Pero nada de esto le era permitido al oficioso médico; y, bien á su

pesar, se conformaba con decir, á hurtadillas del Berrugo, que iba á su

derecha, á cada conocido que pasaba por su izquierda, y aludiendo al

indiano que le precedía departiendo con Inés:

—Es natural de Nubloso, y está riquísimo. He comido hoy con él.

La romería se celebraba cerca de la iglesia en una gran pradera,

lindante por un lado con un espeso cajigal. En este cajigal

humeaban los merenderos y resonaban los cantares, las panderetas y

las tarrañuelas de dos ó tres corros de baile; y bailes, hasta de

tambor, había también en la pradera, con sus respectivos cercos de

espectadores; y por entre estos corros de baile y los del cajigal, el

«agua de limón fría como la nieve,» las banastucas clásicas con perojos

roderos, rosquillas duras y avellanas tostás; las bandadas de muchachos

oliéndolo y curioséandolo todo, pero sin catar gran cosa de ello, por

la pícara contra de lo caro que andaba; el mozón pretendiente colmando

de _perdones_ el moquero de la moza... y en fin, lo de costumbre, por

no apestar al lector con pinturas de que ya le tengo harto.

Por allí andaban, alegres y peripuestos y en amoroso grupo, la

repolluda Pilara con toda su familia, y Pedro Juan y su padre; éste con

las botas de agua, la medalla de Cochinchina y una corbata de seda,

lacia y descolorida, anudada á la marinera. En cuanto Pilara vió á Inés

y el Lebrato á su padre, se arrimó toda la comparsa á saludarlos... Ya

estaba arreglado aquello. Pedro Juan y su padre habían comido aquel

día en casa de Pilara, como si todos fueran ya unos. «La cosa sería

allá pa la cogedera de los fisanes, al apuntar la toñá.» _Comenencias_

de cada cual lo pedían así. Todos estaban muy contentos; y ya contaba

Juan Pedro con darse una vuelta «por ca su amo, pa ponerle en los autos

al respetive, como era debido.» También Pilara tenía pensamiento de

avistarse con Inés para pedirla cierto favor que estimaría Pedro Juan

en tanto ó más que ella. Era «cosa de los dos en concierto.» Inés, que

quería mucho á la noble Pilarona, dió el favor por otorgado, si cabía

en sus posibles. El Berrugo se hizo de nuevas, y preguntó á Juan Pedro

si su hijo era para en casa de la novia, ó la novia para en casa de él.

—Es ella pa en mi casa,—respondió el Lebrato.

—Más vale así para _nosotros_,—dijo entonces el Berrugo, que, por

apego á sus haciendas, parecía muy dispuesto á no haber consentido lo

contrario.

Poco después se separaron los dos grupos; y me consta que de la

historia de los amores de Pedro Juan y de Pilara, que á instancias

del indiano le refirió Inés, tomó pie el placentero acompañante para

improvisar una plática que no tenía comparación con aquellas homilías

que espetaba Marcones á la hija del Berrugo en los comienzos de su

trato con ella. Marcones hablaba y hablaba, tomando los puntos al

estilo de predicador, llenando de latines las parrafadas y vomitando

tempestades contra gentes que ningún daño le habían hecho. Oyendo á

Marcos se podía bostezar y hasta dormirse, y entraban como deseos de

santiguarse cuando acababa, y de decir «amén» por remate.

El «predique» del otro fué más dulce, más insinuante y persuasivo: nada

de latines ni de Santos Padres; las palabras eran de las más usuales

y corrientes y sin adobo de rencores contra nadie; el tema, claro y

sencillísimo: parecía que hablaba por boca del oyente; y por eso, con

lo que decía á Inés no la daba ganas de bostezar, sino que la llevaba

prendida la voluntad; y como si ello fuera gancho con que la sacara

de allá dentro lo que más quisiera ocultar ella, la obligó más de dos

veces á decir su parecer, sofocada de calor y temblando como una hoja.

No había modo de permanecer serena ni enteramente callada, oyendo

peroraciones como aquélla en boca de un hombre tan elegante, tan

cortés, tan afectuoso y perfumado como el caballero del altar mayor.

Después de la predicación para ella sola, se volvió hacia don Baltasar

y el médico que los seguían, con trazas de ir algo aburridos, y también

tuvo ingeniosas ocurrencias con que entretenerlos un buen rato. Luégo

sacó un pañuelo blanco, de finísima batista, limpio y sin estrenar,

y le llenó de cuanto se vendía en los puestos inmediatos; pagó

rumbosamente, y ofreció aquellos _perdones_ á Inés, que no se atrevió

á rehusarlos, después de haber tomado el médico, por cortesía, un

puñadito de avellanas y dos perojos; don Baltasar no tomó cosa alguna,

porque «no lo usaba jamás... ni de balde.» Pero verdaderamente estaba

como algo fascinado con el rumbo y la charla y el atalaje y la conducta

de aquel mozo.

El cual, después de bien corrida la media tarde, con el pretexto de que

había una hora de camino hasta Nubloso, se despidió afabilísimo de don

Baltasar, prometiéndole, y bien recio, no sé si para que Inés lo oyera,

volver muy pronto á tratar «del consabido asunto pendiente;» de Inés,

con intachable cortesía, y del médico, con la más campechana franqueza.

Fuése... y desde aquel momento ya no supieron qué hacerse en la romería

ni don Baltasar ni su hija, ni el médico que los acompañaba bostezando.

Dijo Inés, á poco rato, que se encontraba rendida y con ganas de volver

á casa; aplaudióla el gusto su padre, y se alegró de ello don Elías

que ya estaba impaciente por quedarse solo y en completa libertad de

echarse por aquellas espesuras de curiosos, para referir á sus anchas

la historia, bien comentada, del caballero del altar mayor.

Atravesando el cajigal para abreviar más el camino, vieron muy

alborotada y en desorden á la gente de un corro de baile. Detuviéronse

á observar desde lejos; y por una abertura que se hizo en la masa

circundante, distinguieron allá dentro un bulto pintarrajeado, que

volteaba, hecho un ovillo, entre aullidos de espanto y risotadas de

burla.

Acercóse don Elías, por encargo del Berrugo, para averiguar lo que era

y, por de pronto, había puesto á Inés tiritando de susto; y al cabo de

un rato volvió muy diligente, con las manos atrás, el puño del bastón

entre ellas, bamboleando el cuerpo á diestro y á siniestro y queriendo

anunciar con la cara lo que comenzó á decir con la lengua mucho antes

de llegar adonde le esperaban:

—Lo tengo pronosticado... Ese muchacho no puede acabar en bien.

—¿Qué muchacho?—le preguntó el Berrugo.

—Quilino—respondió don Elías.—Ese berraquillo de los demonios.

—Pues ¿qué le ha pasado?

—Que le han dado otra castaña, pero de órdago.

—Y ¿por qué?—preguntó Inés.

—Según se cuenta—respondió muy espetado don Elías,—parece ser que

Quilino, después que le despachó Pilara pocos días hace, en cuanto

habló claro Pedro Juan, se encalabrinó por la Marta, la hija del

mayordomo de San Roque, buena moza y bien metida en carnes y con su

por qué de legítima, por parte de madre, aunque no mucho. Parece ser

también que Marta da cara tiempo hace al _Pinto_ de Los Castrucos,

mozón con cada puño como una mandarria, que la corteja de firme, aunque

sin haber hablado por derecho todavía; y que habiendo todo esto por

delante, le dijo la Marta á Quilino, no sé si de buena voluntad ó

queriendo entretenerse con él, como tantas otras se han entretenido,

que le abriría la puerta, pero dejándole á resultas de lo que

determinara el otro. Conformóse Quilino, porque no tenía otro remedio;

pero es el condenado de él tan rijoso y emperrado, que quería llevar

las cosas al galope; y hurga hoy, hurga mañana, tan pronto á Marta como

al Pinto, atrevióse con él hace un momento en el mismo corro del baile:

atufóse el mozón, que es una encina brava; y allá va el castañetazo

sin más explicaciones, y Quilino al suelo.

—Y ¿no ha habido quien los separe?—preguntó Inés estremecida.

—¿Qué más separados los quiere usted?—dijo el médico.—Al Pinto le

bastó un golpe para deshacerse de la mosca, y el otro birriagas no es

hombre de volver por el segundo. Nada: les digo á ustedes que, salvo el

arranque de muelas que ahora no ha habido, lo mismo que la otra vez.

—¿Qué fué lo de esa otra vez?—preguntó el Berrugo.

—Pues otro castañetazo que, por un motivo exactamente igual, le alumbró

el Josco en el callejo del Hisuco. Tres vueltas le hizo dar en redondo,

y dos muelas le arrancó de cuajo. Yo las tuve en la mano y curé al

provocativo. Les digo á ustedes que en poco tiempo se ha metido bajo un

par de mazas de las de órdago; vamos, como no las hay en Robleces ni en

diez leguas á la redonda.

No se habló más del suceso; y andando, andando los tres personajes,

llegaron á dar vista á la portalada de don Baltasar. Despidióse

allí don Elías, sin que le respondiera el Berrugo, y éste y su hija

siguieron andando y se metieron en casa.

Inés ponderaba mucho su cansancio; y en cuanto su padre se apartó

de ella, sin detenerse á desocupar el pañuelo cargado de perdones,

con él entre manos se fué á la solana y se sentó en una silla. Quiso

probar el regalo de su cortés acompañante, y no pudo. Sentía como un

nudo en la garganta que la impedía deglutir lo que molía y trituraba

su fina y esmaltada dentadura. Tendióse hacia atrás hasta tocar en

la pared con el respaldo de la silla; apoyó las puntas de los pies

en la balaustrada del balcón; dejó sobre el regazo el pañuelo de

perdones atado por las cuatro puntas; cruzó los brazos bajo el pecho,

y comenzó á mecerse como en aquellos días en que tenía apagadas todas

las luces de la imaginación. La tarde caía; el cielo rojeaba sobre

la línea del horizonte por donde el sol iba á esconderse pronto; la

brisa había cesado; el ambiente era dulce y oloroso; á lo lejos se

oían los cantares, intermitentes y como á la sordina, de los romeros

que volvían á sus hogares atravesando mieses y collados, y, de tarde

en cuando, algún rumor de conversaciones y estallidos de carcajadas,

en las callejas contiguas; y con ser los ruidos tan apagados y la luz

tan templada, aún le parecían á Inés diablejos que se le metían por los

oídos y por los ojos para revolverla y enmarañarla los pensamientos

que ella quería ordenar á su gusto para examinarlos mejor... Porque

su cabeza estaba llena, rebosando de pensamientos, y en aquel instante

quería el silencio absoluto y la obscuridad de las noches sin luna,

para entenderse con ellos. El silencio no podía crearle ella por su

sola voluntad; pero la noche sí. Cerró los ojos y continuó meciéndose.

Los ruidos no la distraían ya tanto. Podía hacer aquel examen que la

estaba tentando desde que se había apartado de ella el inesperado é

interesante personaje. El examen debía hacerse punto por punto y según

el orden riguroso en que los sucesos habían ocurrido.

Ella había ido á misa por la mañana, y podía jurar que sin otro

pensamiento extraño á los de todos los días, que el bien insignificante

y disculpable de que el vestido que estrenaba no la sentaba mal del

todo, y hasta la hacía buen cuerpo. De pronto, y ya dispuesta á rezar

un Padrenuestro á San Roque después de la procesión, al dirigir los

ojos al santo vió al lado mismo de las andas á un caballero á quien

jamás había visto. La pareció desde luégo muy aseñorado, muy rica y

aseadamente vestido, airoso de cuerpo, y guapo, muy guapo de cara.

Le favorecían mucho aquellos bigotes con puntas. Con más ó menos

curiosidad de saber, después de salir de la fiesta, quién sería él, así

hubiera quedado el asunto. Pero ocurrió á lo mejor que el forastero

fijó la vista en ella. Pudo ser esto casualidad una vez, dos veces,

si se quiere; ¿pero tres, cuatro, y diez, y ciento y á cada instante

mientras el sermón, como realmente sucedió, bien visto por ella con el

rabillo del ojo, y por Marcos, que andaba con los suyos, llenos de ira,

desde la puerta de la sacristía al caballero del altar mayor? ¡Cuidado

que para notarlo Marcos, debió de ser mucha la tenacidad del otro en

mirarla! Pues así y todo, podía explicarse el suceso por no haber en la

iglesia otra mujer del porte de ella, ni tan... guapa precisamente, no,

pero tan bien conservadita á la sombra; y con la idea de pasar mejor el

rato, dando un poco de entretenimiento á los ojos... Sin embargo, ella

no pudo menos entonces de acordarse de Isidoro, y de comparar al otro

con él. Allá se iban en estampa, aunque Isidoro tenía la ventaja de

algunos años de menos, no muchos. En lo demás, no podía decirse nada:

no conocía _por dentro_ al del altar mayor; aunque, á juzgar por lo que

se le traslucía en los ojos y en el aire, no era el sujeto para que,

sin más ni más, le hiciera ascos una mujer como la rica Amparo de la

novela. Una duda la había asaltado de pronto: ¿sería casado ó soltero?

Y otra duda en seguida: si era casado, ¿cómo se atrevía á miraría á

ella de aquel modo? Y como reflexión final sobre estas dudas y sus

causas, ¿qué la importaba á ella que el caballero del altar mayor

fuera soltero ó casado, ó valiera más ó menos que Isidoro, si, una vez

terminada la misa, cada cual se iría por su camino, y si te he visto no

me acuerdo?

En este temple de ánimo, por lo tocante al forastero, había salido de

la iglesia.

Apenas llega á casa y se asoma al balcón, el caballero en la calleja;

y pocos momentos después, el caballero en la sala, á su lado. Tuvo

ocasión entonces de examinarle bien escrupulosamente. Su cutis era

sano y terso, aunque estaba un poco tomado del aire y del sol; sus

labios, húmedos y de color de rosa; sus dientes, blanquísimos, no

grandes y muy apretados; sus ojos, vivarachos y muy _reparones_; las

manos, regalares y bien cuidadas; la voz, de buen sonido y con unas

caídas muy dulces y algo extrañas para ella; la ropa, finísima; el

calzado, primoroso; los puños, el cuello y la pechera de la camisa,

como los ampos de la nieve... y un olor cada vez que se movía ó sacaba

el pañuelo del bolsillo, ¡un olor!... como el de la yerba segada, y

el de la madreselva de los callejos, y el de la mejorana, todo junto.

Pues de buenas á primeras, aquel caballero la llama «hermosa señorita.»

¡Qué exageración! ¡Así se puso ella de aturdida, y, á juzgar por el

calorazo que sintió de pronto, de encarnada! Pero ¿quién sería él y

á que iba allí? ¡Qué ansiedad la suya por averiguarlo! Al fin lo dijo

todo, ¡y con qué soltura y gracia! Y no parecía sino que cuanto iba

diciendo lo decía para ella más que para su padre. Otra cosa rara: no

se desencantó cuando supo que el elegante caballero se llamaba Tomás

Quicanes, y era de Nubloso y sobrino del Mayorazgo de Robleces, y que

antes de ser lo que era, había sido un muchachuelo pobre, embarcado de

limosna, por su tío, para la Habana. Y eso ¿qué? Bien mirado, más valía

así; porque, en el fondo, todos resultaban unos. Lo de la compra de la

casa, de pronto la sobrecogió, porque conocía á su padre y le creía muy

capaz de vendérsela si el otro se la pagaba bien; pero después, ya fué

cosa muy distinta. ¡Qué luégo la leyó en la cara el disgusto, y con qué

finura la curó de él al instante! Al ser invitado á comer, la miró á

ella, como si la pidiera la respuesta que debía dar; y ella entonces,

sin poder remediarlo, le animó con los ojos á que se quedara. ¿Lo

comprendería él así? El hecho fué que se quedó, sin necesidad de nuevas

instancias.

Ya en la mesa, ¡qué desembarazo el suyo y qué soltura tan agradables

para todo! ¡Qué bien refirió su vida y sus viajes, y qué curioso y

entretenido era todo aquello que contaba de las gentes de por allá

fuera! ¡Cuánto había visto, cuánto sabía, y cómo le agradecía ella las

atenciones que la dedicaba durante el relato, que también parecía hecho

para ella sola! De pronto se enreda Marcos con él... ¡Qué bruto, qué

bruto estuvo Marcos entonces! ¡Qué modo tan soez de acometerle sin qué

ni para qué! Porque ¿qué sabía el estudiantón de Lumiacos de aquellas

cosas tan lejanas? ¿Quién le metía á él en camisa de once varas? Pero

no iban por ahí los pensamientos ni las intenciones de Marcos al hacer

lo que hizo. Marcos estaba despechado, herido, celosote... ¡Qué horror!

¡Dónde tuvo ella los ojos y el sentido común para no ver ni apreciar

lo que debió haber visto y apreciado desde el primer día? ¡Cómo pudo

estimar por sabio á aquel mastuerzo, ni tolerarle en calma la confesión

que la hizo, ni firmar paces con él en seguida, cuando debió haberle

plantado en el corral? Con todo, no la pareció bien la crueldad con que

le había tratado su padre. La lección del indiano, ¡esa sí que había

sido fina y al alma! Y ¡qué contraste formaban los dos, Virgen María, á

pesar de estar Marcos de ropa nueva y camisa limpia!... Porque si llega

á sentarse á la mesa con el vestido sucio de todos los días, con las

manos roñosas y las uñas negras, hubiera tenido que ver... como cuando

la guiaba á ella la pluma... y la declaraba su amor... ¡qué barbaridad!

¡qué abominación y qué vergüenza!...

Fué donosa la manera de cortar el agudo convidado la porfía: brindando

y obligando á Marcos á brindar por ella, ¡Qué porrazos la dió entonces

el corazón en el pecho, y qué llamaradas de fuego la subieron al

rostro! No se atrevía á mirar al indiano, que parecía tener saetas en

los ojos, fijos en ella... Pero el apuro gordo fué cuando lo del arroz

con leche: ¡salirle con la que le salió, cuando ya tenía el plato en

la mano para dársele!... No porque á ella no la gustara, y mucho, la

condición que él la imponía, sino porque hay que estar muy hecha á esas

cosas para que... sobre todo delante de gente. Tras este apuro, el de

la cucharada, ¡que fué de prueba también!... Se acercaba el instante

de levantarse todos de la mesa. Y después ¿qué sucedería? Cada cual

se iría por su lado; ¡y fuera usted á saber cuándo se vería ella en

otra semejante! Esta consideración la apenaba: no lo podía remediar.

De pronto se le ocurre á él lo de ir todos juntos á la procesión y

á la romería. ¿La adivinaba los pensamientos á ella; se los leía en

la cara, ó era todo una casual y simple coincidencia de deseos?...

¡Con qué gusto, después de dar unas vueltas por la cocina (donde ya

estaban comiendo los criados bajo la presidencia de Romana que echaba

lumbre por los ojos, mientras su sobrino la aguardaba dando vueltas

por el carrejo, hecho una turbonada de estío), y después de recoger

los cubiertos de plata, se encerró en su cuarto para acicalarse de

nuevo y aguardar la hora convenida con él!... Durante este tiempo, que

le pareció interminable, examinando bien despacio todo lo ocurrido,

concluyó por convencerse de que todo lo que la pasaba podía pasar sin

otras consecuencias que aquellas sensaciones y aquellas inquietudes que

la estaban desconcertando y jamás había conocido. Esto, por lo tocante

á ella. Por lo tocante á él, quizá estuviera entonces tan fresco

como una lechuga. ¿Hacía bien ó mal en dejarse llevar de aquellas

impresiones, como una boba?

Precisamente estaba haciéndose esta pregunta cuando la avisó su padre

que era ya hora de ir á la iglesia. Dejó la respuesta para otra

ocasión, y salió.

Aunque algo cortada, se complacía mucho en que las gentes la vieran

acompañada de aquel caballero que tanto llamaba la atención; y se

conmovió hondamente, hasta ponerse colorada, cuando oyó decir á una

mujeruca que pasó á su lado: «¡Vaya que aparean de veras los dos, y

campan á cuál que más!» Después no había vuelto á ocurrir cosa de

particular, hasta que, á instancias de su acompañante, le contó los

amores de Pilara y Pedro Juan... y la dijo él lo que la dijo, tomando

pie de la simple y breve historia, y hasta del dicho de la mujeruca

cuando pasaba junto á los dos... Y aquí, aquí estaba lo nuevo, lo

singular, lo hondo, la miga, la enjundia del caso del caballero del

altar mayor en sus tratos y comunicaciones con ella, ó no había

enjundia, ni miga, ni hondura, ni nada en el caso ni en el mundo entero.

—En primer lugar, me habló... Pero ¿cómo he de recordar yo todas

aquellas palabras tan dulces y tan bien hilvanadas que me dijo?... En

fin, á la substancia, que es igual. Comenzó ponderando mucho el poder

de eso que llaman amor, que doma y enternece hasta los brutos... Y no

lo dijo por Pilara y Pedro Juan precisamente, sino que fué á parar á

ellos tomando el punto de más atrás: de las mismas bestias. Pintando

ese amor como una necesidad en nosotros, llegó con la pintura á poner

bien á las claras lo triste que era rodar por el mundo, á lo mejor

de la vida, sin patria, sin familia y sin tener á quién amar, como

le había sucedido á él. Atrevíme yo entonces, con miedo, ¡con mucho

miedo! á decirle que cómo podía ser eso, habiendo por allá mujeres tan

guapas, según él mismo nos lo había asegurado en la mesa... Á esto

me respondió... ¡Vamos, es una lástima que no pueda yo acordarme de

ello palabra por palabra! porque en las palabras juntas estriba toda

la hermosura de aquella comparación que me hizo entre las flores de

trapo y las rosas de mayo, tan coloraditas y olorosas, que nacían y se

criaban, por la mano de Dios, en los huertucos pobres de su tierra.

En una de estas rosas, sin saber cuál, pensaba él siempre, y por ella

suspiraba mientras andaba solo y descarriado entre las flores de trapo

que tanto abundaban por esos mundos. Para recreo de los ojos y pasar

el tiempo, aquellas mujeres, hermosas á fuerza de compostura y adorno;

pero para lo otro, para lo que él llamaba necesidades de un corazón

puro y honrado, la rosa colorada del huertuco de su tierra, que nace

entre matas de alhelíes y de tomillo, y muy arrimadita á las hiedras

de la pared... En fin, una mujer, por las trazas... como yo. Viendo

que se callaba, atrevíme otra vez; y bajo ¡muy bajo! porque la voz

me temblaba y se me enronquecía, preguntéle que si, desde que estaba

en la tierra, había encontrado... el huertuco (no tuve ánimos para

decirle que la rosa) que tan de menos echaba andando por esos mundos

de Dios. ¡Virgen María, lo que yo sudé entonces de vergüenza, temiendo

haberle preguntado lo que no debía, en buena educación! Pero ¿cómo no

preguntarle sobre ello ó sobre cualquier otro punto que viniera al

caso, si me estaba él sacando de la boca las palabras con los ojos? ¡Si

yo no he visto un mirar como aquél, en los días de mi vida, ni un metal

de voz semejante! ¡Podría jurar que aquellas palabras no me sonaban

en los oídos, sino aquí, en lo hondo, en lo más hondo del pecho!

Además, ó callarme, y eso no sería cortés, ó decirle la verdad de lo

que estaba pensando. Y se la dije. Luégo, ya que lo de la pregunta

no tenía remedio, me quedó el temor á la respuesta. ¿Cómo sería? No

tardó medio minuto en dármela, y me pareció ese tiempo una eternidad.

¡De las palabras de la respuesta sí que me acuerdo bien!; y no porque

fueron las últimas, sino porque... ¡qué sé yo? «No sólo he encontrado

el huerto—me dijo,—sino la rosa, y no porque haya salido á buscarla,

sino porque Dios me la acaba de poner en el camino.» Al oir esto, sentí

como un temblor de los pies á la cabeza; no veía á la gente que tenía

delante de los ojos, y el corazón me golpeaba sin cesar allá dentro,

como ahora que revuelvo el caso en la memoria. Se calló un poco,

mirándome mucho, y volvió á decirme: «Falta saber si Dios me ha puesto

delante lo que tanto codiciaba yo, para mi fortuna ó para mi martirio,

porque estoy casi seguro de no merecerlo...» ¿No era esto ponerme bien

á prueba de tentaciones de declararle lo que no debía? Pues todavía

me dijo más; me dijo: «¿Quiere usted saber en qué punto de la tierra

he hecho ese hallazgo, cuando menos le esperaba?» Le respondí con los

ojos, porque en mi boca ya no había voz, que sí quería; y entonces

volvió á decirme: «Pues en Robleces.» ¡Dios mío! ya no fué temblor en

todo el cuerpo lo que yo sentí, ni turbación de la vista: fué como un

golpe en la cabeza, después de una gran sacudida en el corazón, que

me robó hasta el conocimiento. Me aguanté á pie firme por un milagro

de Dios. Por fortuna no dijo una palabra más: si la dice, creo que me

muero. Al contrario, como tiene recursos para todo, porque ¡ahora sí

que me atrevo á asegurar que no sólo puede compararse con Isidoro, sino

que vale hasta más que él! dejándome en aquel estado, se volvió hacia

mi padre y don Elías, y nos enredó á todos en una nueva conversación...

Pero ¿soy yo la de Robleces? Y si no lo soy, ¿por qué me habló de ella

del modo que me habló?

Este es el caso; y ahora, ¡Virgen María! ¿qué pensar yo de él? ¿qué

pensar de lo que siento en mí, y que, por sentirlo, mirando hacia

dentro con los ojos cerrados, parece que tengo acá un mundo para mí

sola... y para él; pero un mundo mil veces más grande y más hermoso que

el que vería si abriera los ojos y mirara hacia afuera? ¡Santa Patrona

de mi alma, cómo dolerá perder esto después de haberlo visto, aunque

sea soñando, como puedo soñar yo ahora!

Le faltaba el golpe de gracia á la pobre Inés, y se le dió su padre

entrando á _despertarla_ en la solana, cuando ya anochecía, con la

siguiente extraña comisión:

La Puchera · 第 19 / 28 段