Desde aquel instante tomaron los sufrimientos de Inés un nuevo

carácter, y sus ideas otros rumbos. Hasta allí, se veía, aunque bajo

una ley inicua, al amparo de la misma ley, que tendría sus límites

determinados y sus cláusulas protectoras y relativamente benéficas;

pero la aprobación de su padre al hecho incalificable de la Galusa; la

insolencia de la una y el cinismo cruel del otro, le daban la norma

de lo que podía llegar á ser su vida en una cárcel como aquélla.

Considerábase abandonada de todo el mundo, y sola, maniatada é

indefensa, entre dos fieras, algo así como una loba y un tigre. Se

horrorizó; y por no enloquecer de espanto, salió de su habitación donde

se había encerrado después de la respuesta de su padre.

En aquel instante cayó en su cerebro el germen de una idea bien

extraña á la condición de su naturaleza, que, sin embargo, le acogió

sin repugnancia. La fuerza del mismo huracán que se le había traído,

le borró la impresión de la caída. Vino á ser ésta como una ráfaga

primaveral y de relativo consuelo, en medio de tantas otras invernizas,

desencadenadas y tempestuosas.

Aquella misma mañana había hecho el impaciente Marcones una escapada

á Robleces, para preguntar á su tía «si se había dado el golpe» y con

qué resultados. Entró en la casa lo mismo que la vez anterior, como un

gatazo negro, golosón y ratero, por la escalera de atrás; salió de la

cocina la Galusa, como lo que era; y aconsejándole que se largara de

allí cuanto antes, porque convenía que no se le viera en Robleces hasta

que ella le avisara, le dijo de prisa y al oído:

—Se dió el golpe, y como en la misma nuca: redondo quedó el otro. Ella

está con el lazo al pescuezo, y yo tengo la punta del cordel en la

mano y jalo de él lo que jalase debe hasta que me pida miselicordia.

Cuando este caso llegue y se allane á entrar por el aro que yo la ponga

delante, será la ocasión de venir tú, con el aviso que yo te dé, pa que

resulte lo que se busca por ese camino, sin que lo sueñe el indecente

de su padre, ni pueda estorbarlo con toa su maldá, que es mucha; porque

el hombre ese es hechura del demonio, y el demonio le ciega...

Marcones se frotaba las manos, y al marcharse dijo á su tía:

—Pues tire usted firme del cordel, hasta que saque la lengua cuanto

antes; y si ni por esas se da á partido, tire más, aunque la ahogue. Ó

para _nosotros_, ó para nadie.

No necesitaba la Galusa, para ser mala, los consejos de su sobrino,

que aún era peor. Tiró del cordel á cada instante en toda aquella

mañana, después de lo del espejo, porque lloraba, porque andaba mano

sobre mano, porque lo poco que hacía lo hacía mal... ¡hasta porque no

respondía una palabra á sus desvergonzadas agresiones, que llamaba la

pícara «buenos consejos!» Al llevar los condumios á la mesa, porque

estaba la infeliz triste y desganada, más tirones y más recios, á las

barbas de su padre que no desplegaba los labios sino para engullir la

ración de costumbre, como una bestia en su cubil. Por la tarde, nuevas

provocaciones y nuevos martirios; hasta que al anochecer, rendida de

sufrir y sin saber cómo conjurar las iras de aquel demonio que, por

los fines que perseguía y la impunidad que gozaba, iba emborrachándose

en su propia maldad nativa, trató de encerrarse en su cuarto. No se

lo consintieron ni la criada ni el amo; el cual la exigió que le

acompañara á la mesa, porque le gustaba verla obediente y curada cuanto

antes de «las puntas de soberbia» que la traían á mal traer.

Y no fué esto lo peor. Después de cenar, digo, de asistir á la mesa,

porque cenar no cenó, al ir á la cocina á recoger su palmatoria de hoja

de lata, con su correspondiente cabito de sebo, la Galusa, delante de

los otros dos criados que acababan de cenar y estaban ya dormilentos y

sin cosa alguna que hacer, la mandó con gran imperio, que antes de irse

á la cama diera una barrida á aquel suelo, que buena falta le hacía.

Resistióse Inés indignada, porque veía la intención de humillarla

delante de aquellos testigos asombrados; y entonces la Galusa tuvo

el atrevimiento de ponerle la escoba en la mano, diciéndola hecha un

basilisco:

—¡Á barrer, porque yo lo mando!

Inés pensó caerse muerta de angustia; pero tal fué el exceso de su

indignación, que la dió fuerza bastante para arrojar la escoba á la

insolente fregona, y decirla al mismo tiempo, resuelta á todo ya:

—¡No quiero!... ¡Barre tú, que ese es tu oficio!

Inmediatamente volvió á coger la palmatoria y salió de la cocina, entre

los dicterios y las amenazas de la Galusa; llegó á su cuarto y se

encerró en él. Dejó la luz encima de su cómoda, arrimó una silla á la

cabecera de la cama, sentóse y cayó llorando sobre las almohadas.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXIX

EL PODER DE UNA IDEA

¡Era imposible que mujer alguna se hubiera visto jamás en una situación

tan desesperada como la suya! Esto fué lo primero que se le ocurrió á

Inés, abarcando con el pensamiento todo el cuadro de sus desdichas;

y como por evocación milagrosa, surgió de pronto en su memoria el

recuerdo venerado de su madre. Nunca supo ella de qué enfermedad

había muerto, después de padecer tanto y tanto; pero desde niña,

andaban siempre asociados en su memoria á los recuerdos de las grandes

melancolías y desfallecimientos de la mártir, el de las durezas de su

padre y el de los atrevimientos de la criada: la misma Romana, aunque

no tan repulsivamente fea como la que á ella la estaba martirizando.

Jamás podía pensar en lo uno sin que á ese pensamiento siguiera

el pensamiento de lo otro. Eran ambos recuerdos necesariamente

inseparables, como las figuras de un mismo cuadro. Y viendo por la

propia experiencia lo que dolían las inclementes durezas de su padre

y los inconcebibles atrevimientos de la criada, ¿no era bien llano y

natural suponer que la enfermedad de esas mismas durezas y de esos

mismos atrevimientos fuera la que había martirizado á su madre hasta

quitarle la vida? ¡Y ese mismo martirio había comenzado ya para ella,

sola, desamparada de todos, encerrada entre cuatro paredes, sin un alma

que se apiadara de sus ignorados sufrimientos!... Una había, sí, una,

capaz no sólo de compadecerla, sino de padecer por ella; pero ¿cómo

enterarle de lo que sucedía en aquella cárcel? Y aunque se enterara,

¿de qué serviría, si aquellas puertas estaban cerradas para todos,

y principalmente para él? ¡Y después de haberle conocido y de haber

soñado un mundo tan hermoso para los dos, aquel negro cautiverio, aquel

martirio incesante... y para siempre, para siempre, y ella al principio

de la vida! ¡Imposible! No cabían en lo humano resignación ni fuerzas

bastantes para arrastrar una cruz así. Morir de una puñalada ó de un

veneno de la infame carcelera, menos mal; pero pisoteada, escarnecida,

vilipendiada por ella; morir de sus improperios, de sus insolencias,

de sus asquerosas altiveces, y sabiendo la víctima que este género de

muerte le autoriza y le aplaude su propio padre, el que estaba obligado

á defenderla y ampararla...

Y aquí la idea que había sentido Inés en germen por la mañana, apareció

desenvuelta y en completo desarrollo en su cerebro.

Se incorporó sobresaltada, febril; calculó que habría permanecido como

dos horas en aquellas fatigosas meditaciones, y que podría infundir

alguna sospecha en sus carceleros la luz que se escapara por las

rendijas de la puerta, si se fijaban en ella, y se levantó; fué á su

pobre ropero, tomó de él un mantón de abrigo, se le echó sobre los

hombros, apagó la luz y volvió á sentarse en la silla.

Ya no pensó más en la barbarie de su padre ni en las indignidades de la

criada. Se entregó resuelta, decidida, al imperio tentador de la otra

idea; no para poner en tela de juicio el más ó el menos de su cordura,

pues sobre este punto ya no cabía dudar, sino para discurrir el modo de

realizarla.

Esta labor duró más de una hora. Todo quedaba previsto y calculado;

todo era posible y realizable ya, y todos los riesgos y todos los

escrúpulos y todos los obstáculos de la meditada empresa, le parecían

cosa de juego comparados con la espantosa realidad de su cautiverio.

Escuchó sin moverse de la silla, con gran atención, y no oyó el más

leve ruido en toda la casa. Dejó que corriera más tiempo, pareciéndole

siglos los minutos; y cuando calculó que sería la media noche, sin

vacilar un instante, sin querer dar oídos á los reparos que algunas

veces la hacían sus timideces y debilidades de sexo, trémula por la

fuerza misma de su resolución, se quitó los zapatos, y, con ellos

en la mano, se fué hasta la puerta. Escuchó allí de nuevo, y no oyó

otros ruidos que los que hacía dentro de su pecho el acelerado latir

de su corazón. Tranquilizábala mucho la bien fundada reflexión de

que no había en la casa quien la creyera capaz de lo que ella estaba

proyectando á aquellas horas de la noche. Era seguro que todos dormían

profundamente, y la Galusa más descuidada qué nadie. Además, creía con

ciega fe que tenía á Dios de su parte y que no la abandonaría.

Levantó el pestillo y entreabrió la puerta, muy poco á poco. Todo era

silencio y obscuridad en la casa. Salió al pasillo, cerró otra vez

la puerta de su cuarto; y después de convencerse de que las tablas

del suelo no crujían; bajo sus pies, siguió andando á tientas por el

carrejo, hasta tropezar su mano derecha con la puerta de la cocina:

enfrente estaba la que abría á la escalera de atrás, y cuya llave se

dejaba siempre en la cerradura. Dirigióse á aquella puerta, y, en

efecto, tenía puesta la llave. Pero ¿rechinaría la cerradura? Por si

acaso, volvió la llave con sumo tiento. Ni las moscas, si las había

por allí, debieron de oirla. Esto la animó, y sacó la llave de la

cerradura; abrió lo menos que pudo de la puerta, que tampoco rechinó;

salió á la meseta, y volvió á trancar por fuera para que el viento,

si salía, no golpeara la puerta y pusiera en alarma á los de casa

antes de lo previsto. Hecho esto con toda felicidad, recogió la llave,

que, dejada en la cerradura por aquel lado, podía servir de señal

para conocer el camino de la fugitiva, y bajó la escalera. Estaba

segura de que el postigo de la portalada del corralón se cerraba por

dentro con un pasador de hierro, y así era. Descorrió el pasador sin

la menor dificultad, salió á la calleja y dejó cerrada la puerta con

el pestillo. Allí se calzó los zapatos. Tenía los pies helados y las

medias húmedas, por la frialdad y el rocío de la escalera, que era de

piedra.

Pero, aunque el cielo estaba estrellado, ¡qué obscura era la noche,

y qué miedo la daba verse allí sola! No quiso pensar en eso, por no

desfallecer cuando más necesarias le eran la serenidad y la energía;

y encomendándose á Dios nuevamente, tomó la calleja que conducía á la

llosa Grande. Por de pronto, salir de las inmediaciones de su casa.

Si la debilidad de mujer, y de mujer nunca vista en tales apreturas,

llegaba á vencerla, que fuera lejos de allí y donde no pudiera

apiadarse nadie de ella y la volviera á su presidio, creyendo ejercer

un acto de caridad. Ya en la llosa, y después de tropezar mucho en los

cantos de la calleja, detúvose á respirar, considerando de paso lo

que la restaba por hacer. Conocía el camino por donde se comunicaban

la llosa y las praderas de abajo; pero ¿daría con él en una noche tan

obscura y con la intranquilidad en que se hallaba? Y después de verse

en las praderas, ¿sabría continuar hasta la sierra?... ¿tendría valor

para tanto? ¡Es increíble la fuerza que infunde la desesperación!

Aquella mujer tímida, humilde por naturaleza, retraída y recelosa por

hábito, no vaciló un instante y se lanzó al abismo de sombras, huyendo

de la tentación de arrepentirse de una empresa que la hubiera parecido

espantable locura unos días antes.

Siguiendo el camino de la llosa sin extraviarse, bajó á las praderas

y continuó andando de prisa, muy arrebujada en el chal, tiritando de

zozobra y ensañándose en los recuerdos de su pasado martirio, para

hacer más llevadero aquél que estaba sufriendo... Pero ¡qué obscuridad

tan cerrada! ¡qué silencio tan temeroso! ¡qué soledad la suya, y qué

inmensidad la de aquel negro espacio _vacío_!... ¿Avanzaría más, ó

retrocedería siquiera hasta el bardal de la llosa, para aguardar,

acurrucada allí, más cerca del barrio, á que alboreara el día? Pero ¿no

era ya tanta la distancia hasta la llosa como hasta donde ella iba?...

Ciertamente. Luego se hallaba en un punto alejado por todas partes de

todo humano auxilio. ¡Y entonces sí que se aterró de veras, y comenzó á

oir ruidos de los más extraños; hasta voces que la amenazaban, y como

lamentos de agonizantes; y á ver bultos más negros que la obscuridad,

que venían de lejos hacia ella! Apretó el paso, que llegó á carrera,

y cerró los ojos que para nada necesitaba allí, sino para levantarlos

á menudo al cielo, del que los bajaba en seguida, porque hasta el

titilar de las estrellas le daba miedo. Y corre y corre desalentada

y anhelante, con el pecho oprimido y la boca entreabierta para

respirar el aire que pasa por la estrechez de su garganta contraída,

frío y cortante como la hoja de un puñal; y los ruidos no cesan; y

uno de ellos le parece la voz infernal de la Galusa que la persigue

arrastrando las chancletas y llenándola de improperios. Se le figura

que oye sus pasos ya muy cerca, y corre más todavía para que la fiera

no la alcance; pero sólo consigue aumentar la fatiga, porque la inmunda

carcelera corre más que ella... y al fin la alcanza... y la pone la

mano sobre el cuello... y la agarra por el chal... y entonces la

infeliz prisionera lanza un grito de angustia, que repiten los ecos de

aquella soledad, con lo que su espanto llega al paroxismo; vacilan sus

piernas, falta el aire en su pecho, y cae desvanecida junto al vallado

de la sierra.

Tardó largo rato en volver en sí, y otro mayor en darse clara cuenta de

lo que la había pasado. Orientóse al fin; y reconociendo el vallado,

recobró de nuevo los ánimos perdidos, porque sabía que desde allí ya

se columbraba de día el refugio que ella iba buscando. Levantóse y

tomó resueltamente el camino de la sierra; y siguiéndole con no poca

dificultad, por ser algo más áspero que el de las praderas, llegó á

casa del Lebrato. El humilde soportal le pareció un palacio, más grande

y ostentoso que todos los palacios de verdad que ella tenía imaginados.

Se acercó á la puerta, ó mejor dicho, se pegó á ella; y golpeándola sin

cesar con ambos puños muy cerrados, gritó, arrimando la enardecida boca

á la cerradura:

—¡Pilara!... ¡Juan Pedro!... ¡Ábranme pronto, por el amor de Dios!

No tardó en oiría el Lebrato, que era ligero de dormir. Sintióle con

delicia Inés andar detrás de la puerta. Antes de abrirla preguntó:

—Pero ¿quién llama á estas horas con tanta prisa?

—¡Soy yo, Juan Pedro!—respondió la de afuera anhelante.—¡Soy Inés!

—¡Santísimo nombre de Dios!—exclamó desde adentro el Lebrato, mientras

abría la puerta aceleradamente.—¡Qué peazo del cielo se habrá caído, pa

que tal asombro suceda esta noche?

Abrió; entró Inés, ó más bien, se lanzó dentro; y á la luz del

candil que tenía el Lebrato en la mano, pudo verla, para colmo de

su asombro, pálida como la muerte, desencajada, anhelosa, con el

cabello desmelenado sobre los ojos, y todo su vestido en desorden. Sin

preguntarla lo que sucedía ni esperar á que ella se lo dijera, comenzó

á gritar, arrimándose á una puertuca del fondo, frontera á la cocina:

—¡Pilara!... ¡Pedro Juan!... ¡Arriba en el aire, que vais á tener aquí

algo que hacer!

Después condujo á Inés á la cocina; la presentó una silla para que se

sentara, pareciéndole poco el banco; colgó el candil, y se dispuso á

hacer lumbre.

—Esto, lo primero—la decía en tanto el buen hombre,—y mientres usté nos

dice en qué la podemos valer. ¡Viene aterecía de frío, ángel de Dios!

—¡No, no!—respondió Inés tiritando:—lo primero ha de ser esconderme

donde yo esté segura de que no me encuentre nadie.

—Pos ¿qué más segura que aquí á la hora de la noche en que estamos,

inocente?—dijo el Lebrato.—Á menos que no la vengan persiguiendo

cercuca. Pero aunque así fuera, mientres llaman y se abre, ya da tiempo

pa lo que haiga que hacer á ese respetive.

—Es verdad—respondió Inés algo más confiada.—Pero, por si acaso,

tranque usted bien la puerta, Juan Pedro.

—Eso sí que se hará,—respondió éste saliendo á cumplirlo.

Volvió al punto, y continuó amontonando palucos en el llar para

encenderlos en seguida; pero sin disimular enteramente la curiosidad

que le estaba consumiendo. En esto ya apareció Pilara en escena, con

los ojos como puños y muy ligera y desceñida de ropa, y detrás Pedro

Juan, por el estilo de su mujer. Ambos se hicieron cruces de asombro al

ver á Inés allí, sola, á aquellas horas y de aquella traza.

Reunida ya toda la familia, Inés, llorando desconsolada, contó en pocas

palabras lo que la había sucedido. Pilarona lloró de toda verdad, y su

marido se volvió indignado hacia su padre para decirle:

—¿Ve usté, recoles, si hay tela pa hacer con «ese hombre» lo que yo

dije el día que jué con nusotros á la mar?

El Lebrato se desentendió de esta alusión, y dijo por comentario al

relato de Inés:

—¡Lo propio que se hizo con la bendita de Dios que la echó á usté al

mundo en mala hora! Y las mesmas cuatro manos en concierto acabaron con

ella.

—¡Desde esta tarde—exclamó Inés horrorizada,—tengo yo esa sospecha,

Juan Pedro!

—Y bien tenida, doña Inés—añadió éste,—porque la cosa se vió, y naide

la duda en Robleces... Pero vamos al caso que ahora importa. ¿Qué es lo

que usté tiene pensao en el apuro que se ve, y en qué de ello podemos

ayudarla nusotros?

—Yo, á punto fijo, no lo sé—respondió Inés enjugándose los ojos.—Sé que

he salido esta noche de casa para no volver más á ella; que me pareció

demasiado cerca la de don Alejo, para ir á buscar un amparo allí, y que

he venido á pedírsele á ustedes, confiada en que me le darán, y porque

Pilara es la única amiga que tengo en el mundo.

—¡Así se hace, canastos!—exclamó entonces Pilara conmovidona de veras,

escondiendo la mitad de Inés en un abrazo y dándola un beso resonante

en la cara.—¡Eso es dar honra al corazón de una!

Inés continuó así, después de pagar con otro beso cariñoso el arranque

de Pilara:

—Estando ya aquí bien segura, siquiera por un buen rato, se podía—es lo

que yo pensaba—avisar á don Alejo, que sé que me quiere bien, y pedirle

su parecer.

—¿Y á nengún otro sujeto más?—preguntó Pilara con una sonrisa muy

maliciosa.—Vamos, con franqueza, que aquí no ha de hacerse más que el

tu gusto.

Inés bajó un poco la cabeza, algo turbada, y no supo qué responder.

Pilara la ayudó entonces de este modo:

—Anque lo has contao por encima, como si te atragantaras con ello,

lo bastante se vió pa creer ahora que ha de gustarte el paecer del

caballero ese en este particular.

—Pues que venga él también—dijo Inés echando de buena gana escrúpulos á

un lado.—Yo les contaré lo que me pasa, y ellos me dirán lo que mejor

les parezca. Iréme á servir á un amo, á pedir una limosna... á tirarme

á la ría... ¡Dios me lo perdone! Todo lo que me digan haré... ¡todo

menos volver á la cárcel de donde me he escapado!

—Ya se arreglará la cosa—dijo el Lebrato hondamente compadecido de

aquella pobre criatura,—sin melecinas tan amargas como esas. Cabalmente

había de venir hoy por aquí don Alejo á las seis de la mañana, porque

tenía concertao salir pa la mar con nusotros á esa hora; pero como

el caso es de apuro, lo que se va á hacer es lo siguiente. Tú, Pedro

Juan, vas á picar ahora mesmo pa Nubloso, que no está más lejos de aquí

que el barrio de la Iglesia de Robleces; yo pico pa casa de don Alejo.

Tú le cuentas el caso al sujeto, de modo que naide se entere más que

él, y te le traes volando contigo. Yo hago otro tanto con don Alejo; y

cátanos aquí á los cuatro juntos en una hora lo más. No son toavía, por

mi cuenta, las dos de la mañana, y nos quedan tres horas de noche pa

arreglar ese asunto sin que se enteren de él ni los pájaros del aire.

Se aprobó la idea; se aviaron en un periquete el padre y el hijo;

salieron juntos de casa, y á poco rato echó por su lado cada cual de

ellos. Al separarse, dijo el Lebrato á Pedro Juan:

—Asunto es éste que nos puede costar caro á tí y á mí, si ese hombre,

que tan tigre es pa la hija, agüele que la hemos amparao en nuestra

casa. Pero los hombres de bien son pa las ocasiones, y lo primero es lo

primero; y Dios mos ve á toos y á cada uno.

Pilara, después de cerrar bien la puerta por dentro, se quedó animando

á Inés; y como ya la lumbre había tomado cuerpo, consiguió que se

quitara los zapatos, que estaban empapados de rocío, para secarlos al

fuego, así como los bajos de su ropa, y que se calentara los pies.

Luégo trajo un peine, y ella misma le arregló el pelo desmelenado, al

paso que la iba diciendo:

—¡Pos dígote que estaría güeno que ese sujeto te viera de la trazuca

que estás, como si te hubieran sacao con unas trentes del bardal de una

calleja!... ¡Ni más ni menos te vió él, hija del alma, cuando se prendó

de tí!...

Y no la pesaba ciertamente á Inés, que al fin era mujer y mujer

enamorada, aunque atribulada y mísera, la ocurrencia de Pilara. Después

que acabó ésta su tarea lo mejor que pudo, y la palpó los pies para

ver si estaban secos, diciéndola, pasmada de su pequeñez, que «paecía

mentira que con aquellos dos fisanucos se pudiera sostener derecha una

presona,» y dió vuelta á los zapatos para que acabaran de secarse, fué

á la alacena y volvió con un jarro de leche y una cazuela muy limpia.

—Es—la dijo acurrucándose junto al llar,—de la que traigo yo de arriba

ca día; porque aquí no la tendremos hasta la primavera que viene. Te

voy á calentar una racionuca de ello pa que, ahora que estás algo más

sobre tí mesma, te confortes un poco por aentro... No hay á mano otra

cosa que darte.

—¡Cómo me cuidas, Pilara!—díjola Inés conmovida.—¡Si supieras lo que

consuela eso después de pasar por lo que he pasado yo!...

Y rompió á llorar otra vez.

—¡Bah, bah!—la dijo Pilara.—Á ver si no golvemos á mojar la pistaña.

Eso ya se acabó, y pa siempre.

Para distraerla un poco mientras la leche se calentaba, y llegó á

tomarla Inés y á calzarse, la noble mocetona la habló de muchas cosas:

de lo contenta que estaba en compañía de aquellos dos hombres, que le

parecían los mejores de todos los hombres del mundo; de la casuca, del

partido que había ido sacando de ella y del que iría sacando poco á

poco: aquí la mesa, allá las sillas; «esta paré que tanto blanquea,

estaba antes negra como el jollín;» el llar, con sus baldosas tan

majas, estaba nuevo, flamante, y «el poyo de la _jornía_, bien amañao:»

cosas de su suegro. El cuarto de ellos, antes no era cuarto: era «un

abertal.» Se le había cerrado con un tabique y una puertuca: eso había

sido cosa de los de arriba, «pa mejor paecer.» El viejo dormía en otro

cuartuco bien abrigado, donde siempre durmió, á la otra esquina de

la casa, con una ventanuca al saliente. Cuando Inés estuviera en sus

cabales, ya se enteraría de todo á la luz del día. Las dos vacas y las

novillas «de ellos» habían venido del puerto, gordas que partían: una,

ya cargá de dos meses, y otra de tres; la su novilla estaba también en

la _corte_, y con ella componían cinco cabezas. El de la vista baja

tenía un diente que daba gusto. Al paso que iba, por Navidad sería una

montaña de tocino bien _hebroso_. Y así.

Hasta que se oyeron pasos en el portal, y dió el corazón de Inés dos

volteretas en el pecho. Abrió Pilara la puerta después de cerciorarse

de que era «gente de paz» la que llamaba, y entraron juntos los cuatro

que se esperaban; porque los que venían de Nubloso, llegaron al portal

en el poco tiempo que tardó Pilara en abrir la puerta. Lo mismo

Quicanes que don Alejo, venían bien enterados de lo que ocurría; y en

cuanto Inés los tuvo delante, se echó á llorar desconsolada.

—Eso va contigo, Tomasuco—le dijo el cura al de Nubloso;—consuélala

tú que sabes, pero sin abusar del chicoleo, porque no hay tiempo que

perder, y yo traigo mi plan para acabar primero.

¡Bueno estaba Quicanes para consolar á nadie cuando se le estaba

saliendo á él el alma por la boca, particularmente desde que tenía

delante á Inés, de cuyos dolores era él la causa! Pero hizo lo que

pudo; y no lo hizo mal, si ha de juzgarse la obra por los resultados.

Inés siguió llorando un ratito más; pero bien claro se veía en sus

ojos, en cuanto pudo mirar con ellos á su amante, que había vuelto la

vida á su corazón. También don Alejo ayudó valientemente á aquel acto

de caridad.

La Puchera · 第 25 / 28 段