—Me ví en América, á la edad que tengo, es decir, en el descenso ya de

la juventud, desalentado para los negocios y sin esperanzas de hacerme

rico por aquel camino. Con haber ganado mucho y bien honradamente, y

sin un solo vicio dispendioso de que tenga que arrepentirme, cuando

más aborrecibles se me hicieron aquel trabajo y aquel clima y aquellas

costumbres, y con mayores fuerzas me tiraba la pasión de la patria

nativa, me hallé con un puñado de oro por todo caudal ahorrado: lo

preciso para vivir aquí cuatro ó seis años de caballero pudiente,

después de hacer una excursión de despedida por determinados países

de Europa. No sé si pasó por mi imaginación la posibilidad, bien

acariciada y entrevista, de un casamiento ventajoso por acá, ó si

fué sólo una idea volandera que cayó en el platillo de los cálculos

risueños que yo me hacía, como contrapeso para inclinar la balanza

del lado de mis preferencias. El hecho es que liquidé mis negocios;

que tomé el puñado de oro de mis únicas ganancias positivas; que vine

á España con los rodeos proyectados allá, y que llegué á Nubloso

en la ocasión que os referí. Apenas hube llegado, oí hablar de los

caudales de tu padre, de ciertas _cosas_ suyas, y de tus hermosas

prendas personales... Y aquí entra lo negro y lo hediondo del asunto:

oyendo estos relatos, tentóme el demonio; un demonio especial que debe

de haber, tentador de la canalla y de los hombres que se hallan muy

propensos á encanallarse; tentóme, digo, un demonio así; y pensada

y deliberadamente, á ciencia y conciencia de lo que hacía, me vestí

de indiano de pacotilla, rico y estrepitoso; me llené de batista

almidonada, de colgajos y relumbrones, de paños finos y relucientes, y

de perfumes de mucho alcance; y eligiendo, premeditadamente también, el

día del santo patrono de este pueblo y el presbiterio de la iglesia,

para que siendo el concurso más abundante resultara la exhibición más

señalada, vine y plantéme donde me viste, en la persuasión bien fundada

de que, entre estas gentes sencillas, cuanto mayor fuera mi estruendo,

mayor sería su admiración... y la tuya por consiguiente. Y perdóname

el agravio que entonces te inferí con el supuesto, por no tener cabal

idea de lo que eres. Que no faltarías á la misa en fiesta tan solemne,

no podía dudarlo yo, ni tampoco que me sería fácil hallarte con los

ojos entre un concurso de toscos labradores, para ayudar con la mirada

á la obra que yo me prometía de mi equipaje ostentoso. De manera,

Inés, que persiguiendo estos fines innobles, me planté aquel día en

el altar mayor, y sacaba el reló tan á menudo, y me movía de manera

que brillaran en todo su esplendor las tapas y la cadena de oro, y

las piedras de mis anillos y botones, y te miraba á cada instante

después que te descubrí entre la muchedumbre; farsa fué igualmente mi

inmediata visita á vosotros, en la que, de propio intento también,

estuve estrepitosamente locuaz y charramente cortés: farsa, y farsa

innoble y grosera, la del pretexto que alegué de la compra de la casa,

para tener por mucho tiempo abiertas las puertas de ella; farsa ciertas

exageraciones de efecto en la relación que hice en la mesa, de mis

viajes; farsa, y farsa no ya grosera, sino infame, las insinuaciones

pérfidas sobre capitales míos depositados en los más famosos bancos del

mundo; y farsa sostenida ya á aquellas horas, no sólo por el propósito

concebido en Nubloso, sino por el estímulo de tu belleza, que me estaba

llamando grandemente la atención.

Hablando contigo en la romería por la tarde, este interés fué creciendo

extraordinariamente; y cuando tratamos del caso del huertuco pobre y

la rosa colorada, y, sobre todo, cuando vine á continuarle aquí, ya no

podía decidir yo si me empujaba el empeño de triunfar en la innoble

empresa acometida, ó la curiosidad desinteresada de ver lo que se

descubría escarbando en tus pensamientos. Pero aún no me remordía la

conciencia; aún me tenía cegado el demonio para que no viera lo bajo

y lo abominable del empeño en que estaba metido. Esto me lo reservaba

Dios para que lo sintiera de un golpe súbito y tremendo, en el instante

en que, después de aclararte yo aquí, en este mismo sitio, á tu lado,

contemplándote y sintiéndote y observándote á mi gusto, sensación por

sensación y latido por latido, lo que te faltaba conocer del cuento

comenzado en la romería, ví tu alma, cándida y pura como los ampos de

la nieve. Ese fué el espejo, Inés, que Dios me puso delante de los ojos

para que se reflejara en él cuanto había de miserable en mi proceder

de canalla. Y tanto me avergonzó el espectáculo, que, te lo juro, en

aquel instante deseaba haberme equivocado en lo que había leído en

el elocuente silencio con que me respondiste. Me hubiera dolido el

desengaño; pero era mucho más doloroso lo que temía y ha sucedido ya:

que á medida que fuera conociéndote, había de ir avivándose mi llama

y cerrándose la salida del conflicto en que me veo. Vil y atormentado

callando, aunque posible me fuera callar, y despreciable á tus ojos

refiriéndote abochornado lo que me acabas de oir... Porque, por más

vueltas que á mi pecado se dé, no hay modo de tapar lo que tiene de

canallesco, de ridículo, de chocarrero y de mal gusto... En fin, que me

parece menos aborrecible que yo, el hombre que da á otro una puñalada

para robarle una onza. Aquí, cuando menos, hay el mérito de arriesgar

la vida.

Otra equivocación de juicio de Tomás Quicanes: Inés, en lugar de

apedrearle y de escupirle después de escucharle el relato, se rió de él

con las mejores ganas.

—¡Y por esa bobería—exclamó al mismo tiempo, llena su hermosa faz de

regocijo,—me has hecho pasar lo que yo he estado pasando!

—¡Bobería?—repitió el otro, asombrado.

—Bobería, sí—insistió Inés.—¿Qué quieres! Cada uno tiene su modo de ver

las cosas: yo veo esas tuyas así.

—No es posible, Inés—replicó el otro, no muy satisfecho con aquellas

anchuras de manga en puntos tan delicados, á su entender.—No es posible

que con tu buen entendimiento desconozcas...

—Yo no sé—le interrumpió Inés muy decidida,—si mi entendimiento es

bueno ó es malo: lo que sé es que, arreglando acá dentro, á mi modo,

todas esas cosas que me has contado, no solamente te las perdono, sino

que hasta me alegro de que hayan sucedido.

—¡De que hayan sucedido?

—Sí. ¿Pues no es el apuro en que te has visto la mejor señal del chasco

que te llevaste en la burla que querías hacer de mí? ¿No fué chasco el

parecerte, cuando menos lo esperabas, que valía yo, por mí sola, mucho

más que el dinero que tenía? ¿No te remordió entonces la conciencia

por haber querido engañarme? Pues ¿qué más puedo pedir yo para probar

la buena ley de ese cariño que me tienes, ni cómo, después de haberte

escuchado, puedo dejar de quererte... mucho más de lo que te quería?

Quicanes recibía aquellas generosas declaraciones, como suave rocío

que le refrigeraba la vida; pero esos refrigerantes tan gustosos, no

alcanzaban con su benéfico influjo á la seca é inaccesible región de

sus pensamientos, donde mandaba la lógica inexorable, con una altivez

de gran señora. Se empeñó en demostrar á Inés, con nuevas razones, el

sólido fundamento que tenían sus escrúpulos, ya incurables.

—Si á escrúpulos fuéramos—llegó á decirle Inés de muy buen

humor,—empezaría yo por pintarte los míos, y no acabaríamos nunca.

—¡Escrúpulos tú!

—Y allá va uno de muestra, y de la misma casta que otro tuyo—repuso

Inés con gran donaire.—Me has creído rica, y tampoco lo soy. Á cada

instante me lo está diciendo mi padre, que debe saberlo bien.

—¡Ojalá fuera verdad eso, Inés!—exclamó arrebatado el de Nubloso.—Con

lo que tengo, que es poco para vivir de caballero, habría lo suficiente

para adquirir aquí la hacienda de un labrador acomodado... Esto lo

resolvería todo, y me abriría una brecha en el encierro sin salida

que...

Y no dijo más; porque le cortó la palabra, y hasta la respiración, un

tremendo golpetazo en el suelo, que hizo salir nubes de polvo por las

rendijas de las tablas.

Le había dado don Baltasar, que se apareció en la solana de repente,

con el cabo de un rastrillón que llevaba en la mano derecha. Mientras

con la izquierda hacía una señal de llamada á Tomás Quicanes, le dijo:

—Una palabra, caballerito.

Levantóse Quicanes al punto, y se acercó á don Baltasar que le

introdujo en la sala. Inés, helada de susto y latiéndole el corazón

aceleradamente, también se levantó, pero sin saber para qué.

—He resuelto—dijo el Berrugo arrimándose mucho á Quicanes, pero de

costado y sin mirarle á la cara,—no venderle á usted la casa; entre

otras razones, por no ponerle en el negro apuro de no podérmela pagar.

Y como este asunto era el único que había pendiente entre los dos, y

aquí no puede haber otros asuntos que los míos, nada tiene usted ya

que hacer aquí desde este instante y por todos los días de su vida...

¿Queda usted enterado?

El pobre Tomás Quicanes se ahogaba bajo el peso de aquel cinismo con

que se le despedía, y sin atreverse á responder una palabra; porque,

en el fondo, aquel hombre grosero tenía mucha razón para tratarle como

le trataba. Intentó, no obstante, alegar algunas excusas.

—Aquí no hay disculpas ni reflexiones que valgan—le interrumpió el

Berrugo dando un rastrillazo en el suelo.—Á todo tirar, una sola: el

comprobante, bien claro, de que tiene usted todos esos caudalazos

que aparenta. ¿Le tiene usted?... Esa agachada de cabeza es la mejor

confirmación de lo que yo me sabía... Pues lo dicho, y á la calle; y

agradézcame que me conforme con esto poco y no le diga todo lo que

siento, por considerar que no ha sido la culpa de usted solo.

Y hablando y empujándole y sin querer oirle una palabra, le llevó hasta

la escalera, desde donde volvió á la sala á todo andar. Inés, que lo

había oído todo, se hallaba, temblando y descolorida, á la puerta del

balcón.

—Óyeme tú ahora, gatuca mansa—la dijo su padre llevándola de un brazo

hasta el medio de la sala:—¿sabías tú que ese granuja no tiene sobre

qué caerse muerto?

—Cuando usted entró en el balcón—respondió tiritando Inés,—estábamos

hablando de eso.

—¿De que no tenía un cuarto?

—De los pocos que tiene, y de los bochornos que ha pasado por querer

aparentar otra cosa.

—¡Y tenía desvergüenza para irte á tí con esas coplas? ¡Ah, tunante!

¿De modo que tú le llenarías los oídos de insolencias?

—No, señor,—respondió Inés bajando la cabeza, pero con acento firme.

—Y puede que hayas sido capaz hasta de perdonarle la gracia... si es

que no se la has ponderado también.

—Sí, señor,—volvió á responder Inés, con igual firmeza y la misma

actitud que antes.

—¡Alma de los demonios!—exclamó entonces su padre, punzándola con su

mirada de saeta.—Pero ¿qué sangre es la tuya? ¿Á quién sales? ¡Digo!...

á los blandengues de San Martín de la Barra... ¡Mal rayo para la casta

esa!... Pues vas á ver ahora quién te perdona á tí, corazón de palomita

blanca... Porque yo soy ya perro viejo, y con los ojos cerrados sé por

dónde va el aire de ciertos fregados de mala jeta, entre lobos corridos

y corderillas sin hiel...

Se acercó á la puerta del carrejo, y llamó desde allí á Romana. Y vino

la Galusa, que, por lo pronto que llegó, debía de estar bien cerca.

¡Y qué resplandeciente de iras satisfechas traía la cara de merluza

podrida! En cuanto su amo la vió entrar, la dijo:

—Ese pillete de Nubloso, á quien acabo de plantar en la calleja, se ha

dejado aquí algo que puede ser cebo que le tiente á volver... sobre

todo, si hay quien se le meta á menudo por los ojos. De tu cuenta

corre, desde ahora mismo, que eso no suceda; y para que no te excuses,

en una falta, con no tener atribuciones bastantes, da por recibidas

todas las que necesites... Y no hay que hablar más, porque de antiguo

nos conocemos. Y ahora, escucha tú—añadió dirigiéndose á su hija:—hazte

la cuenta, y no te equivocarás, de que estás encarcelada, y que

ésta—señalando á la Galusa,—ha de ser tu carcelera... ¡Ni á misa los

domingos! ¡Ni á que te dé siquiera el aire de la solana!

La infeliz creyó morirse de espanto y de indignación; y á tal punto

llegó ésta, que la dió fuerzas y valor bastantes para responder á su

padre:

—Pues si esa mujer ha de ser mi carcelera, busque usted otra que me

guarde de su sobrino... y de ella misma, que le ayuda.

—¡Falso, embusterona!—chilló iracunda la criada.

El Berrugo pareció sorprenderse con la advertencia de su hija; pero en

seguida se encogió de hombros y respondió cínica y fríamente:

—¡Bah! De las uñas de esos dos enemigos, ya te guardará el

aborrecimiento que los tienes.

Y se largó de allí chasqueando los dedos de la mano izquierda y

arrastrando el cabo del rastrillo con la derecha. La Galusa, después

de echar á Inés una mirada que era un látigo empapado en vinagre, se

largó también.

La desdichada Inés fué la única que se quedó allí: fría, espantada,

sin alientos para moverse, ni lágrimas en sus ojos para desahogar las

angustias que no la cabían en el pecho.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXVIII

EN EL FONDO DEL ABISMO

Ocurrió del modo siguiente: llegó á Lumiacos un indiano de aquel

pueblo. Era joven todavía, no muy hablador, y poco apegado á la tierra,

porque la tachaba de miserable. Á los ocho días de haber venido, ya

estaba deseando marcharse. Quejábase de que le saqueaban vivo aquellas

gentes «hambronas,» empezando por las de su casa. Fuera de este

achaque, no parecía mala persona. Hablando de estas cosas una vez con

Marcones, que era el único ocioso del lugar, le preguntó el seminarista

si conocía «por casualidad» á Tomás Quicanes el de Nubloso. Á lo que

respondió en seguida el de Lumiacos:

—¡Pues no he de conocerle, camará?... Y remuchísimo que le conozco.

—¡Hola, hola!—exclamó al oirlo Marcones, ávido de noticias del hombre

á quien más detestaba en el mundo.—Y ¿qué tal, qué tal sujeto es?

—De primera—respondió el otro.—Es mozo que sabe de todo; que habla como

un libro, y además, tres lenguas; que plumea como nadie; que en Cuba se

codeaba con lo más curro y más letrado... y que ha visto mucho mundo.

Es sujeto de cuenta, créame, camará. Y todo se lo debe á sí propio. No

le conozco más que un pero.

—¿Cuál es, cuál es?—saltó Marcones como si quisiera quitar al

preopinante aquel pero de la boca para saborearle pronto.

—Pues, camará—respondió el indiano,—el pero de que no tiene un cuarto,

que no es chico pero.

—¡Qué me cuenta usted?—exclamó Marcones, no sabiendo contener su

alegría.—¡Conque sin un cuarto!... Á esquina, que decimos acá;

_paupérrimus_, que diríamos en la gran lengua madre. Pues, hombre, bien

se pavonea por ahí, cargado de perendengues, y bien de millonadas echa

por la boca cuando llega el caso.

—Tiene buenos equipajes; no es tan pobre como para morirse de hambre

en cuatro días, y puede que alguna vez le haya dado por esas bromas,

aunque nunca oí que por ahí le diera.

Y no pasó más. Con ello en el buche, picó Marcones para Robleces;

entró en la casona por la portalada del corralón de atrás, cerca de la

que arrancaba una escalera que iba á descargar enfrente de la cocina;

atisbó desde la puerta, oyó á su tía, tosió de cierto modo, oyóle ella,

salió, entendióle que no quería ser visto, bajaron los dos la escalera,

salieron del corralón; y arrimaditos á la portalada, ella hecha toda

oídos y moquita, y él todo mugre y veneno, dijo el sobrinazo gandul á

la bribona de su tía:

—Ha llegado á Lumiacos un indiano que conoce mucho al de Nubloso; y

resulta de sus informes, que el caballero relumbrante del altar mayor

es un tuno como una loma, sin un cuarto y muy desacreditado en Cuba...

¡Si me lo daba á mí el corazón el otro día! Conque ya lo sabe usted; y

ahora, en seguida, el golpe bien aplomado y donde deba darse. Después,

ya me dirá lo que vaya resultando, porque yo me vuelvo sin parar por

donde he venido.

Y no pasó más que esto entre el sobrino y la tía. Subió ésta á

escape la escalera, sabiendo que estaba en casa en aquel momento «el

fachendoso,» porque le había sentido entrar media hora antes de que

llegara su sobrino; husmeó el aire como perra golosa, averiguó dónde

trajinaba su amo, corrió allá, apartóse con él á un lado, y le embutió

en los oídos las noticias recibidas de Marcones, con toda esta

fidelidad:

—Acabo de saber por boca que nunca miente y lo tomó de otra que

tal, que el caballerazo ese que tanto se despepita por Inés y le

hace á usté la rosca en toas partes, es un pillo de primera; que no

tiene un ochavo, ni crédito ni vergüenza; que ha estado en la cárcel

por tramposo, y viene ajuyendo de allá, por temor de que le manden

á presidio. Tiene á Inés por rica, y eso anda buscando él con el

deslumbre de unos ropajes que debe al que se los vendió.

—¿Quién ha dicho eso?—la preguntó el Berrugo en seguida, pero sin

mirarla á la cara, por no vérsela.

—Otro indiano más honrao que él, que acaba de llegar de la otra banda,

y le conoce mucho. Yo ni entro ni salgo en cosas que no son mías; pero

tengo ley al pan que como; soy mujer de concencia, y, por lo que valga,

ahí le queda á usté eso que le he dicho.

Y se fué, sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.

Al Berrugo le sobraba todo lo de la cárcel y lo del presidio. Con

saber que no tenía un cuarto y era muy listo y algo despilfarrado el

caballerete del altar mayor, le bastaba. Este era su gran delito. Hasta

qué punto serían ciertas las noticias de ello, lo averiguaría él del

mismo interesado, porque sabría ponerle en ocasión bien apretada. Con

noticias y sin noticias, estaba ya resuelto á echarle el «alto» de un

momento á otro.

Conque dejó lo que estaba haciendo, que era poco más de nada, y se

fué en derechura á la solana, donde sabía él que estaban «de palique»

los dos, y ocurrió lo que el lector ha visto al final del capítulo

antecedente.

Ni en aquel día ni en aquella noche consiguió Inés darse cuenta bien

arreglada de lo que la estaba pasando. Eran sus pensamientos como un

oleaje de mar brava que hubiera invadido de repente su cerebro. No

podía traducir en ideas coordinadas los sucesos. Teníala del estruendo,

del desastre, de los celajes pavorosos, del huracán desatado, del

desconsuelo, del abandono, de los grandes dolores, de la soledad del

alma, de las angustias de la agonía; porque de todo esto había algo

dentro de su corazón y de su cabeza, pero revuelto y agitado. Sabía que

todo aquel conjunto era un martirio; pero no atinaba á distinguir cuál

de ello la mortificaba más, ni en dónde ni por qué. Su discurso estaba

á obscuras y perturbado, por exceso de ideas tristes y de impresiones

dolorosas.

Á la madrugada la rindió el sueño, que fué bien poco benéfico con

ella, como todos los sueños que caen en cerebros tempestuosos; porque

al despertar de él fué cuando empezó su verdadero martirio. Con

aquel reposo no había logrado más que la triste ganancia de que cada

elemento de la tempestad se disgregara por su lado; pero la tempestad

allá le quedaba, en pedazos, si pudiera decirse así, que la batían con

diabólica estrategia y á cielo sereno, para que mejor se viera y se

estimara su destructora labor. ¡Tantos y tan largos días de recelos

mortificantes; desaparecer éstos de pronto; disiparse aquella nube

negra, que era la única mancha del cielo de sus ilusiones; volver á

ver la luz risueña y el alma en reposo; y en otro instante caer en las

tinieblas de un abismo, y verse prisionera allí! ¡y con qué carcelera,

Virgen de la Soledad!

Á las brusquedades de su padre, á la sequedad de su alma, ya estaba

bien acostumbrada; á la excomunión lanzada por él sobre sus amores,

era posible acostumbrarse á fuerza de meditar en ella buscando el modo

de conjurarla y con la esperanza de encontrarle; pero ¡á aquel nuevo

género de tiranía!...

Se podía haber arrojado de casa al otro, como se le arrojó, por tenerle

en poco: esto hasta era de esperarse después de visto que el caballero

ostentoso del día de San Roque, era pobre; se podía haberla reprendido

por pensar como pensaba en este delicado punto; haberla amenazado...

hasta castigado á golpes, porque todo ello cabía en la especial

naturaleza de su padre, y, aunque injusto y cruel, no la afrentaba;

pero ¡entregarla de una manera tan humillante, bárbara é injuriosa, al

arbitrio de aquella mujer desalmada y grosera, que la detestaba y tenía

rencores que desahogar sobre ella!...

Jamás hubiera creído á un padre capaz de tan despiadados rigores con

un hijo... y por primera vez; porque aquel disgusto era el primero que

ella daba á su padre, y aquel castigo el primero que de él recibía, y

por una falta bien disculpable... ¿No la había animado él mismo á que

pusiera buena cara al otro, cuando le consideraba rico? ¿Y así, con esa

facilidad, dejaban de ser buenos los hombres que lo habían sido?...

¿Y era todo ello un juego de chanza, para tomarle y dejarle con la

frescura que su padre quería? ¡Imposible que no llegara á tener estas

cosas en consideración! La misma enormidad del castigo la hacía creer

que era obra de un arrebato que pasaría, más ó menos pronto; pero que

pasaría... Al fin, era su padre el juez.

Entre tanto, de tal modo la espantaba la condición singular de su

cautiverio, que por huir del bochorno de que la abominable carcelera

extremara en daño suyo las amplias atribuciones que la habían dado,

huía hasta de los resquicios de las puertas por donde se filtraran el

aire y la luz, y deseaba la noche, martirio de los atribulados que no

duermen; porque, siquiera, aunque velando y padeciendo, encerrada en su

cuarto durante aquellas negras horas, estaba libre de los asedios y de

la presencia de la aborrecible mujer.

El primer día, menos mal, porque la Galusa se satisfizo con pasar y

repasar á su lado para gozarse en la contemplación de su angustia, y

en lanzarla miradas torcidas como para darla á entender: «por aquí

ando, y ya sabes para qué.» Al segundo día, ya comenzó la mortificación

directa: si estaba sentada Inés, porque no se movía ni trabajaba como

era debido; si, por distraerse, trabajaba, porque aquello no era

trabajar, ni arte, ni remango, ni cosa que se le pareciera; porque

la vió despeinada una hora después de levantarse, que «dejadona» y

que «puerca» y que «á aviarse pronto, porque en la casa está todo por

hacer;» porque salió muy peinada más tarde y bien ceñida de ropa,

que «la marimoños, y la relambida, y la piripuesta, y la señoría de

cuerno,» y que en «esas morondangas mos pasamos las horas,» y que «así

sale ello dispués y vienen las desazones á los padres de bien que no

merecen hijas tan deshacendás y correntonas,» y que «ya te lo dirán de

misas y las irás pagando poco á poco, que güeña falta mos hace.» Y

así todo el día. Á su padre, solamente le veía en la mesa; pero, como

lo tuvo siempre por costumbre, devoraba en tres ó cuatro embestidas la

bazofia que le ponían delante, y se largaba de allí sin hablar palabra,

tan fresco y despreocupado como si nada hubiera ocurrido que mereciera

la pena de hacerle cavilar un poco.

Al tercer día dieron los atrevimientos de la Galusa un avance de mucha

importancia. Al volver Inés á su cuarto para peinarse, notó la falta

del espejo, que media hora antes estaba colgado en su sitio. Sin

sospechar lo que ocurría y como la cosa más natural del mundo, fué á

preguntar á la Galusa por él.

—Ese trampantojo, tentación de las holganzas de tontas y

presomías—respondió la fregona con desgarro,—le ha sacao de allí quien

tiene poderes pa ello: le he sacao yo, yo. ¿Lo quieres más claro?

—No se trata—dijo Inés con repugnancia,—de saber quién le ha sacado,

sino de saber en dónde está, porque le necesito yo ahora.

—Ese espejo—insistió la Galusa con chocarrero retintín,—se ha sacao de

onde estaba, porque no hacía falta allí; y como se ha sacao por eso,

no tienes pa qué preguntar por él. ¿Lo entiendes? Á tientas me peino

yo, que soy tan güena como la que más... Conque aplícate el cuento; y

si te paece poco ese espejo pa verte los moños de cuchiflito, mírate

en la sartén de la cocina; que, al último, pa los galanes que han de

arreparar en tí... ¡Á la escoba, á la escoba y al remiendo, que eso

hace más falta en la casa que rizos y perendengues!

Pensó Inés que tanta desvergüenza no podía caer dentro de las

facultades que la carcelera había recibido para atormentarla, y corrió

despavorida á referir el suceso á su padre.

El cual, como en un caso idéntico había hecho con su pobre mujer,

después de oir la queja con una indiferencia glacial y hasta burlona,

respondió encogiéndose de hombros y volviendo la espalda á su hija:

—Pues cuando ella lo ha hecho, bien hecho estará.

Y se marchó tan fresco.

La Puchera · 第 24 / 28 段