La pobre Inés se pasó aquella noche en claro, y aún no la alcanzó

para desembrollar el lío de pensamientos que la llenaban la cabeza.

¿Cómo pudo ella imaginarse que la exquisita diligencia de aquel mozo

para acudir á su casa y enseñarla lo que no sabía, pudiera terminar

en lo que había terminado? Cierto que se la venían á la memoria casos

y pequeñeces que, examinados desde allí, parecían señales de lo que

luégo se descubrió; pero para haberlos dado entonces la importancia que

aparentaban desde lejos, se necesitaban una malicia y una experiencia

que ella no tenía. De todas suertes, ya no era ocasión de ventilar

ese punto. Había que tomar las cosas en el estado en que fatalmente

acababan de ponerse; y tomándolas así, ¿qué hacer? Esta era la

cuestión: sobre esto había que meditar, y nada más que sobre esto.

Ordenando lo mejor que pudo sus alborotados pensamientos, se halló

con que no sabía á punto fijo si la explosión amorosa de su maestro,

después de pasada la primera impresión, que fué de asombro, la

mortificaba ó la complacía. De lo que estaba bien segura, era de no

haber contribuído, á sabiendas, ni con el más ligero soplo, á encender

la hoguera en que Marcos parecía consumirse. ¡Y qué hoguera, á juzgar

por el fuego de las palabras con que el desdichado se la pintaba! Y con

abrasarse tanto, el pobre mozo se resignaba heróicamente á su martirio,

sin culpar á nadie, y hasta creyéndose indigno del menor consuelo que

pudiera darle quien, en rigor, era la causa de sus dolores. Por este

lado no hallaba Inés motivos para sentirse mortificada con aquellas

fogosidades tan honradamente declaradas; al contrario: hasta en

conciencia se creía obligada á compadecerse de Marcos.

Pero descartadas de la cuestión estas consideraciones que tan

directamente se rozaban con su amor propio halagado y con la natural

blandura de su corazón; consideradas las cosas en su valor absoluto y

con entera independencia de todo sentimiento vanidoso y caritativo,

¿de qué casta era la huella que en los profundos de Inés habían dejado

las apasionadas confesiones del estudiante? Aquí estaba el lado más

obscuro de la cuestión, y éste era el que reclamaba toda la fuerza de

su discurso. Nada la había dicho Marcos que la sorprendiera por nuevo,

aunque la asombrara por inesperado; porque el adormecimiento de sus

deseos y de sus pasiones nunca fué tan grande que la impidiera sentir,

á su modo, esas hermosas revelaciones que suele hacer el corazón

humano en la primavera de la vida. El caso, pues, del estudiante, era,

en lo esencial, la realidad de muchos sueños que ella había tenido,

particularmente desde que la dominaba la afición al aseo y al trabajo.

Pero estos sueños y aquella realidad, que tanto se parecían en el

fondo, en todo lo demás eran muy distintos. La propensión de Inés á

trasponer en sus meditaciones las montañas fronteras con la imaginación

cuando se la ocupaban ideas de este linaje, no nacía de un temperamento

caprichoso y visionario, sino de una convicción racional y práctica de

que no había al alcance de sus ojos realidades de carne y hueso capaces

de satisfacer las nativas delicadezas de sus dormidos afectos. No por

esto salían sus exigencias de los límites racionales: no soñaba con un

príncipe vagabundo de los que andan de puerta en puerta en busca de

ignoradas hermosuras para llevarlas á ser reinas en palacios de plata

y oro, como los príncipes de los cuentos con que la entretenía muchas

veces su pobre madre. Se conformaba con muchísimo menos; pero con ser

ello tan poco, ¡era tan distinto de Marcos! Podía ser el galán confuso

de sus imaginaciones más bajo ó más alto, más rubio ó más moreno, más

triste ó más alegre, dentro del tipo común de los galanes apasionados

y corteses; pero gordo, grasiento, mofletudo, con la cabeza rapada,

vestido de negro sucio, teólogo de balandrán y casi cura como Marcos,

jamás le había soñado. Á Marcos le consagraba ella un afecto de otra

especie: le admiraba por sabio, le profesaba un cariño respetuoso por

la paciencia y la perseverancia con que la instruía y la aconsejaba,

le besaría con gusto la mano y hasta se confesaría con él en cuanto

cantara misa... De pronto este hombre, este teólogo y casi cura, con la

cabeza rapada, el vestido negro y el cerviguillo poroso, la descubre

que arde en amor por ella, y se lo dice en un lenguaje como nunca le

igualaron, por fogoso, los galanes de sus sueños, más elocuentes, á su

parecer, por lo mucho que se callaban, que por lo poco que la decían...

¡Oh! ¿por qué era tan gordo Marcos? ¿por qué había estudiado para

cura? ¿por qué se afeitaba tanto y no gastaba el pelo con raya y el

vestido de color? ¿por qué era sobrino de Romana, y por qué, en fin,

era de Lumiacos?... Pero ¿sería posible que estas cualidades accesorias

bastaran á desprestigiar, en el concepto de Inés, el altísimo valer

de aquel profundo y ardoroso sentimiento que el estudiante la había

confesado de tan hidalga manera?

Y esto era lo que la inexperta muchacha no acertaba á poner en claro.

Á veces consideraba, «por un momento,» que se le acercaba Marcos, que

la pedía la respuesta prometida, y que ella se disponía á dársela

enteramente ajustada á los deseos del enamorado mozo. Y entonces sudaba

Inés de congoja, porque no hallaba modo de que las palabras salieran

de sus labios; y no por cortedad de mujer ruborosa, sino por algo como

repugnancia instintiva: le parecía estar hablando con su padre ó con

el cura de Robleces. Y por este camino lo ponía peor y se sumía en más

hondas confusiones, supuesto que Marcos sería todo lo gordo, todo lo

negro y todo lo teólogo que se quisiera; pero, en rigor de verdad, era

un hombre en la fuerza de la mocedad, sin votos y sin trabas de ninguna

especie, libre y casadero como otro cualquiera, y en nada se parecía,

para el caso que se ventilaba, ni á don Baltasar Gómez ni al cura de

Robleces. Podían ser, por consiguiente, impresiones pasajeras estas

repugnancias del ejemplo. Había que averiguarlo.

Y vuelta al torno, y más tumbos en la cama. Y así toda la noche, sin

sacar otra cosa en limpio que un medio convencimiento de que por el

solo _delito_ confesado por el estudiante, no merecía éste la pena que

voluntariamente se había impuesto; que era de necesidad, y hasta de

conciencia, disuadirle de su empeño y reducirle á que continuara las

interrumpidas tareas, como si nada hubiera pasado entre el maestro y

la discípula, y dejar al tiempo la obra de poner en claro aquellas

nebulosidades que no podía despejar ella por sí sola.

Entre tanto, no pedía Marcones mucho más que esto en las cuentas que

se echaba revolcándose á obscuras en su camaranchón de Lumiacos.

Estaba muy satisfecho del resultado de su embestida. Había visto en

el azoramiento de Inés revelaciones terminantes de impresiones hondas

y de batallas rudas, y á eso solo tiraba él. Lo demás sería obra de

la prudencia y del tiempo. Contaba con que Inés, en la situación de

ánimo en que había quedado, le instaría, aunque fuera de cumplido,

para que renunciara á su propósito de no volver á Robleces; y él

entonces pondría el colmo á su abnegación heróica, aceptando el nuevo

suplicio, mil veces más cruel que el de Tántalo... así, con Tántalo

y todo: conocía un poco la Mitología, y pensaba que no caería mal en

aquel trance este arranque erudito que él tenía en mucho, ignorando

lo corrido que andaba por la tierra. Si, como también era posible,

Inés no le hacía el ruego «que era de esperar,» él sabría trocar la

concesión en oferta, resultando siempre el sacrificio heróico, y hasta

con la exornación, por remate, del supradicho símil mitológico. Todo

menos cumplir neciamente su amenaza de no volver á Robleces. ¡Tendría

que ver la simpleza! Inés era de las tajadas que no se abandonan sin

dejar los dientes en ellas. Esto, extremando las suposiciones; porque

bien saltaba á la vista, por lo sucedido aquella tarde, que Inés era

cera dócil á la mano que se empeñara en reblandecerla. Y ¿en qué

otra mano que la suya había caído la cera? Tiempo, tiempo, astucia y

perseverancia, era lo único que él necesitaba para salir triunfante de

su empeño; y triunfaría... ¡por buenas ó por malas!

Con estas inofensivas intenciones, algo lacio de cuerpo, tristón de

mirada y cetrino de color, entró la tarde siguiente en casa de Inés.

Aguardábale ésta en el cuarto de las lecciones, garrapateando

maquinalmente números en un papel, pero sin plana nueva. También estaba

algo lacia y muy ojerosa. Al llegar Marcones, se aturdió mucho y se

puso colorada. Tomólo á buen agüero el mozón, y se quedó plantado

delante de la mesa sin decir más palabras que las precisas para dar,

á media voz, las buenas tardes á Inés; en la cual se reavivaron sus

caritativos sentimientos, al tomar la palidez y la tristeza de Marcones

por señales de sus rudas batallas interiores.

—He venido—dijo el de Lumiacos, viendo que Inés nada le decía á

él,—porque, ó la ilusión me engañó, ó usted me dijo ayer tarde que

volviera.

—Es cierto,—tartamudeó la pobre muchacha.

Marcones continuó, después de una pausa de silencio, durante la cual no

supo Inés qué hacer de las manos ni de los ojos:

—Y... ¿recuerda usted por qué y para qué me mandó que volviera?

—Creo... que sí,—respondió Inés á trompicones.

—Pues aquí estoy para recibir las órdenes que tenga usted la bondad de

darme,—añadió el estudiantón sin moverse de su sitio y con el hongo

mugriento entre las manos.

Pero Inés, que todavía continuaba tomando, muy á menudo, ciertos dichos

hueros al pie de la letra, contestó con la mayor sinceridad, después de

repasar un poco su memoria:

—Yo no recuerdo que tenga que darle á usted ninguna orden.

—Si no es orden—repuso el de Lumiacos fingiéndose más apurado de lo

que estaba,—será otra cosa: verbigracia, una respuesta que quedara

pendiente ayer, por ciertos motivos de... de cortedad, supongamos.

—Eso ya es distinto,—dijo Inés entonces, cobrando alientos en las

apreturas mismas del trance en que se la ponía.

—Pues usted me dirá,—concluyó Marcones, cambiando de pie para

descansar, y humillando más la cabeza.

Y con esto llegó el apuro gordo para Inés; apuro que consistía en decir

de memoria el párrafo que para eso había discurrido por la noche,

después de meditar tantísimo como había meditado.

Por no cansar al lector con la copia fiel de aquellas descosidas frases

que al fin tuvo que decir la hija de don Baltasar, parrafada la más

larga de cuantas había _echado_ de una sentada en todos los días de

su vida, le diré yo que sudando á ratos, animándose en otros, cayendo

aquí y levantándose allá, vino á declarar á Marcones, en substancia

y en castellano corriente: que recordaba muy bien cuanto él la había

confesado el día antes; que se lo agradecía mucho por la parte que

la tocaba; que no veía en todo ello el menor motivo para huir de

Robleces, como si hubiera hecho allí algo que mereciera persecución de

la Justicia; que le parecía mejor y hasta de necesidad, por no dar en

qué entender á las gentes de casa y de fuera de ella, que las lecciones

siguieran como hasta allí, él de maestro y ella de discípula, guardando

cada cual su alma en su almario; y que se dejara el tiempo correr hasta

que Dios, que estaba en los cielos, dispusiera las cosas... como más

conviniera.

Marcones quedó muy satisfecho de este dictamen, y más que del dictamen,

de la emoción interna revelada en el extraño modo de exponerle; pero no

lo dió á entender así: al contrario, bajó más la cabezona y respondió

tristemente:

—Lo que usted me propone, sería para mí un suplicio superior á mis

fuerzas. En la situación en que se han puesto las cosas, me sería

imposible la vida sujetándola á esa violencia continuada.

Inés se atrevió á replicar muy entera:

—¿Y qué sabe usted lo que se violentarían _los demás_? ¡Si sólo se

hiciera en la vida lo que le conviene á cada uno!...

Marcones miró fijamente á su discípula, asombrado de su arranque, que

lo mismo podía significar mucha frescura de espíritu, que un alarde de

obligada fortaleza. De cualquier modo, era ya temerario insistir en el

empeño, y parecía llegada la hora de soltar el símil mitológico.

Dispuesto á ello, Marcones, después de fingir con ademanes y

contorsiones una encarnizada lucha en sus adentros, habló así:

—Pues la voy á dar á usted la mayor prueba que puede pedírseme de la

honradez y grandeza de la pasión que me devora... Estoy dispuesto á

padecer ese horroroso suplicio de Tántalo, sólo porque usted lo desea.

Como debía esperarse, Inés, que no conocía, ni de nombre, á aquel

sujeto, preguntó con los ojos á Marcos quién era y qué suplicio había

padecido.

Marcos se apresuró á responderla:

—Tántalo era un rey, hijo de dioses, que por sus maldades fué condenado

al tormento de la sed, teniendo el agua junto á los labios. ¿Se entera

usted? Pues yo voy á padecer como Tántalo... ¡más que Tántalo! Porque

mi sed será mayor que la suya, y más fresca y más sabrosa el agua que

junto á mí tenga... Y yo no he pecado nunca contra usted de propio

intento; y además, me presto voluntario á padecer el martirio... Voy,

pues, á ser Tántalo... ¡más grande que Tántalo!... porque usted me lo

manda y así lo quiere.

Y como si intentara poner ya de manifiesto su grandura, al exclamar así

alzaba los dos brazos con el hongo en una mano. Da suerte que, en la

relativa pequeñez de aquella habitación, parecía un espantajo colosal

teñido con hollín de la chimenea.

Á Inés le pareció tal cual el símil, pero no tanto el _dibujo_ con

que Marcos le exornó. Díjole lo que mejor pudo y supo para dar por

terminado aquel gravísimo incidente, en los términos convenidos

poco antes, es decir, guardando cada cual su alma en su almario y

encomendando á la providencia de Dios la marcha y el término y remate

del amoroso pleito; y volvieron el maestro y la discípula á sus

habituales tareas, tomándolas en el punto en que tan bruscamente las

había dejado Marcones el día anterior.

Al despedirse aquella tarde el mocetón de Lumiacos, entregó á Inés unos

librejos.

—Los traía—la dijo,—para dejárselos á usted como recuerdo de un

desventurado, en la cuenta de que fuera ésta mi última visita. De todas

maneras, ya está usted en disposición de sacar la debida substancia

de esta clase de lecturas. Son las novelas ejemplares que la había

prometido. Léalas usted despacio; y ¡ojalá la entretengan y la enseñen

todo cuanto yo deseo!

Inés y Marcones se separaron con los suyos respectivos enteramente

satisfechos: ella, porque, visto de cerca el peligro, le había parecido

menos imponente que de lejos; él, porque sus fogosas declaraciones

habían sido aceptadas en principio, y se le dejaban las puertas de

aquella casa abiertas de par en par, lo cual era un paso de gigante en

la marcha de su pleito.

Á Inés la había parecido el peligro menos, imponente de cerca que de

lejos, no sólo por haber hallado á Marcos dócil á sus dictámenes y

deseos, sino porque, mirado éste con el interés con que acababa de

mirarle y no le había mirado jamás, aún le halló mucho más gordo,

más obscuro, más poroso... y más cura que hasta allí; con lo cual se

aclaraba bastante aquel lado de la cuestión, que tan negro la había

parecido á ella la noche antes.

Entre tanto, la Galusa se bebía los vientos para averiguar con certeza

lo que ocurría. Con certeza digo, porque barruntos de algo serio y no

desagradable, los tenía por lo que había escuchado desde la sala y

por lo que había leído en las caras y en los continentes de los dos

interesados principales. Su sobrino, como si se gozara en atormentarle

la curiosidad, nada había querido contarla al despedirse la víspera;

y eso que le retozaba la alegría en los ojos, mientras Inés no sabía

adónde mirar con los suyos, ni poner la mano en cosa que no se le

cayera de ella. Sólo la había dicho al pasar: «mañana hablaremos.»

Pero, felizmente para la fisgona, Marcones, después de la lección de

aquella tarde, se encerró con ella, que ya le esperaba, y comenzó á

cumplirle su promesa, diciéndole al mismo tiempo que se frotaba las

manos:

—¡Como una seda, tía!... ¡como una seda! ¡Le repito á usted que como

una seda!

—Bien está—respondió la Galusa hecha toda ojos y oídos;—pero eso ya lo

teníamos días atrás, hijo del alma.

—Cierto—repuso Marcones;—pero lo teníamos en hipótesis, quiero decir,

lo dábamos por seguro; al paso que hoy es ya un hecho notorio y

comprobado.

—¡Benditas sean las horas del Señor!—exclamó la pelindrusca levantando

hasta la boca las manos entrelazadas.—¿Y cómo te arreglaste para

saberlo? ¿Qué la dijistes, hijo del mismo dimoño?

—¡Todo, todo, tía! Todo se lo dije, como si me abrasara en fuego de

amor por ella... ¡y creo que es la pura verdad!; y cada dicho salió á

su tiempo y cayó como y cuando debía caer... ¡Oh, estaba el plan bien

arreglado, aquí, aquí, en esta cabeza atestada de filosofías!...

—Y ella ¿qué te dijo?—preguntó trémula de curiosidad la Galusa.

—¡Ella!—respondió Marcones con aire de triunfador.—Con la boca, muy

poco, por de pronto; pero ¡con los ojos!... ¡pero con el estremecerse

de todo su cuerpo!... ¡pero con el ponerse descolorida ahora y muy

encarnada después!... ¡Todo, todo me lo dijo, tía; todo cuanto yo

necesitaba saber!... ¡Qué al alma fué el golpe, y qué bien meditado

estaba! Haciéndome el chiquito, conseguí parecerla grande; y

despidiéndome de ella para siempre, logré que me detuviera á su lado.

¡Esto es saber entenderlo y poner los recursos á la altura de las

ocasiones!

—¿Y todo ello—insistió la Galusa, que era desconfiada de suyo,—lo

leístes por esas señales que dices de la color baja y del temblor del

cuerpo, sin palabra anguna que lo aclarara más?

—Aunque las señales eran de sobra—respondió desdeñosamente

Marcones,—para un entendedor como yo, esas señales fueron ayer como

primer fruto de mis ternezas amorosas y de mis razonamientos de

hombre honrado. Después acá, ha pasado una noche: la meditación y el

sosiego han hecho su oficio; y esta misma tarde se ha atrevido Inés á

confirmarme de palabra lo que yo había leído en las señales que á usted

le han parecido tan poca cosa. En conclusión, tía: Inés, sabiendo que

la adoro (así se lo dije), quiere que yo continúe dándola lecciones

como hasta aquí, con la sola condición de que cada uno de los dos

guarde en sus adentros lo que sienta sobre ese particular, hasta que

Dios disponga lo que crea más conveniente para nosotros. ¿Le parecen

á usted pocas también estas señales? ¿Cree usted que en un asunto como

el mío se puede dar un paso más grande, ni en un terreno más firme?...

Ahora, mucha prudencia hasta dar el segundo, y, por lo tanto, no se dé

usted por entendida con Inés de esto que la he contado. Usted no sabe

nada, ¡ni una palabra de ello! ¿Estamos?

—Por la cuenta que me tiene—respondió la Galusa muy satisfecha; y en

seguida añadió:—¡Vaya, que sospensa me dejas y cuento me paece, por

lo pronto y lo bien que la cosa te ha salido! ¡Te digo que si no se

tuerce!...

—Por el lado de Inés, respondo de que no—dijo Marcones.—Algo más me

apura ahora el caso por el otro lado: el lado de ese hombre, que tiene

los demonios en el cuerpo.

—Y ¿qué te espanta de nuevo en él—objetó la Galusa,—que no te haya

espantado antes de ahora?

—Tanto como espantarme—replicó el sobrino,—ni ahora me espanta ni antes

me espantó cosa mayor. En teniendo asegurada la hija, en un extremo

apurado nada viene á valer la voluntad del padre. Pero por lo mismo

que estoy á punto de lo primero, me entran temores de que pueda hacer

don Baltasar una de las suyas á la hora menos pensada y cogiéndome

desprevenido... Y dígame usted, ya que de esto se trata: ¿no es bien

raro que ese hombre no haya maliciado algo hasta la fecha?

—Ese hombre—dijo la Galusa,—bien repetido te lo tengo: mientres no le

pidan dinero ó cosa que lo valga, tanto se le da que la hija se pase

las horas en conversación contigo, como con uno de la Guardia cevil.

Además, está en la cuenta de que á tí lo que te tira es la Iglesia, y

no más que la Iglesia; y con sólo pensar que te cobra en enseñanzas

algo de lo que te ha prestao para tus estudios, se goza en que se las

des á su hija. Esto me lo ha dicho á mí, ¡pa que lo entiendas!...

que por lo restante, poco le importa que Inés no sepa deletrear. Lo

que le gusta, y mucho, es verla como la ve, de un mes largo acá, tan

frescachona y recompuesta; y no por lo que campa así, sino por lo que

al mesmo tiempo tiene de trabajadora y de remango pa el avío del cuarto

de él y limpieza de toa la casa. Por otra parte, de semanas á hoy, yo

no sé qué mil demonios trae entre cejas, que anda á ratos muy caviloso,

y se marcha por esos campos, tan aína por este lao como por el de

acullá, muchas más veces que antes. ¡Como tiene tantas trapisondas de

intereses con unos y con otros! Pos ajunta á todo esto que ya está

pensando en la siega, que ha de acabarse, como siempre, antes del

Santo, y el Santo es el deciséis. ¿Sabes tú lo que se arregüelve en

esta casa cuando llega esa labor, con un agosto tan grande como el

que aquí se hace pa tanto ganao como hay al pesebre? Miedo me da el

pensarlo, hijo; que en esos días no bastamos la otra moza y yo pa dar

abasto en la cocina al laberiento de la obrerá, que come... ¡Virgen

María, lo que ella come! Eso sin contar la fatiga del empaye, y hasta

de la mies, de que tampoco se libra la otra enfeliz. Y dame segadores;

y dame carros ajenos porque no bastan los dos de casa; y dame la flor

de la mocedá del barrio pa el timeneje restante, y fegúrate cómo andará

ese hombre en esos días, con el hipo que tiene de que aquí no se dé

golpe ni se coma bocao sin que la su mano y los sus ojos entiendan en

ello. Así es, hijo del alma, que bien le puedes soltar un cañonazo á la

oreja en los días que vienen por delante, sin recelo de que él se dé

por alvertío; y como tamién el laberiento de la cocina me obligará á mí

á ser ciega y sorda pa cuanto ocurra en esos mesmos días hacia la sala,

aprovéchate bien y no seas tonto, que, en casos tales, pasar un punto

es pasar un mundo... Quiero decirte, que no te andes con desimulos,

receloso de que te pesquen en el aire este ademán ó aquella palabra...

—Ya está esa siembra hecha, tía—dijo Marcones interrumpiendo á la

Galusa,—y en buen terreno, como se lo tengo referido á usted, sin que

ello impida que aproveche yo las buenas ocasiones que se me presenten

para cosechar el fruto antes con antes. Por de pronto, unos librejos

la he dado que la enseñarán á sentir como se debe y en beneficio mío,

esas cosas que yo la he hecho almacenar de pronto en la cabeza y en el

corazón. Leyéndolos bien, se empapará en la materia, me consultará su

pensar, un caso sacará otro á relucir... y, en fin, yo sé lo que me

hago.

—¿De modo que ya te salistes con la tuya; que ya quemastes el medio

balandrán que tanto te pesaba?

—Para ella, sí; pero aún me queda, por respeto á su padre, la

sotanilla entera... ¡Y si viera usted cómo me han crecido desde ayer

acá los deseos de vestirme de color y dejarme los bigotes, para ser

el mejor mozo de la Ribera! ¡Ay, tía!—añadió el estudiante con hondo

desconsuelo,—¡de qué otro modo tan distinto marcharan estas cosas si yo

pudiera quitarme de encima hasta el último jirón de paño negro! ¡Mal

rayo le parta!... Y con esto me voy, que se va haciendo tarde.

Y se fué, despedido por su tía con esta fervorosa imprecación:

—¡La Magalena te guíe, serafín de la cencia, y la fortuna ponga luégo

en tus manos lo que buscas... que güeña falta _nos_ hace!

[Ilustración]

[Ilustración]

XVII

EL AGOSTO DEL BERRUGO

La Puchera · 第 13 / 28 段