la juventud, desalentado para los negocios y sin esperanzas de hacerme
rico por aquel camino. Con haber ganado mucho y bien honradamente, y
sin un solo vicio dispendioso de que tenga que arrepentirme, cuando
más aborrecibles se me hicieron aquel trabajo y aquel clima y aquellas
costumbres, y con mayores fuerzas me tiraba la pasión de la patria
nativa, me hallé con un puñado de oro por todo caudal ahorrado: lo
preciso para vivir aquí cuatro ó seis años de caballero pudiente,
después de hacer una excursión de despedida por determinados países
de Europa. No sé si pasó por mi imaginación la posibilidad, bien
acariciada y entrevista, de un casamiento ventajoso por acá, ó si
fué sólo una idea volandera que cayó en el platillo de los cálculos
risueños que yo me hacía, como contrapeso para inclinar la balanza
del lado de mis preferencias. El hecho es que liquidé mis negocios;
que tomé el puñado de oro de mis únicas ganancias positivas; que vine
á España con los rodeos proyectados allá, y que llegué á Nubloso
en la ocasión que os referí. Apenas hube llegado, oí hablar de los
caudales de tu padre, de ciertas _cosas_ suyas, y de tus hermosas
prendas personales... Y aquí entra lo negro y lo hediondo del asunto:
oyendo estos relatos, tentóme el demonio; un demonio especial que debe
de haber, tentador de la canalla y de los hombres que se hallan muy
propensos á encanallarse; tentóme, digo, un demonio así; y pensada
y deliberadamente, á ciencia y conciencia de lo que hacía, me vestí
de indiano de pacotilla, rico y estrepitoso; me llené de batista
almidonada, de colgajos y relumbrones, de paños finos y relucientes, y
de perfumes de mucho alcance; y eligiendo, premeditadamente también, el
día del santo patrono de este pueblo y el presbiterio de la iglesia,
para que siendo el concurso más abundante resultara la exhibición más
señalada, vine y plantéme donde me viste, en la persuasión bien fundada
de que, entre estas gentes sencillas, cuanto mayor fuera mi estruendo,
mayor sería su admiración... y la tuya por consiguiente. Y perdóname
el agravio que entonces te inferí con el supuesto, por no tener cabal
idea de lo que eres. Que no faltarías á la misa en fiesta tan solemne,
no podía dudarlo yo, ni tampoco que me sería fácil hallarte con los
ojos entre un concurso de toscos labradores, para ayudar con la mirada
á la obra que yo me prometía de mi equipaje ostentoso. De manera,
Inés, que persiguiendo estos fines innobles, me planté aquel día en
el altar mayor, y sacaba el reló tan á menudo, y me movía de manera
que brillaran en todo su esplendor las tapas y la cadena de oro, y
las piedras de mis anillos y botones, y te miraba á cada instante
después que te descubrí entre la muchedumbre; farsa fué igualmente mi
inmediata visita á vosotros, en la que, de propio intento también,
estuve estrepitosamente locuaz y charramente cortés: farsa, y farsa
innoble y grosera, la del pretexto que alegué de la compra de la casa,
para tener por mucho tiempo abiertas las puertas de ella; farsa ciertas
exageraciones de efecto en la relación que hice en la mesa, de mis
viajes; farsa, y farsa no ya grosera, sino infame, las insinuaciones
pérfidas sobre capitales míos depositados en los más famosos bancos del
mundo; y farsa sostenida ya á aquellas horas, no sólo por el propósito
concebido en Nubloso, sino por el estímulo de tu belleza, que me estaba
llamando grandemente la atención.
Hablando contigo en la romería por la tarde, este interés fué creciendo
extraordinariamente; y cuando tratamos del caso del huertuco pobre y
la rosa colorada, y, sobre todo, cuando vine á continuarle aquí, ya no
podía decidir yo si me empujaba el empeño de triunfar en la innoble
empresa acometida, ó la curiosidad desinteresada de ver lo que se
descubría escarbando en tus pensamientos. Pero aún no me remordía la
conciencia; aún me tenía cegado el demonio para que no viera lo bajo
y lo abominable del empeño en que estaba metido. Esto me lo reservaba
Dios para que lo sintiera de un golpe súbito y tremendo, en el instante
en que, después de aclararte yo aquí, en este mismo sitio, á tu lado,
contemplándote y sintiéndote y observándote á mi gusto, sensación por
sensación y latido por latido, lo que te faltaba conocer del cuento
comenzado en la romería, ví tu alma, cándida y pura como los ampos de
la nieve. Ese fué el espejo, Inés, que Dios me puso delante de los ojos
para que se reflejara en él cuanto había de miserable en mi proceder
de canalla. Y tanto me avergonzó el espectáculo, que, te lo juro, en
aquel instante deseaba haberme equivocado en lo que había leído en
el elocuente silencio con que me respondiste. Me hubiera dolido el
desengaño; pero era mucho más doloroso lo que temía y ha sucedido ya:
que á medida que fuera conociéndote, había de ir avivándose mi llama
y cerrándose la salida del conflicto en que me veo. Vil y atormentado
callando, aunque posible me fuera callar, y despreciable á tus ojos
refiriéndote abochornado lo que me acabas de oir... Porque, por más
vueltas que á mi pecado se dé, no hay modo de tapar lo que tiene de
canallesco, de ridículo, de chocarrero y de mal gusto... En fin, que me
parece menos aborrecible que yo, el hombre que da á otro una puñalada
para robarle una onza. Aquí, cuando menos, hay el mérito de arriesgar
la vida.
Otra equivocación de juicio de Tomás Quicanes: Inés, en lugar de
apedrearle y de escupirle después de escucharle el relato, se rió de él
con las mejores ganas.
—¡Y por esa bobería—exclamó al mismo tiempo, llena su hermosa faz de
regocijo,—me has hecho pasar lo que yo he estado pasando!
—¡Bobería?—repitió el otro, asombrado.
—Bobería, sí—insistió Inés.—¿Qué quieres! Cada uno tiene su modo de ver
las cosas: yo veo esas tuyas así.
—No es posible, Inés—replicó el otro, no muy satisfecho con aquellas
anchuras de manga en puntos tan delicados, á su entender.—No es posible
que con tu buen entendimiento desconozcas...
—Yo no sé—le interrumpió Inés muy decidida,—si mi entendimiento es
bueno ó es malo: lo que sé es que, arreglando acá dentro, á mi modo,
todas esas cosas que me has contado, no solamente te las perdono, sino
que hasta me alegro de que hayan sucedido.
—¡De que hayan sucedido?
—Sí. ¿Pues no es el apuro en que te has visto la mejor señal del chasco
que te llevaste en la burla que querías hacer de mí? ¿No fué chasco el
parecerte, cuando menos lo esperabas, que valía yo, por mí sola, mucho
más que el dinero que tenía? ¿No te remordió entonces la conciencia
por haber querido engañarme? Pues ¿qué más puedo pedir yo para probar
la buena ley de ese cariño que me tienes, ni cómo, después de haberte
escuchado, puedo dejar de quererte... mucho más de lo que te quería?
Quicanes recibía aquellas generosas declaraciones, como suave rocío
que le refrigeraba la vida; pero esos refrigerantes tan gustosos, no
alcanzaban con su benéfico influjo á la seca é inaccesible región de
sus pensamientos, donde mandaba la lógica inexorable, con una altivez
de gran señora. Se empeñó en demostrar á Inés, con nuevas razones, el
sólido fundamento que tenían sus escrúpulos, ya incurables.
—Si á escrúpulos fuéramos—llegó á decirle Inés de muy buen
humor,—empezaría yo por pintarte los míos, y no acabaríamos nunca.
—¡Escrúpulos tú!
—Y allá va uno de muestra, y de la misma casta que otro tuyo—repuso
Inés con gran donaire.—Me has creído rica, y tampoco lo soy. Á cada
instante me lo está diciendo mi padre, que debe saberlo bien.
—¡Ojalá fuera verdad eso, Inés!—exclamó arrebatado el de Nubloso.—Con
lo que tengo, que es poco para vivir de caballero, habría lo suficiente
para adquirir aquí la hacienda de un labrador acomodado... Esto lo
resolvería todo, y me abriría una brecha en el encierro sin salida
que...
Y no dijo más; porque le cortó la palabra, y hasta la respiración, un
tremendo golpetazo en el suelo, que hizo salir nubes de polvo por las
rendijas de las tablas.
Le había dado don Baltasar, que se apareció en la solana de repente,
con el cabo de un rastrillón que llevaba en la mano derecha. Mientras
con la izquierda hacía una señal de llamada á Tomás Quicanes, le dijo:
—Una palabra, caballerito.
Levantóse Quicanes al punto, y se acercó á don Baltasar que le
introdujo en la sala. Inés, helada de susto y latiéndole el corazón
aceleradamente, también se levantó, pero sin saber para qué.
—He resuelto—dijo el Berrugo arrimándose mucho á Quicanes, pero de
costado y sin mirarle á la cara,—no venderle á usted la casa; entre
otras razones, por no ponerle en el negro apuro de no podérmela pagar.
Y como este asunto era el único que había pendiente entre los dos, y
aquí no puede haber otros asuntos que los míos, nada tiene usted ya
que hacer aquí desde este instante y por todos los días de su vida...
¿Queda usted enterado?
El pobre Tomás Quicanes se ahogaba bajo el peso de aquel cinismo con
que se le despedía, y sin atreverse á responder una palabra; porque,
en el fondo, aquel hombre grosero tenía mucha razón para tratarle como
le trataba. Intentó, no obstante, alegar algunas excusas.
—Aquí no hay disculpas ni reflexiones que valgan—le interrumpió el
Berrugo dando un rastrillazo en el suelo.—Á todo tirar, una sola: el
comprobante, bien claro, de que tiene usted todos esos caudalazos
que aparenta. ¿Le tiene usted?... Esa agachada de cabeza es la mejor
confirmación de lo que yo me sabía... Pues lo dicho, y á la calle; y
agradézcame que me conforme con esto poco y no le diga todo lo que
siento, por considerar que no ha sido la culpa de usted solo.
Y hablando y empujándole y sin querer oirle una palabra, le llevó hasta
la escalera, desde donde volvió á la sala á todo andar. Inés, que lo
había oído todo, se hallaba, temblando y descolorida, á la puerta del
balcón.
—Óyeme tú ahora, gatuca mansa—la dijo su padre llevándola de un brazo
hasta el medio de la sala:—¿sabías tú que ese granuja no tiene sobre
qué caerse muerto?
—Cuando usted entró en el balcón—respondió tiritando Inés,—estábamos
hablando de eso.
—¿De que no tenía un cuarto?
—De los pocos que tiene, y de los bochornos que ha pasado por querer
aparentar otra cosa.
—¡Y tenía desvergüenza para irte á tí con esas coplas? ¡Ah, tunante!
¿De modo que tú le llenarías los oídos de insolencias?
—No, señor,—respondió Inés bajando la cabeza, pero con acento firme.
—Y puede que hayas sido capaz hasta de perdonarle la gracia... si es
que no se la has ponderado también.
—Sí, señor,—volvió á responder Inés, con igual firmeza y la misma
actitud que antes.
—¡Alma de los demonios!—exclamó entonces su padre, punzándola con su
mirada de saeta.—Pero ¿qué sangre es la tuya? ¿Á quién sales? ¡Digo!...
á los blandengues de San Martín de la Barra... ¡Mal rayo para la casta
esa!... Pues vas á ver ahora quién te perdona á tí, corazón de palomita
blanca... Porque yo soy ya perro viejo, y con los ojos cerrados sé por
dónde va el aire de ciertos fregados de mala jeta, entre lobos corridos
y corderillas sin hiel...
Se acercó á la puerta del carrejo, y llamó desde allí á Romana. Y vino
la Galusa, que, por lo pronto que llegó, debía de estar bien cerca.
¡Y qué resplandeciente de iras satisfechas traía la cara de merluza
podrida! En cuanto su amo la vió entrar, la dijo:
—Ese pillete de Nubloso, á quien acabo de plantar en la calleja, se ha
dejado aquí algo que puede ser cebo que le tiente á volver... sobre
todo, si hay quien se le meta á menudo por los ojos. De tu cuenta
corre, desde ahora mismo, que eso no suceda; y para que no te excuses,
en una falta, con no tener atribuciones bastantes, da por recibidas
todas las que necesites... Y no hay que hablar más, porque de antiguo
nos conocemos. Y ahora, escucha tú—añadió dirigiéndose á su hija:—hazte
la cuenta, y no te equivocarás, de que estás encarcelada, y que
ésta—señalando á la Galusa,—ha de ser tu carcelera... ¡Ni á misa los
domingos! ¡Ni á que te dé siquiera el aire de la solana!
La infeliz creyó morirse de espanto y de indignación; y á tal punto
llegó ésta, que la dió fuerzas y valor bastantes para responder á su
padre:
—Pues si esa mujer ha de ser mi carcelera, busque usted otra que me
guarde de su sobrino... y de ella misma, que le ayuda.
—¡Falso, embusterona!—chilló iracunda la criada.
El Berrugo pareció sorprenderse con la advertencia de su hija; pero en
seguida se encogió de hombros y respondió cínica y fríamente:
—¡Bah! De las uñas de esos dos enemigos, ya te guardará el
aborrecimiento que los tienes.
Y se largó de allí chasqueando los dedos de la mano izquierda y
arrastrando el cabo del rastrillo con la derecha. La Galusa, después
de echar á Inés una mirada que era un látigo empapado en vinagre, se
largó también.
La desdichada Inés fué la única que se quedó allí: fría, espantada,
sin alientos para moverse, ni lágrimas en sus ojos para desahogar las
angustias que no la cabían en el pecho.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXVIII
EN EL FONDO DEL ABISMO
Ocurrió del modo siguiente: llegó á Lumiacos un indiano de aquel
pueblo. Era joven todavía, no muy hablador, y poco apegado á la tierra,
porque la tachaba de miserable. Á los ocho días de haber venido, ya
estaba deseando marcharse. Quejábase de que le saqueaban vivo aquellas
gentes «hambronas,» empezando por las de su casa. Fuera de este
achaque, no parecía mala persona. Hablando de estas cosas una vez con
Marcones, que era el único ocioso del lugar, le preguntó el seminarista
si conocía «por casualidad» á Tomás Quicanes el de Nubloso. Á lo que
respondió en seguida el de Lumiacos:
—¡Pues no he de conocerle, camará?... Y remuchísimo que le conozco.
—¡Hola, hola!—exclamó al oirlo Marcones, ávido de noticias del hombre
á quien más detestaba en el mundo.—Y ¿qué tal, qué tal sujeto es?
—De primera—respondió el otro.—Es mozo que sabe de todo; que habla como
un libro, y además, tres lenguas; que plumea como nadie; que en Cuba se
codeaba con lo más curro y más letrado... y que ha visto mucho mundo.
Es sujeto de cuenta, créame, camará. Y todo se lo debe á sí propio. No
le conozco más que un pero.
—¿Cuál es, cuál es?—saltó Marcones como si quisiera quitar al
preopinante aquel pero de la boca para saborearle pronto.
—Pues, camará—respondió el indiano,—el pero de que no tiene un cuarto,
que no es chico pero.
—¡Qué me cuenta usted?—exclamó Marcones, no sabiendo contener su
alegría.—¡Conque sin un cuarto!... Á esquina, que decimos acá;
_paupérrimus_, que diríamos en la gran lengua madre. Pues, hombre, bien
se pavonea por ahí, cargado de perendengues, y bien de millonadas echa
por la boca cuando llega el caso.
—Tiene buenos equipajes; no es tan pobre como para morirse de hambre
en cuatro días, y puede que alguna vez le haya dado por esas bromas,
aunque nunca oí que por ahí le diera.
Y no pasó más. Con ello en el buche, picó Marcones para Robleces;
entró en la casona por la portalada del corralón de atrás, cerca de la
que arrancaba una escalera que iba á descargar enfrente de la cocina;
atisbó desde la puerta, oyó á su tía, tosió de cierto modo, oyóle ella,
salió, entendióle que no quería ser visto, bajaron los dos la escalera,
salieron del corralón; y arrimaditos á la portalada, ella hecha toda
oídos y moquita, y él todo mugre y veneno, dijo el sobrinazo gandul á
la bribona de su tía:
—Ha llegado á Lumiacos un indiano que conoce mucho al de Nubloso; y
resulta de sus informes, que el caballero relumbrante del altar mayor
es un tuno como una loma, sin un cuarto y muy desacreditado en Cuba...
¡Si me lo daba á mí el corazón el otro día! Conque ya lo sabe usted; y
ahora, en seguida, el golpe bien aplomado y donde deba darse. Después,
ya me dirá lo que vaya resultando, porque yo me vuelvo sin parar por
donde he venido.
Y no pasó más que esto entre el sobrino y la tía. Subió ésta á
escape la escalera, sabiendo que estaba en casa en aquel momento «el
fachendoso,» porque le había sentido entrar media hora antes de que
llegara su sobrino; husmeó el aire como perra golosa, averiguó dónde
trajinaba su amo, corrió allá, apartóse con él á un lado, y le embutió
en los oídos las noticias recibidas de Marcones, con toda esta
fidelidad:
—Acabo de saber por boca que nunca miente y lo tomó de otra que
tal, que el caballerazo ese que tanto se despepita por Inés y le
hace á usté la rosca en toas partes, es un pillo de primera; que no
tiene un ochavo, ni crédito ni vergüenza; que ha estado en la cárcel
por tramposo, y viene ajuyendo de allá, por temor de que le manden
á presidio. Tiene á Inés por rica, y eso anda buscando él con el
deslumbre de unos ropajes que debe al que se los vendió.
—¿Quién ha dicho eso?—la preguntó el Berrugo en seguida, pero sin
mirarla á la cara, por no vérsela.
—Otro indiano más honrao que él, que acaba de llegar de la otra banda,
y le conoce mucho. Yo ni entro ni salgo en cosas que no son mías; pero
tengo ley al pan que como; soy mujer de concencia, y, por lo que valga,
ahí le queda á usté eso que le he dicho.
Y se fué, sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.
Al Berrugo le sobraba todo lo de la cárcel y lo del presidio. Con
saber que no tenía un cuarto y era muy listo y algo despilfarrado el
caballerete del altar mayor, le bastaba. Este era su gran delito. Hasta
qué punto serían ciertas las noticias de ello, lo averiguaría él del
mismo interesado, porque sabría ponerle en ocasión bien apretada. Con
noticias y sin noticias, estaba ya resuelto á echarle el «alto» de un
momento á otro.
Conque dejó lo que estaba haciendo, que era poco más de nada, y se
fué en derechura á la solana, donde sabía él que estaban «de palique»
los dos, y ocurrió lo que el lector ha visto al final del capítulo
antecedente.
Ni en aquel día ni en aquella noche consiguió Inés darse cuenta bien
arreglada de lo que la estaba pasando. Eran sus pensamientos como un
oleaje de mar brava que hubiera invadido de repente su cerebro. No
podía traducir en ideas coordinadas los sucesos. Teníala del estruendo,
del desastre, de los celajes pavorosos, del huracán desatado, del
desconsuelo, del abandono, de los grandes dolores, de la soledad del
alma, de las angustias de la agonía; porque de todo esto había algo
dentro de su corazón y de su cabeza, pero revuelto y agitado. Sabía que
todo aquel conjunto era un martirio; pero no atinaba á distinguir cuál
de ello la mortificaba más, ni en dónde ni por qué. Su discurso estaba
á obscuras y perturbado, por exceso de ideas tristes y de impresiones
dolorosas.
Á la madrugada la rindió el sueño, que fué bien poco benéfico con
ella, como todos los sueños que caen en cerebros tempestuosos; porque
al despertar de él fué cuando empezó su verdadero martirio. Con
aquel reposo no había logrado más que la triste ganancia de que cada
elemento de la tempestad se disgregara por su lado; pero la tempestad
allá le quedaba, en pedazos, si pudiera decirse así, que la batían con
diabólica estrategia y á cielo sereno, para que mejor se viera y se
estimara su destructora labor. ¡Tantos y tan largos días de recelos
mortificantes; desaparecer éstos de pronto; disiparse aquella nube
negra, que era la única mancha del cielo de sus ilusiones; volver á
ver la luz risueña y el alma en reposo; y en otro instante caer en las
tinieblas de un abismo, y verse prisionera allí! ¡y con qué carcelera,
Virgen de la Soledad!
Á las brusquedades de su padre, á la sequedad de su alma, ya estaba
bien acostumbrada; á la excomunión lanzada por él sobre sus amores,
era posible acostumbrarse á fuerza de meditar en ella buscando el modo
de conjurarla y con la esperanza de encontrarle; pero ¡á aquel nuevo
género de tiranía!...
Se podía haber arrojado de casa al otro, como se le arrojó, por tenerle
en poco: esto hasta era de esperarse después de visto que el caballero
ostentoso del día de San Roque, era pobre; se podía haberla reprendido
por pensar como pensaba en este delicado punto; haberla amenazado...
hasta castigado á golpes, porque todo ello cabía en la especial
naturaleza de su padre, y, aunque injusto y cruel, no la afrentaba;
pero ¡entregarla de una manera tan humillante, bárbara é injuriosa, al
arbitrio de aquella mujer desalmada y grosera, que la detestaba y tenía
rencores que desahogar sobre ella!...
Jamás hubiera creído á un padre capaz de tan despiadados rigores con
un hijo... y por primera vez; porque aquel disgusto era el primero que
ella daba á su padre, y aquel castigo el primero que de él recibía, y
por una falta bien disculpable... ¿No la había animado él mismo á que
pusiera buena cara al otro, cuando le consideraba rico? ¿Y así, con esa
facilidad, dejaban de ser buenos los hombres que lo habían sido?...
¿Y era todo ello un juego de chanza, para tomarle y dejarle con la
frescura que su padre quería? ¡Imposible que no llegara á tener estas
cosas en consideración! La misma enormidad del castigo la hacía creer
que era obra de un arrebato que pasaría, más ó menos pronto; pero que
pasaría... Al fin, era su padre el juez.
Entre tanto, de tal modo la espantaba la condición singular de su
cautiverio, que por huir del bochorno de que la abominable carcelera
extremara en daño suyo las amplias atribuciones que la habían dado,
huía hasta de los resquicios de las puertas por donde se filtraran el
aire y la luz, y deseaba la noche, martirio de los atribulados que no
duermen; porque, siquiera, aunque velando y padeciendo, encerrada en su
cuarto durante aquellas negras horas, estaba libre de los asedios y de
la presencia de la aborrecible mujer.
El primer día, menos mal, porque la Galusa se satisfizo con pasar y
repasar á su lado para gozarse en la contemplación de su angustia, y
en lanzarla miradas torcidas como para darla á entender: «por aquí
ando, y ya sabes para qué.» Al segundo día, ya comenzó la mortificación
directa: si estaba sentada Inés, porque no se movía ni trabajaba como
era debido; si, por distraerse, trabajaba, porque aquello no era
trabajar, ni arte, ni remango, ni cosa que se le pareciera; porque
la vió despeinada una hora después de levantarse, que «dejadona» y
que «puerca» y que «á aviarse pronto, porque en la casa está todo por
hacer;» porque salió muy peinada más tarde y bien ceñida de ropa,
que «la marimoños, y la relambida, y la piripuesta, y la señoría de
cuerno,» y que en «esas morondangas mos pasamos las horas,» y que «así
sale ello dispués y vienen las desazones á los padres de bien que no
merecen hijas tan deshacendás y correntonas,» y que «ya te lo dirán de
misas y las irás pagando poco á poco, que güeña falta mos hace.» Y
así todo el día. Á su padre, solamente le veía en la mesa; pero, como
lo tuvo siempre por costumbre, devoraba en tres ó cuatro embestidas la
bazofia que le ponían delante, y se largaba de allí sin hablar palabra,
tan fresco y despreocupado como si nada hubiera ocurrido que mereciera
la pena de hacerle cavilar un poco.
Al tercer día dieron los atrevimientos de la Galusa un avance de mucha
importancia. Al volver Inés á su cuarto para peinarse, notó la falta
del espejo, que media hora antes estaba colgado en su sitio. Sin
sospechar lo que ocurría y como la cosa más natural del mundo, fué á
preguntar á la Galusa por él.
—Ese trampantojo, tentación de las holganzas de tontas y
presomías—respondió la fregona con desgarro,—le ha sacao de allí quien
tiene poderes pa ello: le he sacao yo, yo. ¿Lo quieres más claro?
—No se trata—dijo Inés con repugnancia,—de saber quién le ha sacado,
sino de saber en dónde está, porque le necesito yo ahora.
—Ese espejo—insistió la Galusa con chocarrero retintín,—se ha sacao de
onde estaba, porque no hacía falta allí; y como se ha sacao por eso,
no tienes pa qué preguntar por él. ¿Lo entiendes? Á tientas me peino
yo, que soy tan güena como la que más... Conque aplícate el cuento; y
si te paece poco ese espejo pa verte los moños de cuchiflito, mírate
en la sartén de la cocina; que, al último, pa los galanes que han de
arreparar en tí... ¡Á la escoba, á la escoba y al remiendo, que eso
hace más falta en la casa que rizos y perendengues!
Pensó Inés que tanta desvergüenza no podía caer dentro de las
facultades que la carcelera había recibido para atormentarla, y corrió
despavorida á referir el suceso á su padre.
El cual, como en un caso idéntico había hecho con su pobre mujer,
después de oir la queja con una indiferencia glacial y hasta burlona,
respondió encogiéndose de hombros y volviendo la espalda á su hija:
—Pues cuando ella lo ha hecho, bien hecho estará.
Y se marchó tan fresco.