Duraba cerca de dos semanas, porque no entraban, un año con otro, menos
de sesenta carros de yerba curada en el pajar; y la tarea se llevaba
en vilo, sin otra interrupción que la del día festivo intermedio. Cada
tarde se _empayaban_ seis ó siete carros, y á esta norma se acomodaban
las siegas de cada día. Toda la gente que andaba en la brega era de la
casa: colonos y deudos de colonos, de los más trabajadores y entendidos
entre todos los colonos y deudos de colonos del Berrugo, con las únicas
excepciones, últimamente, de Pilara, por ser la mejor _acaldadora_
de yerba que se conocía en Robleces, y de Quilino, á ratos, que se
colaba en el bureo de aquellos agostos sin que nadie le llamara, como
se colaba en todas partes. Desde que Pedro Juan fué mozo, él y su
padre eran siempre los segadores de cabecera: aunque viejo el uno y muy
hechos los dos á las fatigas del mar, tan diferentes de las de tierra
firme, no había miedo que dalle alguno les picara los talones. Como
rapado con navaja de afeitar quedaba el suelo en cada _cambá_ de las
que ellos _tiraban_, acompañándose con sendos crujidos del resuello. El
Josco tenía además la gracia de conducir la enorme balumba de un carro
de yerba por un despeñadero, sin que _entornara_, y la de cargarle y
descargarle en la mitad de tiempo que el labrador más ágil y forzudo.
Desde la primera vez que lo notó el Berrugo, le encomendó el mejor
carro de los dos de su casa, y le puso á Pilara por acaldadora. Hay
quien afirma que de este modo nació, dos agostos antes del que aquí se
menciona, la buena ley que se tenían Pilara y el hijo del Lebrato. Y en
verdad que nunca como en aquellas ocasiones eran tan de ver los dos, ni
parecían mejor cortados el uno para el otro.
Tampoco mentía la Galusa al afirmar á su sobrino que en el agosto, como
en todo lo de su casa, «ese hombre tenía el hipo de que no se diera
golpe ni se comiera bocao sin que la su mano y los sus ojos entendieran
en ello.» Verdaderamente era en aquellos días un argadillo que mareaba.
Comenzaba el ajetreo por el acopio del «boquible,» como él decía, para
la «obrerada:» bacalao de desecho, medio podrido, y una oveja sarnosa
de su rebaño en aparcería; y si no había oveja de estas condiciones,
una becerruca _azurronada_ y á punto de morirse de ruinera, que nunca
faltaba en casa de un aparcero ó en la suya propia. El vino, de lo
tinto picado de su bodega. Para matar el dejo de la carne enferma ó del
bacalao podrido, sabía él hacer unos adobos cáusticos que levantaban
ampollas y escaldaban el paladar, de modo que el más sutil de suyo
no advertía la acritud que pudiera quedarle al vino después del agua
de fregar con que le había _mejorado_ el inocente. Y nada de pan
blanco para las comidas: boronas como ruedas de molino. De esto, hasta
llenarles la andorga. Gracias á Dios, había maíz sobrante en el desván,
y aquello de menos le comerían los ratones. Para el ollón del mediodía,
las berzas de _posarmo_, las alubias con gorgojo, el tocino avenado...
¡y agua que te crió! La _parva_, de una bebida alcohólica, cuyos
componentes, tan baratos como corrosivos, fueron siempre un secreto
suyo, y un zoquete de pan duro y mohoso por persona.
Pagando de este modo á los obreros, no le salían, uno con otro, amén de
los carros, á tres reales y cuartillo de jornal. Costumbre era en otras
casas pagar, por iguales trabajos, media peseta además de la comida;
pero el Berrugo tenía leyes especiales y colonos que las sufrían y
acataban, porque les salía peor la cuenta rebelándose.
Avisada y dispuesta la gente, don Baltasar llamaba al Lebrato: le decía
qué prados se habían de _tumbar_ los primeros; y antes de salir el
sol, ya estaba él, con una rastrilla en la mano, esperando en la mies
á los segadores. Por sí mismo reconocía los hisos y los linderos; y al
marcarlos hollando la yerba con los pies, siempre metía las marcas más
de un palmo en los prados colindantes.
—¡Hala por derecho—decía inmediatamente á los segadores,—y apretar de
firme ahora que está la yerba en buen temple de rocío!
Consumiéndole la impaciencia y por ganar algo, aunque sólo fuera un
poco tiempo, sin esperar á que se formara un _lombío_ de dos varas
de largo, ya estaba él esparciéndole con el mango de la rastrilla y
hurgando casi los talones del último segador de la tanda.
Así, hasta que llegaba una criadona con la parva en una cesta.
Quedábase la moza para esparcir los lombíos, y se volvía él á casa.
Á la despensa lo primero. El tocino, las alubias... Del tocino, lo
que oliera peor entre lo apartado por rancio; de las alubias, las más
vacías y agorgojadas.
—¡Hospa!—le decía á la Galusa, que recibía de sus manos aquellas
porquerías en el delantal.—Y para ellos, sobra.
En seguida abajo: á preparar el vino tinto. Después al estragal: los
aperos; si están listos y corrientes. Al corral de atrás: los carros,
las armaduras altas... Llamadas, advertencias y preguntas al criado. Al
pajar, para ver si está bien barrido el suelo y bien apartada la yerba
vieja, trepando á escape la escalera que arranca de allí, pegada á la
pared. Antes, un alto en la _payeta_ para sentar las tablas desclavadas
que estén fuera de su sitio... Abajo otra vez: á la cuadra: las
telarañas, los boquerones, la ceba sobrante. Arriba de nuevo: vistazo y
olisqueo á la carne y al bacalao, que están empapándose en el adobo que
él manipuló. Á la cocina después: á destapar el ollón en que hierven ya
las berzas, el tocino y las alubias. Le parece el condumio _bajo_: ¡más
agua! Antes del mediodía, otro viaje á la mies, por si está ó no está
dada la vuelta á toda la yerba esparcida según la han ido segando...
Y á casa con tiempo para ver cómo se prepara en la cesta grande la
comida que ha de llevarse al prado á los segadores, y medir el vino
correspondiente, que irá en una botija de barro empedernido, con tapón
de _garojo_... Por la tarde, á la mies todos los criados y él con
ellos: á virar toda la yerba segada, y hacinarla después, antes que
caiga el relente. Por la noche, toda la obrerada en la cocina alrededor
de la mesa grande; y en medio de la mesa, dos tarterones con la carne
sarnosa ó el bacalao manido, nadando en una charca de salsa fulminante;
un botellón negro, cargado hasta el gollete de agua de fregar con el
Rioja avinagrado, y una borona partida en dos mitades. Mucho eructo,
mucho carraspeo, mucho restregón de pies, mucho vocerío y grandes
risotadas, y el Berrugo entrando y saliendo y llevando á cada comensal
una cuenta exacta en la memoria, de lo que mojaba, de lo que mascaba y
de lo que bebía; y dicharacho va y pulla viene contra el que se pasaba
«de lo justo,» ¡como si no fuera un acto meritísimo en los infelices,
no ya engullir, sino catar solamente aquellos fementidos brebajes con
que se les estaba envenenando allí!
Al otro día se duplicaban las faenas: recoger por la tarde lo segado la
víspera, y segar y curar otro tanto para recogerlo el día siguiente; y
con este motivo, más obreros y más impedimenta y doblada actividad en
el Berrugo, cuya correa daba para cuanto fuera menester. Con la comida
en la boca y la rastrilla al hombro, tras una mañana sin sosiego, á la
mies con el primer carro, que era uno de los suyos; y allí, mientras se
cargaba este carro y llegaba el segundo y comenzaba á cargar, atropa
y fisgonea y punza y acribilla al lucero del alba. Cargado el primer
carro, á casa detrás de él aguantando sus bamboleos con la rastrilla y
recogiendo las yerbas que se caen ó quedan enredadas en los bardales.
Ya en el corralón y descargándose el carro, á ratos atropaba también
la yerba desparramada en el suelo; á ratos gateaba por la escalera del
pajar para ayudar al de adentro á desatascar el boquerón que atascaba
el descargador del carro; á reñir al «gandul» que se dejaba ahogar
de aquel modo; y por último, y con un rodeo fatigoso por cuadras,
escaleras y pasadizos, á atisbar por un ventanillo del granero, que
comunicaba con el pajar, á la gente moza que acaldaba la gran pila,
medio á obscuras, porque no había allí otra luz que la que se filtraba
por las tejas y la lata podrida del tejado, y la intermitente y baja
que se colaba por el boquerón de la payeta, casi siempre obstruído.
Y si columbraba retozos, y si descubría zancadillas, ¡Cristo mío,
qué cuchilladas de lengua tiraba desde aquel escondrijo, y cómo le
temblaban de frío las carnes al mozo que más sudara en aquel oloroso y
blando quemadero!
Y así toda la tarde. Por la noche, lo mismo que en la anterior, con la
sola diferencia de haberse alargado la mesa y añadido una tartera más
de bacalao podrido ó de carne corrompida, en virtud del aumento de
comensales: igual entraba y salía y rondaba la mesa, y ponderaba los
manjares y zahería al más voraz ó al menos escrupuloso.
¡Y con llevarse semana y media de este modo, es decir, sin cerrar boca
ni parar un punto, comiendo mal y durmiendo peor, no se rendía aquel
cuerpo que parecía nutrirse de la fatiga y del hambre y del cansancio
de los demás! Y si por remate del ajetreo le resultaba un carro de
yerba más de los calculados antes de la siega, hasta se remozaba el
indino.
Pues á lo que íbamos rato hace: el «boquible» de aquel año se compuso
del bacalao de siempre y de una cabra con úlceras y papera.
Pedro Juan había dicho á Pilara, dos días antes de empezarse la labor:
—Estoy avisao pa la siega de ese hombre.
Y ella le había respondido, con «un mirar de ojos» de mayor alcance que
las palabras:
—Tamién yo, Pedro Juan.
—Estonces voy,—había añadido él.
—¿No pensabas dir si no?
—¡Qué sé yo lo que pensaba, coles! De un tiempo acá, no pienso cosa con
arte, si no es una cosa mesma... y dale que dale, y arriba y abajo y de
día y de noche.
Esto se había hablado en el corral de Pilara, pasando por allí el Josco
«por casualidad» y muy de prisa; lo que demuestra, y es lo cierto, que
el pleito de Pedro Juan no había adelantado un paso, con ser muchos
los días corridos desde las últimas intimaciones del Lebrato y la
subsiguiente _guantá_ al temerario Quilino.
—¡Déjeme tan siquiera hasta el agosto... de ese hombre!—había suplicado
Pedro Juan á su padre ante las nuevas amenazas de éste.—Si allí no lo
arreglo de por mí mesmo, hágalo usté como quiere... ú haga de mí carná
de sereña, que sería lo mejor, ¡coles!
El Lebrato había accedido á la súplica; y por eso Pedro Juan esperaba
la siega del Berrugo, con tales ansias, que las piernas solas, y contra
el mandato de él, le habían arrastrado á pasar _casualmente_ y muy de
prisa por el corral de Pilara, para preguntarla aquello poquitín que la
había preguntado.
Y llegaron los días esperados, y llegó la hora de entrar el Josco con
el primer carro vacío en la pradera. El corazón le dió media docena de
golpes en el pecho. Allí estaba Pilara hecha un brazo de mar, atropando
con la rastrilla el heno fragante que _cascabeleaba_ de puro seco. ¡Qué
bien le «agolía» á él entonces todo aquello, y qué grandona le parecía
la mies, y qué alegre el sol que le tostaba, y qué bien entonados
los cantares que _echaban_ las obreras, y qué poca cosa todas ellas,
desmedradas y sin arte, al lado de Pilara, que sacaba á la más jampuda
medio palmo en altura y en redondez!
Pedro Juan _enrabó_, y echó al suelo las cuerdas y el horcón que
estaban en la pértiga. Iba á comenzar la carga. ¿Subiría Pilara al
carro? ¿Subiría otra obrera? Esta duda molestó al Josco unos momentos,
por más que la costumbre de otros años debiera tranquilizarle. ¡Pero
estaba el mozo tan querenciosote y amarteladón de un tiempo á aquella
fecha!...
Poco le duró la duda; porque Pilara, leyéndosela en la cara, ó sin
leérsela, en cuanto vió el carro dispuesto, soltó la rastrilla y se
encaramó en él por la rabera, después de haber mirado á Pedro Juan de
un modo que parecía decirle: «¿Cómo pudistes tú pensar cosa diferente,
inocentón?» Y empezó la carga.
Es cosa de repetir aquí lo que ya se ha dicho; nunca como en aquellas
ocasiones eran tan de ver Pedro Juan y Pilara: ella arriba, con su
refajo corto de bayeta encarnada; el talle mal encerrado en un justillo
de rayas azules; sobre los anchos hombros, un pañuelo de mil colores,
cuyos picos, cruzados bajo el robusto seno, recogía la jareta del
delantal; y á la sombra de un pajero con cintas coloradas, la cara
frescachona, espejo fidelísimo del espíritu más satisfecho del envase
que le cupo en suerte, entre todos los espíritus que andan por el
mundo encarnados en criaturas humanas. Abajo él y Pedro Juan, con
la tabla del abovedado pecho y la cerviz hercúlea, tan blanca como
el pecho, al sol, lo mismo que la cabeza y los brazos hasta el codo,
porque de cintura arriba no llevaba otro atavío que la camisa con las
mangas recogidas y la pechera abierta de par en par; de cintura abajo,
unos pantalones de mahón y una faja negra para sujetarlos sobre las
caderas. Ella recibía arriba las horconadas que él la enviaba desde
abajo; y al ver cómo Pilara las cogía casi al vuelo y las iba acaldando
en dos meneos, picábase Pedro Juan y doblaba la carga del horcón;
pero ella la recibía lo mismo que las otras, sin que volara un pelo
de yerba por los aires; y por mucha prisa que se diera el cargador,
siempre hallaba á la acaldadora esperándole con los brazos abiertos
y retozándole la risa placentera en los alegres ojos y entre los
menudos dientes blanquísimos. Pedro Juan se iba animando más y más...
por dentro se entiende, pues ni á su cara seriona ni á sus labios
entreabiertos asomaba la menor señal de sonrisa ni de palabra; y allá
va media hacina de un golpe sobre la regocijada moza, que aparecía al
momento sobre la nube, escupiendo yerbas, sacándose otras del seno y
riendo á carcajadas. Otras veces Pedro Juan la aliviaba el trabajo
poniéndole la horconada donde más falta la hacía; y también entonces
se le pagaba la fineza en aquella moneda de miradas alegres y de
sonrisas dulces que tanto apetecía él, porque verdaderamente le caían
como un cielo estrellado, en las obscuridades de sus adentros.
Á todo esto, la carga subía y subía, y la balumba se desbordaba de
la armadura de la pértiga por todos sus cuatro costados; y cuando
ya no cabía una horconada más sin riesgo de que se desmoronara todo
ello, Pedro Juan echaba las _cordadas_ de un lado á otro y de atrás á
delante, por encima de la balumba; y él solo, sufriendo con una mano
y atesando con la otra con tal firmeza que hacía oscilar la mole y
hasta cabecear á los bueyes medio ocultos debajo de ella, dejábala
hecha una pieza, en la mitad de tiempo que emplean dos hombres forzudos
para la misma labor. Después peinaba lo más saliente de la carga con
la rastrilla; y, por último, sin bajarse Pilara del carro, conducíale
con gran tiento á casa, entre los chirridos del eje y los cánticos de
los obreros que le seguían y, en caso de necesidad, le apuntalaban con
horcones y rastrillas. Como si la carga fuera de onzas de oro, atendía
Pedro Juan al menor vaivén de su balumba que podía dar en el suelo, no
con la yerba, sino con lo que iba sobre ella y valía, en opinión del
Josco, más que toda la yerba de la mies y que todas las mieses del
lugar, aunque estuvieran sembradas de ochentines.
Así, hasta que llegaba el carro á la portalada del corral trasero
de la casona. Entonces se corría Pilara hacia la rabera, se recogía
con ambas manos las faldas alrededor de los tobillos, y se dejaba
_desborregar_ por allí abajo hasta el suelo, donde caía blandamente
y medio acurrucada. Pedro Juan arreaba en seguida; pasaba el carro,
á duras penas, por debajo del tosco dintel de roble que le prensaba
la carga y se la mordía con sus asperezas, y le dejaba arrimado á
la payeta y enfrente del boquerón. Y allí se separaban Pedro Juan y
Pilara. Él saltaba desde la payeta al carro para descargarle, y ella
entraba en el pajar y subía á la pila para acaldar la yerba que el otro
fuera descargando.
Á lo mejor de éstas y de las otras faenas, solía aparecer Quilino: en
el prado, para hacer que hacemos atropando un poco y revolviendo mucho;
en los empayes, para irse derecho á la pila con los que acaldaban,
sobre todo si el carro era el de Pedro Juan, señal de que Pilara
estaría adentro.
En opinión del Josco, Quilino no tenía pizca de vergüenza. Otro que
él, con lo que se le había dicho, y mayormente con la _guantá_ que
había llevado aquel domingo, no se le hubiera vuelto á poner delante
sino para tomar venganza ó para despedirse para siempre... Pues donde
estaba Pilara, allí estaba Quilino luciendo la persona, sin importarle
un comino la cara que pusiera Pedro Juan si se hallaba presente
también. La guantada aquélla no le había servido de escarmiento. «¿Y
qué hacer con un chafandín así, coles?» ¿Había de arrancarle Pedro
Juan un par de muelas cada día? ¿No era esto aventurarse á que una
vez se le corriera la mano un poco más arriba y le dejara seco?... Y
¿por qué Pilara no le curaba el hipo, de un escobazo? ¡Coles, esto es
lo que debía de hacerse... y de haberse hecho ya! ¿Y por qué no se
había hecho?... Porque no había él, Pedro Juan, «hablao» lo que le
correspondía. Por eso. Si hubiera hablado, todo se habría dicho; y
entre ello, que le quitaran estorbos de la vista... No tenía derecho
á quejarse... Corriente. Pero con esto no se curaba él del resquemor
que ciertas cosas le producían: bueno que en la mies, bueno que en el
corro, bueno que aquí ó allá y á cielo abierto; pero ¡coles! ¿á qué
iba Quilino al pajar en cuanto Pilara estaba adentro? Allí se andaba á
tientas y nunca se hacía buen pie... Y Quilino podría ser poca persona;
¡pero lo que es pegajoso y atrevido!... Verdad que Pilara era moza que
no dejaba pasar las cosas de cierto punto; pero ¿por qué las cosas
habían de llegar allí, ni siquiera á que el sinvergüenza, con la
disculpa del barullo de los demás, le pusiera la pata delante, por el
gusto de verla caer muerta de risa?... Hacía bien, muy bien, el amo en
vigilar á menudo á la tropa de la pila; pero haría mucho mejor en no
apartarse un momento de la ventanuca del desván. ¡Por allí, por allí,
coles, había que estar alerta con el ojo y con el oído!
Y por éstas y otras reflexiones tales, Pedro Juan no sosegaba un punto,
mientras descargaba el carro, si Quilino estaba en el pajar. Atascaba
el boquerón lanzando contra él horconadas enormes para acabar primero;
pero así lo ponía peor, pues con el boquerón tapado no oía pizca á las
gentes de la pila, y él necesitaba estar oyendo sin cesar á Pilara...
porque él se entendía. Una tarde le encalabrinaron de tal modo estas
aprensiones, que se atrevió á gritar desde el carro:
—¡Pilara!
—¡Quéeee!—le respondió en seguida la voz de ésta, allá dentro de todo,
en lo más hondo del pajar.
—¡Ná!—tuvo que decir, medio cortado, Pedro Juan.—Que pensé que
llamabas... Pero ya que estamos en esto, ¡habla, habla! ¡no pares de
hablar!... ¡que te sienta yo á toa hora!... ¡coles, que me gusta mucho
oirvos!...
Y pareciéndole que había dicho demasiado, se comía la figura de
vergüenza y atacaba furioso al heno con el horcón, ya que no podía
largar otra castaña á Quilino; de modo que en un periquete dejó el
carro vacío, con aplauso expreso del Berrugo, que andaba por los
alrededores haciendo de las suyas.
—Primero se acabara y de mejor arte—le dijo Pedro Juan, limpiándose con
su pañuelo de percal los regatos de sudor con yerbas que le corrían por
pescuezo y pecho abajo,—si ese chafandín no estorbara á la gente de la
pila.
—¿Quién es el chafandín?—preguntó el Berrugo parándose en firme.
—Quilino.
El hombre dejó de hacer lo que hacía, y tomó á escape la escalera del
pajar; pero ya salían los empayadores, empapados en sudor, rojos como
tomates y sacudiéndose las yerbas agarradas al pescuezo. Pilara ardía,
de puro sofocadona y saludable. El único que no coloreaba y que hasta
parecía venir en remojo, con los pelos pegados á la cara imberbe y
descolorida, era Quilino. Retrocedió el Berrugo; y en cuanto bajó el
mozuelo, le agarró por un brazo y le dijo:
—Oye tú, Milhombres: ya que vengas sin que nadie te llame, que sea para
servir de algo, y no de estorbo. ¡Cuidado con que te me vuelvas á subir
á la pila!... ¿Lo entiendes?
Quilino se quedó de pronto suspenso; pero en seguida se encrespó, y
revirando un poco los ojuelos y la boca lacia, contestó al Berrugo:
—¡Recongrio!... Por si eso lo ha dicho usté por mí, sépase usté que
Quilino no estorba en nenguna parte... ¡en nenguna, recongrio! Y sépase
usté tamién, que en venir á servile á usté de balde, le hago más honra
de la que... angunos merecen, ¡recongrio!
Y se fué, zarandeando la calzonada, para no volver más á aquel agosto.
¡Cómo le saboreaba Pedro Juan día por día y hora por hora, en la mies,
en el empaye y hasta en aquellos festines infernales con que el Berrugo
envenenaba el hambre de los que reventaban el cuerpo por servirle! No
cataba gran cosa, es la verdad, de todo ello, y mucho menos aún cataba
Pilara, que sólo por cortesía se sentaba á la mesa por las noches; pero
estaba allí frente á frente con él; y teniéndola allí y atreviéndose á
mirarla de reojo algunas veces, y oyéndola sus incesantes risotadas,
con eso solo restauraba las fuerzas de su cuerpo... y hasta le parecía
menos abominable el Berrugo, que tan grande beneficio le proporcionaba.
Lo peor era que aquello se iba acabando poco á poco, y las cosas no
habían adelantado un paso; y al día siguiente del agosto del Berrugo,
tan abundante y alegre, empezaría el agosto de ellos en Las Pozas. Él
y su padre, solos, enteramente solos, á segar; y á ratos perdidos, y
como por obra de misericordia, su hermana y la familia de su hermana
y el carro de su hermana, ayudándolos á meter en el pajar la pobreza
segada. ¡Y todo este cariz tan triste, por no haber orillado él las
arrastradas dificultades! Porque sin ellas delante de los ojos, seguro
estaba de que no había de parecerle el agosto de su casa menos risueño
que el agosto de «ese hombre.» Pilara ausente ó Pilara presente, ¿qué
le importaría á Pedro Juan, si la llevaría ya «apalabrada» y como cosa
de su pertenencia, en las honduras del pechazo?
Y así llegó el último día, y el Josco á sospechar que muy bien pudiera
acabar la temporada sin haber salido él de su apuro; y este temor
¡coles! le desconcertaba. Pilara no faltó tampoco aquella tarde: llegó
cantando, con la rastrilla al hombro y mordiscando el último zoquete
de la comida de su casa; porque no iba á las labores de la mañana...
Y se cargó el primer carro del Josco; y el Josco hizo desde abajo
prodigios de soltura y de fortaleza, y Pilara maravillas de habilidad
arriba; y él la persiguió á horconadas con mayor empeño que nunca,
y ella le celebró las gracias, risotera y cariñosona, como jamás le
había celebrado otras tales... y anduvo el carro cargado, y llegó á la
portalada, y Pedro Juan le paró allí, y Pilara se _desborregó_, como
siempre, por la rabera... y el carro anduvo de nuevo, y se arrimó á la
payeta, y le descargó Pedro Juan; y bajó Pilara del pajar, coloradona
y reluciente, que daba gloria; y se sentó con otras obreras en el
carro vacío; y el Josco las condujo á la mies, como tantas veces las
había conducido: ellas cantando y riendo, y él delante de los bueyes,
taciturno y con la ahijada al hombro... «y de aquello, ná...» Y se
cargó de nuevo el carro, lo mismo que siempre; y de igual modo salió
de la mies y llegó á la portalada, y se desborregó por la rabera la
mocetona, y se empayó después aquella balumba de yerba... «y de lo
otro, ná...» En fin, que llegó la hora de cargar Pedro Juan el último
carro que le correspondía en aquel agosto de «ese hombre;» y le cargó,
y le sacó de la mies, y le condujo hasta la portalada, y los obreros y
el Berrugo que le seguían entraron en el corralón, como de costumbre; y
el carro parado y Pilara encima y Pedro Juan abajo, se quedaron solos
en la calleja... «y de aquello otro, ná... ¡coles, lo que se llama ná!»
Reconcomiéndose el Josco al considerarlo, arreó un palo á cada buey
sobre la espalda para que alzaran más la cabeza, y de ese modo hiciera
Pilara con mayor facilidad su bajada de costumbre, cuando oyó que la
moza le llamaba:
—¡Pedro Juan!
—¿Qué quieres?—respondió el mozo.
—Ponte por este lao,—le dijo Pilara.
Pedro Juan se puso donde Pilara quería: junto á la rueda derecha
del carro. Allá arriba, enfrente de él, estaba Pilara recogiéndose
las faldas contra los tobillos y mirándole con los ojos llenos de
travesuras inocentonas.
—¿Qué vas á hacer?—la preguntó Pedro Juan.
—Voy á bajar por aquí,—respondió Pilara acurrucándose junto al borde de
aquella montaña de yerba.
—¿Por qué no abajas por la rabera, como siempre?
—Porque me da la gana de abajar por aquí hoy...
—Güeno. ¿Y qué quieres que haga yo?
—Que me aguantes... si eres quién pa ello.
—¡Eso sí, coles!—exclamó Pedro Juan largando á escape la ahijada.
Temblaba por adentro de puro gusto y de sorpresa el hijo del Lebrato.
Jamás habían tocado sus manos ni el pelo de la ropa de Pilara, y ahora
se le iba á ir encima Pilara en carne y hueso, entera y verdadera.
«¡Coles, qué barbaridá de suerte!» No se paró á considerar si sería ó
no capaz de resistir en el aire aquella mole. Se creía con fuerzas para
mucho más... Esparrancóse y se afirmó bien sobre los pies, escupióse
las manos, levantó los brazos y los ojos hacia Pilara, y la dijo,
pálido de entusiasmos:
—¡Échate sin miedo, recoles!
Pilara se reía como una boba, y no sabía de qué modo lanzarse por aquel
precipicio abajo.
—¡Mira que peso mucho, Pedro Juan!—le decía.
—¡Anque pesaras más de otro tanto, Pilara!... Con tal de ser tú lo que
me caiga encima, aquí hay aguante pa ello... Échate de cualisquier
modo, ¡pero échate, recoles!
—¡Pos allá voy!
Y Pilara se lanzó... no sé cómo; pero sé que cayó en brazos de Pedro
Juan, sin que los brazos se doblaran, ni los pies se movieran del sitio
en que parecían clavados; que un moflete de Pilara resbaló por un
carrillo del atleta; que éste cerró los ojos como si en aquel instante
relampagueara; que el roce y el calorcillo y el olor de la moza le
emborracharon, y que en medio de aquella borrachera fulminante, en los
breves momentos en que estuvo su boca tan cerca del oído de Pilara,
introdujo en él estas palabras, encanecidas ya en la punta de su lengua:
—¡Pilara!... ¡Dende aquí á la iglesia á que mos case el señor cura!...
¿Consentirás en ello?