tan bruto en aquella cuestión. Así le resultaba más antipático, y con
ello la costaría menos trabajo llegar hasta donde se proponía aquella
tarde. Dióle cuerda de intento para que despotricara más; y cuando ya
el pedazo de bárbaro no tuvo dicterios que proferir ni excomuniones que
lanzar contra los mozos mundanos, y las mozuelas extraviadas, y las
ideas disolventes, y «los gusanos viles,» y «el liberalismo diabólico,»
y «la masonería de Satanás,» porque todo esto atropó allí abogando
por la causa de Justino el estudioso, contra el infeliz Isidoro y los
«corazoncitos piadosos» que se compadecieran de él; cuando á tales
extremos, repito, hubo llegado el energúmeno, y rendido y fatigoso,
viendo que daban en duro sus desatinados machaqueos, dijo á Inés que
era ya hora de dar principio á las ordinarias tareas, Inés, que no se
había sentado todavía ni en sentarse pensaba, acabó de atolondrarle con
estas sencillísimas palabras, dichas con la mayor serenidad:
—He resuelto suspender las lecciones.
—¡Cómo!—exclamó Marcones estupefacto.
—¡Suspender las lecciones ahora!... Y ¿hasta cuándo? ¿Por qué?
—Porque—dijo Inés respondiendo á la segunda pregunta, sin querer
hacerse cargo de la primera,—porque está la casa muy revuelta con el
trajín de estos días; y además, he comenzado hoy la novena de San Roque.
—¡Vaya una oportunidad!—replicó Marcones después de permanecer
unos instantes muy pensativo y contrariado; y en seguida añadió,
descubriendo, sin poderlo remediar, la grosera hilaza de sus malos
pensamientos:—¡Suspender las lecciones!... ¡y ahora, cuando en esta
parte de la casa se vive como en un desierto, y no se siente una mosca
que nos pueda interrumpir!
—Pues también por eso,—dijo al punto Inés, muy intranquila al ver lo
que se leía en los ojos chispeantes de aquel zángano.
Y con muy poco más que esto, se despidió.
—Pero ¿hasta cuándo?—la preguntó él desde la escuela, donde se había
quedado á pie firme, azorradón y mascando hieles corrompidas.
—Ya veremos,—respondió Inés desde allá afuera, sin volver la cara atrás
y andando á buen paso hacia el otro extremo de la casa, donde resonaba
la bulla del trajín de aquellos días.
[Ilustración]
[Ilustración]
XIX
EL CABALLERO DEL ALTAR MAYOR
La fiesta religiosa fué tan solemne como todas las que disponía don
Alejo en honor del santo patrono de Robleces. No la describo, porque
me asusta el riesgo de cansar al lector copiándome á mí propio. ¡He
hablado de tantas otras semejantes á ella!
Predicó el cura de Pandos, la mejor palabra que se conocía en los
pueblos de tres leguas en contorno, salvo la opinión de don Alejo,
que le tenía, quizás por un resabio de casta, por orador más atento
á pasmar con sus sabidurías, que á conmover hiriendo á puño cerrado
las flaquezas vulgares del rústico auditorio; pero era hombre de fama
y el predicador más caro de todos los conocidos por allí, y como
famoso y caro le eligió para mayor lustre de la fiesta; lustre que no
se empañó porque tres ó cuatro docenas de ignorantes mujerucas se
durmieron aquel día, mientras el de Pandos, después de ensalzar las
virtudes y méritos del santo «abogado de la peste,» tronaba contra
las pestes actuales, y se enredó á brazo partido con la peste del
espiritismo, la peste del liberalismo y la peste de la masonería. ¿Qué
culpa tenían, ni el santo ni su panegirista, de que ni las durmientes
ni los hombrones que bostezaban desperezándose, hubieran oído hablar
de aquellas cosas en todos los días de su vida, ni de los libros y
papeles en los cuales había bebido la materia el orador? Algo así dijo
el cura de Piñales, revestido de diácono, gran admirador del perorante,
cuando oyó á don Alejo que, con la cabeza inclinada y las manos debajo
de la casulla, pero con el ojo y el oído muy atentos á lo que pasaba
entre sus feligreses y se predicaba en el púlpito, decía, dando con el
codo al subdiácono, gran apologista del Eusebio: «Ahí lo tienes: ¿ves
lo que es echar margaritas, y margaritas de pega, á animalucos como
éstos? ¡Y tómate seis duros! De á cuatro los conozco yo que á estas
horas tendrían al auditorio llorando á moco tendido... Pero así lo
quieren, buen provecho les haga.» Hablara ó no con razón el apasionado
don Alejo, el hecho es que el sermón fué del cura de Pandos, lo que
equivale á decir que fué «de primera.»
Quilino se desgañitó en dos solos muy regorjeados, uno en los _Kyries_
y otro en el _Sanctus_ habilidad que no lucía él más que en las grandes
ocasiones. _Pelusa y Gómitos_, los dos acólitos de don Alejo, vestidos
de roquete blanco con ancho cuello azul, y sotana encarnada, bajo la
cual asomaban las perneras de mahón remendado y las alpargatas sucias,
zarandearon á más y mejor el incensario, aunque así y todo predominaba
en la iglesia el olor á pólvora quemada; porque no tenían número los
cohetes que reventaban á la puerta misma del templo, para que de este
modo las salvas fueran más sonadas y bien vistas. De la procesión, no
digamos: tardó media hora en dar la vuelta alrededor de la iglesia;
porque hubo cantadoras y danzantes que precedían al santo: aquéllas,
con sendas panderetas muy emperifolladas, y éstos, tres solamente, con
tarrañuelas y vestidos de blanco, con muchos pañuelos de seda y sartas
de cascabeles hasta en las alpargatas Parecían enormes sonajeros de
goma elástica cuando, al lento compás de las panderetas, piafaban, se
erguían, doblábanse, saltaban, iban y venían, y marcaban las mudanzas
y corcovos y las cadencias de los cantares de las mozas, con golpes
de las tarrañuelas. Por lo que hace al santo, nunca más adornado de
relicarios y pañuelos se le vió sobre las andas. Hasta el perruco tuvo
su collar de cintas coloradas, honor jamás tributado hasta entonces
al caritativo animal. Dicen que fué ocurrencia de Marta, la hija del
mayordomo de San Roque, y ocurrencia consultada con Quilino, que había
ayudado la víspera á bajar de la urna al santo.
De concurso, el pueblo entero con los trapillos de cristianar. Ni el
Berrugo faltó, con su aparejo fino de hombre acomodado, pero no rico.
El Lebrato lucía las famosas botas de agua, conservadas como una
reliquia á través de los años, á fuerza de no ponerlas y de fricciones
de grasa; y el Josco su «vestido bueno,» con el cual no estaba tan
airoso como con el trabajado y simplicísimo de todos los días, que le
dejaba al descubierto una buena parte de su rica escultura. Pilara no
cabía en la iglesia de maja, de contenta y de grandona. Don Elías, que
no llegó á entrar en ella por estar ya de bote en bote, con camisa
limpia y el sombrero bueno; y sus dos hijas, con los únicos arreos,
marchitos y anticuados, que había en la casa para la pareja que
estuviera de turno en tan señaladas ocasiones. Quilino, cantando en
el coro, parecía un muestrario de galones y trencillas: los llevaba
hasta en las costuras laterales del pantalón. También anduvo en la
fiesta Marcones, convidado á comer aquel día en casa del Berrugo por
condescendencia de éste á las instancias de la Galusa apoyadas de
mala gana por Inés. Iba vestido de negro limpio; y, como medio _pieza
eclesiástica_, se situó á la puerta de la sacristía, en línea diagonal
con su discípula, casualmente, por supuesto; la cual ocupaba su sitio
acostumbrado cerca del coro, muy arrimada á la pared y enfrente de
la puerta principal. ¡Y qué guapísima estaba! con su vestidillo
flamante de muselina color de barquillo, liso y modesto como el de
una colegiala, y su mantilla negra, entre cuyos pliegues, como si
fueran molduras de un marco de ébano, asomaba el óvalo gracioso de su
cara, de la que hubiera podido decirse, hablando en culto, que parecía
una leyenda en que se confundían, con arte maravilloso, lo dulce y
lo picante; cara, en suma, para todos gustos y temperamentos, y muy
particularmente desde que se asomaban á sus negros ojos las revoltosas
ideas que se le habían despertado detrás de ellos.
Pues sépase ahora que con estar tan lucida la fiesta, no fué ninguna
de sus particularidades, predicador inclusive, lo que más llamó la
atención de los concurrentes, sino otra cosa harto más profana, y,
sobre todo, bien inesperada: un caballero que estuvo en el presbiterio
durante la función entera y verdadera, junto á las mismas andas del
santo. Era hombre joven, de los de treinta bien corridos; de buena
estatura, gran aire y elegante atavío; llevaba los bigotes engomados,
y el pelo cortado á media tijera; el pelo y los bigotes eran castaños,
la cara de buen color y las facciones muy regulares. En conjunto, podía
llamarse un buen mozo bastante guapo. Cuando los demás se sentaban,
él se ponía de pie y algo más vuelto hacía el público que al altar
mayor, y entonces se le podían contar hasta los botones de su blanca
pechera y los gruesos eslabones de su leontina de oro; y cuando,
bastante á menudo, sacaba su reló y le hacía saltar la cincelada
tapa, relampagueaban en ella, lo mismo que en la piedra del anillo
que ostentaba en su diestra, la luz que penetraba por las vidrieras
de enfrente y hasta la de las velas que alumbraban al santo desde la
meseta que sostenía las andas.
Mientras el orador de Pandos permaneció en el púlpito, el caballero,
plantificado junto á la barandilla y de cara al público, le recorría
minuciosamente con la mirada. Inés hubiera jurado que esta mirada del
caballero elegante se detenía algunas veces en ella. Marcones hubiera
jurado lo mismo. Por sí ó por no, la hija de don Baltasar no miraba al
caballero sino cuando estaba segura de que el caballero no la miraba á
ella. Marcones, en tanto, soltaba cada carraspeo que hacía retemblar
las bóvedas. Pero ¿quién era «el caballero del altar mayor?» ¿Por qué
se había plantificado allí, en día tan solemne, á la par del mismo
San Roque y haciendo juego con los tres señores curas cuando éstos
se sentaban en el banco de la Epístola? ¿Por qué miraba con aquel
descaro á la gente, y no se sentaba jamás? Cierto que se arrodillaba á
tiempo y no escandalizaba á nadie con actos de irreverencia; pero ¿por
qué sacaba tan á menudo el reló, y le relucían tanto la cadena y las
sortijas? y sobre todo, ¿por qué estaba allí y no en otro sitio más
retirado de la iglesia, y tenía aquellos pinchos en los bigotes?
Éstas y otras preguntas semejantes se leían en las caras de los
feligreses de don Alejo durante la función, y se oyeron en multitud de
bocas después en el portal de la iglesia; y en la carnicería inmediata,
donde se despedazaban los restos de la vaca sacrificada la víspera por
la tarde; y en la taberna contigua, en la que mataban el _sefoco_ de la
iglesia muchos que de ella salían ardorosos y sedientos; y en el corro
de bolos, y en cualquiera parte donde hubiera dos personas procedentes
de la función.
Pero el que estaba sobrexcitado y nervioso, era el médico don Elías,
que había atisbado al forastero desde la puerta trasera de la iglesia,
por encima de la masa de cabezas, al ponerse de puntillas para ver un
poco al predicador. Don Elías no sabía más sobre el caso que los
restantes vecinos de Robleces; pero como á él iba una gran parte de las
preguntas, por razón de su porte de caballero, y tenía el prurito de no
ignorar en absoluto nada de cuanto le fuese preguntado, y por añadidura
le roía como á nadie la curiosidad, el hombre se volvía tarumba para
responder á tantos sin decir que no sabía una palabra.
—Yo he visto esa cara—respondía, sobre poco más ó menos, para salir
del paso, dándose aires de saberlo casi todo;—más: sé quién es ese
caballero; sólo que en este momento no me acuerdo bien. Tengo como una
idea de que me ha consultado alguna vez cierta enfermedad, y hasta
sospecho—aquí bajaba la voz y la daba una entonación misteriosa,
acompañándose con los correspondientes ademanes y miradas,—y hasta
sospecho que ha de ser uno de esos personajes de la masonería, de
quienes hablaba el predicador... Aquellas ojeadas acá y allá; aquel
tecleo de manos en la cadena del reló... masonismo puro... Así se
entienden desde lejos, unos con otros, esos pajarracos... Y como donde
menos se piensa... En fin, no quiero hablar, por si me equivoco; y lo
mejor será que no me tiréis de la lengua... De seguro le han conocido
mis chicas, y ellas me sacarán de la duda.
Entre tanto, Inés llegaba á su casa preocupada con las mismas de todo
el vecindario y otra más; pero sin afanarse tanto como don Elías por
resolverlas. Á lo sumo, se decía mientras andaba, como se había dicho
en la iglesia mientras miraba al forastero, y aun después de mirarle:
—No es enteramente como Isidoro; pero es del corte de algunos que yo
conocí de vista en San Martín. ¿Y por qué se habrá fijado tanto en mí?
Ésta era la duda que Inés sacaba de ventaja á todos los concurrentes á
la función, exceptuando á Marcones, que estaba más picado de ella que
la misma Inés.
Cuando llegó á casa, andaba la Galusa, que no había ido á la fiesta
religiosa por cuidar de la cocina, vertiendo en una media fuente y tres
platos hondos el arroz con leche que había preparado en un calderillo.
Era el postre de la comida de aquella solemnidad clásica. El Berrugo se
permitía, en honor de ella, ese lujo, más el de un gallo en pepitoria y
dos libras de peces que había _comprado_ al Lebrato, amén de la puchera
bien pertrechada de embutidos y carne fresca, y vino abundante de lo
poco puro que había en su bodega.
Aún aguardaba á su hija otra sorpresa tan grande como la que tuvo al
ver al caballero de marras en el altar mayor; la cual sorpresa se la
dió su padre recién llegado á casa, preguntándola:
—¿Qué cara pondría el médico si yo le convidara á comer hoy?
¡En la vida se le había ocurrido otro tanto! Por de pronto, Inés
aplaudió la ocurrencia de todo corazón, y su padre mandó á escape con
el recado á casa de don Elías.
—Me ha dado esa corazonada—la dijo en seguida,—al verle en el portal de
la iglesia con cara de hambre y hablando por los codos.
—Ha hecho usted muy bien—dijo la bondadosa muchacha,—porque es un
bendito de Dios...
—El otro convidado—añadió el Berrugo, mientras Inés se ponía de
codos sobre la baranda del balcón, porque este diálogo ocurría entre
puertas,—el gandulote de Lumiacos, en el pasadizo queda cuchicheando
con su tía... Pero, mujer, ahora que me acuerdo, ¿quién sería aquel
caballerete fachendoso que estaba oyendo misa encaramado junto al altar
mayor?
—¡Ahí le tiene usted!—respondió Inés al punto, enderezándose
repentinamente.
—¿En dónde?
—Por la calleja de la iglesia viene hacia acá.
—Efectivamente,—dijo el Berrugo acercándose á la baranda.
La pared del corral, que era alta, ocultó en aquel instante al
forastero.
—¿Adónde demonios irá por ahí?—preguntó don Baltasar.
Iba á responder Inés que no lo sabía, cuando oyó un carraspeo muy cerca
de la portalada, y por debajo de ella vió asomar unos pies muy bien
calzados, mientras el pestillo se movía, levantado desde afuera.
—¡Á nuestra casa viene!—exclamó entonces en el colmo de la sorpresa.
—¡Toma, y es verdad!—dijo el Berrugo, viendo asomar medio cuerpo del
personaje dentro de la corralada.
El padre y la hija se retiraron muy á prisa del balcón, precisamente
en el instante en que entraba en la sala, por la puerta del carrejo,
haciendo una pesada reverencia, Marcones, con la boca muy risueña y los
ojos muy fruncidos.
Inés estuvo á pique de descubrir el detestable efecto que la produjo la
repentina aparición de aquella nube tan negra.
[Ilustración]
[Ilustración]
XX
QUIÉN ERA ÉL
El caballero, después de llamar abajo y de recibir del mismo don
Baltasar, desde lo alto de la escalera, el permiso para subir, subió.
—¿El señor don Baltasar Gómez de la Tejera?—preguntó muy cortés, apenas
hubo llegado al descanso.
—Servidor de usted,—respondió don Baltasar descubriéndose la cabeza,
porque descubierta la tenía ya el otro.
El cual le tendió en seguida la mano y le dijo, á vueltas de las
palabras usuales del saludo corriente entre personas bien educadas:
—Mil perdones, ante todo, por lo intempestivo de la hora, señor don
Baltasar.
—Pase usted más adentro, y cúbrase—dijo el Berrugo interrumpiendo
al visitante y cubriéndose él.—Se entiende—añadió deteniéndose y
deteniendo al otro, que le seguía,—si lo que tiene que decirme no es
asunto reservado; porque, en este caso, hablaríamos en otra parte.
—¡Nada de eso, mi señor don Baltasar!—respondió el personaje,—¡nada de
eso! Todo cuanto aquí me trae es claro, natural y sencillo, y puede
publicarse á voces á la puerta de la iglesia.
—Pues pasemos adelante entonces... y usted dirá,—repuso don Baltasar
andando hacia la sala, en la cual se hallaban Inés y Marcones en
silencio y de bien distinta manera impresionados con lo que estaba
sucediendo á pocos pasos de allí.
Al ver entrar al elegante caballero del altar mayor haciendo
reverencias y derramando fragancias de perfumería, Inés, después
de responderle con medias palabras, muy mal articuladas, y entre
corrientes de fuego que la pusieron rojas las mejillas, manifestó
intenciones de retirarse, conducta á que la tenía acostumbrada su padre
en parecidas ocasiones.
—¡Oh, de ninguna manera, señorita!—se apresuró á decir el visitante,
conociendo las intenciones de Inés.—De ninguna manera consentiré que
usted se retire porque yo entre. ¡Pues no faltaría más! Supongo—añadió
dirigiéndose á don Baltasar,—que esta hermosa señorita es hija de
usted.
El Berrugo respondió que sí lo era.
—Pues le felicito á usted de todo corazón, señor don Baltasar, por ser
padre venturoso de tan bella criatura... Lo digo sin el menor asomo de
lisonja—añadió el expansivo y galante caballero, al ver que la pobre
Inés no sabía dónde esconder la cara hecha una lumbre.—¿Y se llama?
—Inés,—respondió el Berrugo, no sé si complacido ó molesto con aquellas
cortesías á que él no estaba avezado.
—¡Inés!—repitió el otro.—¡Bonito nombre!
Y como después de esto, y aun algo antes de ello, echara ciertas
ojeadas á Marcones, adivinándole la curiosidad le dijo el Berrugo:
—Este sujeto es Marcos, el sobrino de mi criada Romana. Es de Lumiacos,
y va para cura. Ahora está de vacaciones, y hoy viene á comer con
nosotros.
No ya verde, amarillo y azul se puso Marcones al oir estas señas que
de él daba, en el tono más fríamente burlón que pudiera imaginarse,
el padre de su discípula, que quizás estuviera en aquel instante
comparando su corte, medio eclesiástico, con la vistosa y elegante
traza del impertinente caballero del altar mayor. Así fué que, temiendo
dar un estallido más gordo, que se lo echara todo á perder, pagó con
una cabezada y un gruñido el amago de reverencia que le hizo el
forastero, y salió de la sala sin que tratara nadie de detenerle, con
lo cual acabó de enfurruñarse.
Solos los tres, y como en familia, sentóse en medio el visitante, por
invitación de don Baltasar, y dijo así, con el pulgar de la izquierda
en el bolsillo correspondiente de su chaleco, y la diestra en el ala de
su sombrero de cazo, puesto de canto sobre el muslo derecho:
—Le considero á usted, señor don Baltasar, y á usted, señorita Inés, y
hasta al pueblo entero de Robleces, en la mayor curiosidad por saber de
qué nube se ha caído este personaje extraño que se plantifica durante
la fiesta de San Roque en mitad del presbiterio, y se cuela ahora por
las puertas de esta casa. Lo que menos se han figurado las honradas y
sencillas gentes que me han visto allí, es que yo había elegido lugar
tan alto y ocasión tan solemne para lucir mi cadena de oro y mi pechera
con brillantes... ¿Presumo mal, señorita Inés? Vamos, dígamelo usted
francamente. ¿No le pasó á usted por la cabeza la aprensión de que
yo era un farsante presuntuoso, que elegía aquel sitio para lucir la
persona, como los jándalos de otros tiempos?
—No se me ocurrió semejante cosa,—respondió Inés muy acobardada, pero
con toda sinceridad.
—No es extraño, si bien se mira—dijo el apuesto galán con el acento
meloso que suavizaba todas sus palabras,—porque á la edad de usted y
con su honrado candor, no caben ciertas malicias... Pero ¿á que se le
ocurrió al señor don Baltasar, que ha vivido más años y corrido más
mundo y experimentado más gentes?
—Efectivamente—respondió el aludido, sin pararse en barras:—eso fué
lo primero que se me ocurrió al verle á usted tan empingorotado allá
arriba, y tan peripuesto: que era usted un farsante. Las cosas claras.
—Ya comprenderá usted que no he de ofenderme con esa claridad, cuando
me ha visto anticiparme con el supuesto, dándole por bien fundado.
Y hablando ahora en pura verdad, ¡si supieran ustedes lo lejos que
iban de ella los que me juzgaban de ese modo! ¡Si supieran todos cuán
diferentes de esa disculpable flaqueza eran las causas por que he
venido hoy á Robleces, y me he puesto á oir misa en el altar mayor, y
estoy ahora bajo los techos de esta casa! ¡Si pudieran imaginárselo
que pasaba por mí cuando oía la voz cascada del buenísimo don Alejo,
y lo que hubiera dado yo por sustituir, siquiera con la campanilla
en la mano, á cualquiera de los muchachuelos que tenían la fortuna
de ayudarle! ¡Si supieran lo que yo sentía cuando paseaba los ojos
por cada rincón de la iglesia, y por la barandilla del coro, y por
la escalera del campanario! ¡Si supieran que no hay un retablo, una
imagen, una piedra, un adorno en ese templo, que me sea desconocido!
Y sobre todo, señor don Baltasar y señorita Inés, si supieran ustedes
lo que pasa por mí al hallarme donde me hallo en este instante, no me
tendrían por descortés al declararles, como les declaro, que, al venir
á esta casa, dudo si me arrastra más el amor que la tengo, que la
estima que me merecen las personas que la habitan.
El extraño personaje parecía muy conmovido al terminar esta parrafada,
que escucharon el Berrugo y su hija con profundísima atención; y
viendo don Baltasar que el visitante se detenía después de las últimas
palabras, precisamente las que más le habían avivado la curiosidad,
preguntóle con la llaneza que él usaba con todo el mundo:
—Pero ¿quién demonios es usted?
Sonrióse afablemente el interpelado; miró de pasada á Inés, cuya fuerza
de atención rayaba en el pasmo, y respondió á don Baltasar de este modo:
—Es posible que no tenga usted noticias de un sobrinillo que embarcó
para la Habana el famoso Mayorazgo de Robleces, muy poco antes de
venderle á usted esta casa.
—Tengo—dijo el Berrugo,—así como un recuerdo confuso de haber oído
hablar...
—Pues ese sobrino, señor don Baltasar, soy yo. Tomás Quicanes, natural
de Nubloso, pero criado y educado en Robleces al lado de mi tío.
—¡Qué me cuenta usted?—exclamó aquí el Berrugo muy asombrado, ó
aparentando que lo estaba de firme.—¡Conque sobrino del Mayorazgo!
Pero, hombre, ¡si parece mentira!
—Pues es la pura verdad, señor don Baltasar—repuso el elegante
mozo,—y un desengaño bien triste para los que me hayan tomado por un
Archipámpano del otro mundo, al verme hoy tan soplado junto á las andas
mismas de San Roque. ¿No lo cree usted lo mismo, Inés?—añadió mirando á
la guapa chica con la mayor naturalidad.
Pero Inés sólo respondió sonriéndose y volviendo á ponerse colorada,
bajando los ojos al mismo tiempo y pellizcándose con una mano la falda
de su vestido por cerca de las rodillas.