Ó porque distinguió á la barquía, ó porque el instinto de conservación

se lo impuso, sucedió que el desdichado comenzó á dar alaridos y á

pedir ayuda en todos los acentos que caben en los registros del espanto

y de la desesperación.

El cura, sin saber qué hacerse, como los otros dos, se descubrió la

cabeza y se puso á rezar por él.

—No hay poder humano que le ayude—dijo al mismo tiempo el

Lebrato.—Otro, en su pellejo, se esquilaría por la cuerda; pero ¿de qué

le ha de servir á él, que desde mucho más arriba, onde tenía apoyo pa

los pies, no pudo aprovecharla pa ayudase con las manos tan siquiera?

—Sea lo que sea—exclamó el cura dejando de rezar, pálido y

demudado,—acerquémonos más; y ya que no podamos salvarle la vida,

hagamos algo por su alma.

Anduvo la barquía hasta acercarse tanto á las rompientes, que don

Baltasar conoció á los que iban en ella. Lo demostró con un grito de

júbilo.

—¡Dios os envía!... ¡Don Alejo!... ¡Hay Dios!... ¡Ya creo en Él... y en

su misericordia!

—Por la cuenta que te tiene ahora,—murmuró Pedro Juan al oir aquellas

voces que parecían de un alma en pena.

—Bien está eso, señor don Baltasar—gritó el cura con la poca voz que

le dejaba su angustia.—Pero no deje también de creer en su justicia...

y mire, mire... nosotros vamos á hacer por usted todo lo que

humanamente se pueda; pero, por si no alcanza, prepárese para una buena

muerte...

—¡Eso no!—gritó el Berrugo pataleando allá arriba.—¡Yo no quiero morir!

¡Yo estoy en sana salud y quiero vivir todavía!

—Y entonces, ¿por qué se puso tan en peligro de perecer, como se ha

puesto por su gusto?

—¡Yo no me puse!... ¡Yo no sé por dónde ni cuándo he venido aquí!...

¡Yo he debido estar loco!... Agarrado á esta peña allá arriba, me ha

despertado el espanto... ¡Por compasión!... ¡por caridad!... ¡ayúdenme,

ampárenme... y pronto, que la cuerda trisca, y es de esparto viejo

lo más de ella... y ya se me turba la vista... y me van faltando las

fuerzas!...

De pronto se le ocurrió al Lebrato que se le podía socorrer

desembarcando en la playuca, y corriendo luégo á tirar de la cuerda

desde arriba. Pero había media hora hasta la playuca, y otro tanto por

tierra, y la cuerda flaqueaba ya, y el hombre no parecía estar más

firme que la cuerda.

—No importa—respondió el cura;—es el único recurso, y hay que

intentarle...

En esto llegaron las dos barquías, cargadas de hombres con el horror

pintado en las caras; y al triste son de los alaridos cada vez más

lentos y apagados del infeliz Berrugo, les comunicó don Alejo su

proyecto. Una de las barquías podía quedarse allí para animar con

su presencia al agonizante, y las otras dos ir con sus hombres á

auxiliarle por la playuca. Se convino en ello; partieron á toda fuerza

de remo las barquías de San Martín hacia la playuca, y don Alejo se lo

gritó á don Baltasar para darle alientos.

—¡Es tarde ya!—respondió el mísero, con la cabeza caída y los miembros

lacios.—Me va faltando la vida; y la cuerda, que me ahoga con mi propio

peso, trisca cada vez más.

—¡Hay que intentarlo, con todo!—dijo el cura; y añadió en seguida:—Y

mire, don Baltasar: como antes le dije, por si acaso tiene usted razón,

prepárese para una buena muerte... Haga un acto de contrición. ¡Mire

que otros en mejor salud han fenecido!... ¡Mire que voy creyendo que

para algo me trajo el Señor aquí hoy!...

No se sabe si respondió algo don Baltasar y no dejó oirlo el incesante

machaqueo de la resaca; pero está fuera de duda que volvió á patalear

entonces, porque esto se vió.

El Lebrato daba diente con diente, sin apartar sus ojos del

espectáculo, y su hijo, contemplándole también sin cesar, estaba como

electrizado. Don Alejo, impaciente y conmovido, mirando tan pronto á

don Baltasar como á las barquías, que no andaban tanto como su deseo,

continuó amonestando al moribundo, pues por tal le consideraba; y al

ver que no le respondía, y que cada vez inclinaba más la cabeza y eran

sus movimientos más débiles, recitó la oración de los agonizantes,

arrodillándose los tres en la barquía; y luégo, levantando el brazo

derecho y clavando los ojos compasivos en don Baltasar, bendíjole, y

rezó con voz vibrante y solemne:

—_Si es bene dispositus, ego te absolvo a pecatis tuis, in nomine

Patris et Filii et Spíritus Sancti._

En aquel mismo instante se oyó un trisquido y también algo como

lamento, y se vió á don Baltasar precipitarse rápidamente, con las

piernas y los brazos extendidos, como una rana que se lanza al charco,

desde la altura en que oscilaba moribundo de horror y de fatiga, al

erizado peñascal, en cuyas puntas rebotó dos ó tres veces antes de

desaparecer entre las revueltas espumas de la resaca.

El Lebrato y el cura lanzaron un grito. El Josco se echó hacia

atrás, pálido como la pechera de su camisa; y los tres contemplaron,

consternados, cómo se enrojecían las espumas del agua que batía las

peñas entre las cuales había desaparecido don Baltasar.

El cura volvió á hincarse de rodillas; y mirando al cielo le elevó esta

súplica, como recomendación del alma del desdichado:

—_Súscipe, Domine, servum tuum in locum sperandæ sibi salvationis a

misericordia tua._

Era imponente y aflictivo aquello; y aún lo fué más cuando al ver los

del barquichuelo flotar el largo pedazo de cuerda que había caído

á la mar con el mísero despeñado, se lanzaron, con riesgo de sus

vidas, á cogerle; y tirando de él don Alejo y remando los otros dos

hacia afuera, apareció, casi á flote y remolcado por la barquía, el

ensangrentado cadáver con el cráneo deshecho y los miembros destrozados.

POLANCO, agosto-octubre 1888.

[Ilustración]

[Ilustración]

INDICE

Páginas.

I. —«Ré» en la Arcillosa. 5

II. —El conflicto de Pedro Juan. 27

III. —Adónde fué á parar la segunda sarta de peces. 43

IV. —«Ese hombre». 61

V. —Continuación del anterior. 81

VI. —Varga abajo y varga arriba. 101

VII. —Cuentas de familia. 111

VIII. —El médico don Elías. 123

IX. —Las cosas de don Elías el médico. 147

X. —Por dónde flaqueaba el Berrugo. 177

XI. —Las lunas del Josco. 197

XII. —En qué manos andaba Inés. 213

XIII. —La obra de Marcones. 227

XIV. —El cura de Robleces. 247

XV. —El pleito del profesor. 265

XVI. —El fallo de la educanda. 281

XVII. —El agosto del Berrugo. 301

XVIII. —Vuelta al pleito de Marcones. 325

XIX. —El caballero del altar mayor. 345

XX. —Quién era él. 357

XXI. —Arroz y gallo muerto. 377

XXII. —Examen de conciencia. 405

XXIII. —Corrida en pelo. 427

XXIV. —Leña al fuego. 449

XXV. —Anales de tres semanas. 469

XXVI. —La puchera del Lebrato. 483

XXVII. —Luz y tinieblas. 505

XXVIII.—En el fondo del abismo. 523

XXIX. —El poder de una idea. 537

XXX. —Cosecha de tempestades. 557

XXXI. —«Por do más pecado había». 581

[Ilustración]

La Puchera · 第 28 / 28 段