—Ahí quedan seis plumas de acero, dos mangos de palo, una gramática,

una aritmética, una geografía, una historia de España, dos catecismos,

una historia sagrada... y cuatro novelas que, en mal hora, puse en

manos de la muy desagradecida. Son objetos de mi propiedad, y los

reclamo.

Y se fué dando un portazo feroz, que hizo estremecerse á la Galusa.

Ésta permaneció todavía unos momentos en la misma postura en que estaba

antes de marcharse su sobrino; y dijo después entre dientes, clavando

los ojos de rámila sarnosa en la puerta por donde Marcones había salido:

—Pos es la primera vez que saca á relocir, el gandulote, esa

sonata... ¿Conque el gato mío, eh? No sé qué vientos le soplarán en

mi muerte; pero lo que es en vida, no te has de relamber los morrazos

¡sinvergüenzón! con la puchera que pongas con él.

Sorbió la moquita, se pasó una mano por las narices, y salió también

del cuarto.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXIV

LEÑA AL FUEGO

Muy poco dió que pensar á Inés el lance de la despedida de Marcones.

Algo la pesaba haber sido tan lacónica y desabrida con él durante la

entrevista; pero los descomedimientos y groserías del estudiantón, y,

sobre todo, la aversión que le tenía por motivos bien justificados,

disculpaban aquella falta, y aun otras mayores que hubiera podido

cometer entonces. No pensó más en ello, y volvió á su tema. ¿Cuándo

vendría _el otro_? Porque él tenía que venir, una vez por lo menos:

se lo había prometido á su padre al despedirse en la romería, para

tratar del asunto pendiente entre ellos dos; y este asunto pendiente

era la compra de la casa... ¡La compra de la casa!... Y ¿para qué

quería la casa _él_?... Capricho de hombre rico. Pero, sabiendo que

le desagradaba á ella ese negocio y habiéndola prometido lo que la

prometió cuando la conoció el desagrado en la cara, ¿cómo se explicaba

aquél su manifiesto propósito, delante de ella misma, de volver luégo

para tratar del asunto pendiente? ¿Si sería todo una disculpa para

volver á verla y continuar la interrumpida conversación?

Y como le esperaba á cada instante, era un asombro lo que se componía,

y las combinaciones que hacía con los cuatro vestidillos, tres

pañoletas de seda cruda y dos juegos de puños y cuellos, que eran todo

su equipaje. Pero pasaron dos días, y el de Nubloso no vino; pasaron

tres, y tampoco; y al cuarto... vino Pilara, frescona y grande como

ella misma. Temblaba el suelo donde pisaba; y al entrar en la pieza

en que la recibió Inés, retumbaba la voz en techos y paredes. Todo en

aquella mujer era sano, recio y de temple: encina pura, mármol sin veta

y acero toledano, salvo el corazón, que era blandísima cera neta, de

panales.

Pues iba, risoterona y ufana, á pedir á Inés aquel favor de que

la habló en la romería, y era «cosa de ella y de Pedro Juan, en

concierto.» Inés la repitió que contara con él, si podía hacérsele.

—¡Vaya si puedes!—dijo Pilara, con las manos sobre las caderas y

revolviendo el cuerpo á uno y otro lado sobre los pies, inmóviles

como dos lingotes de hierro, atornillados en las tablas. (Se tuteaban

las dos desde niñas, aunque Pilara tenía tres años más que Inés.)

En seguida añadió sin pararse en barras:—Pos yo y Pedro Juan, en

concierto, queremos que seas tú la madrina del casorio... Ya ves, á ná

compromete ello, si no es á un poco de molestia...

Á lo que respondió Inés que, por su parte, no había inconveniente

alguno.

—¿Temes, quizaes, que le haiga por la de tu padre?—la preguntó entonces

Pilara.

—Por si acaso le hubiera—respondió Inés,—tengo que consultar con él

antes de comprometerme. Ya te avisaré lo que resulte, después de

hablarle hoy mismo.

Quedaron conformes; y Pilara, que no era más ligera de visitas que

de mole, charló con Inés largamente de sus cosas y proyectos. Estaba

«prendá, prendaona de too, del venturao de Pedro Juan.» Pedro Juan era

pobre, tan pobre como las ánimas benditas que estaban en cueros vivos;

pero en Pedro Juan, desnudo y sin una _mozá_ de tierra propia, había un

caudal de nobleza, de trabajo y de _rebustez_. Era una peña con alma de

oro, y «auta pa los imposibles.» Bien lo sabían en casa de ella, cuando

tanto la alababan el gusto de estimarle y «la lealtá y la pacencia

con que había esperao tanto tiempo á que él rompiera la cortedá.»

Otros podían tener cuatro carrucos de tierra que manipular, y una

choza propia en que meterse; ¿pero de qué valía todo ello, si llevaban

contra sí, «al mesmo tiempo, la consomición de este vicio ó de la otra

deficultá?» En casa de Pedro Juan no había más que lo justo para el

avío de dos hombres, «poco arreparones y mal amañaos;» pero ella no

saldría de la suya «con los brazos colgando y á la ventura de Dios.

Llevaría una buena cama, con su mullida y buenas ropas; tres sillas de

torno; una caldera de cobre; un arca de pino atestá de equipaje; uno de

la vista baja, á medio criar, y una novilla de quince meses, sin contar

los trampantojos que se la jueran arrimando de acá y de allá.» Era la

única hija de su padre; su padre lo tenía, y le daban eso por ahora,

porque así lo querían también los demás. Si mañana faltara Juan Pedro,

«que sería el hombre más honrao de toa la cristiandá si no viviera

Pedro Juan, que lo era tanto como él,» se vería lo más conveniente:

si seguir los dos en Las Pozas, ó subirse á la casa de la Iglesia, en

que tenía ella una cuarta parte. No la gustaba «el un oficio de Pedro

Juan, por lo arriesgao que era;» y por eso solo se alegraría de subirle

al barrio para quitarle la tentación del agua salada, y hacerle que se

conformara con ser solamente labrador, aunque de este modo sacara menos

provecho que de los dos oficios juntos; además, que había que mirar

también por el cuerpo, que no era de hierro «pa traele, como le traía

el enfeliz, hecho una estorneja, hoy en el regadío de la mar, y mañana

en el secano de la tierra...»

De pronto dejó Pilara sus asuntos propios, y saltó á los de la

escuchante.

—¿Y qué me cuentas del caballero del día de San Roque?—la dijo cruzando

los brazos, que casi se perdían de vista, con lo rollizos que eran,

debajo del pecho, y mirándola con la cabeza algo entornada.

Lo mismo que la grana se le puso la cara á Inés al verse acometida de

improviso con esta pregunta.

—Pues ¿qué he de contarte?—respondió, no muy á punto ni con gran

firmeza.—Nada que no sepas tú.

—¡Vaya—continuó Pilara sin hacer más caso de los colores de Inés que de

su respuesta,—que campaba de firme, empingorotao allá arriba, ajunto

al altar mayor! ¡De firme que campaba con su cadena relumbrante, su

pechera blanca, su etelaje de gran señor... y hasta con aquellos

pinchos debajo de las narices, mujer! ¡Andando que le caían guapamente

esos amenículos allí! Pos dígote que se despepitaban las gentes

por saber quién era, y naide lo sabía, hasta que por la tarde se

plantifica en la romería contigo... Me gustó aquello, ¿qué quieres

que te diga?... Me gustó de veras; y tamién te digo que en jamás de

los tiempos ví pareja mejor apareá... Y no creas que jué ocurrencia

mía solamente; que el que más y el que menos de los que vos vieron,

pensaron lo mesmo que yo. Á muchos oí decir, como me decía yo á mí

mesma: «Nacíos paecen el uno pa el otro.» Y era la verdá pura, ¡ja, ja,

ja, ja!

Retembló el cuarto con la risotada de la mocetona; la cual, sin fijarse

más que la otra vez en que Inés volvía á ponerse muy colorada, continuó

diciendo:

—¡Mujer! y luégo salimos, á las tantas de la tarde que golvió don Elías

por allí y lo cernió, en un dos por tres, á too bicho viviente, con

que el caballero relumbrante jué primero un muchachuco de Nubloso...

¡Alabao sea el Señor por siempre! ¡Quién había de magináselo? Pos mira,

mos alegramos de sabelo; que si es tan poderoso como cuentan, más vale

que lo deje por acá, que angunos se locirán con ello; porque la moneda,

polvo viene á ser que se esparce; y quien se alcuentra con algo de él

encima de la ropa, eso sale ganando... Y ¿sabes qué te digo tamién al

respetive, y á más de cuatro se lo oí lo mesmo en la romería aquella

tarde? Pos dígote que, por muchas inflas que tenga el piripuesto ese, y

por muchas que sean las tierras y las gentes que haiga visto y pueda

ver, no alcontrará pa mujer propia un acomodo que tan pintámente le

caiga, como tú... Andando, Inés; y no te sefoque el dicho, que es el

avangelio; y güeno es ser homilde, pero no tanto como tú, que ya te

pasas, con ser quien eres y valer lo que vales... Y con esto me voy,

que bastante poste te he dao esta tarde. Ya me avisarás de eso otro,

¿verdá?... Curriente. De padrino no hay ná hasta la presente: es cosa

de ellos. Conque me marcho; y si no lo tomas á mal, te daré un beso por

despedía... Me sale el antojo de acá: créemelo.

Puso de muy buena gana Inés la mejilla izquierda tan alta como pudo;

bajó Pilara más de medio palmo la cabeza, y ¡chaas! ¡chaas! Igual

estrépito que si se hubiera rasgado en tres tiras media sábana _casera_.

Fuése Pilara al cabo; habló Inés á su padre sobre lo que aquélla

deseaba; accedió á ello el Berrugo, á condición de que no le costara

dinero el favor; llegó la noche, y amaneció el nuevo día, y fueron

corriendo las horas de él; y por aquella portalada no entró más persona

extraña á la casa que el Lebrato.

La comisión que éste llevaba era para don Baltasar. Comenzó por

referirle «el particular» del casamiento de su hijo, casi en los mismos

términos que Pilara á Inés, con idénticas reflexiones y con las

propias noticias sobre lo que llevaba la novia al domicilio conyugal,

y lo que esperaba para el día de mañana. El Berrugo no halló pero que

poner ni al relato, ni á las reflexiones, ni á las noticias. Nada le

pedían, nada le costaba: al contrario, salía ganando en el bodorrio

aquél un elemento que daría gran prosperidad á su casería de Las Pozas.

No se lo dijo así al Lebrato; pero le alabó el gusto de su hijo y le

ponderó el acierto de todos en arreglar las bodas cuanto antes. ¡Como

que había dado permiso á Inés, que se le había pedido, para ser madrina

de ellas!

Estimó Juan Pedro el favor en todo lo que valía, y animóse á exponer la

pretensión que él llevaba por su parte. Por demás sabía «el señor don

Baltasar» que una casa como la de Las Pozas no estaba en disposición de

recibir de golpe y porrazo á la mujer que había de establecerse allí

como reina y señora de ella.

Cierto que Pilara traería lo más preciso para el avío y comodidad del

matrimonio; pero esto mismo le obligaba á él, al Lebrato, á hacer mayor

esfuerzo para arrimar algo de su parte. Pedro Juan no tenía más que lo

puesto y la muda para los domingos: había que _echarle_, por lo corto,

un vestido flamante y su calzado correspondiente; y después, ¿qué menos

que un par de camisas nuevas?... Pues «el timineje del negocio,»

aunque la boda fuera en la casa de arriba, sus gastos traía también á

la de abajo; que no había de salir todo el desgaste de una sola piedra,

«ni sería bien vista la gorroná, dao que la hobiese, ni la consentiría

él, que conocía lo que obliga al hombre de bien el agasajo de otro.» La

casa misma pedía su gasto correspondiente: un poco de blanqueo; «dos

escobás siquiera» había que dar al cuarto de _ellos_; y el llar de

la cocina no podía dejarse como estaba, sin una baldosa entera... En

fin, que había gastos, y no pocos, que hacer por parte de Juan Pedro

con motivo de la boda de su hijo. El no quería ni necesitaba ponerse

colorado delante de nadie para pedirle á préstamo un puñado de pesetas,

porque sabía dónde y cómo ganarlas honradamente. Dentro de pocos días,

en cuanto apuntara septiembre, empezarían su hijo y él la campaña de la

ostra. Sacándoselo al cuerpo sin caridad, bien podía atenderse á este

recurso de día, y por la noche al de la pesca del durdo y del anguilo,

mar afuera. La brega sería ruda; pero cuando el caso lo reclama,

«mentira paece la correa que da un hombre avezao á la probeza.» En

suma, el favor que le pedía «al señor don Baltasar,» era que, por

aquella vez sola, le dejara libres los productos de la campaña, sin

que le reclamara «en el San Martín» la parte acostumbrada de ellos

para aminorar la deuda pendiente. Las rentas por todo lo demás, no le

faltarían á su hora y punto debidos.

El Berrugo, después de oir al Lebrato en silencio, pero no sosegado,

porque tan pronto se rascaba la barbilla ó se pasaba la mano abierta

por la cara ó pescaba mosquitos en el aire, como golpeaba el suelo con

el mango del rozón que tenía en la otra mano, consideró, ante todo,

que el favor solicitado no era de los que costaban dinero, es decir,

dinero sacado de su bolsa. Tratábase sólo de no cobrar, _por entonces_,

un piquillo que cuanto más se retrasara en poder del deudor, tanto más

iría engordando en provecho de un acreedor tan diestro saca-cuentas

como él... Por otra parte, no estaba muy seguro de no necesitar el

día menos pensado á Juan Pedro para cierto negocio que le traía á mal

traer. Podía, pues, y debía echárselas de rumboso impunemente en aquel

trance, y se las echó.

Aunque no duraron mucho estas meditaciones, al Lebrato le parecieron

muy largas, y temía lo peor al ver el afán con que el Berrugo se

rascaba la barbilla con una mano y golpeaba el suelo con el rozón que

agarraba la otra.

De pronto le dió don Baltasar en las espinillas con el mango del

instrumento aquél; le encaró, de un empellón, hacia la calle, y le

dijo: —Al último, harás de mí hasta ochavos morunos, si te empeñas

en ello. Ya estás servido... y andando; y cuéntale el cuento al

sinvergüenza que te diga que no soy blando de corazón.

Y no ocurrió más de extraordinario en la casona de Robleces, hasta

el otro día en que, al fin, se metió por la portalada el indiano de

Nubloso.

El Berrugo andaba trasteando en el estragal, y allí le recibió, con muy

buena cara por cierto.

—¡Hola, hola!—le dijo en cuanto le vió, pero sin dejar de hacer lo que

hacía.—¿Se viene á cumplir la palabra, eh?

—Hay de todo, señor don Baltasar—respondió el indiano muy

afable,—porque vengo á verlos á ustedes y á ofrecerles de nuevo mis

respetos; pero no á tratar del punto consabido que tenemos pendiente

usted y yo. En esto falto á la palabra que le empeñé al despedirme el

día de San Roque; y falto con toda intención, porque quiero invertir el

poco tiempo que traigo disponible, en lo primero, que es cosa mucho más

agradable para mí.

—Ciertamente que no corre prisa, por mi parte, ese asunto, y no seré

yo quien se le meta á usted por los ojos... Y con franqueza, si lo que

quiere á la presente es conversación, yo no puedo dársela en un buen

rato, porque tengo mucho que hacer por aquí; pero no faltará quien se

la dé, si le es igual una que otra. Arriba está Inés, que debe de tener

el tiempo muy de sobra y le recibirá, si quiere usted subir y descansar

un poco.

—¡Oh, señor don Baltasar!—repuso el indiano muy risueño,—siempre me da

usted en su casa muchísimo más de lo que vengo buscando...

—Yo soy así, hombre—dijo al punto don Baltasar mientras colgaba

un dalle de la viga del techo; y en seguida, arrimándose al hueco

de la escalera y haciendo embudo sobre la boca con las manos,

gritó:—¡Inés!... ¡Inés!... ¡Allá va este... sujeto del otro día!...

Suba usted, suba usted, sin ceremonia—añadió volviéndose hacia el

indiano;—suba usted, que ella le enseñará el camino. Yo subiré en

cuanto despache aquí abajo.

Tomás Quicanes no iba tan majo como el día de San Roque. Nada de levita

negra, ni de pechera con brillantes, ni de botinas de charol: un terno

gris, de americana; calzado amarillo de suela recia; hongo obscuro,

corbata clara y cuello bajo y blanquísimo, como los puños; pero con

este traje sencillo, holgado, de buen corte y de esmerada hechura,

valía doble que con el otro el buen sobrino del difunto Mayorazgo

de Robleces. Lo mismo opinó Inés en cuanto le atisbó desde la sala

al asomar él por la portalada; y eso que la inexperta hija de don

Baltasar no pudo estimar el día de San Roque lo que había de cursi en

el aparatoso atalaje, cargado de relumbrones, del caballero del altar

mayor. Y no sólo le encontró mejor mozo así, sino más «tratable,»

más... de carne y hueso; en fin, menos temible para un apuro como «el

del otro día,» si llegaba el caso.

Es de advertirse, por si fué malicia de la neófita en intrigas de

aquella especie, que al entrar el indiano en la corralada, Inés cosía á

la parte de adentro del balcón, y que al llegar á la sala acompañándole

desde el carrejo, la sillita y los avíos de costura estaban á la parte

de afuera, es decir, en la misma solana y delante de la puerta. Ello

fué que el indiano, al verlos donde los veía, no quiso aceptar la silla

que, muy de cumplido, le ofreció Inés en la sala.

—¡De ningún modo!—la dijo.—Por las señales, estaba usted trabajando

allí; y como yo no soy de cumplido ni quiero que mi visita la sirva á

usted de molestia, se la haré á usted en la solana, si me lo permite.

—Como á usted le guste más,—respondió Inés dirigiéndose al balcón.

Otras dos observaciones por lo que valgan: Inés apartó la silla y los

cachivaches, como si les estorbaran el paso, y los colocó á un lado

y á muy buena distancia de la puerta; y el visitante había visto, al

asomar al carrejo, entre la penumbra de las inmediaciones, vagar una

silueta antipática, que era la de la Galusa.

¿Huían los dos, visitante y visitada, de una misma contingencia

desagradable, al resistirse el uno á hacer la visita en la sala, y al

estar tan bien dispuesta la otra para recibirla en lo más escondido

del balcón? Lo que no tiene duda es que en aquel sitio, deparado por

la casualidad ó elegido por la malicia, se podía echar un párrafo, no

alzando mucho la voz, sin que nadie se enterara de él, ni tampoco de la

mímica que le acompañara, como no fueran los pajaritos del aire; porque

por el pedazo de calleja que desde allí se descubría, no pasaban cuatro

transeúntes, y esos muy distraídos y torpotes, en toda una tarde de

Dios.

Yo me inclino á lo de la malicia, y de parte de entrambos; porque

también es indudable que, al comenzar la visita, ya se apuntó en cada

uno de ellos el mismo afán de llegar cuanto antes con la conversación á

un paradero indudablemente preconcebido.

Duraron poco, muy poco, en boca del visitante, y eso que no dejaba de

ser socorrido de conversación, esos preliminares de rúbrica en tales

casos, emparentados siempre, más de cerca ó más de lejos, con las

evoluciones meteorológicas, con el sistema de vida diaria y con otras

materias así; en seguida se plantó, retrocediendo de un salto, en el

día de San Roque, «de feliz y perdurable memoria para él.»

Con esto solo, ya comenzó á aletear y revolverse algo en los adentros

de Inés, y se le pusieron á la pobre los carrillitos como la misma

grana; y porque hizo un alto en la conversación el otro, y por creer

y temer ella quizás que de un nuevo salto de ideas se le largara Dios

sabía adónde, corta y novicia como era, se atrevió á tenerle á raya

preguntándole, sin dejar de coser, pero sin saber lo que cosía:

—¿Ha comenzado usted á tratar abajo con mi padre de _ese asunto_?

Por los hondos, aunque, en apariencia, lejanos enlaces que tenía esta

cuestión con la que á ella la interesaba tanto, la había sugerido

su buen instinto la idea de sacarla á relucir para los fines que se

proponía; pero fué inútil la precaución, porque no pensaba el indiano

en huir del terreno en que se había metido de un salto y de muy buena

gana.

—¿Y qué asunto es ese?—preguntó él á su vez, haciéndose el ignorante,

para tomar aquel nuevo camino que también guiaba al paradero deseado.

—El que prometió usted tratar con mi padre al despedirse en la

romería, en la primera visita que le hiciera. Creo yo que será el de la

compra de esta casa.

Y se sonreía la picaruela, como si no le creyera ya capaz de ello.

Sonrióse también el otro, y la dijo en seguida, tejiendo y destejiendo

entre los dedos de ambas manos la cadena de su reló:

—Ese asunto se quedará sin ventilar por ahora, porque se me ha puesto

por medio otro que me interesa bastante más: el de cierto huertuco...

¿Se acuerda usted?

¡Vaya si se acordaba! Pero lo negó sin maldita la conciencia; por lo

cual tuvo el otro que volver sobre lo tratado en la romería de San

Roque, sabiendo que se le engañaba descaradamente en aquella negativa,

pero aceptando con gusto el engaño para desenvolver más á sus anchas la

metáfora, algo cursi, como todas las metáforas de todos los enamorados

de este mundo, del huertuco montañés y de la rosa colorada.

Ya estaba, pues, la gran cuestión en pie, y ya dudaba Inés si seguir

cosiendo ó si dejarlo: si no cosía, no sabía qué hacer de las manos

ni de los ojos; y si cosía, se pinchaba; y cosiendo ó no cosiendo,

le andaban unas cosas por todo el cuerpo y delante de la vista, y le

subían unos calores y sentía tales ruidos en las sienes, que no podía

parar ni sosegar un punto. ¡Y se estaba todavía al principio de una

historia de la que conocía ella hasta la penúltima página! ¿Qué sería

cuando llegara el momento de aclararse el único punto que quedó sin

aclarar en la romería? ¿Cuando se la dijera terminantemente quién era

«la de Robleces?» Pero ¿llegaría á decirlo él? Y si no lo decía, ¿por

qué la atormentaba sacando á relucir de nuevo la misma historia?

¡Aprensiones disculpables en un espíritu abierto, noble y

generosamente, á las primeras llamadas del corazón, como las rosas de

la metáfora al calor de los rayos solares! Puede que resulte también

algo cursi esta otra metáfora que tomo del montón de las corrientes;

pero no hallo otra de mejor arte ni más al caso, y por eso me valgo

de ella para venir á parar á que, con todo el miedo que tenía Inés al

final de la historia, se le hacía mucho lo que tardaba en llegar á él

el relatante, y hasta temía que no llegara nunca.

En lo cual se equivocaba grandemente; porque el indiano, aunque

contando los pasos y gozándose en la contemplación del terreno que

exploraba al mismo tiempo, llegó y llegó bien; y llegando, resultó, y

así se lo dijo á Inés, claro, muy claro, aunque le temblaba un poco la

voz al decírselo, que «la de Robleces» era ella; ella, que en pocas

horas se había hecho dueña y señora de su corazón y de su vida, y más

que por la hermosura de su cuerpo, que era singular, por la nobleza y

sublime candidez de su alma, que no tenía precio.

Todo esto oyó Inés sin morirse, como lo temía desde lejos. Algo la

pasó, es verdad, que le pareció el fin de la vida; pero no por las

ansias ni los dolores ni el desconsuelo, sino por lo dulce, por lo

agradable y, sobre todo, por lo extraño; de manera que, más que muerte,

era aquello la terminación de una existencia insulsa, y el comienzo de

otra mucho más placentera y amable.

Y todo esto leyó y fué saboreando codicioso, detalle por detalle, el

afortunado galán, en el mirar turbado, en el respirar anhelante y en el

casto y dulcísimo abandono de todo su sér, con que la pobre novicia,

sin voz ni energía en su garganta para responder con palabras, reveló

claramente las tempestades de su pecho.

* * * * *

Sucedió después una cosa bien extraña. Á fuerza de contemplar

embebecido á Inés, acabó el singular enamorado por mirarla, más que

como triunfador satisfecho de su hazaña, como temerario que lamenta,

con honrado corazón, el estrago irremediable de una ligereza. En

seguida, como para intentar una prueba en que deseara ser vencido,

tomó, suave y cariñosamente, una mano de Inés entre las suyas, y la

preguntó sin dejar de contemplarla:

—¿Sería usted capaz de hacer un sacrificio por mí?

—Hasta el de la vida,—respondió temblando Inés, no con palabras, sino

en una mirada que se fué alzando poco á poco hasta difundirse en la

amorosa y á la vez compasiva del otro.

El cual, entendiendo bien la respuesta, añadió:

—Pues la voy á pedir el único con que no contaría usted entre todos

los que puede haberse imaginado: que guarde, como en el secreto de la

confesión, lo que acaba de pasar entre nosotros... hasta que yo la diga

cuándo es la hora de publicarlo á voces. Le pido á usted esto, que

sólo por pedirlo yo en tal ocasión ha de parecerle sacrificio, y bien

extraño, por el amor que siento por usted, y delante de Dios la juro

que es verdadero y grande. Hemos de hablar á menudo de estas cosas, y

todo se aclarará cuando se deba.

Se levantó momentos después; se despidió «hasta luégo» con todos los

miramientos, entusiasmos y delicadezas que el caso requería; y sin que

el Berrugo pareciera por allí ni por las inmediaciones, fuése.

Inés recibió su última despedida desde la portalada, y cayó en seguida,

transfigurada y absorta, en las honduras de su pensamiento, que era un

volcán; y todo, todo lo creyó posible, menos que aquel hombre fuera

capaz de engañarla.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXV

ANALES DE TRES SEMANAS

La Puchera · 第 21 / 28 段