Levantóse Inés, salió, y ocupó su padre la silla que ella dejaba.
—Vamos—dijo el Berrugo á don Elías,—á rematar en pocas palabras... en
pocas palabras he dicho, eso que dejamos pendiente.
¡Ya estaba otra vez el médico boca abajo! ¡Ya era el hombre agobiado
por las desdichas, que iba á «echar un memorial» al poderoso para
pedirle un mendrugo de pan! ¡Ya le habían caído de repente encima del
alma toda la negrura y todo el peso de la realidad de su miseria!
Entristecióse de nuevo y volvió á encogerse. La fe que tenía en
la importancia de su proyecto, no alcanzaba á darle la más leve
esperanza de que el hebreo aquél aflojara la bolsa para ayudarle; el
ficticio valor que le prestaba el recuerdo candente de aquellos días
esplendorosos, acababa de gastarle, y no era cosa de volver á empezar
por allí, ni el Berrugo se lo hubiera consentido; y tan desalentado se
vió, que estuvo tentado á despedirse dejando las cosas como estaban.
Pero le arreó don Baltasar con una mirada de las suyas, y el hombre se
arrojó al asunto como pudo haberse tirado por el balcón de enfrente.
—Pues, señor—dijo pasándose el pañuelo de yerbas por toda la cara y
luégo por el cogote y dándole después dos paseitos por encima de los
sesos,—el caso es el siguiente: un molino maquilero, de cuatro ruedas,
puede moler con desahogo seis fanegas al día, pico más ó menos... Me
parece que no peca de alegre la suposición. Estas seis fanegas cada
día, me dan al año, en números redondos, dos mil doscientas, ó séanse
ocho mil ochocientos celemines. Estos ocho mil ochocientos celemines,
me dan á mí de maquila ocho mil ochocientos maquileros; los cuales
ocho mil ochocientos maquileros, son lo mismo que quinientos cincuenta
celemines, ó doscientas veinticinco medias fanegas; doscientas
veinticinco medias fanegas, á duro cada media fanega, son lo mismo que
doscientos veinticinco duros, ó sean cuatro mil y quinientos reales...
Me parece que esto es pura matemática.
Decíalo don Elías, porque le estaba poniendo en graves dudas el
intraducibie gesto con que le miraba su interlocutor. Para asegurarse
más de que iba por lo firme, sacó los papelotes del bolsillo, escogió
uno de ellos, dióle un vistazo y añadió á lo dicho poco antes:
—Justo y cabal: cuatro mil y quinientos reales. Esto, por un lado...
Por otro: cuatro cerdos á cuarenta y cinco duros uno, grande con
mediano, son lo mismo que ciento ochenta duros, ó sean tres mil y
seiscientos reales; que añadidos á los cuatro mil y quinientos de
arriba, suman la cantidad redonda de ocho mil y cien reales... Pura
matemática también.
Y se quedó mirando á don Baltasar, que no le dijo palabra ni dejó
tampoco de mirarle. Creyóle convencido el médico, le alentó mucho esto
porque aquel hombre era así, y exclamó, irguiéndose hasta con cierta
arrogancia:
—Señor don Baltasar: con ocho mil reales (quito los ciento) y la
pobreza que me vale el partido, era yo el hombre más rico de la
cristiandad.
—No lo dudo—dijo al fin don Baltasar con una parsimonia inconcebible
en él, aun suponiéndole capaz de divertirse con las cosas de don
Elías.—Pero siga usted con la cuenta galana. Ya tenemos lo que da el
molino: falta ver lo que toma.
—Nada, señor don Baltasar, nada como quien dice: un molinero, que
con las propinas y su buen arte y un piquillo de surplús, que sale
de aquí y de allá, estará hecho un canónigo. Este retejo y aquella
reparación... ¡nada, señor don Baltasar, nada! eso y mucho más sale del
excedente de molienda que no consta en el presupuesto, y de ciertos
recursos que se irán desenvolviendo según el negocio vaya marchando.
Los cuatro cerdos: menos que nada: los compro lechazos, engordan con
las barreduras, se ponen en ocho meses que no caben por la puerta, y
los vendo á puja mayor, porque han de sacarme los ojos por ellos. Ya
sabe usted que no hay cerdo más solicitado que el cerdo de molino...
—Corriente, señor don Elías, corriente... y siga usted con la cuenta
galana... Ya no nos falta más que tener molino.
Desplegó el médico el papelón más grande de los que tenía entre
manos, lleno de dibujos toscos y de garabatos incomprensibles, y dijo
contoneándose en la silla:
—El molino: aquí está el plano, con su escala y todo. No está puesto en
limpio, que eso ya lo haría, si fuese necesario, pincel más diestro que
el mío; pero está bien clara cada cosa... Llave en mano, no debe costar
un maravedí más de sesenta y dos mil reales... Aquí constan las razones.
—Que estarán muy en su punto: corriente también. ¿Qué nos falta ahora,
señor don Elías?
—Pues... buscar esos sesenta y dos mil reales.
—Y ¿dónde están ellos?
—¡Esa es la negra, señor don Baltasar!
—Pues suponga usted que no es tan negra como parece, y que hay un
desesperado que los da...
—Negocio concluído entonces.
—Corriente: ¿y qué rebajamos de los ocho mil reales de producto, por
réditos de ese capital?
—Ni un ochavo, señor don Baltasar... Esa miseria saldría del mismo
fondo que las otras: de acá y de allá, y del auge que fuera tomando el
negocio.
—Corriente también. Y ¿con qué respondemos á su dueño de esa miseria
que nos presta para hacer el molino?
—Con el molino mismo.
—Es de razón. Pero un día se levanta ese hombre de mal temple, y se
llama á lo que es suyo.
—Nos veríamos en ese caso, señor don Baltasar; nos veríamos. ¿No hay
más que llamarse á lo suyo así, de golpe y porrazo? Está previsto todo
en mis cálculos. Ese hombre me firmaría, ante todo, una cláusula de no
reclamar cosa alguna, fuera de los intereses, en un mínimum de treinta
años. En ese tiempo, con un poco de economía y el natural desahogo que
me fuera dando el incremento de la finca, iría yo matando la deuda sin
sentirlo.
—Pues no he dicho nada, señor don Elías. Es usted más pájaro de lo que
yo pensaba en punto á estos particulares. ¿Y dónde plantamos el molino,
para ponernos al cabo de todo... si es que se puede saber?
—El molino, señor don Baltasar (y en esta estriba la firmeza de mis
cálculos), se plantará donde no tengamos que temer ni las sequías
del verano, ni los aguaduchos del invierno: en el último canalizo de
acá, de la Arcillosa, según se la mira, á la mano izquierda: hay allí
anchura y fondo para un navío de tres puentes, con una angostura que se
salta de un brinco desde la sierra, y que está como puesta allí para
dar ingreso al molino. Lo demás ya lo sabe usted: viene la marea, abre
usted los saetines; ya está el agua en casa, cierra usted los saetines;
baja la marea, abre usted los saetines y empiezan los rodetes á danzar,
á razón de quince horas diarias; y así todo el año, como un reló,
con el agua represada en el canalizo, que me ahorra el mejor de los
camarados y la mejor de las presas, que son la ruína de los molinos;
porque amén de lo que cuestan de nueva planta, de aquí las refuerza
usted hoy, y de allá se quebrantan mañana, y es el no acabar en todo el
año de Dios; cosa que no ocurrirá en el mío, y por eso dije antes que
no hay para qué mentar como gasto las reparaciones que ocurran. ¿No es
una hermosura esto, don Baltasar, y no parece mentira que no haya dado
nadie hasta ahora en escarbar esa mina de oro?
—En verdad que mentira parece, señor don Elías. Pero dígame y perdone:
¿qué es lo que tengo yo que hacer en esa mina, y por qué lado puede
interesarme á mí, como me dijo al principio?
El médico estaba maravillado de la paciencia y la afabilidad con que
le atendía aquel hombre, cuyas despabiladeras eran proverbiales en
el lugar; y creyéndole en buen cuarto de hora, se aventuró á decirle
derechamente:
—Con usted contaba yo para darle la preferencia en el anticipo de los
sesenta y dos mil reales, si el negocio no le desagrada, tal como se le
he expuesto.
—Hombre—respondió el Berrugo apoyándose en la rastrilla como antes
se había apoyado en el horcón,—el negocio, para usted, me parece
morrocotudo, por mal que le salga, si llega á andar el molino. Pero me
dijo usted al principio que podía interesarme á mí tanto como á usted;
y hasta ahora, fuera de la cláusula de los treinta años como mínimum
del plazo para el préstamo, no veo cosa que me tiente mucho...
—Ha de tener usted presente—repuso don Elías algo apurado por la
observación de don Baltasar,—que el cálculo está hecho á menores; que
se cuenta con la prosperidad del negocio, y que con ella y sin ella, á
ese capital nunca le faltaría una ganancia harto mejor que la que dan
aquí las tierrucas de la mies; ganancia que si pasa del uno y medio, me
dejo yo segar el gaznate.
—También es verdad eso—dijo don Baltasar oscilando sobre la
rastrilla.—En fin, que es usted, señor don Elías, el mismo Satanás
para oliscar tesoros... Hombre—añadió levantando de pronto la cabeza
y mirando de hito en hito al médico,—y ya que salió la palabra: ¿qué
opina usted de los tesoros enterrados? ¿Cree usted que los hay y que
hay tantos como se dice?
Lo mismo que si le hubieran restregado la piel con un manojo de
ortigas, se estremeció don Elías de repente al oir las preguntas del
Berrugo; y con los ojos encandilados y acentuando las palabras en el
suelo con la contera de su bastón, estalló así:
—¡Yo creo, señor don Baltasar, en los tesoros ocultos, y creo que el
mundo está lleno de ellos, y creo que en España abundan más que en
ninguna parte! Yo no los he visto, soy franco; pero conozco muchas
gentes enriquecidas con ellos; y se me han referido y demostrado cosas
á ese respecto... y me han sucedido otras tan extraordinarias, que
dejarían turulato al hombre de menos tragaderas. Afirmo, pues, que hay
tesoros, ¡muchos tesoros ocultos!; que está sembrado de ellos el suelo
español... y que quizás el más rico de todos esos tesoros le tenemos
usted y yo á las mismas puertas de nuestra casa.
—Supongo—dijo don Baltasar, tan colgado de la rastrilla y tan atento á
las declamaciones ardorosas del médico, que parecía estar empeñado en
partirse en dos con el ástil, de arriba abajo,—que no se referirá usted
ahora al molino de antes.
—¡Qué molino ni qué cazuelas!—respondió don Elías con el más
despreciativo de los desdenes.—¡Para hacerle de diamantes habría con el
tesoro que yo digo!
Y como don Elías levantara la voz á medida que se iba entusiasmando,
tapóle la boca con una manaza don Baltasar, y díjole recatándose, y muy
por lo bajo:
—Hombre, si á usted le fuera lo mismo, podríamos continuar hablando de
eso en otra parte... ahí, en esa pieza que es mi cuarto. No es porque
yo dé importancia al asunto, sino porque no hay necesidad de que nadie
se entere y nos tome por locos.
—Más loco será quien por locos nos tenga, señor don Baltasar,—respondió
don Elías, con grandes trazas de estarlo ya de remate, levantándose
de la silla, embolsándose los papelotes y disponiéndose á seguir á
su interlocutor, que, puesto de pie y con la rastrilla en la mano
izquierda, le señalaba con la derecha el cuarto que tenía la entrada
por una de las cabeceras del salón.
Coláronse ambos allí, donde no había más que una cama, dos sillas, un
palanganero con sus avíos maltratados, una percha con poca ropa, y esa
vieja, y bastante roña por los suelos.
Sentados nuevamente los dos personajes, era de ver lo que se había
crecido don Elías, de cuyos labios y actitudes atrevidas parecía estar
pendiente su interlocutor, como el zorro consabido de lo que soltara de
su pico el cuervo de la fábula.
—¿Apostamos dos cuartos... ó lo que usted quiera—comenzó don Baltasar,
guiñando los ojuelos, con la barbilla en la palma de la mano izquierda,
el codo sobre el muslo y en la diestra la rastrilla, pinos arriba,—á
que sé yo qué tesoro es ese que usted supone tan cerquita de nuestra
casa?
—¿Apostamos—respondió don Elías, imitando cuanto pudo la postura, el
gesto y hasta la voz de don Baltasar, y añadiendo por su cuenta una
sonrisilla entre nerviosa y truhanesca,—apostamos los sesenta y dos mil
reales del molino á que, aun suponiendo que sepa usted de qué tesoro
se trata, porque apenas hay quien no le conozca de nombre, ni usted ni
mortal viviente del globo terráqueo tiene las noticias que yo tengo de
él?
—Pues si tantas noticias tiene usted de ese tesoro—dijo don Baltasar
ganando un punto á don Elías,—¿en qué consiste que no le ha echado ya
la zarpa?
—No quiere decir tanto como eso lo que ya le he dicho á usted, señor
don Baltasar—replicó don Elías, tan valentón como antes.—Yo le he
dicho, y lo repito, que no hay sér viviente en el universo mundo que
tenga mejores noticias que las que yo tengo sobre el particular de
que tratamos. Podrán no ser estas noticias, sin dejar de valer lo que
valen, lo suficiente para poner la mano encima de la cosa oculta;
podrán ser más que sobradas para otra persona más firme que yo de
voluntad, más codiciosa é de mayores recursos, ó menos dispuesta á
tumbarse con la carga al primer tropiezo del camino; pero valgan ó
no valgan de la manera que digo, esas noticias que yo tengo, señor
don Baltasar, son de tal arte y adquiridas de tal modo, que al hombre
de más agallas le harían tiritar de asombro y le pondrían los pelos
de punta, como me los pusieron á mí... y se me ponen ahora con sólo
recordarlo...
Y no exageraba don Elías: mientras hablaba así, le echaban lumbre los
ojos, y parecía que se le erizaban las barbas y los mechones grises de
la cabeza.
—¡Pataratas!—exclamó entonces don Baltasar cambiando su postura por
otra muy desdeñosa; pero con intención visible de herir el flaco de don
Elías para que soltara el queso.
—¿Pataratas?—repitió el desapercibido médico, no cabiéndole ya en la
silla y dispuesto á confundir al Berrugo con la prueba espeluznante de
lo que afirmaba.
—Pataratas no más,—insistió el de la rastrilla, volviendo á colgarse
de ella con las dos manos y haciendo como que no daba un alfiler por
cuanto pudiera referirle el otro.
—Pues vamos á verlo ahora mismo—concluyó don Elías, que casi se
desnudaba de pura desazón que le producía la desdeñosa incredulidad del
Berrugo.—Y entienda usted, señor don Baltasar, que esto que le voy á
referir lo sabremos en el mundo usted y yo solos... ¡Y ojalá sea más
activo, más perseverante y más afortunado que yo!
—Amén—dijo el Berrugo.—Y ahora, vengan esos espantos; pero por lo más
derecho que usted pueda, porque se me van acabando los aguantes.
Don Elías no esperó la segunda provocación del Berrugo. Le brotaban las
impaciencias por todas partes: por los ojos, en llamas; por los poros,
en sudor. Como que el bendito estaba en sus glorias entonces. ¡Qué
molino maquilero ya ni qué calabazas, ni qué se le daba á él por tener
la casa llena de desventuras y de miserias, ni porque el seminarista de
Lumiacos entrara en la casona de Robleces con estos propósitos ó con
las otras miras? Confundir á aquel hombre tan duro de pelar, y además
de confundirle, maravillarle: eso era lo que había que hacer en el
mundo, y eso podía hacerlo él, y lo iba á hacer en el acto. Tirando á
dar de ese modo, dijo así, saboreando las palabras y encareciéndolas
mucho:
—Hará cosa de ocho meses, bajé á Las Pozas á visitar al Lebrato, que se
hallaba en cama desde la víspera. Tenía calentura y se quejaba de un
dolor al costado. Le dispuse lo que me pareció conveniente, y al otro
día ya le encontré sin novedad. Es duro el hombre ese y animoso como él
solo. Con todo y con ello, no le dejé que se levantara por entonces,
por temor de una recaída. Tomando pie de esto, y sobre si el que come
de su trabajo no puede ni debe cuidar de la salud como los que tienen
el riñón bien cubierto, hubimos de hablar largamente los dos; porque
el Lebrato, como usted sabe, es hombre verboso y muy entretenido, y á
mí me gusta oirle: tenía en aquella ocasión poco ó nada que hacer, y
le fuí dando cuerda. Puede que usted sepa también que ese sujeto tiene
la costumbre, cuando de riquezas se habla con él, de comparar las más
grandes con _los tesoros del Pirata_: el caso es que aquel día volvió
á sacar esos tesoros á cuento, como los ha sacado mil veces, y los
sacan á cada paso muchas gentes de este lugar y de otros de la Ribera.
Yo, que siempre lo he oído como quien oye llover y la he tomado en el
son que me lo cantaban, aquel día, séase por buscar un motivo más de
conversación, ó porque las cosas vinieron dispuestas así por decreto
misterioso, tuve la ocurrencia de preguntar al Lebrato qué tesoros eran
esos que tan á menudo oía nombrar desde que me hallaba en Robleces.
Entonces el preguntado me refirió lo que, por lo visto, es aquí versión
corriente... y será eso que usted dice saber, con mucha ponderación, lo
mismo que si supiera algo de fuste.
—Ya se irá viendo, señor don fanfarrias, lo que usted sabe, y ello
nos dará el valor de lo que yo sé. Diga, diga por de pronto lo que le
refirió el Lebrato.
—Nada en substancia, señor don Baltasar: que se sabe que en tiempos
que casi se pierden de vista, había un pirata por estos mares que
robaba hasta la saliva al sursuncorda; que como no tenía suelo en qué
poner el pie sin la seguridad de que no le colgaran, mientras se iba
redondeando á su gusto para campar por sus caudales donde quiera que
se presentara—porque en esto de respetarse al ladrón de tesoros, los
tiempos no han cambiado hasta la fecha cosa mayor,—escondía en un sitio
de esta costa lo que pirateaba más lejos ó más cerca de ella; que esto
acontecía en aquellas épocas en que venían de las Américas los barcos
abarrotados de onzas de oro y de perlas preciosas, y que á la caza de
estos barcos andaba el pirata día y noche, con buena fortuna; que
fuérase porque la mar se le tragara de por sí, ó porque se encontró con
lo que merecía donde menos se lo esperaba, desapareció de repente y
para _in sæcula_ de esta costa, dejando ocultos en ella los tesoros que
había robado; que si estos tesoros están en cueva más ó menos escondida
ó sepultados en tierra firme, no se sabe; pero que no hay quien dude
que están en esta costa y que darían, por su gran valor, para comprar
media España; y finalmente, que de esto no se duda, porque viene y
ha venido la historia de boca en boca y de padres á hijos hasta la
presente generación... Esto es, señor don Baltasar, lo que se sabe de
público... y lo mismo que sabe usted; porque usted no sabe de ella una
jota ni una tilde más.
—Ni usted tampoco,—respondió resueltamente don Baltasar dando un
rastrillazo en las tablas.
Sonrióse convulso don Elías, y dijo:
—Ahora lo vamos á ver.
Se enjugó el sudor de la cara nuevamente con su pañuelo de yerbas, y
continuó así, arrimando un poco más su silla á la del Berrugo:
—Esta conversación la tuve yo al anochecer con el Lebrato; y cuando _me
caminaba_ hacia mi casa por el recuesto arriba, apenas distinguía la
senda más que por su blancura. Aquel día, señor don Baltasar, había
sido uno de los más negros para mí, por el estado de la médica agravado
por un encono repentino de sus humores, y el extremo en que nos tenían
acorralados á todos las escaseces del hogar, por dificultades en la
cobranza del tercio. Mala había sido la semana; pero aquel día fué,
como le he dicho, de lo peor. Declárolo así, porque bien pudiera haber
tenido ello parte en que yo diera tanta importancia como la que dí á
la historia del Lebrato. Ello fué que subí al barrio pensando mucho en
los tesoros enterrados ahí enfrente; que llegué á casa; que la casa
me pareció un camposanto con los muertos sin enterrar; que comparé
aquellas tristes miserias con las pompas del tesoro que yo llevaba en
la cabeza; que la comparanza me echó el alma por los suelos, y que
sin poderla levantar de allí y corriendo las horas entre los ayes
de la enferma y el vocingleo de las hijas, me fuí á la cama... sin
cenar bocado, porque no le había en casa, señor don Baltasar, ¿á qué
negarlo? Tampoco niego que me acosté con hambre: nunca había andado
más ni comido menos que aquel día. El hambre no es el mejor llamativo
del sueño; y con este gusanillo en el estómago y la cabeza abarrotada
de onzas de oro y de diamantes, de piratas ahorcados y de cuevas y
peñascos de la costa, el corazón me golpeaba allá dentro como un
desesperado, y la piel me escocía como si me la ortigaran. Tumba de
aquí y vira de allá, buscando posturas que siempre resultaban peores,
el tiempo pasaba y yo no me dormía; la médica dejó de quejarse, como
si se hubiera muerto; las hijas ya no chistaban; en el aire no se oía
un mosquito; el silencio era el de las sepulturas, y la obscuridad,
negra, negrísima, como yo no he visto otra en noche cerrada. Echéme, al
fin, boca arriba, y púseme á hacer castillos con el tesoro. Ya era yo
príncipe con carrozas, y andaban en mis palacios los jamones por los
suelos y los chorizos á patadas... cuando, amigo, se abre la puerta de
la alcoba... y entra por la abertura un rayo de luz que me envuelve
toda la cabeza... y detrás del rayo de luz... la mano seca; y detrás de
la mano seca... el cuerpo arrebujado en la sábana de siempre y con la
cara al descubierto.
—¿El cuerpo de quién, hombre de Dios?—preguntó don Baltasar que se iba
poniendo algo nervioso, quizá más que por oir á don Elías, por verle.
—¡El de mi hermana Dorotea!—respondió el médico, entre crispaturas de
sus nervios.
—¿Y qué hermana es esa, que yo no conozco?
—Una hermana, señor don Baltasar, que iba para santa, si es que no lo
era ya; que adoraba en mí, y se nos murió de la noche á la mañana, en
la flor de su hermosura, durante aquellos disgustos con motivo de la
pérdida de los treinta millones de la familia...
—Enterado, enterado y siga usted adelante,—dijo aquí el Berrugo
cortando la palabra al médico, con lengua, con manos y con ojos, y
hasta con la rastrilla, temeroso de que volviera á echarse con la
histeria por aquellos derroteros.
—Una hermana que se me aparece muy á menudo, no solamente en la
obscuridad de la noche, sino á la misma luz del día y cuando menos lo
pienso, como vaya solo por el monte ó por alguno de estos callejos
hondos. Siempre se me aparece envuelta en la misma sábana, y de noche
nunca le falta la linterna. Las más de las veces se contenta con
mirarme; y cuando me dice algo, nunca es cosa mayor. Yo tampoco la digo
nada, porque no lo creo puesto en razón, vista su conducta conmigo.
Señas son las que me hace, ¡mucha seña! hasta que se va disolviendo
poco á poco, como el humo con el viento.
Mucho era ya lo que sudaba don Elías, y muy estrecha le venía la ropa,
á juzgar por los esfuerzos espasmódicos que hacía debajo de ella. Se
detuvo unos instantes en su relato; volvió á limpiarse la cara con el
pañuelo; y con los alientos cobrados, continuó hablando así:
—En la noche que yo digo, se me acercó mandándome por señas que me
tragara hasta los suspiros. Se aproximó hasta el borde de la cama. Yo
nunca la había tenido tan cerca, y empecé á dar diente con diente;
porque con la luz de aquella linterna, tras de cegarme los ojos,
parecía caldearme la sesera. «¡Levántate!» me dijo; y yo, como si la
voz fuera cordel que tirara de mí, levantéme y traté de vestirme.
«¡Vente como estás!» me ordenó. Preguntéla entonces con los ojos,
porque con la palabra no podía, que adónde y para qué. Me comprendió
y me dijo: «Adonde yo te lleve.» Púsose en marcha, y yo la seguí, tal
como estaba: descalzo y en ropas menores. La noche era de las frías
de noviembre; pero yo no reparé en tan poca cosa. Las puertas se iban
abriendo sin ruido delante de la fantasma, y yo la seguía paso por
paso; y así salimos de la alcoba... y atravesamos la sala... y pasamos
el carrejo... y bajamos la escalera... y nos encontramos en la calle.
Entonces tomó la visión, por arrimadito á la setura de mi huerto, el
camino de la llosa Grande, y yo me fuí detrás, sin mojarme los pies en
las pozas de la calleja, que era lo que más me asombraba. Llegamos á
la llosa; se puso la fantasma al asomo mismo de la ladera de hacia la
ría... y me llamó... Acerquéme y me dijo: «Vas á ver ahora el camino
por donde se va á eso que te estaba quitando el sueño.» Lo decía por el
tesoro: no podía ser por otra cosa.
Al llegar á este punto el relato, el Berrugo tenía los ojos clavados
en los fulgurantes de don Elías, la boca entreabierta y el cuerpo muy
arrimado al mango de la rastrilla.
—Y ¿qué sucedió entonces?—preguntó al médico, pareciéndole muy larga
la pausa que había hecho el narrador para enjugarse otra vez la cara y
dominar un poco las emociones que le tenían trémulo y erizado.