somos así todos, grandes y chicos, cultos é ignorantes. Vivimos de
impresiones, y nos merece mayor devoción el santo de más lejos... El
caso es, para acabar pronto, que soy Tomás Quicanes, el sobrino del
Mayorazgo de Robleces. Fui á la Habana; trabajé veinte años allí,
procurando repartir bien lo que ganaba entre el regalo del cuerpo y el
del espíritu, á lo cual debo esta poca luz que traigo en la cabeza; es
decir, porque no se tome á tonta vanidad, el no volver tan á obscuras
y tan romo como salí de aquí. Agenciéme honradamente un capitalito; un
pasar: vamos, para la puchera, como se dice por acá, y víneme resuelto
á comerla sosegadamente en la tierruca, después de haber corrido una
buena porción del mundo que no conocía. Un mes hace que llegué á la
Montaña, y dos días que vine á Nubloso, donde no me queda otra familia
que un primo lejano, más rico que yo, puesto que es enteramente feliz
con los cuatro terrones que labra y la fecunda mujer que le da un hijo
cada año. Con esa familia vivo mientras otra cosa resuelvo: tirábame
mucho Robleces, por ser mi pueblo adoptivo; era hoy la fiesta de su
patrono, á cuya imagen tantas veces quité el polvo y canté coplas de su
novena ayudando á don Alejo, como ahora le ayudan los dos acólitos, y,
por cierto, con atalajes que no me pusieron á mí nunca, porque entonces
no se usaban esos lujos en iglesias como las de este lugar; vine á la
fiesta, ocurrió lo que ustedes saben; y dejando para otra ocasión el
regalo de darme á conocer á don Alejo, lleguéme á esta casa, donde he
tenido el honor de referir lo que en el pueblo no sabe á estas horas
nadie más que ustedes.
—Pues vea usted, señor mío—dijo el Berrugo después de unos instantes de
silencio:—no me pesa que el caballerete del altar mayor haya resultado
sobrino de mi amigo el Mayorazgo, ni que haya sido afortunado en sus
negocios en la otra banda; porque de ser cierto que hay dinero por el
mundo, cosa que nos parece cuento aquí por la miseria en que vivimos,
más vale que caiga algo de ello en manos conocidas. Así lo siento y así
lo digo.
—Y yo acepto ese sentir con todo el aprecio que se merece, señor don
Baltasar.
—Eso me es enteramente igual, amiguito, con franqueza; quiero decir, el
que me aprecie ó no me aprecie lo que le he dicho. Á mí me basta para
galardón de mis sentimientos, el gusto de no atragantarme con ellos. Y
dejando estas coplas á un lado, ¿qué otra cosa se le ofrece á usted por
aquí, en que podamos servirle?
Á esta pregunta se sonrió el indiano; bajó un poquito la cabeza y se
golpeó varias veces el muslo con el sombrero. Después le cogió con
ambas manos, cruzó los pies; y volviendo á mirar, siempre muy risueño y
oloroso, á don Baltasar, le dijo:
—Si le contestara á usted que nada se me ocurre, señor don Baltasar,
más que satisfacer el gusto, medio satisfecho ya, de respirar el
aire de esta casa, tan llena de recuerdos para mí, y de ponerme á las
órdenes de sus afortunados dueños, no contestaría toda la verdad.
—Pues, por si acaso era así—repuso el Berrugo,—le he preguntado á usted
que en qué otra cosa podíamos servirle.
—Hay otra cosa, en efecto—replicó el indiano, tomando nueva postura
en la silla, no menos airosa que las anteriores,—en que usted podría
hacerme un servicio superior á todo encarecimiento; pero de esa cosa
no venía enteramente resuelto á tratar hoy, porque ni es de urgencia
inmediata, ni el momento que he aprovechado para saludar á ustedes da
para ello.
—Pues yo le voy á dar á usted—dijo el Berrugo,—otra prueba de lo netas
que las gasto, declarándole que con eso que acaba de decirme me ha
metido en grandes ganas de conocer esa cosa que usted desea.
Rióse aquí de todas veras el indiano, volviendo un instante los ojos
hacia Inés, que no estaba menos picada de la curiosidad que su padre, y
respondió:
—Ese declarado deseo de usted, señor don Baltasar, me obliga á
romper las consideraciones que me detenían, y voy á satisfacérsele
inmediatamente; pero á condición de que, por anticipado, me perdone
usted, si tengo la desgracia de mortificarle algo el puntillo que tan
sensible es en todas partes, y singularmente en esta tierra; yo, por de
pronto, le aseguro que si creyera que en lo que voy á proponerle había
motivos racionales de mortificación para usted, no se lo propondría...
—¿Quiere usted—saltó el Berrugo muy impacientado ya,—dejarse de jarabes
de confitería, y decirme en las menos palabras que pueda, y á la
pata-la-llana, lo que pretende de mí?
—Pues pretendo—respondió el sobrino del Mayorazgo, sorteando con
soltura y gracia aquellas impetuosidades de su interlocutor,—y por
supuesto, señor don Baltasar, pura y simplemente como por ansias del
corazón, como por antojo de enamorado sensible...
—¿Otra vez á la confitería?—exclamó el Berrugo, casi levantándose de la
media silla que ocupaba.
—Ayúdeme usted, Inesita, por caridad—dijo el indiano entonces,
envolviendo á la suspensa joven en una mirada muy risueña y en una
nueva onda de fragancias;—ayúdeme usted á contener la noble sinceridad
de su señor padre, que no me deja ser tan cortés y respetuoso como yo
quisiera y él se merece...
Pero como Inés no le respondía más que con sonrisas, muy dulces, eso
sí, y con pellizcos á la falda del vestido, y las impaciencias de su
padre crecían por momentos, el indiano añadió en seguida volviéndose
hacia don Baltasar:
—Puesto que usted lo pide neto y sin repulgos, allá va tan neto y claro
como la luz del sol: deseo comprar esta casa. ¿Me la quiere usted
vender?
—¡Demonio!—exclamó el Berrugo alzándose media cuarta sobre el asiento,
mientras Inés le miraba con el asombro pintado en los ojos.—¡Venderle
yo esta casa!
—Es una proposición como otra cualquiera, señor don Baltasar—dijo
el indiano, dominando perfectamente la escena con sus aires de gran
personaje.—La quería usted clara, y clara se la he expuesto... Los
motivos, ya le he indicado á usted cuáles son... motivos que llama
usted, con suma gracia, de confitería; pero que en un hombre de mis
ideas y de mis sentimientos, pueden mil veces más que todas las pompas
de la tierra... En cuanto al precio, el que usted fijara. No creo que
fuera tan alto que pasara de ciertos límites, ni yo me considero tan
pobre que no pudiera pagarle á usted, hasta con réditos, las ganas,
como sería justo. ¿Es esto hablar claro también, señor don Baltasar?
Creo que sí. Pues ahora, si en ello hay algo que pueda mortificarle á
usted, bórrese, olvídese... y como si no hubiera dicho nada.
—¡Qué demonio he de ofenderme yo por esas cosas!—respondió el Berrugo,
que estaba entonces en sus glorias.—¡Á buena parte viene usted, hombre!
¡Ni que se tratara de una puñalada por la espalda!... Sépase usted,
para en adelante, que yo soy de los que creen que hay derecho para
proponer la compra de cuanto se le ponga á uno por delante; más creo:
creo que el comprar ó no comprar lo que se desea, sólo es cuestión de
precio. Y esto no lo digo por empezar á subirle el de mi casa, sino
como regla que profeso en la materia, por razón de lo que llevo visto y
observado.
—Sin decirle ahora, señor don Baltasar—replicó el indiano, que andaba
tan atento á las impresiones reveladas en Inés, como á las palabras
de su padre,—hasta qué punto estoy de acuerdo con esa regla de usted,
yo me felicito, por lo pronto, de que la proposición que he tenido
el honor de hacerle no le haya mortificado lo más mínimo. Y esto
declarado, me atrevo á pedirle á usted permiso para dirigirle otra
pregunta.
—Ya está usted haciéndomela,—contestó el Berrugo.
—Lo que usted me ha dicho respondiendo á mi proposición, ¿significa que
queda aceptada en principio?
—¡En principio! ¡en principio!—recalcó el Berrugo en tono
desdeñoso.—En principio están en venta, bien dicho se lo tengo, todas
las cosas de este mundo, hasta la honra de las gentes; ¡y no había de
estarlo esta humilde casa, aun sin los deseos que usted tiene de ella?
¡Pues, hombre!...
—Entendido, y muchas gracias, señor don Baltasar. Y ahora, siquiera
por lo que el asunto parece disgustar á esta señorita, le pido á usted
el favor de que no se hable más de él hasta que las circunstancias lo
reclamen; pero con la advertencia, entiéndalo usted bien, Inesita, de
que ni ese gusto ni otro alguno mío, daré yo por satisfecho á costa de
la menor pesadumbre para usted.
—Mi hija—replicó el Berrugo mirando brutalmente á Inés,—no suele
permitirse los lujos de apesadumbrarse por cosas que son del gusto de
su padre. ¿No es cierto, Inés?...
Y la pobre, perdiendo de repente todos los colores de su cara,
respondió tímidamente que sí.
Á este incidente siguieron frases muy superfinas y corteses del
indiano, enderezadas, tanto como á templar las crudezas del padre,
á quedar él bien acreditado en el concepto de la hija; hasta que al
cabo de otra buena ración de palabras sin substancia, cambiadas con el
Berrugo, sacó el deslumbrante reló, miróle, púsose de pie y dijo:
—Estoy abusando de la bondad de ustedes hace rato: es más tarde de lo
que yo creía... quizás iban ustedes ya á comer...
—Pues á propósito—interrumpióle el Berrugo, que aquel día estaba en
vena de despilfarros,—¿por qué no come usted con nosotros? Es ya tarde:
desde aquí á Nubloso hay una buena tirada; y además, ó somos ó no somos
de la casa, como quien dice...
—¡Oh, señor don Baltasar!—respondió el sobrino del Mayorazgo,
haciéndose una pura miel.—¡Tanto favor para mí!... ¡Tanta molestia para
ustedes!... Yo no sé si debo...
Y en esto miraba á Inés, la cual parecía decirle con la expresión de
sus ojos dulces: «quédese usted, sin cumplidos.» Al mismo tiempo le
soltaba el Berrugo estas claridades:
—Ya sabe usted que yo no entiendo de dulzainas. De verdad ofrezco. Diga
claro y pronto lo que más desee. Comida hay abundante, porque es día
de repique gordo, y ningún perjuicio nos causa con quedarse. Si nos le
causara, me hubiera librado muy bien de convidarle, por si me cogía por
la palabra... En resumen, ¿acepta ó no?
El indiano, que parecía gustar mucho de las genialidades de don
Baltasar, se reía mientras le escuchaba; y en cuanto éste acabó de
hablar, le respondió:
—Pues acepto... y con muchísimo gusto.
No bien lo dijo, salió Inés de la sala apresuradamente, al tiempo mismo
que entraba en ella, muy sofocado, don Elías.
—Aquí tiene usted otro convidado,—dijo el Berrugo al indiano, señalando
al médico.
El cual se quedó estupefacto al hallarse, cara á cara, con el caballero
del altar mayor. ¡Venturoso y bien singular para él aquel día de San
Roque! ¡Convidado á comer por el Berrugo, quizás para ofrecerle los
sesenta y dos mil reales del molino, y verse allí mismo en ocasión de
averiguar lo que á la sazón ignoraba todo el pueblo!
—Sentiría—dijo después de hacer una reverencia al forastero,—haber
hecho esperar á ustedes. Camino de mi casa me alcanzó el recado que
usted, señor don Baltasar, se sirvió mandarme; desde la puerta de la
calle, por tardar menos, dije á la familia que no me aguardara hoy á
comer, y á escape retrocedí para acá... Pero ¡qué calor el de hoy y qué
sudar en aquella iglesia!
Y sudaba todavía, aunque no había entrado en ella, el santo varón; pero
sudaba de emociones súbitas, inesperadas... de puro gusto, en fin.
—El señor—dijo el Berrugo al indiano,—es don Elías, el médico de
Robleces.
—Para servir á usted, caballero—díjole á su vez don Elías,—aunque no
tengo el gusto de...
—Tomás Quicanes—respondió muy cortésmente el forastero, tendiéndole la
mano,—y muy servidor de usted.
Estrechósela con ansia el médico; y mientras le miraba anheloso y hasta
conmovido, le decía:
—Tomás Quicanes... Tomás Quicanes... Creo recordar... Sí: esa cara... y
ese porte... Sólo que no caigo...
—¡Qué ha de caer usted, hombre, qué ha de caer usted?—saltó don
Baltasar, que observaba muy atentamente la escena;—¡si en la vida de
Dios ha visto á este caballero hasta que le vió esta mañana en el altar
mayor! ¡Cuidado que es gana... de confitear!
—¿Quién sabe?—terció Quicanes, apiadado de don Elías.—Aunque es poco el
tiempo que llevo en España, puede el señor haberme visto...
—¡Qué ha de ver, hombre, qué ha de ver este infeliz, que no ha salido
de Robleces hace trece ó catorce años! Y si no, á la prueba. El señor
es—añadió mirando á don Elías y apuntando al indiano,—natural de
Nubloso, sobrino del Mayorazgo á quien yo compré esta casa. Hace veinte
años que se fué á América, y dos días que llegó á su pueblo. Vamos á
ver, ¿sabía usted algo de esto? ¿Dónde le ha conocido usted, visto
siquiera, hasta hoy?
Bendijo don Elías la desvergüenza del Berrugo, gracias á la cual
averiguaba él de un golpe todo lo que necesitaba saber; pero humilló la
cabeza y respondió mansamente:
—En efecto: estaba yo equivocado. Sin duda le he confundido con otra
persona... Y ¿viene usted—añadió irguiéndose de pronto, quizás por
atajar con la pregunta alguna otra salida genial del Berrugo,—para
volver á marcharse, como hacen tantos, ó para dejar los huesos en la
tierruca?
—Ese es mi propósito, señor don Elías—respondió afablemente el
indiano:—dejar aquí los huesos...
Pero el Berrugo no estaba ya para meter la cuchara en las cosas de
don Elías: le preocupaba más lo que pasaría en la cocina en aquellos
momentos críticos; y dejando solos á los dos convidados, salió de la
sala, advirtiéndoles, y era la verdad, que iba á ver á cuántos se
estaba de comida.
Y hablando, hablando, el indiano y don Elías, acertó el primero á
preguntar al segundo cuántos años llevaba de médico en Robleces, de
dónde era nativo y qué familia tenía.
¡Tú que tal dijiste! Si con pretextos mucho más remotos largaba don
Elías la historia de sus soñadas grandezas, tan pronto nacidas como
acabadas, ¿cómo no soltarla en aquella gran ocasión, á solas con un
personaje que no le conocía más que por los informes cáusticos de don
Baltasar, y quizás era otro millonario, pero millonario de verdad? ¡Oh,
qué día, que día aquél para el médico de Robleces! Todo, todo se lo
dijo; todo se lo refirió al indiano. Lo de sus graneles partidos, lo de
las sedas á montones, y la plata por los suelos... lo de la millonada,
en fin. ¡Y con qué lujo de pormenores, y con qué emoción tan profunda
y conmovedora! Como si lo contara por primera vez. El de Nubloso le
escuchó estupefacto.
Cuando, recién acabada la historia, entró don Baltasar avisando que iba
ya la sopa á la mesa, aún tenía el médico las mejillas ardiendo, los
pelos de punta y los ojos arrasados en lágrimas, las cuales enjugaba
con el pañuelo.
—Vamos—dijo el Berrugo al notarlo y dirigiéndose al otro,—ya le echó á
usted la millonada encima.
—¿Por qué lo dice usted?—preguntó el indiano, que indudablemente estaba
un poco conmovido.
—Por las señales—respondió el Berrugo apuntando á la cara de don
Elías,—y porque ya contaba yo con ello.
—¡Ay, señor don Baltasar!—exclamó don Elías, plegando en tres dobleces
el pañuelo:—cada cual se queja de lo que le duele...
—Verdaderamente—añadió el indiano,—es historia interesante la del señor.
—¿Interesante, eh?—dijo en el tono burlón de costumbre don Baltasar:—no
lo sabe usted bien todavía; pero ya lo irá sabiendo poco á poco...
Ahora, señor don Elías, vamos á matar las pesadumbres en la mesa, que
ya nos esperan allá; y con buen apetito, si hemos de juzgar por la cara
de tigre enciscado que tiene el seminarista.
—¡Hombre!—exclamó don Elías, muy aliviado ya de sus tristezas con
aquella noticia.—¡Conque Marcones... digo, conque Marcos también está
hoy por acá? ¡Cuánto me alegro!... Pase usted, señor de Quicanes.
—¡Oh, eso no, señor don Elías!... Primero usted...
—¡De ningún modo!
—¡De ninguna manera!
—¡Canario!—dijo entonces el Berrugo que lo presenciaba.—¿Esas tenemos
también y á tales horas? ¡Á ver si pasan de una vez juntos ó separados,
ó los paso yo de parte á parte!
Echólos por delante, y se fueron los tres al comedor.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXI
ARROZ Y GALLO MUERTO
En opinión de Inés, desde el momento en que se quedaba á comer el
peripuesto indiano de Nubloso, el asunto de la comida aquélla adquiría
una gravedad excepcional. Con Marcos y con el médico, todo podía pasar,
porque eran personas de confianza y no estaban hechos ni á tanto
siquiera; pero ¡con aquel caballero tan planchado y oloroso, que había
corrido tanto mundo!...
Y por eso salió de la sala del modo que se dijo. Del tirón, fué á la
cocina á advertir lo que ocurría, y sin reparar en la caraza fosca que
tenía Marcones, á quien halló paseándose en el carrejo, con las manos
en los bolsillos y la cabeza gacha. Examinando los manjares, catando
las salsas y reparando en la vasija, ¡qué poco, qué malo, qué sucio
y qué viejo le pareció todo! Limpió cuidadosamente los careles de
los platos y de la media fuente en que se había cuajado el arroz con
leche, que ya tenía su buena costra de canela en polvo: bajó la poca y
mala loza que había en el vasar, y escogió los platos menos deslucidos
por el uso, para reemplazar con ellos los que aún fueran peores de
los que estaban ya en la mesa; encargó mucho que se _barciaran_ con
gran curiosidad en las fuentes los cocidos y el gallo en pepitoria, y
hasta se atrevió á lamentarse de que estuviera un poco salada la sopa
de fideos. La Galusa la veía hacer y mangonear, con un despecho muy
mal disimulado, y la oía sin responderla más que con un borboteo de
colmena, que no cesaba un punto, y algún cucharetazo que otro, bien
sonado, ó tal cual rabonada en corto; pero cuando oyó lo de la sopa
salada, se picó de veras y cantó claro.
—¡Ni anque viniera el obispo á comerla!—comenzó á decir, andando de
acá para allá y subiendo el tono á medida que trasteaba y removía
mesas y cachivaches.—¡Ni anque por ello juéramos á perder casorio con
el marqués de la fanfarria!... ¡Bah, que te quiero un cuento con el
fachendas, que está bien hecho á comer borona fría!...
—Y tú ¿qué sabes de eso... ni qué te importa?—dijo Inés, á quien
indignó la grosera reticencia de la criada.
—¡En gracia de Dios—continuó ésta,—habla bajo el piojo resucitao, pa
que no le oyeran los que no son sordos y andaban por los carrejos, por
haber sido echaos de las salas! ¡Vaya con el sobrino del borrachón de
Robleces, que ahora no coge en ellas de puro inflante, y antayer salió
de aquí muerto de hambre y en carnitas!... ¡Y too nos paece poco pa
regalale el gusto al gran señor de morondanga!... Pos un rato hace, ni
la sopa estaba salá ni los platos negreaban... ni por aquí asomó naide
pa alvertir que si esto arriba y que si lo otro abajo... Y me paece á
mí que con lo que era mucho y güeno pa unos, bien puede regalase, sin
que se le caiga la venera, el hijo de su madre, que no es de mejor
casta que el nieto de la mía. ¡Ya lo quisiera el grandísimo... que
con ser tanto y un poco menos, se vería muy honrao! ¡Á qué vienen las
cosas á parar, María Madre de Dios, y de tan de súpito y contino! Y
gracias que paran en esto solo; que al paso que vamos, día vendrá de
echanos á comer al estragal, y en una escudilluca, como á los probes
de la puerta... ¡Bah, que eso y más merecemos!... Y vete y vente,
tonto de tí; y rompe zapatos y enseña lo que no se sabe; y acábate tú,
desventurá del jinojo, y gasta los años olvidá de tu hacienda por
mejorar la del vecino...
Marcones, que lo oía desde el carrejo, apareció de pronto á la puerta
de la cocina, mustio de continente; y con voz enronquecida y lenta,
dijo á la Galusa, mirando de reojo á Inés:
—Hace usted muy mal, tía, en tomar tan á pecho cosas que no lo
merecen... ó que deben perdonarse, como las perdono yo en la parte que
me alcanzan. Obrar bien es lo que me importa; que Dios está en los
cielos, y en la tierra no se mueve la hoja de un árbol sin su santa
voluntad.
Sin darse Inés por más entendida de las palabras del sobrino que de
las últimas de la tía, aunque todas ellas la habían mortificado mucho,
salió de la cocina sin desplegar los labios ni mirar á nadie, y se fué
en derechura al comedor, pieza triste y destartalada. Allí estaba la
mesa puesta para cuatro comensales: faltaba el cubierto del indiano...
¡y qué basto era el mantel y qué mal lavado estaba! Afortunadamente
había otro más fino en la alacena... Pero aquellos vasos de vidrio,
viejos y con roña indeleble en el fondo... Y de eso sí que no había
cosa mejor de reserva... ¡Qué mal, qué mal provista estaba la casa
para un lance inesperado como el de aquel día! Y lo peor era que el
forastero, al notarlo, pensaría que la culpa de todo la tenía ella,
por descuidada é indolente y no su padre, por ahorrativo y hasta
roñoso. Después, Romana, á cuyo cargo andaban todavía allí todas
esas cosas, estaba tan encariñada como su amo con la suciedad y la
miseria... ¡Oh, era preciso que aquello cambiara ya!... y cambiaría,
pronto, ¡muy pronto! De nada la servía á ella ser limpia y esmerada y
rumbosa, si la otra no la dejaba terreno en que emplearse, ni medios
para lucirse, ni ocasión siquiera de pelear contra ciertos resabios
de su padre. Pero ¡qué indirectas tan brutales la acababa de echar!
¡Bien las había entendido ella! Lo del casorio, ¡qué barbaridad!...
Lo de enseñar lo que no se sabía... lo dijo por el otro, que estaría
resentido con las bromas de su padre... Pues también el tal, con aquel
aire gazmoño con que habló á su tía desde la puerta tapándola toda...
¡Qué grande y qué negro le pareció allí! ¡Qué diferencia con el de la
sala! ¡Y se extrañaba Romana de que ella se tomara por él cuidados que
no se había tomado por los demás! ¡Qué falta de sentido común, y qué
sobras de malas intenciones!... Bueno. Ya estaba cambiado el mantel,
y Luca, la otra criada, había puesto encima de la mesa el montón
de platos escogidos. Bien poco más lucían que los retirados. Él se
colocaría allí, su padre aquí, ella acá y _los otros enfrente_... No,
porque, de este modo, estaría cara á cara con Marcos... Mejor sería
poner á Marcos acá y ponerse ella á esta otra parte... Pero entonces
tendría de frente al otro... En fin, ya se arreglaría ese punto cuando
llegara el caso.
Vino en esto su padre; encargóse de activar las faenas de la cocina,
y se fué ella á su cuarto. Allí se lavó las manos; se limpió
escrupulosamente las uñas; se refrescó un poquito la cara, que tenía
algo ardorosa; se arregló el pelo y los pliegues de la falda; se encajó
bien el talle, y pasó repetidas veces las manos abiertas por todas
las graciosas hondonadas y gallardas altitudes de su cuerpo, para
estirar las arrugas del vestido. Después se miró al espejo, que era
bien mezquino ciertamente; y no sé qué juicio formaría de su propia
estampa reflejada á pedazos en él; pero aseguro, de mi cuenta y riesgo,
que estaba guapísima entonces y hecha una real moza, de los pies á la
cabeza, la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera.
Oyó, en esto, que la gente se rebullía hacia el comedor; fuése hacia
allá, y encontróla arrastrando las sillas para sentarse á la mesa,
por mandato imperioso y terminante del amo de la casa. El sitio que
la habían dejado á ella libre, estaba enfrente del que ocupaba el
forastero... La casualidad, ó quien allí mandaba, lo había dispuesto
así... ¿Qué remedio tenía?
Sentáronse todos, y llegó la Galusa con una enorme sopera entre manos.
Dejóla sobre la mesa, y se largó en seguida dando rabonadas; y con
tales humos en la jeta, que parecía ir diciendo: «¡así reventéis con
ello!» Don Baltasar encomendó á su hija la delicada tarea de hacer
plato á los comensales porque á él «no se le amañaba cosa mayor;» y
con este motivo, Inés se puso de pie para dominar mejor las alturas de
la sopera, y tuvo ocasión el indiano de Nubloso, que indudablemente
era mozo de gusto, de admirar un buen rato la corrección de líneas
y la escultural riqueza del cuerpo de la joven, destacado sobre la
mesa como torso griego sobre su pedestal. Ocurriósele á Inés, muy
atinadamente, que el primer plato debía ser para el indiano, por
forastero y más extraño á la casa que los otros convidados; y así lo
hizo, con aprobación de su padre, para quien fué el segundo; el tercero
se le llevó don Elías, por razón de edad, y aun por ser la primera vez
que comía allí; después, ya no había que dudar: el cuarto, es decir,
el último, para Marcones. ¡Con qué tripas le dió las gracias por la
_atención_ el seminarista de Lumiacos!
Servida Inés y vuelta á sentar, comenzó la comida, y con ella el
obligado tiroteo de palabras entre los comensales. El de Nubloso
la tenía fácil y amena: don Baltasar le tentó sin ambajes; y el
mozo, nada pesaroso de ello, rompió á hablar (muy al caso siempre y
trayéndolo todo bien traído, con agudas salidas del carril, de vez en
cuando, hacia éste y hacia el otro comensal, y particularmente hacia
Inés, que le oía embelesada) de sus cosas y de sus peregrinaciones.
Las había hecho repetidas veces por los Estados Unidos, conocía á
Inglaterra y á Francia, y singularmente á sus capitales. Y no siempre
fué el vicio de ver y de admirar, la fuerza que le arrastró á los
viajes. Á la mayor parte de ellos fué impulsado por sus negocios.
Desenvolviendo este tema, dejó traslucir, bien á las claras, que tenía
caudales depositados en los Bancos de Londres, de París y de Nueva
York. El era español en cuerpo y alma, por lo que toca á su amor á la
patria como suelo y como madre; pero como nación, como estado político,
ya no tanto. En este concepto, España le parecía una matrona, muy
hermosa sí, pero á la que no se le podía fiar media peseta. Por eso
había tenido él buen cuidado de dejar el puñado de ellas que le habían
producido veinte años de desvelos, á buen recaudo, antes de entrarse
por las puertas de aquella gran señora, tan ligera de cascos.