tarde para hablar con Inés á sus anchas, ni, en rigor de verdad, me
atrevo á afirmar que estos inconvenientes le contrariaran poco ni
mucho; porque es de saberse que «la cosa bien extraña» que sucedió al
acabarse la visita historiada más atrás, continuaba siendo misterio,
y misterio bien mortificante, para Inés, por culpa de aquel hombre
empecatado que huía de toda ocasión en que pudiera verse obligado
á levantar siquiera la punta del velo misterioso. Pero no por eso
faltaban el tiempo necesario ni lugar á propósito para decir él lo
que quería y necesitaba decir, aunque no fuera, ni con mucho, cuanto
deseaba saber ella, ni dejó de seguir su marcha devoradora el fuego
amoroso en que parecían estar ardiendo los dos.
Á la tercera visita, ya se tuteaban; y deshechos con esta llaneza en el
trato los estorbos que el ceremonioso «usted» opone á la franqueza de
la expresión, aun en caracteres más resueltos y adestrados que el de
Inés, la máquina de las ideas de ésta, aquella máquina que para ponerse
en franco y seguro movimiento tuvo bastante con el impulso casual y
rudimentario de una mano tan torpe como la del grosero seminarista,
al calor de los afectos nuevamente adquiridos y con el estímulo de su
comunicación frecuente con los del hombre que se los había infundido,
tomó de repente unos vuelos maravillosos. ¡Entonces sí que estaba
desconocida! Como en idénticos casos la había sucedido ya, no pudiendo,
por su ignorancia é inexperiencia, extender á lo ancho la labor de
sus investigaciones, las hizo á lo hondo, con la fuerza y la luz de
su inteligencia clarísima; y la cuenta le salió aún mejor así, porque
ahondar se necesitaba, y no otra cosa, para dar con el filón que ella
iba buscando. Y ahondando, ahondando con el análisis de sí propia y el
de la conexión íntima que «debía haber» entre su modo de sentir y el
modo de sentir del otro, aunque llamando las cosas á su manera, llegó
con los razonamientos á un punto de cordura y de fortaleza tales, que
pusieron en graves apuros al receloso y asombrado galán. Para ser un
poco atrevida, además de esto, le sobró con el ansia, que la devoraba,
de aclarar el enigma que la servía de tormento á todas horas, y la
amargaba las dulzuras de aquella pasión que ella consideraba como un
don inmerecido de Dios.
Pero ¿por qué había de haber esa nube negra en un cielo tan limpio, tan
puro, tan lleno de luz, como el de sus recién forjadas ilusiones? Y si
bastaba un soplo de _él_ para deshacerla, ¿por qué no soplaba? Y entre
tanto, aquella nube podía ir extendiéndose y espesando y cubriéndolo
todo, hasta el mismo sol; y entonces ¡Virgen María! no quería pensar en
ello. Era imposible que las cosas llegaran á un extremo tan espantoso.
«¡La nube! ¡el misterio!» ¿De qué se trataba, al fin y al cabo? De
que ella no revelara á nadie lo que estaba pasando entre los dos. Sin
necesidad del encargo, hubiera quedado el secreto guardado en lo más
hondo de su corazón, mientras lo guardado «no diera más de sí.» Pero
¿por qué se le hacía el encargo? Aquí estaba la malicia. ¿Era un pecado
lo sucedido? ¡Imposible! Y si no lo era, ¿por qué tenía él tanto empeño
en que no se descubriera? Podía haber en este empeño un fin de casta
más noble que la del misterio que á ella la alarmaba; por ejemplo: el
de probar su fe ó su discreción, atormentando un poco su curiosidad;
pero en este caso, ¿por qué andaba él tan preocupado, tan receloso,
tan vacilante? Esto, esto solo era lo grave, lo extraño. Á veces la
asaltaban recelos espantosos. ¿Habría otra mujer en alguna parte del
mundo, que pudiera pedirle cuentas de «lo que estaba pasando entre
los dos?...» ¿Estaría...? ¡Qué enormidad! Eso, honradamente, no podía
imaginarse: no cabía en lo posible. De todas suertes, la tentación de
sospecharlo solamente, la arrastraba á considerar si no habría pecado
ella de ligereza al entregarse tan pronto, tan irreflexivamente y tan
confiada, á una pasión así, inspirada por un hombre de cuya lealtad no
tenía otras pruebas que las de su palabra, que podía muy bien no ser
honrada... Tampoco era posible esto; también caía fuera de los límites
que la perversidad humana tenía, en el concepto inexperimentado y
naturalmente bondadoso de Inés... De cualquier modo, ella no comprendía
aquella reserva sospechosa que tan malos ratos la daba y no podían
pasar inadvertidos para él. ¡De qué distinto modo se conduciría
ella en el caso contrario! Sin haber ocurrido, y sólo por el placer
desinteresado de confiarle hasta el último secreto de su conciencia de
mujer y de enamorada, le había referido la historia de la resurrección
de su espíritu, con todos sus pormenores; y lejos de intimidarse al
sacar á relucir los graves episodios de la explosión amorosa de su
profesor, los relató con especial parsimonia, porque hasta se recreaba
en traer con ellos á la memoria lo abominables qué le parecieron
en cuanto pudo considerarlos con serenidad; amén de que, cotejando
y comparando tiempos con tiempos, hombre con hombre y sentimientos
con sentimientos, los que le había infundido el absorto escuchante
adquirían doblada consistencia y mayor intensidad. ¡Y él, que, con
trabajo menos escrupuloso, podía proporcionarla á ella un placer más
regalado, la dejaba penar y consumirse entre dudas y confusiones! ¡Qué
mal hecho estaba eso! ¡Ah! si ella fuera un poco más atrevida ó un poco
menos compasiva y tolerante, ¡cuántas veces le hubiera puesto, con una
pregunta, en la necesidad de descubrirla el misterio!... ¿Qué harían
las demás mujeres en casos parecidos al suyo? Porque ella no sabía
nada, nada absolutamente, en materia de amores, sino lo que había leído
en las novelejas prestadas por Marcos, y lo que estaba observando en sí
misma, lo cual no se parecía en lo más mínimo á lo que ocurría en las
novelas.
Entre tanto, la situación de las cosas, en general, no podía ser más
embarazosa para todos allí. Su padre, aunque parecía andar siempre á su
cuento y no reparar en nada, veía con el rabillo del ojo cuanto pasaba
á su alrededor, por lo menos desde que entraba tan de continuo en
la casa el indiano de Nubloso. Un día la dijo deteniéndola en lo más
obscuro del carrejo, como por casualidad:
—Mujer, ¿sabes tú lo que anda buscando por aquí ese sujeto?
Inés comprendió desde luégo á qué sujeto se refería su padre, y se puso
roja y sofocada; pero, por fortuna, no se veía la mano delante en aquel
esófago tenebroso, ni se vió, por consiguiente, la turbación con que
respondió para salir del paso:
—Á mí nada me ha dicho.
Tosió el hombre, y se marchó golpeando el suelo con algo que llevaba en
la mano.
Otro día se encaró con ella á la puerta de la sala; y como si replicara
á la respuesta que se le había dado en lo más obscuro del carrejo días
atrás, dijo esto solo y sin mirar á su hija de frente:
—Pues á mí tampoco me ha dicho una mala palabra hasta la hora en que
estamos, sobre lo que desea y busca por aquí... Y no quisiera tomarle
yo la delantera para preguntárselo... ¡Y, cuidado, que motivos no
faltan ya!...
Y se fué.
Esta nueva embestida puso á Inés en el colmo de la angustia; porque
lo que su boca no decía sobre lo que la estaba pasando, lo publicaban
á gritos su raro y nuevo modo de ser, y las idas y venidas del otro,
desconcertado y receloso, y sus apartes con él. ¡Y era tonto y ciego
don Baltasar para no caer en la cuenta de lo que tan á la vista estaba!
¡Y era, mudo, gracias á Dios, para no explicarse á las claras con el
otro, si llegaba á «tomarle la delantera!»
Pues ¿y la Galusa? ¡Válgame Dios, cómo rastreaba por escondrijos y
rincones la pista del «fregado indecente,» en cuanto asomaba el tunante
por las puertas de la casa! ¡Qué zumbar el suyo mientras iba y venía,
como moscardón aprisionado, y qué zaherir con indirectas envenenadas
á la pobre Inés, cada vez que se topaba con ella, ó la veía, medio
alelada, torpe y desmañada, acercarse á todo para no hacer luégo cosa
con cosa! ¡Qué aborrecimiento la tenía y qué poco le disimulaba! ¡Y
ella conociéndolo todo, y hasta que había razones aparentes para
mucho de ello, y no pudiendo desplegar los labios para defenderse en
lo defendible, ni siquiera para decirle á él: «habla tú, que con una
palabra puedes hacer que se concluya pronto, y todo esto!»
Y aún fueron más allá los conflictos de la pobre muchacha. Días
andando, y en uno de labor, al ir ella á misa, porque las oía muy á
menudo, especialmente desde el de San Roque, la esperaba don Alejo
paseándose en el portal de la iglesia, de levita y con bonete.
—Vaya, Inesuca—la dijo,—aquí te cojo y aquí te mato; y te cojo, porque
te esperaba; y te esperaba, porque, si no te cojo aquí y antes de misa,
no te cojo en ninguna parte. ¿Estás? Bueno; pues ahora te advierto qué
no se trata de robarte la mantilla, ni de sacarte ninguna tira del
pellejo. Esto te lo digo para que te cures del susto que te ha hecho
perder de repente los colores de la cara. ¡Valiente foragido soy yo
para dar disgustos á nadie, y menos á tí, corderuca de Dios!... En fin,
que se trata de que me consume una curiosidad, y de que quiero que tú
me saques de ella. ¿Querrás?
De algunos días á aquella parte, todos los ruidos le sonaban á Inés de
un mismo modo, y todos los golpes iban á parar á su dedo malo. Por esta
triste experiencia, barruntó que lo que pensaba preguntarla don Alejo
tenía que ver, por más acá ó por más allá, con lo que «á ella la estaba
pasando.» Y dicho y hecho.
Apenas prometió al cura complacerle, si le era posible, en lo que la
pedía, cátale metido de hoz y de coz en el asunto, de la siguiente
manera:
—Pues has de saberte que el día de San Roque, al anochecer, supe que
aquel caballero tan majo que oyó la misa en el altar mayor y tanto
me había llamado la atención, resultó ser Tomasín; Tomás Quicanes,
el sobrinuco huérfano del Mayorazgo, que vivía con él y me ayudaba
las misas con una inteligencia, una gracia y una compostura, que
me daban gloria. Te aseguro que no lo quise creer cuando don Elías
fué á mi casa á contármelo y á hacerse lenguas de lo campechano que
era y de lo mucho que sabía; y no lo quise creer, porque tras de no
haberle yo sacado en la iglesia por la pinta, cosa que, bien mirada,
no tenía nada de particular, me parecía mentira que hallándose en
Robleces y tan cerca de mí ese caballerete tan espetado, no hubiera
corrido á darme un abrazo y á decirme: «aquí tiene usted, con barbas
ya y cargado de perendengues, á Tomasín Quicanes, el sacristanuco tan
querido de usted.» Algo me explicó don Elías de las intenciones del
tal sobre el caso, y de las buenas ausencias que había hecho de mí
entre él y vosotros aquella tarde; pero, vamos, no me conformaba con
eso. Á los pocos días ya vino él en persona á verme á mi casa... por
supuesto, después de haber estado en la tuya... ¡Bah!... ¡y se me pone
coloradita, lo mismo que si ello fuera un pecado! Á ver si se te bajan
esos colores y me escuchas como es debido... Pues, señor, que vino;
que se me dió á conocer, y que le conocí hasta en el modo de mirar y
en cada una de las facciones de su cara; y que pasé con él, hasta
que empezaba á cerrar la noche, el rato más agradable que creo haber
pasado en todos los días de mi vida. ¡Qué guapo está, qué bien habla,
qué cariñoso es y qué finamente siente y observa y compara lo que aquí
dejó, lo que halla al volver... y qué sé yo qué otro tanto más! El
arrastrado de él, de recién llegado á la Habana me escribió algunas
veces; pero después lo fué dejando, dejando... ¡Y si vieras, Inesuca,
qué majamente me pintó él este modo de ir olvidándose, no de mí, sino
de escribirme de vez en cuando! ¡Qué fantasía de chico! Daban ganas de
decirle que se volviera á marchar para dejar de escribirme, por sólo
el gusto de oirle disculparse á la vuelta. Extrañándome yo de estas
cosas, le pregunté sobre el particular; y supe, con el contento que
puedes suponerte, que había gastado más de la mitad de lo que había
ido ganando en sus negocios, en instruirse y en despabilarse, aunque
despabilado lo fué él siempre de suyo... y esta opinión es cosa mía;
que había cultivado más el trato de las personas letradas, que el de
las adineradas; que tenía hasta pasión por los buenos libros; que había
viajado mucho... en fin, que no acabaría yo, Inesuca, si te fuera
relatando lo que entonces le oí, lo que le he podido sacar después acá;
porque te advierto que rara es la visita que te hace á tí... digo, que
os hace á vosotros, sin que antes ó después no me haga á mí otra; y lo
que de todo ello he ido coligiendo yo á mi manera, aunque lego... ¿Te
vas enterando, Inesuca?
¡Si se iba enterando Inés! Sin perder punto ni coma, y con una codicia
de ello, que bien se pintaba en sus ojos radiantes de luz y de regocijo.
—Me entero,—respondió, sonriéndose, á la pregunta del cura.
—¡Pues podías no!—replicó éste; y añadió en seguida:—Y ahora va lo
bueno, quiero decir, el golpe con que te amenacé al cogerte aquí.
Córrese entre las gentes, que Tomasuco el de Nubloso, con haber rodado
tanto mundo, no ha podido hallar en todo él lo que, cuando menos se
esperaba, tuvo la suerte de encontrar en Robleces; ó séase, hablando
claro, una mujer que le llene por entero para casarse con ella y acabar
la vida, en santa paz los dos, en la tierruca. Gran pensamiento... y
gran ojo, sobre todo; porque resulta, también según los dichos de las
gentes, que esta mujer, Inesuca, eres tú... ¿Es verdad eso? Pues cata
el golpe que te prometí, y venga la respuesta; pero tal como yo la
deseo... Te advierto de antemano que el sujeto ese no me ha dicho nada
de por sí, aunque no tiene boca bastante para ponderarte cuando de tí
me habla; y cuenta también que esto ocurre en cada visita que me hace.
Inés recibió «el golpe» de don Alejo con mayor serenidad de lo que
esperaba, y pudo responder á él con gran firmeza; porque la última
noticia, y la única desagradable de cuantas le había dado de carretilla
el buen señor, le ofrecía una salida de soslayo, que era al mismo
tiempo la verdad fiel de lo que estaba sintiendo; y la salida fué la
siguiente:
—Pues si él no le ha dicho á usted una palabra de eso, ¿qué quiere
usted que le diga yo?
—Eso no es responderme á derechas, Inesuca,—añadió don Alejo algo
contrariado.
—Pues le juro á usted—repuso ella muy serenamente, como que juraba
verdad,—que no le puedo decir otra cosa.
Se quedó con esto algo suspenso el cura, y la dijo en seguida:
—Te creo, porque basta que así me lo afirmes aunque no me lo
juraras; pero te aseguro que lo siento como si hubiera perdido
algo de á cuanto... Pues, mira, Inesuca—añadió de pronto con gran
encarecimiento,—si no hay nada de lo dicho, debiera haberlo. Las gentes
tienen razón. Voz del pueblo, voz de Dios. Marcones te lo hubiera
entonado en latín, por pintar la cigüeña; yo te lo digo en castellano
neto para que me entiendas mejor. Y ahora, hija mía, dame palabra de
que, si llega á suceder algo de lo supuesto, no se lo dirás á nadie
fuera de tu casa antes que á mí; perdona el plante que te he dado, y
quédate bendita de Dios, como yo te bendigo, por lo buena que eres, que
me voy á decirte la misa.
¡Oh, qué tentaciones tan fuertes tuvo Inés entonces de detener á don
Alejo para decirle que quería confesarse con él! ¡Qué mejor confidente,
qué mejor consejero que aquel santo varón, para confiarle, en el
secreto del confesonario, una tribulación como la suya? Y en ello no
faltaría á su compromiso empeñado. Como en el secreto de la confesión
estaba obligada á guardar «lo que había pasado entre los dos,» y así
quedaría guardado, confiándoselo, como penitente, á su confesor.
Pero mientras dudaba, se perdió la oportunidad, y con ello se calmaron
las tentaciones. Entró en la iglesia, y á poco empezó la misa. ¡Con qué
fervor la oyó, y con qué fe le pidió á la Virgen que la amparara en el
trance en que se veía!
Después se encontró más fortalecida; y al volver á casa pensando en
todo lo que don Alejo la había dicho, sólo quería acordarse de lo mucho
bueno que le había contado de él. Así le veía ella más engrandecido á
sus ojos; y así quería verle, «porque él no podía ser de otra manera.»
Y, entre tanto, y como si tratara de desmentirla con su comportamiento,
ni en todo aquel día ni en los dos que le siguieron, apareció por
Robleces el indiano de Nubloso.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXVI
LA PUCHERA DEL LEBRATO
El «negocio de la ostra» le tenía el Lebrato á la puerta de casa,
como quien dice; y por «llanuco y hacedero de por sí,» no era cosa
para quebrantar huesos tan duros como los suyos y los de Pedro Juan.
Plantarse con la chalana en la primera revuelta y la más grande de las
dos de la ría, á la bajamar; fondearse allí, ó no fondearse, sobre
la misma canal; una especie de rastrillo de hierro, de púas fuertes,
largas y algo encorvadas, con mango de palo: un instrumento así para
cada uno, y á sacar con él cantos sueltos del fondo; cantos que, según
la suerte soplara, unas veces salían en _blanco_, y otras veces más ó
menos sarpullidos de ostras de todos tamaños; arrancar las grandes,
dejar las de _cría_, y volver el canto al agua. Y al sol. No tenía ni
tiene más intríngulis la explotación de aquel rico ostrero natural.
La venta era siempre segura y pronta, porque andaban los especuladores
disputándose la mercancía para revenderla á escape en los quintos
infiernos. El oficio, pues, no tenía otras quiebras que los fríos y las
celliscas de los meses invernales. Había en ellos horas de chuparse un
hombre las uñas amoratadas, y de quedársele el cuerpo entumecido, y
helada la saliva en la boca. Pero de estos días no abundaban; y en la
ocasión de que se trata, mucho menos. Comenzaba septiembre, primer mes
de _erre_ después de la veda del verano; el tiempo al nordeste, claro,
suave y noble como él solo, y «pa largo» por las trazas, y el trabajo
se hacía en mangas de camisa; de modo que más que fatiga, resultaba
entretenimiento agradable. Porque no era sola la chalana del Lebrato la
que andaba á la ostra allí, aunque podía, y en buena ley debiera serlo,
por no haber en el pueblo otro matriculado que él; pero ya se ha dicho
que Juan Pedro no era hombre de usar de sus privilegios en perjuicio
de nadie, y toleraba la media docena larga de chalanas que acompañaban
en el ostrero á la suya; y hasta se alegraba de ello, porque, de ese
modo, el campechano pescador no cerraba boca, y era la escuadrilla un
hervidero de conversaciones, que tenían que oir.
Como el tiempo estaba tan hermoso, no se conformó con aquel solo
recurso, que no dejaba de rendirle su buen por qué; y según se lo había
anunciado «al señor don Baltasar,» teniendo la barquía bien recorrida
y preparada, probó de noche «á lo de afuera;» ¡y esto sí que ya era
harina de otro costal! Solamente el viaje hasta la barra, era trabajo
de hora y media de rema incesante. Por el primer tramo, es decir, por
lo que se podía llamar valle de la ría, menos mal: era ir como á cielo
abierto, con anchos horizontes de Sur á Oeste, y en toda aquella línea,
á no ser la noche brumosa y cerrada, siempre había celajes luminosos
que alegraban la vista y entonaban un poco el ánimo; pero por el
segundo tramo, desenvuelto en curvas desorientadas y caprichosas, con
sus taludes altísimos y casi á plomo, como una _hoz_ abierta entre
montañas, ya era más triste la boga. No había otra luz que la que
sacaban las palas de los remos, en gotas fosforescentes, al remover
el agua, ni más cielo que el que se veía por entre los dos bordes de
la rendija aquélla. El chapoteo que de esta faena resultaba, muy á
menudo repercutía y se multiplicaba en las cuencas de los peñascos
coronados por una greña de carrascas y zarzales, cuya espesura hacía
la obscuridad mucho más negra de lo que era. Algunas veces se oía un
ligero chasquido no lejos de la barquía, como el que produciría una
pedrezuela arrojada en el agua: era el salto de un muble de un rebaño
de los que volvían á la mar con la vaciante; y hasta este leve sonido
hallaba eco que le repitiera y le propagara. Ni el Lebrato ni su hijo
hablaban en todo aquel trayecto otras palabras que las puramente
precisas: la solemnidad pavorosa de la naturaleza se impone á los
espíritus más valientes y despreocupados; donde quiera que el hombre se
ve gusano por la fuerza del contraste, allí se esconde ó se arrastra
tímido y silencioso, como si realmente lo fuera. Es muy común la
observación, y muy exacta, de que cesan de repente las conversaciones
de todos los viajeros de un tren cuando éste atraviesa un túnel. Se ve
gusano mísero allí. Y es de advertir también, que los miedos de esta
clase son de los que no se vencen con la costumbre de sentirlos. Pedro
Juan y su padre conocían aquel trayecto, que habían recorrido cien
veces, lo mismo á pleno sol que entre tinieblas, como los caminos de su
barrio; y, sin embargo, nunca le pasaban de noche, hacia la mar, sin
verse dominados por aquel sentimiento que no tenían ellos por medroso,
y que en el fondo lo era. Distingo el viaje «_hacia la mar_,» porque
cuando, de vuelta de ella, recorrían el mismo esófago negro, sin ser
mucho más locuaces se sentían más animosos; lo cual prueba que si el
paso es triste é imponente de noche por sí mismo, lo es todavía en más
alto grado como camino de una región mucho más pavorosa y de mayores
riesgos de muerte.
Volviendo al asunto y dejando á un lado enojosas filosofías, digo
que remando sin cesar los dos hombres y adelantando la barquía entre
espesas tinieblas y fantásticos ruidos, llegaba á percibirse el de la
mar, que, por dormida que esté, siempre sueña lo bastante recio sobre
los duros cabezales de la costa, para que la sientan los más torpes
de oído, durante el silencio y la quietud de la noche. El espacio se
iba también ensanchando, aunque no aclarándose, delante de la pobre
embarcación; comenzaba ésta, que hasta entonces se había deslizado
como por encima de un cristal, á cabecear lentamente; avanzaba
otro buen tramo; se acentuaban más los ruidos de la mar y también
los cabeceos; aparecía por la proa, á la vista de los remeros, la
masa de espesas sombras interrumpida en un espacio que para un ojo
inexperto se abarcaba con los brazos extendidos... y aquel espacio
era la barra, la boca del puerto; se bogaba un poco más; descubríanse
la cabeza y rezaban fervorosamente un _credo_ el Lebrato y su hijo;
y como conocían aquella puerta tenebrosa lo mismo que la puerta de
su casa, la enfilaban diestramente... y ya estaban en la mar: una
línea negra, negrísima hacia tierra: la costa; y otra enfrente, pero
lejos, muy lejos, un poco más fina y algo más clara: el horizonte. En
derredor de la barquía, un breve espacio ondulante y con intermitencias
fosforescentes.
En medio de esta obscuridad, había que buscar en las peñas de la
costa ciertas cuevas que deja al descubierto la marea cuando baja;
y no habían de ser las primeras que se descubrieran á la casualidad
acercándose á los peñascos, sino las cuevas tales y cuales; porque el
pescado en cuya busca iban el Lebrato y su hijo á aquellas horas, tiene
sus preferencias de refugio, muy marcadas, y sólo en esos refugios, y
no en otros muy parecidos, hay que buscarle.
Los pescadores los conocían perfectamente, y los tenían bien
registrados uno por uno en la memoria; y aunque á obscuras, ó casi
casi, sin titubear un instante, iban explorándolos todos, atracando la
barquía hasta la misma boca de la sima, ó, cuando menos, á la peña en
que estuviere. Una vez allí, se hundía en el pozo, que había dejado
lleno la marea, un palo, de la largura necesaria para alcanzar hasta
el fondo con un anzuelo que llevaba á la punta, fijo en un _reñal_
muy corto; y si había anguilo adentro, es decir, congrio pequeño, iba
al cebo traidor, le mordía y fuera con él. Y para todo esto, mucho
silencio y ni chispa de claridad. Si el estado de la mar no permitía
acercar la embarcación á la costa, se apartaba de ella cosa de una
milla, y se probaba fortuna calando allí un aparejo de cordel, de
muchas brazas. Pero siempre á obscuras. Si no se trababa congrio, se
trababa un durdo regular, ó una mojarra de buen tamaño; y allá salía la
cuenta, cuando mordían; porque si daban en no morder, ni mojarra, ni
durdo, ni anguilo, ni nada; y noche y trabajo perdidos.
Y esto al comenzar la temporada de otoño, que, si venía noble, era
un verano que daba gusto; pero en la de primavera (la mejor de las
dos para el anguilo, por la abundancia y por la clase), con sus
destemplanzas repentinas, con la crudeza de sus borrascas... ¡ya te
quiero un cuento! ¡Qué noches había pasado el Lebrato en esas rudas
campañas! ¡Qué riesgos había corrido, y de qué apuros le había sacado
la divina Providencia!