Puestas aquí las cosas, hizo animadas pinturas, verdaderas ó

fantásticas, de las gentes y costumbres de por allá, tan distintas de

las españolas; pero las que le merecieron grandes preferencias fueron

las norte-americanas. Sobre estas gentes y costumbres habló largo y

tendido, y sacó á relucir todo el catálogo convencional que existe ya

consagrado por el uso, de las enormidades, en lo malo y en lo bueno, de

los supuestos «bárbaros de la civilización:» lo de los ferrocarriles

tendidos sobre cuatro estacas podridas encima de un abismo horroroso;

lo de las casas con ruedas; lo de las cuadrillas de foragidos europeos

convertidos allí, en un par de meses, en hombres honrados y poderosos;

lo de las ciudades de cien mil almas con monumentos grandiosos, creadas

en año y medio donde antes no había más que un bosque virgen plagado de

_Pieles rojas_; lo de las señoritas que viajan sin otra compañía que el

revólver, á quienes todo el mundo respeta mientras ellas se mantengan

dentro de las leyes de esa nueva orden de caballería de doncellas

andantes, etc., etc., etc., para venir á parar á que el pueblo

_yankee_, dijérase lo que de él se dijera, y casi siempre por censores

que no le conocían, era un gran pueblo...

—¡Niégolo en redondo!—dijo de repente la voz iracunda y retumbante de

Marcones, que ya estaba hasta la coronilla de la charla del de Nubloso,

de sus miradas á Inés, de la fascinación con que ésta le atendía, y de

la importancia que daban al charlatán los otros dos papanatas que le

tiraban de la lengua.

El indiano se quedó suspenso ante la embestida feroz del seminarista;

don Baltasar estuvo á pique de tirarle con un vaso; don Elías se hacía

cruces mentalmente, y á Inés se le bajaron los colores de la cara.

Más sereno que todos ellos el indiano, preguntó muy fino, y hasta

risueño, al de Lumiacos:

—Y ¿por qué lo niega usted?

—Lo niego—respondió Marcones, verde y convulso, á causa de no haber en

derredor suyo dos ojos que le miraran bien,—porque tengo razones para

negarlo.

—Y ¿cuáles son esas razones?—volvió á preguntar el otro.

—La primera y la principal... la única, si usted quiere, es que no

merece el nombre de grande, por rico y poderoso que sea, un pueblo de

masones sin religión.

—Y ¿quién le ha dicho á usted que ese pueblo es así?

—Todo el mundo lo sabe.

—No basta esa razón, porque con la misma puedo replicarle yo á usted

que todo el mundo se equivoca. En los Estados Unidos hay religión, y

muy bien observada, aunque no sea la nuestra, que también abunda; y en

cuanto á lo de la masonería, podrá haberla allí como en cualquiera

otra parte; pero eso ¿qué? También por acá abunda, á juzgar por lo que

nos dijo hoy el predicador; y, sin embargo, bien cacareó la grandeza de

España, sin que protestara usted.

—¡Es muy distinto el caso, señor mío! España siempre será España, ¡la

patria de Pelayo y de Recaredo!; y si nos aflige también esa peste,

cuénteselo usted á los escocidos con el sermón de nuestro gran orador,

que tanto la defienden, porque... ellos se entenderán.

—No conozco á esos escocidos ni á esos defensores de esa peste, ni

aunque los conociera les iría con el cuento: no por ser de usted, sino

porque no vendría muy al caso; pero ciñéndonos al que usted ha sacado á

relucir, ¿por qué ha de poder llamarse grande á España con masones, y

no á los Estados Unidos con masones también?

—Porque esos Estados Unidos son unos herejes dejados de la mano de Dios.

—¡Dejados de la mano de Dios!... Y ¿cómo se explica entonces su gran

riqueza y su gran prosperidad?

Aquí se infló Marcones y se bañó toda la caraza en una sonrisa

triunfal: le había venido á la memoria un latinajo contundente, y le

iba á lanzar sobre el indiano, como pudo lanzarle el plato recién

desocupado de garbanzos con verdura, que tenía entre las manos:

—Porque—gritó desaforadamente,—_Oportet heresses esse._

—¿Lo cuál quiere decir?...—preguntó el de Nubloso muy

tranquilamente.—Porque le confieso á usted, sin rubor, que no entiendo

jota de latín.

—Ya, ya me he ido haciendo cargo—replicó en tono burlesco

Marcones.—¡Así va ello!

—¿Quiere usted decirme—preguntó el indiano, con cierta sorna,—que sin

saber latín no se puede hablar de lo que se ha visto en el mundo?

—Lo que yo digo y repito—añadió Marcones con voz retumbante y ademán

airado,—es que los Estados Unidos son un pueblo de herejes y de

masones, y que, en buena conciencia católica, no puede tomarse la

defensa de él sin incurrir en gravísimo pecado.

El de Nubloso soltó la carcajada, y don Elías poco menos; Inés estaba

disgustadísima, mirando tan pronto al uno como al otro contrincante.

Afortunadamente enfrió don Baltasar en aquel momento los ímpetus del

pedantón, con una entrada de las suyas.

—El pecado gordo, zanguangón de los demonios, será el del obispo que

te ordene á tí, si piensas oficiar de predicador de esa manera. ¡Pues

dígote que habrá que oirte con paraguas!...

—Yo acepto la reprensión, señor don Baltasar—respondió Marcones, lívido

de ira reconcentrada, de rencor y de despecho comprimidos,—por ser

de usted; pero no porque sea justa ni haya venido por los trámites

exigidos en buenas reglas de moral. Y ahora, conste que quedo

maniatado, pero no vencido.

—Y ¿no te queda en el morral—preguntóle el Berrugo con una voz y un

gesto que eran dos cuchillos,—algún latinajo sobrante para acabar de

tendernos boca arriba?... ¡Vaya con los sacristanes de Lumiacos, que

van á matar moros á hisopadas!

—Yo reconozco, don Baltasar—dijo el indiano interviniendo de muy buen

humor en esta pelea á sartenazos,—que el señor estuvo en su derecho al

ponérseme de frente del modo que lo hizo. Túvome, quizás, por uno de

los apestados á que se refería el sermón de esta mañana, y ha cumplido

con su deber saliéndome al encuentro con los puños cerrados. Porque,

si yo no era el masón y el espiritista, ¿quién había de serlo en aquel

montón de fervorosos aldeanos, hartos de majar terrones? Y si no lo

dijo para que se le entendiera, ¿para qué lo dijo? ¿No es así, señor

seminarista? Pues pelillos á la mar de todas suertes; y vamos á firmar

las paces ahora mismo bebiendo los dos á la salud de esta hermosa

señorita, á quien hemos respetado bien poco haciéndola testigo de una

porfía sobre puntos que no valen junto á ella dos cominos... Conque

arriba el vaso, señor teólogo...

—¡Y el mío también, aunque por él no se pregunte!—exclamó entonces don

Elías, entusiasmado y nervioso, alzando el suyo, que le temblaba en la

mano.

Con esto, el de Lumiacos, no pudiendo ya alegar decorosamente la

sutileza con que pensaba eludir el compromiso en que le ponía el

indiano, á quien detestaba y maldecía en sus adentros, levantó también,

aunque algo á rastras, su correspondiente vaso. Bebieron los tres

comensales: Marcones, como si bebiera solimán. Y ¿cómo no, si conocía

la treta del pícaro indianete para hacer por recodo aquella fineza

á Inés, y estaba viendo que, aunque entre congojas y trasudores,

la aceptaba la pícara y le acusaba el recibo con los ojos! Y su

padre, ¿por qué se había quedado hecho un papanatas y como quien ve

visiones? ¿Cómo toleraba aquel escándalo? ¿Para cuándo guardaba sus

despachaderas? ¿Por qué tan groserote y desengañado con él, y tan

complaciente y baldragas con el bribón de Nubloso?

Como si el indiano hubiera leído al seminarista estos endiablados

pensamientos, le saludó muy risueño con el vaso después de apurarle; y

en seguida, lo mismo que si nada hubiera ocurrido, se volvió hacia el

médico para preguntarle por las condiciones higiénicas de Robleces, y

qué dolencias eran las que se padecían de ordinario en el partido.

Á lo que proveyó don Elías cumplidamente, después de carraspear un poco

y de contonearse en la silla, buscando la requerida actitud. Sobre lo

primero, afirmó que no había en la tierra punto más sano que Robleces;

y á lo segundo, respondió que las enfermedades más comunes allí eran la

_lijadura_, el _padrejón_, el _paralís_ y las del _arca_.

—Veo con placer—dijo el indiano, sin intención aparente de burlarse de

don Elías,—que la ciencia ha adoptado al fin la nomenclatura vulgar de

estas buenas y sencillas gentes.

—No, señor—respondió el candoroso médico:—somos nosotros los que nos

hemos acomodado á ella, en la necesidad de tratar á estos enfermos á su

gusto.

En esto llegó á la mesa el gallo en pepitoria; y mientras Inés le

repartía entre los comensales, don Baltasar cantó la vida y altos

merecimientos de aquel animalejo, que dejaba en el corral cinco

generaciones de su ilustre casta. ¡Así estaban de negros y correosos

sus venerables pedazos!

Después comenzó el indiano, que tenía buena memoria, á preguntar por

ciertos sujetos que él había conocido allí siendo niño, y también

fué don Elías el que llevó el peso de las respuestas, porque, con

ser forastero, sabía de las cosas y personas de Robleces, presentes

y pasadas, mucho más que todos los que le acompañaban á la mesa. Por

ejemplo:

—Y ¿qué fué de aquel tío _Carrancas_, muy devoto, que rezaba por

delante el Calvario alrededor de la iglesia?

—Á ese tío Carrancas no le alcancé yo, ni á su mujer, que le pegaba

á menudo; pero sí á su hijo Manuelón, que casó con la _Silguera_...

Tuvieron tres ó cuatro de familia, y por ahí andan padres é hijos

matando el hambre como Dios les da á entender.

—¿Y en qué vino á parar la famosa _Murciégala_, que era tenida aquí por

bruja? ¡Qué miedos me hizo pasar á mí, la condenada de ella, con aquel

refajo negro sobre la cabeza y aquellos ojos chiquitines y relucientes,

hundidos allá dentro!

—Esa pagó lo que debía, aunque un poco tarde—dijo don Baltasar,

quitando la vez á don Elías, porque en materia de brujas era creyente á

puño cerrado.—La muy arrastrada, ¡cuántos daños hizo en el lugar!...

—¿La Murciégala, eh?—añadió el médico inmediatamente á lo dicho por el

Berrugo.—¡Buena alhaja! ¡buena de veras! Estas manos la extendieron el

pasaporte.

—Pero, hombre—exclamó el indiano,—¿cómo puede ser eso, si la dejé yo

hecha un carcamal cuando me fuí de Robleces?

—Pues ese carcamal fué tirando hasta los noventa y tantos años, y

hubiera tirado hasta los noventa mil, por no haber enfermedad conocida

capaz de acabar con él.

—¿Cómo acabó entonces?

—De una tunda de órdago que la dieron una noche.

—¿Quién?

—Jamás se puso en claro que fueran manos mortales, por lo que se cree

que el negocio fuera cosa de entre ellas.

—¿Entre quiénes?

—Entre las del unto y la escoba, por piques del oficio, ¡ó vaya usted á

saber! Lo cierto es que mano de hombre no es capaz de poner un cuerpo

en el estado de molienda en que yo ví el de aquel demonio cuando fuí

llamado á eso por la autoridad. Debajo de la cama estaba, como una pila

de basura.

—¡Qué barbaridad!

—No habiendo amaño posible para aquel saco de huesos en polvo, se le

dió la Extrema, y _laus Deo_. Le aseguro á usted, señor de Quicanes,

que si no acaba de aquel modo ó de otro parecido, hoy se encuentra

usted á la Murciégala en Robleces, tan campante y tan bruja como en sus

mejores tiempos. ¡Qué pelleja de los demonios la suya! ¡Y el benditón

de don Alejo que todavía se sulfura cuando se le menciona el caso, y

truena contra la Justicia, porque dice que no cumplió entonces con su

deber... ni yo tampoco, por no haber dado cuenta del estropicio al

juzgado correspondiente! ¡Me asan, señor de Quicanes; me asan vivo

estos inocentes de Dios, si me propaso á semejante cosa!

—¡Pues vaya, señor don Elías—dijo alzando el vaso el indiano, quizá

por no exponerse á que le asaran á él allí si predicaba cuanto se le

estaba ocurriendo sobre el particular,—un trago al descanso y sosiego

perdurables de esa infeliz pecadora, que tan molida acabó!

—¡Eso sí, voto al chápiro!—respondió el médico, á quien ya le

chispeaban los ojos,—que yo no soy hombre de llevar los rencores más

allá de la sepultura.

Bebieron los dos mirándose cara á cara, y dijo en seguida el de Nubloso:

—Y ahora, para concluir de molestarle con preguntas, respóndame á la

que se me pone entre los labios. Cuando me marché de aquí, comenzaba á

cobrar el barato en el pueblo y á bullir mucho en el ayuntamiento, un

tal _Planchetas_. ¿Qué ha sido de él?

—Pues el Planchetas—respondió don Elías muy hueco, porque cuanto más

le preguntaba el otro, más le regalaba el gusto,—acabó como debía: en

punta. ¿No es así, señor don Baltasar? El Planchetas, realmente era

hombre bien acomodado, para lo que aquí se usa. Tenía sus tierras, su

casa, sus ganados... todo propio. Era fachendoso de suyo; pensó que

aquel pasar daba para los imposibles, y ahí le tenía usted luciendo

la persona en todas partes... Feria va, mercado viene, petulancia por

aquí, mangoneo por allá; y lo que era peor: comiendo á menudo fuera de

casa, ¡y qué comer! Á lo príncipe: en las mejores tabernas, y échese y

no se derrame; ¡y vengan chorizos á todas horas, y demonios colorados!

En fin, hasta que se arruinó. Si no mienten mis informes, el señor

don Baltasar le sacó de los últimos apuros... ¿Me equivoco, señor don

Baltasar?

El cual no respondió á la pregunta del médico, porque llegaron en aquel

instante, conducidos por la Galusa y la otra criada, la media fuente y

los tres platos hondos repletos de arroz con leche; y en cuanto los vió

en la mesa el indiano, exclamó, sin poderse contener:

—¡Dichosa edad y tiempos dichosos aquéllos en que este dulce manjar

era mi mayor deleite!... Y perdone el señor estudiante de Lumiacos que

yo me permita aplicar aquí este mal zurcido remiendo de mi erudición

profana. He gastado muchísimo dinero en libros españoles de ameno y

provechoso entretenimiento, y me sé el _Quijote_ de memoria. Usted,

que le conocerá tan bien como yo, sabrá con qué frecuencia ve uno

reflejados sus propios actos y sentimientos en aquel fiel espejo de la

vida humana.

—Yo no gasto el tiempo en leer paparruchas—respondió el seminarista,

que verdeaba.—Le necesito para estudios de más fuste y de mayor alcance

moral...

—Pues hace usted bien,—respondió muy fresco el indiano.

—Sobre todo, por lo que le engorda,—añadió el Berrugo, que

indudablemente tenía algo de tirria al sobrino de su criada...

Inés se condolía mucho del mal trato que se daba allí á su profesor,

cuyas amarguras adivinaba; pero don Elías se frotaba las manos debajo

de la mesa á cada apabullo que sufría el pedantón.

Mientras el arroz se repartía, dijo el Berrugo:

—Aplíquense á esto todos los convidados, porque es lo último; y Dios

sabe cuándo volverán á verse en otra: á lo menos en mi casa.

—Pues por lo que á mí toca—dijo el perfumado Quicanes, que dominaba ya,

á su discreción, el concurso con Berrugo y todo, dirigiéndose á Inés,

que le servía,—cargue usted sin duelo... y sin perjuicio de los demás,

se entiende; pero á condición de que de lo que me sirva, ha de aceptar

después la primera cucharada, que yo le ofreceré como tributo de mi

reconocimiento y de mi admiración.

Inés, que le servía del arroz de la media fuente, en cuanto oyó las

primeras palabras del apóstrofe, dejó á medio llenar el plato que tenía

en la mano izquierda, y tomó uno de los hondos que vinieron llenos

de la cocina. Á entregársele iba al afable convidado, cuando éste la

espetó la condición de la cucharada como tributo. ¡Y allí fué el apuro

de la infeliz! Vaciló unos momentos, roja de vergüenza y temblándole la

mano; pero al fin, echando también á broma el lance, alargó muy risueña

el plato al otro, que le esperaba afilándose las guías del bigote y con

los ojos muy parleteros, y le salió al encuentro alzándose de la silla.

La de Marcones crujió en el mismo instante, como si la estuvieran

haciendo polvo. Don Elías aplaudió á grito pelado, y el Berrugo ya no

sabía qué pensar de aquellas cosas.

Concluído el reparto del arroz con leche, Inés y el indiano cumplieron

honradamente sus mutuos compromisos: ella entre congojas de cortedad,

pero sin repugnancia maldita, y él... ¡figúrenselo ustedes!

Por remate de todo ello, sacó el tal una vistosa petaca de piel de

Rusia con grandes cifras de plata, llena de puros de gran vitola,

con los cuales brindó á cada uno de los tres comensales; pero ni don

Baltasar ni el médico fumaban; y en cuanto á Marcones, rechazando con

irónica modestia la petaca del indiano, sacó él otra de suela, muy

resobada y con mugre, y le dijo, eructando, y mientras la abría y

asomaban dentro de ella unos papelillos arrugados:

—Gracias, yo no lo gasto tan fino.

Y se puso á liar un cigarro, con el relativo consuelo de pensar que con

aquel último trámite de la comida, acabarían las estomagadas de bilis

que estaban martirizándole. Pero tampoco le salió la cuenta por allí;

porque el diablejo del indiano, ayudado de don Elías, consiguió que

Inés los aceptara por acompañantes para asistir á la procesión de la

tarde y después á la romería. ¡Y el Berrugo que lo toleraba en paz y

hasta se había brindado á ir con ellos!

Acordado así, don Baltasar, para hacer tiempo, se fué á sus rondas de

costumbre por cuadras y corrales; Inés á sus quehaceres, y Marcones,

por de pronto, á desfogar con su tía, ¡que también tenía que oir! las

bilis acumuladas.

El indiano y el médico permanecieron solos unos instantes en la mesa,

apurando los restos del blanquillo que quedaba en el fondo del botellón.

—Y ¿qué nos hacemos nosotros dos ahora, señor don Elías?—le preguntó

el indiano mientras se lavaba las puntas de los dedos en el agua

de su vaso, y después de limpiarse esmeradamente los labios con la

servilleta,—¿Adónde iremos, sin estorbar á nadie?

—Sospecho—respondió don Elías,—que en el balcón del saliente debe de

correr ahora un vientecillo muy agradable y hasta digestivo... Podemos

ir allá si le parece.

—¡Gran idea, señor don Elías!

Andando los dos hacia el balcón y guiando el médico, que conocía bien

el camino, dijo al otro, arrimando mucho la boca á su oreja:

—¡Menudos revolcones ha llevado hoy, señor de Quicanes, el pedantón

ese! ¡Buenos fueron los que le dió en seco don Baltasar; pero los

de usted por lo fino!... La Inés se bañaba en agua de rosas... Es

natural...

—¿Por qué?

—Porque no le puede ver... casi me lo ha dicho á mí ella misma... ¡Pues

podía no ser así! ¡Una moza de órdago como la Inés!... ¡Para el zoquete

de Lumiacos estaba!

—¿Cómo es eso, cómo es eso?—preguntó aquí con viveza y gran interés el

indiano.

—Verdad que usted no está en autos—dijo el médico, muy satisfecho y

orondo.—Pero esto no es para hablado aquí.

Apretaron el paso; llegaron al balcón, donde, en efecto, corría un

nordeste muy delicioso; sentáronse, y continuó de esta suerte el

médico, mientras el indiano, sin apartar la atención de las palabras de

don Elías, recorría con los ojos el hermoso panorama que se descubría

desde allí:

—Pues el pedantón ese anda tras el gato del Berrugo.

—¿Y quién es el Berrugo?—preguntó el de Nubloso, después de arrojar de

su boca una espesa nube del humo de su aromático cigarro.

—El Berrugo es don Baltasar—respondió muy bajito el médico.—Le dan ese

mote por lo hebra que es y lo... Pues bueno: el Berrugo es riquísimo,

señor de Quicanes.

—¿Lo cree usted así?

—Le digo á usted que poderoso.

—Y ¿de qué modo trata de heredarle el seminarista?

—Casándose con Inés.

—¡Casándose con Inés! ¿Pues no estudia para cura?

—Estudiaba, señor de Quicanes, estudiaba; pero hace meses lo dejó...

ó le dejaron. Con la disculpa de dar lecciones de primera enseñanza

á Inés, viene aquí todos los días, para ver si se va colando poco á

poco... Amaños del zanguango con la pícara de su tía, la Galusa...

El Berrugo no sabe jota de ello; y por el trato que le da hoy, puede

usted calcular lo que ocurriría si el gandulote se llegara á explicar

más claro... ¡Y el pedantón no cae en la cuenta ni en la mala voluntad

que le tiene la Inés, y sigue erre que erre!... Pues ¿por qué se le

figura á usted que fué el estampido suyo cuando aquello de los Estados

Unidos? ¡Bastante se le da al hijo de su padre porque haya herejes allá

ó deje de haberlos!... Con el zancarrón de la Meca apechugaría él si,

haciéndose moro, aseguraba la puchera.

—Pues ¿qué mosca le picó entonces?

—El estar usted llevándose las preferencias de todos, y en particular

las de Inés. Las cosas claras, señor de Quicanes.

—¡Bah!—respondió éste aparentando dar poca importancia á las noticias y

pareceres de don Elías.—Cosucas de aldea.

—Hombre—dijo el médico, cambiando súbitamente de actitud, de tono y

de temperatura,—y á propósito de esos Estados Unidos y de esas otras

tierras lejanas de que nos hablaba usted: ¿conque tan bonitas son esas

mujeres de por allá?

—De primera, señor don Elías, ¡de primera!—respondió el interpelado,

después de mirar al médico con cierta extrañeza maliciosa.

—Pues vamos á echar un párrafo sobre ese particular, señor de Quicanes,

para hacer tiempo.

—¡Hola, hola!—exclamó Quicanes, mirando con socarronería al

médico.—¿Esas tenemos también?

—¡Juego limpio, señor de Quicanes, gracias á Dios!—dijo don Elías

humildemente.—Pero, créame usted: aquí vivimos en pura tiniebla sobre

las cosas del mundo, y no disgusta un recreillo de palabra de vez en

cuando. Por lo demás, ¡á buena parte viene usted, señor de Quicanes!

—Pues vaya el párrafo,—dijo éste, acomodándose mejor en la silla en que

estaba meciéndose.

Y hablando él y mintiendo á más y mejor, hecho ojos y oídos, don Elías,

y sonando sin cesar el repiqueteo de las campanas de la iglesia, fué

pasando el tiempo, y llegó el Berrugo á advertirles que Inés estaba

pronta y esperando para ir á la procesión.

En lo más obscuro del pasadizo tocó don Baltasar al médico en el

hombro; detúvose allí unos instantes con él, y le preguntó en son de

chunga:

—¿Y cómo va el negocio de los molinos?

—¡Ya pareció el dinero!—pensó don Elías, vuelto de pronto á la realidad

de sus estrecheces.—Para eso me convidó á comer. No es tan malo este

hombre como se le cree.—Pues el negocio de los molinos—respondió en voz

alta,—en el estado en que le dejamos aquel día, señor don Baltasar. Ya

usted ve: falta la guita...

—Pues yo—le añadió el Berrugo,—sigo en mis trece: en cuanto descubra el

tesoro, con las señas que usted me dió, le pongo en la mano los cuatro

mil duros... ¿No son cuatro mil?...

—Sesenta y dos mil reales solamente, según mis cálculos,—respondió el

médico, de mala gana ya.

—En fin, lo que sea—añadió el Berrugo.—Hombre, y á propósito: ¿ha

vuelto usted á ver á la fantasma de la linterna?

—He visto la fantasma—respondió el médico algo crispado;—pero sin

linterna y á media tarde, en el callejo de los Mulos; y nada me dijo

sobre ese particular ni sobre ningún otro.

Soltóle el Berrugo una risotada que era para el pobre médico una

zambullida en agua de diciembre, y se largó detrás del indiano, que

aguardaba en el crucero de los dos pasadizos. Don Elías le siguió algo

cabizbajo y diciendo para sí:

—Verdaderamente es incurable la indecencia de este hombre.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXII

EXAMEN DE CONCIENCIA

Corta de genio Inés y modestísima como era, no estaba pesarosa de que

la gente la viera en público acompañada del caballero del altar mayor,

norte de todas las miradas y tema de todas las conversaciones de aquel

día en Robleces, por la mañana y por la tarde; particularmente por la

tarde, cuando se vió al caballero que tanto había llamado la atención

en el presbiterio, cosido á las faldas de la hija de don Baltasar, y á

don Baltasar detrás de los dos, y con don Baltasar, el médico. ¡Cosas

más raras!

Así fueron á visitar al santo, que estaba en el cuerpo de la iglesia

con todos los perifollos de por la mañana, y á echar unas monedas

de cobre en el platillo que había sobre las andas, y después á la

procesión, mucho más larga que la otra, pero con las mismas cantadoras

y los propios danzantes, hechos ya una porquería de polvo y de sudor,

mas no rendidos; y el campaneo y los cohetes y la muchedumbre fervorosa

de por la mañana, y otro tercio más de la gente forastera que había

venido á la romería. Los curas de Piñales y de Campizas, que habían

comido con don Alejo, le acompañaban en la procesión, y Quilino, con

un librón abierto entre manos, les hacía el tiple en sus cánticos, á

los que contestaba el público á cada instante con un clamoroso «_ora

pro nobis_.» Al predicador de Pandos, después de comer también con don

Alejo, se le había visto salir de Robleces, á medio galope del tordillo

que montaba, en dirección á su pueblo.

Si á don Elías se le hubiera permitido satisfacer su gusto en toda

regla, mientras la procesión iba por lo más hondo de la carrera que

seguía, se hubiera encaramado él en el tejadillo del porche de la

iglesia; y después de mandar que cesara el ruido de las campanas y

el de los cantores y el de los cohetes y hasta el de las hojas que

removía el nordeste en bardales y cajigas, habría referido á voces,

á la muchedumbre detenida allá abajo, la historia del caballero del

altar mayor, teniendo buen cuidado de añadir que aquella historia no la

habían sabido hasta entonces más que él y la familia de don Baltasar.

La Puchera · 第 18 / 28 段