animoso y decidido, y después mozo robusto y fuerte, hacía él solo la
tarea de los dos; solo se iba en su barquía, y solo se pasaba en la mar
la mayor parte de la noche, registrando cuevas con el palo, ó calando
el aparejo á larga distancia de la costa; solo iba también de día á la
dorada, al barbo, ó á la lobina grande; y lo mismo le daba quedarse de
la barra para dentro, si mordía algo de á cuanto, que salir de la barra
para fuera en caso contrario. No tenían cuenta sus zambullidas en la
mar, por _desborregarse_ á obscuras entre las rocas; pasaban de seis
sus embestidas á la barra, á media vela y á la desesperada, por haberle
sorprendido otros tantos temporales afuera; y en ninguno de éstos ni
de otros lances parecidos, llegó á faltarle la serenidad, ni se marcó
en su frente una arruga más de las que de ordinario tenía. Por dentro
le andaría la procesión; pero sutil había de ser de ojo el que se la
descubriera mirándole de arriba á abajo.
Sólo una vez en su vida, confesado por él, llegó, no á perder la
serenidad, sino á tener miedo y á sentir que le temblaban las carnes,
y no de frío. Fué aquél un lance espantoso, y aconteció tres años
antes de la ocasión en que el lector tuvo el gusto de conocerle. Le
acompañaba Pedro Juan aquella noche terrible; y á la pena que le
daba el considerar el peligro que estaba corriendo su hijo, atribuía
él mucha parte de la angustia que le andaba por adentro. Las cuevas
estaban dando «su buen por qué» en aquella campaña de primavera, y
la tentación de la ganancia segura cegaba demasiado el buen ojo del
Lebrato para distinguir tiempos de tiempos. Los que entonces reinaban,
pecaban más de crudos que de bonancibles, y lo que era peor, pecaban
de _locos_. Tan pronto dormían como danzaban. Ello fué que aquella
noche habló Pedro Juan cerca de la barra, para decirle que sería mejor
volverse desde allí, porque no le gustaba el _rute_ de la mar, y la
noche era negra como boca de lobo; pero el Lebrato, echando á broma el
asunto con su jovialidad de carácter, «Jala pa lante—le contestó,—que
piores las hemos corrío.»—Y el barquichuelo salió á la mar, que aunque
no rompía en la costa, tenía «los demonios adentro,» en concepto
de Pedro Juan. En el de su padre, la barquía podía atracarse á las
cuevas, sin pizca de riesgo; y se atracó á la primera. Era la bajamar
muy honda, porque las mareas eran vivas, y la cueva había quedado,
aunque no muy alta, lo suficiente para que no se pudiera maniobrar
en el pozo desde la barquía. Saltaron los dos al peñasco, en una de
cuyas grietas atascó el Josco el rizón del barquichuelo para dejarle
amarrado. Se registró bien la cueva con los palos, y prendieron dos
congrios; y como la mina no daba más, pasaron á la inmediata: cosa
de diez ó doce brazas más al Este, y cuestión de pisar firme y con
los pies descalzos en las puntas salientes de abajo, y de ayudarse,
cuando se podía, en las de arriba con las manos. El escabroso camino
era curvo además, en sentido horizontal, y la cueva se hallaba en un
esconce del gran peñasco, y, como si dijéramos, á espaldas de la otra.
Bregando allí largo rato, porque la cueva, como aseguraba Juan Pedro,
«lo tenía, pero no quería darlo,» Pedro Juan notó que el _rute_ de
la mar iba creciendo á lo lejos; que la resaca batía más que antes
debajo de sus pies, y pensó, muy cuerdamente, que cuando tal ocurría
en aquel rincón al socaire, peor debía de andar la cosa hacia la otra
cueva, que tenía la cara al vendaval. Debió de caer el Lebrato en las
mismas aprensiones que su hijo, y al mismo tiempo; porque suspendió de
pronto los tanteos que hacía en el pozo, y dijo á Pedro Juan: «Vámonos
pa la barquía, y á escape.» Se vieron mal, muy mal, para llegar hasta
allá, porque rompía ya la mar en los desquiciados peñascones que les
servían de camino; el aire, cargado de lluvia, arreciaba por instantes;
la obscuridad, aunque pareciera imposible, se había ennegrecido más
todavía, y á aquel sendero le faltaba bastante para ser un camino
real. El primero que llegó fué el Lebrato; pero el anuncio de su
llegada á Pedro Juan fué una exclamación, de tal sonido, que heló la
sangre en las venas del valiente mozo. La mar había hecho astillas
ó se había llevado la barquía, porque allí no quedaba más señal de
ella que el rizón atascado en la grieta del peñasco. No podía darse
situación más desamparada y pavorosa que aquélla, para dos hombres,
por valientes que fueran, como lo eran ellos. La marea comenzando á
subir; la mar embraveciéndose por momentos; el viento y la lluvia
arreciando; las asperezas de dos rocas puntiagudas, para apoyar los
pies desnudos; el brocal, digámoslo así, del pozo aquél, ó para mayor
exactitud de la comparación, la mandíbula inferior de aquella boca
abierta, para sentarse y economizar algo las fuerzas y aguantar mejor
las salpicaduras de la rompiente y los embates del viento... y eso,
solamente hasta que la mar, que subía, los echara de allí, ó se los
tragara, que era lo más probable, lo casi seguro. Porque ¿en dónde
hallaban otro refugio, si detrás de ellos no había más que un peñasco
altísimo, y aunque no enteramente á plomo ni limpio de hendiduras y
asperezas, bien marcadas en la memoria del Lebrato, se necesitaban la
agilidad y la ligereza del mono y toda la luz y la calma de un mediodía
de julio, para intentar, con un poco de fe en el buen éxito, una
escapada por allí? ¡Cómo intentar ellos ese milagro, entre tinieblas
espesas, azotados por la lluvia y el viento, viejo y débil ya el uno, y
mal conocedor del horrible camino el otro?
Pues le intentaron, por no tener más remedio.
—Tú eres hombre de fe, Pedro Juan, hijo mío—comenzó por decirle su
padre, después de meditar un poco sobre la situación en que los dos se
hallaban, con aquella serenidad de espíritu jamás turbada.—Pues porque
lo eres, quiero que te agarres á ella, como yo me agarro á la mía, pa
sacar fuerzas de onde no tenemos las bastantes pa salir de este apuro
por el único camino que hay. Podremos llegar ú no llegar á puerto.
Si me hallara solo, puede que pensara que no; pero la pena que me da
verte tan mozo y tan noble... y por sola la culpa mía en este riesgo
tan grande, me deja muchas esperanzas de que hemos de llegar. De toas
suertes, hay que escoger entre tomar ese camino ó dejarse tragar aquí
por la marea brava, como montón de _zaramá_... y no es de duda el caso,
á mi modo de ver.
Explicóle en seguida su proyecto, con cuantas señas pudo darle del
camino; oyóle Pedro Juan, que no chistaba ni se movía, como si fuera un
pedazo más de aquella roca; aprobó la idea con una sacudida del cuerpo,
que quería significar «ya estamos andando;» y volvió á decirle su padre:
—Así me gustan los hombres, Pedro Juan: en los apuros gordos, poca
palabra y mucho corazón... Vamos parriba, hijo mío, cuanto primero...
Yo voy delante de tí, porque conozco mejor la escalera: onde yo pise y
me agarre, pisa y agárrate tú, si es que lo ves en noche tan oscura.
Por si acaso no, vente bien cercuca de mí... Y oye tamién: pa que el
camino te resulte más entretenío, y hasta más llano, vete rezando de
corazón y ajustando de memoria las cuentas pendientes que puedas tener
allá arriba, que no serán grandes, á mi ver; y por sí ó por no, y por
si nos quedamos á medio camino, pídele á Dios que te eche este trabajo
en el platillo de los méritos; y puede que con ello solo te resulte lo
bastante pa saldar en ganancias al finiquito... Pero, al mesmo tiempo,
no dejes de agarrarte bien á la peña. Así lo pienso yo hacer, y démonos
un abrazo por lo que pueda ocurrir...
Abrazáronse, y concluyó el animoso Lebrato:
—Ahora ¡á ello, y que el Señor nos ampare!
Y empezó aquella ascensión tremenda, inverosímil, en que cada paso de
avance, á tientas, bajo la fría cellisca que á la vez que entumecía
los miembros de los dos infelices, hacía más resbaladizo el peñasco,
les costaba minutos de reflexión y nuevos pasos de retroceso, ó hacia
los lados para tomar nuevo rumbo, mugiendo el abismo á sus pies y
no viendo por delante otra cosa que la negrura de la mole que iban
escalando y parecía no tener fin. La gran esperanza del Lebrato estaba
en llegar á una ancha grieta que debía de haber en el último tercio
del peñasco, más tendida que las que iban siguiendo á gatas. Allí se
podría tomar un respiro, y acaso esperar á que amaneciera el nuevo
día; pero las fuerzas iban faltándole, le sangraban las manos y los
pies despellejados por los dientes de la peña, y temía á cada instante
desalentar á su hijo con el ejemplo de sus desfallecimientos. Con
las fuerzas de su abnegación de padre, más que con las de su cuerpo
desmayado, avanzó otro poco; pero con tan mala suerte, que se le
resbalaron los pies; y á no encontrar inmediatamente apoyo en la cabeza
de Pedro Juan, que le seguía muy de cerca, tras de los pies hubiera ido
el Lebrato entero y verdadero sin parar hasta el abismo, que seguía
bramando á más y mejor.
Conoció el Josco de dónde venía el golpe, y dijo al sentirle, con igual
frescura que si hablara en la socarreña de su casa, bien descansado y á
_subio_:
—¡Ya podía avisar, coles!
—¡No te amilanes por eso, hijo del alma!—le gritó el padre.—Fué que se
me desborregaron los pies. Tú tente firme, que á mí, ánimos y fuerzas
me sobran, gracias á Dios.
—Pos mire—replicó Pedro Juan, agarrado como una lapa y haciendo
equilibrios con las piernas de su padre sobre la cabeza;—por si güelve
á suceder, mejor será una cosa: si usté se compromete á guiar, yo me
comprometo á subile de este modo, y mejor si me pone una pata en cá
hombral.
—¡Eso es!—dijo el de arriba como espantado de la ocurrencia del de
abajo.—Pa que te despeñes primero, y sólo por sacarme avante á mí.
—Y no se haría más que lo debido... Pero no hay miedo de ello, padre.
Yo estoy lo mesmo que cuando escomencé á subir, y usté no pesa más que
una pluma. ¡Arriba, padre!
Y así hubo que hacerlo; y así llegaron los dos, en una pieza, hasta
donde quería llegar el Lebrato por de pronto. Incómodo, terrible era
aquello también; pero aunque mal, se pudo tomar allí un respiro. Según
la cuenta del Lebrato, faltarían sobre cinco ó seis varas para llegar á
los matos de arriba.
—Eso no es ná—dijo entonces el Josco,—si hay onde jincar las uñas y
afirmar un poco los pies.
—No falta de ello—respondió su padre.—Pero ¿no sería mejor aguantase
aquí, como pudiéramos, hasta que amanezca Dios? Esto de ver por ónde se
anda...
—Dios—dijo el Josco,—no puede habernos dejao llegar hasta aquí, por
sólo el gusto de que nos despeñemos de tan alto. Pudo haber acabao con
nusotros mucho antes, y no acabó. Á más á más, yo no sé si, viéndolo
de día, me aguantará la cabeza lo que debe de verse dende aquí hasta
abajo... ¡Arriba, padre!
Cómo, yo no lo sé ni ellos lo supieron bien jamás; pero ello fué que
subieron: rotos, desollados, empapados en agua y ateridos de frío,
eso sí; pero subieron. Y para que su buena fortuna fuera completa, al
otro día apareció la barquía entre dos aguas y metida por la marea, en
la playa de San Martín. Rota y bien machacada estaba del costado de
estribor; pero todo ello fué cuestión de cuatro tablucas más sobre los
muchos remiendos que ya tenía; y á la mar otra vez con sus dueños, como
si nada hubiera pasado aquella noche.
Así, y por el estilo, se ganaba ordinariamente la puchera el bueno de
Juan Pedro, el Lebrato; y tan alegre y campante como si no hubiere
vidas más regalonas en el mundo.
Por eso dije, y repito ahora, que la campaña que emprendió en
septiembre con los fines que conocemos, fué toda ella coser y cantar; y
tan placentera llegó á ser en la parte dedicada á la pesca de día, por
lo bonancible del tiempo y lo socorrido del trabajo, que Juan Pedro se
lo advirtió al señor cura, sabiendo lo mucho que á este santo varón le
gustaban aquellos recreos de vez en cuando. Y don Alejo, que no deseaba
otra cosa, echó cuatro ó cinco canas á la mar, que le rejuvenecieron
otros tantos años.
Se divertían mucho con él el Lebrato y Pedro Juan; porque, tras de ser
sumamente entendido en el oficio, y de haber hecho grandes valentías
ejerciéndole por entretenimiento en su mocedad, era hombre de buenas
ocurrencias, y sabía enjaretarles los consejos y los «pedriques» de tal
modo, y tan á la llana y entendibles, que «se les metían ellos solos
hasta adentro.»
¡Bueno se le echó á Pedro Juan, entre calada y calada á las porredanas
y al durdo, á media milla de la costa, la antevíspera de leerle la
última proclama de su casamiento! ¡Y bien que le supo al mocetón, no
sólo por el valor del «pedrique en sí,» sino por las alabanzas á Pilara
en que se le dieron envuelto!
Al desembarcar aquel día junto al corral mismo del Lebrato, porque la
marea lo consintió, despidióse don Alejo en estos términos:
—Si el tiempo lo permite, todavía he de echar otra canita á la mar en
la primera salida que hagáis después que Pedro Juan se case.
Y luégo, volviéndose hacia su padre, añadió:
—Te digo que no puedo echar de la memoria lo que me has contado de
aquel viaje del Berrugo. Pero ¿qué demonio iría buscando ese hombre
por allí? ¿Será capaz de haber tomado en serio lo de?... ¡Ave María
Purísima!
Á todo esto, el Josco tenía ya su vestido de arriba abajo, sus
borceguíes con clavillos, su sombrero hongo y sus dos camisas de
repuesto: todo ello nuevo, flamante; y además tenía la promesa de su
cuñado, de prestarle la capa para la ceremonia. Se había invertido
un celemín de cal viva en blanquear lo que debía blanquearse de la
casa, y el Lebrato tenía ya preparados el mortero y las baldosas para
sentarlas en el llar de la cocina y dejarle como nuevo. Y con esto,
y con estar apalabrado para padrino el médico don Elías, invitado á
ello por el Lebrato, que quería dar digna pareja á la madrina escogida
por la novia; y por haber ésta mandado ya abajo la cama con sus ropas
correspondientes, y la caldera y las sillas; y estando corridas las
tres proclamas... y en fin, todo listo y corriente, pusiéronse de
acuerdo con el cura los de arriba y los de abajo; y un sábado, el
último sábado de septiembre, con un sol esplendoroso en las alturas y
mucho rocío en el suelo; las panojas curándose en las mieses; el pelo
de la _toñá_ apuntando en las praderas; los graneros muy vacíos y los
pajares abarrotados; las vacas para llegar del puerto y las gentes muy
desocupadas; Inés triste todavía; el de Nubloso en enigma; el Berrugo
muy inquieto; Marcones desesperado en Lumiacos; la Galusa hecha una
serpiente; don Elías conmovido y vidrioso con el gran suceso de su
padrinazgo y la boda subsiguiente; don Alejo cavilando todavía en el
caso del Berrugo, y no poco en su conversación con Inés, unos días
antes, en el portal de la iglesia; Quilino carcomiéndose vivo, y el
mundo entero, impasible y descuidado, dando volteretas por los aires;
un sábado, repito, de esta traza, y el último de septiembre, casáronse
Pedro Juan y Pilarona, sin que en la ceremonia ocurriera cosa que el
lector no presuma, con excepción de una sola; y fué que al preguntar
don Alejo al novio si quería por esposa á Pilara, respondió mirándole
con gran extrañeza:
—¡Pos no he de quererla, coles? Eso bien lo sabe ella. Y usté tamién.
La boda se celebró en casa de Pilara; y allá asistió todo el cortejo de
la iglesia, menos Inés, que se excusó por no sentirse bien de salud, y
creo que era cierta la excusa.
Don Elías fué, durante el festín, un cepillo de nervios electrizados.
Repitió la historia de sus quebrantos de fortuna; sostuvo la realidad
de las apariciones y la existencia corporal de las brujas; y ya iba á
referir el lance de la linterna, cuando entró don Alejo, que había
prometido darse por allí una vuelta á última hora, y esto le contuvo.
Pero, en cambio, habló el cura con él, cuando se marcharon los dos
solos, del viaje del Berrugo á la mar, con sus investigaciones acerca
de la cueva del Pirata; y no sé quién se quedó más asombrado, si don
Elías cuando oyó esto, enlazándolo en seguida, por detalles y por
fecha, con lo ocurrido en su visita á don Baltasar, ó don Alejo cuando
el médico, espeluznado, le contó lo que en ella había pasado entre los
dos.
—¡Locos, locos de atar entrambos!—exclamaba para sí don Alejo en cuanto
se separó de don Elías.
Y casi al mismo tiempo iba pensando éste:
—No hay duda: el indecente ese cogió la pista que yo le dí, y anda
detrás del tesoro. ¡Tendría que ver que yo se le pusiera en la mano!
De estos pensamientos le apartó Quilino, que se cruzaba con él en la
calleja. Dejó en seguida el médico lo uno por lo otro, como lo tenía
de costumbre; y parándose con él, le dijo con apariencias de broma,
pero yo creo que con toda seriedad, aludiendo al casamiento de Pilara,
después de darle la noticia de que él había sido padrino:
—Un cuidado menos para tí, hombre.
—¡Un cuidao pa mí eso?—respondió Quilino despreciativamente;—¿cuándo lo
fué ello, recongrio?
—Pues bien te consumías y despatarrabas por ella poco hace,—replicó don
Elías.
—¿Por ella yo, congrio; por ella!—insistió Quilino con la risa del
conejo.—Era tó ello pura pamema, señor don Elías: pura pamema. ¿Pa qué
quería yo ese telarón, recongrio?... Sólo que yo tenía con el Josco
ciertos piques, y le tomaba por ese lao... Por eso me alegro de lo que
acaba de ocorrir esta mañana... ¡me alegro, congrio!; porque acabá de
una vez la desculpa que yo tenía pa lo otro, sacabó lo demás... Créame
usté, don Elías; ¡créame usté, recongrio! ¡ese hombre y yo, tal y como
estaban las cosas antes, no cogíamos vivos en el mundo! ¡no cogíamos,
recongrio!
Y se fué sin decir más, y en el momento en que don Elías iba á
preguntarle por el estado de sus relaciones con el Pinto de Los
Castrucos, después de la castaña del día de San Roque por la tarde.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXVII
LUZ Y TINIEBLAS
Lo que tenía que suceder, sucedió. Tomás Quicanes llegó un día, el
cuarto después de la boda de Pilara, á la casona de Robleces. Aquella
visita era la segunda que hacía á Inés desde que ésta había hablado
con don Alejo en el portal de la iglesia: salía la pobre enamorada á
visita por semana. ¡Bien se las iba escatimando el muy desagradecido!
Desagradecido precisamente, no; porque si en lo del misterio seguía tan
reservado como la primera vez, en lo demás bien dulce, bien expresivo
y bien amoroso se mostraba con ella; pero por aquellas inquietudes,
por aquel disgusto continuo tan mal disimulado, por aquellas extrañas
comezones, y últimamente por aquellas largas ausencias, testimonios
visibles de una conciencia intranquila y recelosa, que no eran cosa
buena, algún nombre malo merecía.
De esta traza fueron los pensamientos de Inés, cuando aquel día vió
entrar en la corralada al hombre que tan buenos y tan malos ratos la
hacía pasar. Le pareció más desmejorado que la última vez que le había
visto; pero, en cambio, notó que venía con aire más resuelto.
Por si esto era señal de traer algo nuevo que decirla, le esperó en la
solana. Y á la solana se encaminó él derechamente, como si fuera cosa
convenida entre los dos.
Realmente estaba algo desencajado de semblante, parecía muy animoso y
decidido; mas no para cosa buena, porque su mirar, aunque valiente, era
triste; y en su voz, de ordinario tan sonora y agradable, había notas
ásperas y desacordes.
Sentáronse los dos, y él habló poco, lo menos que pudo, de cosas sin
importancia para ninguno de ellos. En seguida dijo á Inés, abordando,
como de un salto á ojos cerrados, la conversación que iba dispuesto á
entablar con ella:
—No necesito preguntarte, porque demasiado á la vista está, lo que te
dará que pensar y que sufrir la extraña conducta que observo contigo,
desde que en este mismo sitio que ocupamos ahora, al confiarte los
sentimientos que, como por encanto, me habías infundido, me descubriste
el fondo de tu alma candorosa y noble, donde me ví ocupando un lugar
que yo no merecía. Sobre esto quiero y necesito hablarte, y á eso
vengo hoy.
Sintió Inés un hormigueo, frío y cosquilloso al mismo tiempo, que
de pronto la invadió de pies á cabeza. Aquello que se la decía era
lo mismo que coger la punta del velo para levantarle en seguida y
descubrir el misterio mortificador. El temor á la verdad, tras de
aquellos preliminares tan sospechosos, comenzaba á espantarla.
Conocióselo el indiano, que no apartaba sus ojos de los de ella; y
por martirizarla menos con preparativos ociosos y con atenuaciones
inútiles, de otro salto, más á ciegas aún que el anterior, se coló
dentro del asunto.
—Escúchame, Inés—la dijo;—y después que me hayas oído, escúpeme,
apedréame, arrójame de tu casa, maldíceme... Todo menos esta violencia
bochornosa en que vivo, y las angustias que te hago pasar á tí... He
estado engañándote inicuamente.
—¡Virgen María!—exclamó al oirlo la candorosa Inés, pálida como la
cera, sin voz apenas y temblando como una hoja.
—Te juro—continuó el otro, resuelto á todo ya,—que si hubiera robado
ó matado, me costaría menos violencia, en este mismo caso, confesarte
esos crímenes, que decirte lo que soy en verdad y lo que he hecho.
Inés, en un impulso instintivo de repugnancia, apartó su silla un buen
trecho de la que ocupaba el indiano, y al mismo tiempo le preguntó,
mirándole con el asombro y el miedo pintados en sus ojos:
—Pero ¿quién eres entonces?... ¿De dónde has venido?
—Es cierto—la respondió el interpelado, sin quejarse de aquellas
manifestaciones de Inés,—que soy Tomás Quicanes, el pobre muchacho de
Nubloso embarcado de limosna para América, por su tío el Mayorazgo de
Robleces, con el cual viví mucho tiempo en esta misma casa; cierto lo
que os conté de mis afanes de veinte años para adquirir dos caudales,
el uno de dinero y el otro de instrucción y de cultura; cierto lo de
mis viajes, unas veces por la pasión de viajar, y otras por parecerme
que la conveniencia de mis negocios me lo pedía; cierto, certísimo,
Inés, que lo mismo en la quietud de mi casa que viajando, no se
apartaba de mi memoria el dulce recuerdo de la patria querida, con sus
campos fragantes y sus montañas altivas, sus risueñas aldeas y sus
huertucos floridos; ciertas las impresiones conmovedoras que os dije
haber sentido al despertárseme los recuerdos de mi niñez en la iglesia
de Robleces y bajo los techos de esta casa; ciertas también las ansias
que te pinté, de mi corazón, libre hasta entonces, como el aire y la
luz que nos envuelven ahora, por llenar en esta suspirada tierra el
vacío que no llenó en otras muy lejanas; y cierto, en fin, el juramento
que te hice aquí mismo, y ahora quiero repetirte, poniendo otra vez
por testigo á Dios, de haber llenado tú sola ese vacío... Todo esto es
cierto, Inés.
—Pues si todo eso es cierto—exclamó Inés, que escuchaba anhelante y
parecía ir reviviendo á medida que el otro hablaba,—¿cuál es el pecado
por que mereces que yo te apedree?
—Pero yo vine á este pueblo...—añadió Tomás Quicanes, pidiendo á Inés
con un ademán y una mirada suplicante, que le permitiera continuar;—yo
vine á este pueblo y me presenté en esta casa haciendo una ostentación
ridícula... infame, de una riqueza que no tenía, que no tengo... Y en
esto engañé al pueblo entero, lo que es una bambollada jandalesca é
imperdonable; á tu padre, y esto ya es una maldad; y á tí, sobre todo,
Inés; á tí, que si eres incapaz de haberme querido pensando en los
caudales con que me suponías, en cambio es imposible que puedas mirar
con buenos ojos al hombre que se mete en el pueblo y en tu casa por la
puerta de un embuste semejante.
Se engañaba grandemente el indiano _engañador_ en el supuesto; porque
Inés, apenas cesó él de hablar, arrastrando un poco la silla hacia
la otra, y revelando en lo animoso de su mirada el peso que se le iba
quitando del corazón, le dijo:
—¡Y ese es el pecado por que merecías ser escupido y apedreado por mí?
—Déjame llegar más adelante con la cruz—respondió el otro sonriendo muy
forzadamente.—Si sólo se tratara aquí de un juego más ó menos lícito y
corriente, con decirte eso solo, ó con no decirte palabra y no volver
á poner los pies en esta casa, hubiera yo salido del apuro; pero yo
tengo puesto en este lance algo más que el empeño vanidoso, ya logrado,
de llegar á oir de una boca como la tuya que soy amado de mujer que
tanto vale; y no pudiendo callar, ni huir, ni continuar adelante en
esta actitud insostenible, al confesarte el delito necesito exponerte
también sus circunstancias, para que no caigas en la sospecha de que
trato de engañarte con otra farsa mayor y más abominable.
Se nubló un poquito con esto la naciente alegría de Inés, pero no
decayeron sus buenos ánimos. El otro continuó de esta manera: