—No me amontonaré... ni me he amontonado jamás... ¡Venga eso que se

dice y necesito saber yo!

—Pues si como relampaguea ahora truena luégo, ¿quién diablos va á parar

aquí en cuanto yo empiece á hablar?

—Señal de que no me honra mucho la noticia.

—Bien te honraba la de antes, y mira cómo te pusiste: no hago ahora más

que anunciarte la otra, y ya me la quieres sacar del cuerpo con las

uñas.

—No hay que exagerar, don Alejo: no llevo las cosas hasta ese punto...

Tengo muchos enemigos en este pueblo...

—¡Tú?

—Yo, sí, señor; y por donde quiera que ando, porque la malquerencia,

la ignorancia y la envidia, son de todas partes; tengo también, por

desgracia ó por fortuna, mi genio y mis prontos correspondientes; y

cuando las cosas y los dichos se combinan de cierta manera, no es

de extrañar que uno salte de improviso aparentando lo que no es en

realidad... Conque hable usted con franqueza, y vaya perdiendo sus

temores á lo que pueda tronar...

—Hombre, tanto como temor á eso, nunca le he sentido, Marcos: la verdad

por delante. Una cosa es que me duela verte hecho un jabalí por puntos

de poco momento, y otra muy distinta el que me tengan sin pizca de

cuidado esas corajinas que te ponen verde y con los ojos en llamas...

En fin, que se me da por tus fierezas lo propio que por tus latines, y

que no quiero aspavientos ni voceríos sin necesidad y en medio de la

calle. De esta casta son los temores que yo tenía.

—Pues de esos mismos temores hablaba yo, señor don Alejo—contestó

Marcones con una sonrisa forzada y los carrillos temblando;—y no podía

hablar de otros, refiriéndome á un sacerdote á quien por su corona y

por sus canas debo respeto, sin contar con que yo no me como á nadie

con canas ó sin ellas.

—¡Toma! Eso por entendido se calla, Marcos. Bien lo sabes: perro

ladrador... amén de que no hay una cuesta abajo sin una cuesta

arriba... Y no te ofenda tanto como parece por las señales, esta idea

que tengo de tus agallas; porque, después de todo, con el ropaje que

vistes, mejor te sienta el aire de cordero que el de tigre... Y ahora,

para fin y remate de la porfía, te pregunto en santa paz: ¿te lo cuento

ó no te lo cuento?

—¡Repito que sí!—respondió Marcones devorando oleajes de ira.

—Pues allá va con tu venia y la salvedad consabida. Han notado las

gentes, que, de mes y medio acá, no sales de la casona. Esto es visto

y no hay que negarlo. Con este motivo, que es muy de notarse por lo

nuevo, ya que no por otras razones, han afirmado unos que se trataba de

lo que antes te dije: de convertir á Dios al amo de la casa, y que ya

llevabas la obra de misericordia en buen camino. De esto no hay nada,

desgraciadamente, según tú mismo me has asegurado. Pero dicen otros,

porque ven á Inés muy peripuesta y hacendosa, como también la he visto

yo, y porque creen saber que tú la das lecciones de escritura y no sé

si también de Teología, y porque sacan la cuenta de que te saliste del

seminario antes de que se cerrara, que si has ahorcado los libros en

definitiva, y trocado la vocación de sacerdote por la de yerno de don

Baltasar Gómez de la Tejera, por mal nombre el Berrugo.

—¡Falso, falso!... ¡Un millón de veces mentira!—bramó aquí el mozón de

Lumiacos, salpicando el chaleco del pobre cura con las espumas de su

rabia. No le cabía en la calleja.

El cura, con las dos manos sobre el puño de plata de su bastón, le

miraba con los ojos muy fruncidos y la boca entreabierta. En seguida le

dijo con mucha calma y sin dejar de mirarle:

—¡Lo propio que la otra vez, y dos cuartos de lo mismo! ¡Y mira que si

el primer supuesto te honraba, éste te pone en las nubes!... ¿De qué

color han de ser las cosas que se te cuenten para que no te saquen de

quicios, hombre? Te aseguro que si mordieras como ladras, el demonio

que se te pusiera delante...

El de Lumiacos, habiendo llegado el paroxismo de sus furores mudos,

entró en el período del jadeo fatigoso, que era lo que en tales casos

le acontecía siempre, y dijo al cura, entre silbidos del resuello:

—Le repito á usted que aquí hay gentes que se gozan en calumniarme...

¡por envidia!

—¡Por envidia!... ¿por envidia de qué?—le preguntó el cura tan fresco y

sosegado.

—De... de muchas cosas,—respondió Marcones.

—Corriente... Supongamos que tienes muchas cosas envidiables,

contándote el genio entre ellas; pero lo de la calumnia... ¿Es

calumniarte el decir que estás ocupado en enseñar la doctrina cristiana

á un hombre que no la sabe? ¿Es calumniarte el creer que te tira más

la vocación de marido que la de cura, y que por eso, y no por asegurar

mejor la puchera, has ahorcado los libros del seminario? Mozo eres,

intonso y libre hasta la hora presente; Inés... ¡no te digo nada!: no

hay mejor acomodo que ella en veinte leguas á la redonda; y en cuanto

al hecho en sí, el apóstol lo dijo: _melius est nubere quam uri_...

¿por qué, con todo esto por delante, te emberrenchinas, Marcos? Y si

un poco me apuras, ¿qué más quisieras tú?

Marcones, mientras el cura le cantaba estas verdades, pensaba que aquel

día había sido de los más aciagos para él. Acababa de averiguar en la

casona que, en su juego con Inés, no había ganado una sola baza; y por

don Alejo, no solamente que se le había descubierto el juego, sino que

se le veían las cartas. Además, el cura se atrevía á reirse de sus

latines y de sus espeluznos. Esto, con su poca serenidad, le produjo

grandísimo embarazo. No sabiendo cómo salir de él airoso y de frente,

echó por la puerta falsa, contentándose con replicar á don Alejo estas

palabras solas:

—Y ¿adónde quiere usted ir á parar con todo eso?

—Á ninguna parte, hijo del alma—le contestó en seguida el cura.—Á lo

sumo, á lo sumo, á decirte que no veo de malo para tí en el negocio de

tu nueva vocación, más que una cosa.

—¿Cuál?

—El que está muy duro de pelar, y que no vas á salirte con la tuya.

Si Marcones pensó corresponder, á su manera, á esta frescura de don

Alejo, no es cosa averiguada; pero lo que no tiene duda es que viendo

venir de hacia Los Castrucos á don Elías, tomó pretexto de ello para

suspender la conversación y apartarse de allí más que de paso.

Apretó el suyo el médico; y en cuanto alcanzó al cura, se le puso al

costado y le sopló al oído estas palabras:

—¡Floja es la castaña que le van á dar en casa del Berrugo á ese

gandulote! Ya sabe usted que anda buscándole el gato casándose con

Inés, con la ayuda de la culebrona que manda allí. Pues bueno: ¡Inés no

le traga ni en píldoras! Ella misma me lo ha confesado.

[Ilustración]

[Ilustración]

XV

EL PLEITO DEL PROFESOR

No sé si lo he dicho; y en la duda, lo digo ahora: Inés no se

conformaba con lo poco que directamente aprendía de su maestro, sino

que trabajaba después á solas y por su cuenta, gozándose en ver cómo

recogía de este modo una espiga bien compacta, por cada grano mal

sembrado en su cabeza durante la lección. Estos eran los verdaderos

frutos de lo que reputaba Marcones por obra suya, y obra, además,

maravillosa. Quiero decir (y no sé si diciéndolo me repetiré también)

que los adelantos de Inés no consistían en lo que llevaba _aprendido_ y

que, en absoluto, no valía dos cuartos, sino en los hermosos estímulos

que se habían despertado en ella, lo cual no tenía precio.

En cada lección sorprendía á su maestro con una pregunta discreta

acerca de lo tratado en la anterior, ó con el testimonio de un resabio

vencido en la escritura, en una plana más correcta que la última

escrita delante de él. Pues bueno: sucedió que después de aquella

lección en que salió á relucir el caso del obispo, Inés escribía

planas y más planas, y se ejercitaba en las cuentas, y se aprendía de

memoria páginas y más páginas de la gramática, de la geografía y de la

historia, y el de Lumiacos no venía á infundirla con su aplauso nuevos

alientos para seguir avanzando por aquel camino. Llegaron los días á

cinco, y ya no sabía Inés qué pensar de tan extraño suceso. Tampoco lo

sabía la Galusa. ¿Estaría enfermo?

Con esta duda, y de acuerdo con Inés, se mandó un recado á Lumiacos. La

respuesta fué que, aunque no se encontraba tan bueno como deseaba, iría

á Robleces al otro día.

Y fué ¡eso sí! muy tristón y con la cabezona algo gacha. La Galusa le

recibió con una granizada de preguntas; pero él sólo contestó que le

dejara en paz, porque no tenía por entonces ganas de conversación.

Andando hacia la sala, mandó á su tía que avisara á Inés, y la encargó

mucho que por aquel día los dejara solos durante la lección.

Una vez en el cuarto, se sentó, estiró las piernas que parecían dos

postes, metió las manazas en los bolsillos, dejó caer toda la papada

sobre el pescuezo... y así le halló Inés pasados pocos instantes.

—¡Ojos que le ven á usted!—díjole cariñosamente la garrida muchacha

al entrar.—¿Qué ha sido eso? ¿Por qué ha estado usted tantos días sin

venir?

Incorporóse poco á poco el de Lumiacos, sin sacar las manos de los

bolsillos ni levantar mucho la cabeza, pero asestando á Inés por debajo

de las cejas cada mirada que parecían otros tantos mordiscos de los que

no arrancan la tajada; y con voz algo temblona respondió:

—He estado un poco enfermo: ya lo mandé á decir...

—Es verdad—replicó Inés muy afectuosa,—¡y bien que lo hemos sentido!

Pero como al mismo tiempo nos decía usted que no había sido cosa

mayor... Vamos, que con un poco de voluntad... ¡perezoso... más que

perezoso!

El reprendido tragó de una sola aspiración, que le refrigeró el

pechazo, todas aquellas tentaciones que esparcía su rozagante

discípula al echarle esta reprimenda _de mentirucas_; y arrimándose á

la mesa, enfrente de la silla en que acababa de sentarse Inés, dijo,

amortiguando la mirada y compungiendo la voz:

—Como yo no podía... ni debía sospechar que se me echara aquí de menos

por nadie...

—Pues se le echaba á usted—insistió Inés en el mismo tono regocijado y

sinceramente cariñoso, mientras sacaba de su cartapacio unos papeles.—Y

si se me hubiera cumplido la palabra que se me tiene dada, yo no sé

cuántos días hace—añadió sonriendo y mirando al de Lumiacos con un poco

de malicia,—de prestarme ciertos libros de historias muy divertidas,

mejor hubiera entretenido el tiempo de la espera.

—No he olvidado lo que prometí—respondió Marcones á la indirecta;—y

esos libros estarían aquí hace días, si yo hubiera creído que era ya

hora de leerlos... Yo no me olvido de nada, Inés, ¡de nada!... Y crea

usted que, á veces, me valdría más tener menos memoria de la que tengo.

Esto lo soltó Marcones en un rasgo declamatorio con dejos de amargura;

pero como Inés no estaba todavía en aptitud de estimar por toques y

matices de artificio las segundas intenciones, respetando á la buena de

Dios el gusto que se encerraba en aquellas palabras, las dejó pasar sin

meterse para nada con ellas.

—Pero aunque no he tenido historias divertidas que leer—dijo en cambio

y siguiendo puntualmente, eslabón por eslabón, el encadenamiento de sus

ideas,—y me han faltado las lecciones de usted, no por eso he dejado de

aprovechar el tiempo. ¡Vea usted, vea usted si he trabajado!

Y alegre como unas pascuas, comenzó á tender, una á una, sobre la

mesa, todas las planas que había escrito; después abrió el cuaderno de

cuentas por las hojas en que estaban las que no conocía su profesor, y,

por último, le señaló en los respectivos libros lo que de gramática, de

historia y de geografía se había aprendido de memoria.

Marcones sacó perezosamente las manos de los bolsillos, cogió unas

cuantas planas, las miró un instante con ojos desanimados, y las arrojó

en seguida sobre la mesa.

—¡Y para qué?—murmuró al mismo tiempo en tono lúgubre y como si hablara

para que nadie le oyera.—¡Si esto, que era antes mi orgullo, ha venido

á ser mi martirio!...

Y se puso á dar vueltas por el cuarto, con la cabeza gacha y las manos

en los bolsillos.

Como estos matices eran bastante más expresivos que los de antes,

pescólos Inés; asombróse, y se quedó muy suspensa, mirando sin

pestañear al mocetón.

El cual, sorprendiendo en una mirada torcida el efecto causado en la

hija de don Baltasar por sus dichos y por sus hechos, se detuvo de

pronto delante de ella y la dijo, tétrico y medio espeluznado:

—Inés... yo necesito hablar con usted cuatro palabras... ¿Me las quiere

usted oir?

Inés, con aquella salida del seminarista, cuyo rostro estaba cárdeno,

sintió una impresión, como de frío, que la invadía de pies á cabeza; y

sin saber por qué, tuvo miedo. Instintivamente miró hacia la puerta; y

el ver que no estaba cerrada, la tranquilizó mucho. Entre tanto, como

no contestaba á la pregunta de Marcones, éste se la repitió:

—¿Me quiere usted oir esas cuatro palabras?

—Dígalas usted,—contestó al fin la pobre chica, con un nudo en la

garganta.

Marcones arrimó una silla y se sentó enfrente de Inés. Puso los

codos sobre la mesa, se pasó por la cabeza medio rapada ambas manos,

entrelazólas después; y acabando por resobadas una con otra, rompió á

hablar de esta manera, con largas pausas y muy cavernosa la voz:

—¡Yo no he estado enfermo!... ¡No ha habido tal enfermedad!

Inés, pensando que se la reñía por haberlo creído, se apresuró á

responder:

—Me alegro; pero usted fué quien nos lo dijo.

—Sí que lo dije... y, sin embargo, no mentí.

La pobre muchacha pintó en un gesto y en un ademán, la nueva confusión

en que se la ponía con aquellas afirmaciones que la parecían

contradictorias.

—Aquí se ha comprendido—prosiguió Marcones,—que mi enfermedad era

del cuerpo; y en esta inteligencia digo yo que no ha habido tal

enfermedad... Pero estuve enfermo, lo estoy todavía, y, sin la ayuda de

Dios, continuaré estándolo... del espíritu, que es la enfermedad más

cruel que puede afligir á un hombre de sano corazón y mente luminosa...

¿Se acuerda usted de lo que le tengo explicado acerca del particular de

los hombres de mente luminosa y sano corazón? Vea usted, pues, cómo es

posible eso que á usted le ha parecido tan contradictorio. Sí, Inés, mi

enfermedad está en el alma... ¡en el alma! ¡Estoy enfermo del alma!

Y al decir esto, Marcones dió un puñetazo brutal sobre la mesa, y una

expresión de amargo desconsuelo á su caraza biliosa.

Inés se estremeció con aquel golpe que no esperaba, tomó en serio lo

del dolor que tanto afligía al seminarista, y hasta se compadeció de

él; pero no supo qué decirle. Después del puñetazo y la mirada triste y

casi llorosa, Marcones dió otras dos vueltas por el cuarto. De pronto

se detuvo, sacó el moquero, le arrimó con las dos manos á sus narices,

lanzó con ellas una trompetada vibrante y clamorosa, mientras sacudía

la cabeza á uno y á otro lado; y cuando concluyó la sonata con tres

notas secas, embolsó el pañuelo y volvió á sentarse enfrente de Inés.

—En la última lección—comenzó á decirla,—hablé á usted algo sobre el

destino de las criaturas en el mundo. ¿Se acuerda usted?

Inés dijo que sí.

—Con ese motivo—continuó Marcones,—expuse los recelos que yo tenía de

que á la hora menos pensada se me apareciera en el camino que llevo,

marchando en busca de lo que creo mi destino, un estorbo que no me

dejara pasar y si es que no me extraviaba; estorbo que lo mismo podía

proceder de la voluntad de Dios, que de las malas artes del demonio...

pero estorbo al fin. ¿Lo recuerda usted?

—Lo recuerdo,—respondió Inés fascinada por la novedad de aquella escena.

—Pues bien—continuó el seminarista, revolviéndose en la silla y

sin apartar de los de Inés sus voraces ojos.—Mis recelos se han

confirmado... ó mejor dicho, había graves causas para que yo los

tuviera; causas que yo llevaba dentro de mí sin conocerlo, pero que se

dejaban sentir haciéndome pensar como pensaba. Por una inspiración de

Dios, ó por un artificio del demonio, que quiere perderme encendiéndome

la codicia de cosas imposibles, aquella misma noche ví en mis adentros,

tan claro como la luz del día, que mi vocación de sacerdote no era

tan firme como yo había creído; que había otra que me tiraba mucho

más; que he sido un temerario en brindarla á usted con lo que no

puedo llevar á buen remate, y, por último, que en conciencia de hombre

honrado, no debo continuar dándola á usted las lecciones que le daba...

¡Todo esto llegué á leer y á sentir dentro de mí mismo! ¡Todo esto,

Inés! ¿Comprende usted mejor ahora cómo se puede enfermar hasta la

agonía, sin que en el cuerpo se sienta el más pequeño dolor?

Inés, que cada vez entendía menos lo que la quería decir Marcones, y se

sentía más deseosa de entenderlo, se atrevió á preguntarle en cuanto él

cesó de hablar:

—Pero ¿por qué vió usted todas esas cosas tan de repente, y qué tienen

que ver con ellas las lecciones que usted me da?

Demasiado sabía el de Lumiacos, desde el caso del obispo, que no

estaba Inés en disposición de comprenderle con metáforas de enamorado

llorón, y por eso no le exacerbó la bilis esta nueva candidez de la

desapercibida muchacha; pero no queriendo exponer el éxito de su

negocio al azar de una embestida en crudo, la iba preparando con toda

la exornación atenuante que llevaba bien estudiada.

—Pues si usted comprendiera todas esas cosas de repente, con lo poco

que la he dicho—exclamó,—ya estaba resuelta para mí la dificultad... Si

usted me hubiera comprendido— insistió, compungiéndose,—no necesitaba

yo decir en este momento, ni nunca, por qué me retiraba de esta casa...

¡para siempre! como necesito decirlo para que no se me tenga por un

hombre informal y desagradecido... Y esta explicación, ¡ésta!, es la

que me duele tanto como la misma enfermedad.

El pasmo de Inés iba creciendo á medida que se acentuaba el aspecto

patético de Marcones; el cual estudiaba con ojo sutil el cuadro de

síntomas que ofrecían los movimientos del ánimo de la inexperta moza.

—Sepa usted—prosiguió el seminarista dando nuevos tintes sombríos á

su mirada y á su voz,—que el tropiezo que yo temía, ó hablando más

propiamente, que el imán poderoso, la fuerza sobrenatural que me

detiene... ¡tampoco es esto lo exacto!... que me arrastra fuera de mi

camino, está aquí, ¡aquí! en esta misma casa... ¿Me va comprendiendo

usted?

Tampoco le comprendía Inés por estas señas; y así se lo dió á entender

en su expresivo ademán, y sin apartar sus compasivos ojos de los

sanguinolentos de Marcones.

Éste hizo otro envite en el juego en que estaba tan empeñado, de la

siguiente manera:

—¡Estará decretado también que yo apure gota á gota las hieles de mi

amargura! ¡Cúmplase la dura ley! En castellano corriente, Inés: desde

que ando en esta casa, se han despertado en mí sentimientos y fervores

que son incompatibles con la serenidad de espíritu y con la castidad

de pensamientos que se requieren para el estado eclesiástico. En una

palabra: yo no sirvo ya para sacerdote; repito que la causa de ello

reside aquí, y añado que la conozco y que mi voluntad no ha tenido la

menor parte en la caída... ¡Puedo jurarlo, Inés, puedo jurarlo si á

jurarlo se me llamara! Sin embargo, á nadie culpo, nada pido, de nadie

me quejo. Barro frágil era: tropecé á obscuras en mi camino, y barro

despedazado soy en este momento. Nada más natural en los azares de la

miseria humana... ¿Acabó usted de comprenderme?

—No, señor,—respondió Inés muy resuelta, después de unos momentos de

indecisión.

Esta entereza por remate de lo que él había ido leyendo de nuevo en la

cara de su discípula mientras la enderezaba las últimas indirectas, no

le dejó la menor duda de que Inés deseaba y quería entenderle cuanto

más pronto. El por qué del deseo, ya no estaba tan claro para Marcones.

Arriesgóse éste, y jugó su última carta de la siguiente manera:

—Puesto que es preciso, lo diré más claro todavía. El tropiezo que

he hallado en mi camino; el imán, la fuerza que me ha sacado de él;

el hechizo que ha despertado en mí sentimientos incompatibles con el

estado eclesiástico, y la luz que me ha hecho ver á las claras que mi

primera vocación no era perfecta... todo esto junto, Inés, todo esto

junto... es usted. ¿Me he explicado bastante ahora?

Inés se estremeció al oirlo, aunque quizá lo esperaba desde muy poco

antes. Púsose pálida; en seguida roja; se le acobardó la mirada; cerró

los ojos, y concluyó por esconderlos detrás de las manos, sobre las

cuales apoyó la frente.

Marcones, en tanto, estaba lívido, le temblaban los párpados y la

barbilla, y se le podían contar los latidos del corazón en el paño de

su chaleco. Aun sin estimar lo que hubiera de carnal en su intentona,

se jugaba en ella la puchera. Era, pues, muy natural aquel desconcierto

del seminarista; desconcierto que, con ser tan grande, no le impidió

ver que urgía aprovechar la situación moral de Inés para rematar

la obra, y, si no vencer, salir de la batalla con el intento bien

justificado. Con este propósito añadió á lo dicho, después de un rato

de silencio y mientras Inés continuaba con la frente sobre las manos:

—Esto que he tenido que declarar á usted, obligado por las razones que

la dí, ha de quedar entre nosotros como en el fondo de una sepultura.

Así lo pido, porque tengo derecho á ello; y le tengo, porque, como

ya lo declaré, á nadie culpo de lo que me pasa, nada reclamo; y por

lo que á mí solo importa, tengo tomada una resolución bien firme.

Usted está muy alta: yo estoy muy bajo; usted es hermosa: yo soy una

persona insignificante y mísera en quien, por el ropaje que viste y las

ciencias que ha cursado, hasta parecen crímenes estos sentimientos; no

tengo un solo título para merecerla á usted, al paso que no me parece

bastante todo el corazón para adorarla. En este conflicto, ¿qué le toca

hacer á un hombre honrado como yo? Alejarse de aquí, y alejarse para

siempre. Pero tengo en esta casa deberes que cumplir, y no puedo salir

de ella sin dejar bien demostrado que, si no los cumplo, es porque me

lo impiden motivos muy poderosos. Ya conoce usted estos motivos, porque

solamente para que los conozca usted me he atrevido á arrancar del

fondo de mi corazón este secreto. Ahora, olvídele usted, discúlpeme

como mejor pueda con su señor padre, concédame el perdón que la pido de

rodillas, y déme su permiso para retirarme.

Inés estaba en este momento lo mismo que si de pronto hubiera oído

crujir los techos y removerse las paredes de la casa: tiritaba de pies

á cabeza, y no sabía qué hacer ni qué decir, ni adónde mirar en busca

de un resquicio para huir de aquella situación que la amedretaba.

Marcones, entre tanto, convulso y anhelante, la devoraba con los ojos;

y como pasaba el tiempo sin que ella descubriera los suyos ni dijera

una palabra, el fogoso mocetón se levantó de la silla, avanzó el busto

sobre la mesa, y, casi á la oreja, la disparó estas palabras:

—¡Dígame usted siquiera que me ha oído, ya que no sea bastante

compasiva para perdonarme!

Al mismo tiempo le tocó un brazo con su manaza, quizás para descubrirle

la cara tirando de él; pero no sé cuál fué primero, si el llegar la

mano al brazo, ó el incorporarse de un brinco Inés y dar un paso hacia

atrás. Marcones retrocedió á su vez otro paso.

—No he querido ofenderla á usted—la dijo entonces, viéndola con la faz

angustiada y los ojos empañados;—y en cuanto al favor que acabo de

pedirla...

—Todo lo he oído—respondió al fin Inés trémula y desconcertada;—de todo

me he hecho cargo... pero yo no sé... yo no entiendo... yo no esperaba

eso... Se quiere usted marchar y no darme más lecciones... puede que

tenga razón... y puede que no la tenga: ¡qué sé yo? Para hablar de

estas cosas, hay que estar muy serena... Puede que lo esté yo mañana...

En fin, si quiere usted que le diga lo que siento sobre todo lo que me

ha contado, déjeme que sea capaz de saberlo, porque ahora no lo sé...

Conque hasta mañana, ¿verdad?

Y como quien sale de un atolladero abriéndose camino á ciegas con

las manos, salió Inés de su apuro entre el laberinto de estas frases

descosidas, y en seguida del cuarto, en el cual quedó un instante

Marcones bañándose el alma en un golfo de dulzuras, por traducir á su

gusto aquellos desordenados aleteos de un corazón que jamás se había

visto en apreturas semejantes.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVI

EL FALLO DE LA EDUCANDA

La Puchera · 第 12 / 28 段