siguiente modo:
—Yo voy ahora mesmo á Las Pozas, porque nesecito verme con Pedro
Juan. Bien cercuca está ya la su casa: en dos saltucos estoy allá.
Curriente... Yo llego á verme con el Josco y le digo: «Pedro Juan, no
vengo al auto de lo de ayer tarde en la ré... Tuve un pronto allí,
tuvistes tú otro, mos desapartaron... y sacabó esa historia... Yo
no te quiero mal, aunque otra cosa te digan malos quereres y piores
lenguas; pero bien sabes que me pasa... esto y lo otro y lo de más
allá...» ¡Recongrio! que me pasa esto no lo puede negar él; y no
pudiendo negarlo, en josticia estoy al hablarle de lo que le hablo.
¡Pos, hombre, podía no conocerlo así!... Curriente. Que lo conoce y
me contesta:—«Quilino, ¿qué es lo que quieres de mí?»—«Pos, hombre,»
le digo yo, «que anoche estuviste en cá Pilara; que no sé, á la hora
presente, si hablastes ú no hablastes en finiquito; y que si hablastes
ú no, y si te arrespondió que tales ó que cuales, lo quiero saber de
tu boca y no de la suya, pa acabar así primero con esta consumición
que me está acabando á mí...» ¡Recongrio! me paece que tamién esto es
de lo menos que puede decir un mozo que se ve como yo me veo... Si el
Josco fuera un sujeto del aquél de los demás sujetos, no habría qué
sobre el caso; pero tras de que nunca es él muy parcial ni explicativo,
es hombre de lunas; y cuando la tiene, como paece que la tenía ayer
en la Arcillosa, larga la guantá antes que la palabra... Esto hay que
conocelo y estimalo en el caso presente; porque ¡recongrio! yo tamién
soy hombre de güétagos; y en cuanto doy con otro que tal, me enrito en
un periquete y me... Vamos, ¡congrio! que me pierdo... ¡me pierdo!...
Pos pinto el caso que le da por la güeña, y me dice:—«Quilino, de eso
que deseas saber, no hay ná hasta la presente, porque no solté anoche
palabra anguna sobre el particular...» Pos ¡congrio! á un hombre
que arresponde esto, bien se le puede decir, sin agraviale:—«Pedro
Juan, ó al río ú á la puente: si te paece poco un día, toma dos...
ú cuatro ó cinco; pero, pasaos que sean, si no has roto á hablar en
ellos, déjame el campo á mí: ya sabes que estoy á resultas...» Pero
¡congrio! _(Quilino se levantó de repente, y se arrancó el sombrero
de la cabeza.)_ ¡Si el pior mal consiste en que Pilara está jalando
de la lengua á ese animal; y anque él se empeñe en callarse la boca,
le ha de hacer ella que cante! _(Al suelo el hongo.)_ Y como él no
desea otra cosa... _(patadas al sombrero)_ agarraráse al supuesto pa
lograr lo que no puede de por sí sólo... _(Más patadas.)_ ¡Collonazo!
¡Cobardón!... _(Amenazas á la casa del Josco, con los puños cerrados.)_
De modo y manera que el verme yo con el Josco, séase en güeña paz, ó
séase en guerra que nos destrompe á los dos, es lo mesmo que empiorar
la cosa pa insécula sinfinito... _(Recoge el sombrero.)_ Onde yo tengo
que dir ¡recongrio! y va á ser ahora mesmo, es á verme con Pilara. Ella
es quien debe decirme lo que pasó anoche allí; y por poco que me quede
en limpio, quedaráme el consuelo _(puñetazos al hongo)_ de desfogar la
corajina cantándola á la oreja avangelios que la saquen las colores á
la cara... ¡Ya verá si no hay más que dar á un hombre como yo con la
puerta en los bocicos, como se corrió en la Arcillosa!... Y respetive
al Josco... ¡nos veremos tamién en su hora y punto! _(Se encasqueta el
sombrero.)_ ¡Ay, recongrio!... ¡qué negro va á ser ese día en Robleces!
Y con esta amenaza entre dientes, tomó Quilino á medio galope, varga
arriba, el mismo sendero que acababa de recorrer varga abajo.
[Ilustración]
[Ilustración]
VII
CUENTAS DE FAMILIA
Quilino obró como un sabio cuando retrocedió desde el portillo de la
sierra. Si llega á bajar á Las Pozas, no vuelve á su casa tan entero
como de ella había salido. Estaba el Josco aquella madrugada, que metía
miedo.
—Cuenta, Pedro Juan,—le había dicho la noche antes su padre (que ya
le esperaba con la torta cocida y la cena dispuesta) en cuanto le vió
entrar, de vuelta de su viaje al barrio de la Iglesia.
Pero el Josco, aunque se había sentado á la cabecera del banco que
servía á los dos de mesa y de asiento á la vez, ni decía palabra ni
probaba bocado. Le daba ira y vergüenza lo encogido y desatento que
había estado con Pilara. Al cabo, y en fuerza de apretar el Lebrato, se
habían enredado el hijo y el padre en la siguiente conversación, entre
_mojada_ de tortuca en la sartén, y pellizcos á la hebra de los mubles
recién fritos en ella:
—En primeramente la dí los peces.
—¿Á quién?
—Á ella.
—¿Á Pilara?
—Á Pilara.
—¿Y qué?
—Y que... ná.
—¿Cómo que ná, hombre?
—¡Coles!... que no me atreví tampoco. ¿Lo quiere más claro?
—Pos ¿sabes lo que te digo yo á eso, Pedro Juan? Pos te digo que
¡lástima de peces! Y te digo más: te digo que ¡lástima de calzones que
llevas puestos! Faldas de baeta te sentarían mejor. Las cosas claras.
—Respetive á este punto, padre, lo mesmo digo yo de mí mesmo. Vergüenza
me da ser tan hombre como soy, y portame como me porto con Pilara...
¡Y si dijiéramos que ella!... Pero ¡coles! ¡si es una dulzura conmigo!
¡Si ella mesma me abre la boca y me pone la palabra en los labios! No
me queda ya más trabajo que echarla haza juera... ¡Pos ni eso, coles!
¡ni eso poquitín puedo hacer de por mí solo!... Allí estaba Quilino
cuando llegué yo al goterial. Apartóse ella de él, y vínose conmigo
hecha unas pascuas en cuanto me vió. ¡Gloria me daba el mirarla, tan
arrogantona y tan!... Quilino escapó enestonces ajumando de iras...
«Pos voy á dala los peces ahora, díjeme pa mí solo, y pué que así me
atriva mejor...» Y la dí los peces; pero por más que los emponderó
ella, yo ná, padre, ¡lo mesmo que si me hubiera metío otros tantos en
el guandate!... Pude haber roto á hablar si aquello dura, porque era
mucho lo que yo me empeñaba en ello; pero antojósele á Pilara enseñar
los peces á la gente del portal, llamáronme aentro, dióme vergüenza
entrar... y escapéme. Avergonzóme esto más entoavía, y golví... Llamé
á Pilara, salió de contao, díjome que me atriviera á decirlo cuanti
más luégo... y ¡coles! ¡ni por esas me atreví!... y escapéme otra
vez, sin parar hasta la casa de ese hombre. Al golver de ella, Pilara
esperándome á la ventana de la cocina; y yo ¡recoles! tapándome las
orejas por no oirla tusir de mentirucas, y apretando á correr calleja
abajo, como si los demonios me llevaran... y creo que es la pura
verdá... Y no hay más que esto, padre... Ahora, déme cuatro mascás,
que, por cobardón y baldragas, bien merecías las tengo, ¡recoles!
—No es de ese modo, Pedro Juan, como hay que curarte esa cobardía
que paece cuento en un mozo de tantas agallas como tú pa otros
particulares de mayor compromiso. La cura esa, bien dicho te tengo cómo
se ha de hacer, y así hay que hacerla; y así se hará sin tardar mucho,
porque pué llegar el caso, Pedro Juan, y te hablo con la experencia
de los años, de que pierdas la güena estima en que la moza te tiene,
por esa falta que nunca pega bien en los mozos casaderos. Mal paece un
hombre que en tales casos peca de atrevido, y mucho le agobia esa mala
fama; pero que te libre Dios de dar en tierra por menosprecio de mujer
por lo contrario: no te güelves á levantar en toa tu vida.
—Pos esa es la que me quema á mí tamién, padre, que por demás la
conozco.
—Si la conocieras bien y te quemara mucho, otros jueran tus arranques
por no caer como lo temo.
—¡Le digo, padre, que me abrasa!... Porque, á más á más de cabeme esos
recelos, cá vez estoy más alampao por ella.
—Vamos á cuentas claras, Pedro Juan; y que sean éstas las últimas que
echemos sobre el caso. Á la vista está, y bien de veces hemos convenío
en ello, que aquí hace falta una mujer, porque el desgubierno en la
casa nos come la metá de lo que agenciamos fuera de ella: esa es la ley
y lo será siempre en la hacienda de los pobres. Pilara es hacendosa;
Pilara es honrá; Pilara es la rebustez y la limpieza andando; Pilara
te tiene á tí hasta en más de lo que por mi cuenta mereces, con merecer
no poco; Pilara, con su por qué pa el día de mañana, supiendo la
probeza y los ahogos de tu padre, güelve las espaldas á más de tres
mozos bien pudientes pa darte la cara á tí; en su casa no hay quien no
la alabe el gusto; saben que si tu llegas á entrar allí como marido de
ella, ha de ser pa traétela á Las Pozas, y con too y con ello te abren
las puertas de par en par y te hacen, como el otro que dice, la puente
de plata.
No quiero meter en la cuenta, pa el respetive, la güena ley que dende
mozos nos tuvimos su padre y yo, por lo que siempre fueron esta casa y
la suya como la uña y la carne; pero séase lo que se juere, por unas ó
por otras, por lo de acá ó por lo de allá, ó mírese por arriba ó por
abajo, Pilara caería aquí como de los mismos cielos de Dios... Y ahora
te digo que ha de caer; y pa que caiga, ya que tú no sabes amañarte, me
amañaré yo hablando por tí...
—¡Coles, que me da mucha vergüenza eso!
—Más vergüenza debía darte lo otro... Hablará don Alejo si no...
—Tampoco, ¡recoles! Pior que pior.
—Pos no hay otro remedio pa curar los tus males, y con él he de
curátelos, Pedro Juan, por éstas que son cruces, si no los curas tú
bien aína por tí mesmo. Y dejemos esto aquí, como el acero en su vaina,
y vamos al otro particular. ¿Qué te dijo... ese hombre?
—¡Mal rayo le parta!
—¿Eso te dijo?
—Lo digo yo, padre, porque así mesmo lo deseo.
—Mal deseao, Pedro Juan.
—¡Es un retuno desalmao!
—Anque lo sea: no se puede desear mal á naide, por mucho que lo
merezca... como ese.
—Pos le daremos confites si no, ¡recoles! ¿Le paece?
—Tampoco, Pedro Juan; que es tan malo no llegar como pasarse... y vamos
al punto. ¿Qué te dijo... ese hombre?
—Pos ese hombre me pagó el regalo, ajustándome la cuenta de lo pescao
esta tarde en la ré, á peseta la libra.
—Media hora hace, Pedro Juan, que vino á comprarlo en junto la
_Bisoja_, y á tres reales se lo dí, grande con chico. ¿Y qué montante
sacaba él?
—Tres duros justos, á ojo de quince libras que él amontonó porque le
dió la gana.
—Á tener que pagarlo de su bolsa, ya hobiera corrío menos el peso.
Trece libras y media resultaron, que valieron cuarenta reales y medio.
Y ¿pa qué te ajustaba esa cuenta, Pedro Juan?
—Pos ¿pa qué había de ser, coles? Pa llamase á la parte.
—¡Alma de Satanincas! Por mucho ruego, pude sacar á la Bisoja tres
pesetas de presente. Dios sabe cuándo veremos lo restante, aunque quedó
en traelo mañana antes de la otra ré. Y tú ¿qué le dijistes?
—Se las canté claras. Sólo que hubiera querío yo cantáselas á guantás,
mejor que con la lengua.
—No te diré que no lo mereciera bien; pero, por sí ó por no, Pedro
Juan, nunca te dejes llevar de súpitos cuando con él te veas.
—¡Ésta es más gorda, coles!
—Será lo que te paezca; pero así están las cosas, y así hay que
tomarlas: á contrapelo. Ya lo sabes tú tan bien como yo. Lo que importa
es no olvidarlo, porque en manos de ese hombre está el poco pan que
tú y yo comemos. Por güenas ó malas artes, suyo es hasta el aire que
alendamos aquí... y un pico más que mediano, que es la espina, Pedro
Juan, la espina que nos ajuega. Á lo otro, ya estaba uno avezao; y con
darle media cogecha al cabo de cada año, pagos y finiquitos juéramos,
y en paz con el dimoño. ¡Pero esa espina!... Verás tú la cuenta:
cuarenta duros jueron los emprestaos por él cuatro años hace; no ha
pasao dende estonces una mala peseta de su mano á la mía; nusotros
le damos cada año un güen qué de la ganancia de la pesca, y con too
y con ello sube la trampa á más de sesenta duros á la hora presente,
dispués de pagao por parte el total de rentas y aparcerías, por
tierras, casa, embarcaciones y ganao. ¿Cómo puede ser esto, hombre de
Dios? Loco me güelvo pa aclararlo; y él, con decirme que es motivao al
réito y enseñame un papelón escripío de números y encareceme mucho esos
favores, firmo el recibo que me pone por delante, ¡y arriba siempre la
marea! Y conoce, Juan Pedro, que te roban, ¡y aguántate sin resollar
palabra, por temor de que no te dejen de la noche á la mañana á las
temperies de Dios, sin otro amparo que lo puesto!,.. ¿Te paece, Pedro
Juan, que con estos caudales se puede echar roncas á... bribones como
ese?... Hoy salió tal cual ayuda de la ré; en la de mañana y en la
otra, sabe Dios lo que saldrá. Si el tiempo sigue al nordeste, iremos á
la mar con la barquía, á la mojarra y á los durdos, de día ú de noche,
según tercien otros trabajos; algo dará en su tiempo la ostra; y en
las noches que se pueda salir de la barra en la otoñá, al anguilo otra
vez ¡y quiera Dios que con mejor suerte que en esta última campaña de
primavera!... Pos iremos comiendo de ello, hasta la cogecha del maíz,
sin que se nos vaya la mano; y el sobrante, al pozo de ese hombre sin
calo, pa que suba otro poco la marea de la trampa... Esto bien lo sabe
él. Pos ¿á qué te va con esas cuentas, como si aquí las tuviéramos
olvidás ó nos diéramos á la bribia, y no hubiera caído en sus manos
lo que jué mío, por desgracias que Dios dispuso y trampas que me jué
armando Satanás?
—¡Hay que matar eso, padre!
—¿Cuál, hijo?
—Esa trampa.
—¿Con qué?
—Con el ganao que sea nuestro: ya se lo he dicho más veces.
—¡Si no alcanza, bobo! Tamién te tengo ajustá esta cuenta. Las dos
vacas son suyas; y en las dos novillas, no tenemos más que la metá: una
novilla, vamos.
—Pos con esa novilla y lo que se le pueda arrimar de la pesca de too el
año...
—La metá de la trampa; y ten por cierto, Pedro Juan, que si no la matas
de un golpe, tanto le entregues á cuenta de ella, tanto pierdes.
—¿Por qué ha de ser eso, coles?
—¿No te lo tengo bien dicho? Motivao al réito de lo que queda en pie.
Así lo arrojan los números que él hace.
—Es que ese día ¡coles! iría yo á hacer la entrega; y mano á mano con
él, onde no me oyera naide...
—Pior que pior, Pedro Juan. La mocedá es mala consejera: créeme á mí
que soy viejo y tengo bien conocío á ese hombre. Pa cada gustazo que tú
quisieras darte como ese que dices, tiene él veinte modos de echarnos
á perder. Bien que pensemos en arrancar la espina antes con antes,
y claro está que ha de ser con la ayuda de la novilla y lo que vaya
viniendo por onde Dios disponga; pero hoy por hoy, que no tenemos el
completo, el temporal en los prefundos y en la cara el güen celaje. Eso
vengo hiciendo yo, Pedro Juan, un año y otro. ¡Qué poco pensarán los
que me ven hecho unas tarrañuelas en la ría y en la mies, que tu padre
tiene pesaumbres que le roban el dormir más de cuatro veces!... Y ¿qué
quieres que te diga, hombre? Sobre que al cabo y al fin no ha de sacar
uno mejor zoquete llorando que riéndose, lo que uno se ría, aunque sea
de mala gana, eso saldrá ganando.
—Va en genios.
—Verdá es en parte; pero entra por mucho en ello la experencia de los
años. Y quédese esto así, por ahora; piensa en lo tratao endenantes
sobre el particular de Pilara, que es de más urgencia de lo que tú te
feguras; tapa esos tizones... y vámonos á la cama.
Mucho atormentó al formalote y honrado Pedro Juan, en los primeros
ratos de insomnio, el recuerdo de las maldades del Berrugo con su
padre; pero aún le desveló mucho más el examen de su conflicto con
Pilara: entraba tanto en la pelea lo amargo como lo dulce; y así
sucedió que, lo mismo soñando que despierto, el Josco fué toda la noche
un huracán, tan pronto desatado en suspiros clamorosos y temblones,
como en bramidos desaforados que despertaban á su padre. Á la madrugada
siguiente, aún sentía la resaca de tan fiero temporal en los profundos
de su pecho.
¡Y esa fué la ocasión elegida por Quilino para bajar á Las Pozas á
hombrearse con Pedro Juan! ¡De buena se libró el cascarrabias, con
volverse desde el portillo de la sierra!
[Ilustración]
[Ilustración]
VIII
EL MÉDICO DON ELÍAS
La casa de don Elías era la anteúltima del barrio de la Iglesia por
aquel lado en cuya dirección iba él, y se llamaba _la casa de los
Médicos_, por ser la que habitaban todos los titulares del lugar. No
servía para otra cosa en un pueblo de labradores, por su relativa
pequeñez y aseñorada disposición, ni en el pueblo la había semejante
para cumplir los destinos que le habían valido el mote. Cuatro paredes
lisas, dos de ellas ciegas, con balcón y dos ventanas en la del Sur,
y otras dos ventanas en la del saliente; un tejado de dos aguas con
buhardilla y chimenea; la puerta de ingreso debajo del balcón, y
un huertuco arrimado á la pared del Este. Tal era por fuera. Por
dentro: la planta baja con el arranque de la escalera en el fondo; á
la izquierda un pesebre que en tiempos de don Elías sólo sirvió de
albergadero de gallinas, y lo restante para vestíbulo y leñera, sin
solución de continuidad. En el piso, una salita, que también servía
de comedor y, cuando caía una consulta, de despacho del médico; tres
alcobas y la cocina. En lo alto, un desván en el que no se podía andar
de pie; y paren ustedes de contar.
Allí moraba don Elías con su mujer, tullida por el reúma y encamada
seis años hacía, y cuatro hijas mozas, con unos genios y unas
inquietudes que no cabrían en la sierra del lugar. No podía calcularse,
á ojo, la edad de ninguna de las cuatro: cada una de ellas parecía más
vieja que las otras tres; y todas juntas daban, de pronto, la idea
de un montón de orujo, resultante de una cosecha exprimida fuera de
sazón. No se me ocurre comparación más adecuada al aspecto y atavío de
aquellas cuatro mozas. Su padre andaría rayando con los sesenta años,
y llevaba trece de médico de Robleces. Á Robleces fué á parar desde
tierra de Campos, de donde era nativo; y se había casado en un pueblo
de la Rioja, cuyo partido sirvió apenas licenciado en su carrera. Allí
pasó dos años, y tuvo la primera hija; á los otros dos, la segunda
en la provincia de Burgos; y con los mismos intervalos, mes abajo,
mes arriba, la tercera en la provincia de Valladolid, y la cuarta en
la de Palencia; con lo que se deja comprender que no calentaba gran
cosa los partidos, en los primeros diez años de profesión, el médico
don Elías. Tampoco los calentó mucho más en lo sucesivo; pues si de
los primeros le arrojaban, ya su mala estrella, ya la ilusión de
conjurarla cambiando de postura, de los siguientes le fueron echando
las hijas á medida que crecían, y la madre de las hijas según iba
viéndolas casaderas, movidas una y otras del mismo impulso y de las
propias intenciones, siempre y en todas partes malogradas. De estos
fracasos era producto la costumbre de echar pestes aquellas mujeres
contra el lugarejo en que residían, al paso que suspiraban por los
que iban dejando atrás. Pero de ninguno renegaron y maldijeron tanto
como de Robleces, con sus heredades de borona, sus prados rozagantes,
sus cajigales frondosos, sus callejones embovedados de bardales, sus
brisas húmedas, su cielo nebuloso y sus aldeanos cantadores y en
pernetas, que les producían la nostalgia de las llanuras sin fin, del
suelo con rastrojos amarillos, del sol de la chicharra en un cielo
que se perdía de vista, y de las gentes que le resistían impasibles
y taciturnas, envueltas en paño negro, de los pies á la cabeza. Esto
era la hermosura, la abundancia y la vida; Robleces la tristeza, la
escasez y la muerte. ¡Ah! si su madre no estuviera como estaba tantos
años hacía, y por culpa de la indecente charca en que habían caído,
¡qué pronto la hubieran perdido de vista! ¡Allí se habían arruinado
ellas; allí habían consumido el caudal que trajeron de reserva, por
ahorros en otros partidos y restos de la _millonada_ que fué «de la
familia,» y desleales depositarios se comieron de la noche á la mañana!
En tal parte ganaba don Elías dos mil duros en metálico y trescientas
fanegas de trigo, sin contar el filón de las consultas que acudían
de seis leguas á la redonda; en tal otra aún ganaba mucho más, y en
cual otra, mucho más todavía; y en cualquiera de esas partes vestían
ellas de seda, y andaba la plata maciza tirada por los suelos de la
casa. Y todo, todo y otro tanto más, se había confundido en Robleces,
donde su madre estaba agonizando y ellas vestían percal, y de los ocho
prometidos á su padre por el ayuntamiento y los vecinos, no recaudaban
á veces la mitad.
Y por esto, maldición va, improperio viene; y una pelotera con cada
vecina que entraba por aquellas puertas, lo mismo que si fuera verdad
lo de las grandezas pasadas y la millonada «de la familia,» y como
si los de Robleces se lo hubieran comido, y no hubieran gastado las
maldicientes el mismo pelaje que en Robleces en cada lugar de la tierra
que habían habitado.
Pero lo verdaderamente curioso de esta manía, era que don Elías estaba
también contaminado de ella, y que en fuerza de oirlo y de soñarlo,
había concluído por creer á puño cerrado que antes de venir á Robleces
vestían de seda su mujer y sus hijas, andaba la plata tirada por los
suelos de la casa, y hubo «en la familia» una herencia de treinta
millones, de un indiano de Méjico, primo hermano de su padre, la cual
herencia, apenas empezada á repartir entre los parientes del difunto,
desapareció en la ruína fraudulenta de un banquero de Madrid, que la
tenía en depósito.
Pero don Elías no injuriaba á nadie más que al banquero, ni pedía
cuentas á los vecinos de Robleces de los millones estafados ni de las
grandezas fenecidas: antes al contrario, hablaba de todo ello siempre
que podía traerlo á colación, y lo traía á cada instante, en tono
triste y lamentoso (en ocasiones lloraba); y con tal lujo de pormenores
lo refería, que el oyente más incrédulo vacilaba ya. ¿Y cómo tomar
por embustero á aquel hombre tan optimista en todo, tan placentero
y campechano, con aquella cara bonachona y aquel aire de _señor de
aldea_, pero de los limpios y bien hablados? Era preciso estar más
avezado á estudiar caracteres de lo que estaban los rústicos vecinos de
Robleces, para conocer de pronto todo lo que había de candor pueril,
de histerismo, de inexperiencia y de ignorancia, en el fondo de aquel
sujeto, cuya palabra era abundante y jamás mentirosa, si no hemos de
entender por mentira todo lo que se dice ajustado á lo que se cree y se
siente, aunque sea lo contrario de la verdad.
En los momentos de sus grandes alucinaciones, hasta se olvidaba el
infeliz de que su vida profesional fuera de Robleces había sido
también una lucha incesante contra la mala suerte que le arrojaba en
los partidos más pobres; de las torturas en que ponía el ingenio para
inventar específicos ó acometer especulaciones con qué suplir lo que no
daba el partido para matar el hambre, nunca satisfecha, de su familia;
y de que había sido tan poco afortunado en sus invenciones científicas
y en sus empresas industriales, como en la lotería de los partidos
médicos.
Pero pasaba la fiebre; y allí estaba don Elías tan campante,
husmeándolo todo y sabiéndose de memoria el lugar, de punta á cabo, por
dentro y por fuera, pescando al aire un indicio y trepando por él hasta
dar con lo cierto ó con lo que por tal se le antojaba; _previéndolo_
todo... después de haber sucedido, y no asombrándose de nada;
haciendo misterio de las cosas más triviales; tragándose los mayores
absurdos si traían consigo conflictos y perturbaciones; creyendo en
_aparecidos_; conversando de estas cosas con sus enfermos más que de
la enfermedad, y devanándose los sesos para discurrir una industria
que le proporcionara un mediano sobresueldo. ¡Una industria! Á montones
las había capaces de producirle regatos de oro. Pero ¿cuál de ellas no
pedía otro de plata para romper á andar? Y ¿dónde tenía él esa plata?
Sin ir más lejos, allí mismo, en Robleces, había una mina sabiéndola
explotar bien. ¡Cuántas indagaciones, cuántas horas de velar, cuántos
cálculos de pluma le había costado el convencerse de ello! Pero ¿qué
adelantaba con estar convencido, si le faltaba lo de siempre, el vil
puñado de monedas? Cierto que lo que no hay en casa, puede buscarse
en la ajena; pero esas pescas de dinero hay que hacerlas con cebo de
cosa que lo valga; y él, en realidad de verdad, ni lo tenía ni lo
había tenido en los días de su vida, y por eso ni en Robleces ni fuera
de Robleces había logrado plantear negocio que valiera dos cuartos.
También sobre esto había cavilado mucho en Robleces, y cavilando y
cavilando á medida que crecían las angustias de su hogar con la eterna
agonía de la médica, y llegando, por funesta casualidad, á faltarle
más de un tercio de la asignación anual por ahogos del municipio y
escaseces de los _asalariados_, tales fueron las de su casa, que se
resolvió á llamar á las puertas de la única en que había lo que él
necesitaba, casi seguro de que no habían de dárselo. Pero como él
decía: «el no, conmigo le llevo; y menos que esto no he de sacar;»
y, por último, «yo me ahogo, _él_ es un clavo, y al clavo me agarro,
aunque me abrase.»