de poner un solo reparo á lo que declare y disponga,

porque eso será lo que haya de hacerse. Y digo, Tomás, que todo cuanto

me dijiste aquel día y anteayer cuando volviste á tratar conmigo del

propio asunto y á adquirir noticias que no pude darte de esta infeliz,

me pareció muy atendible; porque en esto de delicadezas, cada cual

discurre y lo entiende á su modo, y hay que respetar los escrúpulos de

cada quisque. Pero hoy han cambiado las circunstancias, y hay que mirar

el asunto por otro lado diferente. Ya sabes lo que le pasa á Inés, ¿no

es verdad?... Pues bueno: de esa misma enfermedad murió su madre: los

mismos verdugos la mataron. Puedo jurarte que es cierto. Para librarse

de una muerte así, no basta escaparse de la cárcel. Más tarde ó más

temprano, la fugitiva volverá á sus hierros; porque, ya te lo he dicho,

la ley ampara en estos casos al carcelero, por bárbaro que sea. En una

palabra, Inés no puede estar segura en ningún escondrijo, aunque se le

guarden coraceros, mientras no la ampare otra ley. ¿Me entiendes?...

¡Otra vez los puntos y las comas de calabaza!... Pues te lo pondré más

claro todavía: tienes que elegir entre estos dos extremos: ó dejar

que Inés perezca á fuego lento entre dos demonios, como pereció su

pobre madre, ó ponerla sin tardanza al amparo da la ley, cosa que ya

traigo estudiada y se hace en medio minuto delante del Juez, después de

tenerla en lugar seguro. Éste es el caso. Á ver ahora, entre estas dos

delicadezas, cuál te parece más delicada.

Y claro es que, en el dilema, el de Nubloso se fué por donde don Alejo

quería.

—Pues se acabó la historia—dijo el buen cura.—Antes que amanezca el

día, estamos tú y yo, con Inés, en Ansares, en casa de mi sobrino

Gaspar, hombre de bien y caballero, aunque no gasta más que media

levita. Tiene una mujer que vale tanto como él, y dos hijas que, si no

anduviera Inés de por medio, diría que eran las dos muchachas mejores

y más majas que hay en todos los pueblos del contorno. Allí encontrará

esta infeliz el sosiego y el amor que no la han dado en su casa; y la

guardará la puerta de demonios que quieran asaltarla, una cuartilluca

de papel con cuatro garabatos que nos extenderá quien deba, en este

mismo día en que estamos, hasta que remate yo la obra á mi gusto en la

iglesia de Robleces. Conque arriba, muchachos, que no hay tiempo que

perder. Ya veis que yo ni siquiera me he sentado.

Y era la verdad, que de pie hablaba don Alejo y con la capa de larga

esclavina sobre los hombros, por más señas.

De lo que allí pasó entonces, sólo quiero decir, porque lo demás se

adivina, amén de resultar empalagoso si se cuenta, que Inés volvió

á ver en su imaginación el cielo aquél de sus esperanzas, barrido

de nubes, limpio y sereno; y que al hallarse en el portal entre sus

dos protectores, ya no temió á las tinieblas de la noche, ni á las

asperezas del camino, ni á los sabuesos de su cárcel, ni á la zarpa de

la Galusa, ni á todos los verdugos de la tierra que se conjuraran para

acabar con ella. Volvía á vivir, y se congratulaba de haber padecido

aquel martirio cruel, porque la abría las puertas de su soñado paraíso.

Pisando ya la mullida del corral, se volvió don Alejo para decir al

Lebrato que, acompañado de sus hijos, despedía desde el portal á los

que se marchaban:

—Ya supondrás que la canita de hoy se me queda sin echar; pero mañana,

si Dios quiere, será otra cosa. Aquí me tendréis á la hora convenida...

digo, si pensáis volver también mañana á la mar.

—Anque sólo juera por dale á usté ese gusto, señor don Alejo—respondió

el Lebrato,—aquí me tendrá esperándole á la hora que quiera venir.

—Pues hasta mañana.

Y se perdieron en las sombras de afuera los tres del corral que se

iban, y se metieron en casa los otros tres que se quedaban.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXX

COSECHA DE TEMPESTADES

Era ya muy entrado el día cuando la gente de la casona de Robleces

notó la falta de Inés, Primero se notó la de la llave de la puerta

de atrás, y el que estuviera descorrido el pasador del postigo de la

portalada; pero la una podía haberse caído de la cerradura, ó ¡fuera

usted á saber! y el otro haberse quedado sin correr por olvido casual,

aunque aseguraba el Berrugo que le había corrido él mismo, como todas

las noches; como aseguraba también que la llave había quedado en la

cerradura, y bien atravesada, para que no pudiera meterse otra falsa

desde afuera. De todos modos, cualquier recelo cabía menos el de que

Inés hubiera andado en el ajo. Lo que le descubrió fué su cama sin

deshacer, cuando la Galusa, viendo que «la zanganota» no salía tan

temprano como de costumbre, entró en el cuarto resuelta á «enderezarla

á escobazos, si juere menester.» Se quedó helada al notar aquel

indicio, y no quiso decir una palabra á su amo hasta cerciorarse de

que Inés no estaba escondida en ningún rincón de la casa. No dando con

ella, por más que preguntó á los otros criados y la llamó á voces desde

muchas partes, ató aquel cabo suelto á los del pasador corrido y de la

llave extraviada, y fuése, aleteando con los brazos y echando espuma

venenosa por la boca, adonde trajinaba su amo. Refirióle el caso entre

bascas y aspavientos, y se quedó el hombre hecho una pieza.

—Pues esa pícara—fué lo primero que habló el Berrugo al volver de

su asombro,—no ha ido lejos, si ha ido sola, aunque haya salido por

la puerta de atrás; y si no ha ido sola, el granuja, el pillo que

la acompañó, estaba en inteligencia con ella; y esto no puede haber

sucedido sin tu consentimiento, ó sin haber descuidado la vigilancia

que corría de tu cuenta. De cualquier modo, tú eres la responsable;

y si no me la entregas hoy, aquí mismo, en todo el día, soy capaz de

sentarte en el llar de la cocina para freirte el pellejo, ¡bribonaza!

¡Ya estás andando!

Por primera vez en su vida, no tuvo la Galusa agallas para responder á

su amo. Tan crespo y endemoniado le vió; y como á ella le interesaba

tanto como á él el hallazgo de la fugitiva, dejando piques á un lado

volvióse corriendo á la cocina para mandar al mocetón, que estaba

almorzando con Luca, que fuera á escape á Lumiacos á decir á su sobrino

que viniera sin perder minuto. Le parecía á la bruja, y con razón, que

ningún mastín como aquél para dar con la oveja descarriada y sacarla de

las fauces del lobo, si andaba lobo en el ajo, como se lo iba temiendo.

Ella misma se echó á la calle á pedir noticias de casa en casa. Á la

del cura no se atrevió á ir, porque le temía de lumbre desde muchos

años atrás. Estaba enterado de la historia de la mártir, y no perdonaba

ocasión de flagelarla á ella con echedizas que sacaban sangre. De ese

paso se encargaría su sobrino.

Cuando supuso que podía haber llegado ya éste, se volvió á casa, sin

haber hallado el menor rastro de lo que buscaba y bien segura de que

no había en el barrio alma nacida que no se complaciera en ocultársele

si le hubiera conocido. El Berrugo, entre tanto, dió parte al alcalde,

excitándole, con ruegos y con amenazas, á que «cumpliera con su deber.»

El alcalde porque le temía, como todo el pueblo, prometió echar los

bofes en el empeño; pero en seguida de dar las órdenes á las personas

que habían de ejecutarlas, fué diciendo al oído de cada una, que si

topaban con la pista, se hicieran los tontos y se echaran por otro

lado; porque era «sacar ánima del purgatorio dejar á la enfeliz fuera

del alcance de aquellos dos demonios.»

Era ya más de media mañana cuando llegó Marcones, bien enterado de lo

que pasaba, por el recadista. Venía verde, y sudaba hollín con azufre.

En cuanto le atisbó su tía, corrió á su encuentro y le dijo ahogándose

de rabia:

—Si no se la ha llevao ese pícaro á Nubloso, y anque se la llevara,

el cura debe de andar en el fregao. Ella no tiene en el pueblo otro

conocimiento que él; y á más que más, hoy no ha tocao á misa... ¡Vete á

ver al cura sin parar!

Y Marcones corrió á ver al cura, que había vuelto á casa media hora

antes. Aún tenía los zapatos sucios, y bien se le conocía en la cara y

en el desaliño de toda su persona, la brega en que había andado desde

las dos de la mañana. Todo lo tuvo muy en cuenta Marcones tan pronto

como lo advirtió; y como él también llevaba á la vista buenas señales

de la trotada que acababa de darse desde Lumiacos, y de la procesión

que le andaba por adentro, bastóle á don Alejo una mirada para colegir

lo que iba buscando allí el sobrino de la Galusa.

El cual, sabiendo por experiencia cómo las gastaba de frescas el cura

de Robleces, le expuso su embajada con todo el comedimiento que cabía

en un descomedido de su tamaño.

Quedósele mirando el cura después de oirle, con una cara que era un

mosáico de reflejos: reflejos de burla, de gozo, de indignación... y

hasta de un poco de ira, y luégo le preguntó:

—Y ¿quién eres tú, qué títulos, qué derechos tienes para venir á

pedirme esos informes?

—Mandado soy, señor don Alejo—respondió tragando bilis el de

Lumiacos.—Los favores recibidos obligan; el trato frecuente engendra

interés y cariño, y las penas de los favorecedores se sienten y se

lloran como las propias penas.

—¡Los favores recibidos!—repitió el cura mirando de alto á bajo á

Marcones.—¡Las penas de los favorecedores!... ¡El cariño que les

tenemos!... Pedantón y gazmoñote, ¡cómo has podido soñar que si yo

supiera algo de eso te lo había de contar á tí? ¿Piensas que no sé lo

que pasa? ¿Piensas que no te conozco? ¡Y había de ser yo capaz de poner

en vuestras manos lo que acaba de salvar de ellas la Providencia de

Dios!

Marcones rugió como un oso acorralado, y saltó de un golpe al registro

de lo patético con espeluzno:

—¡Usted me falta! ¡Usted me injuria! ¡Usted se prevale de sus

canas!... ¡Yo no he venido aquí á eso!

—Yo no te falto—replicó don Alejo con firmeza.—Yo no te injurio. Lo que

hago es decirte la verdad, porque ya es hora y te me pones á tiro. Y lo

dicho se lo cuentas si quieres á la bribona de tu tía y al pícaro de su

amo... Porque yo no le temo, ¿entiendes? Á mí, si no es del pellejo,

no tiene por dónde agarrarme, como tiene agarrados á tantos infelices.

Yo todos mis bienes los llevo conmigo, en esta levita raída y en estos

calzones con la culera remendada. ¡Mírala! Y á mucha honra; que ese es

mi deber mientras haya en la parroquia otros más necesitados que yo. Y

le añades que no ha de ser el cura de Robleces quien le dé noticias de

la pobre oveja escapada de los dientes del lobo; pero que renuncie á

esa carne para _in sæcula_, porque el milagro fué obra de Dios, y las

obras de Dios son de larga dura. ¿Te vas enterando?

—De lo que me voy enterando—respondió Marcones, lívido y temblón,—es

de que hay sobrado con lo que usted me dice, para ver que no fué todo

obra de Dios, y que anduvieron también en ello manos carnales, bien

conocidas de usted... y que por mucho menos se ha visto intervenir á la

Justicia. ¿Me va usted entendiendo á mí?

—¡Pues no he de entenderte, imprudentón de Satanás? Y porque te

entiendo, te declaro que tampoco me asusta la Justicia con que me

amenazas. ¡Ojalá me pusiérais hoy delante de ella! ¡Qué cosas habían de

saberse! ¡Qué cosas, Marcos, qué cosas! Todo Robleces iría á declarar

conmigo; y ¡pobres de ellos entonces... y pobre de tí también!

—¡De mí?—exclamó Marcones llamándose á lo terrible con el aparato;

pero, en el fondo, bien encogido ante la firmeza imperturbable del

cura.—¡Usted me ofende otra vez; usted me calumnia de nuevo!

—Pataratas son esas—añadió don Alejo con aire despreciativo.—¿No te

he dicho que te conozco? ¿Crees que no se te ha visto el juego en esa

casa? ¿Piensas que se ignora en el lugar la parte que tú tienes, más de

cerca ó más de lejos, en lo sucedido anoche en ella?... ¡Calla, calla,

zagalón de los demonios, por la cuenta que te tiene, y no vuelvas á

soñar con buscarte por ese lado la puchera! ¡Para tí estaba!

—¡Eso es otro insulto!—replicó, ronco de ira, Marcones.—¡Yo no he

entrado en esa casa jamás con semejantes intenciones, y usted lo sabe

muy bien! ¡Yo no nací para eso; yo sigo muy distinta carrera; yo tengo

otra vocación más alta! Ella me tira, ella me reclama; y con la ayuda

de Dios, no pasarán muchos días sin que yo vuelva al seminario.

—¡Al seminario tú!—exclamó en tono incisivo el cura.—¡Tú al seminario!

¡Imposible que se te vuelvan á abrir aquellas puertas! ¡Imposible que

haya un obispo que te ordene; porque no puede concebirse que baje Dios

á unas manos como las tuyas! Quédate, quédate en Lumiacos machacando

terrones, que para eso naciste, y ayuda á tu padre, que mucho lo

necesita y bien se lo debes. Arrímate al ariego y desmocha cajigas

en el monte; desengrásate así, bárbaro, y castiga esas carnazas; y

para ofender menos á Dios, busca una mozona capaz de sufrirte ese

geniazo brutal, y cásate con ella. Así, cuando menos, sudarás lo que

ganes, y podrás comer honradamente tu puchera. Con esto no tengo más

que decirte; y como ya llevas más de lo que venías buscando, dame las

gracias y lárgate cuanto antes, porque yo tengo otras cosas que hacer.

Y mientras Marcones daba patadas en el suelo y se golpeaba las nalgas

con los puños cerrados, y castañeteaba los dientes y echaba espumarajos

por la boca entre apóstrofes bravíos, don Alejo le volvía la espalda

muy tranquilamente, y desaparecía de la saluca en que había recibido la

embajada.

Cuando el de Lumiacos volvió á entrar en la casona, era tal su talante,

que no parecía sino que acababa de recibir una paliza, después de un

remojón en una charca. Así iba de lación, de palidote, de sudoroso y

de trémulo. Contó el caso á su tía, y la tía, después de convenir con

el sobrino en que el cura, por las trazas, había tenido gran parte en

el fregado, y en que había que andarse con mucho tiento para ajustar

con él esa clase de cuentas que podían enredarse demasiado, si el cura

se empeñaba en ello, opinó además que, siendo ya el negocio principal

cosa perdida para ellos dos, convendría meditar mucho sobre el modo

de tratar del caso con «ese hombre» para que no hiciera una de las

suyas que los comprometiera á todos, ó sobre si sería preferible no

decirle una palabra y dejar que el demonio fuera haciendo su oficio y

disponiendo de lo suyo libremente. Tuvo el sobrino por atinados los

pareceres de su tía, y se pusieron á ventilar las dudas apuntadas.

Ventilándolas estaban, cuando se apeó de un rocín de mal pelaje y

de peores aparejos, barrigón y desherrado, junto al mismo poste del

soportal, Leto González, el de Los Castrucos, Juez municipal del

distrito de Robleces. El cual Juez (que debía de traer larga jornada,

por los jadeos del penco y lo que él mismo renqueaba al moverse, con

las perneras encaramadas hasta cerca de las ligas y arrastrando por el

suelo la única espuela que calzaba), baldragas y apocadote como era,

atrevióse á llamar, sin duda por lo que tenía de justicia respetable

en aquella ocasión, con dos varazos tremendos á la puerta del estragal

de la casona; y pareciéndole que tardaban mucho en responderle, á

echar escalera arriba y anunciarse allí con otro par de varazos, bien

sacudidos y resonantes sobre la puerta del carrejo.

Salió entonces el Berrugo, que andaba subiendo y bajando sin saber

lo que se hacía toda la mañana de Dios, aunque aparentaba cosa muy

diferente; vió á Leto tan atrevido; acordóse del cargo que ejercía en

el lugar; sospechó que su visita podría tener algo que ver con lo que

á él le estaba preocupando; condújole á la sala sin preguntarle lo que

quería; siguióle el otro muy hueco, sacando de paso unos papeles del

bolsillo; y cara á cara y á pie firme allí los dos, sin preludios ni

reparos y sin señal de miedo alguno, el Juez municipal de Robleces dijo

al señor don Baltasar Gómez de la Tejera que, por delegación del señor

Juez de primera instancia del partido, le hacía saber que, á petición

de don Tomás Quicanes, de Nubloso, quedaba depositada su hija, doña

Inés, en casa de don Gaspar de la Peña, natural y vecino de Ansares.

Probó lo que declaraba con documentos fehacientes; enteróse el Berrugo

sin desplegar sus labios ni hacer un gesto; cumpliéronse y se llenaron

todas las formalidades de rúbrica; despidióse el de Los Castrucos, y

dejóle ir don Baltasar sin decirle una insolencia, ni mostrar con signo

alguno el efecto que le había producido la embajada.

La Galusa, que atisbó la escena desde el carrejo, se maravilló

de aquella imperturbabilidad pacentísima de su señor y cómplice.

Consideróla como celaje falso y encubridor de alguna tempestad

destinada probablemente á descargar en seguida sobre su cabeza, y creyó

muy conveniente esperar _á subio_, y siquiera los primeros embates.

Llamó á su sobrino con una seña; díjole al oído lo que temía, y le

llevó á su cuarto, donde se encerraron los dos, dispuestos á no abrir

la puerta como no la echara abajo el huracán.

Se engañaba grandemente la Galusa, con lo bien conocido que tenía á su

amo. El Berrugo no era hombre de estrépitos, sobre todo, de estrépitos

infructuosos. La tempestad que había dentro de él no era de las que

pasan con cuatro estampidos gordos y unos cuantos aguaceros, ni de las

que sirven para instrumento de las cóleras de nadie: era de las sordas

que empujan y flagelan y arrastran al más templado; y arrastrado y

flagelado por la suya, sin acordarse para maldita la cosa de su criada,

que no era lo que entonces le dolía, bajó á su leonera del portal, y

allí se encerró, con las dos vueltas de la llave.

Sobándose la barbilla con los dedos apiñados de una mano, y rascándose

á menudo la cabeza con la otra, comenzó á pasear en redondo en el

mezquino espacio que dejaban libre las cubas, los barriles, la mesa

y un par de sillas derrengadas que ocupaban lo restante de la pieza.

Allí, y de parecido modo, solía él correr los temporales de su vida;

aclarar los puntos dificultosos de sus problemas económicos; preparar

sus grandes resoluciones, y hasta soñar á gusto en sus ideales

tentadores y disponer la urdimbre de sus cábalas supersticiosas. No

sabía pensar con arte si no se movía mucho y á solas y al amparo de

sus ídolos, á modo de penates, que estaban allí; y lo mismo en lo que

le contrariaba que en lo que le seducía, siempre había encontrado,

por obscurecidos que estuvieran los horizontes de sus ideas, un punto

luminoso que le guiara en su labor tempestuosa (porque en tempestades,

más ó menos recias, paraban en su cerebro diabólico todos sus

problemas), y al cabo llegaba á ser franca y triunfal salida.

Pero el huracán de esta vez era de noche cerrada y como jamás le había

corrido él.

—Me coge—pensaba con la rapidez que se movía,—como en una ratonera, y

atado de pies y manos, y cuando empiezo á sentirme rendido de pelear

á muerte con la mitad del género humano para sacarle el quilo... y es

la primera vez que se me quiebra la suerte y el demonio me abandona,

si es que no se pone contra mí, como lo voy temiendo; porque solamente

cegado por él, he podido ser yo tan torpe como he sido... ¿Qué al caso

venían ahora esos rigores, si con mucho menos hubiera logrado todo lo

que me proponía? Pero ¿quién había de creerla capaz de una resolución

así? Yo me dejaba llevar del ejemplo de su madre, que no se movió, que

no despegó sus labios, ni con una mala mirada se rebeló contra mí; y

eso que acabé por matarla. ¡Como si los tiempos y los casos fueran los

mismos! ¡Ciego, más que ciego! ¡Bestia, más que bestia! ¡Y pude recibir

en mi casa á ese bribón, sin calarle las malas intenciones, y hasta

metérsele á ella por los ojos, creyéndole rico y campechano!... Porque

un hombre así era todo lo que yo ambicionaba para ella: un hombre rico

que la aceptara por pobre. Y no por su bien. ¡Por su bien!... Si sólo

se tratara de llevármela de casa, ¡qué mayor ganga para mí? Un bulto

menos y una ración que ahorrar; y á ver cómo no hacían de ella trizas

y jigote escabechado, ¡bribona! ¡Pero resultar ahora que el currutaco

ese que la levantó de cascos y se la llevó consigo y la encerró donde

yo no puedo entrar para sacarla tiras del pellejo, es un tuno sin un

real, listo como la pimienta, y con humos de gran señor!... ¡Lo que á

mí más me ha espantado siempre! ¡Un sinvergüenza de esa estofa, que me

reclamará, por de pronto, lo que yo no quiero ni debo darle, y mañana

me devorará estas riquezas que no puedo llevar conmigo á la sepultura,

ni esconderlas donde nadie las encuentre! En fin, que me dieron la

tostada. ¡Y qué tostada!... ¡Tonto yo!... ¡pillo redomado él, y viles,

infames y cochinas las leyes que le amparan contra mí!... Pero, señor,

¿por qué ha de haber esas leyes? ¿En qué justicia cabe que lo que yo

tengo, que lo que yo gano, que lo que yo sudo, no ha de ser mío, mío

solamente, y para nadie más que para mí? ¡Ah, pillos legisladores! Si

tuviérais camisa que perder, ya pensaríais de otro modo; pero hacéis

las leyes descamisados y hambrientos, y así salen ellas: encubridoras

de ladrones... Mientras viva, ese granuja, invocando derechos que

vosotros le habéis dado, meterá las uñas de raposo en mis bolsillos;

y tras de arrancarme lo que es ya de su mujer desde que murió su

madre, dará un tiento á lo que es mío, para sacar una tajada de ello á

título de gananciales... ¡que no será poco, en gracia de Dios, si el

demonio no me da tan buena maña para esconderlo, como la que me dió

para adquirirlo!; y cuando me muera, volverá esa garduña, y levantará

las tablas del suelo y las latas del desván, y revolverá todos los

rincones de la casa pensando que lo tengo escondido en onzas de oro...

¡En onzas de oro! Las onzas enterradas no producen, ¡cochinote!, al

paso que se dejan ver de ojos de zahorí ratero, como la ladrona de mi

criada... ¡y como tú!... Y cuando más engañado se crea el grandísimo

bribón, porque no halle barriles de monedas en que hundir los brazos

hasta el codo, rebuscando aquí y allá, vendrá á abrir esa alacena ¡esa!

atestada de legajos; y comenzará á deshacerlos uno á uno; ¡y entonces

sí que se relamerá de gusto, el gran canalla, al ver el caudalazo que

representan, y pensar en la vida regalona que podrá darse, y al fin se

dará, con aquellas gotas del sudor y de la sangre del mismo corazón de

este mentecato majadero... y más que estúpido!... ¡Oh, que no pudiera

yo estar á aquellas horas á su lado, para hacer con los papeles una

hoguera en el corral y asar al ladrón en ella!... ¡Leyes, leyes de

bandidos! ¡Malditas sean por siempre jamás amén!... Yo quisiera ahora

ser cien veces, mil veces, un millón de veces, más rico de lo que

soy, para hacer unas leyes á mi gusto, ó comprar á la Justicia y al

rey mismo, para que no rigieran conmigo las que oprimen á los demás,

y se me autorizara para colgar por el pescuezo al pillo ese, y á la

taimada que le ayuda contra mí, y á todos sus encubridores y cómplices

indecentes. ¡Mal rayo los parta, y á mí, por tonto, con ellos!

Aquí hizo el Berrugo, de repente, un alto en sus vueltas de torbellino;

y con la mano con que se acariciaba la barbilla, recorrió toda la cara

y se restregó mucho las narices y los ojos. Éstos le chispeaban, y

tenía los pelos erizados y la boca muy reseca. Permaneció así un buen

rato, como si le deslumbrara y le abstrajera alguna visión interna, ó

se hubiera desquiciado de repente la máquina de sus pensamientos. Ello

es que presentaba todo el aspecto de un loco enjaulado. De pronto bajó

otra vez la mano á la barbilla, y volvió á sus paseos circulares y

vertiginosos.

La Puchera · 第 26 / 28 段