al barrio de la Iglesia, no era sola aquella sorpresa la que el
hijo de Megañas les había dado: fué bien pronto público y notorio
su menosprecio por las cosas de tejas arriba, con excepción de unas
pocas y muy secundarias; y no porque el jándalo alardeara de ello,
sino porque no sabía disimularlo ni lo intentaba siquiera. Esta fué la
segunda sorpresa; la cual subió de punto cuando le vieron fanáticamente
devoto de Santa Bárbara, de San Antonio y de otros santos; fanatismo
que no se concebía en un hombre tan descreído en otros puntos mucho
más altos. Para entendernos mejor y más pronto: el jándalo Baltasar
era un badulaque sin pizca de cultura moral ni intelectual; sin
más necesidades en la cabeza ni en el corazón que el sacar todo el
partido posible y en beneficio de sus nativas inclinaciones, del
mísero pedazo de costra del mundo en que había ejercitado sus artes
de explotador insaciable. Era irreligioso, porque la ley de Dios le
ataba las manos rapaces y le imponía deberes penosos; pero rezaba á
Santa Bárbara porque le librara del rayo que le espantaba; y á San
Antonio, para que le hiciera encontrar cuanto se le perdía; y á Santa
Rita, para que no se le escapara una deuda que le parecía de cobro
imposible. Naturaleza inculta y vulgar, era irreconciliable con el
buen sentido y esclavo de todas las supersticiones. Se burlaba del
médico, y admiraba al curandero; rechazaba con asco los jarabes de
la botica, y se envasaba en el estómago, lleno de fe, las azumbres
de inmundicias que le preparara un mendigo piojoso en un caldero
indecente. Creía en brujas á puño cerrado, y en la virtud contra ellas
del azabache, de los dientes de ajo y de las matas de ruda, y lo
llevaba al cuello cosido en un trapajo. Creía también que la _villería_
(comadreja) mataba el ganado de las personas que al topar con ella
en un desván no la dijeran: «villería, Dios te bendiga de noche y de
día,» y él nunca dejaba de decírselo como la encontrara; consultaba
á las adivinas y creía en el zahorí que descubría tesoros, siempre
que no se interpusiera paño azul... ¡Oh, el tesoro oculto! Éste era
su manía. Estaba al tanto de todos los más famosos en la larga lista
de los que no parecen nunca, porque no hay quien dé con ellos ó quien
pueda acercarse adonde se ocultan; y entre tanto, él, que antes se
dejaba sacar un diente que un ochavo, se dejaba robar por todos los
presidiarios que le escribían pidiéndole dinero para los gastos de una
empresa de aquella catadura, que había de valerle el oro y el moro.
No hay que añadir lo de los días y números aciagos, y las crecientes
y menguantes de la luna como factores importantísimos en ciertas
ocasiones solemnes de la vida y hasta en el corte de las uñas. Todo
esto era la normal en su temperamento de supersticioso. Por lo demás,
era suave y hasta persuasivo de palabra; no se encolerizaba nunca, ni
reñía con nadie, ni fiscalizaba las casas ajenas, ni siquiera mostraba
interés por los asuntos del municipio, aunque hay quien afirma que de
todo ello estaba muy bien enterado. Iba á misa cada día de fiesta, y se
llevaba bastante bien con el párroco, no obstante las frescas que éste
le cantaba por su modo de hablar de ciertas cosas sacratísimas. Vestía
muy modestamente y no asomaba á la taberna. De vez en cuando echaba
un partido á los bolos, y más á menudo jugaba á la _flor de cuarenta_
con los viejos del barrio, los domingos por la tarde; y esto, mientras
vivió como de prestado en su casa de Los Castrucos; porque en cuanto se
trasladó á la del difunto Mayorazgo, tal laberinto revolvió en ella de
ganado, de sirvientes y hasta de cubas y cuarterolas de vino que trajo
de la Nava del Rey y de la Rioja, para vender á los taberneros de las
inmediaciones, que no le quedaba un rato libre ni para ir á misa la
mayor parte de los días de fiesta.
Y tan retirado andaba del trato con sus convecinos, que muy pocos
echaron de ver las largas ausencias que durante dos meses hizo del
pueblo; ni estos pocos supieron qué asunto las motivaba, hasta que un
domingo, en misa, oyeron leer al párroco la «primera y última» de las
proclamas de su proyectado casamiento con una tal Cruz Hormigueros y
la Llosa, hija de Juan y de Petra, naturales y vecinos de San Martín
de la Barra. Las bodas se celebraron allá, á los pocos días de la
proclama; y media semana después llegó el nuevo matrimonio á Robleces
y se estableció en la restaurada casona del barrio de la Iglesia, como
era de esperar.
Cruz era guapa, muy guapa, y andaría rayando en los veinticinco años.
Se fué viendo que además de guapa era dulce de genio, como una cordera,
y blanda y compasiva de corazón. Súpose también que si no era de cepa
de _señores_, contaba con un buen _qué_ «para mañana ó el otro,» porque
sus padres lo tenían, por lo cual no trabajaban, aunque vigilaban
mucho el trabajo que otros hacían para ellos; y habían dado á Cruz una
educación á la sombra, si no muy literaria, bastante por lo menos para
formar en ella «una hija como es debido» y «una mujer como Dios manda.»
Cómo se fué conduciendo en la vida íntima el hijo del difunto Megañas
con una mujer tan excelente; cómo estimó el grosero jándalo las prendas
de un carácter como el de Cruz, lo publicaron muy luégo la expresión de
pena mezclada de espanto que se pintó en sus ojos, de mirar tan dulce y
tan tranquilo antes; el sello angustioso de su boca, tan fresca y tan
risueña siempre; la palidez que iba difundiéndose de día en día sobre
el arrebol de aquella cara que fué tan saludable; la cabeza inclinada;
el paso descuidado y perezoso... Y lo que no publicaron estos síntomas
harto significativos, lo declaró la disculpable infidelidad de los
sirvientes de la casa. Por ellos se supo que el jándalo se complacía
en contrariar todas las inclinaciones y todos los gustos y deseos más
nobles de su mujer; la empleaba en los oficios más duros y más viles, y
no la permitía dar una limosna á un pobre ni disponer de un maravedí,
aun para aquellos menesteres que estaban á cargo de la desdichada. Bien
que ella vigilara la cocina y hasta cocinara, y remendara y cosiera y
dispusiera el ollón extraordinario para los obreros, cuando los había;
pero pagar con su propia mano, ajustar, siquiera, lo que no había en la
huerta, en el corral ó en el granero de la casa... ¡de ningún modo!:
para eso estaba él allí; él solo, porque lo entendía, y para eso lo
había ganado sudando á chorros... Los pobres que llamaran á la puerta,
que acudieran á Dios, «_si es que le había_,» ó que se murieran de
hambre... ó que sudaran hieles, como él había sudado para adquirir el
mendrugo con que se alimentaba y tenía que llenar la peste de bocas
que estaban á su cargo. Esa era la ley, y por eso, y mientras él fuera
quien era, no se sentaría nadie á su mesa sin haber ganado antes con
su trabajo lo que en ella había de comer.
Y era lo más duro y desconsolador para la pobre Cruz, tan horriblemente
sorprendida con aquellos sucesos de que no creyó capaz al zalamero
pretendiente, que todas éstas y otras mil cosas las decía y las hacía
el marido entre cuchufletas y regorjeos, y hasta pasándole á ella
muchas veces la mano por la cara, ó haciendo una zapateta en el aire, ó
chasqueando los dedos, como los mozos cuando bailan al uso de la tierra.
Algo de ello transcendió hasta San Martín; y es cosa averiguada que
los padres de Cruz vinieron en dos ocasiones á Robleces y trataron de
indagar lo que podría haber de cierto en los indicios; pero como Cruz,
temiéndose venganzas muy posibles si decía la verdad, alardeaba con sus
padres de todo lo contrario, y su marido estaba hecho unas castañuelas,
aunque la infeliz lloraba hilo á hilo cuando más ponderaba su ventura,
y estaba, ojerosa y descolorida y desencajada, como también andaba ya
en «meses mayores,» tomábanse aquellas incongruencias por fenómenos de
ese estado, y se volvieron los padres á San Martín, si no convencidos
ni contentos, tampoco muy apesadumbrados.
En estas condiciones halló Inés el cuadro de su familia al venir al
mundo. Cayó en brazos de su abuela, que estaba allí por previsión muy
atinada de su madre no muchas horas antes de serlo; la cual abuela
hizo en aquellos días una verdadera _razzia_ en el bien provisto
gallinero, sin importarle un ardite la cara que ponía su yerno cada vez
que aleteaba una gallina entre las ansias de la muerte. El bautizo no
fué muy ostentoso, pero tampoco miserable, gracias á los abuelos que
apadrinaron á la recién nacida y argumentaron á su gusto la solemnidad.
Cruz recibió á la hija de sus entrañas como un don que el cielo la
enviaba para consuelo de sus tristezas; los dulces deberes de la madre
la harían olvidar los martirios de la esposa; las primeras sonrisas,
las primeras miradas, hasta los vagidos de aquel ángel de Dios, serían
para la mártir luces y melodías celestes que inundarían los ámbitos de
la negra cárcel en que su existencia se consumía entre lentos dolores,
sin el alivio que presta al sér más infeliz de la tierra la libertad
para quejarse de ellos. Y se entregó en cuerpo y alma á aquella santa
pasión, que rayó en locura de amor materno. Todos los jugos de su
vida le parecieron poco para nutrir á la tierna criatura, y nunca
veía llegada la hora de darle por última vez el néctar de su seno.
¡Se regalaba tanto la hermosa niña saboreándole codiciosa, mientras
clavaba en los de su madre sus ojos negros y risotones! ¡Hacía unas
monadas con aquella boquita, sonriendo y chupando al mismo tiempo!
¡Y cuántas veces la pobre madre, que se extasiaba contemplándola así,
regó la carita de ángel con sus lágrimas! ¡Y cómo lo reía la inocente,
recibiendo, como tibio rocío que la consolaba, aquellas gotas de hiel
destiladas por un corazón que no latía ya sino para ella!
La naturaleza de Cruz, tan combatida por los dolores morales, no
pudo triunfar de este gran esfuerzo físico sin padecer un profundo
quebranto. Inés era «un rollo de manteca» al terminar su lactancia;
pero á expensas de su madre, que quedó herida de muerte desde entonces.
Con otro género de vida, con más sosiego y amor en el hogar, con otro
marido más racional y menos inhumano, acaso se hubiera repuesto,
porque el ambiente puro y santo de la familia obra milagros en las
naturalezas, particularmente si son tan _agradecidas_ como lo era la de
Cruz; pero en aquella casa, con aquel hombre que si se había modificado
algo en las manifestaciones externas de sus resabios ingénitos, porque
hasta las bestias se ablandan un poco en presencia de sus hijuelos, era
el mismo en lo esencial de su barbarie, todo intento en aquel sentido
fué ocioso. Su inapetencia era calificada de melindre, y su debilidad,
de holgazanería. ¡Fuera usted á _hacer ganas_ con tales aperitivos, y á
adquirir fuerzas con semejantes alientos!
Por fortuna, ó mejor dicho, para menos desgracia de la pobre madre,
Inés iba creciendo y esponjándose de día en día; llegó muy pronto á
hablar esa media lengua que es el encanto de los niños y la delicia de
los padres, y Cruz distraía sus pesadumbres y sus dolores enseñándola
á rezar y _conversando_ con ella. Más tarde vino la ardua tarea de
educarla. Allí no había modo de hacerlo fuera de casa. Tanto mejor para
su madre: ella la enseñaría cuanto sabía. Era poco, pero al fin algo
que, cuando menos, serviría como base de lo que pudiera enseñársela
después, «si se quería.» Así aprendió Inés á escribir muy mal, á leer
medianamente, á sumar y restar á tropezones, el catecismo de punta á
cabo, y cuantos rezos y prácticas piadosas saben enseñar como el mejor
maestro las madres cristianas.
Entre tanto, los males físicos de Cruz fueron agravándose; su marido
despidió al médico que de tarde en tarde la visitaba, y la sometió al
tratamiento de un curandero, rozador de oficio, que gozaba gran fama
en aquellas aldeas. El rozador se _enteró_ de la enfermedad, no por
las explicaciones de la enferma, que no quiso darlas, sino por las de
su marido, y dispuso en el acto un cocimiento de rabos de lagarteza
(lagartija), moscas de caballo fritas en aceite, y otras cuantas
indecencias más, en agua de ruda. Se colaría el cocimiento por una
baeta usada (bayeta), y cuanto más usada mejor, y «el resultante se
pondría á serenar dos noches á la temperie.» De este resultante tomaría
la enferma cosa de cuartillo y medio en ayunas, y como media azumbre
entre comida y cena. Y no había que apurarse; porque si el remedio
fallaba, tenía él otros de mucha más substancia, que habían hecho
milagros y volverían á hacerlos.
Por uno bien manifiesto no reventó la pobre enferma, que tomó la
primera dosis de aquella barbaridad por no atreverse á resistir los
mandatos de su marido; pero la entraron tales bascas, trasudores y
desmayos, que se puso á morir.
Ni el supersticioso jándalo se atrevió á insistir en nuevas tentativas,
pero trajo un _saludador_ á casa. El saludador, después de reconocer á
la enferma, dijo que su virtud sólo alcanzaba á las «llagas corrutas»
y á las mordeduras de perro rabioso; pero que probaría con el _anseo_
(vaho de la boca) solamente. Y el pedazo de bruto se hartó de vahar á
las narices y boca de la desdichada, vapores de cebolla y aguardiente,
que eran el lastre de la cloaca de su estómago; con lo que la enferma
pensó fenecer allí mismo de indignación y de asco.
No dando fruto el saludador, vino una curandera. Reconoció á la
doliente estirándola los brazos hacia adelante y juntando las manos
palma con palma. Vió que los dedos de la una sobresalían algo de los
de la otra, y declaró al punto que la señora estaba _lijá_ (lisiada);
lo cual consiste, según estas doctoras, en tener desencajados los
huesos de la espalda. Había, pues, que encajarlos, y á eso se procedió
inmediatamente. Se colocó detrás de Cruz la curandera, después de
haberla mandado sentar á la altura conveniente; la agarró por los
brazos y cerca de los hombros; tiró hacia sí con toda su fuerza,
mientras con una rodilla apretaba en sentido inverso por el espinazo;
y de esta suerte estuvo brega que brega hasta que se oyeron crujidos
en la armazón de la paciente, más un grito dilacerante que exhaló la
infeliz. En aquel crujido «estaba la cencia:» ya estaban «en caja»
los huesos. Si para conseguirlo no hubieran bastado las fuerzas de la
curandera, se hubiera amarrado á la paciente á los pies de la cama
ó á un poste; y tirando unos de los brazos y apretando otros por la
espalda, se hubiera logrado también el mismo fin. Eso hay que hacer muy
á menudo con los hombres y demás personas «algo duras de _gonces_.»
Hecho el encaje, había que cuidar de que no se deshiciera «de por sí;»
y con ese objeto se bizmó á la víctima por el pecho y por la espalda;
en seguida, á la cama, y quince días en ella boca arriba y bien
alimentada[3].
[3] Suplico á los lectores de buen sentido, que no tomen á
invención mía este caso ni los dos anteriores con todos sus pelos
y señales. Están rigorosamente copiados de los que ocurren á cada
hora en estos pueblos... y hasta en la ciudad.
Por todo este calvario pasó la mártir sin proferir una palabra en son
de resistencia; pero toda su abnegación no alcanzó á evitar que cuando
el bárbaro marido la mandó levantar, porque «ya estaba curada,» se
encontrara sin fuerzas y sin movimiento, y tan dolorida como si tuviera
hechos alheña todos los huesos de su tronco.
Sin embargo, no murió de este mal. El negro destino de la infeliz la
reservaba para concluir de un golpe mucho más rudo y de una herida
mucho más dolorosa. Y ese golpe vino de donde menos podía esperarse.
Llegó á servir á la casa una mujer de Lumiacos, joven todavía y no
fea, pero dura de genio y de mirar imperioso. Cualquiera hubiera
pensado que no paraba tres días una sirvienta así en una casa donde las
más humildes y placenteras no podían resistir dos meses la singular
tiranía de aquel amo. Pues sucedió todo lo contrario. Sería por artes
diabólicas que Romana trajera ocultas y supiera manejar en hora y lugar
convenientes; sería porque no hay hombre tan duro y compacto de madera
que, bien estudiado, no tenga su veta débil en alguna parte; sería
porque hasta las voluntades más enteras se encogen cuando chocan de
improviso con otras que no lo son menos; sería por cualquiera de esos
misterios ó aberraciones, que no dejan de abundar en la naturaleza
humana; sería, en fin, por lo que se quiera ó por lo que se le antoje
al escrupuloso lector; pero ello fué que antes de dos meses de su
llegada de Lumiacos, la voz de Romana era la que más recio hablaba en
la casona del barrio de la Iglesia del pueblo de Robleces; Romana quien
corría con todo «por aliviar á la señora de una carga con que ya no
podía;» Romana, en fin, el único sér de cuantos comían el pan amargo de
don Baltasar, para quien las leyes de este tirano fueran letra muerta,
y las punzantes y crueles chanzas, dulzuras, y hasta prodigalidades la
ruindad.
Poco á poco la idea de este predominio en un carácter tan grosero como
el de Romana, fué dando sus naturales frutos. Maltrataba á la niña Inés
por los motivos más leves, y se atrevía con su ama porque defendía á su
hija ó no comía de lo que todos, y la daba demasiado que hacer «con sus
golosinas de embuste.» Este y otros descomedimientos aún más ofensivos,
llegaron á indignar á Cruz, y un día se quejó de ello á su marido
delante de la misma criada; pero el marido se puso de parte de la
mozona de Lumiacos, sin una mala atenuación, sin la más insignificante
salvedad.
¡Éste sí que fué golpe de muerte! La justicia, el decoro, la candad,
la conciencia, el pudor... ¡todo lo había pisoteado y escupido aquel
bárbaro, y todo lo había arrojado á los pies de la zafia fregona que se
regocijaba en ello!
Por este lado vino la muerte, que se llevó á la infeliz madre en breve
tiempo á mejor vida, entre el dolor de sus martirios y el espanto de
dejar al pedazo de su corazón bajo la tiranía de aquellos desalmados.
[Ilustración]
[Ilustración]
V
CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR
Hubo terribles peloteras entre los suegros y el yerno: los suegros,
porque pedían cuentas de lo que bien á la vista estaba, y el yerno,
porque no las quería dar y negaba que hubiera razones para pedírselas;
los unos, porque además temblaban por la suerte de la huérfana, y
mandaban elegir al otro entre su hija y su criada; el otro, porque le
asistía el derecho de quedarse con las dos, y no le reconocía en nadie
para inmiscuirse en los negocios de su casa; los de San Martín, hechos
un veneno amenazando, y el de Robleces, hiriendo con sus cuchufletas
emponzoñadas; al fin, ó porque en el corazón del jándalo, aunque poco
y muy escondido, había algo de lo que tanto abunda en el corazón de
otros padres, ó porque el miedo al escándalo le intimidara, ó porque
en el estado civil en que le había colocado la muerte de su mujer le
pareciera más peligrosa que antes su condescendencia absoluta á las
imposiciones de su criada, sin declarar que transigía con sus suegros,
hizo entender á Romana, en un tono de autoridad que jamás había usado
con ella, que la niña Inés era su hija, y que se guardara nadie de
negarla el lugar que la correspondía en aquella casa. Protestó la de
Lumiacos contra el _atrevimiento_ de su reprensor; pero observándole
bien y conociendo que aquella vez daba en duro, abstúvose de golpearle
más, para no comprometer lo principal en una brega inútil por lo
accesorio.
Después de afirmar así sus derechos, envió á su hija, por una
temporada, á San Martín, lo que no dejó de halagar á sus suegros. Estas
temporadas se repitieron con frecuencia; y á ello debió la niña la
ocasión, si no de mejorar gran cosa, de conservar, por lo menos, lo
que la había enseñado su madre, y cultivar un poco su carácter y su
inteligencia en el trato y la comunicación con algunas gentes algo más
cepilladas que las de su casa de Robleces.
Á todo esto Inés crecía, y sus contornos de niña iban adquiriendo la
redondez y la turgencia de las mujeres físicamente precoces. En lo
moral adelantaba menos. Era inteligente y hábil, pero se necesitaba
ponerla en ocasión de serlo. Dejada á su libre arbitrio, se hallaba
más á gusto con las ideas en reposo y la curiosidad adormecida. Como si
su espíritu se hubiera empapado en las lobregueces del hogar paterno
y en las tristezas y en los desalientos de su madre, en sus ojos
negros y bien rasgados rara vez se pintaba la codicia por lo externo,
ni en toda ella ese rebosamiento de vida, eso que tiene á todos los
niños en constante inquietud por superabundancia de impresiones y
de espolazos del deseo: era, pues, una niña perezosa, así de cuerpo
como de espíritu, más que por naturaleza, por hábito, capaz de sentir
mucho y de pensar risueño, pero con la sensibilidad y el pensamiento
impresionados todavía por las arideces y tristezas de otros tiempos. En
camino estaba de refrescar sus ideas y de reconstituir su espíritu con
las nuevas auras que respiraba tan á menudo en el cariñoso albergue de
sus abuelos; pero este camino se le fué cerrando la muerte, que en el
transcurso de dos años y antes que ella cumpliera los diez y siete, se
llevó á los pobres viejos.
Viviendo ya en Robleces sin la golosina de las escapadas á San Martín,
aquélla su malograda reconstitución de espíritu, que parecía una
desgracia, fué para Inés un verdadero beneficio del cielo; pues la
misma indiferencia que la apartaba de todo interés y cuidado por los
negocios domésticos, la salvó de los odios de la criada, que no se
avendría jamás, sin algaradas y escándalos, á que nadie la sustituyera
en el mangoneo libérrimo que allí ejercía por derecho de conquista.
Participando probablemente de estos temores, no mostró el menor empeño
su amo por despertar en Inés los deseos de ocupar en la casa el puesto
que la correspondía. Antes, y en bien de la paz, halagó su indolente
dejadez para que se mantuviera en ella. Después de todo, ¿qué más daba
Inés diligente que Inés perezosa, si al cabo no habían de llevársela de
casa más que por «afamada» de rica?
Y así pensando el padre, y la criada como se ha visto, y de acuerdo
los dos, sin darse mutua cuenta de ello, en halagar las indolencias
de Inés para mantenerla en su modorra, de tal arte se arreglaron, que
cuando llegó á ser moza, y moza muy garrida de veinte años, tomaba por
trabajo molestísimo hasta el de lavarse la cara. Las agujas y la escoba
se le caían de las manos, las letras de molde la hacían chiribitas en
los ojos, y el tufo de la cocina la mareaba. Salía á la calle lo menos
que podía, y no hubiera salido jamás sin el deber de ir á misa cada
día de fiesta y la costumbre de confesarse cada seis meses. Se pasaba
las horas muertas meciéndose maquinalmente en una silla en la solana
y dejando vagar el perezoso espíritu por los tranquilos espacios de
su imaginación, olvidada de que vivía en Robleces y de que en Robleces
había hombres que parecían bestias, como se lo habían hecho creer
los pocos ejemplares en que había fijado, por curiosidad, la vista;
persuadida de que, puesta de pie sobre la cúspide de la montaña que
tenía enfrente, tocaría el cielo con la cabeza; sin noción alguna de
lo grande que era el mundo, ni del imperio que ejercían las mujeres en
él; sin la noticia más vaga de lo que eran pasiones, ni el más leve
barrunto de las tempestades que cabían en la pequeñez del corazón
humano.
Algo se agitaba en el suyo, de vez en cuando, que le hacía latir
más de continuo que lo usual; algo bullía en su mente adormecida
que le alborotaba las ideas, cuyos choques producían relámpagos que
ensanchaban los horizontes limitadísimos de su imaginación; algo que,
relacionado vagamente con estos fenómenos, la impresionaba el organismo
de modo que sentía en sus ojos hambre de luz, y en toda su alma sed
de contemplación y de análisis; impulsos de combatir la lobreguez de
su cárcel con el calor de otro fuego que presentía. Entonces pensaba
en ser diligente y esmerada y útil, y se avergonzaba de su dejadez
nada pulcra. Pero estos arrechuchos pasaban, como sueños de fiebre.
Despertaba Inés, y volvía con su memoria fría á lo soñado; mas ¿qué
eran en substancia todos aquellos algos, ni qué se le daba á ella
porque fueran ó dejaran de ser sensaciones casuales y pasajeras, ó
señales de movimientos más hondos? La realidad de su vida era aquel
caserón en que ella se había ido formando entre los martirios de su
madre, el inclemente, descariñado y repulsivo fisgoneo de su padre,
y la tiranía abominable de Romana. Á eso la había amoldado la fuerza
irresistible de las cosas. Pudo ser su vida un interminable calvario;
por un milagro de Dios iba llevándola adelante sin cruz y sin espinas.
¿Á qué pedir más, ni con qué derecho, ni para qué lo necesitaba? Y
aunque lo necesitara y tratara de pedirlo, ¿en dónde... á quién? Y
si no lo pedía, ¿de dónde había de venir por obra de caridad lo que
no había en todo el espacio que abarcaban sus ojos, ni quién podría
sospechar más allá de aquellos reducidos horizontes, que en el caserón
de Robleces existía un sér que, de vez en cuando, distraía los ocios de
su cerebro cavilando en semejantes locuras?
Con este modo de pensar y de ser, entró en los veintiún años, lo más
florido de la vida, aquella mujer de cuya hermosura plástica se han
dado las señas dos capítulos más atrás; y por entonces fueron los
conciliábulos de Marcones y su tía la Galusa para la conquista del
_gato_ de que nos informó don Elías hablando con Pedro Juan, al mismo
tiempo que de otros sucesos, de cuya veracidad en todos sus pormenores
certifico yo aquí...
Pero, á todo esto, ¿tenía _gato_ aquel hombre, fuera del «pasar» que
había heredado de los suegros, y no era suyo, sino de su hija? ¿Quién
estaba en lo cierto? ¿Él, que afirmaba cien veces cada día que sólo
poseía «cuatro tierrucas y poco más de nada,» ó «todo el mundo,» que le
consideraba «podrido de onzas de oro?»