Lo primero que observó el Berrugo fué que la cueva, por la distancia

á que se hallaba de la boca del puerto, y por tener enfrente la isla,

debía caer en el eje mismo del rayo de luz lanzado por la linterna

maravillosa de la hermana de don Elías. Después notó que la mar

jugueteaba al pie del peñasco entre un enorme rimero de piedras que

parecían desgajadas de arriba, y se estremeció de pies á cabeza al

recordar la seña más importante de las que le había dado la adivina

para orientación del tesoro.

—_¡Cantos abajo!_—exclamó en sus adentros; y para cerciorarse mejor,

preguntó al Lebrato señalando al montón:

—¿Qué es eso, Juan Pedro?

—Pos bien á la vista está—respondió el preguntado:—peñas.

—Peñas... sueltas, querrás decir.

—Peñas serán siempre, sueltas ó amarrás.

—Pues mira, así, de pronto, me parecían otra cosa: ¡como tiran á

redondas y están tan amontonadas!... Vamos, que las tomé por... por

_cantos_.

—¿Cantos gordos?

—Eso es: cantos gordos.

—Pos cantos gordos son en finiquito.

—Eso creo yo... Y ¿sabes que hubiera necesitado buenas agallas el

difunto Lomias para subir á la cueva, si llega á intentarlo? Mira que,

á ojo, no hay menos de cincuenta pies desde los cantos á ella... y sin

un saliente á que agarrarse. ¡Debió de verse en buenos apuros el Pirata

para subir y bajar tan á menudo! ¡Qué melenos, hombre, los que se lo

tragaron!

—La entrada á la cueva no hay que buscarla por ese lao, señor don

Baltasar.

—¿Por dónde si no, Juan Pedro?

—Por arriba.

—¡Por arriba!... ¡Si hay casi otro tanto como desde abajo para llegar á

ella!

—Corriente; pero arrepare usté por la rinconá de ese lao de la

derecha... porque too ello en junto paece á modo de torre grandona, con

un murio por cada costao. Por esa rinconá se hace pie onde se quiere;

y como no está el peñasco á plomo enteramente, se abaja sin novedá

hasta el balconuco; luégo es cosa de dos zancás á la izquierda, con el

cuerpo bien arrimao al peñasco y las manos agarrás á los salientes...

¡Si no me diera Dios trabajos mayores que el de entrar ahí! Si hubo

Pirata, así entraría él, desembarcándose primero en aquella playuca de

allá abajo, y guiándose luégo, pa conocer la cueva dende tierra, por la

monteruca que tiene encima, como pa eso solo.

El Berrugo miraba y remiraba el peñasco mientras el Lebrato iba

diciendo esto. Acabó el uno de hablar, y aún siguió mirando y remirando

el otro.

De pronto se estremeció don Baltasar, apartó los ojos de la cueva y sus

alrededores, y dijo á los remeros:

—Todo esto que estamos hablando, es pura música sin substancia... Basta

de cuevas y de mar, y vámonos para dentro cuanto antes, que también yo

voy sintiendo ganas de comer.

Remaron firme el Lebrato y el Josco, y media hora después estaba la

barquía dentro de la barra.

[Ilustración]

[Ilustración]

XI

LAS LUNAS DEL JOSCO

Al día siguiente de estos sucesos, domingo por la tarde, y á punto de

anochecer, iba Quilino á todo andar hacia casa de don Elías. Llevaba

la cara medio tapada con el moquero, sujeto allí con las dos manos;

el hongo con siemprevivas y plumas de pavo real, muy tirado sobre

los ojos; la blusa azul con trencillas encarnadas, y los pantalones

amarillos con cuadros verdes, muy manchados de polvo por el lado

derecho, de arriba abajo. Al desembocar en la _brañuca_ que viene á

formar una plazoleta delante de la _casa de los Médicos_, se halló casi

frente á frente con don Elías, que asomaba por otra de las callejas que

convergen allí. Indicóle por señas que tenía que hablarle, y el médico

se detuvo, con el bastón entre las manos cruzadas atrás, la cabeza algo

gacha y los ojos, llenos de curiosidad, clavados en Quilino, á quien

no conoció hasta que le hubo mirado y remirado muy de cerca; porque es

de advertir que Quilino ni apartaba el moquero de la cara, ni levantaba

las alas del sombrero: no hacía más que indicar con la mano izquierda

y una mirada tristona y suplicante, que deseaba tratar de su negocio

arriba, en casa del médico.

—Pero ¿qué mil demonios te pasa, hombre?—le preguntó por de pronto don

Elías, cuya curiosidad necesitaba de ordinario mucho menos que aquel

aparato misterioso, para desbordarse y no dejarle instante de sosiego.

—¡Arriba, arriba!—continuaba dictándole Quilino con la mano y con los

ojos.

—Pues vamos arriba,—concluyó el médico entendiéndole.

Entraron los dos en la casa; subieron á la salita; desalojáronla de

mala gana las cuatro hijas del médico, que estaban riñendo en ella;

cerró don Elías todas las puertas; y como ya no se veía allí cosa

mayor, encendió con una cerilla el cabo de vela que sacó del cuarto

de la médica, y se fué derecho á Quilino que aguardaba de pie en medio

del despacho y en la misma postura de manos, de moquero y de hongo que

había tenido abajo.

—Á ver qué es lo que te ocurre,—le dijo al acercarse á él.

Y Quilino quieto y mudo, y cada vez más encogido y tembloroso.

Chocándole ya esto á don Elías, le arrimó la luz á la cara con una

mano, y con la otra le apartó un poco el pañuelo que le tapaba la

boca. Quilino lanzó entonces un quejido, y el médico vió que tenía los

carrillos muy inflados y que había sangre entre los labios comprimidos.

Se alarmó don Elías y corrió á buscar una palangana y agua fresca.

Volvió al minuto con una de zinc roñoso y un jarro, y halló á Quilino

descuajaringado en una silla.

—¡Echa aquí lo que sea!—le dijo con imperio, poniéndole la palangana

debajo de la barbilla.

Pero Quilino miraba al médico con ojos de espanto, y no le obedecía.

—¡Échalo te digo!—insistió don Elías.

Y Quilino cada vez más angustiado y más rebelde.

Entonces el médico posó el jarro en el suelo, y con la mano libre

empujó por el cogote á Quilino, que aún se resistía, diciéndole al

mismo tiempo:

—¡Te digo que lo eches... aunque resulte la asadura!

Con este zarandeo le vino un golpe de tos al paciente... ¡y allá va

eso! Un tercio de la palangana llenó. El infeliz Quilino cerró los

ojos por no verlo, y comenzó á palidecer. Don Elías no estaba mucho

más sereno.

—¿Es del arca, por si acaso?—le preguntó alarmado.

Quilino dijo que no con la cabeza, y al mismo tiempo señalaba con la

mano al carrillo derecho.

El médico entonces le dió el jarro con agua y le dijo que se enjuagara

bien. Hízolo Quilino á duras penas, porque estaba pálido y temblón como

hoja de otoño que se cae del árbol; y en seguida, dejando don Elías la

palangana y tomando la palmatoria, arrimó la luz á la boca de Quilino y

díjole:

—Ábrela bien... ¡Más, si puedes!... Baja un poco la lengua. ¡Ajajá!...

Ya veo el manantial... ¿Tenías cabales las muelas de esta quijada?

Quilino contestó que sí con los ojos.

—Pues no te faltan más que dos á la hora presente.

—¿No hay dá que hueso cascao tamién?—preguntó Quilino con voz

enfermiza, después que el médico sacó los dedos de la boca.

—Abre otra vez, y lo veremos.

Palpó y miró el médico bien despacio, y no halló señales de lo que

temía Quilino; pero sí dos hondas heridas en el carrillo.

—Pero ¿cómo fué eso, hombre?—le preguntó mientras se limpiaba los

dedos con el pañuelo.

—Pos de una sola guantá,—respondió Quilino, más tranquilizado y después

de escupir el último buche de agua sanguinolenta.

—¿Á mano limpia?

—Á mano limpia.

—¡Vaya una mano de órdago!... Y ¿de quién es ella, si puede saberse?

—Del Josco.

—Claro: de uno así tenía que ser... Y ¿cuándo, dónde y por qué fué

ello, hombre de Dios?

—Es largo de contar eso, señor don Elías.

—Entonces, cállalo, y perdona la curiosidad.

—No hay que perdonar ni pa qué callarlo, porque las maldaes ¡recongrio!

deben de conocerse por los hombres de bien.

—Corriente. Pero antes de empezar, toma otro par de buches de agua,

mientras yo te traigo un vasito de vino para que te confortes por

adentro... ¡Ah! y por si me olvido de decírtelo después: cuando vayas á

casa, te enjuagas unas cuantas veces del mismo modo, y mejor si mezclas

el agua con un poco de vinagre... y cosa concluida.

Salió don Elías muy diligente en busca del vino, porque eternidades

le parecían ya los minutos que tardara en oir el relato prometido;

enjuagóse el contundido mozo; y para salir de una duda que le estaba

preocupando mucho, metió los dedos en la palangana y los paseó vuelta y

media por el fondo. En seguida dió con lo que buscaba. Las dos muelas

estaban allí.

—¡Las dos, recongrio! ¡Enteras y verdaeras!... ¡Lo mesmo te he de sacar

yo á tí los hígados el día que te coja á mi gusto! ¡Lo mesmo, recongrio!

Con esta jaculatoria entre dientes y las dos muelas en la mano, le

halló don Elías al volver á la sala con un cortadillo de vino tinto

sobre un plato de loza muy cuarteada...

—Échate esto al coleto, poco á poco—le dijo.—Pero, calla... ¡esas son

tus muelas! ¿Dónde las tenías, hombre?

—Estaban aquí,—respondió Quilino señalando á la palangana.

—Con sus raíces enteras, limpias y campantes; ¡como no las arranco yo

mismo con la llave inglesa!... ¡Y cuidado que la una es de las de tres

patas!... ¡de las más negras de arrancar!... ¡Vaya un empuje de brazo!

Después de hablar así, y viendo que Quilino se guardaba los huesos en

el bolsillo repicoteado de la blusa, arrojó el contenido de la jofaina

por el balcón.

—Éstas se las ha de tragar él angún día, ¡recongrio!—decía Quilino

mientras guardaba las muelas y de modo que le oyera don Elías.

Oyólo, en efecto; y al mismo tiempo que vertía agua limpia en la

jofaina para esclarecerla, lavándose de paso los dedos en ella, anotó

lo dicho por Quilino de este modo:

—Bien está ese propósito en un hombre de tan buenas agallas como tú;

pero, por de pronto, ten mucho cuidado con no darle antes motivos á él

para que vuelva por las que te dejó en la boca esta tarde.

—¿Á mí?—respondió Quilino contoneándose en la silla, después de beberse

lo poco que quedaba en el vaso.—¿Á mí arrancarme él otra muela más, ni

medio diente tan siquiera!... ¡No me conoce usté, don Elías!...

El cual acabó su tarea en dos voleos; sentóse junto á Quilino en

seguida, y le dijo:

—Cuenta ahora todo lo que tienes que contarme.

Quilino comenzó por echarse el hongo hacia atrás; luégo encendió un

cigarro; después se palpó el carrillo derecho, que se le iba hinchando

bastante, y por último habló así:

—Yo tenía cuentas pendientes con el Josco... porque quizaes sepa usté

que Pilara me tiene, de meses acá, á resultas de lo que él hable, y

nunca acaba de hablar.

—Estoy enterado, ¡perfectamente enterado de eso!—dijo el médico con el

mismo aplomo que si fuera cierto lo que afirmaba.—Adelante.

—Pos güeno—prosiguió Quilino palpándose la hinchazón, que no le dejaba

pronunciar las palabras con la soltura de costumbre:—hubiendo esas

cuentas entre los dos, yo he tratao de ajustalas muchas veces...

¡Recongrio! ¿quién se atreve á sosteneme á mí que no está muy puesto en

razón esto que yo quiero?... Y queriéndolo así, yo he tratao del caso

las miles de veces con Pilara; y Pilara en sus trece: que vente mañana

y que güélvete otro día... Yo tengo mi porqué, anque no sea mucho; el

Josco, ni tanto siquiera... ¡Recongrio! con esto solo estoy en derecho

de llamame á la parte en casos como ese... ¿Qué hay que decir en

contra?... Quisiera yo oirlo... ¡Quisiera yo oirlo, recongrio!

—No hay que acalorarse, Quilino, no hay que acalorarse—interrumpió el

médico con gran formalidad.—La razón es tuya, no se puede negar. ¿Y la

familia? ¿Sabe algo de ello? ¿Te recibe bien?...

—¡Recongrio! ¡Pos podía no!... Vamos al punto. Estando así las cosas,

la otra tarde, en la ré, tuvimos unas palabras yo y el Josco; y no

hubo allí una trigedia, porque mos desapartaron... Esto me enconó

la sangre; y por la noche juime en cá Pilara pa dejar de una vez pa

siempre aclarao el sí ú el no; y ¡recongrio! malas penas entro en el

portal onde estaba toa la gente de la casa, cuando cata al Josco como

llovío de las nubes y sin querer pasar más aentro de las goteras, y

cata á Pilara, que andaba roncerona conmigo, arrimándose á él hecha

unas mieles... ¡Recongrio! ¡esto era una somostá pa mí! Por tal la

consideré, y juime pa casa por no ver aquello. Pero yo estaba en razón

quisiendo saber si el Josco había hablao ú no había hablao aquella

noche. ¿No es esto la pura verdá, recongrio?

Don Elías respondió afirmativamente con un gesto.

—Pos pa sabelo—continuó Quilino,—me abajé al otro día, muy de mañanuca,

á Las Pozas. No pasé del Portillo, porque allí consideré, pensándolo

mejor, que quien tenía la obligación de aclarame el caso, era Pilara...

Güelta pa el barrio de la Iglesia. Me planto en la juenti aonde ella

suele dir á aquellas horas; y espera que espera, Pilara no venía.

Aborrecíme; y pensando que ya me echarían de menos en casa, á casa me

golví. Dende aquel punto y hora, el diablo paece que me la enculta,

porque no he podío dar con ella... hasta esta tarde en el corro; y

no era cosa de ajustar esa clase de cuentas allí. Pero la bailé tres

veces, y ¡recongrio! pior que pior; porque si dende lejos me alampaba

por ella, acercuca, acercuca y viendo retemblale las gorduras, es cosa

de... ¡Recongrio, qué grandona es y qué maja!

—¡Buena mozona está de veras!—dijo aquí el médico, y no por complacer á

Quilino solamente.

—Le digo á usté, don Elías, que es pa perdese un hombre, ¡pa perdese,

congrio!—exclamó hecho una pólvora Quilino;—y eso es lo que me ha pasao

á mí... ¡Y luégo le dicen á uno que si va por esto ú por lo otro, y no

por el puro personal de ella! ¿De qué será la sangre de esas gentes,

recongrio? ¿De qué pensarán que es la mía?... Pos á lo que voy: estando

en esto, ahí viene el Josco, que de pascuas en San Juan se le ve una

vez en el corro de este barrio; y viniendo el Josco, bien portao de

ropa, porque la tiene pa esos casos; pero más jarisco y resecón que

lo jué nunca, ¡sacabó el mundo pa Pilara, que ya no tuvo ojos pa

mirar si no era al jabalín de Las Pozas! ¡Y Quilino, señor don Elías;

Quilino, ¡recongrio! rumiando venenos y amargores, y amarrando las iras

pa no abrir en canal á aquel hombre y perdese con él pa sinfinito!

¡Recongrio, qué ratos pasé! Dempués bailó el Josco con ella... cosa

que en los jamases había hecho... ¡en los jamases, congrio! Esto acabó

de cegame. Quise echale ajuera en una güelta á lo alto, cosa curriente

en toas partes... ¡y no se salió, recongrio! ¡no se salió ni por esas!

Híceme el tonto al agravio, por no perdeme allí y á medio pueblo

conmigo... y hartéme de bailar con las otras mozas.

—Bien hecho, Quilino, bien hecho. ¡Eso es ser prudente de veras!

—¡Si yo soy así, don Elías!... ¡Le digo á usté que soy así, anque

paezca mentira con estas agallas que tengo, recongrio! Pos, señor, que

sacabó el corro; y acabándose el corro y viendo yo que Pedro Juan iba

á tomar ruta á Las Pozas, atajéle el camino por un arrodeo; y en el

callejo del Hisuco, híceme el alcontraizo con él. «¿Se va pa casa, eh?»

díjele yo. «¿Y cai con eso?» me arrespondió parándose de plonto. «Pos

ná, hombre,» díjele yo otra vez, «hablar por hablar como entre güenos

amigos.» Así escomencemos, don Elías; y hablando, hablando, el hombre

jué templándose; y al ver yo que la cosa estaba en punto, díjele: «Pos

yo tenía que decite dos palabras respetive á esto y á lo otro.» Y se

lo estipulé finamente; sin faltale, vamos... ¡sin faltale ni en tanto

así, recongrio! El hombre se quedó algo cortao en primeramente; dempués

golvió á decime: «¿Y cai con eso?» Y yo arrespondí: «Pos tal y cual,»

¡siempre finamente, recongrio, y sin faltale en cosa anguna! Al último

me dijo: «Que la haiga hablao ú que no, no es cuenta tuya.» «¡Hombre!»

le dije yo otra vez; «que mira esto, que considera lo otro... que

por aquí, que por allá,» y él que: «Déjame en paz,» y «que arriba y

que abajo.» Y por este orden jué tomando auge la cosa. «Te digo por

tu bien,» me dijo en remate, «que sigas tu camino en paz.» «Pos ahora

es cuando hay que apretar,» díjeme yo, pensando que el hombre se

encogía... Sí que arreparé que se le abajaba la color y le temblaba

mucho un carrillo por arrimao á la ojalera; pero tomé el caso á favor

mío; arrastróme esta fortaleza y esta entraña que tengo, y pensando

aturdile, le llamé cobardón y sinvergüenza, echando al mesmo tiempo

centellas por los ojos... ¡Recongrio!...

—¡Valentía fué de veras la tuya, Quilino!—exclamó el médico.

—¡Valentía?...—respondió Quilino creciéndose medio palmo.—Le digo á

usté que á mí no se me conoce hasta la presente, ¡recongrio!

—¿Y qué respondió él á esa provocación tuya?

—Lo que no hubiera respondío á estar yo más sobre mí de lo que estaba.

Porque yo, señor don Elías, no me alcordé en aquellos momentos de que

el Josco es hombre de lunas, y que en aquel estonces podía muy bien

estar con ella; y á los valientes así, el valiente que se les cuadre

debe cogerlos siempre la delantera... Si yo doy en el ite, don Elías;

si yo doy en el ite, ¡recongrio! detrás de las palabras va la mano, y

tiene que dir la josticia á levantale esta noche en el callejo. Pero

no jué así por un olvido mío, y se me adelantó él á mí, como era de

esperar.

—Bien; pero ¿de qué modo se adelantó?

—Pos... con la guantá de que hablé endenantes.

—¿Sin prevenirte con una mala palabra?

—¡Ni una, recongrio! Y esa es la traición que ha de pagame sin tardar

mucho.

—Y tú ¿qué hiciste?

—¿Qué había de hacer, recongrio? ¿Dióme él tiempo pa ná? ¡Si aquello

jué un rayo que vino sobre mí! Sentí el golpe; resonóme aentro como

si me hubieran espatarrao la cabeza con un mazo de encambar; dí cosa

de tres güeltas alreguedor; y cuando vine en conocimiento, me ví solo

en el callejo y sangrando por la boca. Como no sabía de qué era ni lo

que podía salir por allí, apretando mucho las quijás y cerrando bien

los labios, víneme de una correndera á que me reconociera usté... Pero

¡recongrio! si cuando golví en mis cabales me alcuentro cara á cara

con el traidor, me pierdo, señor don Elías, ¡me pierdo, recongrio, por

éstas que son cruces!...

—Pues mira, Quilino—díjole el médico, y creo que sin poner en duda las

valentonadas del mozalbete,—más vale que no te encontraras con él. Es

hombre el Josco de mucho puño y malas moscas; y una buena dentadura,

como la que á tí te queda, no tiene precio.

—¿Y cree usté—le preguntó Quilino señalando al carrillo, que seguía

hinchándose,—que esto no pasará á cosas mayores?

—Lo creo, como creo también que Pilara está muy enamorada de Pedro

Juan; y lo creo porque lo sé, ¿entiendes? porque lo sé; y habiendo esto

por medio, no debes tú empeñarte más en ese imposible en que estás

enredado.

—¡No empeñame más!... ¡Recongrio! Primero que yo eche pie atrás sin

que esto sea con su cuenta y razón, acaba medio Robleces entre mis

manos... ¡Si le güelvo á decir á usté que á Quilino no se le conoce

aquí entoavía, recongrio!

—¡Bah!... todo eso es pólvora de los pocos años—dijo don Elías

levantándose y llevando en seguida á Quilino hacia la puerta

de la sala, donde le añadió al oído y con mucho misterio estas

palabras:—Mira, hombre: si quieres consolarte del fracaso de tu negocio

con Pilara, yo te citaré otro de mucho más bulto. ¿Conoces á Marcones

el de Lumiacos?

—¿El estudiante que ha dao en venir á Robleces toas las tardes?

—Ese mismo.

—Sí que le conozco.

—Pues ese pedantón sin vergüenza ha ahorcado los libros que estudiaba,

y anda ahora á caza del gato del Berrugo, casándose con su hija, Pero

¡morruda castaña le van á dar!... Porque Inés no le traga ni á palos.

Me lo ha confesado ella misma. ¡Eso es lo que se llama una calabacera

de órdago! Puedes correrlo por ahí si te da la gana.

Con esto despidió á Quilino, enterándole antes de lo que debía hacer en

el caso de que se le enconaran las heridas del carrillo; y en seguida

llamó á sus hijas á la sala para contarlas, á su modo, quiero decir,

aumentándole en más de la mitad, el suceso de Quilino con todos sus

precedentes y consecuencias. Estas comidillas suplían en aquella casa

por la mejor de las cenas; y cabalmente la de aquella noche fué de las

más frugales de todo el año.

[Ilustración]

[Ilustración]

XII

EN QUÉ MANOS ANDABA INÉS

Jamás se supo qué hizo don Baltasar en lo del asunto que motivó el

paseo marítimo recién historiado, en los días siguientes á él, ni si

hizo algo siquiera; pues si lo hizo, fué por sí solo y sin que nadie se

enterara de ello. Lo que no puede negarse es que faltó de casa en la

primera semana más veces que las de costumbre, y que á la preocupación

que le distraía, siempre que no necesitaba los cinco sentidos para

consagrarlos á sus habituales tareas, se debió el que no reparara

lo que sin aquel motivo hubiera reparado: en lo pegajoso que se iba

haciendo allí Marcones, y en el calor con que se tomaba entre el

sobrino y la tía la educación primaria de Inés.

Sólo cuando los días corrieron y tras de la sorpresa de ver á su hija

muy peripuesta y repeinada, fué recibiendo otras no menos chocantes,

como las de hallar su cama muy curiosa y bien mullida, sin mugre y con

toalla limpia el palanganero, su ropa de uso con los botones completos

y sin manchas ni descosidos, el techo sin una sola telaraña, y muy

fregoteado el suelo, la mesa puesta con orden y limpieza á las horas de

comer, y cada mueble de la casa en su sitio; sólo, repito, cuando todo

esto y algo más á su semejanza aconteció, por la fuerza misma de las

cosas volvió la atención hacia ello. Examinólo más despacio entonces; y

cuando su curiosidad andaba rayando con el asombro, llamó aparte á la

Galusa, que seguía con el gobierno de la casa, y la preguntó:

—¿Qué mil demonios pasa aquí? ¿Con qué se ha curado Inés tan de repente

de aquella galbana que la tenía siempre como perro á la sombra? ¿Por

qué se peripone y se lavotea? ¿Por qué está mi cuarto hecho unos soles,

y no se ve en toda la casa un lamparón, ni una silla con polvo ni fuera

de su lugar?

Toda esta descarga de preguntas recibió la pelindrusca aquélla

sonriéndose con toda su bocaza, rascándose los brazos desnudos

y mirando á su amo con una pascua en cada ojo; y después de

hacerle desear un poco la respuesta, se la dió en estos términos,

encareciéndolos mucho con el tono y los ademanes:

—Todo eso que se ve y más de otro tanto como ello, que no está tan á la

vista, es obra de ese dimoño de muchacho.

—¿De tu sobrino?

—Del mesmo... ¡Le digo que paece mentira! Si tuviera los mengues en

el cuerpo, no hiciera más milagros de los que ha hecho en tan pocos

días... Está Inés que no se la conoce... ¿Ve usté cómo limpia? Pos lo

mesmo escribe ya y saca cuentas y va aprendiendo las miles cosas que

Marcos la enseña en libros. ¡Lo que sabe el mal demónchicos de él!

¡Y cómo lo cierne y lo habla y sabe ponerlo en la palma de la mano

para que se vea como es debido! No, y ella no es de las que tienen

por fantesía los ojos en la cara: la verdá hay que decirla siempre;

y le aseguro, porque lo he visto, que en el aire pesca la endina las

enseñanzas... ¡en el aire, vamos! Como que no paece sino que son nacíos

pa entenderse los dos en esos particulares... y en otros muchos.

—Que tu sobrino—replicó el Berrugo en el tono de burla fría que le era

propio,—la enseñe á escribir y contar y algunas cosas más de las que él

sabe... á costa de quien yo me sé, no me pasma; ¡pero á ser limpia?...

—¡Pos hasta eso!... Y ¿por qué no ha de enseñárselo igualmente?

—Porque nadie puede dar lo que no tiene; y ó yo no le he mirado bien,

ó tu sobrino Marcos puede llevar un plantío de berzas en cada mano.

—¡Qué cosas que tiene este hombre!—dijo aquí la Galusa algo picada.—El

mi sobrino Marcos tiene más limpieza que todo eso... Y aunque no la

tuviera, si sabe enseñar el modo de que otro la tenga, ¿qué más da?...

¡Vaya que se le paga al enfeliz con buen rumbo el trabajo que se toma

por puro antusiasmo y pujos naturales de hacer el bien!

La Puchera · 第 9 / 28 段