Y Pilara, que se vino al suelo, pero á pie firme, en el instante de

recibir este disparo á la oreja, contestó á Pedro Juan, mientras con un

dedo meñique mataba las cosquillas que le habían hecho las palabras en

el oído:

—¡Cuánto hace ya, hijo de mi alma, que podíamos estar de güelta, á no

ser tú tan como eres!

—¿Eso es decirme que sí, Pilara?—se atrevió á preguntar Pedro Juan,

temblando de gusto.

—¡Y con alma y vida, bobón!—le respondió ella mirándole mimosona.

Todo esto ocurrió en brevísimo tiempo, y en muy poco más descargó el

carro Pedro Juan. ¡En un tris estuvo que no ahogara á su padre, que

estaba al boquerón, bajo las tremendas horconadas de yerba que le

mandaba sin cesar!

Por la noche no probó bocado en la cocina; y cada vez que sus ojos

se encontraban con los de Pilara, se estremecía de arriba abajo, y á

veces se reía solo. Ponderó mucho el Berrugo delante de la obrerada sus

valentías de descargador, y estuvo á pique de abrazar á «ese hombre,»

no por el elogio, sino porque ya nadie ni nada le parecía allí malo ni

feo. Entró Inés á dar un vistazo á la mesa, como solía; la halló el

Josco pintiparada para madrina, y tuvo tentaciones de proponérselo á

voces allí mismo.

Afortunadamente para Pedro Juan, todo era bulla y algazara en la

cocina, y nadie reparaba en sus vehementes obsesiones. Hasta el Berrugo

estaba menos incisivo y cruel que de costumbre: le habían salido dos

carros más de yerba que otros años, y se había recogido el agosto en un

día menos.

Por todo lo cual había en la mesa una tartera de plus con el

sobrante de la cabra laceriosa, y se remató el festín con una rueda

extraordinaria de un blanquillo averiado que el anfitrión pensaba

arrojar á la pila del estiércol.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVIII

VUELTA AL PLEITO DE MARCONES

Y aconteció que Inés, apenas hecha aquel tratado de paz con su maestro,

se vió obligada á poner á prueba el buen andar de aquella máquina de

su cerebro, que poco antes había comenzado á moverse segura, pero

lentamente; porque llegó á encontrarse muy mal á gusto en la escuela,

desempeñando el papel de simple receptáculo pasivo de las enseñanzas

de Marcones, y quiso tener allí su iniciativa propia, de modo que, sin

dejar de ser discípula, pudiera dirigir á su profesor.

Parecerá esto algo contradictorio, y aun muestra de inverosímiles

atrevimientos en la dócil y modestísima educanda. Pues no hay semejante

cosa. Inés seguía admirando el saber y hasta el método de enseñanza de

su maestro, y ni remotamente creía que el que ella trataba en imponer

allí valiera ni siquiera tanto como el otro; pero ocurría que entre las

aprensiones de Inés se había enmarañado de pronto el concepto personal,

la idea cristalizada de Marcos vivo y efectivo, de tal suerte, que no

se puede explicar sino con el ejemplo de lo que pasa á ciertas personas

aprensivas, con la forzosa y continua presencia de un arma de fuego,

cargada: temiendo hasta que se dispare sola, la penen á cubierto de

cualquier imprudencia temeraria y de todo golpe casual. Pues bueno:

Marcones, desde el estallido de marras, era para Inés un escopetón

cargado de metralla hasta la boca, que podía volver á dispararse solo á

la hora menos pensada; y para aislarle, para mantenerle en la posición

menos peligrosa, para evitar y aun para conjurar los golpes casuales,

ó, viniendo á lo concreto, para prevenirse contra sus ímpetus fogosos,

para conjurarlos y para dirigirlos, no había encontrado otro medio que

_llevar la voz cantante_ en la escuela. Esto no había de conseguirse

ventilando allí asuntos de cecina ni chismecillos de vecindad,

sino temas de mayor fuste; puntos pertinentes á las materias de su

enseñanza, y atrincherarse con ellos; atiborrarse el magín de teorías,

de dudas y de reparos, y acosar al profesor incesantemente con estas

armas; obligarle á estar atento siempre y amarrado á esas escaramuzas

de la discípula; y en cada intento de escapada por el portillo abierto

ó por la brecha desatendida, acudir allá con nuevos pertrechos que le

distrajeran y hasta le abrumaran.

Todo esto había intentado Inés, y lo que es más de admirar, todo esto

había conseguido en pocos días, sometiendo con heróica voluntad su

buena inteligencia á una gimnasia desesperada. No eran ciertamente

campo adecuado al ejercicio de tan hermosos elementos de investigación

y de análisis, los cuatro libracos de texto que Marcones la había

prestado, y algunos más, por el estilo, que conservaba de su madre;

pero lo que á la labor le faltara de ancho, lo tendría de hondo; y si

no hallaba al cabo grandes cosas, aprendía la manera de buscarlas, lo

cual, apurando bien su tesis, era lo que más falta la hacía por de

pronto.

Procediendo de este modo, buscando el por qué de aquellas materias

mal esbozadas, y supliendo con el buen sentido lo que en ellas no se

columbraba, se halló de manos á boca con que en lo que iba dejando

atrás, después de sometido á nuevo análisis, veía ella mucho más de lo

que la había enseñado su maestro; y con esto, y con lo que no traslucía

bastante claro, y con lo que de intento enturbiaba para dar que hacer

con la supuesta duda á Marcos, no solamente le tuvo durante una semana

pendiente de su capricho, sino vencido casi siempre, y muy á menudo

estupefacto.

Pero ¿qué mosca había picado á Inés para lanzarla tan de repente por

aquellos trigos de Dios?

La mosca esa daría motivo para que se luciera aquí de firme una pluma

diestra en anatomías psicológicas y en disquisiciones fantasmagóricas,

por los profundos de las más recónditas obscuridades del espíritu

humano, cuando encarna en naturalezas tan sensibles, dóciles y bien

equilibradas como la de Inés; pero la mía, quiero decir mi pluma,

torpe y desmazalada de por sí, que á la luz del mediodía y por

caminos muy trillados se ve y se desea para no andar á tropezones,

renunciando hasta al intento de echar una suerte entre los, para

ella, inextricables laberintos de esos perifollos del arte, dirá á la

buena de Dios que el miedo á los tiros escapados del escopetón de mi

ejemplo, se le habían infundido á Inés, primeramente su buen instinto

y excelente gusto natural, que de hora en hora la iban aclarando aquel

lado obscuro que tanto la preocupó durante la noche que siguió al

estampido del seminarista; y en segundo lugar, la lectura de aquellos

librejos recreativos que la había prestado Marcones «para educarla el

sentimiento.»

Los tales librejos eran novelas de las llamadas _ejemplares_, obras

de propaganda, pensadas y escritas con las intenciones más honradas

del mundo, pero que, con excepciones contadísimas, hacen bostezar

á los niños que sólo apetecen lo maravilloso, y se les caen de las

manos á las mozas casaderas que ya no se deleitan con austeridades

candorosas ni con inocentadas insípidas. Y conste ante todo que no

me burlo de esta clase de lecturas, aunque me lamente de que no sean

más entretenidas y pegajosas, como lo son las muy contadas que,

precisamente por ser así y hasta magistrales, no pasan por el tamiz

de las _almas pías_, que tampoco apechugan con aquéllas... ni con las

otras. Va todo ello á cuento y en demostración de las buenas tragaderas

de Inés, que se envasó tres obras ejemplares en día y medio; hazaña

que casi iguala, si no obscurece, á la que yo rematé, siendo niño,

leyéndome en igual tiempo á _Misseno_, ó _El Hombre feliz_, la obra

más de bien que se ha escrito en el mundo, indudablemente, pero cuya

lectura han terminado muy pocos cristianos y no ha repetido ninguno, yo

inclusive.

No tenían los alcances filosóficos de esta novela patriarcal las

devoradas por Inés; pero, en cambio, eran los primeros libros de

imaginación que ella leía; y por esto, y por tratarse allí de cosas

muy hacederas en la práctica de la vida entre personajes de carne

y hueso, no tomó los asuntos de los libros como ficciones de una

fantasía más ó menos gallarda, sino como relatos fieles de aventuras

reales y verdaderas. Por feliz casualidad, uno de los tres libros

leídos era el mejor de la colección, el menos ñoño, el de más arte

y de mayores atrevimientos de pasión y de colorido. Esta novela la

cautivó verdaderamente. Reducíase en substancia el asunto de ella á lo

siguiente, según resultaba de la lectura, entiéndase bien, no de lo que

se proponía el fervoroso novelista:

Cierto don Zacarías Hernández, hombre muy acaudalado, honradote á su

modo, receloso y muy escogido en el trato de las gentes, reglamentado

en su vida, devoto hasta cierto punto, menguado de mollera, y, por

abominación instintiva, al rape en letras de molde, tenía una hija,

llamada Amparo, educada con grandes precauciones, recién salida del

colegio, hermosa como unas perlas, muy humildita por régimen, y

con unos ojos gachos que, cuando los levantaba, eran dos soles que

derretían las piedras. El tal don Zacarías era íntimo amigo de un don

Justiniano Costales, letrado severo y docto, nacido para la profesión

como la hiedra para el muro: á ella se agarraba, de ella se nutría, con

ella se deleitaba, y de ella tomaba, con los jugos y el arrimo, las

líneas del cuerpo, la expresión de la cara, el corte de su ropaje y

hasta los contados chistes con que se permitía, muy de tarde en tarde,

despejar un poco los celajes sombríos de su frontispicio austero. Estos

chistes, aunque eran de los que dan ganas de llorar, se los celebraban

mucho los canónigos, tres, con quienes se acompañaba en sus metódicos

paseos, amén, entre otros tales, de don Zacarías, que los reía á

carcajadas sin entenderlos, porque estaban, los más de ellos, en latín

de las Pandectas.

Este don Justiniano, letrado viejo, era padre venturoso de Justino,

que ya oficiaba en estrados, mozo de mirar severo, de patillas lacias

y de rostro pálido, de luengos faldones, sombrero de copa y botas

relucientes, bastón de ballena y guantes de medio color. Según el

novelista, que parecía estimarle mucho, así se presentaba siempre en

público este joven, que «era solemne sin arrogancia, digno con los

altaneros, y dócil y sumiso siempre á la autoridad de sus señores

padres.» Además, hacía versos en latín y cerraba los ojos cuando se

encontraba con una chica guapa en sus cotidianos paseos en la amena

compañía de ciertos señores graves, que sólo hablaban de derecho

político, de filosofía tomística ó de la corrupción de los tiempos.

Su mejor entretenimiento era el estudio continuo de la ciencia que

profesaba, y no leía libro de imaginación sin someterle previamente

«á la censura de su padre espiritual.» Este gran muchacho andaba ya

rayando con los treinta, y no fumaba todavía delante de las personas

mayores, ni había entrado jamás en un café. Abominaba del teatro, sin

conocerle, y no reía otros chistes que los de su padre y las agudezas

de los tres canónigos, en latín también, aunque no forense: más bien

era de refectorio.

El cuarto personaje de los principales de la novela, era Isidoro,

galancete listo y guapo; jurisperito ya igualmente; pero calabaceado

varias veces en la Universidad, por andar más atento á las seducciones

del mundo que á los libros de la carrera.

Y sucedió que mientras el don Zacarías Hernández pedía al cielo un

marido como Justino para su hija, el don Justiniano Costales suspiraba

por una mujer como Amparo Hernández para su Justino, que, á su vez, se

regocijaba en la contemplación mental de las dotes, y aun de la dote,

de que estaba adornada la hija de don Zacarías. De esta mancomunidad de

lícitos y honrados deseos, nació, por decreto de la divina Providencia,

según el novelista, el declarado propósito entre los dos padres, de que

los respectivos hijos se fueran aproximando honestamente, y tratándose

y conociéndose poco á poco, de manera que sin esfuerzo se manifestara

el afectuoso vínculo que, por necesidad, había de manifestarse entre

dos criaturas tan semejantes en la honestidad de sus inclinaciones y

en la santidad de sus miras. Y así se hizo. Don Justiniano y Justino

dieron en menudear las visitas á don Zacarías; y en cada una de ellas,

mientras los dos señores padres departían en un extremo de la estancia,

cerca del opuesto, Justino, con las piernas formando dos escuadras

rigurosamente paralelas entre sí, dándose golpecitos en la barbilla con

el puño de su bastón, cogido por el medio con su diestra enguantada,

y la siniestra sobre el muslo correspondiente; Justino, digo, en esta

postura, muy recomendada por el autor de la novela, y colgándole los

faldones de su ceñido levitón hasta cerca del suelo, recitaba á la

hermosa Amparo versos en latín, ó disertaba sobre una ley de Partida,

ó acerca de la política dominante «en sus relaciones con los sagrados

intereses de la familia y de la sociedad.»

Yendo encarriladas las cosas de esta manera, aparece en escena Isodoro,

recién hecho abogado, y conoce á Amparo en casa de unas amigas, cuyo

trato frecuentaba bastante la hija de don Zacarías. Isidoro, como se

ha dicho, era guapo y despierto; y hay que añadir que era además

apasionado, fogoso, algo poeta, ingenuo, franco y alegre como un

cascabel. Le parece monísima la hija del ricacho Hernández, y como lo

siente se lo espeta. Era la primera declaración terminante y apasionada

que Amparo había oído, porque hasta aquella fecha el otro no se había

apeado de sus infolios jurídicos: súpole bien, gustóle el mozo, y

continuó la intriguilla; hasta que se olió desde la otra casa, y se

ató corto en ella á Amparo, sin decirla por qué, lo cual no era de

necesidad para la recluída, porque bien á la vista lo tenía. Isidoro no

pecaba de encogido; ella se dejaba caer muy guapamente hacia el lado de

su gusto, y continuó el galán pintándola su pasión fogosa en cartitas

que la entregaba la sobornada doncella, ó en versos alegóricos que le

publicaba un semanario de la localidad. Á todo esto, continuaba Justino

con sus luengos faldones y su aire de magistrado precoz, haciéndola

disertaciones sobre derecho político, después de haber agotado la

materia del romano; y en vista de que aún tenía tela cortada para buen

rato, y de que al otro se le había descubierto también el juego de las

cartitas y de los versos alegóricos, pusiéronse de acuerdo los señores

padres; habló don Zacarías á su hija terminantemente de lo que no le

había dicho Justino una palabra todavía; ponderó los merecimientos y

las altas prendas personales del hijo de don Justiniano; excomulgó á

Isidoro por calavera y mundano corrompido; aseguróla que no consentiría

la menor duda en la elección; atrevióse la pobre Amparo á establecer

algunas diferencias muy salientes entre los dos aspirantes; tomó don

Zacarías á descarada rebelión estos reparos; creyó ver ya al demonio

metido en su casa y sugiriendo aquellas perversas inclinaciones á

su hija; entregó el conflicto al docto discernimiento de los tres

canónigos; tomáronle éstos bajo su celosa protección; y con tan buen

tino se condujeron, que á los pocos días, según afirmaba en conclusión

el novelista, la divina Providencia _recompensaba_ las virtudes

ejemplares de Justino casándole con Amparo, desengañada de su error,

y _castigaba_ al pícaro Isidoro con la pérdida de aquel tesoro, tan

indebida y ansiosamente codiciado por él.

Tal era, á grandes rasgos, lo principal del asunto de aquella novela.

En opinión de Inés, bien estaría este desenlace cuando por bueno le

daba el novelista; pero, salvo el respeto debido á un hombre que tan

bien plumeaba, y á los tres sabios varones que habían convencido á

Amparo, si ella, Inés, hubiera sido llamada á entender en aquel pleito

y á sentenciarle en conciencia, condena á Justino y casa á Isidoro con

Amparo. ¡Lo que es la inexperiencia en las cosas del mundo y en los

achaques de la vida humana! Á ella le parecía que Justino el estudioso,

con aquella levita tan larga, y aquella cara tan seria, y aquellos

versos en latín por todo recreo, y aquellos discursos tan sabios, que

la recordaban las homilías de Marcones, no resultaba de lo más al

caso para marido de una muchacha tan alegre y tan linda como Amparo;

mientras que Isidoro... ¿Y por qué se llamaba malo y corrompido á

Isidoro, que, como estampa, valía cien veces más que Justino, ó mentían

las señas que daba de él el novelista? ¿Qué maldades suyas se referían

en el libro? Que era aficionado á danzas y espectáculos; que con una

mano cogía el dinero que le enviaban de su casa, y con la otra lo

gastaba en divertirse y en engalanarse; que se perecía por las chicas

guapas; que las requebraba siempre que podía; que leía muchas novelas

y demasiados periódicos; que conocía á muchos periodistas y copleros,

y se tuteaba con un cómico; que en una ocasión había empeñado la capa

para prestar á un amigo menesteroso siete duros, y que era muy alegre

y muy chancero... Corriente. ¿Y qué edad tenía Isidoro? Veinticuatro

años, y además era fuerte, ágil, no de mucha altura, pero muy gallardo,

morenito, de ojos y bigote negros... en fin, que era una golosina para

muchos paladares de buen gusto, y él no hacía por su parte todo lo que

debía para no dejarse tentar del demonio, que, en forma de chica guapa,

le tentaba de continuo.

—Pues, señor—concluía Inés,—con el respeto debido al saber de los

tres señores canónigos, paréceme á mí que con estas prendas y á los

veinticuatro años de edad, lo menos malo que puede hacer un hombre es

lo que hacía el pobre Isidoro. Si robara ó matara ó escandalizara con

sus vicios... Pero ser un poco alegre de genio, bastante desaplicado

en el estudio, algo coplero y muy aficionado al trato de las muchachas

bonitas... Más raro me parece á mí lo del otro: á su edad y con su

carrera, no fumar todavía delante de las personas mayores, y entretener

á su novia con aquellos sermones tan enrevesados y con aquellas coplas

en latín. Además, cuando á Amparo la aconsejaban que se decidiera por

Justino, ya Isidoro había concluído su carrera y tenía juicio y era

hombre tan capaz como el que más... Vamos, que si yo soy Amparo y no

se mete la Providencia por medio, me quedo con Isidoro, como tres y

dos son cinco. ¡Lo que es no entenderlo! ¡Qué cosas diría á las chicas

el diablo de él, con aquella viveza de sangre y aquellos ojos negros y

aquella gracia para las coplas! Debe de dar mucho gusto eso...

Aquí la máquina consabida hizo por sí misma un cambio de engranajes, y

llevó los recuerdos de Inés á aquellas largas temporadas que, de niña,

pasaba en San Martín de la Barra. Allí había visto ella, entre las

diversas y extrañas gentes que veraneaban, hombres que se daban un aire

á ciertos personajes de las novelas que acababa de leer; pero ninguno

de ellos era tan guapo como Isidoro, aunque se le pareciera un poquito.

Juraría que aquélla era la primera vez que los veía en el espejo de su

memoria, y tal como los había visto entonces sin fijarse en ellos. Se

atrevería á contarlos uno á uno. Y ¿por qué le asaltaban ahora estos

recuerdes y antes no? ¡Cosa más rara!... Y ¿de dónde serían aquellos

forasteros? ¿Vendrían todos los años á San Martín? ¿Tendría cada uno

de ellos una historia parecida á las que ella acababa de leer? ¿Harían

versos? ¿Hablarían como Isidoro? De todas maneras, los hombres de

aquella traza no eran tan raros ni tan escasos, cuando en un lugar tan

pequeño como San Martín, se reunían tantos, tan distintos y en tan poco

tiempo. Desde entonces no había salido ella de Robleces (donde las

únicas levitas eran la del cura y la del médico) en media docena de

ocasiones, á otras tantas romerías cercanas; y esas veces, á la fuerza

y con los ojos velados por la negrura de su tedio, la había llevado

Romana por hacer público alarde de su imperio en la casa, ó de un celo

cariñoso de madre postiza, en que nadie creía. No recordaba haber visto

en esas salidas hombres de la traza de los bañistas de San Martín, ó

de los personajes de las novelas. Solamente Marcos... ¡Marcos!... Otro

cambio repentino de la máquina. No ya Isidoro, tan guapo y tan elegante

y tan donoso de palabra; Justino el de los latines, cualquiera de los

bañistas de San Martín que hubiera visto y oído á Marcos, gordinflón,

negrote, puerco de uñas y de ropa, poroso y medio eclesiástico, decirle

á ella las cosas que la había dicho, ¿qué hubiera pensado del suceso?

¿Qué rechifla no hubiera hecho de los dos?

Y aquí se tapaba Inés la cara con las manos, y se asombraba de no haber

caído mucho antes en la cuenta de aquellas enormidades. En fin, que las

cosas no podían seguir de ese modo, y había que cortar por lo sano. No

le plantaría en la calle sin más ni más, porque, al cabo, á tuertas ó á

derechas, le debía un gran beneficio; pero iría desprendiéndose de él

poco á poco, y, entre tanto, le mantendría á raya.

Tal fué el camino por donde llegó Inés, en pocas horas, á encontrar

abominable aquel escopetón que en otras pocas más se le había hecho

temible.

Marcones, á todo esto, no sabía qué pensar de aquella táctica sutil, de

aquellas estratagemas diabólicas con que la discípula le perseguía y le

acorralaba y le tapaba los resquicios por donde se le escapaban á él

los humos y las chispas del volcán que estaba devorándole por dentro,

particularmente desde que había comenzado el agosto del Berrugo y no se

oía una mosca ni se veía alma viviente hacia aquella parte de la casa

donde estaba el cuarto de la escuela. Andaba el mozón desasosegado y

mohíno; y con cada varapalo que recibía de Inés, se ponía más bravo y

sospechoso. ¿De dónde habría sacado aquella trasta tantos recursos y

tan de repente? ¿Por qué andaba tan sobre sí y le tenía en perpetua

batalla y le ponía en tan graves aprietos? ¿Qué diablejo la había

infundido tanto valor, tanta travesura y tanto saber?... De las

novelas, nada le decía por más que la preguntaba.

—No he empezado á leerlas,—le contestaba siempre que el otro le hacía

la pregunta, para buscar una callejuela por donde sacarla al terreno en

que la esperaba él.

Al fin, una tarde se le anticipó ella diciéndole:

—Ya he leído tres.

—¡Hola, hola!—exclamó Marcones sobándose las manos.—Y ¿qué tal, qué

tal? ¿Cosa buena, eh?

Inés le ponderó mucho la de Amparo y Justino. Estaba entusiasmada con

ella.

—Naturalmente—dijo el seminarista entusiasmado también.—Aquello es la

verdad pura: un ejemplo de la más alta y cristiana moralidad. ¡Y cómo

está escrito! ¡Con qué arte y con qué!... ¡Cómo viene por sus pasos

contados, y qué á tiempo, la Justicia de Dios para dar á cada cual su

merecido!

Sobre este punto se permitió Inés algunos reparos, ya conocidos del

lector.

—¡Cómo!—saltó Marcones muy contrariado al oírla.—¡Es posible que no

encuentre usted muy arreglada á justicia aquella conclusión?

—Ya le he dicho á usted—repuso Inés,—que lo estará, cuando aquellos

señores, que tanto sabían, lo arreglaron así; pero...

—Pero—añadió Marcones interrumpiéndola,—usted lo hubiera arreglado de

otro modo, si lo ponen en sus manos. ¿No es eso?

—Justamente—respondió Inés.—¡Vea usted lo que es la ignorancia y la!...

—¡Un joven—prosiguió el de Lumiacos, casi indignado con la ocurrencia

de Inés,—un joven como Justino, con el discurso y la formalidad de un

hombre maduro! ¡Un muchacho que habla y hace versos en latín, como

agua, y maneja los clásicos por debajo de la pata, y se sabe de memoria

el Fuero Juzgo y las Partidas y todo el Derecho romano, y es humilde

y temeroso de Dios, y dócil y sumiso á la autoridad de sus señores

padres, y ni siquiera fuma delante de las personas mayores!...

—Pues por todo eso,—dijo Inés.

—Por todo eso ¿qué?—preguntó Marcones mirándola fieramente.

—Por todo eso—insistió ella,—no le hubiera yo casado con Amparo, que

era tan guapa y tan joven, y tan alegre y tan rica. Me parecía Isidoro

más á propósito para ella.

—¡Isidoro!—exclamó escandalizado Marcones.—¡Un danzarín desjuiciado!

¡Un títere que no sabe hacer una oración primera de activa; que recibe

el título de abogado por misericordia; que corteja á las chicas

casquivanas y publica versos profanos en los periódicos, y empeña

la capa y se tutea con un comediante! ¡Casar una peste así con una

criatura como Amparo! ¿En qué cabeza cabe? ¿Con qué lógica, Inés;

con qué moral? ¡El saber, las virtudes, á los pies de la corrupción

mundana! ¡El juicio y el entendimiento, pisoteados por la locura impía!

¡Qué sería de _nosotros_, los buenos, con unas leyes de moral así?

Usted no ha reflexionado bastante, Inés; usted está alucinada... Usted

no puede pensar de ese modo... ó está contaminada también del virus

ponzoñoso.

La Puchera · 第 15 / 28 段