—Poco á poco sobre eso—dijo el Berrugo amoscándose.—En decir que tu

sobrino es puerco, no falto á la justicia, porque á la vista lo lleva;

pero el meterme tú por los ojos las enseñanzas que da á Inés como un

favor del otro jueves, ya va por caminos muy diferentes. En primer

lugar, yo no le llamé para que se tomara ese trabajo: él y tú lo

barajásteis con Inés, sabe Dios cómo; en segundo lugar, si tu sobrino

tiene vergüenza, á más que á eso le obliga el dineral que aflojé yo

para ayudar á que aprendiera lo que sabe, por ceguedades con que le

atolondran á uno los demonios, y por arrastrados miramientos que nunca

lloraré bastante... ¿Lo entiendes?... Pues ahora le puedes ir con el

cuento si te acomoda; y si le parecen mucho las Indias que me da con

sus enseñanzas á Inés, que la deje sin ellas: al fin y al cabo, para

hembra, le sobraba la mitad de lo poco que sabía, y yo bien hecho

estoy á vivir entre roñas... como tú; y si me apuras un poco, hasta

me engordan; pero si quiere seguir, y no haría nada de más, ni tú

tampoco en aconsejárselo, que no espere que yo se lo agradezca tanto

así (y marcó lo negro de la uña del dedo meñique); porque, como ya te

he dicho, bien pagado se lo tengo... ¿Te vas enterando? Pues contigo

va también la solfa, por si acaso quieres entonar con ella la letanía

de alabanzas á tu sobrino... Y en seguida, vuelve por otra: ya ves que

aquí se sabe corresponder como es debido... Y mírame los colmillos.

¿Ves qué retorcidos están?... Por si habías soñado con jincarme los

tuyos en parte blanda con el memorial de sabidurías del zanguango...

Aunque la Galusa estaba bien acostumbrada á las genialidades de su

amo, y solía reirse de muchas de ellas porque eran chisporroteos que

no podían quemarla ni el pelo de su ropón de ama y señora inamovible

de la casa, las de esta vez ya le penetraron más hondo, no solamente

por las especies apuntadas en ellas, el tonillo chocarrero de que iban

acompañadas y lo grave del asunto con que podían ligarse en definitiva,

sino porque esa vez no era la primera, ni siquiera la cuarta, que, en

poco tiempo, la domada bestia se atrevía á enseñar los dientes y las

garras á la domadora.

—¿Qué es lo que _se quiere_ decir con eso?—preguntó de repente la

ofendida, poniéndose en jarras, un poco doblada por los ríñones, con el

pescuezo rígido y los ojos clavados en los del Berrugo.

Sabía éste, por una larga experiencia, que las grandes cóleras de su

criada comenzaban á estallar suprimiéndole á él la personalidad en

sus invectivas, para eludir todo tratamiento; pero más valiente en

esta ocasión que en otras semejantes, cuadróse á su vez delante de la

retadora, y la contestó remedándola el estilo:

—Se quiere decir con eso, lo que nos da la real gana. ¿_Quedamos_

enterados?

—¡No... mal hombre!—repuso la cotorrona hecha un basilisco;—¡no quedo

enterada!... ¡Porque yo no hice qué pa merecer eso! ¡Y aquí pasa algo

de un tiempo acá, que quiero saber!... ¡Yo no soy ya lo que era!

—Eso bien salta á los ojos—dijo el Berrugo con una calma incisiva que

acabó de exasperar á la Galusa.—No hay más que vernos la estampa.

—¡Miren por onde se descuelga el grandísimo... pendejo, que tamién

tiene que ver! La culpa tuvo quien no se dió á valer más cuando lo

valía, y puso manjar de reyes en boca que merecía carrancas... Ahora

viene el pago en la moneda de todos los desalmaos: dispués de comernos

la hebra...

—Justo—interrumpió don Baltasar,—arrojamos los huesos. Nada más puesto

en razón... Pero entiéndase que no se va por ese camino ahora, ni hay

para qué llorar golpes que no se han recibido... Y ya se ha dicho lo

bastante y hasta de sobra, para que se nos entienda... y lo dicho se

repite... y de lo dicho se responde... y si se quiere más claro, se

pone al sol... y si pica, rascarse... y si duele, que duela... ¿Lo

vamos entendiendo mejor?... Pues nos alegramos... y hasta otra.

Con esto, chasqueó los dedos don Baltasar; hizo una zapateta delante de

la criada, trémula de ira, y se largó de allí arrastrando la escoba que

llevaba en la mano.

No le contó la Galusa todo esto á su sobrino; pero le dijo sobre ello

algo que debía saber, para tenerlo muy en cuenta.

—Yo no sé—le dijo entre otras cosas,—qué es lo que le pasa á ese pícaro

de hombre de un tiempo acá. Antes era un borrego para mí; y sin dejarse

llevar en todo por onde yo quesiera llevarle, tampoco se empeñaba en

arrastrarme consigo contra mi gusto... Pero ahora, hijo del alma, ¡ya

te quiero un cuento! Se da á la burla y al chungue cuando le hablo

de lo que no quiere oir... y gracias que se conforma con eso... ¡Ay,

Marcos, qué otra era yo en esta casa en aquellos días de la difunta,

y hasta en algunos más cercanos! ¡Cómo me contemplaba el endino y me

buscaba el buen gesto, y qué recio tosía yo delante de él!... Pero,

hombre, ¡si fué ayer, como quien dice, cuando entoavía supe arrancarle

esos cuartos pa la tu carrera, que era punto más que tocar el cielo con

las uñas! Cierto que ya por entonces me costaba un triunfo lo que antes

conseguía yo con sólo un mirar de los ojos; pero ¡tanto como esto de

ahora!... Porque la cosa va empiorando de día en día... ¡Y tengo que

andar con un tiento!... Á veces pruebo á enfadarme: pior que pior...

¡Cristo del alma! no digo yo que enfadarme, con sólo ponerme josca en

tiempos de la difunta... y algunos de más acá, ¡cómo le abajaba los

humos al arrastrao, y qué blando me miraba... y qué!... Pero, hombre,

¿en qué consisten estas cosas?

Marcones, que escuchaba á su tía con mal ceño y mucha atención, la

respondió al punto:

—En que desde esa difunta acá, han pasado muchos años, tía; y con

los años, que todo lo consumen, van cambiando las personas hasta en

estampa; y con las personas y las estampas, los pareceres y los gustos

y los deseos; y lo que ayer se apetecía por sabroso, hoy se aborrece

por insípido; y el que antaño era mozo de correa, ogaño es un vejancón

que no puede con las bragas...

—Y mira que bien puedes estar en lo cierto, Marcos; que ya me iba yo

barruntando algo de ello por más de cuatro señales... Pero á lo que te

voy: por éstas y otras, no hay que fiar cosa alguna de ese hombre pa el

asunto que traes entre manos.

—Que traemos.

—Sea como mejor te paezca. Y dígote, Marcos, que te andes con mucho

tiento en el particular; que no rastree ese... mal alma, ni una pizca

de cubicia en tí... Tú no eres pa él más que un mozo agradecío que paga

parte de lo que debe al padre, con el beneficio que hace á la hija. ¿Te

vas enterando?... ¡Y golpe á la hija... que quiera que no! Porque si de

ella no sale, no hay otra puerta á que llamar.

—¿Responde usted de que no se me cierren las de esta casa?

—De eso creo que sí, si tú te mantienes en el ten con ten que te he

dicho; porque él es gustoso de que sigas desasnando á Inés.

—Pues todo lo demás corre de mi cuenta.

—¿Y qué tal marcha la cosa, qué tal?

—Como una seda, tía... ¡como una seda!... ¡le digo á usted que como una

seda! Inés ve por mis ojos, discurre con mi entendimiento, y no pisa

otro camino que aquél por donde yo quiero llevarla.

—¿Y la has dicho ya algo por onde pueda leerte la voluntá?

—Me voy dejando caer siempre que lo pide el caso.

—Y ¿qué tal, qué tal lo recibe?

—Como una seda, tía... ¡lo mismo que una seda!

—Pos eso es lo prencipal... Yo, bien lo irás notando, poco vos estorbo

con la presencia...

—Sí; pero eso no basta: hay que seguir avivando el fuego que queda

encendido en ella cuando yo me marcho.

—En eso estoy, Marcos; y bien sabes que lo hago los más de los días,

y que si no lo hago en todos, es porque no la suspenda el machaqueo.

Ayer, sin ir más allá, ¡qué cosas la dije en un ratuco que se me vino á

las manos! «¡Vaya, que buena estrella te alumbró,» la dije yo así, «el

día en que el mi sobrino se nos coló por esas puertas! Estabas hecha

una venturá y como un palomino á oscuras, y en un quítame esas pajas te

güelve ese Merlín de Satanás lo de arriba abajo, como el otro que dice,

y te hace otra mujer de la que eras, y toda una señora como lo debías

de ser... ¿No paece que hablan ángeles por su boca cuando te pedrica lo

que quiere enseñarte, y que lleva un hechizo en la mano cuando pinta

aquellas escrituras que imitas tú tan guapamente? Pos esto, hijuca,

se puede estimar en lo que vale, porque á la vista está; pero ¿qué te

diré yo de lo que anda enculto y en los adrentos de la persona? ¿Cómo

te emponderaré lo que no has podío ver entoavía? ¿Qué alabanzas serían

bastantes pa poner onde se debe aquel sentir cariñoso; aquel corazón

de perlas, que de tan grande como es no le cabe entre pecho y espalda,

y aquella santidá de prencipios que le consume y desmejora apurándose

lo que no debe por el bien de los demás?... ¡Si te digo, Inés, que en

ocasiones miles me entran como pesaumbres de verle tan tirao por la

Iglesia, al hacerme el cargo de lo mucho que escasean en estos tiempos

los buenos mandos y los padres de familia como debieran de ser! ¡Dios

sabe lo que se hace; pero á mí no hay quien me saque de la cabeza que

no tendría que envidiar cosa anguna á la princesa más relumbrante, la

mujer que alcanzara la suerte de un hombre como el mi sobrino!...» Y

así, por este arte, fuí pedricando y pedricando...

—Y ¿qué respondía ella?—preguntó aquí Marcones, en cuya caraza estaba

pintada la convicción de que él valía todo aquello y mucho más.

—Aticuenta que ná, y aticuenta que mucho—dijo la Galusa.—Ná, porque

fueron pocas sus palabras; y mucho, porque toas ellas fueron un puro

_amén_; y más entoavía que por esto, por aquel mirar de ojos dulces, y

aquel reir de boca placentera... y hasta aquel sospiro temblón con que

escuchaba sin perder tilde todo lo que yo la iba pedricando.

—¿Sabe usted una cosa, tía?—volvió á preguntarla Marcones, después de

permanecer un rato en silencio con la cabeza medio inclinada, una mano

en la sobarba y los ojos muy abiertos.

—Tú dirás, Marcos,—respondió la Galusa arrimándose más á él.

—Pues digo que, á veces, tengo algo de miedo á mi propia obra.

—¿Por qué, hijo?

—Porque usted no sabe los peligros que se corren en meter de repente

en una cabeza tantas luces como he metido yo en la de Inés, cuando

se quiere que esa cabeza no suelte el freno que uno le pone para

gobernarla.

—No te entiendo.

—Quiero decir que cuando más se espabila un entendimiento, más se

aficiona á discurrir por su cuenta propia; y discurriendo mucho de este

modo, más deseos hay; y habiendo más deseos, más se comparan las cosas;

y comparándolas, no se toma lo que se nos da, sino lo que escogemos

nosotros... En fin, yo me entiendo. Pero no quiere esto decir que hasta

la fecha tenga yo el menor motivo para temer que se me quede la obra

entre las manos, hecha trizas; ya le he dicho á usted que no puede ir

el asunto mejor de lo que va. Lo que temo es por el día de mañana, si

no conjuro los peligros hoy.

—¡Pues conjúralos, hombre!

—¿Qué más quisiera yo, rayos y centellas!... Pero ¿cómo? ¿No sabe usted

que yo no soy un mozo soltero como todos los demás? ¿que entro en esta

casa como un seminarista en vacantes, á enseñar á la hija de su padre

lo mucho que ignoraba?... ¿que con este ropaje que visto no puedo

llamar á las cosas por sus nombres, y necesito una eternidad de tiempo

para no echar á perder lo que, en otras condiciones, daría yo por

acabado en pocos días? ¡Ah, si yo pudiera vestirme de colores y echar á

la lumbre el medio balandrán que tanto me pesa!

—¡Pues échale, alma de Dios!

—Tras de ello ando; pero muy poco á poco, para no dar el golpe en

falso. Á veces creo que ya es hora, por ciertas señales; pero luégo

pienso de otro modo; y para asegurarme más, lo aplazo para otro día. Y

así estoy consumiéndome la sangre, asándomela, mejor dicho; porque ha

de saber usted también, que desde que veo á esa muchacha tan limpia,

tan peripuesta, tan alegre... tan realísima moza, me llevan los

demonios hasta con el aire que se le enreda en el pelo y las moscas que

se la ponen encima... ¿Me va usted entendiendo ahora mejor?

—¡Vaya si te voy entendiendo!... Sólo que no tengo los recelos que tú,

porque la cosa marcha en el aire. Pero, por si acaso, no eches en

olvido lo que te dije. Espéralo todo de ella... ¡y aprieta de firme

ahí! Por lo demás, y si á recelos fuéramos, uno bien gordo podía yo

tener...

—¿Cuál?

—Pos el de que tú no pescaras la breva que buscas, y perdiera yo la que

tengo bien ganá.

—¿Cómo, cómo?

—¿Cómo? Llegando Inés á crecerse tanto, que tú le paecieras poco, y

quisiera ser ama de su casa. ¡Y mira que ya no puedo contar con aquel

arrimo que en otros tiempos me puso aquí por encima de la madre que la

parió! Tú lo has dicho, Marcos: dende estonces acá, han corrió muchos

años, y con los años cambian las gentes y se mudan los gustos... ¡Pos

mira que tendría que ver!

—¡Bah, bah, bah!... No hay que hablar de eso—concluyó Marcones

bamboleando el corpazo y revolviendo el aire con las manos

abiertas.—Las cosas van como una seda, y esa es la que vale... Hoy

por hoy, Inés es prenda mía... ¡mía!... ¿lo entiende usted bien? y en

buenas manos está.

—¡Dios te oiga, hijo; Dios te oiga, porque güeña falta nos hace!

Y con esto se fué la Galusa hacia la cocina, mientras su sobrino

enderezaba los pasos á la escalera.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIII

LA OBRA DE MARCONES

En la misma sencillez del plan de enseñanza establecido por Marcones y

aceptado por Inés, estaba la condición que más honraba al ingenio del

seminarista, tan interesado en que fueran entrando en la desprevenida

inteligencia de la discípula, mayores cantidades del maestro que de

las materias que éste le explicara. Ya se ha dicho que la hija de don

Baltasar Gómez de la Tejera escribía desastrosamente, y bien puede

afirmarse en esta otra página, sin faltar á la verdad, que aún lo hacía

mucho peor que eso. La pluma era una estaca entre sus dedos encogidos;

y mientras la estaca subía ó bajaba á empujones, de la línea trazada

en el papel, la pendolista hacía embudos con los labios y entornaba y

revolvía la cabeza. De esta labor penosa resultaban letras mal avenidas

y deformes, una vez apiñadas y medio embebidas las chicas en las

grandes, porque había de todo en cada palabra, y otra vez danzando por

los aires sin cuenta ni razón; y á cada palitroque hacia arriba ó hacia

abajo, allá va un borrón como una oblea, y allá va en seguida Inés á

limpiarle con el dedo mojado en la lengua. Daba compasión una plana de

aquel arte.

Cabalmente era Marcones un gran pendolista, y rasgueaba con el

desembarazo de un adornista de planas de Navidad; y poseyendo este

talento, fuera por lucirlo ó por probar el temple de su arma, al

modo que lo hace el espadachín de academia con el acero que recibe

para entrar en un duelo... de salón, antes de dar comienzo al primer

ejercicio trazó con la pluma, sin levantarla del papel y con el brazo

al aire, el nombre de Inés envuelto en un laberinto de espirales y

_emparrillados_ que arrancaban de la misma letra inicial. Inés se

quedó maravillada. Pues bien: lo notó el pendolista; y en lugar de

volverla á _palotes_ para comenzar por el principio, trámite en que él

no podría lucirse gran cosa, la dedicó al rasgueo continua para vencer

sus resabios _de escuela_ y dar la necesaria soltura á su mano. La

discípula lo celebró en el alma y puso los cinco sentidos en ello. Pero

no daba golpe.

—¡No es así! ¡No es así!—la decía Marcones al ver cómo ensuciaba

carillas de papel con unas cosas que parecían madejas enmarañadas de

sogas viejas de esparto.—Lo primero, aprender á agarrar la pluma...

¡Nada de encoger los dedos ni de emplear los cinco á la vez! Con tres

hay bastante si se colocan como se debe. Los otros dos, para apoyo de

la mano. Vamos á ver si se me ha entendido... ¡Tampoco es así!

Y Marcones se veía entonces precisado á colocar, con sus propios dedos,

todos los de la mano de Inés, uno por uno, como debían colocarse. Pero

esto no bastaba, porque la discípula, acostumbrada á otra postura muy

diferente, con la nueva no acertaba á mover la mano.

—¡Adelante con ella sin miedo!—decía el maestro moviendo la suya en el

aire, como si rasgueara allí.

Y nada: ó no se movía la mano de Inés, ó si se movía, era para clavar

los puntos en el papel y largar una hisopada de tinta hasta la pared

frontera.

Con lo cual, hete aquí á Marcones obligado á agarrar y conducir, con su

manaza velluda, la suave y torneadita de la torpe muchacha.

—¡Bien suelta la muñeca ahora!... ¡En el aire todo el brazo desde

el codo!... ¡Que vaya la mano por donde quiera llevarla la mía!...

¡Ajajá!... ¡Eso es!

Y mientras así exclamaba Marcones, arrastraba aquel pedazo de

hermosura, tibia y sedosa, por la blanca superficie del papel, en la

cual iba quedando estampada una curva de rumbos infinitos, tan pronto

panzuda y rebosando de tinta, como extenuada y sutil hasta tocar en

lo invisible; no de tan firme trazo ni tan limpia de rebarba como las

que rasgueaba el pendolista solo y sin que le temblara la mano; pero

lo bastante pintoresca para que Inés, al considerarla maravilla de su

pluma, se riera como una boba. Con aquella risa de la educanda se animó

el profesor, y la curva continuó serpeando y enroscándose por todos los

espacios limpios de la plana, arriba y abajo, adelante y atrás.

—¡Que se me duermen los dedos!—dijo al fin Inés, conteniendo la risa.

—No importa,—respondió Marcones sin cejar en su empeño.

—¡Es que me aprieta usted mucho!—añadió la discípula menos risueña ya.

—¡Hay que hacerse á todo!—insistió el inexorable maestro.

Y la curva, después de culebrear por los espacios del centro, se coló

por un ángulo, y acometió á los márgenes, y los fué recorriendo uno por

uno hasta llenarlos de lazos y caracoleos; y sólo cuando la superficie

entera del papel fué una mar de tinta, soltó Marcones la presa.

Entonces aparecieron cárdenos y como adheridos al mango de la pluma,

los primorosos dedos de la discípula, y los ojos de su maestro echando

llamas.

Tal fué la primera lección. Las ocho ó diez siguientes fueron por el

estilo; porque Inés no acababa de soltarse á rasguear por sí sola con

la valentía y la firmeza necesarias, y su maestro no quería pasar á un

nuevo trámite sin dejar bien asegurado el anterior.

La _escuela_ se estableció en un cuarto, que en la ciudad se llamaría

gabinete, con entrada por la sala y frontero á la pieza en que

conversaron sobre el tesoro oculto don Baltasar y el médico.

La Galusa, desde que comenzaba cada lección, se plantaba delante de la

mesa con el sucio mandil recogido en la cintura; los brazos, resecos

y chamuscados, al descubierto; la mano derecha sosteniendo la quijada

del lado correspondiente, y la izquierda el codo de aquel brazo. Con

los ojuelos, algo pitarrosos, seguía los movimientos de la mano de

Inés, y con una madeja de arrugas pardas, que es lo que venía á parecer

una sonrisa de su ancha boca desdentada, y media frase mal hecha,

pronunciada con su voz ronquilla, celebrabra las habilidades de su

sobrino ó los progresos de la discípula; pero en cuanto la torpeza

de ésta exigía la intervención material de la mano del maestro, ya se

sabía: á la Galusa siempre le caía algo que hacer fuera del cuarto.

—¡Vaya que es ocurrío el dimoño de muchacho!... ¡Te digo, hija, que si

no aprendes con él lo mucho que no sabes!...

Y se largaba de allí sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.

Á don Baltasar, después del comienzo de la primera lección á que

asistió por curiosidad y de mala gana, no volvió á vérsele por la

escuela. Alguna vez pasaba por enfrente, atravesando la sala y

golpeando sus tablones con el trasto que llevara en la mano; pero sin

fijar la atención en lo que hubiera en el gabinete, cuya puerta ¡eso

sí! estaba siempre abierta de par en par.

Llegado el caso de acompañar á las lecciones de escribir otras de un

poco de gramática, Marcones, con las propias miras, quiero decir, con

las de que se grabaran en la mente virgen de la educanda más imágenes

del profesor que textos descarnados del libro, comenzó por echar pestes

contra todas las gramáticas publicadas y sin publicar. En ninguna de

ellas había cosa con arte ni sentido común.

Por ejemplo:

—«_Verbo_»—leía Marcones en el librejo que tenía entre manos y que

era de su propiedad,—«es aquella parte de la oración que sirve para

significar la afirmación ó juicio que hacemos de las cosas y las

cualidades que se les atribuyen.»

Y luégo añadía muy indignado:

—¿Es usted capaz de conocer un verbo por estas señas que convienen á

tantas cosas que no son verbos?

Inés contestaba honradamente que no.

—¡Claro!—exclamaba el otro, haciendo temblar las paredes con el

estruendo de su voz.—¿Cómo ha de conocerse nada de este mundo con esa

manera... estúpida de definir?... ¡El verbo no es eso! ¡El verbo,

_verbum_ de los latinos, es otra cosa muy diferente de lo que se dice

aquí sin saberse lo que se dice! ¡El verbo no es lo que se declara en

esta definición... estúpida! ¡El verbo es lo que yo me sé y lo que

irá usted aprendiendo por las señales que yo le vaya dando! ¿Me ha

entendido usted bien?

—Muy bien,—respondía la muchacha, sin dudar que aquel mozo sabía más

que todos los libros de que la hablaba.

—Pues verá usted ahora lo que es un verbo—añadía Marcones arrimándose

al costado de Inés todo lo necesario para que ésta distinguiera bien la

palabra que él apuntaba con el dedo en el libro que la ponía sobre la

mesa, debajo de sus ojos,—y va á servirnos para el caso un trozo de la

misma definición... estúpida que acabo de leer... Este: «_la afirmación

ó juicio que hacemos de las cosas_...» ¿Cuál de estas palabras es el

verbo?

Inés, que no entendía de fingimientos, respondía sin titubear que no lo

sabía.

—¡Pues es claro que no lo sabe usted! ¿Cómo había de saberlo si aún no

se lo he enseñado yo? Pues el verbo es esta palabra: «hacemos.»

Y la ponía el dedazo encima, mientras con el brazo izquierdo resobaba

el derecho de Inés.

—Y ¿en qué se conoce?—preguntó ésta, apartándose un poco hacia el lado

opuesto.

—Se conoce—respondió Marcones,—se conoce... en todo: por de pronto,

en que, si la suprimimos, todas las que la acompañan ya no quieren

decir nada; después, en lo mucho que pueda variar... _hago_, _harás_,

_haríamos_, _hicimos_... De modo que el verbo es la palabra que más

varía.

—Entonces—se atrevió á observar Inés,—también es verbo esta otra.

—¿Cuál?

—Ésta: «_la._»

—¡_La_ verbo!...

—¡Como también varía!...—dijo la pobre muchacha para disculpar su

atrevimiento.

—¿Á ver?

—Creía yo que de su casta eran _los_, _las_, _lo_, _les_, y que esto

era variar...

—¡Y sí que son de su casta, y que eso es variar!—replicó Marcones

después de rumiar bastante el reparo.—Sí que es variar eso; pero de muy

distinta manera que el verbo: eso solamente varía en género y número,

al paso que el verbo varía en tiempo... y ¡en qué sé yo cuántas cosas

más! En fin, ya irá usted enterándose poco á poco de estas diferencias.

Por ahora, puede usted creer, bajo mi palabra, que en este trozo de

esta definición... estúpida, el verbo es _hacemos_, y que no hay otro

verbo más que él ahí.

Este era el procedimiento de Marcones en sus enseñanzas teóricas; y

uno muy semejante también el que usaba en aquellas homilías de que ya

se habló y continuaba predicando siempre que podía interpolarlas con

sus lecciones prácticas y teóricas. Según estas peroraciones, todo el

mundo era una sentina de maldades, y todos los hombres, particularmente

los solteros, unos pillos. Felizmente había un puñado de excepciones

honradas y con bastante luz en la inteligencia, no sólo para distinguir

la zizaña en medio del trigo, sino para enseñar á distinguirla y á

separarla á las vírgenes inexpertas, dotadas, por la naturaleza y la

fortuna, de todas las prendas que más excitan los «apetitos infames de

esos gusanos viles.» Pero las excepciones honradas, con ser muy pocas,

estaban diseminadas por toda la tierra; y resultaban tan invisibles,

que él, con todo el afán que sentía por descubrirlas y lo diestro y

sutil que era de mirar en el fondo de los hombres, no había podido dar

todavía más que con uno. La modestia no le permitía decir á Inés quién

era ese hombre único «de sano corazón y de inteligencia luminosa.» Pero

la consolaba con la promesa de que no la escasearía sus beneficios

desinteresados, fuera él quien fuese; y la seguridad de que podía

dormir tranquila, sin el recelo de que la faltara defensa contra el

«diente ponzoñoso de los viles gusanos.»

Era muy dado Marcones á esta palabrería gerundiana, y se le escapaba

de los labios en cuanto quería afinar un poco el estilo, elevándose

hasta el púlpito con que había soñado. Lo advierto porque no se me

pidan cuentas de pecados que no son míos. Y ahora añado que tras estas

generalidades... híspidas, salía á relucir lo particular, la punta de

la oreja, el caso práctico de la vida, el ejemplo, algo forzado, de los

riesgos de una elección desacertada; el paralelo entre la existencia

de dos esposos nacidos para serlo, y la de otros dos, «vil gusano»

él, y mártir de sus equivocaciones ella; disertaciones, en fin, sobre

temas esbozados en conversaciones de los primeros días entre Inés y el

preopinante.

La Puchera · 第 10 / 28 段