Para estos puntos concretos, Marcones usaba los registros más dulces

de su temperamento: atenuaba la voz, desplegaba la sonrisa, armonizaba

con la suavidad de la frase el mirar de los ojos y hasta los dobleces

del cuerpo entre la silla y la mesa. Inés le atendía en estos casos muy

complacida; y si él, por saborear el triunfo ó por tantear el terreno,

se callaba, ella se atrevía á excitarle para que siguiera hablando. Y

esto, que tanto halagaba al mocetón de Lumiacos, era precisamente lo

que le perdía. Creyéndose á dos pasos de la cumbre de su montaña, daba

ya por logrado aquel premio de su valentía; y no sólo le aquilataba en

las mientes, sino que sentía todos los espantos de perderle y todos los

odios contra el azar que se le entregara á otro sér más afortunado.

Y como esto le embravecía de repente, volvía á esgrimir el chafarote

contra fantasmas y vestiglos, y salían de nuevo á danzar los gusanos

viles, el diente ponzoñoso y el hombre único «de corazón honrado y de

inteligencia luminosa.»

Y este registro ya no deleitaba tanto á Inés, que no por eso dejaba de

admirar el mucho saber de aquel mozo.

Pero el hecho era, y hecho evidentísimo, que Inés, desde que estaba

sujeta á aquellos deberes de educanda, iba transformándose á ojos

vistas. Tres semanas después de haber comenzado sus lecciones, no la

conocería el lector que la vió en la antevíspera de esos comienzos,

entrar en la cocina de su casa, levantar los peces por la cola, y

limpiarse los dedos en el vestido. Ya no tenía las uñas negras, ni el

pelo mal recogido, ni la ropa desceñida, ni los pies mal calzados;

andaba con soltura, pisaba firme, miraba con valentía; se peinaba

con esmero; se ajustaba la cintura, con lo que destacaban en toda su

belleza las redondeces del busto; se calzaba bien, y tenían su cara,

sus manos y su cuello esa suavidad y pureza de tonos que da en unas

carnes túrgidas y juveniles, el vicio del aseo, el cual se revelaba,

como un toque muy expresivo del cuadro general, en la fresca blancura

de los asomos de su ropa interior, por las bocamangas y el escote de su

vestido de indiana.

Esta transformación que asombraba á la Galusa y sorprendía á su amo y

enorgullecía á Marcones, era, sin embargo, la cosa más natural en una

mujer de las condiciones fisiológicas de Inés, aunque de otro modo lo

entendiera el seminarista, por un error que no carecía de disculpa

racional. Era innegable que el sobrino de la Galusa tenía gran parte en

aquel principio de resurrección física y moral de la guapa muchacha de

Robleces; pero la tenía como la tiene el golpe casual que quiebra el

pomo, en la fragancia que esparce el líquido derramado. En no estimar

esta diferencia consistía el disculpable error de Marcones.

En una mente en que hay luz, como la había en la de Inés, aunque

mortecina por abandono, una idea nueva es aire oxigenado que aviva

la llama, é imán poderoso que va atrayendo otras muchas, enlazadas

entre sí como eslabones de una cadena. La conversación del seminarista

recién llegado á Robleces con la carga de sus malas intenciones, bastó

para producir en la descuidada muchacha la tentación de comparar su

absoluta ignorancia con lo que ella tenía por sapiencia del pedantón

de Lumiacos; el deseo de saber algo, y la noción, á veces, de su

inútil y abominable dejadez. Pero las conversaciones que producían

estos efectos, no eran muy frecuentes; y no siendo continuas las

impresiones, triunfaban de ellas todavía los resabios inveterados,

dueños y señores de aquella naturaleza inculta. Las lecciones diarias

la fueron cautivando la atención y moviendo la curiosidad; y si no

aprendía grandes cosas, averiguaba al menos que podían aprenderse. Iba

sabiendo, por algo que se la decía y por lo que ella preguntaba con su

buen sentido natural, que sin salir de Robleces se podía tener una

idea de lo que eran el mundo y el sol y las estrellas, y por qué leyes

se regían, y de lo que había acontecido en la tierra desde su creación

acá; porque había libros que trataban de eso, y eran conocidos hasta

de los muchachos de la escuela, como los conocería ella si su profesor

le cumplía la palabra que le había empeñado «para más adelante.» Por

de pronto, se consagraba con gran empeño á mejorar la letra y aprender

bien la tabla de multiplicar y las cuatro reglas de la aritmética,

lo cual iba consiguiendo poco á poco, y á ejercitar la memoria,

por exigencia propia, con aquellas definiciones de la gramática,

calificadas de estúpidas por su profesor, cuyo sistema de enseñanza, en

este punto concreto, no la satisfacía enteramente, porque no la fijaba

reglas para resolver ella las dudas por sí sola.

Jamás la dieron en cara sus uñas negras ni sus dedos manchados de

tinta, hasta que tuvo que poner su mano, en la primera lección, tan á

la vista y tan cerca de un extraño y por tan largo tiempo; y eso que

las uñas y las manos de Marcones no estaban más limpias que las de

ella; pero era mujer al cabo; y en la mujer, por indolente que sea,

siempre hay una presumida, más ó menos á las claras. Con el vestido

lacio y el pelo mal recogido, le sucedió lo propio que con las uñas

negras y las manos sucias. Un día se peinó con esmero, se lavó

despacio y se ciñó bien las ropas de cuerpo. Encontrándose así más á

gusto y viéndose más guapa en el espejo, al día siguiente se lavoteó

mucho más, se peinó todavía mejor, y sustituyó el vestido viejo y

resobado, por otro más limpio y fresco. Y como cuanto más se lavaba y

se componía, más guapa se veía y más ágil se encontraba, el vicio de

la compostura y de la limpieza la iba dominando; y llegaron á darla en

cara los suelos mal barridos y nunca fregados, las mesas empolvadas

y las sillas fuera de su lugar. Ordenó, pues, las sillas, barrió los

suelos, despolvoreó las mesas, y hasta juzgó de suma necesidad dar un

fregoteo bien apretado á todos los suelos de la casa. Por este mismo

sentimiento de la limpieza ó de otro más hondo muy emparentado con él,

no volvió á consentir que Marcones agarrara su mano para enseñarla

á correr la pluma sobre el papel, ni que se pusiera tan vecino á su

costado para apuntarle las palabras con el dedo. Verdad que á Marcones

le sudaba la mano y le olía muy mal la ropa; pero mucho influía en

las nuevas repugnancias de Inés algo que no se olía ni se palpaba,

aunque la inexperta muchacha no se diera cuenta de ello. Disculpaba

su resistencia á aquella costumbre con el deseo de adelantar más,

venciendo la torpeza por sí sola; y de este modo no tenía por qué

ofenderse Marcones, siempre atendido y mimado, en todo lo restante, por

su candorosa discípula.

Ya no creía que puesta de pie sobre la cumbre más alta de la cordillera

de enfrente, tocaría las nubes con la cabeza; ni que las estrellas

eran luces que se encendían por la noche y se colgaban de la bóveda

celeste: Marcones la había apuntado algunas ideas sobre éstos y otros

particulares de tejas arriba; ni tampoco le bastaba para campo de

sus imaginaciones el que abarcaban sus ojos desde la solana: por el

contrario, se entretenía mucho trasponiendo en espíritu las cumbres

y forjándose castillos con lo que imaginaba más allá; y sin querer

decir esto que lo echara muy de menos, ya no le parecía imposible

que en aquellas lejanías hubiera alguien que pudiera sospechar que

en el caserón de Robleces existía un sér que se entretenía pensando

de aquella manera. En fin, que la máquina de sus ideas había roto á

andar, y que andaba, si no á gran velocidad, á paso firme y seguro. Y

andando la máquina de las ideas, el cuerpo no puede resistir la quietud

infecunda; y por esta ley, el de Inés no se satisfacía ya con los

bamboleos maquinales en la silla de la solana: comenzaba á parecerle

poco el caserón con sus techos llenos de telarañas, sus enseres de

cocina mal bruñidos, sus camas embarulladas, sus rincones con basura,

sus muebles envejecidos y bisuntos, y la ropa blanca con hilachas y

agujeros, para emplear los bríos con que se sentía para moverse, y las

inclinaciones que la empujaban á limpiar lo sucio, á coser lo roto y á

ordenar lo desordenado; y sin el miedo á despertar los dormidos odios

del ama de gobierno, ¡sabe Dios hasta dónde se hubieran extendido las

fronteras de su imperio en aquella casa!

¡Y todo esto en poco más de tres semanas, y fruto de la labor

revolucionaria de cuatro ideas incompletas, metidas de golpe en una

cabeza medio á obscuras!

Estando así las cosas, fué cuando Marcones tuvo con su tía la

entrevista de que se ha dado cuenta minuciosa en el capítulo

precedente. Creciéronle las fogosas impaciencias con el estímulo de la

conversación, y en la lección inmediata se propuso meterse un poco más

en la suerte, para ver si era llegada la hora de echar á la lumbre el

medio balandrán que ya se le caía de los hombros.

¡El destino de las criaturas! Por estas obscuridades se coló en

el asunto, agarrándose á no sé qué asidero que le proporcionó la

casualidad, ó que él inventó allí; porque no tiene duda que la monserga

venía muy estudiada de Lumiacos. ¡El destino de las criaturas en

el mundo! ¿De dónde venía? ¿En qué estribaba? ¿Á qué leyes estaba

subordinado? ¿Quién era capaz de penetrar estos misterios? Y por aquí

siguió largando preguntas que se quedaban sin respuesta. Acabando con

lo vago y declamatorio, bajó á lo llano y concreto.—Él mismo, «con

ser quien era,» no estaba bien seguro de no tropezar á la hora menos

pensada con un obstáculo que le apartara de la senda que seguía.

Era hombre, era barro, era frágil, era débil, y había estados tan

perfectos, si no tan santos, como el del sacerdocio; él se hallaba

á punto de recibir las primeras órdenes, es decir, de dar el paso

para entrar en un terreno del cual no se puede salir ya tan libre é

independiente como se entra en él... ¡Momento solemne y crítico! Esto

le daba mucho que pensar. Cierto que, por entonces, en aquel paréntesis

de su carrera (dispuesto quizás por la providencia de Dios) aún era

libre, aún estaba en el mundo, aún era un hombre como todos los demás,

aún era dueño de elegir, si el obstáculo se atravesaba, entre la

Iglesia... y el matrimonio, por ejemplo, sin escándalo de las gentes

ni menoscabo de la sana moral, puesto que ambos estados eran caminos

abiertos por la misma ley de Dios para servirle y acatarle, según sus

santos designios; pero ¿aparecería el obstáculo imaginado? ¿existiría

alguno de esa especie, destinado para él? ¡Ah!...

Era dulce entonces el registro usado por el declamante, y, además,

hacía éste largas pausas á menudo, y subrayaba ciertas frases con

expresivos gestos. Inés le escuchaba sin pestañear y con las manos

cruzadas sobre la mesa.

De pronto calló Marcones y se quedó mirando á Inés, con los ojazos muy

lánguidos. Pero Inés no dijo una palabra, ni cambió de postura, ni dejó

de mirar á Marcones, como si aguardara la continuación de la parrafada

aquélla. Mas lo esperado no vino, y el silencio continuó un buen rato;

hasta que le rompió Inés con esta pregunta en crudo:

—¿Qué viene á ser un obispo?

No esperaba el sobrino de la Galusa la salida de Inés por aquella

puerta tan extraña: empañóle una oleada de bilis el blanco de los ojos

y el rojo sucio que le matizaba entonces los mofletes; frunció el ceño

peludo, y respondió con voz áspera y una sonrisa que temblaba de falsa:

—Pues un obispo, viene á ser... un cura que llega á general.

—No iba yo por ahí—replicó Inés riendo el chiste con la mejor buena

fe.—Quería yo saber qué hace; si manda más ó menos que el rey; qué

honores tiene... vamos, no sé explicarme.

Marcones satisfizo como mejor pudo los deseos de Inés. Enterada ésta,

dijo á Marcones con un acento y una expresión de mirada que eran un

reguero de candor:

—¡Qué suerte para usted si llega á ser obispo! ¡Cuánto me alegraría!

Estas palabras dejaron atolondrado á Marcones. Hacerle capaz de tal

_ascenso_, y deseársele, valía tanto como desestimar su intencionada

peroración sobre «el destino de las criaturas en el mundo,» y aun

algo peor que todo esto: la ocurrencia franca, sincera, evidentemente

inocentona de Inés, daba la medida de lo que había adelantado el galán

de Lumiacos en la conquista de la dama de Robleces, con todo el lujo

de seducciones que había despilfarrado durante un mes de incesante

batalla. ¡Ni un solo paso!... ¡Y él que se había creído encaramado en

la muralla, y hasta con una patona dentro de la fortaleza!

Estaba visto: Inés adoraba en el santo, no á la persona, sino á los

milagros que hacía.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIV

EL CURA DE ROBLECES

Salió de la casona de Robleces el mocetón de Lumiacos con la obscuridad

de una noche inverniza en la mollera, y el peso de una montaña sobre el

corazón. La soberbia le impidió decir á su tía una sola palabra de lo

que estaba pasando. Llevaba la cerviz muy humillada, tropezaba á menudo

en los cantos de la calleja, brotaban sangre sus ojos, y era verde

podrido el color de su cara donde no la cubría el negro sucio de su

barba cerdosa.

Caminando de este modo, se encontró con el cura de Robleces, que venía

de Los Castrucos. El cura de Robleces era uno de los pocos ejemplares

que quedaban de aquellos presbíteros de _misa y olla_, como se dice

por acá, ó de _morral y gancho_, como se los llama en Castilla. Con

esto se entiende que el cura ya era viejo; porque han pasado muchos

años desde que no se permite á un hombre «meter barba en cáliz», con

sólo el estudio de un poco de latín; algo de Teología moral, según el

padre Lárraga; un brevísimo examen de unas cuantas materias de clavo

pasado, como de _sacramentis in génere_ ó _de sacramentis in specie_, y

traducir _mocosuena_ un parrafejo del Breviario.

Ahora se hila de otro modo en la carrera; y por eso Marcones, que la

seguía, miraba con alto menosprecio al párroco de Robleces. El cual

párroco, lejos de ofenderse con las altanerías de Marcones, le buscaba

la lengua muy á menudo para divertirse un rato con él, cantándole de

paso grandes verdades. Porque es de advertir que el buen clérigo,

cuanto más á viejo iba, más regocijado era de humor. Llevaba cuarenta

años sirviendo aquella parroquia, y continuaba gastando, contra la

nueva costumbre, zapato bajo con hebilla, medias negras, levita de

largos faldones y sombrero de copa alta; por lo que también solía

dispararse contra él el pedantón de Lumiacos. Ello era que, por fas ó

por nefas, nunca se hallaban juntos el clérigo y el seminarista sin

que armaran tiroteo entre los dos; y aunque casi siempre tenían la

culpa de ello las intemperancias geniales de Marcones, en el encuentro

mencionado hubiera fallado la costumbre precisamente por la banda del

mocetón. ¡Tan cabizbajo iba, tan absorto en sus preocupaciones y tan

inclinado á no distraerse con nada ni por nadie!

Pero, en cambio, no le cabía á don Alejo la locuacidad en el cuerpo

aquella tarde; y aunque no buscaba camorra ni cosa que se le pareciera,

porque el tal clérigo era un bendito de Dios en toda la extensión de

la palabra, le sobraban algunas en la boca, y de algún modo había de

emplearlas.

Viendo, pues, venir al seminarista tan cabizbajo y tropezón, esperóle á

pie firme.

—¿Vas enfermo ó qué te pasa?—le dijo en cuanto se le acercó.

—Y ¿por qué he de ir yo enfermo—respondió ásperamente el seminarista,

alzando la cabeza y mirando con ferocidad al cura,—ni por qué ha de

pasarme ninguna cosa?

—Hombre—replicó don Alejo,—mortales somos, y los sucesos de la vida no

paran un punto ni siempre son de la misma traza. De todas maneras, no

te enfades, que nunca se ofende al prójimo con un buen fin, como el que

yo llevaba en lo que te dije... Te ví cabizbajo, te ví que tropezabas;

y como tú sueles andar más derecho y pisar más firme por lo regular...

—Pues no me pasa nada ni estoy enfermo—dijo Marcones con señales de

querer cortar con ello la conversación,—y se agradece el buen fin...

Conque ¿manda usted otra cosa?

—¿Tan de prisa vas, Marcos, que te estorba un ratuco de plática?

—No siempre está el horno para rosquillas, señor don Alejo.

—¿No, eh? Pues cata ahí cómo no iba fuera de camino la pregunta que

te enderecé... _Tu dixisti_, Marcos... «no siempre está el horno para

rosquillas:» ergo algo le pasa al tuyo, cosa que me negastes de mal

temple, como si te hubiera ofendido el supuesto.

—Á mí no puede ofenderme nada de lo que usted me diga, señor don

Alejo—repuso Marcones esforzándose por despejar el nublado de su

cara:—la corona y las canas le hacen merecedor de mi respeto...

—Sobre todo cuando tengo razón en lo que te digo, ¿eh?—contestó don

Alejo alegremente.

—Con razón ó sin ella—replicó el seminarista volviendo á fruncir el

entrecejo,—no recuerdo haberle faltado á usted jamás á la consideración

que le debo.

—¡Claro que no, hombre!—se apresuró á decir el cura.—Si todo esto es

una pura broma. ¡Bueno eres tú para faltar á nadie, con canas y sin

ellas!...

—¡Repito que no le he faltado á usted nunca!—insistió Marcones picado

con la ironía de don Alejo,—y mucho menos en esta ocasión en que seguía

pacíficamente mi camino.

—Vamos, tú quieres decirme que he sido yo quien te ha puesto en trance

de pecar, tirándote de la lengua. Pues dilo, hombre, dilo claro: con

eso podré yo decirte á tí que te equivocas de medio á medio, y que el

diablo me lleve si tuve otro intento, al detenerte, que el de echar un

párrafo contigo y hacerte una pregunta que se me puso entre los labios

en cuanto te columbré desde aquí.

—Y ¿qué pregunta era ella, si se puede saber?—interrogó el seminarista,

poniéndose en guardia, como se pone un jabalí en cuanto oye el menor

ladrido.

—¡Vaya si se puede saber!—respondió el cura con la mayor inocencia.—Lo

malo es que, como no está el horno tuyo para rosquillas, según tú mismo

has confesado, sabe Dios cómo me la tomarás.

—Pues supóngase usted—dijo Marcones apresurada y fogosamente,—que no

hay tales rosquillas ni tal horno, y que ahora tengo yo grandísimo

empeño en que se me haga esa pregunta.

—¿Sí?—saltó el cura muy ufano.—Pues por el antojo no habías de malparir

si fueras embarazada antojadiza. Allá va la pregunta... Pero mira que

no lleva otra malicia que la que tú quieras darla. Es cosa corriente

en el lugar, que andas en la casona empeñado en una gran obra de

misericordia...

—¡Falso!—bramó Marcones, lívido de ira y mirando al cura con unos ojos

que parecían puñales.

—¿Veslo?—dijo el párroco dando un paso atrás.—Ya se te fué la burra, y

todavía no te he hecho la pregunta, en rigor de verdad.

—¡Repito que es falso el supuesto!

—Corriente, hombre, corriente; pero conste que me das la respuesta

antes que yo te haga la pregunta. Y ahora te digo que tienes bien poca

correa, cuando te sulfuras por una cosa de que debías envanecerte si

fuera verdad.

—¿Y cuál es esa cosa, señor cura?—preguntó Marcones con sorna.

—¡Ahora escampa!—exclamó don Alejo fingiéndose muy asombrado.—Pues si

no la conoces todavía, ¿por qué la has dado por falsa y te ha ofendido

hasta el supuesto de que sea la pura verdad?

Conoció entonces el arisco estudiantón que se le había desbordado la

bilis algo más de lo que el caso pedía, y trató de encauzarla, no

tanto por el bien parecer, cuanto por poner á don Alejo en ocasión de

aclararle lo que se decía por el pueblo, que bien pudiera no ser lo que

él se había figurado. Con este propósito le replicó, dulcificándose

cuanto pudo:

—Dejémonos de bromas, señor don Alejo, y dígame claro qué obra de

misericordia es esa que se me atribuye.

—Sea todo por el amor de Dios—dijo á esto mansamente el cura después

de carraspear.—Pues se dice, Marcos, que andas enseñando la doctrina á

cierto feligrés mío que siempre fué muy duro de pelar.

—¿Á qué feligrés?—preguntó el seminarista, más tranquilo viendo por

dónde iban las suposiciones del cura.

—Á don Baltasar—respondió éste.—Pues mira—añadió,—ya me diera yo con un

canto en el pecho porque lo consiguieras. Por lo que á mí toca, muchas

veces he intentado echarle hacia el buen camino, y nunca pude hincarle

el diente. Conque ¿es verdad ó no?

—No es verdad,—respondió Marcones después de pensarlo un poco.

—Parece que te cuesta decirlo, como si la afirmativa te pesara.

¡Tendría que ver, Marcos!

—¿Cuál?—preguntó éste volviendo á palidecer.

—Que fuera verdad lo que se dice, y te doliera el confesarlo... por

humanos respetos... No seas bobo: «hágase el milagro, aunque le haga el

diablo.»

—Eso es tanto como decirme que me falta competencia para meterme en tal

cosa, si se me hubiera antojado.

—No es verdad.

—Ó derecho...

—¡Tampoco!

—Pues algo por ese arte ha querido usted dar á entender con el refrán

del milagro... Y en este punto, señor don Alejo, y con el respeto

debido á su corona y á sus canas, ya sabe usted que no me coge los

dedos entre la puerta. Hay aquí (y se golpeaba la cabeza) metralla de

sobra para vencer en batallas como esa y otras mucho más gordas...

¿usted me entiende?

—¡Anda, morena!

—Aunque no he metido barba en cáliz, me sobran tres cuartos de lo que

sé, para saber el doble de lo que bastó á otros para meterla...

—¡Miren el sabijondo que respeta la corona del _insipiens_, si tira

bien á dar en medio de ella!... No, y en parte no te falta razón para

echar tanto humo por la chimenea; bien dicho te lo tengo en otras

ocasiones: desde que _vosotros_ andáis en el mundo, arrastrando por

los callejones los manteos y con la cabeza muy alta, cada aldehuela

es un criadero de santos para la corte celestial. ¡Y todo por obra

de ese puñado de teologías que habéis adquirido arañando por encima

un compendio del padre Perrone, que nunca saludamos nosotros los

ignorantes _morralistas del padre Paco!_... ¿No es así como nos llamáis

los doctores de similor á los pobres _curas de misa y olla?_... Vaya,

y que no es poca ganga la que tiene un feligrés destripaterrones,

con un párroco que, para entretenerle el hambre y las pesadumbres,

le suelta un zoquete en latín, para convencerle de que sabe mucho

_de communi Theologorum consensu_, _de potestate clavium_ y de otras

graves materias _de Locis theologicis_, ó se dispara con un pedrique

muy superferolítico, estudiado de memoria en el sermonario de Juan ó

de Pedro, como le pudiera estudiar yo, que no entiendo una palabra de

esas retóricas de púlpito. Con esto, y con pensar que le hace un gran

favor hasta en cada misa que celebra, y que el curato es un patrimonio

fundado para él, y que á nada le obliga la investidura por ley de

mansedumbre y caridad, ya puede afirmar, con la cabeza muy alta, que

si no está coronada con una mitra, es porque no hay justicia en la

tierra... ¿Te escuece lo que te digo, eh? Pues mira, lo siento, porque

no va con esa intención, aunque bien pudiera ir si fuera yo algo

vengativo... En prueba de que no lo soy, te añado ahora que admito

excepciones, y muchas, en lo que quizá has tomado por regla general, y

que conozco algunas ejemplarísimas que lo son por haber sabido suplir

con modestia, humildad y desinterés, la ciencia, la educación y el

conocimiento del mundo que les faltan; excepciones que tú, con la

leche entre los labios todavía y los cuatro libracos del seminario á

medio digerir, no has hecho nunca al hablar de nosotros, ni siquiera

por la consideración, de cortesía, de que tengo setenta años y llevo

cuarenta en esta parroquia, donde si no he formado grandes santos para

Dios, tampoco enemigos para el cura que, aunque pecador, no tiene

otro vicio que el de echar una calada mar afuera, cuando el tiempo y

las ocupaciones se lo permiten, y le da el Lebrato un rinconuco en la

barquía... Y déjame que me dé á mí mismo este poco de incienso, aquí

donde nadie nos oye, si no es Dios que sabe por qué lo hago...

Marcones, que estaba hinchado como una vejiga de hieles, había amagado

al cura, durante su reprimenda, con más de dos estampidos; pero la

serenidad y la mímica de don Alejo habían logrado contenerle. Así es

que cuando éste acabó de hablar, el mismo estrago de la interna lucha

tenía rendido al iracundo seminarista. Con ello y algo que, al fin, le

imponían los años y la investidura del párroco, limitóse á decirle ¡eso

sí! con el ceño hecho una tempestad y después de tragarse un bramido de

la que le andaba por dentro:

—No es ocasión ésta de que se ventile como se debe el punto que acaba

de tocar usted; por lo que renuncio á decirle algo siquiera de lo

mucho que se me ocurre en _nuestra_ defensa. Otra vez será...

—¡Lo ha sido ya tantas otras!—exclamó don Alejo.—Sólo que hoy me

ha dado á mí por hablar un poco más de lo que suelo cuando te oigo

predicar desde tan alto.

—¡Es que el punto merece ventilarse!

—¡Quiá, hombre, quiá! Si á mí me tienen sin cuidado esas cosas. Una

vez, y acabóse. Pues dígote, ¡y á mis años! Cayó la pesa ahora...

y por eso... Y entiende que lo que me has oído no te lo dije para

convencerte, sino en respuesta á otros dichos tuyos que no te he oído

hoy por primera vez... ¿Me entiendes? Bueno. Pues hazte la cuenta

de que no te he dicho nada, y volvamos al principio: te aseguro

que pondrías una pica en Flandes catequizando al Berrugo, y que lo

celebraría yo lo mismo que si la hazaña fuera mía. Palabra de honor.

—Y yo le repito á usted—respondió Marcones entrando en la materia de

muy mala gana,—que es falso ese decir de las gentes.

—Vaya—replicó don Alejo como si le contrariara un buen deseo la

afirmación;—pues, en ese caso... será más cierto lo otro.

—¿Cuál?—preguntó el seminarista alarmándose de nuevo.

—Nada—respondió el cura,—si el decírtelo ha de ser motivo para que te

amontones.

La Puchera · 第 11 / 28 段