—Sucedió—dijo en seguida,—que la fantasma extendió el brazo hacia

adelante, con la linterna en la mano; que el chorro de luz, que

salía derecho... derecho, de ella, se fué alargando... alargando...

alargando, y atravesó las praderas de abajo... después los

camberones... después la sierra calva; y entró en la Ribera, y la

atravesó también á lo ancho... y llegó á los coteros de la otra banda

por donde se mete la ría para salir á la mar... y avanzó por encima

del más chico... y trepó por el que le sigue... hasta encaramarse en

el mismo lomo de la costa... Si avanzó más allá, yo no lo pude saber,

porque la tierra se acaba allí, y el rayo de luz se estrellaba en

el cielo que en aquel punto se junta con la tierra... ¡Y era lo más

asombroso de todo esto, que cuanto el chorro de luz iba tocando, se

veía tan claramente como puedo ver yo ahora las rayas de la palma de la

mano! ¡Así ví yo hasta los mismos peces de la ría!

—¿De modo que vería usted lo que tanto deseaba?—dijo el Berrugo, no sé

si burlándose de don Elías ó queriendo aparentarlo.

—De eso no ví pizca, señor don Baltasar, ni verlo debía; porque lo que

mi hermana me enseñaba, no era el tesoro, sino el camino por donde se

llega hasta él.

—¡Valiente puñado son tres moscas! ¡Valiente real con ocho cuartos y

medio!—exclama entonces el Berrugo, visiblemente desencantado.—¡Y esos

eran los tantos y los cuántos que usted sabía? Pero, hombre, ¿no se le

ocurrió á usted siquiera averiguar un poco más?...

—¡Vaya si se me ocurrió!—dijo el otro visionario.—¡Y bien de preguntas

y de ruegos hice á la fantasma! Pero ¡que si quieres! Se calló como

una muerta; dióse la vuelta hacia acá; mandóme que la siguiera; y

siguiéndola, me llevó hasta mi casa por el mismo camino y del propio

modo que me había sacado de ella; me acompañó hasta la alcoba, y en

cuanto me vió metido en la cama, apagó de un soplo la linterna... y

hasta hoy.

—¡Pataratas, repito!—vociferó el Berrugo, dando otro rastrillazo en

el suelo.—Todo eso, con ser tan poco, es pura visión de un sueño con

hambre, que es la casta de sueños más visionarios que hay.

—¡Le juro á usted que estaba tan despierto entonces como lo estamos

ahora los dos, y que alboreaba ya el día cuando logré trasponerme un

poco!

—Y estando usted en la cuenta de que eso que le pasó aquella noche no

fué soñado, ¿cómo se explica que desde entonces acá no haya usted dado

paso alguno por ese camino que vió?

—¿Y qué sabe usted si los he dado?

—¡Qué ha de dar usted, san simplaina! ¡qué ha de dar usted!

—¡Pues sí, señor, que los he dado! Sépase usted que aquel mismo día

por la tarde, con la disculpa de que iba á tomar la barca para pasar

á San Martín á visitar á un enfermo, seguí por toda la orilla de la

Ribera hasta llegar al punto en que empezó la luz á dar en los coteros

de allá; que seguí el camino que tenía yo bien marcado en la memoria,

aunque con los rodeos obligados por las curvas que hace allí la ría,

y que echando los pulmones por la boca, porque el viaje ese resulta

mucho más largo de lo que parece á la vista desde la llosa, me planté

en el mismo sitio en que se detuvo la luz. Allí me harté de registrar

con los ojos cuanto había al alcance de ellos... ¡y nada! Debajo y á

todo lo largo, á derecha é izquierda, un puro peñascal, casi á pico,

y un machaqueo de oleajes contra él, que metía miedo; cosa de un

cuarto de legua mar adentro, un islote muy grande y muy descarado...

y después las aguas sin fin. Rastreando bien el camino á la vuelta,

no ví más que sierra pelada... Días después, y viendo que mi hermana

no volvía á aparecérseme, consulté el caso con una adivina que llegó

á la puerta de mi casa pidiendo una limosna. Confirmó lo que me había

dicho la fantasma, pero no me añadió nada nuevo; antes al contrario,

me dió á entender que ese tesoro «no sería desenterrado por mí.» Esto

me desalentó mucho; y con ello y lo propenso que yo soy á echarme con

la cruz de mis pobrezas al primer tropezón, volvíme á mi molino, que

es bien hacedero si hallo ayuda, y hasta me olvidé del tesoro; pero

sin dejar de creer, como hoy creo con fe ciega, que el tesoro existe

de toda verdad, y que está escondido en el islote, ó en la costa, ó en

la sierra calva, dentro de la línea que marcó el chorro de luz; línea

que, si usted quiere, le señalaré yo desde la llosa y en el punto

mismo en que estuve con la fantasma. El que yo no me le lleve, no es

razón para que quiera privar de él á otro más afortunado... Esta es

la historia—añadió don Elías después de una corta pausa.—Y ahora, con

franqueza, señor don Baltasar: usted no sabía, sobre ese tesoro, ni la

mitad de lo que yo le he relatado.

—¡Bah!—exclamó el Berrugo en ademán y tono despreciativos, levantándose

de la silla al mismo tiempo.—Como la ayuda que usted halle para labrar

su molino sea de tanta substancia como las noticias que usted da para

descubrir ese tesoro, ¡vaya unas maquiladas de hambre que va usted á

cosechar!

—Y á propósito—dijo don Elías, levantándose también y mientras arrimaba

á la pared su correspondiente silla,—¿en qué quedamos de eso?

—¿De qué?

—De los sesenta y dos mil reales.

—¿Los que había de anticiparle yo aceptando la preferencia que usted me

daba y las condiciones que me expuso?

—Justo y cabal.

Don Baltasar cogió á don Elías por un brazo, muy suavemente; y

encaminándose con él hacia la puerta, le dijo:

—Le prometo á usted que han de ser para construir ese molino, los

primeros tres mil duros que yo desentierre con las noticias que usted

acaba de darme.

—Estimando, señor don Baltasar,—contestó el bueno de don Elías, muy

resentido y no poco cortado con la cínica burla del sujeto aquél, que

le llevó casi en vilo hasta la puerta de la escalera, donde le despidió

con una palmadita en la espalda.

En el estragal se detuvo el médico un instante para limpiarse el sudor

de la cara y del pescuezo, operación para la cual no le había dado

arriba don Baltasar el tiempo necesario; y es cosa averiguada que

mientras recorría con el pañuelo todos aquellos espacios ardorosos,

formulaba el resumen de las impresiones que había sacado de la visita,

en los siguientes términos:

—Verdaderamente es un lechón ese hombre.

Como es averiguado también que, al salir á la calleja, vió que por ella

iba alejándose cierta mujeruca muy chismosa con la que echaba él á

menudo largos párrafos; que se empeñó en alcanzarla, que hasta corrió

para conseguirlo, y que, después de detenerla y de ponerse cara á cara

los dos, la dijo con mucho misterio y jadeando:

—¡Sépase usted que resultó lo que yo me pensaba!... ¡Inés no traga

á Marcones ni con jarabe!... ¡Lo sé de su misma boca!... ¡Me lo ha

confesado ella misma!

[Ilustración]

[Ilustración]

X

POR DÓNDE FLAQUEABA EL BERRUGO

Con pensar como pensaba y creer lo que creía el Berrugo sobre el

_dogma_ de las minas de _oro puro_ y de los tesoros enterrados, había

llegado á viejo sin dar á la versión vaga y confusa acerca de los

del _Pirata_, mayor importancia que la que pudiera darle el aldeano

menos iluso de los contornos de la Ribera. Consideróla siempre como

«dichos de las gentes, á tontas y á locas;» y ocurriendo además que

estos dichos sonaban muy poco y muy de tarde en tarde, hasta llegó á

olvidarse de ellos. Las noticias sobre tesoros ocultos habían de ser

de otra casta muy diferente para que don Baltasar las diera crédito, y

de llegar á él muy de otro modo: con los mayores visos de formalidad

y con los requisitos que pedían «esas cosas tan serias;» en fin, por

el estilo de las dos que él llevaba recibidas hasta entonces: una de

Ceuta y otra de Santoña. ¡Aquéllas sí que eran noticias! En un enorme

cartapacio, la historia minuciosa del tesoro, acompañada del plano

del terreno. Buenos cuartos le habían costado, y aún estaba el fruto

sin recoger; pero el tiempo no envejece, y ya se vería el resultado á

la hora menos pensada. En último caso, y dando por supuesto que los

denunciantes hubieran fenecido en la empresa del desentierro, allí

estaban aquellos papeles que no podían mentir, con sus planos en toda

regla para guiarle á él, si quería desenterrarlos por sí mismo; y un

viaje al campo de Algeciras y otro á cierta cañada de los puertos del

Asón, no eran, en los actuales tiempos, hazañas del otro jueves. Por

de pronto, dos adivinas de la ciudad, con quienes había consultado sus

dudas en otras tantas ocasiones, le habían dicho que aguardara con fe

lo prometido por aquellos honrados sujetos de Ceuta y de Santoña; y con

la fe de un hebreo seguía aguardando, porque nunca fallaba la palabra

de una adivina, cuanto más la de dos.

Un día, no mucho antes de conocerle el lector, fué á consultar á una

muy afamada de la villa próxima, sobre el paradero de un novillo que

se le había extraviado y no parecía por ninguna parte. La adivina

le dijo qué dirección había tomado el animal y en qué sitios debía

buscarle; y ya se disponía el crédulo á pagar á la prodigiosa mujer

la media peseta convenida por la consulta, cuando la tal, clavándole

los ojos muy encandilados y mostrándole la baraja con una carta medio

desprendida de ella, le dijo en voz de espectro embriagado:

—¡Por su propia virtud se sale! ¡Señal es de que grandes cosas

barrunta, que le interesan á usté!... ¿Quiere conocerlas por otra media

peseta?

—¡Vengan esas cosas!—respondió el Berrugo conmovido y temblando, no sé

si de miedo supersticioso, ó de ansiedades avarientas.

Con este permiso, la adivina volvió á tender las cartas; y combinando

aquí y sumando allí, y murmurando ensalmos y conjuros; y ahora porque

sota, y luégo porque caballo; y volviendo á barajar, y tornando á sus

combinaciones; y porque si los oros abajo y si los bastos arriba, y

las espadas antes y las copas después, y espanto viene y espeluzno

va, llegó á decir al consultante estupefacto que había un tesoro más

rico que todos los tesoros juntos de la tierra, y muy cerquita de su

casa (de la casa del Berrugo), que le estaba destinado á él solo desde

tiempos de muy atrás, y que con la vista de sus ojos y desde su propio

tejado, podría alcanzar á ver el punto en que se escondía, si no se le

ocultaran «aguas al frente, tierras acá, peñas arriba y cantos debajo.»

El hombre se crispó al oir estas revelaciones, y pidió con ansia otras

algo más precisas; pero la adivina le declaró que no podía darlas,

porque no era ella quien hablaba en su boca; ni decía palabra de más ni

de menos que lo que la mandaba quien sabía todas las cosas y la había

dado esa virtud, en cambio de la desgracia de no poder salir de pobre

con lo mismo que hacía ricos poderosos á los demás.

El Berrugo se resignó; y después de pagar á la adivina, en monedas de

cobre, la peseta convenida por las dos consultas, y de mandarla repetir

las señas del sitio en que se ocultaba el tesoro, para grabarlas bien

en la memoria, volvióse á Robleces con el convencimiento de que ni el

tesoro prometido podía ser otro que el famoso del _Pirata_, ni el lugar

de su escondite estar en otra parte que en la costa, por el lado del

mar.

Y sucedió luégo que pasaron unos cuantos días, y que pareció el novillo

en el sitio indicado por la adivina. ¡Otro palito á la hoguera en que

se abrasaba la credulidad ambiciosa del Berrugo! Acertando en lo uno

aquella mujer, ¿por qué había de equivocarse en lo otro, aun suponiendo

que fuera posible alguna vez que se equivocara una adivina? De

razonamientos como éste fué obra el recado que dió el Berrugo al Josco

para su padre, la noche en que conoció el lector á aquel personaje.

Al día siguiente, la visita del médico que no pisaba los suelos de

aquella casa años hacía; y en esa visita, la historia horripilante de

la _aparecida_ que enseña á su hermano, con la luz maravillosa de su

linterna, el camino por donde debía buscarse el tesoro; y las señas

de este camino resultan idénticas á las que se le habían dado á él

sin _haberlas pedido_; y á mayor abundamiento, una adivina pordiosera

que llama á las puertas de don Elías, le dice que el tesoro existe,

pero que no será para él; y el médico, con lo necesitado que está, se

conforma, olvida lo del tesoro, y consagra sus afanes á la locura de su

molino maquilero. En resumen, _se comprueba_ la existencia del tesoro

en sitio bien determinado, por dos adivinadoras y una _aparecida_. Una

de las adivinadoras, _sin que nadie se lo mande_, advierte al Berrugo

que el tesoro de que se trata está destinado para él; y la otra cae,

_como de milagro_, en casa de don Elías, y le declara que ese tesoro

no llegará jamás á sus manos, porque no le pertenece. ¿Qué quería

significar todo esto? ¿No eran bien elocuentes tantas y tan extrañas

coincidencias acumuladas en tan breve tiempo? ¿Cabía mayor claridad en

una revelación de aquella especie? ¡Ni las mismas de Santoña y de Ceuta

eran merecedoras de tanta fe!

Aquella noche se hartó de rezar á Santa Rita, y al otro día encargó á

Inés que pusiera dos velas de á cuarterón en el altar de San Antonio.

En seguida mandó á buscar al Lebrato.

Acudió Juan Pedro sin tardanza, y el Berrugo se encerró con él en su

cuarto.

—No voy á pedirte dinero... por ahora,—le dijo, disimulando sus

impaciencias con aquel arte diabólico que él tenía para esas cosas.

—Lo mesmo fuera—respondió el Lebrato tranquilizándose mucho con la

advertencia;—porque no hay en casa otros cuartos que los que se

hicieran de mí, si se empeñaba usté en ello.

—No es para tanto, hombre; no es para tanto... _todavía_, aunque, en

uso de mi derecho, quisiera apretarte un poco para sacarte una hebra de

la tajada que me debes. Ahora, quiero decir, por el momento, se trata

de cosa muy distinta.

—Pues usté dirá, señor don Baltasar.

Y don Baltasar, después de rascarse el cogote y de soplarse las uñas

apiñadas, y de atrapar en el aire con la mano un mosquito que pasaba,

dijo:

—Pues te digo, Juan Pedro, y no lo vas á creer, que toda mi vida he

tenido un hipo, y que no quisiera morirme sin el gusto de haberme

curado de él.

—¿Y qué hipo es ese?—preguntó el Lebrato sin barruntar por dónde iban

las intenciones de aquel sujeto de los demonios.

—¡Pásmate, hombre!—exclamó el Berrugo enseñando toda su negra y

desportillada dentadura, y cargándose del lado izquierdo sobre el rozón

cuya asta empuñaba con aquella mano:—el hipo de salir una vez siquiera

á la mar alta, y recrear un poco la vista desde allí.

—¡Vaya con el hipo ese!—exclamó á su vez el Lebrato, muy satisfecho de

que el hipo de don Baltasar no hubiera resultado pulmonía para él.

—¿Te parece raro, verdad?

—Maldita la cosa, señor: nada más en su punto que ese deseo.

—Pues verás—añadió el Berrugo manoseándose la barbilla mal afeitada:—yo

me dije en cuanto apuntó el verano: «Pues en éste ha de ser... y antes

con antes, para que no me suceda lo que en otros muchos, que por irlo

dejando para la semana que viene, nunca lo hice...» Y luégo pensé:

«Juan Pedro tiene barquía, y anda con ella por aquellas honduras como

yo por el corral de mi casa; el tiempo está seguro, la mar estará

como un plato... pues ahora ó nunca. Voy á decirle á Juan Pedro que

aborrezca medio día...» Y en eso estaba; y por eso fué el recado que te

mandé por Pedro Juan antes de anoche.

—Puedo jurarle á usted que no me dió ninguno.

—Es que le dije yo que no corría prisa, como era la verdad; pero,

amigo, hoy me he levantado de otro temple muy distinto... Conque

¿tienes la barquía bien dispuesta?

—De la campaña del _anguilo_ está, que acabo de dar por finiquita;

conque hágase el cargo.

—Me alegro. ¿Y la mar?

—Como usté dijo: lo mesmo que un plato.

—Pues entonces, Juan Pedro, cuanto más antes: mañana mismo... por la

mañana... ¿Te parece?

—En hubiendo marea para subir la barquía por la Arcillosa, para mí toas

las horas son buenas, inclusen las de la noche... Conque... Aguárdese

y perdone: hoy pleamar de una; bajamar de siete... á las once, media

marea... Á esa hora, á las once, ya puede salir la barquía de onde está.

—Pues á las once. Y ¿cuánto se tarda en llegar?

—Contra corriente y dos remos solos... echemos hora y media.

—Á las doce y media; y luégo allá otra hora... ¡Bah! todo será llevar

la pitanza y matar la gazuza en la barquía.

—Si es que no echa usté antes el estógamo por la boca.

—¿Suele suceder eso muy á menudo?

—Á los que no están avezaos, siempre que se embarcan.

—Allá veremos: en último resultado, saldré ganando la comida que ahorre.

—Si no nos la partimos entre el hijo y yo.

—¿Pues no pensáis llevar vosotros la vuestra?—preguntó aquí el Berrugo

con aire de asombro mezclado de disgusto.

—Pensaba—respondió el Lebrato sin andarse en remilgos,—que, por esa

vez, comeríamos los tres de una misma puchera; pero si á usté le paece

mucho ese despilfarre...

—¡Vaya que sois pegajosos como el mismo demonio! En fin, irá para los

tres, ya que te empeñas; y no hay más que hablar. Á las once menos

cuarto estaré mañana en tu casa. ¡Y silencio sobre estos particulares!

El Lebrato se despidió y llegó á ella sin poder sospechar qué fines

podrían guiar al Berrugo en aquel paseo que intentaba, tan extraño á

sus conocidos gustos.

Pedro Juan, cuando se enteró del caso, tampoco dió en el quid... ni lo

intentó siquiera; pero, en cambio, dijo á su padre, y fué todo lo que

habló:

—¡Qué ocasión más güeña, coles!

—¿Pa qué, Pedro Juan?—le preguntó el Lebrato.

—Pa échale á fondo con un canto al pescuezo.

Al otro día y á la hora calculada por el Lebrato, estaba la barquía

fuera de la barra, con don Baltasar á bordo. Todo ello junto no

abultaba tanto allí como un perdigón sobre una sábana extendida.

—¡Cóspitis, qué grandísimo es esto mirado desde aquí!—exclamó el

Berrugo agarrado con las manos á ambos careles para aguantar los

balances del barquichuelo columpiado por las lentas ondulaciones de la

mar, aunque se perdía de vista reluciente y llana como un espejo.—Cien

veces lo ví desde arriba, y nunca lo creí tan ancho ni tan hondo...

Allí está la isla. ¡Parece una seta grande! Y ¿qué hay en ella, Juan

Pedro?

—Un puro peñasco, como usté ve,—respondió el Lebrato.

—¿Y por la parte de allá?

—Lo mesmo que por la de acá: peñasco limpio.

—¿Sin una mala gatera, hombre?

—Le digo á usté que como por la banda de acá.

—¿Y encima?... Parece que verdeguea algo.

—Peñasco puro tamién: cuatro matucas de herbachos, y algún conejo que

otro.

—¡Hola! ¡Conque conejos! ¿Da modo que estará eso lleno de cuevas?

¡De qué manera tan extraña y original pronunciaba el Berrugo la palabra

_cuevas_! Parecía que se le llenaba la boca de monedas de oro y de

sartas de diamantes.

—Alguna que otra minuca, á modo de madrigueras—respondió el

Lebrato.—Poco más de ná.

—¿Tú has estado allí?

—¡Horror de veces!... ¿Quiere usté que subamos ahora?

—Si no hay más que eso que ver, no vale la pena.

—No hay otra cosa... ¿Aónde quiere usté ir si no?

—Por derecho hacia afuera, hasta que yo os mande parar.

Bogaron los dos remeros en aquel sentido; y cuando llegó la barquía á

un punto desde el cual, mirando hacia atrás, podía verse una extensa

línea de costa á uno y á otro lado de la boca del puerto, el Berrugo

mandó parar la rema y se sentó de cara á la barra.

—¡Mucho me gusta á mí contemplar esos peñascos!—dijo, devorando con los

ojos todo lo que veía de la costa.—Y paréceme que este lado de acá de

la entrada es más bajo que el otro. ¿No te parece á tí lo mismo, Juan

Pedro?

—Eso bien á la vista está,—respondió el Lebrato.

—¿Y cuál de estos dos lados os parece á vosotros más... más... vamos,

más desconcertadote y descuajaringado?

—Allá se andan entrambos en ese particular—respondió el Lebrato,—y en

cá uno de ellos arman las rompientes buenos cañoneos cuando el caso

llega. Pero ¿á usté qué más le da que sean esas peñas más recias ó más

finas de barba, si usté no las ha de afeitar?

—Pues ahí verás tú, hombre, cómo hay gustos para todo. Aquí me tienes

á mí que me alampo por recrear la vista en un peñascal hecho una

triguera... Y el caso es que no descubro yo cosa mayor de esa traza.

—¿Cómo es eso de una triguera, don Baltasar?

—Quiero yo decir... con muchos agujeros, hondos, ¡bien hondos! Así...

Y barrenaba en el aire con las dos manos y con la cabeza, como si fuera

abriendo una mina con todo el cuerpo.

—¿Cuevas querrá usté decir?—preguntóle el Lebrato.

—Hombre, tanto como _cuevas_...—respondió el Berrugo, acentuando á su

modo esta palabra,—no diré... Pero, en fin, sean cuevas. Tampoco las

veo.

—Pues crea usté que no faltan: sólo que hay que atracarse mucho para

verlas... Dende aquí puedo yo señalar una que paece la madre de toas.

—¿Por qué?

—Por lo grande.

—¿Y hacia dónde está?

—Cara á cara con la isla.

—¡Con la isla! ¿Y es tan grande como tú dices?

—Dicen que coge allá medio barrio de Las Pozas.

Á todo esto, el Josco bostezaba de aburrimiento y de hambre, y el

condenado Berrugo ni se mareaba ni se acordaba de comer. El Lebrato se

pasaba muy á menudo la lengua por los labios y miraba al cesto en que

iban las provisiones. Y como el tiempo corría sin que allí se hiciera

cosa de provecho, atrevióse á decir á don Baltasar después de responder

á su última pregunta:

—Paéceme que podíamos aprovechar esta parada pa... tomar ese bocao.

—¿Tanta gazuza tenéis, hambrones?—dijo el Berrugo muy contrariado con

la observación.—Yo dejaba la comida para cuando estuviéramos adentro de

la barra, y así ha de ser... pero antes quisiera dar un vistazo, desde

abajo, á esa cuevona que tanto me has ponderado...

—¡Coles!—dijo aquí el Josco con una sacudida sobre el banco, que hizo

tumbar de una banda á la barquía.—¡Si hay más de media hora de rema!

—¿Y qué vale eso para vosotros?—repuso don Baltasar en son de

chunga.—¡Hala para allá; y con eso comeremos luégo con mejor apetito!

Viró la barquía y se puso en el rumbo indicado por el Berrugo, entre

las maldiciones que le iban echando mentalmente el Lebrato y á media

voz Pedro Juan.

—Pues, hombre—decía el condenado hijo del difunto Megañas, siempre

agarrado á los careles del barquichuelo, que en ocasiones se hundía

dulcemente, como si le chuparan desde el fondo de la mar,—si no es para

recrearse uno en estas cosas, ¿á qué se viene aquí una sola vez en toda

la vida?

—Es una fantesía, vamos—dijo el Lebrato haciendo de tripas corazón;—y

por otra pior le pudo dar.

—Justo, una fantasía... Tú lo has dicho, Juan Pedro: una fantasía como

otra cualquiera. ¿No la tiene el cura en venirse con vosotros cada

lunes y cada martes, unas veces de día y otras de noche cerrada, por el

gustazo de dar un tiento á las mojarras ó al anguilo?

—¡Y que la tiene bien puesta el señor don Alejo, y que lo entiende de

verdá, y que paece mentira lo gran mareante que es hoy, con los años

que lleva á cuestas!... Pos golviendo á la fantesía de usté, ha de

saberse que otras cosas se pueden ver en el mundo de menos fama que esa

cueva.

—¡Fama!—repitió el Berrugo mirando con avidez al Lebrato.—¿Qué fama

puede tener ese covachón de mala muerte, hombre de Dios?

—Fama, fama... tanto como fama, puá que no; pero lo que es nombrá, bien

nombrá fué en un tiempo entre unos cuantos de mi oficio. Mire usté: al

difunto _Lomias_, el hermano menor de Perrenques, que conocía estos

sitios tan bien como yo, no había quien le quitara de la cabeza que en

esa cueva estaban escondidos los tesoros del Pirata.

El Berrugo creyó sentir de pronto el tintineo de un manojo de

campanillas en los oídos, y que se le alargaba el cuerpo más de un

cuarto de legua. Buscando una disculpa para taparse con las manos la

cara, que podía delatar sus emociones, exclamó:

—¡Qué barbaridad!

Y añadió sin descubrirse todavía:

—¡Parece mentira que haya un hombre capaz de creer en esos tesoros, y

menos en que puedan estar enterrados aquí ó allá!

—Pues ya sabe usté de uno que lo creía.

—Y ¿por qué lo creía ese bobalicón?

—Porque se lo había dicho una adivina.

—¡Una adivina! ¡Qué te parece!

Tuvo que hacer aquí una larga pausa don Baltasar, porque este nuevo

dato le hizo perder la serenidad que iba recobrando, y dijo después,

con la cara entre las manos aún:

—Pero, hombre, si tanta fe tenía en la palabra de una embusterona de

esas, ¿por qué no entró en la cueva á probar fortuna?

—Primeramente, porque el sujeto era algo receloso de suyo al auto de

cuevas prefundas; dimpués, porque la puerta de esa no está tan en llano

como la de mi casa; y en final, porque la mesma adivina le alvirtió que

no se cansara en buscar ese tesoro que no estaba destinao pa él.

—¡También eso?—gritó aquí el Berrugo entre temblores y hormigueos de

todas sus carnes.—¡Si te digo—añadió después de reponerse un poco,—que

hay bestias con los sentidos más cabales que algunos hombres!... Y

¿qué has hecho tú, Juan Pedro, que no has metido mano á ese platal?...

porque tú creerás también en esas paparruchonas.

—Yo, señor don Baltasar—respondió el Lebrato, no sé si con segunda

intención,—estoy bien curao de sustos de esa clase, y sólo creo en que

soy de los que nacieron pa jalar de la vida en beneficio de otros que

la tienen bien regalona...

Y así se fueron acercando con la barquía al punto deseado por el

Berrugo.

—Allí está la cueva,—dijo el Lebrato apuntando con el índice á un

boquerón que se columbraba sobre lo que podía llamarse imposta de la

fachada de aquella conglomeración ciclópea, y á una muy respetable

distancia de lo que también se podría llamar cornisa de la misma

fachada.

La Puchera · 第 8 / 28 段