La verdad es que el tal sujeto hacía todo lo posible por justificar con

sus actos sus afirmaciones. Vivía hecho un esclavo de sus haciendas,

de sus ganados y hasta de sus sirvientes. Comía poco y de prisa, se

levantaba con el sol y se acostaba tarde. Cuando no tenía criados á

quienes arrear, cuarterolas de vino que vender, faenas que presidir,

cuentas que tomar, trabajos, en suma, que reclamaran toda su atención

y aun su personal esfuerzo, no sosegaba un instante: en el corral,

amontonaba la leña esparcida por el suelo, ó apañaba _orcinas_

(astillas muy menudas) que iba echando en una triguera; en las cuadras,

atropaba con una rastrilla los pelos de yerba caídos delante de las

pesebreras; en el cercado contiguo á la casa, recogía los cantos

arrojados por los chicos, y los volvía á la calleja; esparcía las

toperas, espantaba las gallinas, franqueaba las _sangrías_ ó canalitos

de riego que estuviesen obstruídos; en el huerto de atrás, sorrapeaba

los caminos, inventariaba los pies de berza y perseguía los caracoles;

en la cocina, olía lo que se guisaba, daba un vistazo al hornillo de

la leña, destapaba el ollón de los criados y sacudía la alcuza junto

al oído; en la despensa, revisaba el tocino y los garbanzos, recontaba

los huevos y las longanizas, y veía si se conservaban bien tapados los

agujeros de los ratones; en el estragal, en la bodega, en el corralón

trasero, reconocía los aperos, colgaba los que debieran estar colgados

y arrimaba á la pared los que anduvieran por el suelo; echaba pinos en

los ojos de las azadas para acuñar los mangos; rascaba el barro seco á

los rodales... en fin, no paraba; y tan pronto se le veía en la sala

con una rastrilla en la mano, como en la cuadra con el chaleco entre

las dos, sin sosiego para vestírsele; y siempre murmurando censuras

entre dientes y chanzonetas mordaces, largando tal cual _piña_ por la

espalda á este sirviente distraído, ó soltando una desvergüenza á la

otra obrera; ponderando el caudal que se despilfarraba en desperdicios,

por incuria, y evocando tiempos en los cuales costaban las labores

mucho menos y lucían doble más.

Por supuesto que no se trabajaban en su casa todas las tierras que don

Baltasar había ido comprando. ¿Ni cómo hubiera sido eso posible, si era

suya la tercera parte de las mieses del pueblo? Y sin poderlo remediar

el infeliz, porque él no buscaba jamás á los vendedores: al contrario,

eran los vendedores los que acudían á él; y no así como quiera, sino

metiéndole las tierras por los ojos y rogándole mucho en fuerza de la

necesidad. Porque, como él decía en casos tales: «¿Qué demonios he de

comprar yo, benditos de pelar, si no tengo un ochavo sobrante después

de llenar la tripa á los lobos de mi casa!... ¡Si siempre estoy á la

cuarta pregunta; y tan corta es la manta, que si me tapo la cabeza

se me descubren los pies!» Y al fin, arañando dos de aquí y cuatro

de allá, y haciendo un sacrificio por el gusto de hacer un favor, y

perdiendo un poco cada uno, se quedaba con la finca, que no necesitaba.

Lo propio sucedía con los préstamos. Nunca tenía disponible más que

lo justo para el último que le pedían; y eso registrando mucho los

cajones y hasta la pelusa del bolsillo. De manera que solamente

amarrando y amarrando esta condición y la otra garantía, y previéndolo

y justipreciándolo todo, podía resolverse á hacer el favor que se

solicitaba de él. «¿No veis»—decía con todo el acento y todas las

señales de tener razón,—«que en la estrechez en que vivo y con los

ahogos que hay en mi casa, uno solo de vosotros que me falte me echa

á pique, me hunde para _in sæcula sæculorum_? Y bueno que el favor

se haga; pero no de modo que se salve el favorecido y se pierda el

favoreciente.»

De este mal fenecieron para sus propietarios menesterosos, una buena

porción de fincas del pueblo de Robleces, entre ellas las del pobre

Lebrato. Primero cayeron las tierrucas; después el ganado, que no

era mucho, cabeza á cabeza; tras el ganado se fué la casa; y como al

ocurrir cada una de estas caídas, ya quedaba preparado; el tropiezo

para otra, por aquello de que «quien se ahoga no mira el agua que

bebe,» después de la casa fué la barquía, y tras de la barquía la

chalana... en fin, hasta las redes. Cierto que todo ello quedó en

poder de su primitivo dueño, pero todo y cada cosa pagaba su canon al

nuevo posidente; y como los tiempos no iban bien y los cálculos mejor

hechos fallan de continuo, el mísero Lebrato, tras de verse desposeído

de todo cuanto fué suyo, tenía una deuda constante que nunca lograba

saldar, por más esfuerzos que hacían él y su hijo en la tierra y el

mar, allí sudando las hieles á chorros, y acá arriesgando la vida

muchas veces... porque no había que olvidar que el día en que al «amo,»

usando de su derecho, más ó menos puesto en justicia, se le antojara

echarlos de casa y reclamar cuanto en ella y fuera de ella era suyo,

no les quedaba otro remedio que coger un cesto y echarse á pedir

limosna de puerta en puerta. Ahora se traslucirá la razón del regalo de

los peces, y lo de las brusquedades de Pedro Juan, que no entendía de

contemplaciones ni de perfiles, con su amo.

Decíase que la mano de éste alcanzaba, por idénticos motivos, muy

afuera de Robleces; y se citaba el caso, entre otros, de un pobre

hidalgo de Campizas, cogido entre las uñas del Berrugo y á punto ya de

espirar en ellas.

El cual Berrugo, en el vagar que le dejaban los entretenimientos que

se han citado, y cada vez que lo juzgaba de necesidad, se encerraba

en el cuarto del portal, que le servía de despacho, y hasta de bodega

cuando le convenía; y por lo que allí papeleaba y descubría, sé yo que

tenía muchísimo dinero, bien colocado y mejor garantido en Andalucía;

dinero que iba aumentando considerablemente de año en año, porque sus

productos eran muchos, y poco más de nada lo que de ellos consumía

su dueño. Con estas pequeñeces y otros negocios muy emparentados con

ellas, tenían que ver las escapadas que de tarde en tarde hacía el

Berrugo á la ciudad, por caminos excusados para acreditar su afirmación

de que iba á tal ó cual aldea á pedir un favor á un amigo.

Conque ¡vaya si tenía _gato_, y gato gordo, aquel hombre! ¡y vaya si

tenía razón «todo el mundo» para afirmarlo, como lo afirmaba, sin

saberlo á ciencia cierta!

Quien lo sabía así, como lo sé yo, era la Galusa; pero, por su

desgracia, el tal _gato_ no estaba en onzas de oro y en ochentines,

encerrado en botes de hierro, sepultados bajo esta losa, ú ocultos

en tal lima del tejado, donde con buena nariz ó con buen arte, se da

con ellos desde luégo, ó se desentierran «el día de mañana.» El gato

de su amo estaba en especie; y lo que de ello andaba al alcance de

su mano, no era de lo que se queda fácilmente entre las uñas, por

diestras y afiladas que sean. La Galusa lo conoció muy pronto, y pensó

en clavarlas más adentro, para llevarse, no una tira de la piel, sino

el animal casi entero. Este propósito, que ya le tuvo desde el punto y

hora de enviudar su amo, se enseñoreó de ella con doblado imperio tan

pronto como acabó de convencerse de que no eran bastante las migajas de

aquella mesa para saciar unos apetitos como los suyos. Pero le salieron

erradas estas cuentas, que le parecían tan galanas y hasta muy puestas

en razón. Su predominio con el viudo no alcanzaba á tanto como eso. El

Berrugo podía tener una debilidad de cierta clase; pero dejarse atar de

pies y manos, como su criada pretendía para desplumarle á mansalva...

¡á buena puerta llamaba con su tapujo la culebrona!

Resignóse la Galusa, por no perderlo todo, á quedarse, _por entonces_,

sin lo soñado, y dejó al tiempo que resolviera en definitiva; pero sin

soltar la veta por donde tenía cogido á su amo.

Considérese ahora si le parecerían de perlas los proyectos de su

sobrino; proyectos que jamás se le habían ocurrido á ella, porque

habiendo negado Marcones «por aquéllas que eran cruces» lo de su

fracaso con la moza de Piñales, y vuéltose en seguida al seminario,

tan fresco, al parecer, como si fuera verdad lo que juraba, creyó su

vocación muy decidida; y en este caso, ¿á qué ni para qué echar con las

ideas por aquéllos ni por otros derroteros semejantes?

Dueño Marcones de Inés—¡y vaya si la conquistaría por malas ó por

buenas en cuanto se le franquearan las puertas de la casa!—lo sería

también del gato; y siendo dueño del gato el sobrino, en cambio de la

ayuda que la tía le prestara, sacaría ésta una tajada en un dos por

tres, como no podía esperarla nunca de su amo, por esclavizado que le

tuviera á su yugo.

La dificultad única y por de pronto, consistía en que el Berrugo, que

tan á regañadientes había dado dinero, aunque bien poco, para ayudar

á Marcones en su carrera, consintiese en verle holgando en su casa

después de haber ahorcado los libros. La Galusa se encargó de vencer

esta dificultad como mejor supiera y pudiera; y pudo y supo lo bastante

para conjurar las iras y resistencias de su amo con un buen trasteo

de embustes: al cabo, no se trataba de pedirle dinero ni cosa que lo

pareciera, sino de enterarle de que Marcos, por motivos bien ó mal

forjados en la inventiva de éste, se había visto obligado á hacer un

alto en su carrera; alto que podría durar dos ó tres meses... lo mismo

que dos ó tres años.

Ello fué que Marcones, después de hecho este desbroce en el camino

de sus intentos, dió en visitar á menudo á su tía; que se pasaba las

tardes enteras en la casona de Robleces, «porque»—como decía á su amo

la Galusa,—«el pobre muchacho era tan cariñoso y agradecido, y tan

apenado se veía por el percance, que en ningún rincón hallaba sosiego

sino al lado de su tía y de su generoso protector;» que Marcones

trataba de interesar á Inés en sus conversaciones, siempre que podía;

que la Galusa sabía dejarse caer á tiempo sobre las indiferencias

geniales de Inés, con discretos panerígicos de las prendas del mozón,

cuando éste no estaba presente; y por último, que, á pesar de que Inés

y Marcones se habían tratado muy poco hasta entonces (porque no fueron

muchos los viajes que el segundo hizo á Robleces después de atrapado el

auxilio que la Galusa logró arrancar á su amo) y de no haberla caído

nunca muy en gracia, no vió con disgusto aquellas largas visitas del de

Lumiacos, con las cuales distraía un poco la insulsez enervante de su

método de vida. Y es de advertir aquí que Marcones, cuando se empeñaba

en ello y no se lo estorbaba la iracundia feroz que le poseía, era

dulce de palabra y bondadoso de mirar, y daba á las conversaciones,

ya que no gran interés, porque le faltaba ingenio, cierta unción que

seducía fácilmente á personas tan desprevenidas é inexpertas como la

hija de don Baltasar.

Por el médico don Elías se conocen los principales rasgos del carácter

y de la naturaleza física de este mozo. Poco queda que añadir aquí para

terminar su retrato de cuerpo y de alma. Aquél era grandote, más por

lo macizo y relleno que por lo alto, aunque lo era bastante; relleno y

macizo de tal suerte, que en cualquiera porción de él en que se fijara

la vista predominaba la curva cerrada, casi hasta la circunferencia;

los pies, las manos, los hombros, el pescuezo, la cara: otros tantos

círculos mal hechos; bollos híspidos, más chicos ó más grandes; aquí

uno por uno, allá sobrepuestos ó acoplados; pero siempre el bollo,

particularmente en la cara, que se componía exactamente de dos, uno

más pequeño que otro, unidos de golpe, quedando hacia abajo el más

grande y correspondiendo las sienes y parte de las orejas á la mayor

depresión de los perfiles laterales. Sin embargo, la cara no resultaba

fea, porque los ojos eran grandes, negros y expresivos, y la boca y la

nariz muy regulares. El color, ordinariamente, moreno limpio, de nariz

y mejillas arriba; y de allí para abajo, incluyendo la papada y cuanto

se veía del pescuezo, el negro agrisado del cisco, resultante de la

gran espesura y fortaleza de su barba rapada. Digo que _ordinariamente_

era moreno limpio su color, porque cada movimiento del ánimo le

transformaba en verde bilioso, así como á la habitual dulzura de su

mirada, en celaje fulmíneo.

Con ser tan de bulto esta figura, lo primero que un buen observador

veía en ella era _lo de adentro_; y no le ocurría pensar lo que al

vulgo de los que miran: «este hombre sería hasta buen mozo si estuviera

vestido de claro y no tan relleno,» sino «_eso_ es un odre de iras

y concupiscencias.» Era demasiado transparente el cendal para que,

sabiendo mirar, no se viera debajo el hervidero de lavas dispuestas á

saltar en chorros al primer alfilerazo que se diera allí.

Inés, que era vulgo para mirar como para tantas otras cosas, pensó

también de Marcones, oyéndole y observándole despacio y muy de cerca,

que con menos carne y con ropa más alegre, podía ser «hasta buen

mozo.» Y eso que Marcones se había presentado en Robleces con la menor

cantidad posible de seminarista, en lo externo; pero tras de que hay

oficios y carreras que imprimen sello indeleble en quien los ejerza ó

siga, la _secularización_ del de Lumiacos no podía pasar de ciertos

límites si no había de fracasar en la introducción la comedia que se

disponía á representar.

Á pesar de esta precaución indispensable, como la paciencia no era

la virtud del seminarista, procuraba éste aprovechar bien el tiempo;

para abreviar los trámites de su proyectada empresa; y sin descubrir

todavía la punta de sus intenciones, preparaba el terreno desplegando

ante Inés todo lo que él creía pompa de sus recursos; y ahora con un

latín del _Doctor angélico_, después con la explanación de un punto de

moral práctica, luégo con una descarga de apóstrofes contra las malas

costumbres del día, otra vez con un himno dulzón á la doncella fuerte,

y un catálogo muy encarecido de las prendas que debían poseer los

hombres para ser dignos de la amorosa elección de «ciertas mujeres,»

lograba producir en el ánimo de la indocta hija de don Baltasar algo

de la fascinación que en el del tosco lugareño ejerce el charlatán que

traga estopas ardiendo y escupe luégo cintas de colores. Por de pronto

le admiraba Inés por lo mucho que sabía y hasta por lo bien que lo

charlaba. Después, hay que tener presente que Marcones era la única

persona, relativamente culta, que había tratado íntima y familiarmente;

que ciertos puntos que Marcones había tocado en sus fogosas homilías

sobre determinados movimientos del corazón humano, eran casi los

mismos que tantas veces había querido explicarse ella durante los

pasajeros arrechuchos de su alma; que el preopinante era vehemente

y que se poseía hasta echar lumbre por los ojos cuando, hablando de

estas cosas, los clavaba en los serenos y dulces de Inés; que Inés

era toda sinceridad y buena fe, al paso que en el otro no había pizca

de semejantes ingredientes; y teniendo presentes estas cosas y otras

que fácilmente se presumen, no es de extrañar que si la admiración de

Inés no pasaba de la sapiencia de Marcones, su curiosidad hallara en

la persona del sabio un cebo que no ofrece el hombre que come estopas

encendidas, al palurdo que le admira por eso solo.

Desde luégo, en el mucho saber del seminarista halló Inés la medida

de su propia ignorancia, y hasta tuvo sus conatos de avergonzarse

de ella; no porque sintiera la necesidad de conocer los _Lugares

teológicos_ ni la gramática latina, que á desconocer esto no lo

llamaba ella ignorancia, sino porque, fuera del catecismo y de

escribir desastradamente, no sabía pizca de nada; y esto era demasiado

poco saber para la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera... ¿Dejó

traslucir Inés este pensamiento? ¿Se le adivinó Marcones? ¿Entraba

en los planes de éste el acuerdo á que el caso dió lugar? ¿Anduvo

en el ajo la Galusa? No se sabe; pero es lo cierto que un día quedó

convenido entre Inés y él, con pleno y gustosísimo consentimiento de

don Baltasar, que Marcones, tan suelto de pluma y entendido en cuentas,

en gramática y en otros ramos de la primera enseñanza, comenzaría á dar

lecciones á Inés, tan asidua y provechosamente como el mejor maestro de

escuela.

Y henos aquí, aunque no tan pronto como yo había pensado, empalmando

el remate de esta digresión indispensable, con los corrientes sucesos

de este libro, en el punto en que quedaron al despedirse don Elías de

Pedro Juan, después de haber salido éste de casa del Berrugo.

[Ilustración]

[Ilustración]

VI

VARGA ABAJO Y VARGA ARRIBA

Pero ¡qué naturaleza más singular la de Quilino! Él bailaba como una

peonza; él relinchaba mejor que nadie en todas las rondas de mozos; él

se enternecía hasta el lloro á moco tendido, en un entierro; él cantaba

la misa, que se las pelaba; él revolvía el corro de bolos... en fin,

donde se moviera algo, donde pasara algo que no se moviera ni pasara á

todas horas y en todas partes, triste ó alegre, allí estaba él sin ser

llamado por nadie, sin hacer falta ninguna y sin servir para maldita

de Dios la cosa, sino para enmarañar dificultades, agriar lo dulce ó

entorpecer lo hacedero. Sólo en muy determinados casos era Quilino el

primero de todos los concurrentes, quiero decir, el que se llevaba la

mejor parte: verbigracia, en los casos de zambra y alboroto entre los

mozos del pueblo, por rivalidades de barrio ó cuestiones de galanteo.

Con ser él incapaz de herir á una mosca, ya se sabía: la primera

bofetada ó el primer garrotazo, para Quilino; y Quilino al suelo.

Pasaba de los veinticinco años, y, por lo menudo y lampiño, apenas

representaba veinte; queriendo aparentar una corpulencia que no tenía,

se mandaba hacer la ropa con muchos sobrantes; y de este modo resultaba

lo contrario de lo que se proponía: que destacaba más su pequeñez, amén

de parecer vestido de prestado. Los domingos se llenaba las orejas de

claveles, la cinta del sombrero de siemprevivas y plumas de pavo real,

y las alpargatas de dibujos de hiladillo verde y encarnado. ¡Todo por

las buenas mozas! Y precisamente era de ellas, de las buenas mozas,

de donde salían las zumbas más crueles y los motes más depresivos

para él. No tenían número las calabazas que llevaba recibidas en el

pueblo y fuera del pueblo; y esto era lo que le perdía ya en todos sus

empeños amorosos: la fama, que le seguía como su sombra, de «barrido

de todas las cocinas...» Porque, aparte de ello, Quilino, en buena

ley, no merecía tan mal trato: era trabajador, no bebía, era hijo

de buenos padres, y no pobre de solemnidad; y estampas más ruines

que la suya habían hallado buenas colocaciones en el lugar. En honor

suyo hay que decir también que, gracias á sus buenas prendas, nunca

llevó las calabazas en crudo. Se le dejaba rondar, se le abrían las

puertas de la casa los sábados por la noche, se le daba ingreso en la

cocina; y cuando era llegado el momento de «hablar,» se le respondía

indefectiblemente que la moza estaba comprometida ó esperando á que

«hablara» el mozo que se le había anticipado... «¡Recongrio...» y cómo

se ponía entonces contra «la perra desgracia» que siempre le llevaba

tarde á esas cosas! ¡Y con qué altanería alegaba en público aquellas

despedidas corteses, contra los murmuradores que le contaban los

antojos y galanteos por descalabros en seco!

Á un propósito no menos caritativo obedecían las largas que Pilara le

iba dando en sus asedios pertinaces. Le dolía mucho á la noble mocetona

despabilar secamente al pobre muchacho que con tanta obstinación y con

tan honrados fines la perseguía, si no hemos de creer á los que afirman

que Pilara conservaba á Quilino por obligar más á Pedro Juan, que era

celoso. Y es de advertir que jamás estuvo Quilino tan obcecado por moza

alguna, como por Pilara. Achacábase esto en público á que Pilara era el

mejor acomodo de cuantos Quilino había tanteado, con haber sido buenos

todos los demás; pero yo me inclino á creer que entraban por mucho en

los entusiasmos de Quilino, que era una pólvora, las prendas personales

de Pilara; prendas que Quilino no había visto reunidas hasta entonces

en una sola moza de su «comenencia.»

El caso es que él insistía en sus trece, y que estaba resuelto á

insistir mientras no se le plantara en seco en mitad de la calleja. El

suceso de la Arcillosa, con el subsiguiente de la llegada del Josco al

mismo goterial de Pilara cuando él se disponía á tener con ella y con

toda su casta una explicación que dejara bien deslindados los campos,

le acabó de encalabrinar, y aquella noche no pegó los ojos. Pensando

y pensando, creyó que, para acabar de una vez, le tenía más cuenta

ajustar la que le desvelaba con el mismo Pedro Juan, por la buena y

en paz y en gracia de Dios; y como era mozo que no dejaba que se le

encanecieran en el cuerpo las resoluciones que tomaba, en cuanto apuntó

el día se tiró de la cama y echó á andar hacia Las Pozas, haciéndose el

sordo á los mugidos con que desde la cuadra le pedían las bestias de

pesebre el acostumbrado desayuno.

—¡Recongrio!—pensaba Quilino mientras iba varga abajo, unas veces

callandito, y muy á menudo hablándolo bien recio y con la mímica que

cada pensamiento reclamaba.—Esto tiene que acabar hoy, ó va á haber

una gorda en Robleces... Lo que se está hiciendo conmigo no tiene

igual... ¡vamos, no tiene igual!... Bueno que al hombre se le estime en

más ó en menos de esto ú de lo otro, porque pa eso están los ojos en la

cara y el sentío en los aentros; pero ¡congrio! que se le diga... ¡que

se le diga, congrio! y hablando se entiende la gente. Eso de callarse,

como se hace conmigo un mes y otro mes, y hoy no te respondo y güélvete

mañana... ¡hombre, esto ya es ultraje pa uno y puro menosprecio!...

Pero ¡recongrio! ¿por qué me habrá pasao lo mesmo en toas partes? Si

dijéramos que yo me descuido... ¡Pero si moza vista por mí, que me

convenga, ya tiene el envite encima! ¡Y con too y con ello, siempre

envido tarde!... ¡Ahora, dígaseme si esto no es la pura desgracia

en carnes vivas!... Corren malas lenguas que too ello es castigo de

Dios porque me dejo llevar de la cubicia en esas cosas... ¡Mentira,

congrio! Si pongo los ojos en moza que tenga los fisanes, yo tengo la

sal pa la puchera... y esto no es ser cubicioso... Quisiera yo ahora

mesmo de repente que Pilara no tuviera pan que llevar á la boca... ¡Se

vería, congrio, se vería si Quilino la golvía la espalda como se la

golverían otros que hoy se beben los aires por ella!... ¡Recongrio,

qué personal de moza el suyo!... ¡Y decirme á mí que tengo en más los

cuatro intereses que puedan tocarle en el día de mañana, que aquella

rebustez de carnes y aquel mirar de ojos... y aquellos!... ¡Recongrio,

cómo me gustan á mí las mozas grandes y de güena color! ¡Me alampo,

congrio, me alampo por ellas! Y cuanto más grandes, mejor que mejor...

¡Si, pensándolo bien, no sé cómo pude pedir á Quica y á Nestasia, que

no me allegan á mí á salva la parte! Y luégo ¡tan esmirriás y bajucas

de color!... Pos güeno: yo voy ahora á Las Pozas; voy á verme con Pedro

Juan, porque quiero que se me estipule claro eso... Pero ¡recongrio!...

¿qué puede haber visto Pilara en el Josco que no haiga en mí? El Josco,

fuera del alma, no tiene sentío corporal: es una pura bestia; y hoy

por hoy, está, en punto á intereses, más á esquina viva que yo. Y si

levanta media cuarta por encima de mí, y es más doblote y más... ¿qué

vale eso, recongrio? ¿Sabe de letra lo que yo sé? Pos no conoce la O...

¿Sabe echar un _Kyrie_ ni entonar solo en una ronda... ni rondar tan

siquiera?... ¿Baila él, por si acaso? ¿Se arriesgó en jamás á decir á

una moza «güenos ojos tienes?...» ¡Que anda en la mar como por su casa,

y que es forzudón en tierra y hace su labor de labranza como la hacen

pocos y sin decir _jus ni muste_, y siempre á su cuento!... ¿Y qué vale

eso, recongrio? Yo tamién cumplo con mi deber y llevo mi labor palante

sin que me pise naide los pies; y respetive á la mar, nunca en ella

anduve; pero si me avezara, nos veríamos, ¡congrio! nos veríamos... Y

á más á más, yo canto igual de Iglesia que de too lo que salga; yo sé

de pluma como pocos del lugar; yo echo un armón á una pértiga si se me

da la herramienta al caso; yo hablo en concejo tomando la vez de mi

padre, que no se atrive, y no basta el vecindario entero á tapame la

boca cuando se empeña en que yo no soy quién, por hijo de familia, pa

decir palabra allí... ¡Recongrio! ¡yo me meto en toas partes en que se

meta alma nacía pa hacer lo que haga el más guapo!... ¿Y vale él pa

eso, congrio? ¿Se atrive tan siquiera á probar si vale ú no vale? ¡Y

con too y con ello, Pilara esperando y esperando á que hable el Josco,

y tú, Quilino, á resultas, y güélvete mañana y güélvete otro día!...

¡Recongrio, yo digo otra vez que esto no se puede aguantar en pacencia!

Aquí tiró Quilino el hongo roñoso y descolorido al suelo, con gran

furia, y pateó tres veces alrededor de él. Había llegado al portillo

que separa las praderas de la sierra calva, y desde allí se columbraba

ya el tejado de la casuca del Lebrato. Quilino, después de desahogar

con interjecciones y pataleos lo más agrio del repentino berrinchín,

pensó que sería muy conveniente, antes de encararse con el Josco,

disponer con sosiego el plan, ó siquiera los puntos principales de su

embajada; y con esta idea tan cuerda, se sentó en el mismo portillo,

que era de vallado, á la sombra proyectada sobre él por el alto y

espeso bardal en que estaba embutido.

La Puchera · 第 4 / 28 段