recibir este disparo á la oreja, contestó á Pedro Juan, mientras con un
dedo meñique mataba las cosquillas que le habían hecho las palabras en
el oído:
—¡Cuánto hace ya, hijo de mi alma, que podíamos estar de güelta, á no
ser tú tan como eres!
—¿Eso es decirme que sí, Pilara?—se atrevió á preguntar Pedro Juan,
temblando de gusto.
—¡Y con alma y vida, bobón!—le respondió ella mirándole mimosona.
Todo esto ocurrió en brevísimo tiempo, y en muy poco más descargó el
carro Pedro Juan. ¡En un tris estuvo que no ahogara á su padre, que
estaba al boquerón, bajo las tremendas horconadas de yerba que le
mandaba sin cesar!
Por la noche no probó bocado en la cocina; y cada vez que sus ojos
se encontraban con los de Pilara, se estremecía de arriba abajo, y á
veces se reía solo. Ponderó mucho el Berrugo delante de la obrerada sus
valentías de descargador, y estuvo á pique de abrazar á «ese hombre,»
no por el elogio, sino porque ya nadie ni nada le parecía allí malo ni
feo. Entró Inés á dar un vistazo á la mesa, como solía; la halló el
Josco pintiparada para madrina, y tuvo tentaciones de proponérselo á
voces allí mismo.
Afortunadamente para Pedro Juan, todo era bulla y algazara en la
cocina, y nadie reparaba en sus vehementes obsesiones. Hasta el Berrugo
estaba menos incisivo y cruel que de costumbre: le habían salido dos
carros más de yerba que otros años, y se había recogido el agosto en un
día menos.
Por todo lo cual había en la mesa una tartera de plus con el
sobrante de la cabra laceriosa, y se remató el festín con una rueda
extraordinaria de un blanquillo averiado que el anfitrión pensaba
arrojar á la pila del estiércol.
[Ilustración]
[Ilustración]
XVIII
VUELTA AL PLEITO DE MARCONES
Y aconteció que Inés, apenas hecha aquel tratado de paz con su maestro,
se vió obligada á poner á prueba el buen andar de aquella máquina de
su cerebro, que poco antes había comenzado á moverse segura, pero
lentamente; porque llegó á encontrarse muy mal á gusto en la escuela,
desempeñando el papel de simple receptáculo pasivo de las enseñanzas
de Marcones, y quiso tener allí su iniciativa propia, de modo que, sin
dejar de ser discípula, pudiera dirigir á su profesor.
Parecerá esto algo contradictorio, y aun muestra de inverosímiles
atrevimientos en la dócil y modestísima educanda. Pues no hay semejante
cosa. Inés seguía admirando el saber y hasta el método de enseñanza de
su maestro, y ni remotamente creía que el que ella trataba en imponer
allí valiera ni siquiera tanto como el otro; pero ocurría que entre las
aprensiones de Inés se había enmarañado de pronto el concepto personal,
la idea cristalizada de Marcos vivo y efectivo, de tal suerte, que no
se puede explicar sino con el ejemplo de lo que pasa á ciertas personas
aprensivas, con la forzosa y continua presencia de un arma de fuego,
cargada: temiendo hasta que se dispare sola, la penen á cubierto de
cualquier imprudencia temeraria y de todo golpe casual. Pues bueno:
Marcones, desde el estallido de marras, era para Inés un escopetón
cargado de metralla hasta la boca, que podía volver á dispararse solo á
la hora menos pensada; y para aislarle, para mantenerle en la posición
menos peligrosa, para evitar y aun para conjurar los golpes casuales,
ó, viniendo á lo concreto, para prevenirse contra sus ímpetus fogosos,
para conjurarlos y para dirigirlos, no había encontrado otro medio que
_llevar la voz cantante_ en la escuela. Esto no había de conseguirse
ventilando allí asuntos de cecina ni chismecillos de vecindad,
sino temas de mayor fuste; puntos pertinentes á las materias de su
enseñanza, y atrincherarse con ellos; atiborrarse el magín de teorías,
de dudas y de reparos, y acosar al profesor incesantemente con estas
armas; obligarle á estar atento siempre y amarrado á esas escaramuzas
de la discípula; y en cada intento de escapada por el portillo abierto
ó por la brecha desatendida, acudir allá con nuevos pertrechos que le
distrajeran y hasta le abrumaran.
Todo esto había intentado Inés, y lo que es más de admirar, todo esto
había conseguido en pocos días, sometiendo con heróica voluntad su
buena inteligencia á una gimnasia desesperada. No eran ciertamente
campo adecuado al ejercicio de tan hermosos elementos de investigación
y de análisis, los cuatro libracos de texto que Marcones la había
prestado, y algunos más, por el estilo, que conservaba de su madre;
pero lo que á la labor le faltara de ancho, lo tendría de hondo; y si
no hallaba al cabo grandes cosas, aprendía la manera de buscarlas, lo
cual, apurando bien su tesis, era lo que más falta la hacía por de
pronto.
Procediendo de este modo, buscando el por qué de aquellas materias
mal esbozadas, y supliendo con el buen sentido lo que en ellas no se
columbraba, se halló de manos á boca con que en lo que iba dejando
atrás, después de sometido á nuevo análisis, veía ella mucho más de lo
que la había enseñado su maestro; y con esto, y con lo que no traslucía
bastante claro, y con lo que de intento enturbiaba para dar que hacer
con la supuesta duda á Marcos, no solamente le tuvo durante una semana
pendiente de su capricho, sino vencido casi siempre, y muy á menudo
estupefacto.
Pero ¿qué mosca había picado á Inés para lanzarla tan de repente por
aquellos trigos de Dios?
La mosca esa daría motivo para que se luciera aquí de firme una pluma
diestra en anatomías psicológicas y en disquisiciones fantasmagóricas,
por los profundos de las más recónditas obscuridades del espíritu
humano, cuando encarna en naturalezas tan sensibles, dóciles y bien
equilibradas como la de Inés; pero la mía, quiero decir mi pluma,
torpe y desmazalada de por sí, que á la luz del mediodía y por
caminos muy trillados se ve y se desea para no andar á tropezones,
renunciando hasta al intento de echar una suerte entre los, para
ella, inextricables laberintos de esos perifollos del arte, dirá á la
buena de Dios que el miedo á los tiros escapados del escopetón de mi
ejemplo, se le habían infundido á Inés, primeramente su buen instinto
y excelente gusto natural, que de hora en hora la iban aclarando aquel
lado obscuro que tanto la preocupó durante la noche que siguió al
estampido del seminarista; y en segundo lugar, la lectura de aquellos
librejos recreativos que la había prestado Marcones «para educarla el
sentimiento.»
Los tales librejos eran novelas de las llamadas _ejemplares_, obras
de propaganda, pensadas y escritas con las intenciones más honradas
del mundo, pero que, con excepciones contadísimas, hacen bostezar
á los niños que sólo apetecen lo maravilloso, y se les caen de las
manos á las mozas casaderas que ya no se deleitan con austeridades
candorosas ni con inocentadas insípidas. Y conste ante todo que no
me burlo de esta clase de lecturas, aunque me lamente de que no sean
más entretenidas y pegajosas, como lo son las muy contadas que,
precisamente por ser así y hasta magistrales, no pasan por el tamiz
de las _almas pías_, que tampoco apechugan con aquéllas... ni con las
otras. Va todo ello á cuento y en demostración de las buenas tragaderas
de Inés, que se envasó tres obras ejemplares en día y medio; hazaña
que casi iguala, si no obscurece, á la que yo rematé, siendo niño,
leyéndome en igual tiempo á _Misseno_, ó _El Hombre feliz_, la obra
más de bien que se ha escrito en el mundo, indudablemente, pero cuya
lectura han terminado muy pocos cristianos y no ha repetido ninguno, yo
inclusive.
No tenían los alcances filosóficos de esta novela patriarcal las
devoradas por Inés; pero, en cambio, eran los primeros libros de
imaginación que ella leía; y por esto, y por tratarse allí de cosas
muy hacederas en la práctica de la vida entre personajes de carne
y hueso, no tomó los asuntos de los libros como ficciones de una
fantasía más ó menos gallarda, sino como relatos fieles de aventuras
reales y verdaderas. Por feliz casualidad, uno de los tres libros
leídos era el mejor de la colección, el menos ñoño, el de más arte
y de mayores atrevimientos de pasión y de colorido. Esta novela la
cautivó verdaderamente. Reducíase en substancia el asunto de ella á lo
siguiente, según resultaba de la lectura, entiéndase bien, no de lo que
se proponía el fervoroso novelista:
Cierto don Zacarías Hernández, hombre muy acaudalado, honradote á su
modo, receloso y muy escogido en el trato de las gentes, reglamentado
en su vida, devoto hasta cierto punto, menguado de mollera, y, por
abominación instintiva, al rape en letras de molde, tenía una hija,
llamada Amparo, educada con grandes precauciones, recién salida del
colegio, hermosa como unas perlas, muy humildita por régimen, y
con unos ojos gachos que, cuando los levantaba, eran dos soles que
derretían las piedras. El tal don Zacarías era íntimo amigo de un don
Justiniano Costales, letrado severo y docto, nacido para la profesión
como la hiedra para el muro: á ella se agarraba, de ella se nutría, con
ella se deleitaba, y de ella tomaba, con los jugos y el arrimo, las
líneas del cuerpo, la expresión de la cara, el corte de su ropaje y
hasta los contados chistes con que se permitía, muy de tarde en tarde,
despejar un poco los celajes sombríos de su frontispicio austero. Estos
chistes, aunque eran de los que dan ganas de llorar, se los celebraban
mucho los canónigos, tres, con quienes se acompañaba en sus metódicos
paseos, amén, entre otros tales, de don Zacarías, que los reía á
carcajadas sin entenderlos, porque estaban, los más de ellos, en latín
de las Pandectas.
Este don Justiniano, letrado viejo, era padre venturoso de Justino,
que ya oficiaba en estrados, mozo de mirar severo, de patillas lacias
y de rostro pálido, de luengos faldones, sombrero de copa y botas
relucientes, bastón de ballena y guantes de medio color. Según el
novelista, que parecía estimarle mucho, así se presentaba siempre en
público este joven, que «era solemne sin arrogancia, digno con los
altaneros, y dócil y sumiso siempre á la autoridad de sus señores
padres.» Además, hacía versos en latín y cerraba los ojos cuando se
encontraba con una chica guapa en sus cotidianos paseos en la amena
compañía de ciertos señores graves, que sólo hablaban de derecho
político, de filosofía tomística ó de la corrupción de los tiempos.
Su mejor entretenimiento era el estudio continuo de la ciencia que
profesaba, y no leía libro de imaginación sin someterle previamente
«á la censura de su padre espiritual.» Este gran muchacho andaba ya
rayando con los treinta, y no fumaba todavía delante de las personas
mayores, ni había entrado jamás en un café. Abominaba del teatro, sin
conocerle, y no reía otros chistes que los de su padre y las agudezas
de los tres canónigos, en latín también, aunque no forense: más bien
era de refectorio.
El cuarto personaje de los principales de la novela, era Isidoro,
galancete listo y guapo; jurisperito ya igualmente; pero calabaceado
varias veces en la Universidad, por andar más atento á las seducciones
del mundo que á los libros de la carrera.
Y sucedió que mientras el don Zacarías Hernández pedía al cielo un
marido como Justino para su hija, el don Justiniano Costales suspiraba
por una mujer como Amparo Hernández para su Justino, que, á su vez, se
regocijaba en la contemplación mental de las dotes, y aun de la dote,
de que estaba adornada la hija de don Zacarías. De esta mancomunidad de
lícitos y honrados deseos, nació, por decreto de la divina Providencia,
según el novelista, el declarado propósito entre los dos padres, de que
los respectivos hijos se fueran aproximando honestamente, y tratándose
y conociéndose poco á poco, de manera que sin esfuerzo se manifestara
el afectuoso vínculo que, por necesidad, había de manifestarse entre
dos criaturas tan semejantes en la honestidad de sus inclinaciones y
en la santidad de sus miras. Y así se hizo. Don Justiniano y Justino
dieron en menudear las visitas á don Zacarías; y en cada una de ellas,
mientras los dos señores padres departían en un extremo de la estancia,
cerca del opuesto, Justino, con las piernas formando dos escuadras
rigurosamente paralelas entre sí, dándose golpecitos en la barbilla con
el puño de su bastón, cogido por el medio con su diestra enguantada,
y la siniestra sobre el muslo correspondiente; Justino, digo, en esta
postura, muy recomendada por el autor de la novela, y colgándole los
faldones de su ceñido levitón hasta cerca del suelo, recitaba á la
hermosa Amparo versos en latín, ó disertaba sobre una ley de Partida,
ó acerca de la política dominante «en sus relaciones con los sagrados
intereses de la familia y de la sociedad.»
Yendo encarriladas las cosas de esta manera, aparece en escena Isodoro,
recién hecho abogado, y conoce á Amparo en casa de unas amigas, cuyo
trato frecuentaba bastante la hija de don Zacarías. Isidoro, como se
ha dicho, era guapo y despierto; y hay que añadir que era además
apasionado, fogoso, algo poeta, ingenuo, franco y alegre como un
cascabel. Le parece monísima la hija del ricacho Hernández, y como lo
siente se lo espeta. Era la primera declaración terminante y apasionada
que Amparo había oído, porque hasta aquella fecha el otro no se había
apeado de sus infolios jurídicos: súpole bien, gustóle el mozo, y
continuó la intriguilla; hasta que se olió desde la otra casa, y se
ató corto en ella á Amparo, sin decirla por qué, lo cual no era de
necesidad para la recluída, porque bien á la vista lo tenía. Isidoro no
pecaba de encogido; ella se dejaba caer muy guapamente hacia el lado de
su gusto, y continuó el galán pintándola su pasión fogosa en cartitas
que la entregaba la sobornada doncella, ó en versos alegóricos que le
publicaba un semanario de la localidad. Á todo esto, continuaba Justino
con sus luengos faldones y su aire de magistrado precoz, haciéndola
disertaciones sobre derecho político, después de haber agotado la
materia del romano; y en vista de que aún tenía tela cortada para buen
rato, y de que al otro se le había descubierto también el juego de las
cartitas y de los versos alegóricos, pusiéronse de acuerdo los señores
padres; habló don Zacarías á su hija terminantemente de lo que no le
había dicho Justino una palabra todavía; ponderó los merecimientos y
las altas prendas personales del hijo de don Justiniano; excomulgó á
Isidoro por calavera y mundano corrompido; aseguróla que no consentiría
la menor duda en la elección; atrevióse la pobre Amparo á establecer
algunas diferencias muy salientes entre los dos aspirantes; tomó don
Zacarías á descarada rebelión estos reparos; creyó ver ya al demonio
metido en su casa y sugiriendo aquellas perversas inclinaciones á
su hija; entregó el conflicto al docto discernimiento de los tres
canónigos; tomáronle éstos bajo su celosa protección; y con tan buen
tino se condujeron, que á los pocos días, según afirmaba en conclusión
el novelista, la divina Providencia _recompensaba_ las virtudes
ejemplares de Justino casándole con Amparo, desengañada de su error,
y _castigaba_ al pícaro Isidoro con la pérdida de aquel tesoro, tan
indebida y ansiosamente codiciado por él.
Tal era, á grandes rasgos, lo principal del asunto de aquella novela.
En opinión de Inés, bien estaría este desenlace cuando por bueno le
daba el novelista; pero, salvo el respeto debido á un hombre que tan
bien plumeaba, y á los tres sabios varones que habían convencido á
Amparo, si ella, Inés, hubiera sido llamada á entender en aquel pleito
y á sentenciarle en conciencia, condena á Justino y casa á Isidoro con
Amparo. ¡Lo que es la inexperiencia en las cosas del mundo y en los
achaques de la vida humana! Á ella le parecía que Justino el estudioso,
con aquella levita tan larga, y aquella cara tan seria, y aquellos
versos en latín por todo recreo, y aquellos discursos tan sabios, que
la recordaban las homilías de Marcones, no resultaba de lo más al
caso para marido de una muchacha tan alegre y tan linda como Amparo;
mientras que Isidoro... ¿Y por qué se llamaba malo y corrompido á
Isidoro, que, como estampa, valía cien veces más que Justino, ó mentían
las señas que daba de él el novelista? ¿Qué maldades suyas se referían
en el libro? Que era aficionado á danzas y espectáculos; que con una
mano cogía el dinero que le enviaban de su casa, y con la otra lo
gastaba en divertirse y en engalanarse; que se perecía por las chicas
guapas; que las requebraba siempre que podía; que leía muchas novelas
y demasiados periódicos; que conocía á muchos periodistas y copleros,
y se tuteaba con un cómico; que en una ocasión había empeñado la capa
para prestar á un amigo menesteroso siete duros, y que era muy alegre
y muy chancero... Corriente. ¿Y qué edad tenía Isidoro? Veinticuatro
años, y además era fuerte, ágil, no de mucha altura, pero muy gallardo,
morenito, de ojos y bigote negros... en fin, que era una golosina para
muchos paladares de buen gusto, y él no hacía por su parte todo lo que
debía para no dejarse tentar del demonio, que, en forma de chica guapa,
le tentaba de continuo.
—Pues, señor—concluía Inés,—con el respeto debido al saber de los
tres señores canónigos, paréceme á mí que con estas prendas y á los
veinticuatro años de edad, lo menos malo que puede hacer un hombre es
lo que hacía el pobre Isidoro. Si robara ó matara ó escandalizara con
sus vicios... Pero ser un poco alegre de genio, bastante desaplicado
en el estudio, algo coplero y muy aficionado al trato de las muchachas
bonitas... Más raro me parece á mí lo del otro: á su edad y con su
carrera, no fumar todavía delante de las personas mayores, y entretener
á su novia con aquellos sermones tan enrevesados y con aquellas coplas
en latín. Además, cuando á Amparo la aconsejaban que se decidiera por
Justino, ya Isidoro había concluído su carrera y tenía juicio y era
hombre tan capaz como el que más... Vamos, que si yo soy Amparo y no
se mete la Providencia por medio, me quedo con Isidoro, como tres y
dos son cinco. ¡Lo que es no entenderlo! ¡Qué cosas diría á las chicas
el diablo de él, con aquella viveza de sangre y aquellos ojos negros y
aquella gracia para las coplas! Debe de dar mucho gusto eso...
Aquí la máquina consabida hizo por sí misma un cambio de engranajes, y
llevó los recuerdos de Inés á aquellas largas temporadas que, de niña,
pasaba en San Martín de la Barra. Allí había visto ella, entre las
diversas y extrañas gentes que veraneaban, hombres que se daban un aire
á ciertos personajes de las novelas que acababa de leer; pero ninguno
de ellos era tan guapo como Isidoro, aunque se le pareciera un poquito.
Juraría que aquélla era la primera vez que los veía en el espejo de su
memoria, y tal como los había visto entonces sin fijarse en ellos. Se
atrevería á contarlos uno á uno. Y ¿por qué le asaltaban ahora estos
recuerdes y antes no? ¡Cosa más rara!... Y ¿de dónde serían aquellos
forasteros? ¿Vendrían todos los años á San Martín? ¿Tendría cada uno
de ellos una historia parecida á las que ella acababa de leer? ¿Harían
versos? ¿Hablarían como Isidoro? De todas maneras, los hombres de
aquella traza no eran tan raros ni tan escasos, cuando en un lugar tan
pequeño como San Martín, se reunían tantos, tan distintos y en tan poco
tiempo. Desde entonces no había salido ella de Robleces (donde las
únicas levitas eran la del cura y la del médico) en media docena de
ocasiones, á otras tantas romerías cercanas; y esas veces, á la fuerza
y con los ojos velados por la negrura de su tedio, la había llevado
Romana por hacer público alarde de su imperio en la casa, ó de un celo
cariñoso de madre postiza, en que nadie creía. No recordaba haber visto
en esas salidas hombres de la traza de los bañistas de San Martín, ó
de los personajes de las novelas. Solamente Marcos... ¡Marcos!... Otro
cambio repentino de la máquina. No ya Isidoro, tan guapo y tan elegante
y tan donoso de palabra; Justino el de los latines, cualquiera de los
bañistas de San Martín que hubiera visto y oído á Marcos, gordinflón,
negrote, puerco de uñas y de ropa, poroso y medio eclesiástico, decirle
á ella las cosas que la había dicho, ¿qué hubiera pensado del suceso?
¿Qué rechifla no hubiera hecho de los dos?
Y aquí se tapaba Inés la cara con las manos, y se asombraba de no haber
caído mucho antes en la cuenta de aquellas enormidades. En fin, que las
cosas no podían seguir de ese modo, y había que cortar por lo sano. No
le plantaría en la calle sin más ni más, porque, al cabo, á tuertas ó á
derechas, le debía un gran beneficio; pero iría desprendiéndose de él
poco á poco, y, entre tanto, le mantendría á raya.
Tal fué el camino por donde llegó Inés, en pocas horas, á encontrar
abominable aquel escopetón que en otras pocas más se le había hecho
temible.
Marcones, á todo esto, no sabía qué pensar de aquella táctica sutil, de
aquellas estratagemas diabólicas con que la discípula le perseguía y le
acorralaba y le tapaba los resquicios por donde se le escapaban á él
los humos y las chispas del volcán que estaba devorándole por dentro,
particularmente desde que había comenzado el agosto del Berrugo y no se
oía una mosca ni se veía alma viviente hacia aquella parte de la casa
donde estaba el cuarto de la escuela. Andaba el mozón desasosegado y
mohíno; y con cada varapalo que recibía de Inés, se ponía más bravo y
sospechoso. ¿De dónde habría sacado aquella trasta tantos recursos y
tan de repente? ¿Por qué andaba tan sobre sí y le tenía en perpetua
batalla y le ponía en tan graves aprietos? ¿Qué diablejo la había
infundido tanto valor, tanta travesura y tanto saber?... De las
novelas, nada le decía por más que la preguntaba.
—No he empezado á leerlas,—le contestaba siempre que el otro le hacía
la pregunta, para buscar una callejuela por donde sacarla al terreno en
que la esperaba él.
Al fin, una tarde se le anticipó ella diciéndole:
—Ya he leído tres.
—¡Hola, hola!—exclamó Marcones sobándose las manos.—Y ¿qué tal, qué
tal? ¿Cosa buena, eh?
Inés le ponderó mucho la de Amparo y Justino. Estaba entusiasmada con
ella.
—Naturalmente—dijo el seminarista entusiasmado también.—Aquello es la
verdad pura: un ejemplo de la más alta y cristiana moralidad. ¡Y cómo
está escrito! ¡Con qué arte y con qué!... ¡Cómo viene por sus pasos
contados, y qué á tiempo, la Justicia de Dios para dar á cada cual su
merecido!
Sobre este punto se permitió Inés algunos reparos, ya conocidos del
lector.
—¡Cómo!—saltó Marcones muy contrariado al oírla.—¡Es posible que no
encuentre usted muy arreglada á justicia aquella conclusión?
—Ya le he dicho á usted—repuso Inés,—que lo estará, cuando aquellos
señores, que tanto sabían, lo arreglaron así; pero...
—Pero—añadió Marcones interrumpiéndola,—usted lo hubiera arreglado de
otro modo, si lo ponen en sus manos. ¿No es eso?
—Justamente—respondió Inés.—¡Vea usted lo que es la ignorancia y la!...
—¡Un joven—prosiguió el de Lumiacos, casi indignado con la ocurrencia
de Inés,—un joven como Justino, con el discurso y la formalidad de un
hombre maduro! ¡Un muchacho que habla y hace versos en latín, como
agua, y maneja los clásicos por debajo de la pata, y se sabe de memoria
el Fuero Juzgo y las Partidas y todo el Derecho romano, y es humilde
y temeroso de Dios, y dócil y sumiso á la autoridad de sus señores
padres, y ni siquiera fuma delante de las personas mayores!...
—Pues por todo eso,—dijo Inés.
—Por todo eso ¿qué?—preguntó Marcones mirándola fieramente.
—Por todo eso—insistió ella,—no le hubiera yo casado con Amparo, que
era tan guapa y tan joven, y tan alegre y tan rica. Me parecía Isidoro
más á propósito para ella.
—¡Isidoro!—exclamó escandalizado Marcones.—¡Un danzarín desjuiciado!
¡Un títere que no sabe hacer una oración primera de activa; que recibe
el título de abogado por misericordia; que corteja á las chicas
casquivanas y publica versos profanos en los periódicos, y empeña
la capa y se tutea con un comediante! ¡Casar una peste así con una
criatura como Amparo! ¿En qué cabeza cabe? ¿Con qué lógica, Inés;
con qué moral? ¡El saber, las virtudes, á los pies de la corrupción
mundana! ¡El juicio y el entendimiento, pisoteados por la locura impía!
¡Qué sería de _nosotros_, los buenos, con unas leyes de moral así?
Usted no ha reflexionado bastante, Inés; usted está alucinada... Usted
no puede pensar de ese modo... ó está contaminada también del virus
ponzoñoso.