Con estos alientos en el ánimo, recién hechos, como quien dice,

caminaba don Elías aquella noche en que le conoció el lector, hacia

su casa, después de terminada su visita, temiendo hallar á la puerta

alguna nueva _llamada_, y con dudas muy fundadas de no tener qué cenar.

No hubo _llamada_ esperándole á la puerta; pero sí grandes señales

de haber arriba tiberio gordo. Esto no le apuró maldita la cosa,

por ser lo diario y corriente en su casa. Empujó la puerta que

estaba arrimada, encendió una cerilla y subió al piso. En el cual se

halló á la vallisoletana tirando de la greña á la burgalesa, y á la

riojana enredada á denuestos con la palentina, mientras de la alcoba

inmediata (porque esto ocurría en la salita) salían, como del fondo

de un sepulcro, los ayes angustiosos de la médica. Por el suelo había

chancletas esparcidas, y se mascaba el polvo del ambiente.

No se cansó don Elías en preguntar el por qué de aquella pelamesa, ni

tampoco en el intento de conjurarla. Dejó que se acabara ella sola,

y entró en la alcoba de su mujer para hacerla maquinalmente las

preguntas de costumbre y oir los quejidos y lamentaciones de todos los

días.

Cuando notó que había cesado lo de afuera volvió á la salita, que no

tenía más luz que la que le tocaba de un cabo de vela que ardía muy

escondido á la puerta de la alcoba. Preguntó si había qué cenar; y

como quisieran las mujeres hacerle juez en la querella mal apaciguada,

ocultóse otra vez junto á la enferma sin responder á su pregunta ni

desplegar sus labios. Al fin, sobre una mesita de pino que había en la

sala, fueron poniendo sus hijas, con airados ademanes y mucho golpeteo,

un perol de sopas de ajo, media torta de pan, un huevo pasado por agua,

un pedazo de queso duro y un cortadillo de vino tinto. Salió don Elías;

cenaron todos de aquello, menos del huevo, que, como el vino, se le

sorbió el médico solo; y después de dar el último caldo á la enferma,

fueron los sanos á recogerse, no sé cómo ni dónde, porque eran otros

tantos misterios impenetrables las alcobas de aquella casa, en cuyas

«buenas camas» había que creer por lo que las ponderaba don Elías en

todas partes.

Y vamos al caso, que ya es hora.

Don Elías se esmeró en su equipaje al día siguiente más que lo

usual; es decir, se puso camisa limpia, la corbata de lunares y el

sombrero bueno; porque en cuanto á vestido, jamás tuvo otro que el

puesto, intachable, eso sí, de limpieza y buen caer, pues el hombre

era como los mismos oros y sabía llevar la ropa, que es un don como

otro cualquiera; se echó en el bolsillo más hondo de su gabán unos

papelotes; hizo apresuradamente la visita á los dos enfermos que tenía

en el barrio, dejando las restantes para la tarde; y á punto de las

diez de la mañana, estaba ya en el estragal de don Baltasar Gómez de la

Tejera llamando con el puño de su bastón en la media puerta cerrada.

Mandáronle desde arriba que subiera, y subió golpeando mucho los

peldaños y tosiendo recio, como quien pisa terreno conocido sin miedo

alguno y sin maldita la necesidad.

Recibióle don Baltasar en mangas de camisa y con un horcón en la mano,

porque acababa de amparar con una laña bien clavada la punta que se

le resentía; y le dijo plantándosele delante y cortándole el saludo

comenzado:

—Pues ¿quién desea morirse aquí sin que yo lo sepa?

Don Elías sintió entonces que se le enfriaban mucho los ánimos; no

porque hubiera pescado la malicia del apóstrofe, que para esto no

era tan hábil como para armar torres y montañas sobre el dicho ó el

hecho más trivial que corriera por el pueblo, sino porque él llevaba

imaginado el _argumento_ de la visita, y en ese argumento no entraban

ni las palabras, ni el tono, ni el aire con que don Baltasar acababa

de saludarle... Á esto achacaba el buen don Elías su repentino

encogimiento; pero el verdadero motivo consistía en que el pobre médico

se pasaba de sencillo y tenía más valor para resistir su pobreza que

para pedir á un rico la limosna de su amparo; y á los temperamentos

así, todo ruido les suena á desaire y menosprecio. Fuera lo que fuese,

sucedió que don Elías, sombrero en mano y con el escaso valor que le

quedaba, respondió así á la pregunta del Berrugo:

—Ni Dios lo permita, señor don Baltasar... Lo que hay es que _me

caminaba_ de la visita, ¿está usted? y pasando por delante de la

portalada, me dije: «¡vaya una temporada que hace que no he estado

yo en esta casa! Pues vamos adentro á saludar á esos señores... y

quizás del tiro hable yo al señor don Baltasar de un asunto que puede

importarle.»

Don Baltasar se hizo el admirado de lo del asunto que podía importarle;

y mientras se resobaba la barbilla con la mano libre, exclamó:

—¡Hola, hola! ¿Conque nada menos que eso? ¡Vea usted cómo, por donde

menos se piensa suele venir la fortuna!

—No lo dije por tanto, señor don Baltasar; pero ya que estamos en

ello... valga poco ó valga mucho, hablándolo puede verse.

—¿Y usted desea que hablemos de ese asunto?

—Si usted me concede ese favor...

—Yo, señor don Elías—dijo entonces el Berrugo andando hacia la sala,

después de haber echado por delante con un ademán expresivo al

médico,—siempre estoy dispuesto á conceder cuanto se me pida, no siendo

dinero; porque ese, para mí le quisiera yo.

Esta advertencia fué otro jarro de agua para don Elías; el cual, sin

darse por entendido, dijo según iba andando y sin volver la cara:

—¿Supongo que doña Inesita y _doña_ Romana seguirán tan buenas como

siempre?

—¿Doña Inesita y doña... _quién_?—preguntó don Baltasar con una fuerza

de acento en el _quién_, que la sintió don Elías en los ríñones, lo

mismo que si por allí le hubiera atravesado el Berrugo con las puntas

del horcón.

—La _señora_ Romana, quise decir—replicó en seguida el médico,

subiéndole fuego hasta las orejas;—sólo que como ella es tan... vamos,

tan digna... por su...

En esto dió un horconazo en el suelo don Baltasar, y dijo á don Elías,

hallándose ya ambos en la sala y junto á las primeras sillas:

—Aquí.

El médico se dejó caer en una, como herido del rayo, y el Berrugo cogió

otra y se sentó enfrente de él sin soltar de las manos el horcón,

puntas arriba. Parecióle increíble; pero hubiera jurado don Elías que

lo que le iba poniendo nervioso era la visión incesante del trasto

aquél.

Sentados ya los dos personajes, el de fuera se encontró sin ánimos

bastantes para exponer su demanda con el método y el arte que él había

ideado en sus repetidos ensayos, á fin de que el negocio resultara á la

luz y á la altura que pedía para que se viera como debía ser visto; y

comprendiendo que entrar con falta de alientos y sin pizca de serenidad

en una batalla, es lo mismo que perderla, acudió al recurso que nunca

le faltaba para enardecerse un poco: á traer á la memoria aquellos

treinta millones heredados por «la familia,» y aquellos tiempos en que

las mujeres de la suya vestían seda, y andaba la plata maciza tirada

por los suelos de la casa. Y, efectivamente, lanzar sus recuerdos á

orearse en el florido campo de aquellas magnificencias, y comenzar

el hombre á trasudar, á revolverse en la silla, á echar lumbre por

los ojos y á redoblar en el suelo con la contera del bastón, fué todo

uno. Ya estaba en lo firme; ya no se le daba una higa por la cara

mordaz del Berrugo ni por el horcón que tenía entre manos. Expondría

su pretensión; se reiría de ella el avaro ó no se reiría: lo mismo le

daba: él habría desarrollado en toda su pompa el cuadro de sus pasadas

grandezas; el grosero jándalo le habría visto, deslumbrándose; y,

cuando menos, siempre quedaría patente el derecho que tenía un hombre

que fué tan poderoso, á pedir en días de decadencia el auxilio de un

patán afortunado. Atrincherado de tal suerte, don Elías rompió el

fuego en estos términos, después de pasarse el pañuelo por la frente

enardecida y sudorosa:

—Cuando se perdieron en la quiebra del Marqués aquellos treinta

millones de la familia...

—¿Cuántos millones?—preguntó socarronamente don Baltasar, bamboleando

un poco el cuerpo medio colgado con las manos del mango del horcón.

—Treinta, más que menos,—respondió hasta con altivez don Elías, después

de carraspear y de estremecerse un poco.

—Preguntábalo porque me pareció haberle oído á usted en otra ocasión

que los millones esos no eran tantos.

—Treinta han sido siempre: créalo usted—repuso don Elías con el más

admirable de los aplomos.—Los estoy viendo á cada hora, lo mismo que

si los tuviera en la mano, en onzas de oro... Porque así vinieron de

América, señor don Baltasar, ¡en onzas de oro!... y en onzas de oro los

apandó aquella garduña de Madrid; y en onzas de oro comenzó á hacer

el reparto del caudal, recreándose ya en la zancadilla que nos tenía

armada. Toma tú tres, toma tú dos y medio, porque los negocios así y

los cambios de otra manera, á mi padre le engatusó por el pronto con la

miseria de veinticinco mil duros, á cuenta de los catorce millones que

le correspondían á él solo como principal heredero, por pariente más

cercano de mi difunto tío... Semanas van, meses vienen: el Marqués no

volvía á resollar; mi padre le escribía carta sobre carta; el hombre no

las contestaba... hasta que, amigo de Dios, un día... ¡zás! (aquí la

voz del médico comenzó á ser cavernosa, la mirada de loco y el ademán

melodramático), de golpe y porrazo, la noticia de que el banquero se

había presentado en quiebra con un pasivo de doscientos cincuenta

millones... de pesos fuertes... ¡Toda nuestra fortuna al suelo, de la

noche á la mañana!... ¡Aquel capitalazo, hecho polvo de repente, y la

familia rodando desde las mayores alturas del esplendor, hasta la pura

miseria!

En aquellos momentos don Elías tenía los ojos arrasados en lágrimas.

Don Baltasar, que no podía oir hablar de millones sin sentir la

nostalgia de ellos, olvidado por un instante de que trataba con un

iluso, ó no queriendo, ni en broma, transigir con la impunidad de

tamaños delitos, preguntó con una seriedad y un interés dignos de su

interlocutor:

—Pero, hombre, y esos tribunales de justicia ¿no valen para nada?

En seguida conoció don Elías que el sujeto aquél estaba agarrado por el

interés conmovedor de la historia. Enternecióle esto mucho más, lanzó

dos sollozos y respondió, corriéndole las lágrimas por la faz abajo:

—¿Y qué tribunal se atreve, señor don Baltasar, con un hombre que

quiebra de ese modo? ¿Qué juez ni qué emperador le mete mano?... Mi

padre pensaba como usted... ¡Ojalá no hubiera pensado tal! pues por

sostener sus derechos, dejó en manos de la justicia los veinticinco mil

duros que había recibido á cuenta, y cerca de otros tantos que eran de

su patrimonio. (Aquí una pausa con puchero.) Por lo demás, bien se sabe

quién le hizo la puerta de escape al ladrón, y cuánto costó hacerla;

qué personaje tomó cinco, y qué otro recibió diez; y se pasmaría usted

si yo le dijera hasta qué alturas llegaron esos caudales, y qué manos

se ensuciaron en ellos. (Otra pausa sin sollozo, pero con suspiro

hondo.) En fin, mejor es no hablar de estas cosas. (Exaltándose un

poco.) Pero le aseguro á usted que si á contar me pusiera, tendríamos

tela para lo que falta de año, y sin cerrar boca... El único consuelo

que nos ha quedado, si consuelo puede llamarse, es que el facineroso

no gozó mucho tiempo el fruto de su rapiña. Pasó á París de Francia,

donde estaba ya á buen recaudo lo nuestro y lo de otros infelices;

dióse allí á la orgía y al vicio sin freno, y acabó malamente, comido

de enfermedades viles y asquerosas...

Fuera por haber caído ya de su burro, ó porque considerara bastante

castigado al ladrón con aquella clase de muerte, don Baltasar cortó

aquí el relato de don Elías con un horconazo en el suelo y estas

palabras imperiosas:

—Al caso.

—Vuelvo á él—respondió don Elías dócilmente, y aun muy satisfecho del

éxito de la primera parte de su empresa.—Cuando se perdieron en la

quiebra dicha aquellos treinta millones de la familia...

—¿Otra vez?

—Es para mejor empalme del relato, señor don Baltasar... Digo que

cuando se perdieron aquellos treinta millones de la familia, me hallaba

yo á pique de finar la carrera, carrera que yo estudiaba de puro

lujo desde que se supo en España la muerte de mi tío en Méjico y la

atrocidad de caudal que nos dejaba. Fortuna que no me cegó la pompa, y

que, contra lo que mi padre quería, seguí dándole firme á los libros,

por un por si acaso. ¡Bien pronto llegó, señor don Baltasar! Recibí

el título amargado con las pesadumbres propias de nuestra desgracia;

salióme un partido en la Rioja... y á la Rioja me fuí de médico,

también contra el consejo de mi padre, que quería dejarme en Madrid á

la sombra de los grandes y poderosos amigos que tenía por allá, y bien

seguro de hacerme facultativo de viso y nota en poco tiempo... Caí en

gracia en el partido y gané un dineral en él. Caséme allí y puse á la

médica en el rango que la correspondía. Tuve una hija que se envolvió

en bien finos pañales; solicitáronme luégo con gran empeño desde

Zamarrillas, uno de los mejores partidos de la provincia de Valladolid,

y fuíme allá. Me pagaban de lo bien, y yo sacaba más de otro tanto por

fuera de mi obligación. También dejé esta mina por otra, y la otra por

la de más allá; y así, señor don Baltasar, aumentándoseme las hijas y

los haberes según cambiaba de lugares, mi casa parecía un platal, y la

familia relumbraba de nutrida y bien puesta. ¡Tonto de mí que tanto

trabajé para que no se colocaran las cuatro chicas con las brillantes

proporciones, que las perseguían por donde quiera que andaban!... ¡Ya

se ve: todo me parecía poco para ellas! Otro gallo las cantara... y

también á su padre, desde que vino la negra para todos. Y la negra fué

que la suerte se cansó de ampararme en cuanto bajé de Castilla y entré

en este pueblo con mis cinco carros de equipaje; porque no traje menos,

como fué público y notorio... Se acabó el sobresueldo, porque chismes

y malos quereres lo prepararon así; y hubo que comer de lo ahorrado;

y ¡allá van las onzas de reserva! ¡y allá los cubiertos de plata por

docenas!... ¡y allá las sobrecamas de seda fina!...

—Pero, señor don Elías—dijo aquí don Baltasar que, colgado como siempre

del horcón no apartaba los ojos de los del médico:—paso lo de los cinco

carros de equipaje, porque no los ví, y paso lo de las minas que iba

dejando usted atrás, porque me basta que usted lo afirme; pero tantas

onzas de oro y tantas colchas de seda y tantos cubiertos de plata

echados á la calle para jamar de ello desde que vino usted á Robleces,

antójaseme demasiado apetito ó muy mala administración.

—Le canto á usted el Evangelio, señor don Baltasar—respondió el médico

sin detenerse delante del reparo.—Esto se prueba al aire y cuando se

quiera, porque es de las cuentas que se sacan por los dedos... ¿Usted

sabe lo que ha consumido solamente la médica en los años que se lleva

metida en la cama, y antes de meterse en ella, de estos baños á los

otros y de estas aguas á las de más allá?

Don Baltasar, que después de hechas las observaciones que le valieron

esta réplica, había reclinado la frente sobre las manos con que

empuñaba el horcón, la alzó de pronto; y dando otro horconazo en el

suelo, volvió á decir á don Elías, en el mismo tono imperioso de la

otra vez:

—¡Al caso!

—Iba á tratar de él en este instante, señor don Baltasar—replicó don

Elías acudiendo presuroso á la advertencia.—El caso es—continuó,—que

desde que estoy en Robleces, me despistojo y me aso, y atormento el

magín para buscar una industria que me ayude á salir avante con la

carga que tengo sobre mí; que todo cuanto he discurrido me ha fallado;

que las cosas se van poniendo en mi casa de modo que ya no dan espera,

y que estoy resuelto á probar el último recurso, para llevar á cabo mi

idea, que no puede mentir, según yo la tengo pesada y medida.

El Berrugo había vuelto á reclinar la cabeza sobre las manos; y don

Elías, muy satisfecho de ello, hizo un alto en su discurso, como para

adquirir nuevos alientos. Después continuó así, para aplazar otro poco

la verdadera entrada ea el asunto.

—Lo cierto es, señor don Baltasar, que mi situación tiene bien poco

de envidiable. Cuento ya sesenta años, y llevo treinta y cinco de

médico de partido, sin un solo día de descanso, sin una sola noche de

dormir con tranquilidad... No tengo un vicio de que arrepentirme...

¡ni siquiera fumo!... Como lo que me dan; á veces... nada, porque no

lo hay... Gano una miseria, y esa mal cobrada; me debe este vecindario

más del tercio de mis sueldos desde que vine... ¡Lo juro por Dios que

me oye! Reclamo las deudas, y casi se ríen de mí los deudores; porque

lo que se niega al médico no se toma á pecado. Ya se ve, ¡gasta levita!

¡Si ellos supieran que no hay maldición que pese tanto como la levita

de los pobres!... Pero si no me paga el concejo, tengo consultas,

apelaciones... Es verdad: de higos á brevas llega á mi casa un enfermo

de algún lugarejo de los más cercanos (cuando no le vuelven desde el

camino con calumniosos informes los que aquí no me quieren bien); me

entretiene hora y media para explicarme mal lo que le duele; gasto

yo cerca de otro tanto en decirle lo que es y cómo debe curarse; le

pido al fin tres pesetas por mí trabajo; parécele mucho, y empieza á

llorarme desventuras; y por no perderlo todo, tengo que conformarme

con la mitad... cuando no me la queda á deber para no pagármela nunca.

Alguna que otra visita cae fuera de Robleces... Pues ande usted legua

y media á pata, porque nunca me dió el oficio para el lujo de una

caballería de las peores... ande usted legua y media así por montes

y barrancos, y otra legua y media de vuelta; sude usted los hígados

y eche la entraña por la boca, ó métase usted en el barro hasta los

corvejones y cálese de agua hasta los huesos, y tómese para regalo

del estómago y compostura de los zapatos que ha roto, ese medio duro

ó esas cuatro pesetas que le valió la salida... Esta es la verdad...

¡la triste verdad!... Y viva usted así, señor don Baltasar, con cinco

mujeres en casa, una de ellas tullida, y las otras... medio desnudas,

desesperadas y hambrientas, porque son las hijas del médico y no pueden

ir á ganar la comida sallando los maizales del vecino... No tengo

deudas, es cierto; pero falta saber si podría tenerlas aunque quisiera.

Al labriego más pobre no le niega nadie una peseta, porque, cuando

menos, tiene un azadón que lo vale; el médico no tiene nada, nada con

que responder, si no es la negra cruz de su levita... De esta manera

¡bueno está de considerar! la vida no es vida, la salud se quebranta...

el humor se ennegrece... falta muy á menudo la paz en la familia; y

á fuerza de ver uno pura tiniebla donde quiera que pone los ojos...

créame usted, señor don Baltasar, casi tengo por afortunados á los

pobres enfermos que acaban entre mis manos...

También era triste, bien triste, la voz de don Elías cuando hablaba

así, y también acabó de hablar brotándole gruesas lágrimas de los

ojos; pero éstos no chispeaban ni aquélla era forzada y teatral como

la otra vez, por obra de un sacudimiento del organismo impresionado

pon una visión histérica. El último relato era la realidad, un pedazo

de la vida del relatante; y las lágrimas que lloraban sus ojos, venían

derecha y sosegadamente del fondo del corazón. Pero como esta vez no

se trataba de millones estafados, don Baltasar no se interesó poco ni

mucho en aquel triste capítulo de la historia del médico; lejos de

interesarse, y mucho más de conmoverse, alzó la cabeza que había tenido

apoyada sobre las manos, y manifestó sus impaciencias inclementes con

un nuevo horconazo en el suelo y estas palabras, bien duras de acento:

—¡Al caso, don Elías, que me voy aburriendo y tengo que hacer!

Y á echarse iba en él de golpe y porrazo don Elías, después de suspirar

muy hondo, cuando entró Inés en la sala para advertir á su padre que le

llamaban abajo, no sé para qué menesteres.

—Pues ya hablaremos en mejor ocasión,—dijo don Elías dispuesto á

marcharse, después de haber saludado á Inés y al ver que don Baltasar

se levantaba de la silla.

—De ninguna manera—respondió el Berrugo, obligando al médico á que

volviera á sentarse.—Tengo ya empeño en conocer esa mina que trae usted

entre cejas, y hoy mismo ha de ser, porque no respondo de hallarme con

tanta paciencia otro día. Acompáñale tú, Inés, que vuelvo pronto.

Salió don Baltasar, quedóse el médico, y se sentó á su lado Inés con la

misma indolencia, el mismo ropaje y la propia traza con que la vimos la

noche antes entrar en la cocina y coger los peces por el rabo.

[Ilustración]

[Ilustración]

IX

LAS COSAS DE DON ELÍAS EL MÉDICO

Desde aquel instante, ya fué don Elías otro hombre; porque el médico

de Robleces tenía esa gran fortuna en medio de tantas desgracias:

un simple cambio de escena bastaba para dar nuevo colorido á sus

pensamientos. Á solas con Inés, ya no se acordaba de su padre ni de

los asuntos que con él acababa de tratar: otros cuidados muy distintos

comenzaron á devorarle y á consumirle. Hubiera dado una oreja por saber

de la boca misma de Inés si estaba ya bien enterada de los intentos con

que entraba en su casa Marcones el de Lumiacos, y si, caso de estarlo,

le habían parecido mal, como era de suponer. Había averiguado él estos

intentos con un lujo increíble de pesquisas, y hablando mucho de ellos

entre sus hijas, que se perecían por esas cosas, y en varias cocinas

del lugar y hasta en medio de la calle, de lo que fué testigo el

lector; y era muy natural que ardiera en deseos de inquirir lo que le

faltaba, y de beberlo en buena fuente, por el gustazo de correrlo en

seguida por el pueblo, sin olvidarse de bajar á Las Pozas en busca de

Pedro Juan, que era el último con quien había tratado del negocio de

Marcones, para decirle, como á todo el mundo: «Lo sé de su misma boca:

Inés no le traga por buenas; y antes será muerta que convencida.»

Porque para el médico no tenía duda que Inés aborrecía á Marcones, si

Marcones la había descubierto tanto así de sus ambiciosos planes; y

menos lo dudaba cuanto más paraba los ojos en la hija de don Baltasar,

con su mirar tan dulce, con su estampa de princesa... y con un caudal

«tan atroz;» porque, á juicio de don Elías, «debía de ser atroz el

caudal de aquella chica, después de la barbaridad que había heredado de

sus abuelos de San Martín de la Barra.»

Pero ¿por dónde le hincaba el diente al asunto? Cabalmente era hombre

que no servía para tanteos insidiosos: lo reconocía él mismo; le

acosaban demasiado las impaciencias, y en seguida se le iba la burra.

Enfrascado en estos cálculos que le ponían nervioso, don Elías dejaba

pasar el tiempo sin dirigir una sola palabra á Inés, la cual se

extrañaba de aquella mudez en un hombre tan comunicativo y locuaz

de ordinario. Reparaba también la hija de don Baltasar en la avidez

cariñosa con que la contemplaba el médico, y en el desasosiego con que

se revolvía en la silla; y haciéndole suma gracia todas aquellas cosas

de don Elías, acabó por sonreirse sin apartar de él la mirada medio

escondida entre los párpados, contraídos por unos frunces muy monos.

No sé si creía el médico de Robleces en el fluido magnético y en las

corrientes simpáticas, ni si había oído hablar de ello siquiera en

todos los días de su vida; pero lo que no tiene duda es que andando él

en lo más empeñado de sus hipótesis y escarbando con la imaginación en

los profundos de la mente de Inés, fué cuando ésta le sonrió; y tan

preocupado estaba el hombre y tan aferrado á su idea, que en aquella

sonrisa vió y oyó clara, clarísimamente, que le preguntaba Inés, así,

en estas terminantes palabras:

—¿No es verdad, don Elías, que he hecho bien en negarme á eso?

Con lo que el iluso acabó de dispararse, y respondió en voz firme,

acompañándose de un bastonazo en el suelo:

—¡Sí, señora!... ¡admirablemente! ¡perfectísimamente! ¡Y le está muy

bien empleado al sin vergüenza!... ¡Y que vuelva por otra!...

—¡Pero, don Elías!...—exclamó Inés sobresaltada con aquel estallido del

médico.

Despertó éste de su pesadilla con la exclamación de Inés, y se deshizo

en excusas; pero sin arrepentirse de la «providencial» alucinación.

—Perdone usted, Inesita—la dijo.—Tengo la desgracia de interesarme

demasiado por los negocios ajenos... pero también el don de leer claro

donde el más lince no ve jota... Es el temperamento, créalo usted. ¡Á

veces me arden allá dentro unas luces!... Y como sucede además que

tengo la costumbre de soñar recio...

Y al mismo tiempo pensaba:

—Ha sido una entrada como otra cualquiera; y me alegro, porque el golpe

dado está, y ya sabes á qué atenerte... como lo sé yo también por lo

que se te ha escapado... Al buen entendedor...

La Puchera · 第 6 / 28 段